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La historia de mi familia

Albert, Valeria

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº27

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº27

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita

Año VI, Vol. 27, Diciembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 112 páginas

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Relato completo

Introducción: el escenario La economía europea antes de la Primera Guerra Mundial de 1914, no era floreciente como lo fue durante los últimos 50 años, especialmente en España.

España era un país atrasado, de poca cultura, con mucha pobreza y marginación. En ese contexto nace en 1886, Don Francisco Armas Padrón, quien fuera bisabuelo de Jorgito Arbert, personaje central de este relato. Para comprender acabadamente la historia de Jorgito Arbert, su vida inquieta, su pasión por el arte, su tránsito por tierras patagónicas, y finalmente su búsqueda de un mejor destino que lo lleva curiosamente a Europa nuevamente, hace falta tener presente cuál fue la historia de tres generaciones posteriores.

¿Y por qué Jorgito Arbert? ¿Por qué su vida, sus sueños, su destino, merecen ser el centro de este relato? Porque su vida, la de sus antecesores y seguramente la de sus descendientes no sólo tiene que ver con la propia voluntad de construir una vida y disfrutar de ella, sino con situaciones políticas, sociales y económicas que de alguna manera marcan a las distintas generaciones y le imponen un camino a seguir.

¿Y por qué otra razón? Porque es mi hermano, el que se fue, el que viene cada verano junto con las golondrinas, cargado de anécdotas, historias, fotos y regalos. El que planifica hace mucho tiempo quedarse más tiempo, pero sus obligaciones lo reclaman cada vez con más urgencia. El que nos invita a seguirlo, el que nos espera, el que nos tienta con mejores oportunidades, pero se le cierra la garganta cada vez que sube al avión de regreso a su tierra adoptiva.

 Primer Acto: Europa “La partida… un dulce beso, una suave caricia y un eterno adiós”.

Francisco Armas Padrón nace en el seno de una familia humilde, en la Isla del Hierro, Archipiélago de Canarias, finalizando ya el siglo XIX. Eran muchos hermanos y la comida no abundaba.

Se hacía sentir el rigor de la pobreza con tantas bocas que alimentar. En el archipiélago de Canarias, no florecía por ese entonces el turismo, como actualmente sucede. Se vivía de la tierra. La mayoría eran hortelanos que con gran sacrificio le arrancaban al suelo pedregoso algunas verduras para el diario sustento. La Isla del Hierro no tiene ríos y era necesario hacer montículos de arena atrás de las plantas a modo de muralla para retener la humedad que trae la bruma del mar.

Surcada con altas montañas, presenta zonas fértiles donde los vientos alisios descargan la humedad, pero del otro lado de la cordillera, cuna de Don Francisco, el agua es un preciado tesoro difícil de conseguir.

Será quizás por su suelo volcánico y pedregoso, quizás por la escasez de agua y de verde, que los pobladores tienen el rostro adusto y son parcos. Se comunican por silbidos y aun hoy los viejos pobladores que viven entre montañas usan este primitivo llamado.

El final de siglo no presagiaba tiempos mejores, muy por el contrario se avizoraban tiempos cada vez mas difíciles con la convulsión de las monarquías europeas. El pueblo si bien participaba poco de estos conflictos, era quien sufría las consecuencias y pagaba con hambre y miseria la ambición de poder y las rencillas de la nobleza.

Los presentimientos se transformaron en hechos cuando en Sarajevo se desencadenó la Primera Guerra Mundial en junio de 1914. El detonante fue el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona austrohúngara.

El Francisco que nos ocupa, don Francisco Armas Padrón, para su bien o para su mal, ya estaba entonces en suelo americano. Su madre tuvo el coraje, la resignación o la lucidez, movida por la desesperación, de embarcarlo con solo 11 años, a cargo de una familia conocida para que buscara mejores horizontes en América.

Es así como Don Francisco, bisabuelo de Jorgito se embarca para Buenos Aires .Donde abunda el trigo, la carne, el agua pura. ¡La tierra prometida! Imagina la madre con los ojos llorosos y la certeza que nunca mas volverá a ver a su hijo, pero él comerá, él se salvará.

Cuantas madres europeas de ese entonces reeditaron la historia de Moisés, arrojado a las aguas del Nilo en un acto de abnegación absoluta.

Don Francisco parte hacia tierras desconocidas con un bolsito redondo conteniendo apenas alguna ropa interior, como único equipaje. Para poder solventar su viaje trabaja de lavacopas y ayudante de cocina. En ese viaje se le va templando el espíritu, se sobrepone al miedo, a la ausencia de su familia, a las lágrimas y desembarca convertido en un hombre. Un hombre de once años, dispuesto a pelearle a la vida un lugar bajo el sol de Buenos Aires. Qué lejos están los derechos de los niños, la posibilidad de jugar, de disfrutar de la infancia.

El mundo de entonces no ofrecía esa posibilidad. Aún hoy a pesar de tantos tratados firmados y leyes sancionadas, hay sectores a los que se les niega la infancia.

Segundo Acto: Inmigración “¡Tierra firme! Buenos Aires, la reina del Plata,… la del río color león,… la de la abundancia”.

Quizás no fue la tierra soñada por su madre, con ríos de leche y miel, con canciones de cuna cantadas por mariposas.

Acá también había que trabajar para comer, sin importar la edad. Para los inmigrantes no había opción. ¿La hay ahora? Las tierras más áridas, los trabajos más duros, los salarios más bajos, las condiciones más difíciles. Pero había posibilidades.

Se podían tejer sueños, había esperanzas. ¿Las hay ahora? A pesar de su corta edad, le ofrecen trabajo en un bar y luego como ayudante de cocina, en la fragata Sarmiento.

Nuevamente el mar que lo hizo crecer de un tirón, que lo separó de su tierra y de sus afectos, el mismo mar es el que ahora acuna sus sueños de progreso, alienta sus esperanzas de una vida mejor. Esta experiencia le permite pasados algunos años, poner un restaurante en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires y formar una familia con una paisana de su pueblo, doña Dámasa Gutierrez con la que engendró diez hijos, entre ellas, Angelita Armas, abuela de Jorgito.

Estos sueños, estas esperanzas, esta necesidad de buscar un lugar en el mundo son las que como un hilo invisible van uniendo a las sucesivas generaciones hasta llegar a Jorgito que cerrará muchos años más tarde el círculo, volviendo a la tierra de sus ancestros. ¿La historia se repite? “La Patagónica, viento y arena, desierto inconmensurable pintado a carbonilla”.

Angelita recuerda: “Llegamos a Cipolletti donde estaba instalado un tío llamado Alejandro Armas que tenía un tambo. Le dio trabajo a mi papá. Tiempo después nos mudamos todos en una jardinera, con todos los bártulos, del otro lado del río.

Cruzamos el río en la balsa y llegamos a Neuquén”.

Allí comienza el progreso material de Don Francisco que aumenta poco a poco su patrimonio, construyendo su casa y un edificio que albergará el primer almacén de ramos generales del pueblo que por entonces era un simple caserío. Se llamaba “El Plata” tal vez por la ciudad que lo recibió en América.

Sin embargo la posibilidad de jugar, de dibujar, que tanto le gustaba quedaron definitivamente atrás. Los sentimientos de alegría, de tristeza, de añoranza ya no son compatibles con la carbonilla con que de niño representaba su tierra y sus afectos allá en la isla lejana.

Ahora hay que mantener una familia de diez hijos, en una tierra que es aun más árida que la que dejó atrás. Surcada por dos grandes ríos, el Lima y el Neuquén y vientos constantes, se abre como una promesa para este hombre retraído. Sus diez hijos también tienen una infancia corta. Hay que ayudar en el negocio, hay que aprender rápido en la escuela para sacar cuentas. Tampoco hay tiempo para cantar ni para dibujar, sólo montar a caballo está permitido como único recreo y solo por que hay que ir al tambo que está lejos del otro lado de las bardas, cerca del río Neuquén. Ángela siempre es la primera que está lista cuando su padre ordena ir a juntar las vacas que están pastando en el pequeño campo donde se perfila el futuro tambo. Es allí, montando a su tostado donde es simplemente una niña, que galopa hacia el campo cercano, libre de obligaciones. Montando de lado, al estilo de la época se las ingenia para saltar los canales y galopar sin descanso.

Les juega carreras a los chicos de la tienda, que son más grandes y se muere de risa cuando se enojan por que siempre les gana. A veces piensa mientras galopa hacia el campo que le hubiera gustado tocar el piano que se encuentra en el comedor de la casa, pero sabe que ese lujo es solo para los más chicos.

Ella debe ayudar en el negocio de su padre. Son diez bocas que alimentar, más los agregados que nunca faltan a la mesa familiar.

Don Francisco, junto a sus hijos de los cuales sobreviven ocho, trabaja el negocio, en el campo y compra terrenos. Es reconocido en el pueblo por su rigurosa honestidad, tanto que los coterráneos que venían a establecerse a la zona, depositaban en la caja fuerte del negocio, sus ahorros, como si fuera un banco. A tal punto llegaba su honestidad que cuando la inflación llegó a estas tierras, él se negaba a especular comprando la mercadería que le ofrecían desde Buenos Aires antes que aumentase su costo. Pensaba que la especulación era deshonesta y quiso combatir el monstruo de la inflación desde su pequeño negocio en tierras ignotas.

El final fue por supuesto previsible, la inflación le ganó por knock out. Se llevó campo, tambo y tierras aunque no pudo con su carácter inflexible y su tenacidad. Poco a poco algo se fue recuperando y ya viejo y cansado deja el almacén a cargo de su mano derecha, su hija Angelita, quien dejó la escuela para ayudarlo, con lo que quedaba del negocio.

“Angelita, el gran amor… su único bandoneón”.

Mientras ella pesa en la balanza el arroz y las arvejas que saca con una gran cuchara de la bolsa de arpillera, mira fugazmente al muchacho que pasa caminando rápidamente por enfrente del negocio. Antes de responder a su parco saludo, se fija que su padre, Don Francisco, no se encuentre mirando. El joven sonríe haciendo una inclinación de cabeza y sigue presuroso.

Sabe del genio de Don Francisco, su vecino, pero se atreve a desafiarlo para ver aunque sea una vez más a Angelita. Es difícil encontrarla fuera del negocio y tener oportunidades de hablar con ella. Desde chico le llamó la atención su pelo color miel y sus ojos intensos. Son varias “las Armas” pero a él le gusta Angelita, como la llama su padre.

Su nombre es Rodolfo Arbert, hijo de Don Gustavo, primer y único herrero del Pueblo.

Corre el año 36 y Rodolfo piensa en su futuro mientras toca el bandoneón. Su familia llegó a Neuquén a principios de siglo desde Alsacia, Alemania pero él nació en estas tierras. Nada sabe de la lejana Alsacia, solo lo que le cuenta su padre, cuando le dedica algún tiempo. Ellos también son muchos hermanos y la vida no es fácil pero Don Gustavo y Doña Ángela Gavazzi, sus padres tienen buen humor. Allí hay espacio para las fiestas familiares que él acompaña con su bandoneón, para los juegos, para los dibujos que tan bien realiza su hermana menor Lidia. Hay espacio para el arte, para la expresión que hace la vida un poco menos dura en la lejana Patagónica. Ya tiene más de veinte años y muchas ganas de casarse. Una mañana, en lugar de pasar presuroso por el negocio para ver a Angelita, decide entrar y hablar con Don Francisco. Juntando coraje le pide permiso para visitar a su hija como novio oficial.

Don Francisco mira a su hija, su mano derecha en el negocio y está a punto de echar a ese muchachito insolente que ayer nomás jugaba en la calle, cuando se encuentra con los ojos intensos de Angelita que lo observan detrás de la balanza. El tiempo parece detenerse y el aire se corta con un cuchillo.

Hasta el murmullo habitual de los clientes se hizo más tenue.

Suspiró y mirando con seño adusto le dijo: –Acá no estamos para perder tiempo, así que si quiere ver a mi hija será para casarse enseguida. Ella no tiene tiempo de andar con pavadas. Y ahora se me va de acá y vuelve el sábado a la tarde que tenemos que conversar. Angelita no pudo disimular su alegría y en su cara se dibujó una amplia sonrisa pero enseguida miró a su padre y continúo rápidamente despachando a los clientes. Rodolfo se retiró presuroso con una mezcla de sentimientos. Contento de tener autorización para ver formalmente a Angelita pero asustado con las responsabilidades que tendría que asumir.

El casamiento se arreglo rápidamente, sería en unos meses y él tendría que demostrar que estaba en condiciones de formar una familia.

Comenzó a trabajar en el correo, como cartero y para poder casarse tuvo que vender su bandoneón. Le costaba desprenderse de su fiel amigo, aquel que lo acompañaba en momentos felices y también nostálgicos pero la vida sigue y formar una familia era un mandato importante. Y nada menos que con Angelita, su vecina, la hija de Don Francisco. No lo pensó más.

El año 38, lo encontró acunando su primer hijo: Jorge Omar.

Jorge Omar: Primer alumno, hijo, nieto y sobrino de cinco tías solteras!!! ¡Y sobrevivió a eso y mucho más! Jorge Omar, a propósito del cantor de tangos. Su padre, Rodolfo aun añora su bandoneón; por eso su primer hijo lleva nombre de tanguero. Mientras lo acuna se acuerda de las tardes bajo el parral tocando algunos tangos, fox trot y valsecitos criollos. Tararea suavemente esos ritmos y es así como el niño crece con buen oído y afición por la música. De su abuelo Francisco hereda la facilidad para el dibujo. En este pequeño parecen conjugarse los genes de varias generaciones de artistas, por que todo lo que encara lo hace bien. Se destaca en música, dibujo, redacción y además es muy disciplinado. La década del 40 lo ve crecer, con tiempo para jugar, para nadar en las aguas transparentes del Lima y para tocar la armónica con la que sorprende a sus amigos.

Mimado, consentido, cuidado y adorado, se hace grande junto con su ciudad que comienza a crecer a ritmo desenfrenado.

Puentes, pavimento, casas, edificios, gente, mucha gente de distintas provincias, con distintas costumbres, atraídas por el petróleo, por la pujanza.

Neuquén se transforma y también Jorge Omar. Se dedica a la música y forma el conjunto Chaquira, que se dedica a recopilar ritmos latinoamericanos poco difundidos.

Versátil como buen guitarrero, toca fundamentalmente instrumentos de viento como la quena, armónica y siku pero tampoco le escapa a la guitarra y al bajo. Vida de bohemio en una ciudad pródiga. Época de vacas gordas. Y casi sin darse cuenta se convierte en padre de su primer hijo varón, Jorgito Arbert, el personaje de esta historia, el encargado de desandar los pasos de sus bisabuelos; el que porta los genes de tres generaciones de artistas, que de uno u otro modo lograron expresarse a través del arte y compartir momentos intensos, gracias a la sensibilidad que despierta en los que sucumben a su magia.

Tercer Acto: Emigración “Se anuncia vuelo Neuquén - Ámsterdam con escala en Buenos Aires”.

El 8 de noviembre de 1969 en la ciudad de Neuquén Capital el sol primaveral despertó sobresaltado por el primer grito de vida que dio Jorge Marcos Arbert (Jorgito). Quién fuera muy esperado por ser el primer hijo varón y el segundo del matrimonio Arbert. Con el paso de los años Jorgito, diminutivo que se le otorgó para diferenciarlo de su padre, fue creciendo, estudiando y modelando su multifacética personalidad que hoy lo caracteriza. Sus amigos lo describen como una persona humilde, alegre, inquieta y agradecida eternamente a la vida.

Creo que su mayor virtud es poder captar las cosas positivas de la vida, mirando siempre hacia adelante, centrándose en cosas hermosas y momentos irrepetibles.

Por esos años Neuquén contaba con diversas actividades para los chicos, tales como rugby, la escuelita de fútbol, karate, entre muchas otras. Jorgito creció recorriendo clubes en busca de un deporte que lo apasione, de tenis a fútbol a rugby, recorrió todas las canchas sin éxito. No lograba interesarse por ningún deporte. Promediaba el año 1984, días después de haber cumplido 15 años, la Municipalidad de Neuquén, convoca a jóvenes interesados a un curso de teatro brindado por la Subsecretaría de Cultura; por fin una actividad que lo cautivó desde el primer día! Serían quizás los genes dormidos de tres generaciones que súbitamente despertaban ante una nueva forma de expresión artística. El adolescente indeciso encontraba finalmente un camino. En 1985 ya era uno de los cuatro integrantes del primer grupo teatral adolescente de la zona, llamado Claroscuro. Allí no sólo encontró una forma de expresión sino una pasión incontenible que guiaría su destino a partir de ese momento. El escenario le permitió desarrollar aspectos ocultos de su personalidad, dar rienda suelta a los sentimientos y trabajar la emotividad. Con el Grupo Teatral Claroscuro vivió experiencias únicas, viajes, y situaciones que lo fortalecieron y ayudaron a ser quien es él hoy. Una persona sensible, apasionada por lo que hace, con una gran intuición y necesidad de querer y ser querido. Pero el camino del arte tampoco es generoso para los que pretenden vivir del mismo. El grupo teatral golpeaba puertas incesablemente, con buena cosecha de aplausos pero poco efectivo. La tenacidad de sus integrantes los llevó a dar funciones en las escuelas, viajar a encuentros de teatro y así obtuvo algunas distinciones por su trabajo.

Finalmente la adolescencia concluye y llega el momento de las grandes decisiones. ¿A qué dedicarse?, ¿Qué estudiar? Jorgito no tuvo dudas, abandonando la idea de ser contador, se inscribe en la Escuela de Bellas Artes de Neuquén. Allí surgen muy buenas oportunidades como la de realizar una obra importante bajo la dirección de Fernando Aragón y con participación de destacados actores de la zona y el coro universitario dirigido por el maestro Daniel Constanza. La obra se llamaba Albatry y requería que el primer actor, que hacía de pájaro fuera un muchacho joven de expresión cándida que se manejara en zancos. Era el papel indicado para que Jorgito diera un paso adelante en su carrera y se posicionara como un artista reconocido.

Fue un antes y un después de Albatry. Jorgito tuvo la certeza que nunca podría dedicarse a otra cosa, y Neuquén vio florecer a un artista. Su compenetración, su emotividad y la grandeza de la obra que se desarrollaba en exteriores con un dramatismo acentuado por las letanías corales, caló hondo en la sensibilidad de todos. Jorgito después de Albatry, tomó conciencia de sus propias posibilidades expresivas y fue por más. Buenos Aires, próximo destino. Allí se reencontró con un viejo compañero del grupo Claroscuro que estaba haciendo la puesta en escena de una obra en los subtes de Buenos Aires. A través de él se contactó con la compañía de danza teatro de Mario Pasik y Silvia Vladiminski, con los cuales pudo extender su veta artística hacia la danza. Con esa compañía hicieron varias obras en Buenos Aires y en el exterior. Tuvo la oportunidad de actuar en Nueva York, Egipto e Italia.

Si bien el crecimiento artístico fue notable, los viajes placenteros y el compromiso grande, Jorgito se daba cuenta que el trabajo artístico en la Argentina era muy irregular. Costaba muchas veces llegar a fin de mes. Siempre había que apuntalar con algún trabajo en un bar para poder seguir con su verdadera vocación. Y fue así como en un viaje a Europa, se entera de la posibilidad de postularse para una beca en un teatro de Ámsterdam. Y es allí donde se cierra el círculo mágico, donde la inmigración-emigración se funde atrás de un mismo objetivo, un destino para los sueños. Para una vida mejor. Dejar los afectos, los lugares conocidos, la tierra de la infancia para buscar una posibilidad de vida en otras latitudes, ir a vivir una cultura diferente. En el transcurso de cuatro generaciones, dos de ellas han tenido que sufrir el desarraigo. La meca del progreso individual pasa alternativamente de Europa a América y de América a Europa. Para los investigadores, simples períodos históricos; para las familias, una dolorosa realidad.

Si bien los tiempos son otros, el mundo globalizado y las nuevas tecnologías han contribuido a que las comunicaciones sean más efectivas y los viajes más económicos, las distancias igual se sienten. No poder participar de reuniones familiares, cumpleaños, casamientos y fundamentalmente momentos cotidianos, únicos e irrepetibles, también significa para las familias, una ruptura. Una ruptura muy distinta a la de antaño, cuando el que partía no sabía si volvería alguna vez, pero igualmente dolorosa.

Es por ello quizás necesario recapitular cómo los vaivenes políticos, sociales y económicos aun siguen rigiendo la vida de las familias y de las personas. Como algo que parece tan lejano, circunscripto al análisis de los libros de historia, interfiere en lo individual de una manera tan categórica.

Conclusión

La emigración por razones económicas o políticas ha sido una constante en la historia de los pueblos, y mi propia familia ha quedado ajena a ella.

Aunque las condiciones no son las mismas, tal como se encarga de relatar la historia, los sentimientos de pérdida y de vivir una cultura ajena, son semejantes en todas las épocas.

Quizás en esta historia hay un factor que la hace particular: la vocación por las distintas manifestaciones artísticas como forma de integración y comunicación, que ha acompañado a estas cuatro generaciones y que se ha constituido en un sostén en momentos difíciles y una compañía en momentos festivos.

Es por ello que elegí esta historia que a mi criterio merece ser contada, por que trasciende lo personal. Es una historia vivida por muchos argentinos, y creo que entender de donde y como venimos ayuda a comprender lo que hoy somos.


La historia de mi familia fue publicado de la página 23 a página26 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº27

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