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Relevamiento terminológico en diseño y comunicación

Amado Suárez, Adriana

A modo de encuadre teórico

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº8

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº8

Proyectos en el Aula. Relevamiento terminológico en diseño y comunicación. A modo de encuadre teórico

Año II, Vol. 8, Mayo 2002, Buenos Aires, Argentina | 70 páginas

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“Sólo que la mostaza no es un pájaro” –señaló Alicia-. “Tienes razón como siempre –declaró la duquesa-, ¡con qué claridad eres capaz de decir las cosas!” (Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas)

En las X Jornadas de Reflexión Académica, organizadas por la Facultad de Diseño y Comunicación en febrero de este año, presenté algunos aspectos del fundamento teórico del proyecto de relevamiento de términos en diseño y comunicación que, planteado como línea de investigación para la realización de Proyectos en el Aula, constituye una de las líneas temáticas de trabajo del Programa de Desarrollo Académico de la Facultad. El título elegido para esa presentación fue “Disciplinas y palabras”. En está ocasión retomo ese concepto inicial como introducción al presente documento.

Las palabras tienen una relación íntima con la enseñanza y la transmisión de conocimientos, en la medida en que son el instrumento didáctico por excelencia. Y es, en este punto, en que se la vincula con el concepto de disciplina. Se entiende como tal la ciencia, arte, facultad, materia, doctrina. Según el diccionario etimológico de Corominas , ‘disciplina’ deriva de ‘discípulo’, y no a la inversa como podría suponerse. Sólo después tomó la acepción de ‘sumisión a las reglas’, y de ahí su derivación en rigor, dureza, austeridad, severidad, rigurosidad, exactitud, regla, método, y a estas acepciones derivadas se debe la connotación negativa del concepto disciplina. Esta explicación pretende recuperar la acepción primigenia, que muestra más claramente el vínculo del concepto disciplina con la pedagogía y la enseñanza. Y es que las disciplinas no pueden existir si no es posible transmitirlas y para ello, por lo menos hasta hoy, necesitan de las palabras. Pero no de cualquiera sino sólo aquellas que señalen con precisión cada uno de los campos de estudio. En la experiencia llevada a cabo en una comisión de la carrera de Relaciones Públicas se logró sistematizar ciento seis palabras del área específica de medios masivos de comunicación, constatando al finalizar el trabajo que existirían otro centenar para incorporar a la lista. Este resultado está poniendo en evidencia la productividad de la tarea de sistematización terminológica y la cantidad de palabras que cada una de las asignaturas puede aportar a un glosario común. Las razones de emprender una investigación de este tipo son varias, y algunas pueden ilustrarse con sencillos ejemplos. Veamos el caso de la palabra ‘cierre’. La definición de un diccionario común de la lengua dice “Acción y efecto de cerrar o cerrarse”. Si en el marco de las Relaciones Públicas se habla del ‘cierre de una conferencia’, es claro que se está haciendo el uso de la acepción corriente del término. ‘Cierre’ para un especialista argentino en Diseño de Indumentaria, puede ser usado como sinónimo de lo que España y otros países de América llaman ‘cremallera’.

Para un cineasta, ‘cierre’ no es el objeto que se usa para cerrar, sino la construcción narrativa con la que acaba un filme. La anfibología de un mismo término y sus distintas manifestaciones dialectales obliga al estudioso a precisar el significado y registrar las diferentes acepciones. Es este el trabajo que va consolidando una terminología técnica. Otra motivación importante para encarar la sistematización es la dificultad que existe en las disciplinas de diseño y comunicación para establecer los límites entre los términos técnicos y los del lenguaje común. Existe un solapamiento entre el lenguaje académico propio de estas disciplinas y el cotidiano, que se toma especialmente de las actividades comerciales. No sería aventurado asociar esta falta de límites precisos entre el trabajo académico y el de los aficionados, al hecho de que la sociedad subestima muchas veces el trabajo profesional de comunicación. Esto se pone en evidencia cuando personas sin formación académica opinan o deciden sobre cuestiones de diseño y comunicación, como se ve reiteradamente en el ámbito empresarial o en los medios de comunicación. Y es razonable suponer que la imagen devaluada sea resultado de una identidad desdibujada. Mientras a ningún empresario se le ocurriría convocar a un aficionado para confeccionar el balance o para hacerse un chequeo médico, existen numerosos ejemplos en los que la gestión de la comunicación se ha puesto en manos de personas sin formación en el tema. La pregunta obvia es qué es lo que hace que unas disciplinas sean percibidas como más específicas que otras. De todas las causas de este problema, el de las palabras no es menor.

La medicina, por ejemplo, reconoce el valor de las palabras a la hora de demostrar solvencia técnica, y hace uso del efecto persuasivo que ejercen en los pacientes. Por eso, los especialistas médicos consultados sobre el caso de contaminación de hamburguesas de la empresa Mc Donald’s, acaecido en agosto de 2001, hablaban de infección por schericchia colli, y no simplemente diarrea.

No sólo porque es más elegante, sino porque es científico, por cuanto pone en evidencia una competencia técnica específica, como la de un profesional de la salud. Claro que la falta de precisión no es un mal privativo de las disciplinas de la comunicación. Norberto Gaitano, Decano de la Facultad de Comunicación Institucional de la Universidad de la Santa Cruz, de Roma, señala que “…el estudio de la comunicación social sufre una grave enfermedad: la confusión. Desafortunadamente esta enfermedad no es patrimonio exclusivo de la o las ciencias de la comunicación social. La sociología y las humanidades están tan babelizadas como nuestro campo. No es un gran consuelo que la epidemia alcance a todos. Pero si se quiere progresar en el conocimiento, es necesario apartar ese obstáculo” . En este contexto, es un trabajo imprescindible repensar las definiciones de las palabras que se usan a diario en el aula, o en los foros profesionales. Por lo pronto, esta sencilla tarea ayudaría mucho a tomar conciencia del grado de manipulación y de vaciamiento al que sometemos diariamente las expresiones que usamos. Como dice el periodista español Álex Grijelmo, director editorial del grupo PRISA (editor, entre otras publicaciones, del diario El País, de Madrid), “Las palabras nos pertenecen, pero no tenemos derecho a apropiarnos de ellas para vaciarlas, agrandarlas, tergiversarlas, manipularlas o darles un sentido distinto del que siempre las acompañó” .

Por empezar, ayudaría eliminar de nuestro léxico las expresiones ampulosas que, en general, esconden conceptos vacíos. Por ejemplo, empezar a precisar el uso de palabras como ‘recepcionar’ por recibir, ‘señalizar’ con el valor de señalar, ‘credibilidad’ cuando se quiere decir crédito, ‘seguimiento’ por control, ‘institucionalizarse’ en lugar de instituir. Este mecanismo no hace más que “enturbiar las aguas para que parezcan profundas”, como señalaba Nietszche, y contribuye a la confusión que existe de por sí en nuestro campo de trabajo. Lo propio correspondería hacer con los barbarismos que circulan en la bibliografía y en las notas periodísticas, que no son más que producto de las malas traducciones del inglés que hacen algunas editoriales. Frases ejemplares de las aberraciones pueden ser ‘campaña agresiva’ (queriendo decir intensa, se define en realidad como violenta); ‘esponsorizar’ en lugar de patrocinar (llegando incluso a postular que son dos conceptos diferentes); ‘facilidades’ por instalaciones; entre innumerables casos. Aquí cabría preguntarse también por qué mientras que para traducir un libro de medicina los editores recurren a la revisión de un especialista, la traducción de nuestras materias queda casi siempre librada a la suerte. Estos neologismos seguirán siendo peligrosos, cuando no aberrantes, a menos que alguien los defina y les dé un lugar en el acervo terminológico de la disciplina a la que corresponden. Si no, seguirán siendo usos inciertos. Como se aprecia, están dadas las circunstancias para un trabajo que podría resumirse en depurar, definir y confrontar, parafraseando el “Fija, pule y da esplendor” de la Real Academia. Reflexionar sobre las palabras que usamos en el trabajo académico es el primer paso para expurgar los usos espurios o que pueden prestarse a confusiones. Este es el paso ineludible para luego definir cada término, y poder después confrontar nuestro corpus y nuestras definiciones con otros especialistas. Desde esta perspectiva surge el valor de la propuesta del programa académico de buscar cada palabra en cinco fuentes distintas: nos permite ratificar usos o rectificar definiciones, a partir un diálogo con el resto de la comunidad académica.

Las terminologías

Plantear la sistematización de una terminología implica considerar que estamos tratando de delimitar los alcances de cada lengua especial, y distinguirla, así, del lenguaje corriente. Estas diferencias, más o menos evidentes, más o menos relevantes, se ponen de manifiesto no sólo en una retórica especial, que podemos suponer común al ámbito académico con independencia de la disciplina en cuestión, sino especialmente en el empleo de términos que son opacos semánticamente al lector no iniciado. Ortega decía que confundimos a menudo los términos lenguaje y terminología, y aseguraba que la diferencia entre ambas cosas estriba en que con un lenguaje los individuos pueden entenderse sin previo acuerdo, mientras que una terminología sólo se entiende si previamente el que escribe o habla y el que lee o escucha se ha puesto individualmente de acuerdo sobre el significado de los signos.

Es interesante reflexionar en este sentido acerca de si existe o no una terminología exclusiva de las disciplinas de la comunicación y el diseño, considerando principalmente el hecho de que una inmensa cantidad de términos o bien pertenece al lenguaje cotidiano, o bien ha sido tomada de ese lenguaje y redefinida. Hay una tercera opción, que es la más preocupante desde el punto de vista científico, es que gran parte del cuerpo de términos utilizados en la disciplina tienen una definición aún incierta o impuesta por el mercado. Muchos profesionales, especialmente los formados en el puro ejercicio del oficio, suelen priorizar el uso popular, comercial o publicitario que se les da a los términos, que al entrar en contradicción con los usos de los textos académicos, generan confusiones.

Un caso ejemplificador es la definición del término ‘medios’ referido a medios masivos de comunicación. Es habitual encontrar en cierta bibliografía de divulgación y en el material periodístico, un uso un tanto laxo de lo que implica este término. Se usa indistintamente para referir a sistemas de medios, medios de comunicación en cualquiera de sus manifestaciones, o simples soportes publicitarios, que bajo ningún aspecto podrían ser considerados estrictamente medios. Recuerdo el caso de un documento de un colega que anunciaba en el título que iba hablar de “nuevos medios”. En realidad el docente iba a presentar una alternativa de carteles en bancos de plaza, con lo cual no debía referirse a ‘nuevos medios’ –reproduciendo una hipérbole publicitaria en un escrito académico-, sino a nuevos soportes dentro del tradicional sistema de Vía Pública. Esto que para muchos puede resultar un detalle menor, desde el punto de vista científico resulta determinante para dar entidad y seriedad a cualquier investigación. Esto es así por cuanto “Un término es fidedigno cuando cualquier estudiante o investigador lo entenderá en la misma forma en que fue definido en nuestro trabajo de investigación, de suerte que no podrá confundirlo con otro fenómeno, ni incluirá en nuestra definición fenómenos que no pertenezcan a ella. Las ideas vagas asociadas a numerosos vocablos equivalen a una auténtica ignorancia” . Sólo a partir de una coincidencia en el valor que la terminología adquiere para el profesional es que podemos avanzar en cualquier disquisición sobre sus características y alcances: “…la creación de un vocabulario técnico está en relación directa con la creación y el desarrollo de una técnica dada: las nuevas realidades exigen términos que las designen y, a su vez, los nuevos términos, creados o habilitados por los inventores, tratan de demarcar una nueva realidad. El nuevo léxico tiende a señalar la autonomía de esa nueva realidad humana” . Como bien señala Mario Bunge (1972), “El análisis lingüístico es previo a toda investigación científica (…) El tratamiento lingüístico no sólo contribuye a aclarar el planteo de los problemas, sino que puede disolver ciertas cuestiones al mostrar que no tienen sentido” . Es decir, que la consideración del acervo terminológico se constituye en la condición previa de cualquier aspiración científica que tenga una disciplina.

¿Qué es una lengua? Para Pierce, “la lengua está en todas partes y no está en ninguna” , lo que ilustra parte de las dificultades que enfrenta todo trabajo de relevamiento lingüístico. Por tratarse de un instrumento de trabajo tan básico y ancestral, la lengua se vuelve transparente, con lo que el especialista tiende a concentrase en los significados, es decir, los fenómenos que quiere describir, y a olvidar los significantes que elige para referirlos. Podríamos, por ejemplo, recurrir a la ordenación que el estructuralismo le dio al fenómeno lingüístico. Ferdinand de Saussure (1985), por ejemplo, sienta una distinción que la ciencia lingüística hará de lenguaje y lengua: Tomado en su totalidad, el lenguaje es multiforme y heteróclito; a caballo de varios dominios, a la vez físico, fisiológico y psíquico, pertenece además al ámbito individual y al ámbito social (…).

La lengua, por el contrario, es un todo en sí y un principio de clasificación. Desde el momento en que le damos el primer puesto entre los hechos del lenguaje, introducimos un orden natural en un conjunto que no se presta a ninguna otra clasificación. (…) La lengua es un sistema de signos que expresan ideas, y por tanto, comparable a la escritura, al alfabeto de los sordomudos, a los ritos simbólicos, a las formas de urbanidad, a las señales militares, etc. Sólo que es el más importante de esos sistemas. El privilegio de la lengua por sobre los otros sistemas del lenguaje al que alude Saussure (1985) reside en que ésta es un sistema que tiene dos dimensiones: “El privilegio de la lengua es portar al mismo tiempo la significancia de los signos y la significancia de la enunciación. De ahí proviene su poder mayor, el de crear un nuevo nivel de enunciación, donde se vuelve posible decir cosas significantes acerca de su significancia” . Es decir que la lengua es un sistema siempre productivo, que permite generar nuevas formas, principio que explica el hecho de que las nuevas tecnologías se acompañen con nuevas terminologías. En cada caso, el nuevo léxico puede tomar como fuente otra lengua, ya sea para tomar términos puros como préstamo, o para copiar los mecanismos de creación (traducción de una palabras, transposición al equivalente lingüístico, formas básicas de composición a partir de afijos, etc.). Esta observación señala que el léxico es uno de los componentes de una lengua técnica, a la que debe agregarse en una segunda instancia el análisis de la particular gramática que la ordena.

Siguiendo con estos conceptos, podemos evaluar cuáles palabras pueden ser consideradas científicas o técnicas: “Un término científico o técnico consta de dos caras perfectamente distinguibles: significado y significante. (…) las terminologías son lingüísticas por su significante y su comportamiento gramatical; el significado es sublingüístico en cuanto pertenece a un grupo restringido (…) El conocimiento de las palabras ordinarias depende del conocimiento de la lengua, mientras que el conocimiento de las terminologías depende del conocimiento de las respectivas ciencias y técnicas”.

¿Qué es un vocabulario científico? Toda actividad profesional maneja un vocabulario propio, que se caracteriza en rasgos generales por tres aspectos: internacionalidad, estabilidad y expansión.

- La aspiración a internacionalidad se apoya en el uso de una lengua de referencia para la conformación de los términos. Es el caso de las raíces greco-latinas que se detectan en las palabras de la medicina, o el inglés que se ha convertido en la lengua de referencia para la informática.

- La estabilidad alude a que los términos técnicos están menos sujetos a los cambios de sentido del lenguaje cotidiano. Esto se debe principalmente a que tienen una circulación más restringida

– muchas veces a una comunidad científica cerrada-, y un uso más controlado.

- La tasa de expansión está en proporción directa con el crecimiento del terreno científico al que pertenece. A mayor difusión de la ciencia, la técnica o la tecnología, mayor propagación del vocabulario.

Este punto remite a lo expuesto en la introducción en el sentido de reflexionar acerca de cuáles son las características propias de la terminología que utilizamos en las disciplinas de comunicación y diseño, como paso previo a evaluar su entidad como vocabulario específico. Siguiendo la clasificación que propone Abraham Moles (1978), en un texto científico pueden aparecer cuatro tipos de palabras:

1. Palabras herramientas, que son de carácter instrumental, es decir, las partículas, preposiciones, conjunciones, afijos y artículos (Ej. ‘pero’, ‘sin embargo’, ‘etcétera’, ‘verbigracia’)

2. Palabras de la lengua común, esto es decir, las propias del lenguaje cotidiano que pueden asignarse a la competencia lingüística de un hablante promedio de la lengua (Ej., ‘hacer’, ‘discusión’, ‘país’).

3. Palabras científicas generales, que tienen acepciones diferentes a las del lenguaje cotidiano definidas por el científico. Palabras como ‘trabajo’, ‘evaluación’, ‘información’, ‘análisis’, ‘entropía’, entre otras constituyen el núcleo común del ejercicio científico. Las acepciones en uso de estos términos están acotadas e inventariadas a priori.

4. El vocabulario tecnológico específico, cuyos términos poseen una definición unívoca, como el caso de la terminología médica (con palabras como ‘embolia’, ‘fisiopatología’, ‘tomografía computada’).

Las dos primeras categorías quedan fuera de nuestra investigación lexicográfica. Las palabras científicas generales, por su parte, pertenecen al acervo científico universal. Sólo los términos que corresponden a la última categoría son los que es necesario recabar y sistematizar, tareas que sólo puede desempeñar el erudito en la materia. Son éstas las palabras que pueden reconocerse como tecnicismos particulares.

Jergas y terminologías

Uno de los problemas que puede tener el trabajo de sistematización es que no todos los particularismos profesionales pueden formar parte de una terminología. Julio Casares, en una obra clásica de la lexicografía se ocupa del problema. Según el Diccionario de la Real Academia Española, una jerga es el lenguaje especial y familiar que usan ente sí los individuos de ciertas profesiones y oficios, como los estudiantes, la policía o los futbolistas. La definición coloca a la jerga, según Casares: en “una zona de la lengua familiar, que limita al sur con la germanía, al este y al oeste con la terminología artesana y al norte con el tecnicismo científico” . La asociación en algún punto de la jerga con el argot de los grupos marginales, que acompaña el término también en su uso corriente, dificulta la aplicación de la denominación jerga al lenguaje técnico. También nos señala la necesidad de distinguir el tecnicismo propiamente dicho de la terminología artesana, castiza y totalmente incorporada a la lengua ordinaria. Dentro de los tecnicismos puede distinguirse dos tipos: el tecnicismo de las artes liberales y de las industrias, y los puramente científicos. El tecnicismo de las artes liberales es el vocabulario tradicional al que se agregan los neologismos de las nuevas escuelas artísticas o de procedimientos antes desconocidos, y que suelen incorporarse rápidamente al diccionario común de la lengua.

Este tipo de tecnicismo encuadra perfectamente en la terminología de diseño, como surge del propio relevamiento hecho por docentes de la carrera de Diseño de Interiores, en el área de materiales. Algunos de los términos relevados fueron ‘cromado’, ‘esmalte’, ‘estofado’, ‘estuco’, ‘galvanizar’, ‘laca’, ‘lustrar’, ‘pátina’, ‘pintura’, ‘poliuretano’. Las fuentes consultadas son en la mayoría de los casos diccionarios generales de la lengua y enciclopedias de divulgación (Diccionario de la Lengua Española. Madrid: Real Academia Española, 1992; Diccionario Ideológico de la Lengua Española; Enciclopedia Práctica Planeta; Diccionario Larousse; Diccionario Enciclopédico ESPASA. Madrid: Espasa - Calpe S.A., 1989; Enciclopedia Danea; Enciclopedia CLARÍN. Argentina: VISOR Enciclopedias Audiovisuales S.A., 1999). A estas fuentes generales, que testimonian la aceptación de estas palabras en la lengua común, se le suman los diccionarios específicos y profesionales (Diccionario Visual de Arquitectura. México: Editorial Gustavo Gili S.A., 1997.; Diccionario Universal del Arte. Barcelona: Argos Vergara, 1991; Diccionario Monográfico de Bellas Artes. Barcelona: Vox Biblograf, 1979). La misma lista nos señala la diferencia de estos tecnicismos con la jerga artesana. Son propias de esta última palabras como ‘sierra’, ‘garlopa’, o cualquiera de las herramientas a las que puede recurrir el Diseño de Interiores, pero que no le son exclusivas. Palabras como ‘cromado’ o ‘pátina’ son propias del diseño y el arte, campos que las definen con ciertas precisiones, y de ellos pasan a la lengua común. Véase el caso de ‘estofado’, palabra que el Diseño define como “Técnica de decoración de la escultura en madera consistente en aplicar panes de oro que luego se pueden trabajar en esgrafiado.” . Vemos que esta definición nada tiene que ver con el uso popular de denominar estofado a la comida guisada.

Algo similar ocurre con el tecnicismo de las industrias, aunque estos suelen ser más numerosos y están sujetos a rápidas variaciones, motivadas por los rápidos avances de la tecnología industrial. Los tecnicismos científicos corresponden a cada una de las disciplinas científicas y, dada la cantidad de ciencias y la inestabilidad de esos términos, es más difícil encontrarlos en los diccionarios generales. Más aún, no siempre aparecen en glosarios y diccionarios, sino que hay que buscar las definiciones en obras específicas o en textos de autoridades en la materia. Se trata en muchos casos de definiciones de autor: “El vocabulario específico de que se sirven las ciencias modernas, especialmente en su más alto grado de tecnicismo, es casi exclusivamente de origen culto, y hasta puede saber en muchos casos quién fue el inventor más o menos afortunado de tal palabra”.

Queda claro que en este caso es el especialista el que debe identificar los términos que utiliza, evaluar su importancia, difusión y vitalidad probable en su campo de investigación, y propiciar su paso a la lengua común, ya sea como un nuevo término, como el caso de ‘destinador’ o ‘multimedio’, o aclarando sus equivalencias con significantes ya existentes en el idioma, como por ejemplo ‘signo’, ‘imagen’ o ‘industria cultural’.

Este último punto ilustra la característica principal del tecnicismo, y es que “las terminologías tienen el carácter de nomenclaturas, son enumerativas y se adaptan a las diferencias y delimitaciones de los objetos”. Es decir, que adquieren la condición de vocabulario técnico los términos que refieren a fenómenos de las ciencias y las técnicas, que no son estructuraciones semánticas, modos subjetivos de ver el mundo, sino clasificaciones objetivas.

Lengua técnica y lengua común Como se había señalado, en las disciplinas que nos ocupan resulta bastante problemático establecer los límites entre la terminología y el léxico ordinario. 

Por un lado, hay ciertos términos que nacieron siendo técnicos, y que pasaron al lenguaje ordinario, como es el caso de ‘televisión’. Esta cuestión se le plantea sobre todos a los diccionarios generales cuando tienen que tomar la decisión de incorporar un término técnico. Cuando la Real Academia Española aceptó la incorporación de la palabra ‘gramófono’, este aparato ya había dejado de utilizarse en la vida cotidiana. Por otra parte, “los términos técnicos adquieren en el lenguaje general significaciones figuradas que demuestran la intensidad con que las ciencias influyen en la ideación moderna del hombre medio”. Un ejemplo de esto, es cuando un hablante dice “tener un back up”, refiriéndose al respaldo con que cuenta frente a una situación y no al resguardo magnético que se hace en una computadora de ciertos archivos.

Junto con el trasvase de una a otra lengua, en ambos sentidos, puede darse un tercer fenómeno, que complica un poco más el tema, que consiste en que una misma palabra funcione simultáneamente en las dos series, como el caso de la palabra ‘imagen’. Este término tiene un uso corriente como ‘reflejo o representación visual de algo’, y un uso específico en la comunicación social como ‘percepción que los públicos tienen de una persona o entidad’. El uso vulgar de la frase ‘asesor de imagen’, para referir al gestor de comunicación, no puede explicarse desde la definición técnica, que impone hablar de un asesor de comunicación, cuyo trabajo permitirá obtener efectos de imagen en los públicos.

En este punto se plantea otra decisión importante en el trabajo lexicográfico: determinar qué términos pueden formar parte del vocabulario técnico y cuáles no, y luego de escogidos, cuáles son los parámetros para conformar la definición. Por ello, junto con la recopilación de términos, debe hacerse un relevamiento de fuentes –que puede ser no sistemático-. Esto permitirá realizar una categorización entre los textos consultados para jerarquizarlos. Una clasificación que se supone a priori, en función de las obras consultadas hasta el momento por los investigadores, podría clasificar las fuentes en material periodístico, páginas de Internet, diccionarios y manuales de divulgación, manuales del primer ciclo de la universidad, obras científicas no universitarias (enciclopedias, revistas especializadas, etc.), diccionarios técnicos y obras científicas universitarias. El trabajo de campo irá confirmando la validez de esta categorización.

Problemas a considerar De todos los temas que comprende un trabajo lexicográfico hay dos que deberán ser analizados cuidadosamente para una terminología de diseño y comunicación. 

El primero es el de la ordenación y tipología que se le daría al léxico; el segundo, más tangencial pero no por ello de menor importancia, es tratar de comprender la génesis del vocabulario. Con respecto a la primera de las cuestiones, se debe tener presente que una lista de entradas léxicas ordenadas alfabéticamente no es condición suficiente para conformar un diccionario. Al considerar la ordenación deberá discutirse la clasificación que se le dará a las palabras, el número de entradas, de informaciones léxicas, y de lenguas que contemplará el glosario (es decir, si será un diccionario en español, o se ofrecerá su equivalencia en otras lenguas). También debe decidirse la perspectiva a tomar en cuanto a la limitación del corpus y si se elegirá una perspectiva diacrónica o sincrónica. También corresponde elegir el tipo de ordenación de las entradas léxicas (convencional, semántica, arbitraria), y el carácter del diccionario (si se aspira a que sea un diccionario normativo, objetivo, o informal). Una vez consolidado el corpus y tomadas las decisiones con respecto a la naturaleza del mismo, también se debe decidir cómo se presentará cada definición, si se contará con documentación verbal, si se incluirán ilustraciones, y si la presentación tendrá rasgos distintivos especiales. Con relación a las definiciones lingüísticas, debe tenerse en cuenta que no estamos hablando de definiciones lógicas en todos los casos. En este sentido, un léxico técnico no tiene un enfoque enciclopedista, antes bien, debe prever dos problemas. Por un lado, hay términos que pueden tener definiciones contradictorias, según los diferentes usos en las fuentes. Por otro, hay términos que no contarán con una cantidad mínima de definiciones, por ser muy nuevos o muy específicos, o porque ningún autor de referencia lo ha incluido en ningún documento.

En estos casos, seguramente no se podrá relevar ningún párrafo con una definición completa y precisa. En estos casos, el responsable del proyecto tendrá que elegir entre definir el significado a partir del material disponible, o bien encomendar la tarea a colaboradores especialistas en cada una de las disciplinas. El segundo problema, el de la génesis del vocabulario técnico, y más específicamente, el vocabulario técnico de la comunicación y diseño, no es de fácil resolución. Sobre todo, porque las definiciones acerca de las fuentes de producción de palabras no son decisión del lexicógrafo, sino de una discusión de la comunidad científica. Dedicaremos un párrafo aparte a profundizar en algunas de las cuestiones que salen a la luz cuando se debe elegir qué palabras formarán parte de la terminología, y cuáles por ser espurias deberán quedar afuera.

Génesis de la terminología

En la formación de un vocabulario siempre intervienen factores socio-lingüísticos, especialmente motivaciones de tipo meliorativo. El hablante percibe una lengua como más prestigiosa y de ella comenzará a tomar prestados términos que incorporará al idioma directamente, o adaptándolo mejor o peor. En el caso de las ciencias exactas se consideró principalmente la fuente grecolatina que, por ser origen común de casi todos los idiomas modernos, sus raíces y palabras resultan inteligibles y pronunciables en varias lenguas. Las ciencias médicas, por ejemplo, muestran que han tomado del griego y el latín ciertos afijos, con una productividad que garantiza la creación de nuevos términos, como por ejemplo la terminación ‘-itis’ que acompaña los nombres de los procesos inflamatorios.

La lengua española ha incorporado una inmensa cantidad de préstamos lingüísticos, cuya historia permite establecer equivalencias entre los procesos históricos generales, y los de la lengua en particular. Así los distintos contactos que Castilla tuvo con diferentes pueblos fueron aportando palabras de celtas, godos, vascos, griegos, latinos, árabes, italianos, americanos, franceses e ingleses. Hay coincidencia entre la época en que se incorporan las palabras al idioma y procesos políticos y económicos de fuerte intercambio entre pueblos (por ejemplo, el dominio árabe en la península entre los siglos VIII y XV, el descubrimiento de América, el predominio cultural francés en la época neoclásica, por nombrar solo algunos).

Hoy la influencia más marcada de aportes lingüísticos proviene del idioma inglés, más específicamente del inglés norteamericano, por razones de hegemonía comercial de las industrias culturales que tienen que ver con la comunicación y el diseño. Este problema ha sido tratado especialmente en el Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en abril de 1997, en México. Sus participantes coincidieron en que “La expansión de las nuevas tecnologías, vinculadas a poderosos intereses económicos, está acelerando la imposición de patrones culturales externos al mundo hispano, cuyos mensajes estandarizados empobrecen el lenguaje y el pensamiento”, factores que se suman “a una escasa conciencia de la relevancia económica del idioma”.

Para contrarrestar estos efectos, “…determinados países celosos de la pureza de su lengua como Francia, han creado, con apoyo oficial por parte de las autoridades gubernativas, “comités de estudio de términos técnicos” con el fin de evitar que se introduzcan inmigrantes furtivos sin la adecuada documentación”. En organismos vinculados con la lengua española, también hubo ciertas iniciativas en el mismo sentido: En la asamblea que realizaron los representantes de las entidades sanitarias de España y de América Latina en 1994 acordaron como objetivo principal “potenciar el idioma español como lengua científica y exigir su oficialidad en los congresos internacionales”.

Para ello consideraron solventar uno de sus puntos débiles: el léxico científico. “El español lleva años bombardeado por miles de palabras científicas inglesas y de otros idiomas”, se lamentó el entonces presidente del Instituto Cervantes, Nicolás Sánchez Albornoz. “Tal terminología”, continuó, “adopta una equivalencia que no siempre es la misma en los países hispanohablantes, de ahí que la Federación Iberoamericana de Instituciones Sanitarias tenga la tarea urgente de unificar el léxico para que la equivalencia sea única en todos los países de habla castellana en cada campo de la ciencia”.

Más tarde, en el VII Curso en Español de la Academia Norteamericana de neurología se planteó algo similar, apuntando especialmente a evitar el préstamo fácil, el calco, el espanglish. Ejemplo de calcos engañosos son las traducciones automáticas al español de expresiones inglesas: press conference / conferencia de prensa; mass media / medios masivos; agenda setting / establecer la agenda; media planning / planificación de medios. Aquí la nueva forma traduce literalmente cada uno de los componentes de la frase original, resultando lo que se llama calco de composición que bajo la apariencia de castizo, no deja de ser una construcción extraña, que en algunos casos puede llegar a ser aberrante. El académico Manuel Seco señala al respecto que “El extranjerismo y el neologismo no son, en sí, un mal para el idioma. Lo que hace falta es que estas importaciones sean, ante todo, necesarias y que se acomoden al genio del idioma (…) y sobre todo, hay que evitar que cada país y cada región escoja un término distinto para denominar un nuevo objeto”. Estos problemas se agravan por el evidente descuido que manifiestan las traducciones y el desconocimiento de las variedades dialectales en los distintos países en los que se habla castellano. Para no caer en un purismo chauvinista a ultranza ni tampoco en la adopción indiscriminada de palabras extranjeras, se impone adoptar una postura intermedia, de adopción consciente y reflexiva de los nuevos términos. Es decir, evaluando que no tengan equivalente en castellano, que resulte pronunciable y comprensible, y que existan razones prácticas que justifiquen la palabra extranjera por sobre una castellana. Esta sencilla evaluación ya señalaría la inconveniencia de usar expresiones como joint venture por alianza, o share por participación. En ambos casos, las formas inglesas ni son claras, ni son pronunciables para los que no hablan inglés, con el adicional de que la forma castellana equivalente es más precisa y descriptiva.

Como se decía, no todos los países de lengua hispana consideran los términos provenientes del inglés de la misma manera, por lo que en la bibliografía conviven diversas formas de aludir a un mismo concepto, y a la inversa, palabras que se refieren a lo mismo, tienen traducciones dispares. En nuestros textos, las palabras ‘mercadotecnia’ o ‘mercadeo’ suenan más exóticas que su equivalente marketing, que no sólo es inglesa por su origen sino que es azarosamente pronunciada en nuestro idioma (por ejemplo, el español no pronuncia el grupo final –ng). Más aún, tal es la vida que goza este término que es fuente productiva para otros neologismos más extraños como ‘marketinero’, que parte de una raíz del inglés y le agrega el sufijo español –ero usado para generar la correspondiente profesión. Hay préstamos aún más aberrantes, ya sea porque tienen una equivalencia en español, o porque son impronunciables, como puede ser target (en lugar del español ‘diana’), o newsletter (que no es otra cosa que un castizo ‘boletín’ informativo). En estos casos, la insistencia en utilizar los préstamos del inglés sólo se justifica por supuestas razones de prestigio que otorga al hablante el uso de términos de otro idioma. Sin embargo, conviene recordar que “No existe superioridad del idioma inglés; simplemente, complejo de algunos importantes difusores del español”.

Como se observa, el trabajo con las palabras plantea debates de lo más diversos, que incluyen preguntas acerca de nuestras prácticas académicas y pedagógicas, nuestras fuentes de referencia y la forma en que transmitimos nuestros saberes. Especialmente porque obliga todo el tiempo a reflexionar acerca de la legitimidad de aquello de lo que estamos hablando y cómo lo estamos llamando. Permítaseme concluir con una anécdota del maestro Gabriel García Márquez, quien advertido de su obsesión por trabajar rodeado de diccionarios y enciclopedias, se justificaba diciendo “¿Y si por no consultar el diccionario empleo mal una palabra?”.

Bibliografía

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Mellizo, Felipe. Del lenguaje y la política. En El idioma español en las agencias de prensa. Madrid: Fundación Sánchez Ruipérez, 1990.

Moles, Abraham. Sociodinámica de la cultura. Buenos Aires: Paidós, 1978.

Pardinas, Felipe. Metodología y técnicas de la investigación en ciencias sociales. México: Siglo XXI, 1998.

Se sigue la sistematización propuesta por Manuel Alvar Ezquerra. Lexicografía. En Introducción a la lingüística actual. Madrid: Playor, 1983.

Para datos sobre los contactos del español con distintas lenguas, y los préstamos lingüísticos resultantes recomiendo consultar el clásico manual de Rafael Lapesa. Historia de la lengua española. Madrid: Gredos, 1986.


Relevamiento terminológico en diseño y comunicación fue publicado de la página 5 a página13 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº8

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