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Perdón Godard pero amamos a Spielberg

Corsini, Diego [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

ISSN: 1668-1673

XVIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2010.

Año XI, Vol. 13, Febrero 2010, Buenos Aires, Argentina. | 202 páginas

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Este escrito busca realizar una reflexión sobre el cine y específicamente sobre la enseñanza de esta profesión, a la cual amo. Pido al lector que también sea un apasionado de esta disciplina, que tenga un poco de paciencia en la lectura ya que realizaré una introducción sin que siquiera se mencione al séptimo arte, pero que considero la mejor manera (y la más gráfica) de presentar el tema al cual quiero referirme. 

Hace ya mucho tiempo, un niño ingresaba a la escuela primaria. Todavía no había cumplido los seis años y se encontraba en un mundo completamente nuevo: Nuevo edificio, nuevos docentes, nuevos compañeros… 

En general los primeros días en ese nuevo entorno pueden definir todo nuestro futuro en el mismo. En esos primeros días uno puede quedar encasillado como el popular, el inteligente, el lindo, el gracioso; pero también se corre el riesgo de caer en las no tan gratas categorías como ser el nerd, el feo, el aburrido o el raro. Y sólo estoy mencionando algunas de las millones de posibilidades. 

Ese niño que mencionaba en el primer párrafo percibe intuitivamente estas posibilidades y hará lo posible por estar dentro de las primeras opciones, pero bien sabemos que eso es muy difícil de conseguir. Una de las cuestiones fundamentales es pertenecer y no quedar aislado del grupo. 

Pasados los primeros meses, el niño fue pasando airoso algunas de las primeras pruebas y hasta el momento consiguió al menos no ser catalogado como uno de los marginados. Pero un día llega la situación bisagra: todos los chicos del curso se juntan en el gimnasio para jugar a la pelota y comienzan a hablar de los equipos de los cuales son simpatizantes. El chico popular va interrogando uno a uno a sus compañeros y ¡vaya sorpresa! Todos, absolutamente todos, son hinchas de River. Y claro, como ya se deben haber imaginado, nuestro pequeño amigo era simpatizante del archirrival: Boca. A medida que el interrogatorio avanzaba y se acercaban a él, el niño comenzaba a transpirar. Pero la situación ya era inevitable: el chico popular se planta frente a él, se quita su jopo ochentoso (muy a la moda en ese entonces) de los ojos y señalándolo con su índice hace la pregunta: “y vos ¿de qué equipo sos?” 

El tiempo se detuvo un momento, el niño buscó a su alrededor alguna mirada cómplice, algún brazo extendido en su ayuda… pero nada. Así que no tuvo escapatoria. “¿Qué te pasa? ¿Te comieron la lengua los ratones?”, presionó el chico popular. 

Finalmente el niño despegó sus labios y dejó salir la frase que podría marcar todo su futuro en la escuela: “… de River ¡obvio!”. 

¿Por qué cuento esta historia? Porque es una manera de graficar una situación por la que se pasa todos los días en los más diversos ámbitos y cómo uno puede llegar a traicionar sus propios gustos, convicciones o ideales con tal de conservar un trabajo, conseguir un ascenso, ganar prestigio o simplemente poder pertenecer a un grupo y no ser discriminado.

Ese niño de casi 6 años era yo. Con el tiempo empecé a hablar con algunos de mis compañeritos de la primaria y me encontré con que no había sido el único que había mentido respecto al club del cual era hincha. De hecho, había mucha más variedad de equipos de los que uno se podría haber imaginado. Y vaya uno a saber cuántos mantuvieron la mentira eternamente. O peor aún: transformaron esa mentira en su verdad. 

Con tal de no ser marginados, muchos han sido capaces de dejar de lado sus pasiones verdaderas y traicionarse a sí mismos cambiando de equipo. 

Para muchos todo esto puede llegar a sonar como una tontería (igual estoy seguro de que los futboleros me entenderán), pero a partir de este caso tomado como ejemplo, podría mencionar cientos de situaciones similares donde probablemente lo que estaba en tela de juicio era algo más relevante que el equipo de fútbol del cual uno es simpatizante y la reacción ha sido exactamente igual: el miedo a ser marginado prevaleciendo por sobre las propias convicciones, gustos o ideales. 

Esto puede verse en el ámbito laboral, el profesional, el social, el político y hasta el privado. Por supuesto que en cada ámbito la consecuencia puede ser distinta: en el laboral, uno puede evitar decir lo que piensa por miedo a ser echado; en el deportivo, uno puede llegar a exponerse a la peor de las violencias al enfrentarse con alguna barra brava de un equipo contrarios si admitiera de quién es hincha; en el ámbito político incluso ha habido (y aún los hay en algunos lugares) riesgos de muerte y/o tortura si uno expresaba su ideología. 

Ante esas situaciones, es perfectamente entendible que el temor prevalezca por sobre nuestra verdad. Triste, sí, pero entendible. Ojalá no existiera ningún tipo de intolerancia que pudiera poner en riesgo nuestro trabajo o incluso nuestra vida por simplemente decir lo que creemos, sentimos o pensamos. Pero bueno, esta es la sociedad en la que nos toca vivir y si bien debemos seguir luchando para cambiar estas cosas, aún hay que enfrentarse con ese tipo de situaciones. 

Pero cuando las consecuencias no son tan terribles ¿por qué igualmente más de una vez nos traicionamos y mentimos? ¿Por qué en aquella situación no me animé a decir que era de Boca? Porque ser discriminado, ser marginado y no pertenecer son temores también válidos y, si bien no son físicas, aún así son situaciones violentas. 

Después de encontrar a un compañerito que había hecho lo mismo que yo, no tardamos mucho en conocer a muchos otros en situaciones similares. Y así es que, al ver que había otra alternativa y que no éramos “raros”, nos animamos a decir nuestras verdades. 

Hecha esta larga introducción en el tema, ahora sí puedo focalizar en el cine y la enseñanza del mismo. 

Desde que tomé la decisión de estudiar y dedicarme a esta profesión hasta el día de hoy, he notado una tendencia en muchos estudiantes de cine: cuánto más avanzan en su carrera, más van orientando sus preferencias y gustos hacia el cine no tradicional, al cine experimental e incluso al video-arte. 

Hay una explicación lógica y perfectamente válida: cuando uno empieza a adentrarse en esta profesión comienza a tener acceso a otro cine, al cual anteriormente no tenía. Uno logra ampliar sus perspectivas y encontrar todo otro mundo distinto del cine hollywoodense imperante. Empieza a descubrir videoclubs especializados en cine-arte, encuentra ciclos de cine asiático en salas alternativas, retrospectivas de grandes directores de la historia en centros culturales, etc. Se comienza a tener mayor conocimiento y así se pueden apreciar otros valores de la cinematografía como por ejemplo poder reconocer cómo la fotografía es la gran generadora del clima de una película, poder apreciar la genialidad de un gran plano secuencia, emocionarse con un encuadre de cualidades pictóricas, entender cómo una buena banda sonora puede salvar una escena, saber reconocer cuándo un actor realiza una interpretación magistral… Así es como en nuestros archivos mentales empiezan a aparecer nombres como Godard, Fellini, Eisenstein, Kurosawa o Lynch. 

Todo esto me parece maravilloso y un gran mérito de la enseñanza audiovisual. 

Pero “¿y entonces cuál es el planteo?” se preguntarán. El planteo tiene que ver con lo que mencionaba al inicio: el traicionar las propias creencias, gustos y verdades con tal de “pertenecer” y no ser discriminado. 

Conozco muchos colegas y estudiantes que han comenzado sus carreras queriendo ser Spielberg, Zemeckis o Ron Howard y en el transcurso de su aprendizaje transformaron sus ambiciones y pasaron a querer imitar a Resnais, Kubrick o Visconti. Esto me parecería fantástico si fuese un proceso real y sincero; si, a medida que fueron descubriendo a estos cineastas, hubiesen encontrado el mejor cine, ese cine que les gustaría poder realizar algún día. 

Y en muchos casos, esto es “realmente” y “sinceramente” así. 

Lo que me apena es que se reniegue de aquella pasión original, que esos realizadores populares (por llamarlos de alguna manera) pasen a ser cine de menor categoría, a pesar de que gracias a sus películas encontraron la motivación para dedicarse a esta profesión. 

Yo me pregunto: Aquel que alguna vez amó a Spielberg, pero ahora sólo puede ver a la Nouvelle Vague ¿acaso ya no se emociona cuando ET hace volar la bicicleta con la inmensa luna de fondo al compás de la música de John Williams?; Ese que se jactaba de conocer a Zemeckis pero últimamente no puede ver nada que provenga de Hollywood ¿Acaso ya no disfruta de ver a Michael Fox subido a su skate volador, viajando en el tiempo junto a Doc, ese personaje inolvidable que encarnó el gran Christopher Lloyd? 

Este proceso es muy común en el ámbito de la educación audiovisual. Esa mezcla de miedo y snobismo es lo que yo llamo el “Síndrome del Estudiante del Cine”; y ¡cuidado! Es muy contagioso. 

Miedo por lo que comentaba al principio de este texto. Miedo a ser marginado, miedo a no pertenecer. Avergonzarse, renegar y no admitir que alguna vez se les cayó un lagrimón con una película pochoclera es lo mismo que decir que uno es de otro equipo. 

Snobismo porque en muchas ocasiones esa transformación que ocurre en los gustos por las películas que deseamos ver no tiene que ver con lo que realmente sentimos, sino más bien con lo que “corresponde” disfrutar, con lo que queda bien y es aprobado por cierta clase elitista pseudointelectual dentro de este medio. 

Para graficar este último punto, un buen ejemplo es lo que pasó en los años setenta cuando el cine de Bergman se puso de moda. Súbitamente aparecieron grandes y múltiples admiradores de su cine. Pero la gran mayoría de estos nuevos amantes de sus películas ni siquiera entendían de qué se trataban, qué quería expresar o por qué les parecían grandes películas ¿Por qué entonces lo admiraban? Porque quedaba bien, porque correspondía. Porque temían que admitir que no entendían sus filmes podría significar que tenían discapacidades intelectuales, que eran menos inteligentes. Esto es el snobismo. Y en este punto es donde recae la mayor responsabilidad de quienes ejercemos la docencia cinematográfica. Me parece fantástico y fundamental que se incluya la mayor variedad de cine que se pueda en la enseñanza audiovisual. Creo que ningún estudiante de cine debería graduarse sin conocer las obras de Truffaut, Pasolini o Buñuel. Una formación no podría estar completa si no se comprendiera la relevancia que tuvo en la historia del cine la Vanguardia Rusa, el Expresionismo Alemán o el Neorrealismo Italiano. 

Pero por favor, lo que pido es que no caigamos en ese dedo inquisidor del chico popular preguntando de qué equipo sos. En el cine no debería haber rivalidades. Fellini no es el archirrival de Spielberg. La Nouvelle Vague no es un equipo enfrentándose a Universal Studios. 

Cine experimental y cine comercial, cine-arte y blockbuster, europeo y norteamericano, clásico y vanguardista. Todo es cine. Es importantísimo que en la formación de un estudiante se le dé a conocer la mayor variedad y cantidad de cine posible. Pero dejemos que cada uno vaya formando su propia concepción y elija cuál disfruta ver, cuál desea tener en su videoteca y qué estreno será el que más espere. 

¿Por qué alguien debería avergonzarse si se emociona con Los Puentes de Madison? ¿Por qué debería ir a escondidas a ver Matrix? ¿Por qué debería pagar una entrada para hacer enormes esfuerzos para no dormirse ante el último estreno de cine japonés? ¿Acaso si nos gusta La Dolce Vita o Hiroshima, mon amour tiene que necesariamente significar que no podremos disfrutar El Señor de los Anillos o Spiderman? Yo creo que no. Yo creo que pueden convivir el gusto por esos distintos tipos de películas en una misma persona. 

Si no conviven y nos inclinamos por un solo estilo ¿acaso hay uno sólo válido? ¿Quiénes somos y desde qué lugar nos ponemos para juzgarlo? Por eso es que como docentes tenemos que tener especial cuidado en ese tema y evitar abusos de poder donde nuestros gustos personales puedan influir en la evaluación de un alumno. 

Esto no quiere decir que no podamos expresar nuestras pasiones y debatir la valoración de distintos filmes con los alumnos. Al contrario, aplaudo y aliento al debate. Pero evaluemos el conocimiento y el pensamiento, no los gustos personales. Vivamos y dejemos vivir. 

Al fin y al cabo, cuando Eisenstein viajó a Estados Unidos quiso reunirse con Chaplin… pero también con Disney. Spielberg siempre se declaró un gran admirador de Kubrick… y Kubrick también elogió a Spielberg. 

Es más, no nos olvidemos que algunos de los máximos exponentes de la Nouvelle Vague, uno de los movimientos que más aportó a la cinematografía y logró romper las reglas más fuertes del cine clásico, han encontrado a muchos de sus inspiradores dentro de ese mismo cine hollywoodense: Hitchcock y Orson Welles (no hace falta más que recordar que uno de los mejores libros sobre la filmografía de Hitchcock lo escribió precisamente Truffaut). 

Es por esto que me parece importante no olvidarnos del cine que realmente nos gusta y nos apasiona, sea el que sea. Cuando el chico popular nos venga a cuestionar, digamos la verdad sin miedos. Seguramente haya más de uno que comparta nuestros gustos, y aunque no fuera así, no nos traicionemos ni respondamos por snobismo. En todo caso si la situación llegara a intimidarnos por alguna razón, tendríamos que poder tomar confianza y responder con total y humilde sinceridad: “perdón Godard…pero amo a Spielberg”.

Vocabulario relacionado al artículo:

cine . enseñanza .

Perdón Godard pero amamos a Spielberg fue publicado de la página 38 a página40 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

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