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El espacio interior como comunicación y significación. Una lectura semiológica del espacio del trabajo

Doldan, José María [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 12, Agosto 2009, Buenos Aires, Argentina. | 203 páginas

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El punto de partida de este escrito pretende ser la descripción de nuestro equipamiento cultural, es decir, saber dónde estamos parados y qué herramientas tenemos para la reflexión. 

Casi todos nos hemos formado en la segunda mitad del siglo XX. Entonces, la primera referencia espacial de la que se parte es la del Funcionalismo. Esta teoría, que se genera en Weimar, en la Bauhaus en el segundo decenio del siglo, considera que el fin último de los espacios construidos es su utilidad. La función utilitaria del espacio construido se cumple desde el momento en que un edificio es habitable o se ajusta a la misión para la que ha sido creado. Su mayor o menor calidad depende, según esta concepción, de la adecuación de los materiales y de las formas, a las necesidades de sus habitantes o usuarios. 

Pero el ser humano es un animal simbólico. 

El aspecto simbólico nos remite al concepto que además de la misión utilitaria existen otros tipos de función. Así lo explicita Siegfried Giedion en su libro Espacio, tiempo y arquitectura. Se refiere concretamente a una función cuyas características no se derivan de la perfecta adecuación material y formal, sino que va ligada a las significaciones simbólicas. Podemos hablar de una arquitectura cuya función radica en ser símbolo. 

Como en todos los períodos históricos, hoy en día la mayor parte de las construcciones existentes centran sus esfuerzos en la consecución de la función utilitaria. No obstante, junto a estas edificaciones se han venido dando otro tipo de arquitectura para las que la función preponderante es la simbólica. En algunos casos la función simbólica de la construcción tiene tal trascendencia que el edificio carece de cualquier otro sentido fuera de ella; diríamos que más que arquitectura es monumento. Tradicionalmente, la arquitectura símbolo ha estado al servicio del poder político y eclesiástico, mientras que hoy son cada vez más numerosas las referencias al poder económico. La que algunos estudiosos denominan “arquitectura de la autoridad” no se manifiesta por igual en todos los períodos históricos, sino que en algunos de ellos alcanza un mayor desarrollo. 

El significado del diseño se manifiesta a través del espacio, de los volúmenes y de las formas abstractas propias del lenguaje espacial. Los imponentes volúmenes característicos de los imperios del Próximo Oriente no eran sino la manifestación palpable del poder absoluto de sus gobernantes. Las puertas de acceso a las ciudades mesopotámicas, en las que el arco de medio punto entre las torres que las formaban era la representación de la bóveda celeste, símbolo subrayado por el uso de ladrillos vidriados en azul que recubrían toda la composición. Éste era el marco elegido por el soberano para sus apariciones públicas. Al decir de Albert E. Essen, la arquitectura era un símbolo del poder. 

El símbolo del arco pasó a Roma que lo adoptó en los arcos de triunfo. Como ocurría en la arquitectura egipcia, la romana expresaba la fuerza del imperio y el poder de sus emperadores mediante construcciones de inmensas proporciones como, por ejemplo, las gigantescas termas de Caracalla o el Coliseo en Roma. 

Durante la Edad Media, la arquitectura civil representativa estaba al servicio de los príncipes y grandes señores, que hacían construir grandes castillos que abrumaban, al mismo tiempo que infundían seguridad, a sus vasallos. También al medioevo pertenece el símbolo de las grandes torres de los edificios comunales en Italia, que tenían por finalidad comunicar que la ciudad que las había levantado era independiente; por ejemplo las torres del Palazzo Vecchio de Florencia. 

En la arquitectura cristiana, los símbolos pueden encontrarse también en las plantas utilizadas para sus construcciones: así, las plantas medievales en forma de cruz latina son una alusión explícita a la Pasión de Cristo mientras que las plantas circulares, propias del Renacimiento, son una referencia a la perfección e infinitud del Universo. 

Si los palacios florentinos, con su austera y maciza rotundidad, nos hablan del poder de la clase social que los erigió, las villas del Cinquecento revelan las características de los aristócratas comerciales que las idearon: refinadas residencias de recreo a la vez que efectivos y funcionales centros de trabajo agrícola en la Terra Ferma veneciana. Luego durante el Barroco, las arquitecturas de la monarquía y de la iglesia alcanzaron uno de sus puntos más elevados en cuanto a valor simbólico y propagandístico. Los grandes palacios europeos, como Versalles, ponían de manifiesto el inmenso poder del régimen absolutista, al tiempo que los templos contrarreformistas anunciaban y vendían los ideales del Concilio de Trento, en un uso del espacio verdaderamente propagandístico y publicitario. 

El Neoclasicismo, que tomó el lenguaje clásico, construyó edificios de muy diversa envergadura. Valgan por ejemplo los capitolios de las nuevas repúblicas en el Siglo XIX, cuyas enormes cúpulas, son el símbolo de un nuevo estado, cuya ley iguala a todos los ciudadanos. 

El diseño interior, como parte de la arquitectura es un símbolo de poder que se mantiene entre nosotros. A principios del siglo XX, y coincidiendo con la arquitectura modernista, poco adecuada para representar el poder y la ideología de Estado, surgió una corriente historicista, denominada por H. R. Hitchcock “Nueva tradición”, a la que corresponden la mayor parte de los edificios símbolo de la primera mitad de nuestro siglo. Los dos momentos más significativos del diseño simbólico de principios del siglo XX son el de la Italia fascista de Mussolini y el de la Alemania del Tercer Reich. Podemos decir que, por lo general, el lenguaje que mejor se adapta a las exigencias de los mencionados regímenes es el clásico. Es un código que no presenta en sí ningún contenido ideológico, por lo que resulta especialmente idóneo para interpretar en cada momento la retórica del mensaje deseado. 

En la Italia fascista se dio el mismo fenómeno bipolar: la arquitectura del Movimiento Moderno, concretamente el Futurismo, frente a la tradición clásica que se presentaba bajo dos versiones, la racionalista y la historicista. El fascismo se dio cuenta que el Futurismo, austero, dinámico e intelectual, no servía para representar la ideología nacionalista y optó por un estilo clasicista que culminaría en la artificial EUR del año 1943. 

En Alemania, donde el racionalismo del Movimiento Moderno, considerado degenerado y cosmopolita, fue aniquilado en 1933, no se optó por un solo tipo de arquitectura representativa, sino que hizo uso de diversidad de ellas, adaptándolas a usos específicos. Un cierto “racionalismo” se utilizó en la construcción de fábricas; una arquitectura de carácter pintoresco que representaba una vuelta a los orígenes rurales se usó para construir complejos de viviendas obreras, reservándose para los edificios oficiales el lenguaje clásico de proporciones colosales, heredero de la denominada “Nueva Tradición”, del que los arquitectos Troost y Speer fueron los máximos cultivadores. Hemos visto algunas realizaciones retórico-simbólicas del lenguaje clásico en nuestro siglo; no obstante, los lenguajes no clásicos de la arquitectura moderna son también susceptibles de ser utilizados como vehículos transmisores de mensajes de poder. Este es el caso justo a mitad del siglo, de las arquitecturas de Oscar Niemeyer, en la ciudad de Brasilia, y de las construcciones de Le Corbusier en Chadigarh, India.

Lo simbólico en el siglo XX 

El teórico Marshall McLuhan ya en los años 70 comienza a habla de la Aldea Global. En esta aldea global se usa fuertemente la tecnología y se habla inglés. El mundo es una ciudad única y homogénea, que no es otra cosa que el concepto físico espacial de la globalización, y es el poder hegemónico de las empresas frente a las “particularidades” (y debilidades, digámoslo) de los estados. 

En esta aldea global, que cubre los fines del Siglo XX, encontramos tres órdenes distintos de espacios representativos: 

• Por una parte y fundamentalmente, la tipología espacial creada para las grandes entidades crediticias que, a través de sus imponentes edificios, desean poner de manifiesto el poder, la seguridad y la solidez de sus fondos. 

• Otra tipología a menudo utilizada por el poder político y las multinacionales es la de los museos o centros de arte y exposiciones. La utilización mediática que puede hacerse de la cultura ha llevado a la proliferación de este tipo de centros, bien sean edificios nuevos o espectaculares ampliaciones de instalaciones precedentes, como es el caso de la pirámide vidriada del Museo del Louvre de Ming Pei, la ampliación de la National Gallery de Londres de Robert Ventura, o el Carré d’Art de Nîmes, obra de Norman Foster. 

• El tercer orden son las construcciones efímeras, repletas del significado del poder de las empresas y corporaciones multinacionales. Lo encontramos en los grandes pabellones de las exposiciones internacionales, valga por ejemplo la de Sevilla 92: la mayor parte de las empresas intentaron plasmar en esas construcciones, destinadas a desaparecer, el espíritu y la imagen que querían brindar de sí mismas al mundo. 

Si retomamos la idea del “no lugar”, vemos que es un sitio de paso, donde no se dan relaciones reales. No hay identidad y no hay historia. El concepto del espacio anónimo, y un mundo de soledad. No hay identidad, porque la identidad se construye con los otros. No hay historia.

Visión semántica del lugar de trabajo. Hipótesis de no lugar 

El mundo del trabajo y las relaciones entre sus protagonistas cambió de una manera asombrosa en los últimos años. Del estado benefactor, que aparece luego de la Segunda Guerra Mundial, hasta los años 90, hay una incesante pérdida de responsabilidad del estado. Paralela a la declinación del estado de bienestar, y congruente con ella, hay una tendencia de las corporaciones a minorar este estado de bienestar. 

Las nuevas condiciones económicas que afectan la producción y sus relaciones laborales llevaron a contratos más cortos, horarios más extensos, y a una tendencia fuerte hacia la fragilidad del vínculo entre los empleados y las empresas. 

El tradicional concepto de “relación de dependencia” es cada vez más efímero, más breve, y se tiende al vínculo jornalizado, sobre el antiguo concepto de asalariado. 

De una lectura semántica de los espacios, inferimos el significado atribuible a los mismos, y a todos los espacios que conforman el edificio. Las expresiones sintácticas son las bien formadas respecto al pensamiento original. La sintaxis estudia las reglas y principios que rigen el ordenamiento, que se extienden a todos los espacios y crean la noción de serie, de sistema; un todo orgánico, regido por leyes precisas. 

Dentro de los espacios de trabajo, más precisamente de las oficinas, hay un espacio privado, un espacio social y sus distancias. De la lectura semiológica de estos espacios, podemos inferir que reflejan de manera exacta las nuevas relaciones y condiciones del mundo del trabajo, y proponemos la hipótesis que son “no lugares”. 

Para su demostración anotamos las siguientes características: 

• Estar de paso. El espacio de trabajo ya no es fijo y estable. Es móvil y es cambiante. El empleado tiende a sentirse “de paso”, sin generar en ese espacio identidad, ni historia, ni marcarlo como su territorio. El espacio de trabajo es un espacio anónimo. 

• Las pantallas. El mundo de las pantallas crea las relaciones ilusorias. Así resume Marc Augé la percepción del mundo a través de las pantallas y fomentan la dilución de los espacios de intercambio en las sociedades actuales. El antropólogo Augé es conocido como un gran observador de la vida cotidiana y reconocido, sobre todo, por su teoría de los No-Lugares. Pantallas en el asiento del avión, en el del subterráneo. La ilusión de la pantalla contribuye a la no lugarización 

• Vínculo con el exterior. Relación por afuera del espacio de trabajo, sí con el exterior, es como si el individuo quedara descentrado en la relación consigo mismo. Existe a través de las imágenes y establece relaciones de tipo ilusorio con el resto del mundo. 

La virtualidad es como una ventana al mundo, pero una ventana de la que no tienen las llaves. 

Se puede hablar también de una no lugarización de nuestra relación con el exterior. Se dice que dentro de unos años la gente podrá votar desde su casa a través de su computadora. Puede que ése sea el último paso para la conversión del espacio privado en espacio público. Puede ser el colmo de la ilusión, porque la ilusión es que todo pasa a través de las pantallas. El conocimiento que tenemos es el conocimiento de las imágenes y los mensajes concebidos para la pantalla. Es decir que hay una fuerte distorsión. 

• El tabicamiento. Son para la no-distracción o la atención al cliente. Quitar la perspectiva de visualización, el contacto con el de enfrente, el vínculo. Tanto pantallas como el tabicamiento transforman al lugar de trabajo en un cibercafé, un lugar masivo, con exceso de tecnología, pero sin comunicación entre los individuos. 

• Individualización pasiva. Vivimos en un mundo bien controlado. Estamos en una etapa de individualización pero es una individualización pasiva, es una individualización de consumo bajo la mirada de las cámaras de vigilancia. Y eso en algún sentido define un universo totalitario. Podría decirse, por un lado, que hay una frontera cada día más problemática entre democracia y autoritarismo. Y por otro lado, que estamos cruzando la frontera entre realidad y ficción. La ficción que presenta la televisión tiene un aspecto ambiguo y, en cierta forma, nuestra realidad no es más que este tipo de ficción. 

• La circulación. Los espacios de circulación son aislados del contexto del lugar. Son verdaderas barreras visuales. Lugares en los que no hay posibilidades de establecer relaciones duraderas o tejer una historia en común. Es un espacio solamente de tránsito, pero no de encuentro. 

• Anonimato. Estos factores tienden a la creación de un mundo anónimo, sin referencia ni nombre. Espacios sin vínculos afectivos, sin historia. “no lugares”.

Categorizaciones de centro a periferia 

En la sintaxis del poder reflejado en los espacios de las oficinas, se observa claramente un desarrollo de territorialidad desde un centro (lugar de conducción), hasta una periferia (empleados comunes). Este centro y periferia no son conceptos geométricos, sino conceptuales. Pudiendo haber inclusive, un área intermedia. 

Hagamos ahora la lectura de estas áreas: