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Las mutaciones televisivas.

Iriarte, Fabián [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

ISSN: 1668-1673

XIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2005. Buenos Aires. Argentina:"Formación de Profesionales Reflexivos en Diseño y Comunicación"

Año VI, Vol. 6, Febrero 2005, Buenos Aires, Argentina | 288 páginas

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La televisión es un medio polimórfico, en ella conviven matices y contrastes que lo hacen un medio cuya premisa es la decodificación inmediata y la liviandad para una autosuficiente digestión comunitaria. Encontrar poco más que eso es difícil aun trascendiendo fronteras. 

La arrogancia, la prepotencia, el rencor y el ejercicio de la presunción elemental de que el otro es sensiblemente inferior, es el motor incansable de esta sociedad y no menos sintomáticos son los medios masivos de comunicación. Así, hoy los periodistas deportivos devienen en clowns sospechosos y formadores de opiniones extravagantes, los periodistas mas «comprometidos» hacen de la miseria mas sórdida tours semanales con formatos económicos, que el mismo entorno cicatero les propicia. Los que toman decisiones en nuestra televisión, aquellos que supimos mitificar como tantas cosas, aprovechan para jugar al escondite con la anuencia contemplativa de un espectador desprevenido, conformista y olvidadizo. 

El medio televisivo siempre acudió al mentado costumbrismo argentino para disimular carencias creativas. El arribo de comedias con algún tinte setentoso cruzadas con una pócima de exasperación irracional que supo instalar Son amores, ya se han adecuado en la pantalla hogareña que muta y repite con feroz descaro. Pero el efecto es el de siempre: Saturación, repetición y desborde. 

Que el target ha cambiado no es novedad, que la televisión lo sabe tampoco lo es. Empresarios, ejecutivos, programadores, repiten hasta el hartazgo formulas que condicen con el pulso requerido por ese cambio, (al menos eso nos hacen creer) y con la excusa de una torta publicitaria reducida, limitan su creatividad derivando contenido para sectores menos dotados.

Mutación 1 

La televisión se contrajo, se desvirtuó y provocó una enorme estampida de capacidades, ideas y diversidad, mientras se pronuncia por la producción de mini-dramas-directos. La novedad, entre fines y comienzo del nuevo milenio, pernoctó en la construcción implacable de una subespecie andrógena con matices mundanos, que entronizaba todas las tardes sus propias miserias como antagonista principal, y fundaba un estado de «escabroso-problema-ajeno» transitando el morbo y el mal gusto con una soltura sorprendente. 

Los desposeídos de talento pero abastecidos del freak look necesario asumen protagonismo. El formato se repetía todas las tardes en todas las emisoras y parecía ir por más, se alió con la crisis (¡Crisis cuando no!) para borrar, como una tempestad podría hacerlo, a otro género (de desmedido presupuesto para los tiempos que corren) hipotéticamente destinado a anquilosarse por años, los Reality. 

La propuesta, ya difícil de sostener en los tiempos de presupuestos famélicos, era un formato lobotómico de dudosa categoría y con tanto potencial de interés como una señal de ajuste pueda brindar. La lucha se instaló entre actores desocupados ávidos de ficción contra un racimo de hámsters de laboratorio mansos y engordados a puro sopor. Los dos géneros están detenidos o quizás agazapados. 

Pero el ingenio vernáculo no da tregua. Atrapados sin remedio entre la ya legendaria salida fácil y la proliferación de un mal gusto endémico, se instaló la idea de vender nuestras propias miserias en grageas y en dosis continuas. Fue cuando nuestros domingos, inocentes, pasatistas y anestesiantes se convirtieron en un racimo de programas periodísticos tendientes a recordarnos que somos argentinos y por naturaleza merecemos venerar nuestra malsana costumbre de derrumbar lo derrumbado, hasta en el día más apático de la semana. Los periodistas, remarcados con un dudoso mote de «serios» devinieron su antigua formula petulante en un modo mas cercano a lo banal y efectista, para entenderse con el cambio vertiginoso e indiscriminado de los degradados estratos sociales. 

Así fue como, instalado en su nuevo horario y día, un Grondona menos Aristotélico y más aggiornado a la comedia nacional, inaugura su habano mientras los disidentes de Lanata hacen lo suyo dentro de una escenografía pretendidamente hipnótica. Entonces el fenómeno llamado «comunidad de espectadores» se produce cuando el emisor se reacomoda a las necesidades de un nuevo receptor. Las esperpénticas comedias y sus criaturas de histéricos modos llegan al público, quizás porque su mundo se debate entre policías curvilíneos y sedosos, quizás porque los soderos de buen corazón hicieron la gran obra del día, o quizás porque dos jóvenes y su tío llevan todo hasta el paroxismo mas exacerbado y no le rinden cuentas a nadie. Y hay poco más, tal vez la tendencia de programas autoreferenciales tendientes a reciclar lo peor de la TV bajo un manto de piedad humorística y no hacen más que poner ante nuestra boca un alimento regurgitado con anterioridad. Por allí algún intento digno, tan digno que el Sr. Rating está obstinado en devorar en tiempo record.

Mutación 2: efecto programador 

Veamos: Telefe abandonó el edulcorante «Pum para Arriba» para ensayar un costumbrismo gore y productos doble equis para saciar un nicho de alta sintonía inmediata. En tanto Canal 13 no asume más riesgos de estilo (Vulnerables, Culpables) y se empecina en aplicar el «Story mind Wash» indiscriminado a sus ya agotados seguidores con fotocopias de productos o, mejor dicho, plagios de plagios. 

Asumen que el contenido de su cántaro es un líquido vital del cual todos deben beber, aun cuando se altere horarios y programas y se mofen de manera desvergonzada, carcomiendo el hábito, el gusto y el ejercicio propio del más elemental entretenimiento. 

Permítanme llamar «El efecto Programador» al despropósito de manipular informalmente la expectativa colectiva, de inaugurar espontáneos comienzos de programas y de violar grillas de programación y pautas publicitarias. Es que estos neo-zares televisivos juegan su particular estrategia comercial ante la silenciosa complicidad de espectadores adormecidos por doctrinas mediáticas contaminantes y educados para respetar una «verdad artificial» unidireccional. 

Una tira semanal no va en vivo y entonces ninguna excusa como la dada ante el levantamiento de una serie es válida. Hay que saber que nadie lanza una tira semanal si por lo menos no tiene dos semanas grabadas, llámese 10 capítulos mínimos. Que un actor se lesione es parte del trabajo diario, teniendo esos diez capítulos es improbable que alguien levante programación que ha sido pautada comercialmente con antelación, por lo menos sesenta días. Hasta aquí, una respuesta mínima, a un agravio mayúsculo. 

Los neo-zares televisivos son voceros sobrevaluados de una sociedad peligrosamente decadente, superflua y mezquina que supimos nutrir sin memoria, sin exigencia y siempre mirando hacia estribor. No harán más que lucrar ostensiblemente y sin descaro con la permisibilidad pasiva de un espectador que aguanta y certifica estos lugares comunes de personajes patéticos, de empresarios míseros y de mártires maradonianos de volátil durabilidad. 

Los neo-zares mediáticos especulan con nuestros movimientos y hacen los suyos, tiran de la cuerda emulando aquellos modelos de gobernantes que en el presente resultan iconos de equivocaciones insuperables, pero que nuestra historia se ensaña en producir, alterando siempre el curso de una promesa y vulnerando nuestros derechos esenciales, aun cuando estemos hablando de un simple y elemental entretenimiento. 

¿O… será que la realidad es una ficción mal contada y que la TV es su ADN?


Las mutaciones televisivas. fue publicado de la página 131 a página132 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

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