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La representación de la mujer fatal en el cine negro

Rodríguez, José Carlos

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición VII Trabajos de estudiantes de la Facultad de Diseño y Comunicación

Año VII, Vol. 35, Diciembre 2010, Buenos Aires, Argentina | 168 páginas

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El cine negro se ha posicionado a través de los años como un cine de denuncia social, reflejando a cada nación de una forma oscura, con imágenes perversas y personajes inquietantes.

Es un cine lleno de detectives y criminales que simultáneamente hablan de los procesos sociales y políticos vividos por el país. Sin embargo, este cine hace su trabajo representando de forma exitosa la psicología de sus personajes y definiendo estereotipos muy marcados que ayudarían a la evolución del estilo del género. Un aporte significativo para este género de cine fue la creación de la denominada femme fatale, un nuevo personaje femenino presente en todos sus films, y de por sí el mecanismo más radical e importante que usaría este género de cine para la evolución, tanto en el aspecto narrativo como el dramático. A continuación, se analizará en profundo detalle la representación de la mujer fatal en el cine negro, sus diferentes características, su evolución y, finalmente, su aporte fundamental ya que sin ella, el cine negro no sería lo que es hoy en día.

Primeramente, es necesario definir a la femme fatale al igual que su origen. La denominación femme fatale viene de la expresión francesa que se traduce a mujer mortífera; mujer mortal. Mujeres que “sobrevuelan por entre los hombres disfrazadas con trajes muy diversos, elegantes todos ellos, tras los que se esconden unas almas desprovistas de valores, sedientas de poder y deseosas de humillar a los hombres”..

También se le conoce bajo otro nombre, esta vez viniendo del americano: spider woman (mujer araña), ya que “la mujer fatal tiende un red en la que caen uno tras otro los varones, seducidos por la perversidad de su mirada y la dulzura de su elegancia.” No cabe duda, que ya sea catalogada bajo diferentes nombres, la mujer fatal siempre va a tener el mismo objetivo: seducir al hombre gracias a su belleza y sexualidad, con el fin de destruirlo y arruinarlo. No obstante, la mujer fatal no nace en definitiva con el cine negro. Este personaje femenino se extrae desde los antepasados, remontándose a la Biblia, con personajes como Dalila, Salomé y hasta Eva. También, remiten un eco de la primera etapa del romanticismo, con personajes como Ligeia y Berenice de Edgar Allan Poe, o Carmilla de Sheridan Le Fanu, quien rendía a sus oponentes en victimas de hechizos sexuales, así creando la denominada belle dame sans merci (la mujer hermosa sin gracia). Cabe mencionar, que la mujer fatal también crea su estilo a través de las historias mitológicas de las vamps (vampiresas), ya que éstas son el máximo representante del uso de la sexualidad para llevar a sus víctimas a la muerte, no sólo succionándoles la sangre, sino mediante explotación sexual y económica como se hacía en la vida moderna de los años 1920.

Es de todos estos personajes mitológicos y de la literatura occidental de donde nace la mujer fatal del cine negro, representada aquí de una forma urbana, habitando ciudades llenas de crimen, viviendo en los clubes nocturnos mas sombríos de la ciudad y relacionándose con los hombres más poderosos del lugar (en este caso los gángsters). Son almas que habitan el lugar en busca de riquezas y ascenso social para satisfacerse a ellas mismas, ya que, igual que los propios detectives, son personajes que viven con una enorme soledad y un gran vacío. Raúl Martínez Rojo (2005) simboliza a la mujer fatal como: un fantasma que sólo tiene pasado, que vaga en la riqueza del momento y en la sensualidad de una noche en blanco y negro, bajo una humareda espesa, e iluminada por el fósforo de un incauto al que ya tiene en sus atractivas garras.

A pesar de esto, es importante resaltar que el arquetipo de la mujer fatal no existiría si no fuera por el personaje masculino, siendo ésta el punto débil del hombre que lo imposibilita a seguir con sus acciones. Cualquier personaje masculino del cine negro siempre va ser seducido por los hechizos de esta mujer, perdiendo su figura dominante y dándole lugar a la mujer un espacio fundamental, como alguien poderoso e inteligente.

Esto es dado gracias al contexto histórico social de la época. El uso del protagonismo de estas mujeres reflejan “el mayor peso que la población femenina comienza a adquirir en los Estado Unidos desde su incorporación masiva al trabajo durante la Segunda Guerra Mundial.” En el cine antes no existía (excepto por algunos casos) la representación de una mujer fuerte e inteligente. No sólo eso, sino también era muy peculiar para la época ver a una mujer tan envuelta en un mundo criminal, en donde la violencia domina, y en donde esta mujer fatal se enfrenta a las normas, rompiéndolas sin importarle todas las acciones que tenga que tomar para satisfacerse a ella misma. Para llegar a esta satisfacción, la mujer fatal debe sortear varios obstáculos pasando a través de varios hombres. Claro está, que las mujeres del cine negro tienen un patrón criminal en común, pero todas son diferentes a su manera. Cómo llegan a manipular al hombre (y a que tipo de hombre) va a depender al mismo tiempo de su evolución dentro del género. Es por eso, que hay que empezar por la primera femme fatale de todas, Brigid O’Shaughnessy de El halcón maltés, para así entender el desarrollo y evolución de uno de los arquetipos más atrayentes y fascinantes del séptimo arte.

Se dice que el cine negro fue un “género de pasiones más que de persecuciones.” Esto es indudablemente cierto y se demuestra en el film El halcón maltés, posiblemente el primer ejemplo de cine negro. Aquí están presentes muchos personajes del cine de gángsters (antecedente que dio paso al film noir), como los mafiosos y detectives, pero a pesar de esto el cine negro ya no trata del gángster en sí y sus acciones violentas para escalar a la victoria. El cine negro se olvida de todas estas herramientas y crea un cine en donde nacen nuevos y mejorados tipos de personajes en donde lo importante se refleja en su psicología y sentimientos. En El halcón maltés, se introduce por primera vez al detective privado. Interpretado por Humphrey Bogart, el personaje de Sam Spade sigue siempre el mismo código moral, algo que no se daba en el cine de gángster. Aquí, Sam Spade “prefiere mantenerse en el terreno firme de las certezas, y aunque todo el mundo intente comprarlo o poseerlo de una forma u otra a lo largo de la historia, opta por continuar siendo fiel a su código moral.” Lo único que podría llevarlo a romper este código sería la introducción de una “nueva mujer, caldo de cultivo de otra moral, opuesta al tipo tradicional y midiéndose- o intentándolo- de tú a tú con el varón en el ámbito laboral…” Simplemente, la femme fatale; quien es interpretada por Mary Astor, el personaje de Brigid O’Shaughnessy. Esta mujer entra en la pantalla como el personaje manipulador, que usa como instrumento su cara triste, haciéndose la víctima para así recibir el objeto que todos buscan: una estatuilla legendaria y de mucho valor con la forma de un halcón. Aquí se perciben los primeros rasgos de esta nueva mujer: bella y con un gran habla para convencer, poderosa e independiente que mentirá de cualquier forma para obtener lo que quiere. Se podría considerar, dado al personaje de Brigid, que el primer campo en el que la mujer fatal “emerge con plena suficiencia es el de los delincuentes más o menos profesionales, a los que aquella pretende manejar a su antojo.” Más adelante, la mujer fatal del cine negro emerge de un campo de relaciones amorosas, pero desde el principio, con este film, se refleja lo que toda mujer fatal tiene: sus acciones dependen del ansia de riqueza y ascenso social. Es imposible no reconocer el peso del sueño americano que carga la mujer fatal. Por ejemplo, Brigid O’Shaughnessy (bajo el nombre de la Sra. Wonderly) se contacta con el detective privado Sam Spade y su socio Miles, pidiendo rescate de su hermana, quien está casada con un peligroso hombre llamado Floyd Thursby. Miles se ofrece a ayudarla y esa noche deciden ir a buscarlo. Misteriosamente, esa misma noche los cadáveres de Miles y Thursby son encontrados. Pero a pesar de esto, La Sra. Wonderly, o mejor dicho, Brigid O’Shaughnessy, no es sospechosa y sigue su juego de víctima, rogándole ayuda a Sam Spade. Parece ser, que la Sra. O’Shaughnessy está rodeada de hombres muy peligrosos. Pero Sam Spade es demasiado astuto para ella, confesándole: “Si fueras tan inocente como pretendes ser nunca llegaríamos a ningún lado.” Vestida de negro, su cara de víctima cambia y lo acepta. Pero eso no la detiene de seguir adelante con su plan. Ella logra conquistar al detective astuto bajo el arma del amor, involucrándolo con hombres mafiosos que también van detrás del mismo objetivo: encontrar la estatuilla del halcón.

A medida que avanza el film, las capas de Brigid se van cayendo poco a poco, hasta el final en donde se devela que ella ha organizado todo este plan para apoderarse de la estatuilla antes de estos hombres. Lamentablemente, no lo consigue; lo cual coincide con los resultados de las acciones de casi todas las mujeres de este tipo de films: no consiguen lo que quieren. En El halcón maltés, Brigid es arrestada, siendo su escena final la de ella con un policía dentro de un elevador que se cierra con rejas, haciendo la metáfora del futuro que le espera: una prisionera tras las rejas de una celda. Sam Spade fue demasiado astuto para caer bajo las trampas de esta mujer fatal.

No hay duda de que esta historia es el inicio de lo que vendría a ser la mujer fatal más adelante. Categorizada como la femme fatale original, por el hecho de que El halcón maltés es considerada el primer ejemplo del cine negro, hay que destacar que -a pesar de que posee muchas de las características del arquetipo- sólo es un primer paso a lo que vendría. Aquí, Brigid O’Shaughnessy extiende sus redes hasta el detective privado Sam Spade, todo por el simple hecho de recibir una fortuna gracias a la estatuilla del halcón, un objeto casi mitológico.

Sin embargo, la mujer en el cine negro comienza a tomar otras direcciones en los próximos films, no solamente utilizando su engaño para manipular al detective privado, sino atrayendo bajo sus telarañas a los ciudadanos comunes, como lo hace Elsa Bannister en La dama de Shangai.

Pero antes de entrar en el personaje de Elsa, es necesario dar a conocer otro personaje de una película anterior: Phyllis Dietrichson de Perdición. Film de 1944 y obra maestra del director Billy Wilder. Allí se representa a una mujer fatal más evolucionada, mucho más astuta que la Brigid O’Shaughnessy de El halcón maltés, en donde sus acciones parecen estar mejor planeadas y su aspiración conducen a más de un objetivo, llevando bajo sus redes al hombre que daría todo por estar con ella, haciéndolo perder su inocencia y convirtiéndolo en un criminal enjaulado, algo que Brigid O’Shaughnessy no pudo hacer con Sam Spade. Aquí, la intérprete Barbara Stanwyck “contamina a un personaje teñido de un cinismo típico y de una perfidia insólita, que disfraza con un infantilismo contenido su verdadera capacidad de seducción y posterior manipulación”. No cabe duda que Phyllis Dietrichson es una gran manipuladora y hace su mejor trabajo seduciendo a Walter Neff, haciendo de él su cómplice en el asesinato de su marido. La película tiene una estructura peculiar, empezando con Walter Neff, un agente de seguros quien, tras una persecución y herido por una bala, comienza a contar el relato de lo que ha sucedido, introduciendo al espectador en un flash-back. No obstante, Neff comienza relatando su historia dándole suficiente información al espectador sobre lo que ha pasado. Neff graba este relato para su socio Keyes. Aquí, Neff se introduce a él mismo, arrepentido y confesando ante todo que él fue el asesino del Sr. Dietrichson (de quién no se sabe nada hasta el momento) y que todo lo hizo por el dinero y especialmente por una mujer. Inmediatamente confiesa “…No obtuve el dinero…y tampoco a la mujer.” Es tras esta frase que Neff empieza a contar la historia desde el principio, llevando al espectador a través de una serie de flash-backs de los cuales Neff es el narrador y el espectador su testigo. La información ya fue dada en los primeros cinco minutos, ahora se trata de regresar al pasado y presenciar todo el camino que tomó Neff para llegar a esa habitación, herido y culpable, confesando todo ante ese dictáfono.

Desde los primeros planos del flash-back y su narración, se identifica al personaje de Neff como uno diferente al del que fue introducido. Aquí está el hombre trabajador, con buenas intenciones que no sabe lo que le espera. Sucesivamente, Neff lleva al espectador al momento en donde conoce a Phyllis Dietrichson, mujer que lo llevaría al hundimiento y al sufrimiento.

Su introducción es simbólica, mostrándola en la cima de las escaleras que llevan al primer piso de la casa, vestida con solamente una toalla blanca y con un radiante pelo rubio.

Aquí Neff, quien entra a la casa buscando al marido de Phyllis, permanece inmóvil en la planta baja de la casa, viendo hacia arriba en donde se encuentra la mujer que cambiaría su vida por siempre. Con un ángulo contrapicado, Phyllis se introduce como una figura superior, increíblemente iluminada, remitiendo a la idea de un personaje casi angelical. Su voz es suave y sensual, y mantiene al personaje de Neff estupefacto. Ella lo invita a pasar, con la simple propuesta que él la espere mientras se cambia. Neff acepta y recorre el living, describiendo el lugar, pero su descripción dura apenas unos segundos hasta que confiesa “Lo único que me importaba en ese momento era la dama de arriba y la manera en que me veía, y cómo tenía el deseo de volverla a ver, de cerca, sin aquella baranda interponiéndose entre nosotros”.

Inmediatamente el plano cambia a un plano detalle de los pies de ella bajando las escaleras, con una baranda que lleva rejas y diseños espirales, casi como telarañas, indicando el peligro con el que se enfrentará Neff y el caos que lleva esta mujer consigo misma. Ella entra al living, con un vestido completamente blanco, bañada en joyas brillantes y con la mirada iluminada. Conversan sobre la posibilidad de hacerle a su marido un seguro de vida, pero la conversación lleva a comentarios de coqueteo, en donde se percibe una conexión y una atracción indudable entre la pareja. Neff se va, encantado y con la promesa de regresar, pero advierte al espectador con su voz en off, haciendo una metáfora: “Era una tarde calurosa y todavía se podía percibir el olor de madreselva en el ambiente…¿Quién iba a pensar que el homicidio podía oler a madreselva?” Con esta línea se devela de por sí que esta mujer es malvada, de doble cara y llevará a Neff en un viaje infernal del cual él mismo es el único que se puede salvar. No es raro que con este tipo de frase se describa lo que la femme fatale hace para el cine negro, mostrando la imagen de ésta como una dulzura frente al hombre inocente quien cae bajo sus trampas. Desde este preciso momento el espectador ya no confía en el personaje de Phyllis, sabiendo que ella desde ese instante ya comenzó a tejer esa tela dulce y sensual que llevará a la tragedia más grande y amarga.

Sucesivamente, el narrador de Neff continúa el relato, mostrando las próximas visitas que le hace a Phyllis por cuestiones de “negocios”, finalmente llegando a un punto en donde ella le pide que saque un seguro de vida para su marido sin que él mismo lo sepa. En esta escena, Neff deja de confiar en ella por un segundo, sabiendo, pese a su actitud ingenua, que ella lo está utilizando (“¿Quién crees que soy? ¿Un tipo que conoce a una bella mujer que va vendiendo seguros de vida a sus esposos?”). Aquí ella ya no viste de la misma manera. Su suéter blanco con adornos florales y su cabello rubio y brillante no pueden disfrazar la maldad que lleva esa pollera larga y negra. Pero esto no basta para Neff, ya que esa misma noche, después de unas cervezas y largas distracciones, vuelve a caer inmediatamente en la trampa gracias a la visita que le hace ella en su departamento. Antes de la visita de Phyllis, el narrador de Neff adelanta con esta frase: “Ahí me dí cuenta que este no era el fin entre ella y yo. Era sólo el principio.” Inmediatamente tocan el timbre y ahí aparece Phyllis en el pasillo, bajo una luz blanca y absurdamente luminosa, mientras que a Neff apenas se le puede ver bajo tanta oscuridad. Esta utilización de iluminación describe todo lo que Neff ha estado contando hasta ahora: Ella, semi-diosa, es un ángel del mal que está hundiendo a este hombre a un abismo oscuro, plagado de sombras, en donde no hay escapatoria. Aquí es el momento en donde Walter Neff cae de una vez por todas, siendo convencido no sólo por las palabras sino también por la seducción que le hace Phyllis, terminando con un beso apasionado bajo las sombras de un lugar oscuro e increíblemente íntimo, en donde lo único que brilla son los ojos de Phyllis.

Esos ojos, esa mirada (que luego es descrita por Neff como ojos de serpientes) remite al hecho que las mujeres de este género son “comparadas con serpientes venenosas por su mirada asesina…todas ellas vienen a representar dentro de la ficción la vieja leyenda de la devoradora de hombres…de los antiguos mitos homéricos de Circe y de las sirenas.” Solamente con su mirada es como Phyllis hechiza a Neff. Ya no hay vuelta atrás y Neff ya cerró el trato de ser cómplice en el asesinato del Sr. Dietrichson, siendo manipulado bajo la promesa que después del homicidio estos dos podrán estar juntos y compartir su amor. Así pues, comienza el viaje que Walter Neff ya introdujo desde el principio, en donde el espectador será el testigo de su evolución de buen hombre a hombre de mal. De ahora en adelante, el personaje interpretado por Barbara Stanwyck viste de negro total, ocultando su rostro casi todo el tiempo con unas “gafas negras, embotándole los sentidos al pardillo de Fred MacMurray (Walter Neff).” Todo marcha bien hasta el momento del asesinato, en donde Neff mata al Sr. Dietrichson mientras Phyllis maneja el auto, mostrando su cara malvada bajo una luz tenue que ilumina sus ojos en un primer plano. Desde este momento, el infierno comienza a cobrar vida y la verdadera cara de Phyllis Dietrichson comienza a salir al aire. Pero ya es demasiado tarde para Neff: lo hecho, hecho está. Como Phyllis lo dice bajo esas gafas negras y voz amenazadora: “Saldremos de esto de la misma manera en que entramos: juntos.” Aquí se demuestra la máxima expresión de femme fatale que puede haber, en donde el hombre es básicamente derrumbado y dominado por esa “mujer que hace un uso estratégico, inteligente, de la sexualidad o de su ofrecimiento, como arma arrojadiza para atacar y derrumbar a la supremacía social masculina.” Así sucede, ya que los dos tienen el mismo trágico final: la muerte. No obstante, Neff logra matar a Phyllis después de ser disparado por ella. Aquí ella confiesa: “Nunca te amé Walter.

Estoy podrida hasta en el corazón y te usé tal y como tu lo has dicho. Nunca significaste nada para mí…hasta hace un minuto, cuando no me atreví a disparar esa segunda bala.

Nunca pensé que eso me podía pasar.” A lo que Walter responde: “Perdón, amor, pero no te creo” y la mata con un disparo.

Este final trágico se presenta en la mayoría de los films de género negro. No necesariamente debe ser una muerte, quizás sólo sea en encarcelamiento como le sucede a Brigid O’Shaughnessy en El halcón maltés, pero algo es seguro: La mujer en el cine negro carga “un cierto fatum trágico…que les impide comportarse de manera distinta a como vienen haciéndolo.

El amor podría salvarlas, acaso, del destino inexorable que les reservan las últimas escenas de las películas, pero cuando se deciden a explicar o a poner en juego sus sentimientos o bien es ya demasiado tarde o bien parece tan sólo una estratagema más para salvar su vida en el último minuto.” En el caso de Phyllis Dietrichson en Perdición, son estos dos factores lo que la impiden salir con vida. Neff ya no le cree nada, ya que al mismo tiempo es demasiado tarde para confesarle su amor. Este mismo trágico final se daría en los próximos films, específicamente con el personaje de Elsa Bannister en la obra de Orson Welles.

Pero primero se debe hacer un análisis de la evolución de este personaje durante el film, para así llegar a construir una definición definitiva de la mujer fatal y todos los componentes que pertenecen a ella. En La dama de Shangai, película de 1946 dirigida por Orson Welles, el personaje de Elsa Bannister es introducida desde el comienzo bajo un recurso que siempre estará presente en el cine negro: la voz en off de un narrador. En este caso, trata del personaje de Michael O’Hara (Orson Welles), quien comienza la narración con estas palabras: “Cuando me dispongo a hacer el ridículo muy pocas cosas pueden detenerme. Si hubiera sabido como terminaría jamás habría empezado. Eso, si hubiera estado en mis cabales. Pero, una vez que la vi…una vez que la vi…abandoné mis cabales por bastante tiempo.” Así se muestra un plano secuencia de Elsa Bannister (interpretada por Rita Hayworth) quien, sentada en un carruaje liderado por caballos, permanece viendo al horizonte, con la luz de la luna iluminando su suave rostro, y finalizando con un primer plano de su mirada sensual. Tal como la introducción de Phyllis en Perdición, Elsa viste de blanco y se encuentra a lo alto de una carroza, superior al personaje de Michael, quien la ve por primera vez ahí y la saluda. Sin respuesta alguna, el narrador inmediatamente advierte: “Algunos pueden olfatear el peligro. Yo no.” Y se muestra un primer plano del rostro de Elsa, mirada luminosa y sonrisa sensual. Michael le ofrece un cigarrillo, ella lo acepta a pesar de que no fuma.

Sucesivamente la carroza y Michael continúan su respectivo camino, eso es hasta que la carroza es víctima de un secuestro callejero, en donde Michael logra ser el héroe y salva a Elsa. Se conocen en el camino y no se vuelven a ver, hasta que el marido de Elsa, Arthur Bannister, le ofrece un trabajo a Michael como guardaespaldas de Elsa. Michael acepta y así comienza un viaje que lo llevará a los límites de la imaginación, terminando con un sabor amargo, tal como lo plantea desde la primera línea del film.

En este viaje, Michael se enamora perdidamente de Elsa, y para su sorpresa, ella no le es indiferente a su amor. Todo se refleja en el momento en que ella le pide un cigarrillo, diciéndole: “Dame un cigarrillo. Estoy aprendiendo a fumar. Desde aquella noche en el parque, he tomado el hábito.” Elsa confiesa que no es feliz con su marido, y que deberían escapar juntos. Eso es, hasta que el socio de Arthur Bannister, Grisby, le hace una extraña oferta a Michael: le dará cinco mil dólares si simula asesinarlo para así cobrar su seguro de vida. Michael acepta, pero todo cambia hasta que Grisby es verdaderamente asesinado. Michael resulta ser el principal sospechoso, y Arthur Bannister se convierte en su abogado, quien se encarga de recolectar suficiente evidencia para culparlo, dado a los celos que le tiene. Sucesivamente, Michael logra huir, hasta que se encuentra con Elsa al final, descubriendo así, que ella fue la que tejió todo el plan desde el principio para deshacerse de su marido.

He aquí el máximo ejemplar de la mujer fatal, ya que “abunda más, en el cine negro, el tipo de mujer que, por amor a otro, decide acabar con su marido, aunque frecuentemente se suma al móvil erótico una causa económica.” En el caso de Elsa, son las dos razones por las que teje esa telaraña macabra y que la lleva a su propia destrucción. Es necesario resaltar la evolución de este personaje a través del film. Desde los primeros planos de Elsa, se percibe un aura angelical, de diosa inteligente, que hace sentir hasta el mismo espectador de una manera inferior, especialmente por sus planos contrapicados. Ella es la representante de todas las “mujeres caníbales, encarnación de la independencia sexual femenina, gestionada por la ley del instinto depredador.” Y esto se percibe mientras avanza el film. La escena en donde se presenta Elsa, cantando con una voz tan suave y delicada, recostada en la punta del velero que permanece anclado sobre el tranquilo mar y bajo una luna que ilumina sus ojos, remite a los mitos de las sirenas de Homero, símbolo máximo de la tentación del hombre y algo muy presente en todas las mujeres del cine negro. Aquí cualquier hombre, especialmente Michael, caería bajo ese encantador hechizo del canto seductor, de donde no hay escapatoria. Pero también es necesario observar esta evolución, esta desenmascarada tradición que trae el cine negro para mostrar la verdadera cara de la femme fatale.

“En la primera mitad de La dama de Shangai, Rita Hayworth va casi siempre vestida de blanco, destacando en un universo turbio; en la segunda, viste ya de negro…En la primera es la mujer-soñada; en la segunda, una mujer fatal.” Orson Welles introduce al personaje de Michael O’Hara en lo que él llama “un mundo de tiburones”. Es precisamente esto, y Elsa es el tiburón más astuto de todos. Esta metáfora se completa en el encuentro secreto entre Michael y Elsa después del asesinato de Gibsy. Los dos se encuentran en un acuario, enfrentando la piscina de tiburones, ella vestida de negro, en donde, nuevamente, lo único que se puede ver son sus radiantes ojos iluminados por el vidrio que los separa de esos peces monstruosos. Aquí la angulación de cámara cambia a una casi picada, viéndolo desde el punto de vista de Michael, quien, poco a poco asciende a ser más superior que Elsa, lo opuesto que sucedía al comienzo del film.

Finalmente, es imposible no detallar la secuencia final, en donde Elsa y su marido se matan a tiros en una habitación de espejos. Aquí, Michael, quien ha sido puesto a dormir por Elsa, despierta en un parque de diversiones vacío. Diminuto ante todo, comienza a recorrer el lugar y así empieza a armar el rompecabezas que lo ha llevado hasta aquí. Mientras camina, Michael es rodeado por lo que parecen ser sombras de telarañas gigantes, simbolizando a la spider woman que ha sido Elsa, quien lo ha colocado bajo toda esta telaraña malvada.

Poco a poco, mientras camina y construye en su cabeza todo el plan que ha armado Elsa, las sombras y telarañas parecen desaparecer hasta el momento en que cae a una habitación llena de espejos, donde se encuentra Elsa. Estos espejos, simbolizan lo que todos los espejos reflejan en las películas: la verdadera cara. En este caso, la cara de Elsa es reflejada en demasiados espejos, un juego inteligente que hace Welles para confundir al espectador y no dejar identificar donde está el verdadero rostro. Michael, desconfiado, le dice “El que sigue su naturaleza, la mantiene hasta el final.” Ya no hay salvación para Elsa, su trágico final ya está escrito. Los espejos se romperán en pedazos en tan sólo unos momentos, sus diferentes caras que ha armado hasta aquí no habrán servido de nada, en el momento en que Arthur Bannister la mate y ella lo mate a él.

Vestida totalmente de negro y herida, Elsa ruega por ayuda a Michael, tal y como lo han hecho las mujeres anteriores que se han descripto. Elsa no es la excepción, pues Michael la deja tirada ahí, muriéndose y sufriendo en la oscuridad de la noche, solitaria. Este puede ser el peor castigo para Elsa. Ella no lo puede creer, a lo que Michael le responde fríamente: “Como los tiburones, enloquecidos por su propia sangre… masticándose a sí mismos.” Con esta línea se define la personalidad de Elsa, ya que todas sus acciones fueron hechas para ella misma y para su beneficio. La mujer fatal nunca tendrá otro beneficio que el de ella misma, y esto es un rasgo característico de cada femme fatale.

En conclusión, la mujer fatal no es solamente un personaje emergido en el mundo del cine negro. Esta “reúne, a su vez, elementos notorios de este movimiento: ambigüedad, violencia, enfrentamiento a las normas”. Es cierto, pues, que todos estos personajes llevan consigo mismos el tan marcado peso del sueño americano. Habitan de día y de noche en la ciudad regida por el mal, pero no le son indiferentes a esta jungla. La mujer fatal representó, de algún modo, “los deseos ocultos bajo cumplimiento cotidiano de las normas sociales: transgredir los límites y arrojarse en los brazos de la fascinación del Mal.” Su belleza fue utilizada como arma sexual para destruir a cualquier hombre que se le pusiera en el camino, siendo así el arma de destrucción por excelencia del hombre, algo nunca antes visto en el cine. Cabe decir que la femme fatale le dio el lugar a las mujeres más inteligentes y de independencia que el cine jamás haya visto, introduciendo en el género no solo un ícono fascinante y desgarrador, sino también dándole oportunidad a las mujeres que vendrían en el futuro, más fuertes y más codiciadas.

Conclusiones

En cuanto a este ensayo, lo que se quiso lograr fue hacer un profundo análisis de la representación de la mujer fatal en el cine de género negro. Un tipo de personaje que nace de la mano del género, presenta la primera oportunidad que tiene la mujer de superarse en las matices del séptimo arte.

Es importante notar que, gracias al contexto histórico de la época, la mujer recibía más poder y atención por parte del público.

Esto se refleja en el nacimiento de este nuevo tipo de personaje, inteligente y malvada, que utilizará su sexualidad para destruir al hombre de la manera que pueda. Es sin duda el mejor aporte que ha podido hacer el cine negro, ya que sin ésta, el film noir carecería de su evolución psicológica de personajes, al igual que el análisis que se hace en cada película, reflejando la sociedad americana del momento.

Se percibe por primera vez la naturaleza femenina que proviene del mal; una mujer que afila sus garras en secreto para llevarse consigo todo lo que uno quiere en esa oscura ciudad: dinero y estatus social. No cabe duda que, la femme fatale es uno de los mayores representantes de lo que es seguir el sueño americano, y hasta dónde uno puede llegar para obtenerlo.

Analizando tres películas importantes para el género, se llegó a la conclusión que la mujer fatal posee diferentes características que la marcan como tal. A pesar de que en cada película todos los personajes son diferentes, sus ambiciones y su formas de ser representadas (como el famoso vestido negro) son las mismas, cayendo bajo un significado común. De alguna manera todas remiten a personajes mitológicos con los cuales se valen como inspiración para crear este tipo de personajes.

Bibliografía

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Rojo Martínez, Raúl. (2005). Cine negro. De el halcón maltés a El hombre que nunca estuvo allí. Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias.

Filmografía

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Welles, Orson. (1946). La dama de Shangai (The Lady from Shanghai).

Wilder, Billy. (1944). Perdición (Double Indemnity).


La representación de la mujer fatal en el cine negro fue publicado de la página 23 a página27 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

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