1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43 >
  4. Historia de mis abuelos

Historia de mis abuelos

Ferenaz Agustini, Alesia

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Síntesis

Mi trabajo se basará en la historia de cómo fueron formando su familia Juan Severino Ferenaz y Sofía Ernestina Mones, mis abuelos. En dicha historia, relataré los momentos más importantes y significativos de sus vidas y que nos dejaron como enseñanza principalmente a sus nietos e hijos.

Mi abuelo nació en Trieste, Italia y mi abuela en la provincia de Tucumán, Argentina. El abuelo vino a vivir a la Argentina desde muy pequeño y por las casualidades de la vida o el destino quizás, conoció a la abuela, se enamoraron y se casaron.

Formaron una hermosa familia centrando toda su atención en sus cuatro hijos, Ricardo Ferenaz, Héctor Ferenaz, Andrea Ferenaz y Damián Romero, por esto serán tan importantes en este relato.

Entre los dos se encargaron de mantener esta familia brindándoles amor y estando todos juntos. Lo que caracterizó siempre a la familia Ferenaz fue la unión. Inculcaron valores en cada uno de sus hijos. Valores que recibimos de la misma manera sus nietos. Y que el día de mañana recibirán nuestros hijos.

Mis abuelos nos enseñaron muchísimas cosas, fueron dos excelentes personas de bien, aprendí mucho de ellos y le estoy muy agradecida por eso este trabajo para mí es como rendirles un homenaje. Destacar lo importante que fueron y seguirán siendo para mi familia, de la cual fueron los creadores.

Hoy mis abuelos no están con nosotros. El abuelo se fue a fines del 2007 y la abuela hace apenas unos pocos meses.

Me dejaron llena de hermosos momentos que me ayudaron a realizar este trabajo.

Introducción

Mi trabajo se trata de cómo mis abuelos paternos fueron formando su familia, familia de la cuál soy parte. En dicho trabajo mencionaré los momentos más importantes y significativos de sus vidas, destacando las principales características de la familia Ferenaz.

El trabajo está armado en base a cómo se fue constituyendo mi familia, lleva un orden separando las diferentes vivencias de cada integrante. Utilicé la trama narrativa ya que una sucesión de hechos se transformará en una historia.

Los capítulos son siete. El primer capítulo, El comienzo, trata sobre cómo eran las vidas de mis abuelos antes de conocerse.

El segundo, El encuentro, como lo indica el título, es sobre el encuentro entre ellos dos y qué sucede a partir de eso. El tercer capítulo, El primer hijo: Ricardo Ferenaz, cuenta la historia desde las vivencias de mi papá, primer hijo del matrimonio y primer descendiente del apellido, lo caracterizaba la bondad y la honestidad. En los capítulos de mis tíos, El segundo hijo: Héctor Ferenaz, aparecen ciertas anécdotas graciosas que vivió principalmente con mi papá, a mi padrino lo caracterizaba la sabiduría y la inteligencia. La tercera hija: Andrea Ferenaz, era la inteligente y la estudiosa de la familia, en el capítulo se destaca la formación de sus personalidad por sobre todas las cosas. El cuarto hijo: Damián Romero, era el simpático, el divertido y el nene por siempre de mi abuela, el que no crecía más. Por último, el capítulo Los nietos, donde se destaca el apego que teníamos con mis abuelos, aparecen los recuerdos más lindos que nos unirán a ellos por el resto de nuestras vidas.

Investigación exploratoria

Principalmente para poder realizar este trabajo tuve que interiorizarme en cómo había vivido la historia cada uno de los integrantes de mi familia. Quería que todo fuera real así que tomé testimonio de cómo fue sucediendo cada hecho.

Pude conseguir varias fotos que relatan por ellas solas la historia de mi familia.

Recopilé los testimonios y las fotos, y pude armar el relato contando mi propia versión de la familia Ferenaz.

La familia de Juan Severino Ferenaz y Sofía Ernestina Mones, mis abuelos

Capítulo 1: El comienzo

Juan Severino Ferenaz, mi abuelo, nació el 5 de agosto de 1928 en Trieste, Italia.

Su padre, Gregorio Ferenaz, era austríaco y sobreviviente de la Primer Guerra Mundial. Su madre, Juana Petretich, era italiana y ama de casa.

A tan solo un año de vida, vino a vivir a la Argentina con sus padres y tres de sus hermanos: Antonio, Anunciata y Jorge.

Ya establecidos en este país, nacieron dos hermanos más: Francisco y su tan amada Nilda.

Su niñez y adolescencia transcurrieron en una antigua casa de Flores, Capital Federal. Sus hábitos en esa época, eran juntarse con sus amigos en un bar a jugar billar y cartas; donde obviamente, nunca podía faltar un buen café de por medio.

Sofía Ernestina Mones, mi abuela, nació el 14 de abril de 1933 en San Miguel de Tucumán, Argentina.

Su padre Juan Bautista Italo Mones, era tucumano y fue ferroviario durante toda su vida. Al ser mi abuela su única hija, la consintió en todo. Su madre, Julia Hernández era tucumana también y una típica mujer de campo. Además de mi abuela, hija de su último matrimonio, tenía tres hijos más: Lucio, Marina y Raúl.

Toda su infancia transcurrió en la capital de Tucumán. La abuela creció, estudió, se formó y se convirtió en maestra rural.

Capítulo 2: El encuentro

Aproximadamente en 1956, en un baile (a través de una conocida en común), por fin se conocieron mis abuelos. La abuela había venido a Buenos Aires, lo que hizo posible el encuentro aquella noche. Se enamoraron perdidamente y se casaron en Tucumán, donde residía toda la familia de la abuela.

Vinieron a vivir a Buenos Aires, compraron una casa en Tablada y ese fue su hogar.

La abuela dejó de ejercer su profesión de maestra y se convirtió en ama casa. El abuelo se dedicaba a trabajar.

Al poco tiempo, la abuela quedó embarazada y comenzó la dulce espera. La familia se compone por cuatro hijos: Ricardo, Héctor, Andrea y Damián. Cada uno con sus propias vivencias e intensos sentimientos de una vida junto a sus padres.

Capítulo 3: El primer hijo Ricardo Ferenaz

Ricardo Ferenaz, mi papá, nació el 11 de noviembre de 1957, era tan rubio que tuvo pelusa hasta el año y medio, tenía ojos color aceituna mezclado con miel.

No solo era el primer hijo del matrimonio sino también, el primer descendiente del apellido. Fue muy mimado y consentido, sobre todo por su mamá, que no se despegaba de él, ni él de ella.

Le gustaba mucho la pelota y cada vez que veía una, salía corriendo tras ella. El encargado de fomentar esto, fue mi abuelo que desde siempre le encantó el fútbol y lo llevaba a la cancha.

Papá esperaba con ansias el verano ya que venían de visita sus abuelos maternos, Julia y Juan desde Tucumán y su abuelo lo hacía llevar la carta de los reyes magos y guardarla en un buzón de los que se usaban antes, y él, como todo niño, estaba feliz de la vida.

A sus tres años, nació su hermano Héctor Ferenaz esto le trajo felicidad pero a la vez lo hacía extrañar mucho a su mamá que ahora tenía dos pequeños que cuidar.

Fue al jardín, a la primaria, le encantaba actuar y era escolta.

El abuelo lo llevaba a la calesita y más de grande, a jugar al fútbol. Y así fue creciendo.

Disfrutaba de su papá los domingos ya que siempre trabajó mucho para darles lo mejor. Papá cuenta que el abuelo tenía dos trabajos, uno a la mañana en una distribuidora de revistas y otro a la tarde, en una imprenta.

La abuela lo ayudó siempre con la tarea. A pesar de ya no ejercer como maestra, nunca perdió esas características, era sumamente paciente y buena. “Amaba pasar momentos con mi mamá”, contó con melancolía.

Compartía mucho con su hermano por su corta diferencia de edad. La abuela siempre estaba en complicidad con ellos encubriéndolos en sus travesuras.

Tiempo después, nació Andrea, su única hermana mujer, quien trajo mucha alegría ya que toda la familia estaba esperando la nena. La mimaban mucho y la cuidaban todo el tiempo.

Andrea fue la debilidad del abuelo y de mi papá también.

Papá terminó la primaria y su paso a la secundaria fue un cambio rotundo para él, se destacó por ser muy inteligente pero a la vez muy rebelde. Junto a mi padrino Héctor le traían muchos dolores de cabeza a la pobre abuela y fue así como puso a prueba su admirable paciencia. Cuando papá terminó tercer año de la secundaria, la abuela recibió una nota donde decía que su hijo Ricardo Ferenaz, no tenía vacante en el colegio, esto significó, que estaba expulsado. Ahí sí que la abuela se enojó muchísimo, tanto que lo mandó a buscar trabajo y colegio nuevo. Terminó sus estudios de noche ya que durante el día trabajaba.

Un momento inolvidable para mi papá es la llegada a la familia de su hermano menor Damián Romero. El era ahijado de mi abuela y como su madre había fallecido, mis abuelos decidieron incorporarlo a la familia. Se apegó mucho al que sería su hermano mayor y este, decidió llevarlo siempre a todos lados donde iba.

Fue pasando el tiempo, papá formó su propia familia junto a mi mamá, Alicia Agusttini, y nací yo siendo su única hija. Fui la más mimada de la familia por ser la primera nieta y sobrina.

Los abuelos siempre acompañaron a papá en cada momento de su vida, lo llenaron de amor y de valores, esos mismo que él inculca en mí.

Capítulo 4: El segundo hijo Héctor Ferenaz

Héctor Ferenaz, mi padrino, nació un 12 de febrero y con todas las características de un acuariano. Fue el preferido de su abuela.

De hecho, uno de sus primeros recuerdos son los viajes en tren a Tucumán para visitar a sus abuelos maternos Julia y Juan.

Su infancia transcurrió normalmente. El día que nació su hermana Andrea no quiso ir a verla, su papá se enojó y su abuela Julia lo defendió y se quedó con él (ya que lo había mordido el perro (Pelé), por ponerle una careta de Batman).

Junto a mi papá, había normas que cumplían como por ejemplo, cuando uno limpiaba los muebles, el otro sacaba el agua de la zanja (ya que tenían cloaca pero no estaba hecha la salida por falta de presupuesto). También iban a hacer los mandados en bicicleta.

La abuela lo ayudaba con la tarea, lo llevaba al médico si era necesario y se preocupaba de que no le falte nada. La secundaria la terminó y sin repetir, gracias a ella ya que aplicó un correctivo en el momento justo (lo salvó mi papá porque sino todavía estaba cobrando).

Mi padrino también destaca que el abuelo tenía dos trabajos, se iba muy temprano y llegaba a la casa a las ocho de la noche, a las nueve se cenaba y a las diez y media ya tenían que estar durmiendo. Era sagrado el horario de la cena porque siempre estaban todos juntos.

Luego, llegó el servicio militar. El primer fin de semana la abuela estaba ahí presente detrás de un alambrado sin poder verlo. Durante ese año fue el más mimado de todos.

Lo esperaban con chocolatada (se compraba la caja de Shot y no se tocaba hasta que el fuera los fines de semana). Ese año que no pudo compartir la cena, estando lejos de su familia, “valoré mucho el esfuerzo que hacían mis papás para que sea una persona de bien”, contó reflexivo. Después comenzó a trabajar y con su primer sueldo les regaló un juego de sillones.

Siempre trató de darles algo de todo lo que le dieron, lo respaldaron siempre aunque se haya equivocado.

Luego se casó, tuvo a Matías. No le fue bien en sus primeras nupcias y los abuelos sufrieron mucho pero, finalmente, supieron entender la situación y respaldaron a su nieto.

Pudo rehacer su vida con Gaby, tuvo dos nenas, Belén y Morena que adoraban a su abuela y abuelo.

Ellos le enseñaron a mi padrino a amar, a respetar y a trabajar, palabras esenciales para cualquier proyecto de vida.

Por eso siempre intenta contarles del ejemplo que fueron sus padres a sus hijos y sobrinos, para que el día de mañana se los puedan transmitir a nuestros hijos.

Capítulo 5: La tercera hija Andrea Ferenaz

Nació en el mes de diciembre en un Hospital de Capital porque la abuela no llegó a la clínica donde debía internarse. Mi padrino, estaba muy celoso de ella y logró que su abuela Julia pusiera toda su atención en él.

Su hermano mayor Ricardo, siempre la cuidó y la protegió.

Hubo un accidente cuando mi tía era chiquita, donde se quemó; esas quemaduras marcaron su infancia y adolescencia.

Cuando sucedió, fue como si le hubiese pasado algo a toda la familia, todos estaban pendientes de ella. Y a pesar de que en ese momento sintió que era lo peor que podía pasarle, con el tiempo aprendió que esa situación la hizo más fuerte y ser quien es hoy, una gran mujer.

A sus 15 años llegó el pequeño de la familia Damián, que los inundó de amor. Y reían mucho con sus ocurrencias. Iban con el abuelo a los partidos a verlo jugar y con la abuela a los actos escolares a verlo bailar.

Los abuelos estuvieron presentes en todo momento también con la tía Andrea. Siempre fue muy malcriada pero como era tan buena alumna, todo se justificaba. “Mi papá fotocopiaba los boletines y los llevaba al trabajo para decir que esa era su hija”, contó riendo.

La abuela, en cambio, no decía nada pero iba a cada acto escolar.

Los recuerdos más lindos de la tía son los de todos juntos sentados comiendo fideos con tuco los domingos. También recuerda la comida caliente de la abuela cuando ella llegaba de la facultad a la noche y que el abuelo la iba a buscar a la parada del colectivo.

Ahora que los abuelos no están, ella tiene el recuerdo de ellos intacto en su corazón.

Del abuelo aprendió a levantarse y seguir e ir al trabajo todos los días, no faltar (aún estando enferma), y a ser honesta. De la abuela aprendió a que todo es posible lograrlo, que nada vale más que una familia unida y que la felicidad depende de uno.

También esa generosidad extrema de adoptar a Damián, porque no cree que haya muchas personas capaces de hacer algo tan grande. Le enseñó a convertirse en una profesional, sin descuidar a su familia, la que formó junto a Néstor y a sus tres hijos: Mailén, Julián y Joaquín.

Cuando la abuela se fue, la tía pensó que suerte que tuvieron los dos (su mamá y su papá), fueron felices con sus cuatro hijos, con esta vida y la familia unida.

Todos los días agradece por la familia que formó y la familia que la formó a ella, que se mantiene y se mantendrá unida siempre.

Capítulo 6: El cuarto hijo Damián Romero

Su llegada a la familia Ferenaz fue a sus tres años y medio de edad, su madre había muerto y cuando su familia de sangre se desintegraba, mi abuela y su madrina hasta ese entonces, se convirtió en su mamá y mi abuelo, en su papá.

La familia ya estaba constituida por sus tres hijos Ricardo, Héctor y Andrea y a partir de ese momento, pasaron a tener un hermano menor.

El piensa que para la familia no habrá sido nada fácil esta decisión pero destaca que tiene la plena seguridad de que jamás lo dudaron, siempre tiene presente que nunca se sintió un extraño.

Su infancia transcurrió como todo chico normal, concurriendo a la escuela por la mañana y siempre con la abuela salían corriendo al colegio; a él le costaba mucho levantarse y a la abuela, despertarlo. Así que siempre volaban las cinco cuadras de distancia hasta el colegio. El abuelo en ese momento ya estaba en sus trabajos, que el tío Damián también destaca y que por eso no estaba en casi todo el día en su casa. Por eso sus días pasaban acompañando a la abuela y sus mayores recuerdos se rememoran junto a ella.

Le cebaba mate por las tardes mientras la abuela planchaba, hacían la tarea juntos, miraban las novelas en el sillón hasta que el tío se dormía vencido por el sueño. Todas las mañanas lo esperaba el café con leche y el pan con manteca.

La acompañaba a hacer trámites y comían un pebete cada uno y una coca cola, acto seguido un gran cucurucho bañado en chocolate, la debilidad de la abuela.

El día que el tío terminó la primaria llevó a todos sus compañeritos a su casa y la abuela con toda su paciencia que siempre la caracterizaba, les hizo tres kilos de milanesas para que comieran todos.

Y así, siempre junto la abuela, fue creciendo y sus hermanos se fueron yendo. Y sin embargo ahí seguía él, al lado de ella, siendo el más chiquito.

La abuela fue su amiga, su confidente, la que siempre estuvo a su lado para un consejo, la que siempre lo esperaba, pero por sobre todo fue su amada mamá.

El abuelo, preparaba kilos de tostadas con manteca los sábados a la mañana y no se le quemaba ninguna. Después de eso, salía a hacer los mandados, en invierno en pijamas largos, y en verano en remera, bermudas y ojotas. Todo el mundo lo conocía, porque en esos mandados bastantes extensos de tiempo, él se encargaba de detenerse para charlar con todas las personas que podía.

Los sábados si el tío jugaba en el club, el abuelo alentaba desde la hinchada: -¡Vamos los verdes!, ¡A la lata, al latero, Defensores va primero! Los domingos, los asados siempre los hacía él. Nunca faltaba el vermut.

El tío estará siempre muy agradecido con el abuelo por haberlo cuidado y querido como un hijo, porque mas allá de que su padre de sangre vivía, el fue su padre del alma.

Con los años, el pequeño Damián creció y tuvo una hija, Micaela, a la que los abuelos cuidaron innumerables cantidades de veces como lo hicieron con él. El abuelo corría a buscarla al colegio y la abuela la esperaba con algo rico para comer y lista para ayudarla con la tarea, sus virtudes de maestra nunca se perdieron.

El tío está plenamente agradecido a Dios por haber cruzado su camino con el de ellos, cada parte de él, lleva gravado el amor sincero de mis abuelos.

Capítulo 7: Los nietos

La primera nieta en llegar a la familia fui yo, Alesia Ferenaz Agusttini, hija de Ricardo, el hijo mayor y ahijada de Héctor.

La abuela se escondía en el baño de la Clínica donde nací cuando terminaba el horario de visita para quedarse un ratito más con su piojo, como ella me decía. Recuerdo que ellos me decían así: “Piojito” y “Bichi”.

Fui sin duda la más mimada porque no solo era la primera nieta sino también, la primera sobrina. La abuela me llevaba a la calesita, me llenaba de golosinas y venía todos los días a verme cuando era chiquita, los tíos me llenaban de regalos y estaban enloquecidos conmigo.

Siempre estuve en contacto con ellos ya que todos los domingos nos juntábamos a comer asado o pastas en la casa de los abuelos. A veces los veía algún que otro día en la semana también.

La abuela hacía los mejores ñoquis, el mejor arroz al azafrán con pollo, las mejores milanesas a la napolitana, las mejores empanadas tucumanas y era un amor porque siempre preparaba lo que le pedíamos. El abuelo hacía las papas fritas más ricas y sus tostadas eran un clásico, además de su riquísimo asado que hoy prepara papá.

Mis abuelos me consintieron en absolutamente todo de chica y de grande. Estuvieron presentes en actos, navidades, cumpleaños, torneos, en cada pasito que di, siempre. Me encantaba y me hacía muy feliz compartir momentos con ellos. Los extraño muchísimo.

La segunda nieta fue Mailén Luna Ferenaz, hija de Andrea, la única hija mujer.

La llegada de Mailén trajo mucha felicidad aunque un poco de celos para mí que siendo chiquita y la única hasta ese momento.

El día que mi tía salía de la clínica, le recomendé dejarla con las enfermeras, ya que no íbamos a entrar todos en el auto.

Mailén es la hermana que no tuve y la amo como a nadie a pesar de que la haya querido dejar en ese episodio. También es ahijada de mi papá.

La tía Andrea trabajaba todo el día así que los abuelos cuidaban a Mailén. La abuela la iba a buscar al colegio y mi prima la hacía parar en cada kiosco a comprar golosinas, cosa que la abuela siempre hizo con cada uno de sus nietos. Cabe destacar que los chocolates eran su debilidad, debilidad que nos transmitió.

Al abuelo lo acompañaba a hacer compras a todos lados y también jugaba con ellos a la mamá y al papá y los hacía cuidar a sus muñecos. Con la abuela cocinaba galletitas y el abuelo la hacía jugar a los Power Rangers. Mailén dijo que la recuerda como una época mágica porque la dejaban hacer de todo.

Ya cuando creció fue al colegio doble escolaridad y la abuela iba tres veces por semana, les llevaba golosinas y les cocinaba las comidas más ricas. Mailén extraña que se quede con ella.

El tercer nieto, fue Matías Ezequiel Ferenaz Gonzales, hijo del segundo hijo, Héctor y ahijado de Andrea. Y el único que va a extender el apellido.

Matías recibió de ellos mucha contención, siempre los sintió como su pie de apoyo. Lo educaron, lo hicieron sentir el mejor, lo amaron, se divertían mucho juntos. El iba a lo de los abuelos a comer, a dormir, a jugar, a pasarla bien.

El abuelo lo hizo de Boca, lo iba a buscar al colegio, lo ayudaba con la tarea, jugaban a la pelota. Su fallecimiento lo desestabilizó por completo. Sintió una pérdida importante en su vida y por primera vez se enfrentó a la muerte.

La abuela se ocupó de él desde que estaba en la panza de su mamá, lo amaba, lo cuidaba, le cantaba, le cocinaba, ayudó a sus padres cuando se separaron (situación que para él fue dura y conflictiva) y ella ahí estaba para quedarse con su pequeño Ferenaz.

Cuando la abuela se enferma, Matías tenía miedo de volver a sufrir otra pérdida. Y a pesar de que hoy ellos no están, él destaca que gracias a ellos entendió que siempre hay que seguir para adelante y luchar, como hicieron ellos en su momento.

Los abuelos lo criaron, le enseñaron y lograron que salga adelante él y su familia, por eso su eterno agradecimiento.

El cuarto nieto fue Julián Luna Ferenaz, segundo hijo de Andrea, hermano de Mailén y ahijado de mi padrino Héctor.

Julián era un bebote, el tío Damián con solo dieciséis años lo iba a buscar a su casa para llevarlo a la de la abuela. El abuelo le daba la mamadera y la abuela lo bañaba. Sus papás trabajaban todo el día y él siempre estaba con la abuela, quien impartía el orden cuando Julián y Mailén peleaban.

Fue creciendo y la abuela lo seguía consintiendo y lo llenaba de golosinas. Mientras que con el abuelo jugaba a la pelota y a las bolitas. Siempre fue muy unido a ellos y muy bueno. Los extraña, pero los siente a su lado.

La quinta nieta fue Micaela Romero Videla, hija de Damián. Una beba hermosa que también adoraba a sus abuelos quienes como a todos sus nietos, cuidaron y ayudaron en su crecimiento.

Hoy ya tiene doce años y siempre fue muy apegada a ellos.

El sexto nieto fue Joaquín Luna Ferenaz, tercer hijo de Andrea, hermano menor de Mailén y Julián, ahijado del tío Damián.

Joaquín prematuro, estuvo casi dos meses en la incubadora porque no había terminado de desarrollarse, gracias a Dios hoy está enorme.

Joaquín fue el más inquieto de sus hermanos y los abuelos siempre le tuvieron mucha paciencia y le dieron todos los gustos.

Trajo mucha alegría y como ya estábamos todos un poco más grandes pudimos disfrutar de su crecimiento.

La séptima nieta fue María Belén Ferenaz Tabella, segunda hija de Héctor, hermana de Matías y ahijada de mi papá. Belén era y es sumamente tranquila, delicada y preciosa desde que nació. Nos encantó a todos con su dulzura, incluyendo a los abuelos que estaban enloquecidos por ella. Belén es una de la que más los extraña y los necesita.

Y la última y octava nieta, es la beba de la familia, María Morena Ferenaz Tabella, hija de Héctor y hermanita menor de Matías y Belén. Morena no llegó a conocer al abuelo, el abuelo la llegó a conocer cuando estaba en la panza de la Tía Gaby.

More era la piojito de la abuela, era hermoso verlas juntas.

Los Ferenaz como familia

Lo que destacó siempre a la familia Ferenaz fue su gran unión y amor. Todos siempre estuvieron presentes entre sí, se ayudaron y se cuidaron.

Los abuelos construyeron una familia llena de valores, valores que mi papá y mis tíos hoy nos inculcan. Prácticamente se repite la historia, los hijos de mis abuelos y mis abuelos en sí, nos criaron con las mismas costumbres que ellos tuvieron en su familia.

Somos un gran reflejo de la familia Ferenaz que crearon mis abuelos, nos amamos y para todos los Ferenaz, lo más importante, como desde que nació esta familia, es el estar todos juntos y unidos. Respetamos muchísimo a la familia y la disfrutamos, para nosotros la familia, es sagrada e intocable.

Cada uno tiene su historia, pero a la vez, una historia en común, una familia que nos une para siempre.

Bibliografía

Creme Phyllis y Lea Mary: Escribir en la Universidad, Barcelona, Ed. Gedisa, 2000. (Cap. 5, págs. 76 a 102).

Paulina Brunetti y Miriam Villa, Lenguaje I, universidad Nacional de Córdoba, 199.

Resumen: Vivaldi, Gonzalo Martín: Curso de Redacción. Teoría y Práctica de la composición y del estilo, Madrid, Editorial Parainfo, 1990.

Resumen Oberti, Bettendorff: La textualidad.


Historia de mis abuelos fue publicado de la página 22 a página26 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ver detalle e índice del libro