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Listas, cánones y teclados humeantes

Cancela, Lorena [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

ISSN: 1668-1673

XV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2007: "Experiencias y Propuestas en la Construcción del Estilo Pedagógico en Diseño y Comunicación"

Año VIII, Vol. 8, Febrero 2007, Buenos Aires, Argentina. | 353 páginas

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Lo que sigue son reflexiones a partir de la relación entre el deseo y la enseñanza, teniendo como referencia al cine. Entre otras cosas, aquello nos conducirá al tema de las listas y los cánones cinematográficos y abrirá la exposición hacia las preguntas por el lugar desde el cual se ha escrito la historia del cine y sobre la incidencia de las últimas tecnologías en la formación de nuevos frentes conceptuales.

Por estas páginas ha transitado infinidad de veces la dupla acción – reflexión. Pero todavía tengo inquietudes ¿Hasta dónde esos conceptos encuentran un certero correlato en nuestra experiencia como docentes? Porque ¿Sobre qué reflexionamos cuando reflexionamos?

Frecuentemente tengo la impresión que reflexionamos a partir de parámetros idealistas pues, de una u otra manera, seguimos creyendo que hay un más allá ‘ideal’ (compuesto por ciertas teorías, escuelas o pensadores diría yo legitimados más por la fuerza de poder del mercado editorial que por una verdadera empatía con los lectores) del cual el “hoy, aquí y ahora” sería un mero reflejo - imperfecto la mayoría de las veces - que en el mejor de los casos solo merece nuestra atención contemplativa o nuestro desprecio. Se me etiquetará de provocadora, pero cuántas veces seguimos escuchando y escuchándonos decir con enojo, ¿por qué a los alumnos no les gusta o no les interesa tal o cual cosa? Sin embargo, y antes de formular semejante juicio ¿nos preguntamos a nosotros mismos qué nos interesa? Es más, ¿Nos preguntamos cuánto nos interesa dar clase? ¿Cuánto nos convoca compartir algo de nuestro conocimiento con otros? Entiendo que para llegar a articular y transitar los procesos de la enseñanzaaprendizaje y del conocimiento se tiene que poner en juego algo del deseo, de uno y de otro lado.

Sin embargo, mucho se ha dicho y presupuesto sobre el deseo del alumno y poco o nada del deseo del profesor. ¿Será un tema tabú? ¿O será que el profesor no desea? Y si desea, ¿cuáles son los límites institucionales para su deseo? A primera vista, no pareciera un tema menor pensar en cómo hacer para armonizar esos aspectos. Por ejemplo, cómo hacer para que el deseo del profesor por algo no bloquee el deseo del alumno por ese algo. En este sentido es que la enseñanza es un tema complejo e intrincado. Personalmente, y que se me perdone el aire de lugar común de la frase, me parece que no hay manera de despertar deseo en otro por aprender si uno no se pregunta antes por su deseo de aprender. Pero aún cuando el profesor se haya preguntado, e incluso resuelto satisfactoriamente su deseo por aprender, el traspaso de ese binomio (el profesor y su deseo) a la tríada profesor /deseo/ alumno reviste mayores dificultades.

Veámoslo así. En la enseñanza del cine ha sido “común” por muchos años pedirles a los profesores que confeccionen listas donde ellos deben volcar cuáles son las películas que los alumnos tienen que ver. No hace falta ser un especialista para entrever que en esa lista se pone en juego aparte de la especialidad de la materia en sí (la cual no estamos negando) el deseo del profesor por ciertas películas en ese recorte en particular. Aspecto que no sería negativo (de hecho es hasta saludable: cuántas veces las ganas de otro por algo han alimentado nuestras propias ganas) si el profesor sabe que su inventario es solo un horizonte posible entre otros y no un dogma que los alumnos deben seguir a rajatabla.

Más todavía hoy observo en distintas situaciones que (y a pesar de que muchos profesionales adhieran de palabra al relativismo cultural, la teoría del caos, celebren las bondades de las nuevas tecnologías y demás) si un colega o un alumno le señala a un profesor amante de John Ford (director de cine norteamericano, realizador de westerns en el período clásico de Hollywood entre los ’30 y los ’50, referente de muchos cinéfilos aquí y afuera) que este último no sería preferible a Wong Karwai (director de cine hongkonés, hacedor de films donde se fusionan los géneros, en actividad) probablemente se alce en un grito pelado. Y aunque lo del “grito pelado” sea una metáfora es cierto que una vez un colega se acercó preocupado a preguntarme si a una alumna no le gustaba John Ford porque yo le había dicho algo al respecto. Presuponiendo que yo hablaba de mis gustos cinéfilos con los alumnos.

No sé todavía si es la mejor alternativa, pero con el tiempo entendí que más allá de nuestras pasiones o listas (la mía es cambiante y cuenta entre sus filas tanto a la comedia romántica como a muchos films de los ‘nuevos cines’ de los ’60 hasta la actualidad) hay que ‘saber hacer’ para no imponerlas porque de lo que se trata es de enseñar a que otro (el alumno) aprenda a construir sus propias referencias.

Sin embargo, el asunto no se limita a una cuestión de deseos, ni gustos. En realidad que John Ford figure en la mayoría de los programas de educación formal sobre cine tiene también que relacionarse con los cánones. Y así llegamos a la historia del cine, quién la escribe (escribió) y quién puede reproducirla, Marx fue un gran visionario.

Con otras palabras, se cristalizan los nombres de John Ford, Orson Welles o Hitchcock porque la historia del cine fue mayoritariamente contada desde el punto de vista industrial, sobre todo de Hollywood, y no artesanal. Hasta hace poco era común escuchar o leer que el creador del lenguaje cinematográfico fue Griffith.

Incluso los primeros “cahieristas” (Bazin, Truffaut, Godard, Chabrol: el primer frente de la nouvelle vague la cual, refiriendo de una u otra manera al neorralismo italiano, sentó las bases de un profundo viraje dentro de la cultura fílmica definiendo y ejerciendo la crítica de cine primero, y luego renovando los modos de producción y consecuentemente la estética del cine cuando los tres primeros pasaron a la realización) eligieron como sus referentes a los realizadores norteamericanos hollywoodenses. En este sentido, podría comprenderse que la misma Cahiers du cinema le haya dedicado atención a la nouvelle vague años después de que ésta ya había sido legitimada por los festivales de cine más importantes, incluso Cannes.

Evidentemente con esto no quiero decir que es preferible el cine artesanal al industrial, el cine producido en las afueras de Hollywood (argentino, taiwanés, tailandés) al cine producido en el enclave norteamericano, no exactamente. La reflexión invita más a preguntarnos por cómo hemos construido nuestro canon y cómo lo enseñamos. En ese camino seguramente nos demos cuenta que, dependiendo de los casos, la manera es distinta o parecida a la de nuestros alumnos, aunque lo importante es pensar sobre el asunto. Más cuando el advenimiento de las nuevas tecnologías (internet, información analógica) ha generado tantos cambios en lo que a posibilidades de ver films se refiere.

No estoy tampoco poniendo en duda ni la especificidad de los contenidos, ni de las variadas disciplinas: la narratología y la sociología del cine construyen, no incompatibles, más objetos de estudio diferentes. Sin embargo, entiendo que el profesor puede no imponer un ejemplo a otro y, de alguna manera, debe alentar al alumno para que se provea su propio ejemplo. Sí, es cierto, eso nos plantea nuevos desafíos pedagógicos, fundamentalmente porque nos convoca también a redefinir qué es un profesor, cuál es su función, cuáles serían sus objetivos dentro del aula. Está claro que a varios nos gusta Foucault, pero nadie se imagina un mundo sin espacios delimitados de educación formal. Integrar de una manera sería el auto-didactismo (propio del uso de las nuevas tecnologías y los cambios que trajo la globalización en nuestros estilos de vida) con la educación formal será, a mi criterio, el gran desafío de las instituciones pedagógicas de los años venideros si es que éstas quieren seguir permaneciendo.

En este sentido, creo que es el momento de Latinoamérica para ver rever cuánto de las fuerzas económicas dominantes han moldeado nuestro universo simbólico para, si ya no estamos más de acuerdo con ese legado, quebrarlo, volverlo hacer. La anécdota siempre ilustra Más allá del olvido(Hugo del Carril, 1956) fue realizada antes que Vértigo (Hitchcock, 1958) y tiene casi el mismo argumento, pero ¿Cuántos de nosotros conocemos o escuchamos hablar de la primera y cuántos de la segunda? Las dos son películas maravillosas, mas ¿En cuántos libros se cita la primera y en cuántos la segunda? Seguramente hemos leído más a pensadores sobre cine norteamericanos, franceses o italianos que argentinos. Sin excluir a ninguna voz, sería bueno empezar a escucharnos.


Listas, cánones y teclados humeantes fue publicado de la página 52 a página54 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

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