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El mundo puede cambiar en un instante

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXVIII [ISSN: 1668-1673]

XX Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Facultad de Diseño y Comunicación. Universidad de Palermo

Año XIII, Vol. 18, Febrero 2012, Buenos Aires, Argentina | 208 páginas

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Perez Mauco, Marina [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

La película The road, de John Hillcoat, sitúa el eje de su argumentación en una instancia post estatal que se asemeja a la situación imaginada por Hobbes en el Leviatán para relatar la experiencia humana previa a la institución del Estado soberano. ¿La amenaza de una catástrofe atómica que puede
borrar a la raza humana no sirve también para proteger
a las mismas fuerzas que perpetúan este peligro?

Herbert Marcuse
 
La película The road, basada en una novela de Cormac
McCarthy, narra la historia de un padre y su hijo (todavía
niño) que se ven arrojados a la carretera luego de un
cataclismo que el filme no especifica, pero podría ser
fruto del calentamiento global, de una lluvia de meteoritos,
de un desastre nuclear, y la lista puede continuar.
Lo que interesa para los fines del presente texto es rescatar
la idea que recorre la película. Una idea oscura, con
ausencia de colores vivos: esto es literal, en la fotografía
predominan los ocres, los grises, los colores de la sociedad
industrial en descomposición. La idea que recorre
la película, decíamos, es oscura acerca de la humanidad
y sus mentados progresos, por lo que no alberga ninguna
esperanza en el género humano, en la organización
de los seres humanos. Los hombres y mujeres están solos,
son personas privadas que se cazan unas a otras y
se comen. Sí, se comen los unos a los otros, porque por
efecto del desastre ya no hay qué comer en el planeta.
La tierra es infértil y las mercaderías no perecederas ya
se han agotado por completo: sólo quedan armas y carreteras.
No pretendemos hacer un análisis crítico de la
estructura de la película, mucho menos estético o estilístico,
sino utilizarla como piedra de toque, insumo,
desde el cual elaborar una comprensión del fenómeno
ideológico en sentido amplio.
El argumento de la película es hobessiano, en los momentos
lógicamente previos al Leviatán, aquel voluminoso
libro que Thomas Hobbes escribiera promediando
el siglo XVII. En este libro, el autor inglés se proponía
dar una solución adecuada, racional, a la cuestión de la
“rectitud humana” y a la del orden social. El punto de
partida de Hobbes son los hombres que en su más pura
y absoluta individualidad son esclavos de sus pasiones,
enemigos entre sí: hostiles. De esta hostilidad primera
y constitutiva del género humano, construye una salida
racional: el Estado o Leviatán. El Estado, pues, es obra
de los hombres, pero es más que la suma de los hombres;
tiene otra entidad, superior, y su función y razón de ser
no es otra que la de garantizar la paz entre los hombres:
“(…) del mismo modo que los hombres, para alcanzar
la paz y, con ella, la conservación de sí mismos, han creado
un hombre artificial que podemos llamar Estado,
así tenemos también que han hecho cadenas artificiales,
llamadas leyes civiles, que ellos mismos, por
pactos mutuos han fijado fuertemente, en un extremo,
a los labios de aquel hombre o asamblea a quien ellos
han dado el poder soberano; y por el otro extremo, a
sus propios oídos. Estos vínculos, débiles por su propia
naturaleza, pueden, sin embargo, ser mantenidos, por el
peligro aunque no por la dificultad de romperlos” (Hobbes:
2009: 173).
Como decíamos, la película The road sitúa el eje de su
argumentación en una instancia post estatal, pero que
curiosamente se asemeja a la situación imaginada por
Hobbes para relatar la vida humana previa a la institución
del Estado soberano. En el filme, el panorama es
aun más pesimista que el que imaginó Thomas Hobbes,
puesto que en la película de John Hillcoat, la ausencia
de organización y, en última instancia, de orden, es históricamente
posterior al Estado. El pesimismo que emana
de la narración tiene que ver, con esa poca expectativa
en que los hombres se organicen, permaneciendo
errantes, solitarios y hostiles los unos en relación a los
otros.
Para Hobbes la necesidad de un poder común y superior
al conjunto de los seres humanos, tenía su fundamento
en evitar que los hombres se matasen entre sí ya que
al ser iguales, todos tenían el poder de quitarle al otro
la vida y en consecuencia, robarle mujer y bienes. El
Leviatán, es erigido por los mismos hombres que luego
le deberán obediencia, como poder superior, único e indiscutido
para garantizar fundamentalmente la vida de
sus súbditos. Este poder artificial, superior, es creación
humana, como dice Hobbes, fruto del arte.
El Estado, con Hobbes, se vuelve, se piensa, como una
instancia de la política, de las pasiones y los intereses
de los hombres1, no como un fruto sin preámbulos de
la voluntad divina. Voluntad humana en el mundo, el
Estado soberano garantiza la vida de los súbditos y con
ello la posibilidad de comerciar, navegar, cultivar, en
fin, de desarrollarse humanamente en el planeta.
La solución de Hobbes al caos y la muerte se vincula
con las artes humanas, con la creación humana, con
sus potestades indelegables y creativas que posibilitan
la asociación. La película de Hillcoat, como creación
estética, no plantea solución posible porque la historia
que narra no tiene salida. Los hombres (literalmente: los
hombres, puesto que las mujeres luego de ser violadas comerson
comidas) se matan y son caníbales de su especie.
La solidaridad, la posibilidad de despliegue de las artes
humanas está obturada por el “instinto” de supervivencia,
sentimiento primario y egoísta que no da espacio a
la política. En la película no hay política, hay conflicto,
claro, pero no hay política, hay pura, brutal, supervivencia.
Lo antedicho nos invita a adentrarnos en los laberintos
de sentido que contribuyen a tejer la trama narrativa que
nos ocupa. Terry Eagleton nos propone que desmadejemos
el significado de la ideología como materialidad,
productora de discursos y realidades. Cuáles han sido
las más influyentes en la modernidad y sus mecanismos
de expansión y proliferación. Así también en tratar de
encontrar cómo la ideología se sumerge en las mentalidades,
cómo es que una idea, una concepción del mundo,
de las relaciones sociales, se vuelve material y práctica.
Eagleton, en su libro Ideología nos sugiere que “puede
ser útil concebir la ideología menos como un conjunto
particular de discursos que como un conjunto particular
de efectos en el seno de discursos” (Eagleton: 2005: 250).
De esta forma, podemos rastrear en la película de Hillcoat
elementos de una ideología burguesa renuente a desaparecer,
más persistente que la propia Naturaleza, que
el propio mundo. Interesante si tenemos en cuenta que
para Eagleton, las ideologías como sistemas significantes
producen efectos en la realidad, en la práctica de las relaciones
humanas y de los humanos con y en el mundo.
Decíamos que la película basada en una novela de Cormac
McCarthy, en su (y a pesar de) pesimismo estricto,
se ahoga en los profundos océanos de la ideología
burguesa donde la familia es el núcleo central de las
relaciones intersubjetivas más sanas y “puras”. Líneas
arriba decíamos que en el filme sólo se ven hombres, las
mujeres sólo aparecen como presas de caza o carnada
para cazar a otros y otras. Sin embargo, en la narración
hay una importante mención a la madre del pequeño y
esposa del protagonista de la historia. Esta mujer, presa
de una profunda depresión, decide dejar a su esposo e
hijo y se interna en un bosque, sin abrigo, en una fría
noche, que por lo que ha narrado hasta ahí la historia, le
proporcionará una muerte segura. Y ella es consciente
de ello. Entonces, tenemos dos construcciones de “la”
mujer: como presa de los deseos masculinos más bestiales
y como desertora que deja librado al azar el destino
de su pequeño hijo.
De más está decir que si la ideología de esta narración
hubiera sido otra que no comulgara con la fascinación
occidental por la familia nuclear, postulada como único
espacio de sosiego y paz para las mujeres, se podrían
haber propuesto por ejemplo, que a la par de las organizaciones
armadas masculinas, las mujeres hubieran
organizado las propias. No haremos más que comentar
que, en consonancia con la más acendrada tradición de
Occidente, las mujeres son pasivas y buenas, incapaces
de defenderse y menos aún, de atacar: presas dóciles de
los deseos masculinos, su destino, sin Estado, es el de
ser devoradas por el poder de los varones. Finalmente,
la única mujer que no es usada por los hombres como
presa o como carnada, es la integrante de una familia
que en los últimos minutos del filme rescata al niño
protagonista que acaba de perder a su padre. La única mujer
que no es presa o carnada es aquella que logró
sostener su papel de madre, integrante de una familia
como núcleo central de las relaciones intersubjetivas
más sanas y “puras”. Esa pareja que rescata al solitario
e indefenso niño completa con él, el arquetipo de
la familia burguesa y moderna, base de la organización
social capitalista. Ya que antes de encontrar al protagonista
eran un padre, una madre y una niña. Ahora, con
la incorporación del niño, terminan de formar la familia
tipo: una pareja y dos niños, uno varón y la otra mujer.
En el contexto bañado de violencia del filme, es válida
la pregunta acerca de la posibilidad de obediencia en
un mundo cuya naturaleza está en franco proceso de
muerte, sin posibilidad de regeneración. La Naturaleza
ha sido depredada y acusó recibo, ya no es fuente de
vida, sino posibilidad del ejercicio de la violencia sin
límites. Decíamos que para Hobbes, para que exista el
principio de obediencia, previamente ha de haber algún
tipo de consenso entre pares, cuando los pares no se comunican
de otra forma que no sea comiéndose y matándose,
el “ponerse de acuerdo” no prospera. El acuerdo,
el pacto, es la condición de posibilidad de la cultura, de
la historia, del desarrollo humano en el mundo, de una
racionalidad que es tributaria de la unión. Sin embargo,
esta mancomunión no es viable sin el rol fundamental
de la naturaleza, del mundo en el que vivimos los humanos.
La atmósfera, las plantas, los animales, los minerales,
el agua son partes inescindibles de la condición
humana, condición que es en el mundo y posibilitada
por este. Ya lo dijo Althusser en su libro Ideología y
aparatos ideológicos de Estado, siguiendo las ideas que
Karl Marx publicara en El Capital: “(…) para existir,
toda formación social, al mismo tiempo que produce y
para poder producir, debe reproducir las condiciones
de su producción. Debe, pues, reproducir: las fuerzas
productivas y las relaciones de producción existentes”
(Althusser: 1988: 10). La referencia al mundo es implícita.
Podríamos afirmar que en buena parte de la filosofía
moderna occidental el mundo es una suerte de
telón de fondo, muchas veces implícito, que se da por
descontado que está ahí. Lo que McCarthy postula en su
novela (cuya película venimos comentando desde hace
un rato) es la hecatombe de lo implícito. Lo implícito se
vuelve explícito y detona la barbarie post capitalista. Ya
ni siquiera es fácil conseguir agua potable. La reflexión
acerca del papel de la naturaleza, del mundo, como recurso
de la humanidad, como mercancía e insumo apropiable,
base y sustento de la cultura puede extremarse
al ver The road.
Lo revisado hasta ahora, desde Hobbes a Althusser presupone
que hay un mundo dador de materia. Materia
que es luego apropiada y transformada por los hombres
en contextos históricos y políticos particulares. Hemos
leído que la forma en que los hombres se apropian de la
naturaleza y la transforman con su trabajo varía al compás
de las relaciones sociales de producción, pero siempre
hay mundo sobre el cual desplegar la creatividad
humana. Cuando el mundo retrocede, en franco proceso
de descomposición, la creatividad se vuelve pura y sorda
hostilidad, la humanidad se devora a sí misma.
Cae el mundo tal como nos es familiar, caen los Estados
y el sistema de producción capitalista: no hay comercio, ni
dinero, ni mercado. Lo que persiste es la ideología.
Podemos hacer una suerte de doble lectura de la
película-novela: una, como texto-narración, donde se
relata una historia, con su nudo y desenlace. Otra, como
texto-materialidad, donde se pueden abordar distintos
factores “externos” a la narración, como la ideología implícita
en el texto-filme. La externalidad de la ideología
reside en que no es lo que se explicita en la película,
sino que es la información implícita, el lenguaje con el
que se construye el texto y las imágenes.
Retomando lo que decíamos unos párrafos antes, el argumento
de la película es hobbesiano, o pre hobbesiano
y los insumos con los que la argumentación del texto
fílmico se sostiene abrevan implícitamente en la ideología
burguesa vinculada con el sostenimiento de las
relaciones sociales capitalistas: la defensa de la familia
nuclear moderna, piedra fundamental del edificio ideológico
burgués; el rol pasivo de la mujer y el rol agresivo
del varón. Una antropología pesimista que encuentra
una tabla para flotar en la posibilidad de que algunas
personas se agrupen como familia.
Por último, es interesante abrir un paréntesis en otra
constatación del carácter ideológico del texto de Mc-
Carthy. El mundo es equiparado a los EE.UU2, en esta
narración sólo se hace referencia a la suerte corrida por
este país del norte; los protagonistas van hacia el sur,
hacia la costa de México pensando que ahí van a encontrar
mejores condiciones climáticas para vivir. No
sabemos qué sucede con el planeta, sólo sabemos lo que
sucede con los EE.UU que en un sutil juego sustituye a
aquel. Sea cual fuere el territorio que sucumbe gracias
a, y como consecuencia del, desarrollo de las fuerzas
productivas propias del capitalismo, no se cuestiona la
ideología consustancial con aquel desarrollo económico,
siendo la familia la única forma de sobrevivir sin ser
devorado por la propia especie. La familia es pues, el
núcleo sano que sobrevive o es deseable que sobreviva,
al cataclismo mundial.
 
Referencias bibliográficas
- Althusser, Louis (1988) Ideología y aparatos ideológicos
de Estado. Buenos Aires: Nueva Visión.
- Eagleton, Ferry (2005) Ideología. Una introducción.
Barcelona: Paidós.
- Hobbes, Thomas (2009) Leviatán. Buenos Aires: Fondo
de Cultura Económica.
- Marcuse, Herbert (1968) El hombre unidimensional.
Barcelona: Seix Barral.
- Spinoza, Baruch (2008) Tratado teológico - político.
Madrid: Alianza.


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capitalismo . cine . narración .

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