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La grandeza de lo simple

Balseéis, Gabriela

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº29

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº29

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en las asignaturas Comunicación Oral y Escrita e Introducción a la Investigación Segundo Cuatrimestre 2009.

Año VI, Vol. 29, Junio 2010, Buenos Aires, Argentina | 105 páginas

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Síntesis

El texto “La grandeza de lo simple” cuenta la historia de mi abuelo Antonio desde la llegada de sus padres a América hasta que logra casarse con la mujer que tanto anhelaba, Miguelina.

Se relata todo lo que tuvo que pasar de chico, la cantidad de veces que se mudó, la cantidad de horas de trabajo en el campo desde que amanecía hasta que el sol se escondía, su relación con sus pares y todo lo que en su vida tuvo que hacer para poder llegar a lograr una estabilidad económica y así poder pensar en su futuro con una mujer.

Gracias a sus logros y al esfuerzo que él y Miguelina pusieron para salir adelante con una familia, hoy mis padres, mi hermana y yo tenemos una estabilidad económica que me permite a mí, frente a este trabajo, contar todo lo que mis abuelos hicieron por nosotros y decirles con seguridad que son dos personas grandes de corazón y de ideales. Sencillas pero grandes.

Introducción

En el año 1918 nace en Caravelas un hombre sencillo, humilde y simple, pero con muchos anhelos de mejorar su economía y su forma de vida para poder darle lo mejor a sus futuras generaciones.

En el relato no hay aventuras, ni guerras, ni viajes en el mar, pero está lleno de sentimientos y de verdades sobre como una persona, trabajando y siendo solidario, puede llegar a lograr lo que se propuso años antes.

Se cuenta la vida de Antonio en su infancia, donde la comida no sobraba y el frío no se sentía sólo por la costumbre a sentirlo.

Su vida en su adolescencia, donde comienzan los trabajos más forzosos mezclados con la maduración personal, y por último su vida en su juventud donde se enamora y tiene que esperar más de 10 años para decirle la verdad a la mujer que amaba y ama hasta el día de hoy.

Antonio cuenta con 91 años y está muy contento de que haya realizado este trabajo. Vive en Rojas, con su mujer Miguelina y goza de una buena salud que lo mantiene estable y con la fuerza para contarme todo lo que hoy es mi relato.

La grandeza de lo simple

No todos los días uno se pone a pensar en su vida, o en cómo vive, o en cómo vivió.

Ésta era una tarde corriente, de esas en que uno no espera nada nuevo. Venía mi familia a comer, mi hijo, su esposa y mis dos nietas.

Conversando mientras cenábamos la menor me comenta sobre un trabajo final que tenía que hacer, y que había elegido contar sobre mi vida, sobre mi vida con su abuela. Me preguntó: -Abuelo ¿Cómo fue tu vida? ¿Qué tenía yo para contar? ¿Acaso tuve alguna experiencia única? No fui un aventurero ni un piloto de guerra, ¿Por qué me había elegido a mí? Nos empezó a hacer algunas preguntas en dónde yo sólo respondía lo necesario. Hablar sobre mi pasado no me disgusta, pero tampoco me encanta. Me conmueve, me aturde, recuerda cosas que tal vez ni yo recordaba con claridad.

Esa noche mientras Miguelina, mi mujer, se ponía su ropa para dormir, yo estaba recostado y la miré. La volví a mirar de la misma manera que hace años atrás y pude ver, detrás de sus ojos, a esa mujer joven, llena de vida y de inseguridades, esa mujer que me hizo conocer el amor desde un comienzo, que me contuvo y me llenó de felicidad en los momentos más difíciles, que me acompañó en cada uno de los acontecimientos.

Pensé en mi historia, en lo que de mi acontece. Pensé en mi infancia, en sus aromas, en las mañanas y en los atardeceres, podía ver el sol. Recordé mi familia, los sueños y las noches, los miedos y las alegrías.

Mi historia, de alguna manera, comienza en enero de 1914, cuando mis padres huyen del pequeño pueblo de Blancafort, en el actual estado de Catalunya, España.

La Primera Guerra Mundial hacía que los días fuesen color gris oscuro. Las nubes se sobreponían entre el sol y la tierra impidiendo que se pueda apreciar su calor y observar sus destellos.

El desastre que España había vivido en el año ´98, al librar una guerra colonial en el norte de Marruecos, hizo tomar conciencia al gobierno español sobre su debilidad militar y se decidió mantener la neutralidad durante todo el conflicto. Pero nadie sabía de esto con seguridad, y por ello, muchos decidieron escapar. Irse a probar suerte en nuevas tierras, hasta entonces, desconocidas.

Así fue que mis padres se instalaron en Caravelas, Buenos Aires y tuvieron al primero de mis tres hermanos, Ramón, en noviembre de ese año.

Yo nací el 31 de enero de 1918, pero fui inscripto el 4 de febrero. Mi madre, Rosa, contaba con 25 años y mi padre, Sebastián, con 34.

Estábamos instalados en una estancia de la familia Álzaga especie de asentamiento perdido en la inmensidad de la llanura argentina que contaba con un almacén donde mi madre haría las compras más adelante, una escuela que sería donde yo terminaría mis estudios y muchísimas chacras separadas por kilómetros de pasturas y de montes sembrados. Mi padre se dedicaba a la agricultura y a los trabajos pesados del campo mientras que mi madre ayudaba en los cuidados de la casa.

Habíamos armado un rancho de barro que sería nuestro hospedaje mientras viviésemos con esa familia.

Recuerdo mi infancia entre idas y venidas; correr y ordenar; retos y castigos, peleas y arreglos.

Cuando cumplí 6 años comencé a ir a una escuela por la mañana en Caravelas, y como tenía edad para estudiar, también tenía edad suficiente para comenzar mis trabajos de campo.

Mi padre me enseñó a arrear vacas, a juntar y amontonar pasturas, a andar perfecto a caballo, a juntar frutas y a sembrar, en fin, me enseñó a hacer todo lo que mi pequeño cuerpo resistía.

Recuerdo haber tenido que dormir a la intemperie, con sólo una chapa y una manta para cubrirnos. Solía encontrarnos la noche trabajando en el campo. Y cuando cierro los ojos puedo imaginar y sentir a la perfección la escarcha de la mañana, el blanco de las hojas, el vapor de la boca al respirar. Nadie se quejaba del frío ni del calor.

Vivíamos por y para el trabajo, y todo era manual y en familia. Las mujeres se encargaban de los trabajos de la casa, o de las cosas que no requerían demasiada fuerza: recolectar huevos, limpiar, mantener ordenado el rancho, ayudar a los hombres, hacer la comida, limpiar la ropa y lo fundamental: educar a sus hijos.

Mi mujer se acostó a mi lado. Pude sentir su piel y noté que era la misma que había conocido. Se durmió al instante sin saber que mi mente estaba evocando recuerdos que tal vez había bloqueado.

Cuando cumplí más edad comenzaron los trabajos más duros.

Nos levantábamos mucho antes de que saliera el sol.

Cuando el aire estaba frío y los ojos aún sentían que no habían descansado lo suficiente.

Comenzábamos a encerrar los caballos, tarea que requería un tiempo bastante considerable, ya que se escapaban y empezaban a galopar de una manera impresionante.

Les atábamos las pecheras y los arneses para que tirasen de los arados. Ni bien salía el sol, todo estaba en su lugar, y el arado ya estaba en el surco roturando la tierra fértil.

Esa tierra que era nuestra vida. De ella dependíamos para alimentarnos.

Queríamos salir de la pobreza y sabíamos que esa misma tierra era nuestra materia prima más importante, por esto nos esforzábamos día a día para mejorar y salir adelante.

Cuando el sol comenzaba a salir sabía que era el momento en que yo tenía que entrar a la casa, desayunar lo que mi madre había preparado, tomaba mis útiles, los pocos útiles que tenía y preparar que me había regalado el patrón al cumplir los 6 años. Partía a la escuela y en el camino intentaba recordar todo lo que habíamos hecho en el aula el día anterior, porque poco era el tiempo que me quedaba para estudiar, leer o practicar.

Más adelante mi padre Sebastián me enseñó a utilizar las herramientas, todo era manual. Lo recuerdo y pienso en cómo trabaja mi hijo hoy el campo, me doy cuenta de la cantidad de cosas que cambiaron, de cómo la tecnología ayudó al hombre y también, de alguna manera, lo hizo más inútil. No sé si es la palabra correcta.

A nosotros nos encantaba trabajar y esforzarnos al máximo.

No era explotación, era real y puro trabajo.

Las manos te dolían, pero uno las miraba con orgullo, porque cuanto más dolían uno sabía que más se había esforzado, que había llevado su fuerza al máximo. Que había levantado kilos y kilos de bolsas y que esa noche el descanso sería bien merecido.

Todos los años, entre mayo y junio, una oleada de inmigrantes llegaba a la chacra para cosechar. Traían noticias de nuestra Europa querida, algún recado de familiares, alegrías, canciones, tristezas y anécdotas.

En la noche nos juntábamos a hablar, a intercambiar palabras con gente que no conocíamos y que, tal vez, no volveríamos a ver. Algunos tenían instrumentos hechos a mano que ofrecían melodías suaves y hermosas. Bailábamos, bebíamos un poco y nos reíamos mientras otro asaba algún cerdo o alguna vaca que sería nuestra comida para esa noche. Nos contaban sobre su viaje, y sobre los que no lo habían soportado. Me comentaban que mucha gente no aguantaba, yo los miraba asombrado, sin poder creerlo y pensaba conde francés muy bien parecido y seco. De tratos prepotentes y ademanes bruscos.

Supongo que no era mal hombre, nos cuidaba bastante pero casi no hablaba con la familia. Sólo con mi padre.

Ahí construimos nuestro segundo rancho. Nos levantábamos todos los días más temprano que de costumbre y comenzábamos a recolectar junto a mis hermanos Ramón, María y Enrique (dos y cuatro años más chicos que yo) alambres y palos y, con la ayuda de mi padre, realizábamos una especie de alambrado.

Colgábamos de ahí pequeñas hileras de barro y paja para darle forma de pared. Debido a la desprolijidad, realizábamos una capa fina de barro que esparcíamos por toda la pared y quedaba así nuestro rancho de adobe.

Construir y levantar un rancho era una tarea que llevaba 4 o 5 meses, durante los cuales los hombres dormíamos a la intemperie con algunas mantas y las mujeres en galpones donde no hacía tanto frío.

Me dormí. En la mañana siguiente, recordando algunos extraños sueños que había tenido, donde yo era un niño hablando con mi madre que cocinaba y algunas imágenes de mi hermano riendo y de mi padre tomando una copa, me senté a desayunar con Miguelina y volví a mirarla. Fui a la habitación y busqué algunas fotos que estaban olvidadas en un cajón en el placar.

Me senté a observar las fotos y volviendo la vista atrás, vi una adolescencia tranquila e inocente. Donde iba a fiestas que se hacían una vez al mes, como una especia de quermés.

Rememoré la cantidad de veces que me había mudado en mi adolescencia y la cantidad de ranchos que habíamos realizado y construido. Recordé a algunos amigos de la escuela. Pensé en lo diferente que se vive ahora. Me comparé con mis nietos en su adolescencia y me dio una especie de escalofrío. ¿Qué pasó con la juventud? ¿En qué momento se nos fue así de las manos? ¿Tendrá algo que ver con la forma de ver la vida? Siento que la juventud no nos entiende, y yo no los entiendo a ellos. ¿Por qué se divierten de manera tan insana? ¿Fuimos nosotros los culpables? ¿O nuestros hijos? ¿O ellos mismos? ¿O la historia? ¿Será acaso que la historia del humano debe ser así? ¿Por qué cada vez las personas parecen más desinteresadas por saber, por conocer, por comprender? Encontré la foto en dónde me encuentro vestido con la ropa del servicio militar. ¿Qué hacía antes de ingresar?

Pensé….

Ya lo recordaba Había hecho un curso por correspondencia de tenedor de libros. Sería como una especie de Administración de Empresas pero muchísimo más básico. Me habían enviado el comprobante pero nunca el título. Realmente lo hice para saber un poco más, para conocer. Sabía que nunca emplearía esos conocimientos en mi vida porque lo que a mí me gustaba era el campo.

A los 20 años, faltándome muy poco para los 21, me enviaron al servicio militar, a cumplir con la patria. Te enseñaban a batallar.

Te mostraban lo que era el miedo. Te hacían respetar y poco te respetaban. Te castigaban si no les gustaban tus flexiones y te hacían correr largos kilómetros que parecían interminables. Esto Implicaba mucha fatiga y mucha agilidad.

A los dos meses de estar allí, en marzo, caí en cama por un sarampión muy fuerte que me mantuvo acostado en reposo durante mucho tiempo.

Evoco momentos en los que dejaba de sentir la cabeza, sólo se adueñaban de mí el dolor y la jaqueca. Nada los detenía. Ni la precaria medicación, ni los paños mojados, ni el viento. Nada.

Esto hizo que mi estado físico decayera muchísimo y que perdiera bastante agilidad, así que, como mi familia ya me demandaba, me dejaron regresar a casa.

Recuerdo muy pocas cosas de esa época. No sufrí grandes agresiones pero tenía compañeros que habían recibido muchos malos tratos. Tal vez tuve suerte.

Fue una linda experiencia. Aprendí muchísimo y sobre todo a no tener miedo a las cosas que no implican tenérselo.

Para cuando regresé estábamos en otro campo, pero a los pocos días mi padre me comentó que nos mudaríamos.

Me asombré y entristecí. Me sentía muy fatigado después de haber estado en cama y no sentía fuerzas para seguir construyendo y conociendo nuevos patrones.

Pero mi padre al ver mi cara comprendió, supuso lo que me sucedía, y aclaró.

Nos mudaremos a nuestro propio campo

NUESTRO PROPIO CAMPO. Las palabras ingresaron por mis oídos resonantes. Mis ojos se abrieron de par en par.

No podía creerlo. ¡Lo habíamos logrado! Podíamos ser independientes.

Cultivaríamos y sembraríamos nuestra tierra. Esa tierra que tanto ansiaba tener. Estaba realmente feliz, lo recuerdo perfectamente y tengo presente toda esa tarde, porque fue una de las más importantes de mi vida.

Mis hermanos y mi madre ya sabían y todos estábamos muy felices. Se podía apreciar en el ambiente la alegría, la emoción y la excitación de toda una familia entera que sabía que comenzaría una vida plena.

La tarde en la que nos retirábamos llegó la familia que nos reemplazaría.

Una familia compuesta exactamente igual que nosotros pero a la inversa. Los padres, tres hermanas y un hermano. Deseé por mis adentros que ellos también, alguna vez, pudiesen irse a su propio campo.

Una de las hijas, en ese momento supuse que la menor y no estaba errado, me llamó muchísimo la atención. Era hermosa, de ojos grises sinceros e inocentes, pelo color negro oscuro, y estatura baja.

Me enteré de que sólo tenía 14 años entonces intenté dejar de pensar en ella. No había forma de que se fijase en mí. Yo era en un hombre grande, lleno de experiencias y su padre no permitiría que esté con su hija, no confiarían en mí.

Dejé de desearla durante algún tiempo, pero volvía a verla nuevamente y los sentimientos que tenía hacía ella no había forma de olvidarlos, de pasarlos por alto. No se podía, más allá de que lo intentase.

Mi padre me decía que no dijera nada, que era mejor que me calle hasta que Miguelina, así se llamaba esa mujer que había tomado mi corazón como por sorpresa, cumpliese edad suficiente para que estuviéramos juntos.

Años después ella comenzó a ir a bailes y pude aprovechar para hablarle y para conocerla mejor, más allá de lo físico.

Descubrí que no sólo era hermosa sino que buena, dulce, atenta, simpática y parecía muy cariñosa.

Cuando cumplí 34 años supe que no podía esperar más y decidí arriesgarme y contarle lo que realmente sentía por ella.

Su respuesta fue un sí. Me contó que ella también me había visto aquella vez, cuando sólo era una niña, y que no había dejado de pensar en mí, tampoco había podido.

Poco tiempo después nos casamos por civil y por iglesia, y tuvimos una de las mayores alegrías de nuestras vidas. Tuvimos a Susana, nuestra primera hija. Desde que la tuve en brazos pude observar lo bella que era. Su pelo rubio me recordaba al mío de joven y sus ojos celestes eran una mezcla entre los ojos de su madre y los míos. La felicidad estaba en nuestra casa y en nuestras vidas. Hoy es madre de tres hijos.

Dos años después tuvimos a nuestro segundo y último hijo, Jorge. El hombre que hoy cuida mi campo, ese campo que tanto nos costó comprar. Hoy tiene dos hijas, una de ellas la que me pidió que recuerde todo esto.

Mirando al pasado me di cuenta que mi vida fue tranquila y sencilla, no tenía aventuras ni travesías por lugares extraños, pero fue y es una vida pura y hermosa, en donde aprendí a disfrutar de lo poco que tenía y esforzarme para lograr lo que hoy es la vida de mis hijos.

Pensé en mi historia, en lo que de mi acontece. Pensé en mi infancia, en sus aromas, en las mañanas y en los atardeceres, podía ver el sol. Recordé mi familia, los sueños y las noches, los miedos y las alegrías.

Decidí que todo esto sería lo que le voy a contar a mi nieta cuando vuelva a preguntarme ¿abuelo, cómo fue tu vida?

Conclusión

Gracias a este trabajo pude conocer mucho más sobre mi abuelo y mi abuela, los comprendí mejor, y lo que me resultó más impresionante, comprendí más a mi padre, decidí poner este título porque la vida de mi abuelo fue muy sencilla y simple pero llena de expectativas y de satisfacciones, a los cuales logró llegar gracias a su esfuerzo y esmero en el trabajo, con la familia y con el mismo.

En el texto puede notarse la fuerza y la disposición que tenía y tiene mi abuelo para con su vida y cómo gracias a sus esfuerzos y esmeros pudo lograr la felicidad que buscaron él y su familia durante tanto tiempo. Es un relato simple pero emocionante porque cuenta la vida de quien para mi es y será siempre un ejemplo a seguir.


La grandeza de lo simple fue publicado de la página 17 a página19 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº29

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