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¿Importar teoría?

Cancela, Lorena [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

ISSN: 1668-1673

XIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2006:"Experimentación, Innovación, Creación. Aportes en la enseñanza del Diseño y la Comunicación"

Año VII, Vol. 7, Febrero 2006, Buenos Aires, Argentina | 272 páginas

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En mis años de formación universitaria una clase, a propósito de la forma y el contenido, motivó la siguiente pregunta ¿Por qué si nuestra época sabe que la concepción del arte es perenne, mejor dicho, está sujeta al contexto, genera tanta irritación que a alguien se le ocurra sostener que hay formas que, en realidad, no tienen contenido o que el contenido es su propia forma? O, ¿Por qué si la teoría de la ezquizofrenia deleuziana está legitimada por la academia cuesta tanto aceptar que un sujeto hable y escriba desde el sesgo o, si se quiere, desde la zona más indeterminada y opaca de la teoría? Con otras palabras: ¿Por qué ‘importamos’ teoría y no tenemos una relación de choque con esa teoría que nos pueda hacer re - pensar, incluso, una práctica? 

Con estas preguntas no quiero discurrir todavía a propósito de la forma o el contenido, mas estoy pensando en el concepto de ‘importación’. Algo que seguramente sea muy útil para las transacciones comerciales, pero que no creo que lo sea para la producción de conocimiento en la acepción más amplia de la palabra. 

Me explico. En todos estos años en los que transitado distintos lugares a través de los cuales puede manifestarse la cultura fílmica, me he topado varias veces con una incongruencia que se manifiesta en la distancia entre la teoría que manejamos y las posibilidades reales de poner en práctica esa teoría. Y cuando digo ‘poner en práctica’ aquí me estoy refiriendo fundamentalmente a cuestionar, analizar, re-pensar, escribir. Por ejemplo, en la universidad en general, en esta universidad en particular: pareciera que hay como un ‘universal universitario: El catedrático especializado en cine de Wisconsin, David Bordwell, es una de las personas más respetadas y admiradas. Evidentemente, no estoy diciendo que no lo sea - es más: una vez tuve la oportunidad de hacerle una entrevista y fue realmente enriquecedora para mi vida profesional - pero sí estoy preguntándome hasta qué punto es productivo que repitamos como loros su definición sobre ‘límites de la institución’, por mencionar una, si no estamos del todo seguros cómo podría funcionar en este contexto. 

Verbigracia, el límite institucional es para Bordwell lo que opera como una censura implícita para la construcción de los distintos tipos de significado sobre una película (obra). Ahora, de qué concepto de límite partimos nosotros cuando ‘lo institucional’ - y estoy aquí solo refiriéndome a lo que concierne a la producción escrita sobre cine - no encuentra realmente una forma, ni un lugar preciso. Quizás para el mundo angloparlante sea más fácil identificar distintos tipos de publicaciones, allí están Film Comment, Cineaste, Framework, Film Quaterly, etc., cada una especializada en un área. Mas, de qué ‘límites institucionales’ hablamos nosotros cuando nos referimos a ellos. Porque se sabe que a lo largo de los años (y entiendo que en el concepto de institución lo sincrónico tiene un valor) sólo una revista en papel sobre cine se sostuvo en la Argentina y, por decirlo a vuelo de pájaro, su producción ha sido bastante ecléctica. 

En este mismo sentido, y aunque no me voy a detener aquí en esto que podría comprenderse a la luz del concepto del ‘almohadillado’ de Lacan, también me interroga que se hable de ‘los críticos de cine’ como una masa diferenciada y que, aparentemente, funciona en bloque. Aunque: ¿Qué son exactamente los críticos?, ¿Los periodistas que escriben los diarios?, ¿Los que escriben en sitios web?, ¿Los que van a festivales?, ¿Los que escriben en las publicaciones universitarias?, ¿Los que están nucleados bajo una entidad? 

Es decir, mientras que por un lado, repetimos hasta el cansancio la palabra contexto y pareciera que se está transformando en otro dogma, por el otro no sabemos cómo hacer para que esas teorías que circulan en un momento determinado sean puestas en relación. Porque aunque esto pueda sonar a verdad de perogrullo, las formas en las cuales la teoría puede manifestarse (y que describí en párrafos anteriores), todavía no han encontrado respuestas aquí. Respuestas que, por el contrario, sí han aprehendido algunos cineastas cuando pensaron sus necesidades expresivas desde una materialidad que no los desborda sino que los contiene, y allí están el ‘segundo nuevo cine argentino’, el Dogma ’95 en Dinamarca, o las primeras películas de Wong Kar-wai en Hong Kong para probarlo. 

Es que el pensar siempre es pensar desde algo. Y a veces tengo la sensación que nos estamos relacionando con la producción teórica a través de la ‘negatividad’, entablamos con el o los textos, el mismo vínculo que generalmente se mantiene con las películas de Hollywood, nos identificamos, nos enojamos, las aplaudimos, las odiamos, mas no las ponemos en cuestión, no las re-pensamos, no las ponemos a trabajar aquí y ahora. En el mejor de los casos - y eso es lo que me gusta del personaje de Madame Satá -, nos las apropiamos. En el peor de los casos, las citamos tal cual Tarantino con el cine asiático. 

Entiendo que ese es uno de los mayores desafíos que tenemos como productores culturales y como profesores: Aprender y enseñar a poner en cuestión para construir desde allí. Imaginar desde dónde y cómo hablamos. Buscar y tratar de generar los espacios en los cuales la teoría pueda manifestarse como la escritura, la filmación, la programación, la investigación, la restauración. No importar modelos, sino generarlos: Aunque esos modelos sean fractales. 

Lamentablemente, no creo que yo misma logre esto cada vez que me enfrento al aula. Tampoco estoy segura de alcanzarlo cada vez que escribo o produzco algo. Más bien pienso en aquello como un horizonte posible. Un lugar donde la teoría se hiciera carne y nos incomode, para primero interrogarnos, luego hacernos hablar. Y sí, generalmente ese lugar está alejado de las transacciones comerciales, incluso puede ir a contramano de la ley de oferta y demanda. Su ‘rédito’ - haciendo uso del concepto de ‘alteridad’ de Kristeva - va por otro lado. 

De alguna manera, se trata de valorar de la producción teórico/ crítica aquello que festejamos en las obras concretadas gracias a las nuevas tecnologías que parecen frescas, libres, muchas veces hasta improvisadas, que cuestionan el lugar del demiurgo cinematográfico, del autor cinematográfico, que generan - a través de una nueva forma -un nuevo significado. 

Y así vuelvo a las dos palabras introducidas al comienzo: forma y contenido. En el campo del análisis cinematográfico, durante muchos años se sostuvo que el verdadero analista era aquel que construía significados sobre una obra, teniendo en cuenta su soporte. A mi criterio esta teoría tendría aceptación para interpretar ciertas obras que responden, sobre todo, a los parámetros del clasicismo - y pienso tanto en el modo de producción del cine clásico, como también en la película clásica en sí - donde, de alguna manera, se pueden leer con más facilidad las ‘marcas (colectivas) de la enunciación’. 

Pero qué pasa con esas obras contemporáneas que cuestionan el concepto mismo de enunciación, o que construyen desde un lugar descentrado. Obras que parten del concepto de que no hay unicidad, sino pluralidad; u obras que reivindican su lugar de ser solo forma sin contenido. No lo sé, pero sé que empiezo a preguntármelo. Finalmente, la idea es reflexionar sobre la relación que entablamos con las distintas teorías.


¿Importar teoría? fue publicado de la página 48 a página49 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

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