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Una reflexión sobre los aportes de la Epistemología Feminista al campo de los Estudios Comunicacionales

Acevedo, Mariela

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº 54

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº 54

ISSN: 1668-0227

Reflexiones sobre la imagen: un grito interminable e infinito

Año XVI, Septiembre 2015, Buenos Aires, Argentina | 248 páginas

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Introducción

Con la categoría de “epistemología feminista” haremos referencia a la forma reflexiva en la que, en los espacios de construcción de conocimiento, se cuestiona la neutralidad del sujeto cognoscente. González García y Pérez Sedeño (2002) sostienen que:

Frente a la epistemología tradicional, donde el sujeto es una abstracción con facultades universales e incontaminadas de razonamiento y sensación, desde el feminismo se defiende que el sujeto del conocimiento es un indi viduo histórico particular cuyo cuerpo, intereses, emociones y razón, están constituidos por su contexto histórico concreto, y son especialmente relevantes para la epistemología (González García y Pérez Sedeño, 2002).

Así, el conocimiento es siempre situado. Esto es: condicionado por su situación particular, espacio-temporal, histórica, social y cultural. Las nuevas epistemologías o epistemologías críticas tales como las aproximaciones feministas, visibilizan los sesgos de clase, raza y género y aportan una crítica al cientificismo, eurocentrismo y androcentrismo en las ciencias sociales. En su crítica, tanto el sujeto productor de saberes como la particular elección y recorte de lo que ese sujeto puede ver en determinada época y lugar se ven condicionadas por la estructura y la posición del sujeto en ella.

Para los estudios que atañen a la comunicación, es de especial interés esta reflexión y su cruce con la crítica que se estructura en torno a la cultura visual. El análisis de la dimensión simbólica de fenómenos sociales implica entender la producción, circulación y transformación de sentidos como parte de un proyecto político que disputa el statu quo dominante. Ya que el análisis de las producciones artístico-comunicacionales contempla que éstas vehiculizan valores, visiones de mundo y relaciones de poder: en breve, ideología. Los Estudios sobre la Cultura Visual o Estudios Visuales pretenden hacer inteligibles estas expresiones aunque muchas veces pasen por alto los enfoques feministas. Así, los aportes de los estudios feministas al campo de las ciencias sociales, específicamente a lo que hace a los estudios de Comunicación y de Cultura Visual, se centran en abordajes de discursos de la cultura popular y masiva en torno a las relaciones de poder que se establecen en sociedades de dominación masculina.

Crítica a la razón patriarcal: ¿Ausentes o ausentadas?

La ciencia ha elaborado un discurso sobre sí misma que apela a la objetividad en la que un sujeto cognoscente “universal” conoce y descubre la naturaleza de las cosas. Este sujeto se ha revelado como ficticio, entre otras cosas porque “los pares” con los que discute –y conforma la comunidad científica– no escapan a rasgos que constituyen hegemonías étnico-culturales, de clase y de género. La imagen de un observador que aborda a su objeto, que está ahí afuera y espera pasivamente ser explicado, ha sido desmontada con la crítica al cientificismo que dio cuenta de sesgos eurocéntricos, logocéntricos y androcéntricos que debemos considerar en todo diseño de investigación. La filósofa feminista Diana Maffía (2007) coincide con este planteo general y señala diferentes abordajes. Entre las líneas de trabajo que se preguntan por la relación de las mujeres con el proceso y el producto científico destacan dos de abordaje sociohistórico. La primera, rescata los aportes de mujeres invisibilizadas en la corriente dominante de la ciencia (masculina)1, la segunda, complementariamente, indaga en las barreras que limitaron el acceso de determinados sujetos a los espacios de saber. Ante la afirmación de que la diferencia sexual no es significativa para la producción científica o artística, la denuncia de los sesgos androcéntricos en la ciencia y el arte evidencia que son las interpretaciones (culturales) de las diferencias (biológicas) las que se traducen en desigualdades (por ejemplo de acceso) para luego ser naturalizadas y legitimadas en forma de posiciones de dominación/subordinación. Afirma Maffía

Las teóricas de esta corriente del feminismo elaboraron la distinción entre sexo y género (el sexo como lo biológico, el género como la forma cultural de la que se lo reviste en cada momento histórico-social) en un esfuerzo por minimizar la polarización entre masculino y femenino. No hay diferencias biológicas sino culturales, que reducen a la mujer al ámbito de las emociones y dificultan su acceso a la esfera objetiva (y en ella a la ciencia) (Maffía, 2007, p. 68).

Lo cierto es que la ausencia de las mujeres en la producción o su posterior eliminación de la narración de la historia de la ciencia y el arte (o su inclusión como caso excepcional) llevó a las feministas a preguntarse por el impacto de esta ausencia y en los efectos que conllevaría su inclusión. Estas preguntas habilitaron otras dos formas de abordaje. Por un lado, aquella que se pregunta por las definiciones que desde la ciencia y el arte se ha hecho de la “naturaleza” de las mujeres (con sus implicaciones políticas). Por otro, aquella que se pregunta por el modelo científico mismo entendido como una construcción histórica moderna que asocia racionalidad y masculinidad (hegemónica). Desde este abordaje se pretende generar nuevas formas de hacer ciencia, cuestionando, por ejemplo, la división entre “ciencias duras” y “ciencias blandas”, metáfora que se inscribiría como réplica de otras dicotomías construidas en relación de superioridad-inferioridad entre lo masculino activo y lo femenino pasivo.

Maffía señala a su vez que el abordaje de las cuestiones que cruzan al sujeto cognoscente y su generización pueden ser encaradas desde tres puntos de vista: El primero, de corte conservador que niega racionalidad a las mujeres y por lo tanto su aporte a la ciencia, que fue el que prevaleció en la construcción misma del modelo científico moderno. El segundo, de cuño liberal que se impone con las luchas por la democratización en la que se implicaron diferentes sujetos, incluyendo las mujeres, donde la premisa de igualdad se sostiene en la eliminación de las barreras a través de más y mayor acceso a la educación, principalmente. Y por último, el punto de vista radical, que entiende que sumar mujeres a una construcción científica patriarcal no representa una verdadera solución si no se transforma de base la ciencia misma. Apunta Maffía:

Cuando vinculamos género y ciencia, nos interesa discutir en especial las estrategias metodológicas que permitan una reconstrucción feminista de la ciencia, no sólo del papel de las mujeres como sujetos de producción de conocimientos, sino de los sesgos que el género imprime al producto, a la teoría científica (Maffía, 2007, p. 83).

Las sospechas feministas

Existen diferencias entre los enfoques feministas en epistemología, siguiendo a Sandra Harding (1996), serían tres: el empirismo feminista, el punto de vista feminista y el posmodernismo feminista, que convergen en un interés político explícito en la medida que plantean una agenda social que apunta al reconocimiento y a la identidad. El empirismo feminista entendería que los sesgos sexistas y androcéntricos obedecen a errores metodológicos, por lo que corregidas ciertas fallas podría mantenerse la confianza en “la ciencia”. No cuestiona las normas científicas convencionales, sólo critica su aplicación incorrecta. A pesar de que este enfoque poseería cierta ingenuidad, Harding sostiene que las feministas empiristas subvierten el empirismo tradicional al plantear que la identidad del sujeto deja de ser irrelevante en la búsqueda del conocimiento científico. Además, desde esta postura se cuestiona la omnipotencia de las normas metodológicas y sociológicas que precisan ser revisadas y se recupera la relación entre ciencia y política al postular que la ciencia se beneficia de una mayor objetividad al estar guiada por una política emancipadora. Las epistemologías del “punto de vista” a las que adscribe Harding, parten del reconocimiento del carácter socialmente situado de las creencias. La situación de las mujeres les otorgaría el privilegio epistemológico en un mundo dominado por los hombres, un privilegio derivado desde su posición marginal que permitiría a las mujeres ver lo que a los hombres se les escapa desde sus posiciones de poder. Señalan González García y Pérez Sedeño (2002)

El problema planteado por este tipo de posturas epistemológicas es la pregunta por cuál sería el punto de vista privilegiado, dado que existen muchas formas de opresión (clase, raza, sexo…) y muchos tipos de experiencias femeninas a menudo incomparables e incompatibles (González García y Pérez Sedeño, 2002).

Las epistemologías postmodernas, por último, postulan identidades flexibles, entendidas como “posiciones de sujeto” de carácter fragmentario. Basadas en el postestructuralismo, las teorías de la construcción social y el deconstruccionismo de los años ‘80, suponen que hacer ciencia es “narrar historias” y que la ciencia es una empresa de negociación entre intereses antes que de descubrimiento de verdades. La unidad de la ciencia y conceptos tales como “identidad” o “representación”, adquieren carácter de problemas y permitirían revisar algunos de los presupuestos fundamentales de posiciones reificadas, que alcanzan una notable radicalidad en el ejercicio reflexivo como el concepto de cyborg de Donna Haraway (1991) y otras visualizaciones postmodernas similares.

Repensando los puntos de vista: disciplinas y enfoques

Dar media vuelta y ver qué pasa allá afuera, No todo el mundo tiene primaveras. Giros, Fito Páez.

Tal como sostiene Immanuel Wallerstein en “Abrir las Ciencias Sociales” al respecto de los cuestionamientos de un saber universal:

Ciertas voces disidentes –notablemente aunque no exclusivamente feministas– cuestionaron la capacidad de las ciencias sociales para dar cuenta de su propia realidad. El mensaje que dirigían a los investigadores parecía ser el siguiente: “El análisis que ustedes presentan puede ser apropiado para este grupo en particular, pero simplemente no se ajusta a nuestro caso”. A veces, el cuestionamiento adoptaba una forma más radical y ponía en duda el principio mismo de universalidad, alegando que lo que las ciencias sociales consideraban aplicable al mundo entero sólo representaba la visión de una pequeñísima minoría de la humanidad. Además, argumentaban, la visión de esa minoría había llegado a dominar el mundo del conocimiento, por el simple motivo de que esa misma minoría dominaba también en el mundo no académico (Wallerstein, 1995,p. 29).

Para articular este planteo, la categoría “género” fue fundamental. En los años ‘70, las feministas se reapropian de este concepto originalmente de la medicina, para diferenciar el sexo biológico de las normas culturales y expectativas sociales por las que machos y hembras biológicos se transforman en varones y mujeres. En la epistemología feminista el concepto de género comienza a usarse a fines de esa década, con el acceso de las mujeres a los ámbitos de educación superior que permitió analizar los efectos de esta incorporación: así, la suposición de que “agregar mujeres” a la ecuación era suficiente para obtener otros resultados se mostró falaz. Comenzó entonces a articularse un reclamo contra una ciencia patriarcal en su conjunto, aunque debemos tener en cuenta que se trata de un campo cruzado de intereses, un espacio de disputas, compartimentado y organizado jerárquicamente, que reproduce una división en la que las Ciencias Humanas quedan del lado del “mito” y las Exactas y Naturales del lado del “logos”. Sostiene Immanuel Wallerstein:

A lo largo del siglo XIX, las diversas disciplinas se expandieron y llegaron a abarcar un gran abanico de posiciones epistemológicas. En un extremo se encontraban primero la matemática (que no era empírica) y después, las ciencias naturales experimentales (ubicadas en una especie de orden descendente de determinismo: física, química, biología). En el otro extremo se encontraban las humanidades (o artes y letras), empezando por la filosofía (contracara de la matemática como actividad no empírica) y, después, el estudio de las disciplinas artísticas formales (literatura, pintura y escultura, musicología) que, en la práctica, se acercaban a la historia, una historia de las artes (Wallerstein, 1995, p. 8).

Este carácter “literario” de las Ciencias Humanas ha generado una suerte de sospecha sobre las Ciencias Sociales que han quedado atrapadas en medio. Las Ciencias Sociales –y entre ellas las de la comunicación– construyen su objeto en la frontera entre los discursos científicos y las construcciones/representaciones de la realidad. Nuestro objeto de estudio, entiende Eduardo Vizer, resulta del análisis de “los modos y los procesos por medio de los cuales las sociedades “viven su mundo de la vida”, como viven y construyen sus realidades.” (Vizer, 2006:20) De modo que, nos hallamos en las “orillas” de la ciencia y nuestro desafío, es construir los “puentes” entre las ciencias exactas/naturales y las humanidades. La partición señalada por Wallerstein como la de “dos culturas” y una tercera en medio – las Ciencias Sociales– entre la ciencia y la literatura, ha generado que los cientistas sociales deban optar por una de dos estrategias: Matematizar la disciplina con la esperanza de que lo medible sea ciertamente más “científico”, adoptando métodos y postulados de las ciencias exactas y naturales; o, por el contrario, dar cuenta de que si las Ciencias Humanas son relatos, las Ciencias Sociales constituyen interpretaciones plausibles y en disputa con otras explicaciones de los fenómenos sociales, e incluso que esta condición no es exclusiva de las disciplinas sociales sino que son una característica de toda ciencia. Esta segunda línea es por cierto una crítica al positivismo de la primera estrategia y encadena una línea de pensamiento que entiende la realidad como discursiva, una realidad que se construye en el lenguaje, lo que potencialmente desafía toda la estructura científica moderna. Será a partir de los aportes de voces disidentes a la concepción de la historia como progreso acumulativo e ilimitado que se construirá la crítica, y una nueva episteme a partir de sujetos con minúscula que no dan con la talla del Sujeto varón adulto, blanco, heterosexual y propietario: hombres y mujeres de las colonias, diversidades étnicas, culturales, sexuales, minorías, que cuestionarán al sujeto universal como tal y junto a él a “la historia universal” y los relatos totalizadores.

En gran medida, la ciencia moderna a partir de la década del ‘50 del siglo veinte acusa el impacto simultáneo del giro lingüístico de la filosofía y el giro semiótico de las Ciencias Sociales, que convergen en considerar al lenguaje y al sentido como dimensiones constitutivas de los fenómenos sociales. “La ciencia” desde este punto de vista, se constituye como uno de los grandes relatos de la Modernidad con sus ideales de progreso y racionalidad, relato que entra en crisis con el descentramiento del Sujeto y la emergencia y proliferación de otros sujetos, múltiples voces que hablan también desde nuevas epistemologías críticas a mediados del siglo veinte.

En este escenario, emergen los Estudios Visuales como área transdiciplinaria ocupada de comprender lo que Guy Debord (1967) denominó “la sociedad del espectáculo”. Al decir de Debord: “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Pero en la que los sujetos, a diferencia de otros lenguajes, no han sido “alfabetizados”. Y es que a pesar del ocularcentrismo occidental, las imágenes han recibido menos interés analítico que el lenguaje verbal (en los estudios de lingüística) y la construcción del sentido (a partir de la semiótica) Esa será la principal crítica que los Estudios Visuales realizarán a esas disciplinas proponiendo a su vez un “giro visual” o “icónico” (Mitchell, 1994) que encuentra en las imágenes una forma de narrar el mundo propia que merece atención a través de la construcción de una epistemología y metodología específica.

Los Estudios Visuales nacen de dos vertientes que dialogan y se solapan: Una que proviene de los estudios culturales y la sociología de la imagen, con énfasis en las implicaciones político-ideológicas de lo visual; la otra que obedece a la expansión del objeto de estudio de la historia del arte que deviene en una historia de las imágenes. Entre estas dos áreas se conforma un campo interdisciplinario en el que el concepto de Historia es sustituido por Cultura y el concepto de Arte por el de lo Visual. Esta concepción de cruce y heterogeneidad, suma los aportes de otras disciplinas: la teoría cinematográfica, la estética, la literatura comparada, la teoría feminista, los estudios queer, el marxismo, el postestructuralismo, la teoría postcolonial y la antropología.

Así, podemos entender “La ciencia” como una formación discursiva que puede legitimar o disputar con otros discursos (artísticos, jurídicos, religiosos, mediáticos o del sentido común) la construcción social de la realidad (P. Berger y T. Lukman, 1968). Discursos que construyen lo que nombran: El sujeto y el objeto se co-construyen de forma dialéctica. Las ciencias sociales (y para algunos constructivistas radicales, las ciencias en general) construyen su objeto y lo hacen desde múltiples disciplinas: la filosofía, el derecho, la historia, la sociología, la antropología. ¿Y la comunicación? Como señala Eduardo Vizer “las disciplinas de la comunicación bien pueden definir su objeto como el estudio transdisciplinario de los procesos de naturaleza histórica, social y simbólica que dieron origen a diferentes dominios de realidad” (2006, p. 24) por lo que una aproximación a los fundamentos epistemológicos de nuestro recorte disciplinar evidencia un primer problema: la “naturaleza” de nuestro objeto desborda el campo y precisa de un abordaje transdisciplinar que convoca a los estudios de política, economía, sociología y antropología, entre otras posibles y todas estas disciplinas, además, pueden ser atravesadas por la perspectiva de género o los estudios feministas que sospechan de sesgos sexistas en los procesos de producción de conocimiento y en las producciones que derivan de ellos. En este punto las Ciencias de la Comunicación, pueden considerarse como el espacio transdiciplinar por excelencia, para abordar los fenómenos contemporáneos. De manera que cualquier abordaje hoy no puede soslayar el carácter mediatizado como una de sus dimensiones fundamentales que lo constituye como realidad a partir de su representación discursiva y su circulación masiva. Además, como sostiene Anna María Guasch (2003) en torno a los Estudios de la Cultura Visual, éstos tienen “un doble sentido estratégico”; por un lado, como disciplina académica renueva el campo de la historia del arte y de los medios a partir de la vinculación de distintas disciplinas que se proponen colaborar entre sí antes que construir espacios herméticos; por otro, despliega una estrategia táctico-política con impacto en el ámbito de la política cultural, como heredera y continuadora de los estudios inaugurados por la Escuela de Birmingham pretende transformar el statu quo dominante.

Transdisciplinariedad de los abordajes comunicacionales: ciencia, arte e ideología

Amelia Jones (2010) señala en la introducción a la segunda edición de su compilación de trabajos sobre Feminismo y Cultura Visual, dos hitos significativos en los estudios visuales en sus inicios y ambos están relacionados con los desarrollos de la crítica cultural feminista. El primero es la publicación del célebre ensayo de John Berger en 1972, Ways of Seeing traducido al español como Modos de ver que explícitamente incorpora una crítica a la construcción de la mirada y del objeto de mirada en tanto generizada. El segundo texto clave, apenas unos años después, es el ensayo de Laura Mulvey (1975) “Visual Pleasure y Narrative cinema” inserto en el campo de los estudios sobre cine y crítica cultural feminista. Jones sostiene que este tipo de crítica no debería forjarse en el interés de patrullar fronteras, definiendo qué autoras/es o producciones visuales “son o no son feministas” otorgando un valor inherente a personas, textos u objetos en el mundo. En cambio sostiene:

Cualquier argumento (sea visual o verbal, encarnado, virtual o textual) que se interese en, o pueda ser desplegado para explorar, las maneras en las que se toma como asunto, se performa, o se proyectan identidades generizadas es, en cierta medida, feminista, o al menos es útil para un estudio feminista de la cultura visual o de otras clases de cultura (Jones, 2010, p. 2 traducción propia).

Lo que habilita el enfoque para cualquier producción discursiva que pretendamos analizar. Y más adelante considera que la crítica feminista no es un camino más dentro de los estudios culturales, sino que es una vía regia para comprender la cultura visual:

[…] el feminismo no es un complemento, o un modelo crítico dentro del paraguas más amplio de estudios de la cultura visual o culturales. Por el contrario, el feminismo es una de las formas más importantes y que nos puede resultar más útil para llegar a un entendimiento de la cultura de la imagen en la que estamos inmersos, sobre todo porque el feminismo es uno de los innumerables discursos que surgieron en relación simbiótica con el ascenso de la Modernidad misma –coincidente con el desarrollo de la cámara, las imágenes de los medios de comunicación y, en definitiva, de la cultura y la imagen moderna– y podría decirse que leva a su punto culminante con la disolución de la modernidad o su transformación en posmodernidad (Ídem p. 4).

En este punto convergen en el feminismo la epistemología como reflexión crítica y nuestro objeto de investigación como documentos de época (textos visuales que narran nuestro mundo y le dan sentido, discursos que constituyen la semiósfera en tanto dimensión simbólica de nuestra cotidianidad). Las formas críticas de epistemología como las que postulan los diferentes enfoques feministas priorizan el para qué de la investigación y postulan que ésta encuentra su sentido en una política emancipatoria. Sostiene Joanne Hollows:

Hacia mediados de los setenta, feministas que trabajaban en las ciencias sociales empezaron a generar un cuerpo de conocimiento sobre cómo se representaba a hombres y mujeres en los contenidos de los medios de comunicación y los efectos que esto tenía sobre su audiencia. Esta investigación de las “imágenes de la mujer” fue criticada cada vez más por feministas que trabajaban con otras bases teóricas como el estructuralismo y el psicoanálisis y produjo un debate generalizado sobre las cuestiones de la representación. Las críticas a la tradición de “imágenes de la mujer” llevaron al desarrollo de un foco clave de estudios feministas a propósito de cómo los medios de comunicación, cine y estudios culturales trabajaban los procesos y prácticas de representación para producir ideas sobre qué significa ser mujer. (Hollows, 2005, p. 16).

Los Estudios Visuales –o Comunicacionales en general– se enriquecen cuando recogen los aportes de una tradición que se caracteriza tanto por ser reflexiva y crítica de su trayectoria como generadora de conceptualizaciones y teorías tales como los Estudios de Género, de Masculinidades, los Queer, Gay y Porn Studies, entre otros. Aportes y discusiones que, producidos desde hace al menos cuarenta años (a nivel académico, pero con una historia de producciones y luchas que antecede esa instancia), no pierden vigencia por su anclaje político con el contexto y su relectura constante sostenida como “conocimiento situado”.

A manera de coda final

Hasta aquí, la reflexión teórica sobre las líneas y tradiciones que se cruzan al momento de construir un punto de vista desde el cual abordar la investigación de producciones mediáticas que apelan a las imágenes y construyen realidad. Para cerrar quisiera reponer lo que, no hace décadas sino, hace algunos meses desató una polémica sobre algunas de las cuestiones esbozadas.

En mayo de 2012, la publicación de un artículo periodístico escrito por la investigadora de CONICET Laura Fernández Cordero ponía en jaque al equipo de investigadores liderado por el doctor Mariano Sigman, director del laboratorio de Neurociencia Integrativa de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y los investigadores Bruno Dagnino y Joaquín Navajas. Concluye Cordero allí: “[los resultados de los investigadores] no hacen más que reforzar el imaginario que alimenta el sexismo, la simplificación del deseo masculino y la violencia sobre las mujeres.” Es que el trío de científicos se hizo notorio tras participaciones en radio y televisión con lo que parecía una broma de mal gusto.2 Con la apariencia de un serio estudio sobre la percepción, la mirada, el lenguaje y las construcciones de imaginario sociosexual, y bajo el amparo de una ciencia exacta interesada por medir resultados y ofrecer respues tas, el equipo publicó en la revista científica Archivos del Comportamiento Sexual, de la Academia Internacional de Investigación en Sexo, el paper “Eye Fixations Indicate Men’s Preference for Female Breasts or Buttocks” (“Las fijaciones oculares indican la preferencia de los hombres por los pechos o los glúteos femeninos”). La investigación plagada de presuposiciones y sesgos concluye con recomendaciones a mujeres de invertir mejor el dinero en cirugías plásticas acordes al gusto masculino. Todos los tópicos revisados por la epistemología feminista pueden encontrarse en este ejemplo, desde la construcción del objeto con sesgos de clase, androcéntricos y heterocentrados, hasta las implicaciones políticas que conlleva indagar en los intereses que financian este tipo de investigaciones en pos de cuerpos tallados con bisturí. Y cabría agregar que también da cuenta de la compartimentación disciplinaria y la ausencia de la perspectiva, sino feminista, al menos social de las investigaciones que se realizan en parte de la Universidad pública. De alguna forma, lo sucedido, resulta ejemplar de algunas cuestiones: En primer lugar, cómo la dimensión comunicacional o mediática es la arena de construcción de la realidad, el espacio de disputa de sentidos. En segundo lugar, se hace evidente la necesidad de que las ciencias exactas y naturales estén guiadas por un enfoque social, y esto nos vuelve a situar en la necesidad de transdiciplinariedad al abordar cualquier fenómeno que involucre relaciones de poder. Por último, da cuenta de cómo los Estudios Visuales atravesados por epistemologías críticas, se imbrican en distintas disciplinas y es por ello que es necesario dar cuenta de la necesidad e importancia de profundizar en inteligir la cultura visual de la que somos parte.

Si algo puede decirse de la variedad de los abordajes feministas en el arte y la ciencia es que, a pesar de enfoques que discuten a veces de forma tensa como lo hacen las posturas del feminismo de la igualdad (cercano al humanismo liberal) y el de la diferencia (más próximo a posturas radicales y en algunos casos esencialistas), es que existe en ellos un objetivo político que pretende la emancipación a nivel individual y colectivo en pos de la transformación social. Sostiene Diana Maffía que a la hora de hacer ciencia y pensar en las construcciones cognoscitivas no se trata de sustituir una estrechez mental por otra, ni de complementar perspectivas masculinas y femeninas, sino más bien de una transformación de las categorías mismas de masculino y femenino, de mente y naturaleza. Buscando así una ciencia emancipatoria, transformadora que permita la multiplicidad, la supervivencia productiva de diversas concepciones del mundo y sus correspondientes estrategias. Para ello, revisar nuestros postulados epistemológicos y mantener una atenta vigilancia a la posición de sujeto que ocupamos resulta fundamental, tanto cómo preguntarnos el para qué de nuestro trabajo, pero especialmente, para quiénes nuestra investigación resultará relevante.

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Una reflexión sobre los aportes de la Epistemología Feminista al campo de los Estudios Comunicacionales fue publicado de la página 137 a página148 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº 54

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