1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII >
  4. De Gutenberg al pendrive (y mientras tanto la fotocopia se muere)

De Gutenberg al pendrive (y mientras tanto la fotocopia se muere)

García Sastre, Martín [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

ISSN: 1668-1673

XVIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2010.

Año XI, Vol. 13, Febrero 2010, Buenos Aires, Argentina. | 202 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Las universidades (o la sistematización del saber asociado a una institución llamada universidad) son un producto de la Edad Media europea. Si bien la idea de construcción colectiva del conocimiento puede ser asociada a la cultura de la Grecia clásica, el concepto de universidad, tal como lo conocemos ahora, es muy posterior. La diferencia principal que introdujeron estas instituciones en la manera de producir, difundir y administrar el conocimiento, en relación a las tradiciones, costumbres y posibilidades técnicas anteriores, tiene que ver con ciertas particularidades del soporte material que fomentaron. Según las declaraciones de Friedrich Kittler a Página12 el 2 de abril de 2000: “en la medida en que docentes y estudiantes estaban obligados a dedicarse al trabajo (y no al ocio, como los filósofos en Grecia), tenían que escribir. Es por eso que cada universidad que se fundaba hacía surgir a la vez un scriptorium, una biblioteca y un sistema postal. El scriptorium, en el que se copiaban y reproducían los libros a mano, generaba exactamente la cantidad de libros que tenían que archivar las bibliotecas y que los correos universitarios trasladaban de una universitas litterarum a la otra. Durante siglos, ese triple hardware (este soporte material, agrego yo) constituyó la base para la producción acumulativa del saber. Hasta que dos acontecimientos, acaso correlativos, modificaron todos los parámetros medievales del sistema universitario: la invención de la imprenta y el surgimiento de los estados territoriales (…). Así como las imprentas reemplazaron a los scriptoria universitarios, los estados territoriales con sus diversos servicios postales también reemplazaron o fagocitaron los correos universitarios” (Link, D. 2007)1 .

Estos dos acontecimientos citados por Kittler, insisto: la creación de la imprenta y la formación de los estados territoriales (o nacionales, es lo mismo), fueron centrales en el cambio del modo de producir y distribuir conocimiento a partir de la tardía Edad Media europea y seguramente fueron percibidos por sus contemporáneos más conservadores como grandes amenazas que terminarían por arruinar todo aquello que con tanto esfuerzo se había construido durante siglos. Un educador medieval veía estos grandes avances (sobretodo el primero), tan celebrados por nosotros sus descendientes, como un peligro, como un riesgo de disolución.

Esta reacción ante los cambios de las condiciones materiales no es extraña. Parece casi una ley histórica que los avances sean percibidos como degradaciones. Nosotros, en tanto docentes y/o alumnos universitarios o productores y/o consumidores de productos culturales del siglo XXI, entendemos otros fenómenos tecnológicos y otros soportes materiales del conocimiento, como los centrales que caracterizan a nuestra época y a nuestra relación con la cultura escrita (y no sólo escrita, pero para los fines de la caracterización de la circulación bibliográfica académica, alcanza), y es a partir de esta percepción que condenamos y denunciamos otros riesgos y valoramos y enaltecemos otros avances.

En 1947, Chester Carlson (1906-1968) le vendió a la empresa que posteriormente sería Xerox su invento más importante: un sistema mediante el cual se podían reproducir textos e imágenes con una velocidad impensada hasta ese momento (la primera copia fue sacada en 1959 y tardó 15 segundos en aparecer). La “cultura de la fotocopia” había nacido. Indudablemente, este hecho capital, producido hace apenas cincuenta años, representa hoy para nosotros la condición de posibilidad de buena parte de lo que los “diagnosticadores oficiales” determinan como la “crisis de la cultura universitaria actual” o la “pauperización de las nuevas generaciones”. Que los alumnos no leen, que ya no se venden tantos libros, que la fotocopia mata a la industria editorial, que se fragmenta la posibilidad de acceso al saber a partir de fuentes múltiples pero incompletas, son algunos de los argumentos o reclamos más recurrentes que escuchamos o leemos y que se asocian ineludiblemente con la creación de Carlson.

Ante esto, algunas preguntas: ¿Hay algo inherente a la fotocopia que nos lleva a esa fragmentación? ¿La atomización bibliográfica es producto de este “nuevo” soporte material? ¿Es cierta la opinión común que asocia la decadencia de la lectura universitaria con el auge de las fotocopias? Creo que la respuesta a estas preguntas es siempre negativa. El prestigio del soporte anterior, el libro (o mejor, los intereses de los grupos editoriales y su sistema jurídico en defensa de su propiedad privada), opera como árbol que tapa el bosque. Que se lean más fotocopias y menos libros no es lo mismo a que se lea menos. Que los precios que los mercaderes de la cultura imponen a los productos culturales hagan imposible la adquisición de libros, no implica la preferencia de la fotocopia por sobre el libro. Si revisamos los programas universitarios previos a la “era de la fotocopia” y los comparamos con los actuales difícilmente verifiquemos cambios significativos en la cantidad de páginas que se proponen como obligatorias. Sí, indudablemente, observaremos un aumento más que significativo en la cantidad de autores y capítulos de obras y una disminución de la cantidad de libros leídos de manera completa. Responsabilizar a los alumnos de este cambio, parece absurdo, siempre y cuando entendamos que no son ellos los responsables de las planificaciones y las currículas (por lo menos de manera directa).

Sin embargo, toda esta descripción de la situación “actual” parece obsoleta. Un nuevo falso “enemigo” del libro ya fue identificado por la industria editorial: los libros digitales y los grupos de escaneadores anónimos que ponen a disposición de cualquiera que tenga una computadora y una conexión a internet grandes bibliotecas completas que nos caben en el bolsillo.

Nuevo debate en puerta: si la fotocopia permitía (aunque fuera de un modo complejo) la posibilidad de mantener cierto control sobre los derechos de autor (límites de reproducción de un 20% por obra, cánones impuestos a las universidades, etc.), la reproducción digital cambia las reglas de juego y nos pone, como educadores, como consumidores, como promotores de la circulación cultural, ante la posibilidad histórica de aprovechar este cambio cualitativo (diferente del cambio cuantitativo que había instalado la fotocopiadora). Para más información sobre este debate, ver los cruces entre el CADRA (Centro de Administración de Derechos Reprográficos, www.cadra.org.ar) y distintas agrupaciones que proponen la libre circulación del conocimiento (vgr. Fundación Via Libre, www.vialibre.org.ar). El debate es correlativo al que puede observarse entre los promotores del copyright y el copyleft (http://fundacioncopyleft.org).

El arte y la cultura ya fueron interpelados por este nuevo modo de circulación digital. Nos queda a nosotros la tarea de encausar este fenómeno para que la definitiva democratización de la cultura no quede expuesta, nuevamente, como ocurrió con las fotocopias, en manos de aquellos que insisten en la restricción y limitación del acceso a nuestros bienes culturales. El libro no morirá, eso es seguro. Sus características distintivas no se ven afectadas por la popularidad de la fotocopia o los archivos PDF. Más que cuidarlo de enemigos inventados, promovamos nuevas formas de acceso al saber que complementen a las tradicionales, que lejos de perjudicarlas, las mejoran.

Notas

1 Citado en Link, Daniel (2003), Cómo se lee y otras intervenciones críticas, Buenos Aires: Norma. p. 57.

Vocabulario relacionado al artículo:

cambio tecnológico . conocimiento . imprenta .

De Gutenberg al pendrive (y mientras tanto la fotocopia se muere) fue publicado de la página 66 a página67 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXIII

ver detalle e índice del libro