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Espacialidad y representación

Tecchia, Antonio [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

ISSN: 1668-1673

XV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2007: "Experiencias y Propuestas en la Construcción del Estilo Pedagógico en Diseño y Comunicación"

Año VIII, Vol. 8, Febrero 2007, Buenos Aires, Argentina. | 353 páginas

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Transcurridos más de dos siglos de la incorporación del sistema proyectivo diédrico a las técnicas de representación y prefiguración que se utilizan en las especialidades del diseño objetual y espacial, seguir advirtiendo respecto de los riesgos que comporta su uso exclusivo, o abusivo, durante los procesos de proyectación, aparece como obvio. Tanto en el ámbito académico como en el ámbito verdaderamente productivo y profesional ya no se discute que el modo en que proyectamos, es decir la forma en que llevamos a la práctica la acción de proyectar, cambia en función del modo en que vemos y describimos la verdadera realidad con la que interactuamos. El modo en que hoy vemos e interactuamos con el espacio difiere considerablemente del modo en que lo veíamos hace nada más que dos décadas, ni hablar entonces de las diferencias propias de las veinte décadas que nos separan de la presentación del tratado en mil setecientos noventa y cinco. Básicamente las principales diferencias se centran en las consecuencias originadas en la modalidad de la percepción espacial debidas a la dislocación o multilocación del punto de vista. Los avances tecnológicos en los medios de comunicación y desplazamiento, posibilitan la presencia simultánea y al mismo tiempo espontánea, del observador desde múltiples lugares ante cualquier fenómeno espacial complejo. No solo el territorio, la ciudad, el espacio urbano en todas sus escalas, sino también el espacio arquitectónico, el interior de los edificios, comenzaron a presentarse al observador en simultáneo, desde diferentes puntos de vista, tanto estáticos como dinámicos, redefiniendo la proporción e incidencia del tempo en el modo de vivenciarlos. Las consecuencias del elevado contraste entre las diferentes velocidades de aproximación y escala, junto a las particulares características de las nuevas condiciones de permanencia real o virtual en los diferentes espacios, y la presencia cada vez mayor de elementos no tangibles ni estáticos en la materialización constructiva de los delimitantes espaciales, fue dando a la nueva realidad espacial características impensadas. La lógica de los sistemas diédricos se apoya en tres elementos conceptuales que por un lado les dan sentido y por otro verdaderamente los definen e identifican: El primero de los conceptos es el de la consabida abstracción de la doble proyección, toda la potencialidad, pero al mismo tiempo gran parte de la debilidad, de los sistemas diédricos, se basa en la necesidad inderogable de la presencia simultanea de primera y segunda proyección para determinar y describir la posición precisa de cualquier punto en el espacio. En segundo concepto es el que da lugar el reconocimiento de la necesidad de la existencia de elementos intermediarios abstractos para dar funcionalidad y operabilidad al sistema. Puntos, rectas, planos en el espacio verdadero, son representados por trazas y sus intersecciones sobre planos geometrales. El tercer concepto tiene que ver con la aceptación de la disociación entre el espacio verdaderamente percibido y el espacio concebido a través de sus proyecciones, esta aceptación es llevada a su máxima expresión con la aparición y posterior institución como sistema autónomo, de los métodos indirectos para la construcción de la perspectiva cónica. Los tres elementos conceptuales mencionados tienen como principal común denominador el elevado nivel de abstracción sobre el que se erigen, junto al consiguiente e inevitable desdoblamiento o fragmentación de la conceptualización del espacio a la que indefectiblemente llevan. Desde el punto de vista metodológico, los sistemas proyectivos diédricos nutren al proceso de diseño de espacios desde un costado predominantemente teórico, relativamente eficaz, pero forzadamente separado de la acción de proyectarlos. Al operar con parcialidades excluyen desde todo punto de vista aspectos esenciales que hacen a la verdadera concepción espacial. A consecuencia de la recurrente operación de abstracción solo se permite manipular, con alguna innegable eficacia, aspectos propios de la estructura subyacente de la forma, dejando de lado muchos otros aspectos fundamentales que hacen a la verdadera noción de espacialidad. Las proyecciones ortogonales permiten ver, cuantificar y sobre todo analizar las relaciones de organización general y disposición relativa de las partes entre sí y de las partes respecto del todo, poniendo al descubierto la estructura organizativa de la forma del espacio sin focalizaciones ni jerarquías de ningún tipo para puntos, líneas, planos, direcciones ni velocidades de desplazamiento. El espacio representado de esta forma es homogéneo, unívoco y preciso, el sistema que sostiene esta forma de representación es altamente codificado, con un nivel de abstracción que hace que la noción de espacialidad así alcanzada carezca de integración, presentándose como mecánica, francamente orientada a la producción constructiva. Desde la óptica del quehacer proyectual, estos sistemas privilegian el orden geométrico inherente a la proyección desde un punto impropio ubicado en el infinito, permitiendo ver en forma simultánea y efectiva todo tipo de superposiciones, analizar los trazados reguladores y leer las proporciones en forma objetiva. En este tipo de representaciones la luz y la sombra solo juegan su rol, cuando lo juegan, en forma parcial y convencional, no simulan los estímulos de acuerdo a la verdadera percepción sino que se apoyan nuevamente en un sistema de alta codificación donde la luz solo provoca como consecuencia de su interacción con la forma una respuesta convencional, determinando posiciones precisas en el espacio para abstracciones como la línea separatriz de la sombra y definiendo áreas a través de convenciones reductivas si se las analiza en relación con la verdadera percepción. La identificación casi geográfica de áreas en sombra propia y proyectada, suman solo un aporte descriptivo más a la representación objetiva generada por la proyección ortogonal, sin tener en cuenta la verdadera interacción de la luz con las superficies reales de los delimitantes espaciales y de los objetos que la reciben. Aspectos esenciales, desde el punto de vista de las cualidades sensibles de los espacios diseñados, como son las propiedades de transparencia, reflectividad y refractividad de los materiales, son representados también por convenciones abstractas que tienden a unificar, clasificar y tipificar la experiencia espacial. Si bien todo el sistema proyectivo ortogonal se basa en convenciones con cierto grado de arbitrariedad, el máximo exponente de la convencionalidad como codificación arbitraria aparece con las normas. Con ellas la representación se pasteuriza y homogeneiza, bajando su nivel de expresividad subjetiva, haciéndose inocua aunque al mismo tiempo nutritiva para un proceso productivo orientado exclusivamente a la construcción o materialización de los proyectos. La utilización excluyente de estos sistemas para la creación y elaboración de una verdadera propuesta de diseño, y sobre todo su enseñanza y aplicación aislada, dejan marcas indelebles en el proceso proyectual, en la forma espacial resultante, y fundamentalmente en la formación del estudiante.


Espacialidad y representación fue publicado de la página 316 a página317 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VIII

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