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No hay lápiz, no hay papel ni película que pueda escribir lo que ellos han vivido (Segundo Premio)

Kohan, Estefanía

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2013 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2013

Año X, Vol. 60, Junio 2014, Buenos Aires, Argentina | 124 páginas

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Introducción

Este relato se desarrolla situándose en una época muy importante de la historia europea en la que la Segunda Guerra Mundial marcó profundamente a muchas de las familias de nuestra generación. Tome esta historia no sólo porque siempre estuvo como tema de conversación en mi familia sino también para no olvidar a nuestros familiares, como víctimas de estos terribles sucesos y para poder rendirles homenaje y honrar el valor de la vida y la superación. El trabajo hará un repaso de la vida de mi abuela materna desde su infancia durante el período de guerra, su llegada a Argentina, su matrimonio e hijos. Lo escrito será producto de la información recopilada en entrevistas familiares, artículos leídos, visitas a museos en diferentes países y datos históricos.  

Aquellos primeros años

Mi abuela materna se llama Irma Gross, es de origen polaco y nació junto a su gemela Paula el 7 de julio de 1936, unos años antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. Sus padres, Carolina y Edmundo (según traducciones) también eran de origen polaco y aparentemente conformaban junto a su hijo mayor Poldek (Leopoldo) y a sus hijas gemelas una familia judía bien posicionada para la época. Durante sus primeros años de vida la familia vivió en una casa en la ciudad de Lvov, Polonia, aunque actualmente, es territorio de Ucrania. La ciudad que se encontraba al sureste fue ocupada por la Unión Soviética en 1939 bajo los términos de un pacto germano-soviético entre Hitler y Stalin. Pero a principios de noviembre de 1941 los alemanes tomaron el territorio y establecieron un gueto (distritos encerrados en el que los alemanes concentraban a la población judía y los obligaban a vivir en condiciones miserables) en el norte de la ciudad. A partir de marzo de 1942 los alemanes comenzaron a deportar a familias judías del gueto a diferentes campos de extermino que formaban parte de la política de Hitler. Si bien no hay datos exactos ni documentos que certifiquen las fechas del traslado de la familia desde el gueto, se identificaron diferentes indicios por los cuales se dedujo que pudieron haber sido enviados a Belzec, ciudad ubicada entre Zamosc y Lvov, que se había convertido en un campo de exterminio, o algún otro campo previo a Auschwitz. No fue posible identificar el lugar en donde la familia fue dividida ya que tanto su padre como su hermano se sabe que no han sobrevivido. Tampoco es posible saber de qué manera han podido subsistir en los diferentes lugares donde han estado. Pudo haber sido porque su madre formó parte de los Sonderkommandos (destacamentos especiales) que eran grupos de prisioneros seleccionados, a quienes se mantenía con vida como mano de obra forzada o para formar parte del área de administración y recepción cuando las víctimas llegaban de los trenes. Otro dato certero se infiere del sistema de números y tatuajes que se emplearon en los campos de concentración y que tanto Irma, Paula, como su madre Carolina, poseen y poseían en sus brazos. Los prisioneros que llegaban tenían asignados un número de serie del campo que comenzó con el número 1, que se cocía a sus uniformes y además se tatuaba en su piel. Este método comenzó a utilizarse en 1941 y para evitar tener que asignar números excesivamente altos de series se introdujeron nuevas secuencias a mediados de mayo de 1944. Las mismas comenzaban precedidas con la letra A y el 1 y terminaban con el número 20.000; una vez que llegaban a ese número comenzaban otra serie con la letra B. Por algún motivo que se desconoce la serie A de las mujeres no terminó en el 20.000 sino que se extendió al 30.000. Tanto Irma, Paula como Carolina poseen sus identificaciones dentro de esta excepción, siendo sus números: A-25966/65/67. 

  Días y noches dan igual

Al día de hoy se conoce que el complejo de campos de concentración de Auschwitz fue el más grande que creó el régimen nazi y que incluía tres campos principales; en todos ellos los prisioneros eran utilizados para realizar trabajos forzados y como lugar de exterminio. Estaban ubicados aproximadamente 59 kilómetros al oeste de Cracovia. Fueron días de traslado en tren, en silencio, con preguntas y muchas dudas. De pie y cada tanto recostados uno encima de otros. Muchos viajaban con familias enteras, otros ya habían perdido de vista a los suyos. Cuando llegaban se encontraban con un paisaje inhóspito, se veían barracas, alambrados y hombres y mujeres con uniformes a rayas, rapados y casi esqueléticos. Hombres uniformados que con un simple gesto hacia la derecha o izquierda determinaban el rumbo de la vida o la muerte. La sensación era inexplicable, una mezcla de ingenuidad e incertidumbre pero a la vez de certeza ya que muy dentro de cada uno de ellos sentían que nada bueno podría ocurrir en un lugar como ese. Ya despojados de cualquier objeto material de pertenencia como anteojos, fotos, ropa o joyas y de todo tipo de documentación, el único abrigo para soportar temperaturas bajo cero era la muda de ropa que les era otorgada al llegar y unos zapatos o suecos que nunca eran del tamaño justo. Cada día era una lucha por sobrevivir en condiciones insoportables. El lugar común para vivir de miles de personas se limitaba a unas primitivas barracas que no tenían ventanas ni estaban aisladas del calor ni del frío. No había baño, solamente un balde. En cada barraca había alrededor de 36 literas de madera donde dormían de a cinco o seis en forma transversal sobre los tablones. Una sola barraca podía albergar hasta 500 prisioneros. La comida no era un tema menor, esporádicamente, consistía en sopa aguada hecha con carne y verduras podridas, un poco de pan y una bebida amarga parecida al café. Muchas veces la necesidad de alimentarse, el hambre, llevó a discusiones y robos entre los mismos prisioneros. Escaparse de Auschwitz era casi imposible. Había cercas electrificadas de alambres de púas que rodeaban el terreno. Ya no distinguían entre semanas y meses, días y noches daban igual. Llorar por la gente que mataron, sean familia o prisioneros desconocidos, no servía de nada; el frío y el hambre secaban las lágrimas. Los sentimientos eran reducidos: llegar a la noche, seguir con vida. 

  Un dato

Era común entablar diálogos o contar historias entre los prisioneros. Fue así que un día mi bisabuela, Carolina, entabló una conversación con una de las mujeres que compartía la barraca junto a ellas. Durante una charla en polaco trataban de imaginar a qué lugar del mundo irían una vez terminado ese infierno. Mi bisabuelo, Edmundo, tenía una hermana que había emigrado a Argentina años antes de que comenzara la guerra y con la cual mantenía un contacto fluido por carta. Por lo que la respuesta al tema de conversación no fue otra que: Argentina. La mujer que conversaba con Carolina al escuchar el nombre abrió sus ojos y seguido, le suplicó que si eso llegase a ocurrir no dude en contactar a familiares suyos que también vivían en el país. Como muchas de las tantas situaciones vividas durante la guerra jamás fueron olvidadas, el apellido de la mujer quedó grabado en la mente de mí bisabuela para siempre. Fue muchos años más tarde, luego de haber finalizado el conflicto bélico, de haber estado en centros de refugiados en Europa junto a sus dos hijas y de haber embarcado rumbo a Sudamérica, cuando al lograr ingresar a Argentina el 1 de abril de 1947 recordó ese apellido: Hecht. Al poco tiempo averiguaron cómo podrían hacer para encontrar o tener algún contacto con esa familia y surgió la posibilidad de colocar un aviso clasificado buscando a personas con ese apellido. Para su sorpresa se presentó un señor llamado David León Hecht y su hijo Bernardo. Le relataron la historia de cómo y por qué habían colocado el aviso y compartieron con ellos su experiencia de vida. A partir de ese momento sus vidas quedaron conectadas, juraron permanecer en contacto y frecuentarse. Pero no fue hasta el año siguiente cuando a la salida del cine, Irma, Paula y Carolina se cruzaron con Bernardo Hecht. Luego de ese encuentro lograron concretar un par de citas. Según mi abuela Irma, Bernardo desde el primer momento se fijó en ella a pesar de que se llevaban 11 años. Finalmente se casaron el 18 de octubre de 1952.   

Como la flor de loto

“Una flor de loto nos enseña que todos nacemos con la extraordinaria capacidad de extraer nutrientes vitales del fango de nuestras peores desdichas, que podremos utilizar para generar hermosos resultados”. Luego de haber vivido aquel infierno, poco más de cinco años después, Irma intentó rehacer su vida junto a Bernardo. Al poco tiempo, el 14 de agosto de 1953, Irma quedó embarazada de Ana, su primera hija. Seis años más tarde llegaba Roxana que nació el 31 de marzo, y el 10 de septiembre de 1965 nació Mario con quien el matrimonio completaba su descendencia y tomaba la decisión de ponerle fin a la etapa de nacimientos en la familia. Luego de haber vivido durante muchos años en el barrio de Devoto, lugar que vio crecer a sus hijos, se mudaron al barrio de Floresta, a un departamento en la calle Laguna y Av. Rivadavia. Al año siguiente, Irma y su marido pusieron un negocio dedicado a la venta de ropa de alta costura para damas llamado Modana que permaneció en actividad hasta aproximadamente el año 1994. La relación entre Irma y las dos integrantes de su familia, también sobrevivientes, fue siempre muy estrecha. Fueron las tres mujeres las que pudieron quedar con vida de aquella tragedia y eso, inevitablemente, provocó la unión eterna entre ellas. Mantuvieron no sólo el idioma polaco para entablar conversaciones que exclusivamente ellas querían entender sino además el amor y el cuidado, ya que vivían en departamentos del mismo edificio. El 17 de enero de 1978 fallece su madre Carolina a los 67 años y para ese entonces Irma y Paula Gross se convirtieron en las únicas gemelas sobrevivientes del Holocausto que vivían en Argentina. Los años siguientes transcurrieron con buenos y malos momentos como cualquier familia, algunas peleas, discusiones y alejamientos familiares pero con casamientos de hijos/as y nacimientos de nietos. El año 1998 no fue el mejor en la vida de Irma, ya que a su hermana gemela, luego de habérsele diagnosticado años atrás una diabetes severa, falleció el 1 de enero. Ese fue uno de los golpes más duros para Irma, ya que su mitad, como suelen sentir quienes son hermanos gemelos, se había ido. Pero no fue sólo la pérdida de Paula lo que la devastó, sino que el 4 de marzo de ese mismo año, es decir, dos meses después y luego de un largo período internado, falleció su marido, Bernardo. Los meses siguientes fueron grises, teñidos de dolor y angustia, con altibajos psíquicos y emocionales que derivaron en la imposibilidad de que Irma pudiese vivir sola, y a partir del año 2000 se decidió que permaneciera en una clínica geriátrica. Actualmente sus días transcurren allí en el barrio de Palermo en donde realiza actividades recreativas y no deja de lado su belleza ya que sigue hasta el día de hoy ocupándose de que su cabello y sus uñas luzcan hermosas.   

A modo de cierre

  Los que estuvimos allá nunca vamos a poder salir de ahí; los que no estuvieron, nunca van a poder entrar. Ninguno tiene el derecho de hablar por los muertos (…) Sin embargo la historia debe ser contada. A pesar de todos los riesgos, de todas las incomprensiones posibles. Debía ser contada por el bien de nuestros hijos. (EllieWiesel, sobreviviente del Holocausto)    Pasaron muchos años entre que Irma salió de Auschwitz hasta el día de hoy. Muchos años para recordar cómo su pasado marcó el destino de su vida. Muchas películas que hablan de lo mismo que ella vivió, muchos datos para confirmar que su experiencia no había sido una alucinación o pesadilla sino un hecho real, cuantificado y dimensionado. Se trató por un lado de mostrar parte de la historia que jamás debe ser olvidada, de una de las tragedias más espantosas que vivió la condición humana; un período marcado por el dolor de las personas que vivieron en cautiverio tratados como objetos, en aislamiento y discriminación, con degradaciones y la máxima frialdad que se puede tener. Pero más allá de eso, este trabajo fue una búsqueda, un homenaje, no sólo a un integrante de mi familia que merece mi respeto, mi admiración y sobre todo mi amor sino a aquellas personas que no conocí y también forman parte de mi historia.  

Conclusiones personales

Cuando recibimos la consigna del trabajo que íbamos a presentar en esta materia no dude un segundo en elegir esta historia. Sabía que podía ser una tarea difícil ya que si bien el relato se sitúa en el período de la Segunda Guerra Mundial, existen muy pocos datos que puedan obtenerse y no es fácil tampoco entablar conversaciones con el personaje principal de la historia debido a la carga emocional que conlleva recordar la pérdida de seres queridos y revivir momentos de la infancia. Me di cuenta que la realización de este trabajo me sirvió para aumentar mis ganas de seguir investigando, conociendo y descubriendo datos o partes de la historia de mi familia que aún no conozco. Además me permitió sentir que con este relato puedo honrar los valores, la historia, de aquellos que hoy ya no están pero que viven dentro de nosotros a través de los recuerdos y de la transmisión de generación en generación. 


No hay lápiz, no hay papel ni película que pueda escribir lo que ellos han vivido (Segundo Premio) fue publicado de la página 93 a página95 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº60

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