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Las tecnologías de la felicidad privada. Una problemática tan vieja como la modernidad

Pagano, Diana

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº42

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº42

ISSN Impresión 1668-0227
ISSN Online: 1853-3523
DOI: https://doi.org/42

Perspectivas sobre moda, tendencias, comunicación, consumo, diseño, arte, ciencia y tecnología

Año XIII, Vol. 42, Septiembre 2012, Buenos Aires, Argentina | 222 páginas

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Si hay algo que pudiera caracterizar el vértigo de las sociedades occidentales posmodernas es el avance de las nuevas tecnologías. Así, se asiste a una suerte de paradigma pan-conectivo que sin duda afecta en un sentido jamás neutro, nuestra cotidianeidad, la forma de relacionarnos y, por tanto, lo que somos. Cambios de paradigmas ha habido y habrá pero lo que resulta más sorprendente es la velocidad pues el acceso a Internet, hoy absolutamente naturalizado, apenas lleva una década de masividad en la Argentina y su potencialidad y actualidad es capaz de poner en ridículo a cualquiera que intente, desde un punto de vista especulativo, arriesgar un conjunto de categorías que pueda asir tal fenómeno.

No es este el espacio para profundizar las particularidades y los cambios que se van generando en el propio ciberespacio. Sin embargo cabe mencionar que no es lo mismo un blog, espacio de índole pretendidamente más reflexivo y “literario” que un fotolog, este último, el lugar generalmente elegido por adolescentes para mostrar fotos y en el cual las palabras son un bien que escasea. En el mismo sentido está el auge de las redes sociales y la posible diferenciación entre Facebook, un ámbito que parece articular la posibilidad de dar cuenta de contactos, reencuentros e imágenes de la vida privada, y el Twitter, espacio estrictamente acotado a sentencias de 140 caracteres en lo que se privilegia es la inmediatez y donde sujetos públicos resultan insólitamente accesibles.

Si bien, el ciberespacio ha penetrado transversalmente las clases sociales y las franjas etarias, resulta natural que sean los jóvenes aquellos que se encuentran más cómodos y quizás por ello menos críticos respecto a las posibilidades que las nuevas tecnologías promueven pero también cercenan. En este sentido, cualquiera que haya interactuado con menores de 15 años no deja de maravillarse ante el vínculo que aparenta ser innato, entre los chicos y las computadoras. Sin embargo, claro está, como toda novedad genera detractores y rechazos, especialmente en círculos donde se hace énfasis en una presunta banalidad de un porcentaje altísimo del contenido que anda circulando en la red.

Asimismo, como decíamos anteriormente, más allá de que las nuevas tecnologías se han masificado hace no más de 10 años, empiezan a vislumbrarse una serie de trastornos que aparecen cada vez con más frecuencias en las consultas con profesionales psicólogos. Se trata de lo que podría denominarse, la “tecno-adicción” de los jóvenes, un motivo de alarma en padres y educadores. Este fenómeno conductual adquirió una intensidad profunda, pues redunda en graves dificultades de atención y en una tendencia al aislamiento, entre otros trastornos. Suponer que este fenómeno es uni-causal sería claramente una simplificación, pues la problemática tiene varias aristas y las sociedades actuales poseen una complejidad impermeable a las soluciones mágicas.

De aquí que lo que este trabajo se propone es indagar algunos caminos posibles desde los cuales poder diagnosticar con la mayor amplitud posible un tema central no sólo para los jóvenes sino para la sociedad entera, pues resulta evidente que ninguna tecnología es neutral y que lo que parece avecinarse son formas distintas de representar el mundo y de constituir la subjetividad. ¿Pero supone, efectivamente, el auge de las nuevas tecnologías un quiebre de paradigma? Nadie puede dudar de que las cosas cambian ¿pero, nos enfrentamos a una revolución que instaura un nuevo tiempo atravesado de virtualidad o estamos frente a una profundización, una nueva fase de un proceso que lleva ya unos siglos?

La intuición que guiará este trabajo es que se trata más bien de esto último. Es decir, asistimos, antes que a un quiebre con la modernidad, a la profundización del paradigma individual-capitalista en una fase que no por sorprendente debe obturarnos sus fundamentos.

De hecho estos tiempos donde se pregona que la felicidad puede ser hallada en uno mismo no parecen muy distintos de aquella nueva cosmovisión moderna que puso al sujeto en el centro de la escena y estableció al mercado como el espacio donde intercambiar las mercancías y donde poder tomar decisiones libremente con el fin poder orientar los fines egoístas.

Partiendo de esta convicción, se entiende que las relaciones interpersonales y la participación como parte de un colectivo social no estén valorizadas, olvidando de esta manera el rol primorhacen públicas fotos privadas; se escribe en muros que están a la vista de todos, mensajes íntimos y comprometidos; se muestran imágenes en el que se informa públicamente quiénes son los retratados.

Todo en el marco de transformación tecnológica que permite que casi cualquier aparato nuevo permita captar a través de fotos o videos un instante de lo real. Es sintomático en este sentido, no sólo la proliferación de banalidades sino insólitas réplicas de peleas, robos, situaciones de violencia y videos de contenido sexual con fines extorsivos o simplemente denostadores. Ahora bien, en esta cultura del panóptico deseado y de la indistinción entre lo público y privado, ¿qué rol cumplen los nuevos patrones familiares?

La felicidad privada

Esta posmodernidad, donde se exalta hasta tal punto al individualismo, parece ser aquella era que lleva hasta el paroxismo la idea de una felicidad alejada de lo público y del bien común. Se trata de una idea que hoy parece propiedad del sentido común: hablamos de que la felicidad sólo puede ser privada. ¿A qué cosa nos remiten las palabras felicidad privada? ¿Qué imágenes aparecen primero en la mente?

Probablemente, la mayoría visualice a una persona dentro de un espacio intimo, casi a oscuras, con luces azuladas que provienen de pantallas, quizás comiendo de distintas cajitas con los dedos o con una gran cuchara, bebiendo del pico, sentada y encorvada sobre una silla con rueditas, con la TV prendida de “taitantas” pulgadas y/o música de fondo que proviene de un equipo de audio o del último video “pirata”, “bajado/subido” a la PC , mientras que con una pierna se impulsa con las rueditas hasta la cama donde se recuesta. 

Pero ahí no termina la escena porque, boca arriba y desde la note book que se bambolea apoyada en la panza, con la mano que le queda libre de comida es probable que esté subiendo una foto a su Facebook, o respondiendo un mail, o contestando un mensaje de texto en el celular.

El gran objetivo seguramente será responder “nada” a la pregunta del –¿qué hacés? y– “todo bien”…si alguien escribiese –¿Cómo estás? Puede estar sucediendo alguna de estas cosas o quizá todas a la vez, no se sabe, pero lo que sí puede asegurarse es que esa persona está conectada con decenas, cientos de hombres y mujeres y sin embargo, al mismo tiempo, está sola.

Todas estas nuevas tecnologías conformadas por celulares, teclados, pantallas computadoras, filmadoras y máquinas de fotos digitales son algunos de los elementos heterogéneos que componen lo que César Hazaki (2010) llama “el cuerpo mediático”. 

Este cuerpo mediático, compuesto por toda esta aparatología informática, al no requerir participación corporal termina desvinculando a las personas. Emerge así una realidad mediática en la que se observan dos espacios mínimamente conectados: “un adentro” con un individuo inmerso en el líquido amniótico de su placenta mediática y un “afuera” donde (la sociedad, la ciudad) se visualizan como algo extraño y consecuentemente peligroso.

El lugar de los relatos en la matriz identitaria. Familia En el pasaje anterior se hacía hincapié en esta idea fundante de la modernidad, el sujeto. Este sujeto en tanto individuo es aquel que legitimará el conocimiento, la sociedad, la política, la belleza y la moral. Dios se hace a un costado y deja lugar al imperio del individuo. Tal cambio evidentemente supone una modificación de los lazos parentales. Sin que esto suene a una melancolía reaccionaria, resulta sintomático que aquel modelo de familia tipo occidental se ha resquebrajado por múltiples factores que van desde la igualdad de derechos de la mujer hasta el paulatino descrédito de los valores cristianos.

Con el capitalismo de fines del siglo XX (capitalismo tardío) se impuso un nuevo tipo de familia que se basa en la relatividad de los vínculos. Dicha relatividad permite pensar en otro destino de la antigua organización de las familias con la existencia de separaciones y nuevas recomposiciones. 

En las últimas décadas encontramos entonces que, junto a las familias modernas, conviven diversas formas de organizaciones familiares (familias ensambladas, familias monoparentales, homoparentales, unipersonales, etc.) que cuestionan la hegemonía del patriarcado. Acerca de estas nuevas circunstancias escribe Michel Tort (2008):

El Padre es una solución histórica, que actualmente esta cediendo el lugar a otras combinaciones de las relaciones entre los sexos y de las formas de poder. El Padre nombra, ni más ni menos, el nudo que, en Occidente, aúna religión y política. La cuestión del padre une indisolublemente la cuestión del poder y la del sujeto: representa una manera de definir una relación con el poder, calcada de los lazos que se establecen con la figura paterna, e incluso según la modalidad de algunas sociedades (Tort, 2008).

Después de exponer la actual situación familiar y para volver a tema de la importancia de los lazos identitarios en la construcción subjetiva, es necesario reconocer que en la sociedad actual, lo habitual es ver familias cada vez más pequeñas en número que viven desvinculadas de los parientes por la distancia, las migraciones, el exceso de ocupación, las separaciones y/o por la costumbre. Esta situación va deshaciendo cada vez más los lazos que históricamente dieron unión y sentido de pertenencia a los grupos humanos (linaje), quedando de esta forma lo identitario reducido a los relatos de papá y mamá. 

El diálogo acerca de los antepasados familiares, de la infancia de los padres, los comentarios acerca de gestos y actitudes heredadas (parecerse a…, hacer lo mismo que…ser igual a...) construyen identidad, contienen, conforman ideales a cumplir, identificaciones que sostienen proyectos, etc. en un proceso llamado socialización que confirma la frase de que “persona se hace y no se nace”.

Tenemos a la vista varios problemas con el tema de la identidad que se darán indefectiblemente entre lo subjetivo y lo intersubjetivo.

En referencia a los vínculos entre los sujetos, Castoriadis (1997) opina que la crisis de valores en la sociedad contemporánea, abarca también a los procesos identificatorios dentro de la misma. Uno de los motivos es que en las sociedades actuales, se advierte una pérdida de historicidad que fundamentalmente es aquello que no permitiría relacionar presente, pasado y futuro. Cuando esa relación no existe, tampoco es posible la construcción de sentido y significación de un “Nosotros”, de esta manera, la sociedad pasará a ser vista como una carga para el individuo. 

Por otro lado, a esta ausencia de significación social se le suma la falta de sentido de pertenencia por parentesco debido al aislamiento de las familias nucleares (padre/madre/hijos) y la ausencia de diálogo como consecuencia del televisor encendido en los escasos momentos donde el grupo familiar podría reunirse y charlar (la cena en la mayor parte de los hogares). Años atrás, los comerciales permitían algún cruce de palabras, después, a partir de la aparición del control remoto ni siquiera quedó esa posibilidad de decir algo en las publicidades. Dice F. Dolto (1990):

Ante las necesidades de su progenie, los padres dejan hacer y se abstienen de educar. Si ya no hay niños, tampoco hay adultos. Los adolescentes se ven obligados a ser padres de sí mismos, situación que les da una libertad que no saben ni para qué ni cómo usar.

Los adolescentes carecen de reglas de autopaternalización. ¿Cómo van a saber conducirse en sociedad si no reciben ninguna enseñanza por el ejemplo o el diálogo con los padres? La televisión se convierte en única fuente de referencia de niños aislados en departamentos vacíos de adultos (Dolto, 1990).

El zapping captura la atención debido a una constante estimulación visual y auditiva que no permite la palabra. Las peleas entre padres e hijos que una generación atrás eran por un mundo distinto al establecido por los adultos, hoy aparecen vinculadas sólo al tema de quién es el que está legitimado para manejar el control remoto.

El malestar en la cultura. Cuando la impotencia muta en agresión. Para entender la situación, bien cabe volver a un texto que no por clásico resulta anacrónico. Se trata del célebre El malestar en la cultura escrito por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud (1930).

En una entrevista que éste le concedió al periodista George Sylvester Viereck en 1926, afirma: – S.Freud: … Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana. – G.S.V.: ¿Por qué? – S.Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. 

La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. 

Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura (Viereck, 1957). El emergente de estos tiempos, también llamados “la era de la inmediatez”, es un individuo que se siente incapaz y tan débil e impotente como sujeto activo, que llega a generar modos de respuestas agresivas contra los otros y/o contra si mismo.

Cuando la agresión se dirige hacia los otros, se observan conductas intolerantes, cargadas de agresividad que van desde las menos virulentas, como las que podemos ver a diario (en la calle, en el tránsito, en los superiores y compañeros del trabajo, en los panelistas de TV, en las opiniones periodísticas, etc,) hasta las más violentas que pasan a ser de índole delictivas.

Tanto en los consultorios de médicos, odontólogos, psiquiatras y psicólogos, como en las colas de los bancos y en las reuniones entre amigos, es habitual escuchar y hablar con gran familiaridad acerca de antidepresivos, ansiolíticos e inductores del sueño. Algunas de estas personas los consumen bajo prescripción médica pero la gran mayoría se automedica debido a la posibilidad que existe en nuestro medio de conseguir psicotrópicos sin receta en varias farmacias inescrupulosas. 

Lo más interesante es poder descubrir en los relatos cómo, a pesar de los distintos nombres o aplicaciones de estos fármacos subyace una misma base conflictiva: el miedo a correr riesgos en el presente, la ausencia de proyectos por causa de un futuro que se avizora como amenaza de pérdida y la incertidumbre acerca de algunos (o todos) de los cuatro pilares sobre los que se asienta la salud mental personal: los afectos, el trabajo, la salud y la vivienda. Sobre el miedo y la angustia, E. Galende (2009) escribe: 

La dimensión del miedo y la esperanza, en nuestro tiempo, está en el centro de muchos de los sufrimientos mentales que atendemos. Hubo tiempos en que dominó la nostalgia, como en el siglo XIX lo expresó el romanticismo. Freud, no del todo ajeno a ese movimiento, nos enseñó a reconocer las pasiones que sujetan al hombre a su pasado y dificultan su presente; sólo tangencialmente aludió al miedo y criticó la esperanza como ilusión religiosa.

A nosotros nos toca hoy comprender las pasiones ligadas al futuro: éstas, como el miedo o el pánico, afectan y condicionan el presente de muchos, especialmente de aquellos que, refugiados en el individualismo, no logran comprender las razones de sus malestares. 

Un nuevo recrudecer del objetivismo, esta vez por vía del consumo y el mercado, lleva a que el otro, cualquier otro, pueda devenir y ser tratado como un objeto más; el individualismo ayuda a que cada uno sólo valga por su uso. Todo esto, con la dimensión de estar sustraído a la conciencia, ¿no es motivo suficiente para explicar mucho de la angustia actual como padecimiento dominante? (Galende, 2009).

Lo paradojal del miedo de los padres Cuántos hemos escuchado decir: –“Mejor le compro la Play así se queda en casa y no sale a la calle (tan llena de peligros)”. Esta frase que resuena en miles de conversaciones, sintetiza una realidad que resulta ser una de las grandes paradojas pues probablemente inducidos por un contexto donde los padres viven asustados por la seguridad de sus hijos, los confinan al ámbito seguro de las cuatro paredes de su habitación sabiendo, al mismo tiempo, que existe la posibilidad de que se encuentren dialogando con otros desconocidos que a partir de lo que puede leerse en las crónicas policiales (convocatoria a suicidios, citas de perversos sexuales, incitación a participar en videos pornográficos, etc.) bien podría ser considerado como lo realmente peligroso. 

La creciente preocupación por la seguridad personal sin tener en cuenta la importancia de la participación en acciones comunitarias es parte de una problemática actual que Emiliano Galende (2009) desarrolla con estas palabras:

No olvidemos que el miedo es la pasión que más fácilmente se erotiza: esta cualidad hace que se potencie y se contagie entre los individuos. Esas operaciones mediáticas son exitosas, mantienen su eficacia haciéndonos creer que la prioridad para cada uno de nosotros es tomar medidas destinadas a nuestra seguridad personal; nos convencen de que nuestra situación ante los riesgos y amenazas del futuro depende de lo que pueda hacer cada uno, no del destino en común (Galende, 2009).

La felicidad privada es una felicidad que atravesada por las nuevas tecnologías parece suponer un compartir con los otros y sin embargo supone un consumo estrictamente individual. Y aquí reside la novedad pues todo esto se da en el marco de la emergencia de un nuevo fenómeno que se materializa en la ruptura los lazos sociales que antes contenían a los individuos en relaciones interpersonales directas.

Otro efecto de la exaltación del Yo y el aislamiento de los cuerpos como síntoma de los tiempos que corren, es la sensación particular de vacío. Esto se ha expandido a tal punto que Lipovetsky (1986) la llamó la era del vacío. Vacío que va produciendo una multitud de ¿depresivos? o medicados como tales y otras formas de conductas que pueden manifestarse a partir de diversas formas de violencia.

El enorme negocio que representa para la industria farmacéutica la venta de psicofármacos y las ganancias millonarias de los narcotraficantes, son las caras legales e ilegales de un mismo problema que está relacionado con el consumo y con la necesidad de poder hacer frente a un sociedad más exigente y con condiciones laborales cada vez más precarizadas.

El malestar en la cultura. El efecto en los jóvenes 

Es en este contexto donde no debe sorprender la proliferación de conductas autodestructivas, algo que puede hallarse en las manifestaciones depresivas, en las adicciones , en los suicidios, en la bulimia, en la anorexia y sobre todo, en aquello que en términos psicológicos se denomina inhibición y que se manifiesta en las personas bajo la forma de desinterés, desgano, cansancio, rechazo y una serie de conductas evitativas que surgen como defensa ante un sistema social y cultural que aparece como amenazante, expulsivo e incapaz de dar lugar al reconocimiento del “otro social”.

Planteado este panorama general, resulta interesante observar los fenómenos que se producen en la franja etaria que va desde la pre-adolescencia hasta la denominada adolescencia tardía (30/35 años), ya que, ante las jóvenes generaciones se despliega un panorama con pautas culturales homogéneas que, de manera unívoca y sin cuestionamiento se replican dentro de la propia familia y del grupo de pares.

Frases hechas que circulan y se internalizan Son metas ideales que circulan en el imaginario social, instituyendo mediante la constante repetición (sin reflexión) los estereotipos del exitoso y los procedimientos a seguir si se quiere ser alguien en la vida. Surgen de esta forma una serie de requisitos y pasos a cumplir que van adquiriendo carácter de indispensables y que demandarán además de dinero, poner el cuerpo (tiempo - esfuerzo - tratamientos - cirugías, etc) en pos del mandato de la capacitación constante o de las exigencias del ideal estético.

En una sociedad altamente consumista y competitiva, aquello que “hace falta ser”, va mutando y adquiriendo un grado tal de sofisticación que pasa a ser un bien a consumir por unos pocos. De esto se concluye que serán muchísimos los que sentirán que quedaron excluidos del sistema por no saber hablar tres idiomas, por no dominar “tal” programa en la computadora, por no ser alto, blanco, rubio, flaco… etc. [ Se utiliza el verbo “sentir” porque no es el propósito de estas líneas hablar acerca de los que sí están materialmente excluídos ]. 

Se entiende entonces que estarán los que en un principio se (los) suben al tren de la hiperactividad con cursos, seminarios, talleres, actividades extra-curriculares y capacitaciones que aparecen ofertados como pasaporte hacia el futuro y aquellos que por diferentes motivos se irán bajando o cayendo de ese tren que aseguraba un buen porvenir con el sabor de la derrota y la culpa. 

Como los logros nunca estarán acordes con las exigencias sociales, aparecerá una enorme sensación de impotencia y un futuro percibido como incierto y excluyente. Ante esta expectativa y para evitar el dolor de la frustración encontrarán la salida desde el abatimiento y la apatía. ¿Cómo podría explicarse este fenómeno teniendo en cuenta que el rasgo distintivo de la juventud fue desde siempre su apuesta al cambio de lo establecido, la rebeldía, la transformación y la lucha participativa?

Una posible respuesta podría colegirse del hecho de que en la actualidad se combinan dos elementos; por una parte, el estado de incertidumbre propio de estos tiempos posmodernos en los que asistimos al funeral de las certezas dejando atrás a la Modernidad y su profecía positivista del progreso indefinido. Por otra parte y debido a esto, surge el convencimiento de no poder responder satisfactoriamente los ideales parentales ni las expectativas y demandas del medio social. 

En la actualidad hay que aprender a vérselas con esta falta de manual de instrucciones que asegure el futuro, situación que provoca a nivel psíquico estados de malestar que se traducen en ansiedad e inquietud o en apatía y abatimiento (distrés).

La imposibilidad de elegir (por no poder excluir y tolerar la falta) se manifiesta en un estado de duda constante, que deja como residuo la sensación de un “afuera” del que nada puede afirmarse por mucho tiempo y en donde todo pasa a ser contingente, azaroso, con sucesos que se suceden como flashes y sobre los que no hay tiempo para preguntarse por las causas ni por las consecuencias. Son tiempos donde lo proyectivo no va más allá de lo inmediato.

El mundo propio, tanto en la esfera pública como en la privada pasa a estar formado por situaciones inconexas, que ocurren porque sí, con predominio de un pensamiento mágico donde la explicación última se legitimará desde el tener mala o buena suerte. Desconectado entonces de cualquier nexo de causalidad, todo puede dar por resultado cualquier cosa, poco puede proyectarse, pocas cosas podrán generar un compromiso. 

En esta época de bombardeo de estímulos, el zapping dijo que no hay tiempo para la reflexión ni siquiera para un parpadeo que permita preguntarse por el porqué o el para qué de las cosas. Es por esto que vemos que en los consultorios de los psicólogos abundan patologías del tipo de estados ansiosos, con hiperactividad, con angustia por la sensación de estar perdiéndose algo ó bien de cuadros con rasgos depresivos donde aparece el autoreproche y la culpa por no estar haciendo lo suficiente (ideal del Yo) ó por defraudar las expectativas de los padres. Las manifestaciones de estos estados anímicos que si bien aparecen como muy diferenciados, tienen en común un mismo zócalo de desinterés y de apatía.

Este desinterés por el porqué de las cosas, tampoco permitirá pensar en la transformación o de-construcción de la realidad y de ello devendrá el convencimiento de que nada puede cambiarse. De allí el desgano y el desánimo que va produciendo en los jóvenes una renuncia (vital) a cualquier acción transformadora de la realidad.

De todas maneras, la vitalidad propia de esta franja etaria no desaparecerá sino que encontrará como forma sustitutiva de satisfacción, la descarga en una acción directa (acting), donde la compulsión por el consumo (tóxicos, alimentos, compras, juego, Internet, videojuegos) aparece como el síntoma más observable.

Palabras finales El universo de las nuevas tecnologías abre una serie de interrogantes y el vértigo en el que nos incluye nos imposibilita muchas veces poder asir los intensos cambios sociales que genera. Sin duda se trata de cambios profundos que no están determinados meramente por la globalización comunicacional. Se trata, en todo caso de una manifestación más de un clima de época de caída de los grandes relatos, de incertidumbre hacia el futuro y de una vida atravesada por el presente permanente.

En este sentido, este trabajo tomó como idea guía que si bien asistimos a cambios poderosísimos y a la emergencia de nuevas subjetividades y nuevas formas de relaciones que harán de las próximas generaciones, hombres y mujeres con puntos de vista muy distintos a los existentes en la actualidad, no se trata de un quiebre total, una suerte de inauguración de un nuevo paradigma. 

Más bien se trata de la profundización de la cosmovisión moderna centrada en la primacía del sujeto, en la tecnología como prótesis humana para modificar el estado de cosas y atravesada por la felicidad privada que deviene de la persecución egoísta de los intereses individuales. 

Como se dijo al principio de este ensayo, estamos asistiendo a una profundización del paradigma individual-capitalista donde el observable es la ausencia de proyectos en común por la exacerbación del egoísmo que menoscaba la solidaridad y provoca desentenderse del prójimo. El individuo actual es autoreferente y se haya en soledad inmerso en su ciberespacio, tratando de resolver situaciones singulares desde las propuestas externas que continuamente lo compulsan a elegir entre muchas opciones y en corto tiempo. 

Es cierto que el homus psicológico de esta era narcisística, tiene la posibilidad de manejar más  libremente su vida, rompiendo con las tradiciones, sin ataduras políticas ni dogmáticas y haciendo un culto del deseo pero, el precio será el de vivir en la indiferencia social propia de un modelo que disuelve los lazos de sociabilidad y reciprocidad.

En el campo de la clínica, los trastornos no son los de antes. Sin duda habrá puntos de encuentro pero los estímulos de hoy y los vínculos de hoy no son los de ayer. Con todo, la comprensión de tales problemáticas no debe indagarse en los manuales que aún no se escribieron sino en aquellos que desde el siglo XVII siguen marcando las pautas de cómo vivimos y de cómo somos.

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Recursos Electrónicos

Galende, E. (2009). La angustia, el miedo y la esperanza. Disponible en: http://www.topia.com.ar/articulos/“-angustia-miedo-y-esperanza”


Las tecnologías de la felicidad privada. Una problemática tan vieja como la modernidad fue publicado de la página 157 a página167 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº42

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