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El mapa, más allá del diseño. Otros significados de los mapas.

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI [ISSN: 1668-1673]

XIII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación. Febrero 2005. Buenos Aires. Argentina:"Formación de Profesionales Reflexivos en Diseño y Comunicación"

Año VI, Vol. 6, Febrero 2005, Buenos Aires, Argentina | 288 páginas

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Torres Arroyo, José Guillermo

Introducción
Este trabajo indaga sobre algunos aspectos poco investigados
de esos medios de representación de la realidad –y a veces de
la ficción– que son los mapas y los planos. Además de sus
cualidades funcionales, estéticas y simbólicas como objetos
de diseño, se analizan otros de sus contenidos y significados
que presentan aspectos de interés, pues un mapa es la suma
de elementos visuales, matemáticos y escritos, donde
interviene la escala, la orientación, el sistema de proyección,
una serie de símbolos y signos, colores, palabras... y unas
cuantas cosas más, que se verán más abajo. Mediante ellos,
dice el investigador Miles Harvey en «La isla de los mapas
perdidos» (Madrid, Debate, 2001), «es posible hacer visible
lo invisible, hacer inmediato lo distante».
Comienza con un análisis de la parte concreta, técnica, de
cómo se realizan y se usan o «leen» los mapas; luego se
resumen los aspectos más importantes de la cartografía,
ciencia y arte del trazado de mapas; sigue un vistazo sobre
su historia, para conocer mejor su sentido a través de cómo
los ha hecho y para qué los ha empleado el hombre desde la
antigüedad hasta hoy; después se entra en connotaciones de
carácter no técnico pero que permiten interpretar más
profundamente algunos significados que han tenido y tienen
los mapas para el ser humano y cuáles han sido las manifestaciones
de estos imponderables en su diseño, pues «…un mapa
es algo más que una serie de caminos entrelazados. Es un
fragmento de la realidad en el que se ocultan un sinfín de
informaciones que hay que saber expresar y a las que, después,
hay que saber sacar provecho» … «y es que en el fondo de
cada mapa subyace la historia de la zona, críptica, simbolizada
cabalísticamente para aquellos que tengan la paciencia de
pararse ante él, con espíritu analítico y ganas de aprender …»
(Corberó, Ma.Victoria et al., «Trabajar mapas», Madrid, 1989).
Finalmente hay unos párrafos sobre el diseño de mapas y
planos en general, con comentarios particulares acerca de los
planos de diseño del paisaje.


1. El mapa como objeto
El mapa, llamado incorrectamente a veces «carta» por
galicismo, es el antecesor del actual plano topográfico y está
emparentado con los planos de representación de obras
humanas. Los planos también datan de muy antiguo y han
tenido un desarrollo independiente de los mapas, hasta que
no hace mucho, las innovaciones científico-tecnológicas han
venido a acercar ambos tipos de realizaciones.
Mapa (del latín mappa = mantel o servilleta) propiamente
dicho es una representación de un área geográfica, generalmente
una porción de la superficie de la Tierra (actualmente
también de otros planetas), en forma reducida, simbólica y
aproximada, dibujada o impresa en una superficie plana,
aunque hoy son ya necesarios los mapas tridimensio-nales.
En la mayoría de los casos es una representación del terreno a
modo de diagrama, más que una representación pictórica, ya
que contiene símbolos convencionales generalmente aceptados,
que representan los diferentes elementos naturales,
artificiales o culturales del área contenida en el mapa.
El mapa es por lo tanto la representación de algo natural,
preexistente, mientras que un plano es una representación
de algo antrópico (perteneciente o relativo al hombre o a sus
actos), proyectado o hecho por el hombre.
Por ser un diagrama, el mapa debe ser interpretado a través
de sus símbolos mediante técnicas de interpretación o lectura,
para formar una imagen mental con sentido. El punto de
entrada a un mapa es la orientación, imprescindible para
situarse en él; desde muy antiguo ésta viene dada por el
punto cardinal norte, marcado por el eje de rotación de la
Tierra. Para interpretar los mapas se usa de la percepción
visual para reconocer símbolos individuales, estructura y
trazado, y del conocimiento para interpretarlos y darles
significado.
Para leer un mapa se deben descifrar los elementos individuales,
pues cada símbolo representa un objeto o una clase
de elementos que debe reconocerse y comprenderse, pero
además de descubrir sus significados parciales, debe ser
interpretado como una totalidad, en una síntesis, ya que es
una composición estructurada en la que cada símbolo tiene
una localización, está situado en un contexto y está
relacionado con otros símbolos.
Un mapa no es sólo una representación analógica de la
realidad a escala reducida, sino también una abstracción de
esa realidad. Por eso son diferentes a las fotografías, pues
en ellos se omiten muchas cosas que serían visibles en una
fotografía, que también es una representación de la realidad,
pero no codificada. En los mapas antiguos aparecían
representados otros elementos «no reales» según los criterios
de realidad actuales, pero en el tiempo en que fueron hechos
eran considerados tan ciertos como lo es un río en un mapa
del siglo XXI.
Para comprenderlos mejor, a veces se simplifican o exageran
ciertas características, realizando una clasificación y
codificación de éstas según la naturaleza o finalidad del mapa.
Aunque un objetivo de muchas técnicas de interpretación
cartográfica es ver o imaginarse el paisaje a partir del mapa,
éste no recoge el carácter y las cualidades experimentales
de la realidad; por eso, aunque la imaginación es importante
para interpretarlo correctamente, no basta para recrear el
espacio real. Parecería que los mapas son algo limitados,
pero en esa aparente limitación reside su fuerza, que es la
síntesis, porque mediante el filtro, la selección, la composición
y las escalas en que se incorporan los datos, se
muestran y se destacan muchos elementos y asociaciones
entre éstos de las que de otro modo el lector no tomaría
conciencia.
Pero la lectura e interpretación, ya sea analítica o en síntesis
de un mapa, no lo agota, ya que en todo mapa subyacen
también otros elementos que deben ser leídos a través del
dibujo y no en él, son sus metalecturas, que se tratan en el
punto 4.


1.1. Clases de mapas y sus usos
Los distintos usos posibles de los mapas requieren diferentes
técnicas de visualización, que varían según su tipo y las
necesidades del que lo lee, y pueden clasificarse así: a) buscar
y localizar algo; b) identificar una ruta y su recorrido; c)
visualizar el paisaje; d) efectuar un análisis espacial; e) hacer
metalecturas.
La finalidad más obvia y simple de los mapas es como
diccionario geográfico, para buscar y localizar un lugar y/o
reconocer sus características. Buscar un lugar es sencillo,
pero se precisa conocer su contexto, interpretar el mapa como
una composición y no como una colección de signos, y
visualizar así los elementos del medio físico a partir de él.
Por eso, los mapas preservan y representan la continuidad
del mundo real.
Para interpretar un mapa relacionándolo con el viaje terrestre
o la navegación marítima o aérea, se lo hace coincidir con el
paisaje, orientándolo según los puntos cardinales, y luego la
ruta se lee en el mapa y se transfiere al territorio. El lectorviajero
se ubica en el mapa, se coloca éste de manera que
los elementos identificados concuerden con los elementos
visibles en el terreno, y entonces se conoce la dirección en
la que hay que moverse, y el recorrido a hacer se lee por
medio de los elementos existentes en la ruta elegida.
En los mapas topográficos, la información se dispone en
varias capas visuales superpuestas (como los layers de un
plano en AutoCAD). Los topónimos (nombres propios de un
lugar) y los elementos fruto de la acción antrópica, ubicados
por lo general en una misma capa, a veces dificultan la lectura
de la información comprendida en otras, por ejemplo
distinguir un sistema hidrográfico del dibujo del relieve
señalado con curvas de nivel, salvo que se lo haya realizado
con diferentes colores para cada capa. Sin embargo, visualizar
el relieve a partir de las curvas de nivel haciendo corresponder
el mapa con el paisaje, es una de las técnicas de
interpretación que da mejores resultados. Encontrar las
coordenadas de un lugar u orientarse en el terreno es sencillo;
tampoco son difíciles las técnicas de medida, como la
conversión de las distancias del mapa en distancias reales o
el cálculo de una pendiente a partir de la separación entre
las curvas de nivel.
Muchas de las aplicaciones científicas y analíticas de la
interpretación de mapas, que incluyen la cartometría
(mediciones en los mapas), las técnicas de selección, etc.,
se realizan ahora más eficazmente usando los Sistemas de
Información Geográfica o SIG (ver punto 3), que utilizan la
Informática y han dado nuevo valor a los mapas, por su
importante papel en el análisis de datos.
Las metalecturas permiten analizar algunas posibles
interpretaciones no tradicionales de los mapas, utilizándolas
para buscar los significados sobreentendidos o no conscientes
de sus autores y sus épocas, análisis teórico pero no por eso
menos válido, porque los mapas, además de representar el
mundo real, indican la visión interna o imaginaria que el
hombre tiene de éste, la cual se trasunta generalmente en el
encuadre y en el modo de representación.
Todo mapa tiene un doble encuadre: el material o tangible,
impuesto por el papel, tela o soporte sobre el cual está hecho,
y otro inmaterial, dado por la cosmovisión del cartógrafo, la
cultura de su tiempo, las técnicas y materiales disponibles,
etc. Los recuadros, sus elementos, modos de representación
y significados psicológicos y proyectivos, son tratados en el
punto 4.
Los mapas sirven para comprender mejor el mundo y para
ubicarse en él, pues marcan nuestro lugar en el mundo, y su
lectura e interpretación es la clave para hacerlo. Pueden
utilizarse para diferentes fines, y por eso existe una gran
cantidad de mapas especializados, con muchos tipos y modos
de hacerlos, que dependen de las herramientas de que se
dispone, del propósito del mapa y de los conocimientos que
se poseen, y hay diversos métodos empíricos para elaborarlos,
ya que diferentes tipos de mapas requieren distintos tratamiento
y técnicas.
La clasificación más corriente de los mapas es en topográficos
y temáticos. Los mapas temáticos se centran en la
distribución, las variaciones espaciales y la fisonomía que
presenta un solo atributo, o en la relación existente entre
varios. No hay límites al contenido posible de los mapas
temáticos, que pueden reflejar la geología de una zona, el
porcentaje de población escolarizada, el resultado de unas
elecciones, etc. De todas maneras, el mapa topográfico es
en sí mismo un mapa temático y muchos mapas temáticos
podrían incluirse en la categoría de topográficos. De modo
que el tipo básico de mapa utilizado para representar áreas
del terreno es el mapa topográfico, que muestra la distribución
y asociación espacial de varios rasgos naturales o
artificiales, humanos o culturales del paisaje. Debido a la
gran cantidad de información que tienen, son los más usuales
y se utilizan como mapas generales de consulta.
Entre los mapas con una función especial, están las cartas
de navegación marítima o náuticas, las cartas de navegación
aérea o aeronáuticas y los mapas para el desplazamiento o
recorrido terrestre u hojas de ruta. Otros mapas específicos
son: los políticos, que contienen sólo las ciudades y las
divisiones políticas o administrativas, sin rasgos topográficos;
los geológicos, que muestran la edad de las rocas y la
estructura geológica de un área; los bioclimáticos, que
muestran climas, flora y fauna; los de usos del suelo, y
muchos otros.
Algunos expertos en Planificación del Paisaje vienen desde
hace algunas décadas realizando intentos para crear mapas
del paisaje con una notación o simbología especial (Cerasi,
Maurice, «Método de notación», Buenos Aires, Summa,
1978) que permitan reconocer los diversos tipos de
vegetación con sus especies, densidad y altura, los suelos y
sus escorrentías, el tipo de visuales que se producen y otras
características estéticas o proyectuales de un territorio, pero
aún no hay al respecto una convención generalmente conocida
y aceptada. Sin embargo, debido a la creciente necesidad de
diseñar el paisaje y también a veces de planificarlo (Torres
Arroyo, José Guillermo, «El paisaje, objeto del diseño»,
Buenos Aires, UP, 2003), este tipo de mapas será cada vez
más necesario para los especialistas de esa disciplina. Un
mapa de este tipo discrimina y valoriza determinados
elementos como reconocibles y estimables, por lo que es un
instrumento para la descripción morfológica del territorio, y
se materializa en una representación teórica del paisaje, una
imagen o interpretación personal de éste, utilizando un
sistema de semiología gráfica. Permite representar algunas
propiedades del territorio que son más que la suma de los
elementos o accidentes geográficos, ya que involucran las
percepciones humanas, lo que el ser humano ve o siente en
él. Se ha dicho que «no hay paisaje si no hay espectador que
lo perciba» (Mulieri, Roberto, «Ponencia» - Jornadas del
Paisaje, Buenos Aires, 2003), por lo que, a la inversa, al
haber un espectador, el territorio cobra sentido humano como
paisaje, y un mapa puede expresarlo.
A veces es muy útil el mapa en relieve, representación
tridimensional del terreno a manera de maqueta, que se utiliza
en ingeniería, planificación militar y también en el diseño del
paisaje, casos donde la tridimensionalidad del territorio es de
gran importancia. Suelen moldearse en arcilla, plastilina o
yeso, o caseramente con capas de cartón o poliestireno
expandido dispuestas según las curvas de nivel del terreno, o
estampando láminas de plástico en un molde. Para realzar el
relieve, la escala vertical se suele hacer mayor que la escala
horizontal. Recientemente, con los avances en el conocimiento
del espacio interestelar, se ha hecho necesario recurrir a mapas
tridimensionales, utilizando para ello la holografía, proceso
fotográfico que emplea las posibilidades físicas del rayo láser
para conseguir la reproducción espacial y aparentemente
tridimensional de objetos.
Otra distinción es entre mapas de pequeña y gran escala.
Los mapas temáticos se realizan generalmente en pequeña
escala, y la exactitud en el posicionamiento de los elementos
no es tan importante como el reflejar correctamente la distribución
de éstos en el espacio.
También pueden clasificarse en función del tipo de proyección
utilizada. Ésta es importante en ciertos casos, ya que
determina tanto la apariencia como las propiedades y
fiabilidad del mapa (esto se trata en el punto 1.3), pero el
usuario común sólo necesita una ligera noción sobre el tipo
de proyección empleada. La navegación aérea y marítima y
hasta gran parte del transporte terrestre están hoy a cargo de
profesionales y empresas especializadas e instrumentos
informatizados, por lo que el sistema de proyección no
interesa mayormente al usuario común, que no debe
entendérselas con mapas de grandes extensiones, donde el
sistema de proyección influiría considerablemente.


1.2. Simbología, escalas y alturas en los mapas
Para que un mapa pueda contener gran cantidad de
información de fácil lectura, debe emplearse un sistema de
símbolos y códigos. Muchos se utilizan con tanta frecuencia
que son bien conocidos y resultan fácilmente comprensibles.
Las ciudades y los pueblos se señalan con puntos o con
superficies sombreadas, los cursos y las masas de agua suelen
imprimirse en azul y las fronteras políticas se representan
mediante franjas de colores o líneas discontinuas, etc.
Un cartógrafo puede usar una gran variedad de símbolos
según sus necesidades: dos picos o martillos cruzados para
localizar una mina, la silueta de un edificio para una
construcción de valor histórico o cultural, etc. Los símbolos
se definen en las leyendas de referencia, habrá tantos como
se requiera, y han ido evolucionando para lograr mayor
claridad y precisión.
Para localizar un elemento en un mapa o describir la
extensión de un área, es necesario usar las coordenadas
geográficas, que se basan en meridianos de longitud y en
paralelos de latitud. Por acuerdo internacional de 1884, la
longitud se mide hasta 180° E y hasta 180° O a partir de los
0° en el meridiano de referencia que pasa por el Observatorio
de Greenwich, en Inglaterra (que actualmente está en
Herstmonceux, East Sussex, donde hay mejor visibilidad).
La latitud se mide hasta 90° N y 90° S a partir de 0° sobre el
ecuador, y así la localización de un punto se define con
precisión por los grados, minutos y segundos de latitud y
longitud. Los mapas están orientados de manera que el norte
verdadero ocupa la parte superior de la lámina, en la que se
representa una rosa de los vientos u otro elemento que señala
el polo geográfico o el polo magnético (los cuales no
coinciden: el geográfico es la intersección del eje terrestre
con la superficie de la Tierra, mientras que el magnético es
hacia el cual señala una aguja imantada).
La escala en representa la relación entre la distancia de dos
puntos reales de la Tierra y la distancia entre los puntos que
los representan en el mapa; la escala numérica indica que
una unidad en el mapa representa cierta cantidad de las
mismas en la superficie terrestre. Esta escala se suele indicar
al pie del mapa acompañada por una escala gráfica lineal,
un segmento dividido que muestra la longitud de las unidades
terrestres de distancia. A partir del extremo izquierdo de la
barra suelen haber subdivisiones para que se pueda medir
las distancias con mayor precisión.
Las escalas utilizadas son muy variadas; los mapas
topográficos detallados se hacen en escala 1:50.000 y
1:25.000 y en algunos con fines especiales se usan escalas
1:10.000 ó 1:5.000. La diferenciación entre mapas según la
escala es arbitraria, pero pueden catalogarse así: mapamundis
o planisferios, 1:100.000.000; mapas geográficos, que
representan una parte importante de la Tierra o un continente
entero, desde 1:1.000.000 a 1:10.000.000; mapas estatales
o regionales, de 1:500.000 a 1:100.000; mapas topográficos,
1:100.000 a 1:25.000; mapas y planos a gran escala para
representar zonas urbanas, áreas metropolitanas, etc., desde
1:10.000 hasta 1:2.000; y mapas y planos para obras de
ingeniería civil, arquitectura y diseño del paisaje, en escalas
entre 1:1.000 y 1:50.
Las variaciones de altitud y profundidad en un mapa
topográfico definen el relieve, que es de gran importancia,
porque si no se lo representa adecuadamente, no da una
imagen clara del área. Entre todos los aspectos de los que
un mapa topográfico da información, el relieve es el más
difícil de representar sobre un plano.
En los mapas antiguos el relieve se señalaba en forma
pictórica por medio de pequeños dibujos de montañas y
valles, pero era un método con muy poca precisión y con el
tiempo se substituyó por otros. Existen hoy varios métodos
para representarlo: las tintas hipsométricas (o altimétricas),
los colores, las tramas, el sombreado y las curvas de nivel.
Cuando se usan colores, se elige una serie graduada de tonos;
por ejemplo, los terrenos con una altitud entre 0 y 100 m se
colorean con verde suave, los terrenos con una altitud
comprendida entre 100 y 200 m con verde más oscuro, y así
sucesivamente. Las tramas o rayados representan las
pendientes; para las más empinadas los trazos se hacen más
gruesos y más próximos entre sí. Esta técnica se denomina
«sistema Lehmann» o de las «hachures»; son líneas cortas,
paralelas y muy próximas entre sí, orientadas en la dirección
de la máxima pendiente, por donde correría el agua bajando
por la superficie. Era el sistema más popular y se usó hasta
1870; permitía visualizar el relieve hasta a las personas no
especializadas, pero como no identifican las altitudes
respecto al nivel del mar, se hacía imprescindible colocar
cotas en los puntos importantes. Una variante de este sistema
es rayar o sombrear sólo las pendientes orientadas al sudeste,
dando el efecto de una vista aérea del área, iluminada por el
sol desde el noroeste.
Con la litografía apareció otro método para la representación
del relieve: el sombreado plástico, que asemeja el mapa a la
fotografía cenital de una superficie (tomada desde la vertical
del lugar). Las superficies inclinadas se ven un poco más
oscuras que las horizontales y la oscuridad aumenta con la
inclinación, de modo que aplicando una escala de tonos
estandarizada se pueden determinar aproximadamente las
pendientes.
En 1737, para indicar las profundidades del canal de la
Mancha, se usaron por primera vez las curvas de nivel, y en
1791 se hizo en Francia el primer mapa importante aplicando
esta técnica. Este sistema es el más usado actualmente; las
curvas de nivel unen los puntos que tienen una misma altitud
con respecto a un nivel de origen o de referencia, que salvo
que se indique otra cosa, es el nivel del mar, y algunas curvas,
llamadas curvas maestras, se identifican con un trazo más
grueso y llevan un número que las corta cada tanto, el cual
representa su altura respecto al origen. El intervalo entre
las curvas de nivel que se seleccione debe ser uniforme o
equidistante, por lo que se denomina equidistancia, y se
determina en función del objetivo del mapa, la superficie a
representar, la disponibilidad de datos y la escala, pudiendo
ser cada 1 metro, cada 10, etc. Las formas de las curvas de
nivel constituyen una representación lo más exacta posible
de las elevaciones y depresiones; cuando están más próximas
indican una pendiente abrupta, y viceversa. Los sombreados
o los rayados no proporcionan información sobre las altitudes,
pero pueden interpretarse más fácilmente que las curvas de
nivel, y como éstas no permiten fácilmente al lego hacerse
una idea de la topografía de un lugar, muchas veces se utilizan
ambos sistemas a la vez para dar mayor claridad al mapa.


1.3. Los sistemas de proyección
Para representar la totalidad de la superficie terrestre sin
distorsiones, un mapa debería tener una superficie esférica
como la de un globo terráqueo (cuya forma no es
estrictamente una esfera, sino lo que se denominó «geoide
de revolución»), ya que un mapa plano no puede representar
con exactitud una superficie redondeada, excepto en áreas
muy pequeñas en las que la curvatura es despreciable. Para
mostrar grandes porciones de la superficie terrestre con
precisión, la superficie esférica debe transformarse en una
superficie plana, y el sistema de transformación empleado
para ello se denomina proyección y es muy importante. Al
transferir una superficie esférica a un plano, se modifica y
distorsiona su geometría, pero existen transformaciones que
mantienen una o varias de las propiedades geométricas del
globo. Dependiendo de la extensión y ubicación de la zona a
representar, se elige un tipo de proyección u otro, teniendo
en cuenta las características geométricas que cada uno de
ellos conserva y las que no, así como los efectos que tendrá
en la representación de los ángulos, áreas, distancias y
direcciones. Generalmente se opta por lograr precisión en
uno de estos aspectos a pesar de la distorsión que se produzca
en los restantes. Muchos mapas precisan más de una
proyección cartográfica o una combinación de propiedades
de éstas (equivalencia, conformidad y azimut).
La clasificación de las proyecciones normalmente se
establece en función de una figura geométrica capaz de
aplanarse para representar la tierra: un cono o un cilindro,
que pueden cortarse y extenderse, y se las clasifica en tres
grupos fundamentales: cilíndricas, cónicas y acimutales o
planas. Otras clasificaciones tienen en cuenta el aspecto de
la retícula y la relación de la superficie esférica con el plano
(secante, tangente, transversal u oblicua); otras se definen
en función de su principal propiedad o atributo (conformes,
equivalentes, equidistantes, etc.).
Proyección cilíndrica
En la proyección cilíndrica se considera la superficie de la
tierra como proyectada sobre un cilindro que rodea al globo
tocándolo en el ecuador; luego se corta el cilindro y se lo
«abre» o desarrolla hasta quedar como un plano, donde
meridianos y paralelos son líneas rectas que se cortan
perpendicularmente entre sí (proyección cilíndrica simple).
En estas proyecciones, debido a la curvatura del globo
terráqueo, los paralelos más próximos a los polos aparecen
cada vez más espaciados entre sí. El mapa resultante
representa la superficie del mundo como un rectángulo con
líneas paralelas equidistantes de longitud y líneas paralelas
de latitud con separación desigual. Como las formas se van
distorsionando a medida que se acercan a los polos, este
tipo de proyección se suele usar sólo para regiones comprendidas
entre los 40º N y los 40º S.
La proyección cilíndrica más conocida es la proyección de
Mercator, desarrollada por el geógrafo flamenco Gerardus
Mercator, la cual es una proyección cilíndrica y a la vez
conforme. Un mapa Mercator es muy exacto en las regiones
ecuatoriales, pero se distorsiona bastante cerca de los polos,
pero las direcciones se representan con gran fidelidad y esto
tiene especial importancia para la navegación. Con este fin
concibió Mercator su Mappa Mundi en 1569, siendo el
primero que utilizó un sistema que redujo la tridimensionalidad
de la Tierra a un plano. Es tal su valor iconográfico
que la gente común, cuando imagina un mapa de la Tierra,
lo imagina según la representación Mercator. Toda línea que
corte dos o más meridianos con el mismo ángulo se representa
según Mercator como una línea recta y se denomina línea de
rumbo, representando una trayectoria con rumbo magnético
constante. Usando este mapa, el navegante puede trazar una
ruta o derrotero dibujando simplemente una línea recta entre
dos puntos y leer la dirección según los puntos cardinales.
Esta proyección permite introducir otra variante muy
utilizada en cartografía: la proyección UTM (Universal
Transversa de Mercator), que es una proyección cilíndrica
transversal secante. En ella el cilindro es tangente a un
meridiano, pero su «universalidad» se consigue empleando
distintos cilindros tangentes a varios meridianos, separados
entre sí 6º. En cada proyección, sólo el meridiano de origen
de cada huso de 6º y el ecuador aparecen como líneas rectas,
pero las regiones que se encuentran por encima de los 80º
de latitud no se suelen representar en esta proyección.
Un grupo de proyecciones cartográficas denominadas
cenitales se originan al proyectar el globo terráqueo sobre
una superficie plana que puede tocarlo en cualquier punto, e
incluye la gnomónica,la equivalente de Lambert, la
equidistante, la ortográfica y la estereográfica.


Proyección cónica
Para hacer una proyección cónica se coloca un cono en el
extremo superior del globo terráqueo y tras efectuar la
proyección, se supone que se corta el cono y se lo desarrolla
hasta quedar como una superficie plana. El cono es tangente
al globo en uno o varios paralelos base, por lo que el mapa
resulta muy preciso a lo largo de estos paralelos y áreas
próximas, pero la distorsión aumenta progresivamente a
medida que se aleja de los mismos.
Además de las proyecciones cilíndricas y cónicas existen
muchas otras; algunas combinan dos o más sistemas; son las
proyecciones partidas.
El sistema de proyección es de fundamental importancia para
la exactitud y por lo tanto para la utilidad, pero no lo es
tanto para el mapa analizado desde el punto de vista del
diseño; por eso, la escala y sobre todo los símbolos que se
han empleado y emplean en cartografía, tienen para este
trabajo mayor relevancia.


1.4. La elaboración de los mapas
La elaboración de mapas, o cartografía, se ha perfeccionado
mucho con los avances tecnológicos posteriores a la II Guerra
Mundial. Los más importantes han sido las fotografías aéreas,
los sensores de control remoto, los ordenadores (mal llamados
computadoras) para el almacenamiento y el tratamiento de
datos y para el trazado de mapas, y más recientemente, el
Sistema de Posicionamiento Global (GPS), que ha reducido
mucho el margen de error al permitir determinar la localización
exacta de los puntos de la superficie terrestre mediante
tres satélites que proporcionan posiciones en tres dimensiones.
La base para hacer un mapa moderno es un estudio detallado
de las localizaciones geográficas y las relaciones entre una
serie de elementos del área. El método tradicional de los
levantamientos topográficos en el terreno se complementa
con la fotogrametría aérea, y las imágenes vía satélite también
proporcionan información muy precisa sobre elementos de
la superficie terrestre: localización de depósitos de minerales,
extensión de urbanizaciones, presencia de plagas que afectan
a la vegetación y cultivos, tipos de suelos y vegetación, etc.
Cuando ya se han reunido los datos (fase de compilación),
el mapa debe planificarse según su finalidad para que la
representación sea clara y precisa. Los datos obtenidos se
transfieren en forma de puntos a una cuadrícula de coordenadas
que se corresponde con el tipo de proyección elegida,
se definen las altitudes y las curvas de nivel y se las traza
mediante pares estereoscópicos de fotografías en restituidores
fotogramétricos, donde el operador sigue, con una marca
flotante, un modelo tridimensional (los restituidores
analógicos han sido ahora sustituidos por los analíticos y
digitales). Ríos, carreteras y otros elementos importantes se
trazan del mismo modo.
La preparación final para la impresión se comienza
realizando una serie de láminas (positivos), una por cada
color que se va a utilizar. Al final, toda la información de un
mismo color (símbolos puntuales, lineales, superficiales,
textos) se combina fotográficamente en un positivo y de cada
positivo se insola una plancha de impresión para reproducir
el mapa por litografía offset.
Para los mapas de siglos XVII o XVIII, el sistema de
confección era mucho más lento y complicado, pudiéndose
tardar años para todo el proceso, desde dibujarlo usando
técnicas visuales, matemáticas y textuales combinadas,
reuniendo la información disponible, hasta tener los mapas
impresos y terminados. Luego de realizado el dibujo
preliminar, se lo trasladaba para su impresión a una placa
de cobre con características especiales. Se la cubría con cera
y se pasaba el dibujo en negativo; después había que cortar
el dibujo en la placa, mediante grabado o burilado, luego se
entintaba la placa, eliminando los sobrantes, y recién
entonces se la calentaba y se la colocaba en la prensa de
imprimir, poniendo en ésta un papel grueso y humedecido,
al cual pasaba la tinta al ser apretado por la prensa. Seguía
el coloreado a mano del mapa impreso, que si se hacía mal,
arruinaba todo el trabajo anterior. Y por fin, se había obtenido
un mapa. La operación debía repetirse para cada ejemplar;
cálculos realizados por expertos estiman que un conjunto de
mapas, como el Atlas Major de Joan Willem Janszoon Blaeu
de 1663, con una tirada de 300 ejemplares, insumió 2630
jornadas normales de trabajo (Koeman, C. - «Joan Blaeu
and his Grand Atlas», Amsterdam, 1970).
Otro tipo de mapa es el ortofotomapa, cuyo cuerpo base se
forma a partir de fotografías aéreas a las que se superponen
otras informaciones (divisiones administrativas, curvas de
nivel, toponimia, información marginal), y es un mosaico de
fotografías rectificadas diferencialmente, en el que se corrige
mediante un ortoproyector la distorsión causada por el relieve
y la inclinación de la cámara fotográfica. Tiene una escala
constante y las propiedades métricas de un mapa, y se utiliza
frecuentemente para la planificación del paisaje, ya que en
ésta es sumamente importante conocer con exactitud la
vegetación y otros datos de áreas de mediana o gran extensión.
En la década de 1970 se realizaron grandes avances en la
realización de mapas con sistemas informáticos, permitiendo
así almacenar datos sobre un área geográfica y distribuir los
fenómenos de manera estadística. Luego, mediante trazadoras
o plotters, el ordenador dibuja mapas muy precisos, que se
pueden ver en la pantalla y realizar modificaciones fácilmente.
Estos mapas y todos los cambios que se les incorporen pueden
almacenarse en el ordenador y, mediante programas multimedia,
es posible obtener una representación animada de los
cambios que han tenido lugar en un territorio durante un
periodo de tiempo determinado, o rehacer, agregar, suprimir
o modificar la información acumulada, con gran economía de
tiempo respecto a las viejas técnicas manuales.
Todas estas técnicas, desde las más primitivas hasta las más
actuales y sofisticadas, son sólo un medio para representar y
expresar cosas en los mapas, pero éstos «dicen» muchas más
cosas y hay otros modos de verlos e interpretarlos, más allá
del mero diseño. Y quizá la forma más clara de «ver» estos
otros significados es hacer una reseña histórica de los mapas.


2. La historia de los mapas
En toda disciplina, su historia suele ser una luz de fundamental
importancia para comprenderla, ya que en su
evolución según las épocas se muestran las constantes que
la conformaron y conforman, perfilando mejor su esencia y
diferenciándola de lo accidental.
Hasta hace poco se creía que los mapas más antiguos que
existen fueron realizados por los babilonios hacia el 2300 a.
C., tallados en tablillas de arcilla y que eran en su mayor
parte mediciones de tierras para cobrar impuestos. También
se han encontrado en China mapas regionales más extensos,
trazados en seda, fechados en el siglo II a. C.
Pero más recientemente, en las ruinas de Katal Hüyük, un
antiquísimo asentamiento urbano hitita (antigua cultura de
Asia Menor en la actual Anatolia) se ha hallado un mapa
que data de la edad de piedra, pintado en una pared, cuya
antigüedad se remonta al año 6200 a. C., o sea que se anticipó
en casi 3000 años a los primeros sistemas de escritura. El
grado de abstracción simbólica que requiere un mapa es
menor que el que requiere la escritura.
El arte de la cartografía también se desarrolló en las civilizaciones
de los mayas e incas, quienes ya en el siglo XII dC
trazaban mapas de las tierras que conquistaban.
Se cree que el primer mapa occidental que representaba el
mundo conocido fue realizado en el siglo VI a.C. por el
filósofo griego Anaximandro: tenía forma circular y mostraba
el mundo conocido en torno al mar Egeo y rodeado por el
océano.
Uno de los mapas más famosos de la época clásica antigua
fue trazado por el geógrafo alejandrino Eratóstenes hacia el
año 200 a.C., el cual representaba el mundo conocido, desde
Gran Bretaña al noroeste, la desembocadura del río Ganges
al este, y Libia al sur. Fue el primero en el que aparecieron
líneas paralelas transversales para señalar los puntos con la
misma latitud; también aparecían algunos meridianos, pero
con una separación irregular.
Hacia el año 150 dC el sabio (griego?) Claudio Ptolomeo
escribió su «Geographia», que contenía mapas del mundo, y
éstos fueron los primeros mapas en los que se utilizó de
forma matemática un método preciso de proyección cónica,
aunque tenía muchos errores geográficos, como la excesiva
extensión de la placa terrestre euroasiática.
Una clase muy especial de mapa es el que usaron los romanos
para representar sus caminos. El aforismo «todos los caminos
conducen a Roma» cobra en ellos inusitada realidad, ya que
estos mapas viales son una abstracción de lo geográfico y
sólo contienen líneas jalonadas por pueblos, ciudades y
piedras miliares (cada 1000 pasos), abarcando gran parte de
los 80.000 km de una red de 29 calzadas que, partiendo de
Roma, cubrían todas las provincias, hasta Gran Bretaña.
Tras la caída del Imperio romano, la cartografía europea casi
dejó de existir y sólo hubo mapas trazados por los monjes,
cuya preocupación principal era teológica y no les importaba
tanto la exactitud geográfica. Usaron la forma de disco que
tenían los mapas romanos, como lo muestra el Beatus de
1086 que se conserva en la catedral de Burgo de Osma, o el
denominado «Mapa del Salterio», cuyo original se conserva
en la Biblioteca Británica y es un libro de salmos del siglo
XII que presenta a Jerusalén en el centro del mapa, como el
centro del mundo. El omphalos griego, el ombligo del mundo,
que para los antiguos helenos era Delfos, lugar del oráculo y
santuario de Apolo, está aquí reemplazado por la Ciudad
Santa del Cristianismo.
O sea que un mappa señala también, y quizá principalmente,
dónde está lo importante, el punto de referencia, el punto a
partir del cual todo se ordena y orienta. El Beatus y el mapa
del Salterio están orientados hacia el Este, porque para ellos
en esa dirección estaba la Tierra Santa. En el del Salterio,
en el borde superior, habitualmente el punto cardinal más
importante, se halla el Jardín del Edén con imágenes de Adán
y Eva y el Árbol del Bien y del Mal; en el noroeste están las
ciudades de Gog y Magog, desde donde vendrían las huestes
del Anticristo, y en el borde meridional están las figuras de
los seres monstruosos, como los cinocéfalos (con cabeza de
perro), los trogloditas (que vivían en cavernas), etc.
Otro elemento de gran importancia que figura en los
márgenes de los mapas antiguos son los vientos, antiguas
deidades griegas: Bóreas soplaba desde el norte, Noto desde
el sur, Euro desde el este, y Céfiro desde el oeste. La potencia
icónica de los mismos hizo que reaparecieran hasta en los
mapas postrenacentistas, donde se multiplicaron hasta llegar
a ser 32 rostros soplantes. Eran indicadores de dirección, no
solamente decorativos, y por eso la rosa de la brújula se
llamó también la Rosa de los Vientos.
Los navegantes árabes realizaron y utilizaron cartas geográficas
de gran exactitud durante el mismo tiempo del medioevo
cristiano europeo; tal es el caso del erudito árabe al-Idrisi, o
Abú Abd Allah Muhammad, que realizó un planisferio con
un mapa del mundo y otro por secciones en 1154, cuando
trabajaba en Palermo en la corte de Roger II de Sicilia. Los
árabes también trazaron mapas celestes, de las constelaciones,
para ayudarse en la navegación.
Pero fueron los navegantes mediterráneos, entre los que
destacaban los mallorquines, quienes comenzaron en el siglo
XIII a preparar cartas marítimas, generalmente sin meridianos
o paralelos, pero con unas líneas que mostraban la
dirección entre los puertos más importantes. Estos mapas se
denominaban portulanos y eran colecciones encuadernadas
de planos de varios puertos con descripciones en prosa de la
costa y sus aspectos más característicos que podían divisarse
desde un buque, rumbo que debía seguir la nave y distancias
que separaban puntos.
En el siglo XV, al recuperarse buena parte de la cultura
grecolatina, se imprimieron en Europa los mapas de
Ptolomeo, que durante varios siglos tuvieron gran influencia
sobre los cartógrafos europeos.
El mapa realizado en 1507 por el geógrafo alemán Martín
Waldseemüller parece ser el primero en designar «América»
a las tierras recién descubiertas, en reconocimiento a la labor
de Américo Vespucio, o Amerigo Vespucci, navegante y
descubridor italiano al servicio de España, cuyo nombre se
tomó para denominar al nuevo continente. Vespucio comenzó
a trazar mapas de sus viajes por el continente una vez
instalado en Sevilla (1508) al servicio del rey Fernando.
Los llamados planisferios de Salviatti y de Castiglione,
ambos aproximadamente de 1525, son importantes documentos
de la cartografía de la época, en la cual se basaron
mapas posteriores. El citado mapa de Waldseemüller,
impreso en 12 hojas separadas, fue de los primeros en que
se separaban con claridad Norteamérica y Sudamérica de
Asia.
En 1570, Abraham Ortelius, cartógrafo flamenco, publicó
el primer atlas moderno, «Theatrum Orbis Terrarum», que
contenía 70 mapas. Ortelius vivió en un momento culminante
de la era de los descubrimientos y puede ser considerado el
padre de la cartografía moderna. Para ese entonces, Cristóbal
Colón había realizado sus descubrimientos, Nicolás
Copérnico había expuesto su teoría heliocéntrica, Hernando
de Magallanes había circunnavegado el planeta, y Ortelius
quiso reunir y uniformar la dispersa y caótica cartografía de
su época. Tomó los mejores mapas de diversas regiones del
mundo y los publicó en una edición de tamaño y formato
uniforme, haciendo el primer atlas moderno.
En el siglo XVI muchos cartógrafos elaboraron mapas y
fueron incorporando la creciente información aportada por
navegantes y exploradores, pero Gerardus Mercator sigue
siendo considerado como el mayor cartógrafo de la época de
los descubrimientos, ya que la proyección que concibió
resultó de un valor incalculable para todos los navegantes.
La precisión de los mapas posteriores aumentó mucho debido
a las determinaciones más precisas sobre latitud y longitud
y a los cálculos sobre el tamaño y forma de la Tierra. Los
primeros en los que aparecían ángulos de declinación
magnética se realizaron en la primera mitad del siglo XVII,
y las primeras cartas que mostraban las corrientes oceánicas
se realizaron hacia 1665. En el siglo XVII se establecieron
los principios científicos de la cartografía y las inexactitudes
quedaron limitadas sólo a las partes del mundo que no se
habían explorado.
A fines del siglo XVIII decayó el espíritu explorador y
comenzó a desarrollarse el nacionalismo, y muchos países
europeos comenzaron estudios topográficos detallados a
escala nacional. El mapa topográfico completo de Francia
se publicó en 1793, con una forma cuadrada de aproximadamente
11 metros de lado, y otros países siguieron su ejemplo.
En los Estados Unidos se organizó, en 1879, el Geological
Survey (estudio geológico) para realizar mapas topográficos
de gran escala en todo el país. En 1891 el Congreso
Internacional de Geografía propuso cartografiar el mundo
entero en escala 1:1.000.000, y desde principios del siglo
XX varios gobiernos han colaborado para hacer un mapa
único del mundo en esa escala, que todavía no se ha concluido.
En el siglo XX, la cartografía incorporó una serie de importantes
innovaciones técnicas. La fotografía área desarrollada
durante la I Guerra Mundial se utilizó, en forma más generalizada,
en la elaboración de mapas durante la Segunda. Los
Estados Unidos, mediante el satélite Pageos (1966), los tres
Landsat (1970) y otros posteriores, realizan estudios
geodésicos completos de la superficie terrestre por medio
de equipos fotográficos de alta resolución. Pero a pesar de
los grandes avances técnicos y de los conocimientos
cartográficos, quedan por realizar estudios y levantamientos
topográficos y fotogramétricos de áreas de la Tierra aún no
estudiadas en detalle.
La habilidad y la necesidad de hacer mapas son universales,
y éstos han dado a sus dueños o poseedores múltiples
ventajas: facilitar el avance hacia lo desconocido, hallar el
acceso a recursos económicos, vencer en batallas, delimitar
territorios y apropiarse de ellos, etc. Muchos casos en la
historia muestran que los mapas eran secretos oficiales,
propiedad de autoridades o gobernantes, porque podían abrir
el acceso a enemigos o a personas no deseadas a ciertos
territorios o riquezas. Los ejemplos de esto se remontan al
Imperio Romano y a las monarquías europeas de la Era de
los Descubrimientos, siendo notorio el celo con que los
portugueses, españoles, ingleses y holandeses de esa época
cuidaron su acervo cartográfico.
Como tantas otras cosas de la cultura, los mapas eran hasta
no hace mucho, algo «para unos pocos», ya fuera por sus
implicancias políticas, económicas o de control del conocimiento,
porque conferían poder a sus poseedores o por su
costo. Luego el conocimiento comenzó a hacerse público y
los medios técnicos y económicos permitieron editar mejores
mapas en mayor cantidad a costos razonables, y la cartografía
se popularizó. Al mismo tiempo, al convertirse ésta en
ciencia, los mapas dejaron atrás las imprecisiones geográficas
que daban lugar a la fantasía y al mito, y se centraron en la
objetividad, la precisión y el diseño, hasta que la cartografía
ha tenido recientemente una nueva aplicación en una joven
rama del diseño, la infografía.


3. La cartografia cientifica, los mapas informatizados y
los S.I.G.

La cartografía es el arte y la ciencia de trazar mapas. Su
utilidad y sus múltiples aplicaciones están fuera de toda
discusión, pero bastaría citar dos fuentes contemporáneas
para juzgar su importancia: las palabras del conocido
novelista y viajero norteamericano Paul Theroux, autor de
«La costa de los Mosquitos» (1981), quien la define como
«la más científica de las artes y la más artística de las
ciencias», y un editorial de The Times del 14 de octubre de
1992, conmemorando el quingentésimo aniversario del
descubrimiento de América: «La humanidad ha inventado
tres grandes formas de comunicación: el idioma, la música y
los mapas. Pero la más antigua de las tres es la cartografía».
La cartografía es, al mismo tiempo, un conjunto de técnicas
y una materia de estudio académico. La realización de mapas
requería tradicionalmente varias etapas y condiciones: 1)
encontrar y seleccionar la información para sintetizar los
resultados en un solo grupo de datos coherente, consistente
y preciso; 2) dominar ciertas técnicas y poseer habilidades
para hacer un diseño que representara fielmente la información
para lectores con diferentes grados de habilidad de
lectura; 3) poseer destreza manual y técnicas de diseño
gráfico para simplificar y dibujar la información de modo
que el mapa resultara legible.
Los mapas cumplen también un importante rol para el
diseñador del paisaje. En efecto, ya los primeros producidos
por instituciones cartográficas oficiales a comienzos del siglo
XIX son un archivo de información de vital importancia sobre
el paisaje pasado y actual y su evolución hasta nuestros días,
pues muestran bosques ya inexistentes, huellas de cultivos
seculares en campos de labranza, zonas aquejadas por
inundaciones, industrias abandonadas y antiguas líneas de
ferrocarril o caminos hoy fuera de uso. Proporcionan también
pruebas sobre tierras contaminadas debido a la utilización
que de ellas se hizo en el pasado. La realización de mapas y
las circunstancias en que se efectuaron son también temas
de estudio académico y pueden explicar ciertos aspectos de
la mentalidad de esa época histórica.
La cartografía floreció tras la invención de la imprenta, y
durante cinco siglos se diseñaron los mapas sobre papel.
Los métodos con que se creaba la imagen a imprimir
evolucionaron desde el grabado sobre arcilla y cobre hasta
los trazados en plástico y las máscaras de color por medio
de sofisticadas técnicas fotográficas. Pero últimamente, sobre
todo desde 1990, la cartografía ha cambiado radicalmente
debido a los ordenadores. Los primeros trabajos de este tipo
los hicieron meteorólogos y biólogos en Suecia, Gran Bretaña
y Estados Unidos, pero los más importantes los hicieron
británicos y estadounidenses durante el período de 1968-
1973, extendiéndose luego su uso a todo el mundo y dando
lugar a cambios que han transformado definitivamente la
cartografía y los mapas en su contenido y diseño: 1) ahora se
hacen a partir de bases de datos informatizadas; el ordenador
controla los datos, los fusiona, selecciona los que puedan
resultar de mayor interés y refleja los resultados del modo
en que desea el usuario; 2) se pueden adaptar a la demanda
del cliente, se puede seleccionar en la pantalla del ordenador
el área que interesa y hacer que un mapa tenga los datos que
se quieran; 3) se visualizan en una pantalla y pueden
imprimirse en papel; 4) los programas de ordenador y los
datos para hacerlos son más accesibles al público. Algunos
de estos mapas informatizados se alejan mucho del antiguo
estilo de mapa lineal. Las distorsiones geométricas de la
fotografía aérea y de las imágenes de satélite pueden
corregirse y obtener una resolución excelente para algunos
lugares en los que los mapas anteriores habían quedado
anticuados.
Antes de 1985, las diferentes funciones de los profesionales
de la cartografía topográfica estaban claras: los geodestas y
agrimensores realizaban lecturas detalladas con instrumentos
y computaban los elementos que definían la forma básica
del paisaje; los topógrafos completaban los detalles en el
terreno y los operadores de fotogrametría proporcionaban
un mapa previo utilizando la fotografía aérea. Los cartógrafos
sintetizaban estos trabajos y presentaban los datos de manera
atractiva, comunicando la información en forma clara y
evitando ambigüedades. Otros especialistas (biólogos,
geólogos, diseñadores del paisaje) utilizaban estos mapas
como base sobre la cual volcaban los detalles de interés para
ellos. Esta estructura se ha visto transformada por las nuevas
tecnologías. La mayor parte del trabajo que antes exigía cierta
destreza ha ido desapareciendo gracias a la información que
dan los satélites del GPS y los nuevos equipos de medición
geodésica. Las bases de datos en los programas informáticos
permiten producir mapas con una calidad, legibilidad y
rapidez muy superiores a las que se obtenían con las antiguas
técnicas.
El uso generalizado de los ordenadores ha permitido el
desarrollo de los SIG, «instrumentos para explorar, seleccionar
y analizar la información». El primero se creó en
Canadá en 1965 para hacer un inventario de la fauna y flora
de todo el país, y actualmente existen miles en el mundo y
su número sigue creciendo.
La información que se puede pedir a un SIG sobre la realidad
física y las actividades humanas es infinita; pueden responder
a muchos y diferentes tipos de preguntas, pero su principal
ventaja es que son los únicos instrumentos que pueden juntar
la información geográfica recogida en forma independiente
por diferentes instrumentos y organizaciones que antes
elaboraban esa información sólo para sus propios y
determinados fines. Los SIG superponen capas con
determinada información en cada una de ellas sobre las
características de un área. Si existen dos grupos de datos,
por ejemplo climas y productividad de los cultivos, se forma
una combinación binaria. Si a éstos se los quiere relacionar
con otro grupo, por ejemplo; ingreso per cápita de la
población, hay tres grupos de datos y se forma una combinación
ternaria, y así siguiendo. Los SIG permiten fusionar
todas las capas en una sola y utilizarla para muchos más
fines que estando en bases de datos independientes. Para la
cartografía esto significó un verdadero desarrollo, ya que
asegura que los datos serán más usados y su costo de
producción se verá optimizado. De los SIG se pueden extraer
diferentes tipos de información y combinarlas para darles
un sentido y adaptarlas a necesidades particulares. Así, el
mapa sigue siendo el mejor método de representar las variaciones
geográficas de un modo rápidamente comprensible
por diferentes personas, y la combinación de un SIG con la
cartografía automatizada asegura la rápida expansión de ésta,
aunque la mayoría de los mapas ya no los hacen los cartógrafos
ni se realizan sobre papel.
Una de las más recientes aplicaciones de la cartografía es su
incorporación en la infografía, que se ocupa de muchos y
muy diferentes campos de la información masiva o
especializada y frecuentemente debe emplear un encuadre
geográfico para la misma, y para ello utiliza mapas o técnicas
cartográficas que ubican territorialmente algunos datos.
Como en la infografía los datos y la información deben ser
fundamentalmente claros, sintéticos y fácilmente aprehensibles,
pone más acento en el diseño que los mapas tradicionales,
y crea una estética de la información que alcanza
hasta a la señalética, como es el caso de los mapas de manos
de orientación en las ciudades, tan útiles para la calidad de
vida del turista.
Paso a paso, los antiguos mapas artesanales, que dejaban
espacio para lo imaginario, han sido reemplazados por
rigurosos trabajos científico-técnicos en los que todo es
estético, racional y desmitificado, poniendo así en evidencia
las características reales de las cosas representadas y
eliminando toda posibilidad de ficciones y mitos. Sin
embargo, la necesidad psíquica del ser humano de tener
siempre un punto de «falta» (ver punto 4.1), ha proyectado
lo desconocido más lejos –caso de los mapas estelares– o se
ha refugiado en la ficción. Además de requerir conocimientos
y dominio de todas las técnicas descriptas, los mapas son
creaciones artísticas que muestran las habilidades de sus
creadores, y son importantes documentos históricos y
sociológicos. Por eso, trascendiendo esos importantes usos
y funciones universalmente reconocidas, este trabajo intenta
demostrar que existen otras cualidades y contenidos de los
mapas que se refieren a cosas y significados que están más
allá de su rol geográfico, porque se hallan como encubiertas
por el despliegue técnico o las atracciones de su diseño, y
hay que leer a través de ellos para descifrarlos. Para entrar
en este tema fue necesario desarrollar primero todos los
aspectos científico-técnicos de los mapas, para conocer la
plataforma concreta sobre la cual –o bajo la cual– se hallan
esos otros contenidos, y poder estudiarlos no sólo por las
técnicas empleadas para hacerlos o como elementos
topográficos, turísticos o estratégicos.

4. Los mapas y la fantasía
4.1. Los monstruos
Los seres monstruosos estuvieron casi siempre presentes en
los dibujos de mapas de la antigüedad y aún hasta después
del Renacimiento, pero cada vez más lejos, a medida que
los descubrimientos iban reemplazando las terra incognitae
por lugares explorados y conocidos, hasta que desaparecieron
porque todo el mundo se convirtió en territorio humanizado
y no hubo sitio para ubicar estos engendros, que eran una
respuesta imaginaria con la cual llenar el vacío del
conocimiento con algo que le diera un sentido, pero pensado
desde el temor y el miedo. Borges, en su «Fundación mítica
de Buenos Aires», lo dice muy bien: «Lo cierto es que mil
hombres y otros mil arribaron / por un mar que tenía cinco
lunas de anchura / y aún estaba poblado de sirenas y endriagos
/ y de piedras imanes que enloquecen la brújula».
Humanizar el planeta es hacerlo entrar en un código
simbólico. Leo Frobenius, máximo exponente del difusionismo
en antropología escribió: «la cultura es la tierra, que
el hombre hace orgánica». Pero estos monstruos de los mapas
antiguos permiten ver la necesidad del ser humano de tener
siempre algo desconocido, algo para investigar, la que parece
ser también una de las connotaciones de todo mapa, donde
los bordes representan el término de lo conocido, hasta que
el circuito se cerró, puesto que ya no queda sobre el planeta
nada sin descubrir, ya no queda más espacio para la imaginación
y la aventura.
Actualmente se ha hecho de todo el planeta un hecho cultural,
nuestro «acceso» al planeta es desde lo cultural, accedemos
desde el registro simbólico para hacer la ciencia, o desde el
registro imaginario para hacer ficciones, pero el acceso
siempre es humano porque es cultural.
La psicología señala que el ser humano necesita tener siempre
algo que no tiene, aquello que se denomina «la falta» o «punto
de falta», y que es lo que mueve el deseo. Si se anula este
punto de falta, se anula el deseo, que es lo que mueve al
hombre. Cuando todo el mundo se «humanizó» al ser
conocido y se volvió un mundo de cultura, cuando el planeta
se volvió todo «humano», hubo que colocar más allá este
deseo de conocimiento. Y a partir de entonces, el hombre se
lanzó a las estrellas, nuevo campo de búsqueda y descubrimiento,
iniciando la confección de los primeros mapas
celestes científicos cuando la astronomía, la astrofísica y la
astronáutica comenzaron a develar esa fascinante dimensión
del universo.

4.2. Las islas
Considerándolos como una superficie plana con dibujos, los
mapas presentan dos puntos topológicos singulares: el borde
y la isla. El borde, lo que circunscribe y contiene, fue
mencionado al hablar de los seres imaginarios, monstruosos,
para los cuales era el lugar ideal en el mapa, y la isla, lo
contenido y circunscripto, es el otro punto topológico
especial.
Bajo el punto de vista del puro diseño, los mapas no presentan
particularidades que los alejen conceptualmente demasiado
de lo que puede decirse de un plano u otro objeto diseñable
en una superficie bidimensional, por lo que en este trabajo
que busca profundizar a través de ellos, abriendo una línea
diferente para analizarlos, si bien ésta involucra al diseño
como medio para contener, expresar y decodificar estos
significados. Además de los sistemas de símbolos convencionales
empleados, todo mapa tiene otros códigos, que para
los ojos ingenuos están ocultos. En efecto, en los mapas cabe
también la ficción, consciente o involuntaria.
Por ejemplo, sería sumamente interesante (y posible) crear
o imaginar mapas de una Tierra paralela, al modo en que
Borges en sus Ficciones hablaba de universos paralelos, y
en ellos volcar las esperanzas, temores y fantasías del hombre
del siglo XXI. John R.R. Tolkien, especialista en historia
medieval, «mapifica» su tierra fantástica de Middle Earth
(Tierra Media) en los libros de la trilogía «El Señor de los
Anillos» (1954-55). Y nuevamente Borges: su cuento que
habla sobre una nación tan aficionada a los mapas que los
hacía cada vez con mayor tamaño, hasta que llegaron a hacer
uno que cubría todo el territorio del país (escala 1:1).
Pero sin llegar a tal extremo, utilizando las referencias
literarias sobre mapas, viene a la memoria aquél célebre de
«La isla del tesoro» (1883), de Robert Louis Stevenson,
clásico del folklore infantil hasta hace unos años (hoy
reemplazado por «La Guerra de las Galaxias», película
dirigida por George Lucas en 1977, y otras ficciones
tecnológicas e informatizadas). Confesó Stevenson que los
mapas tenían para él «un poder de sugestión infinita,
elocuente», y que antes de escribir ese libro trazó el mapa
de su isla imaginaria, y «el mapa fue la parte principal de mi
trama». Son legión los ejemplos en que un mapa, y sobre
todo una isla, tienen significaciones especiales que abren el
campo a la imaginación y la fantasía. Un mapa cualquiera
contiene múltiples accidentes geográficos, pero pareciera que
las islas se llevan la palma.
Así como Borges decía que «todo libro se refiere a otros
libros», con mayor razón todo mapa se refiere a otros mapas,
está construido sobre una recopilación de documentos
anteriores, y en ellos los conocimientos se apilan y suman
como los estratos geológicos en el corte de un suelo. Vale
particularmente aquí hablar de espesor cultural, como si se
tratara de un figurado palimpsesto cartográfico en el que el
conocedor puede descubrir capa bajo capa el saber acumulado
durante siglos por los cartógrafos precedentes, pero también
ciertos mapas poseen significados ocultos a los que debe
accederse a través de él, «raspando» bajo la superficie y no
simplemente resbalando la vista sobre la información visual.
Por otra parte, la astronomía, desde la antiquísima astrología
de los «magos» caldeos, ha sido la ciencia predecesora de la
cartografía. Los mapas del cielo más antiguos se deben a los
estudios astronómicos del movimiento de los planetas y las
constelaciones realizados por egipcios, mayas y chinos para
fijar sus calendarios, establecer con precisión las épocas de
siembra y recolección, las fechas de las festividades y para
orientarse en los viajes comerciales. La creencia que existió
desde la antigüedad de que los movimientos planetarios
tenían relación con el destino de las personas dio origen a la
astrología, fomentando el desarrollo de cálculos matemáticos
para predecirlos. Los mayas creían que la historia era cíclica,
y que conociendo el movimiento de los cuerpos celestes
podían predecir su influencia sobre el mundo y las personas.
Pero fueron los babilonios los que realizaron los estudios
más importantes sobre este tema.
Luego, numerosos adelantos científicos y técnicos fueron
progresivamente necesarios para llegar a definir la forma y
dimensiones del mundo, siendo los más destacables el reloj
de sol, la aguja magnética, el astrolabio, el cuadrante, el
telescopio, el teodolito, el sextante, el cronómetro, el ordenador
y el GPS. Es como que para conocer la Tierra, siempre
hizo falta primero escudriñar los cielos… una paradoja de
los mapas, no tan «terrestres!
Entre los elementos pertenecientes al puro diseño y que hacen
al borde del mapa, en los antiguos se halla el cartucho, una
forma de recuadro impreso, en el cual figura información
escrita (título del mapa y nombre del cartógrafo) además de
dibujos que lo adornan. Los dibujos más frecuentes eran la
escala, la rosa de la brújula, las cabezas de los vientos, diversos
monstruos marinos (que merecerían un capítulo aparte),
barcos, personajes importantes, personajes de las Escrituras,
seres extraños, planetas, maravillas del mundo antiguo,
esfinges, sirenas, etc. Es como si cada cartógrafo quisiera
dejar su impronta artística en sus mapas.
Dentro del universo de la cartografía, las islas han jugado
siempre un rol de gran importancia en cuanto a sus
significados imaginarios. La historia de la cartografía, real
o ficticia, está plagada de islas muy especiales, lugares que
por estar aislados de los continentes, no están contenidos en
ellos y son el campo para todo tipo de ficciones y fantasías.
Las islas parecen tener el poder para transgredir el principio
de realidad, parecen estar liberadas del código o nomenclatura
empleada para hacer el mapa, o sea que quedan fuera
del código. Su situación marginal, ubicadas «en los márgenes
de», las hace una zona liberada donde se ubican todas las
fantasías o fantasmas que rondan en torno a las fuerzas
oscuras que mueven al planeta.
Además, si se habla desde el diseño, una isla resulta ser el
objeto ideal para ser representado en un mapa. Hay algunas
con forma muy «desproporcionada», como podría ser la de
Cuba por su longitud, sobre la cual el poeta cubano Nicolás
Guillén se expresó así: «Como un largo lagarto verde / navega
Cuba en su mapa», pero salvo unas pocas, la isla es la forma
perfecta para ser encuadrada en un mapa: es autosuficiente,
está rodeada de agua y separada de todo lo demás por ese
fuelle acuático. La isla resulta ser así naturalmente un recorte
de la realidad circundante. Contrariamente, algunos países
tienen un territorio continental sumamente extenso en una
de sus medidas, como es el caso de Chile, con más de 4.300
km de longitud y apenas 117 km de anchura promedio, lo
que obliga a representarlo cortado por la mitad o en tres,
cirugía cartográfica que parece dividir al país mismo.
Las islas peculiares van desde la errónea Isla de California
en el mapa de Herman Moll del siglo XVII, que representó
la península de California como una extensísima isla que
abarcaba la costa oeste de los EE UU desde Canadá hasta
México, hasta otras islas que no son error sino totalmente
imaginarias. Hay en la historia y en la literatura islas habitadas
por sirenas, sátiros y otros seres míticos, islas pobladas
de árboles fabulosos, etc. Las islas son el territorio de la
imaginación y de la fantasía; hasta Platón fue tentado por el
poder convocante de lo insular y describió la Atlántida, la
tierra de los Atlantes, hundida en el océano que de ella tomó
su nombre después de ser conocido como «la Mar Océana»
en tiempos de Colón.
El legendario rey Artús, o Arturo, el de la mitología celta,
tenía su isla paradisíaca en Avalón, donde fue llevado tras
su muerte, según la leyenda artúrica. Ya en otra tradición, la
cristiana, santo Tomás Moro, ministro de Enrique VIII, trazó
ese arquetipo inolvidable de la Isla de Utopía, que ubicó a
25 Km de las costas del Nuevo Mundo (More, sir Thomas,
«De optimo reipublicae statu de que nova insula Utopia»,
Londres, 1516).
Siempre en estas leyendas y relatos, la isla sorprendente se
encuentra más allá, escondida o más lejos del mundo
conocido, conservando así su poder mítico y salvaguardando
su posibilidad de existencia real, hasta que los sucesivos
descubrimientos cerraron definitivamente el círculo del
mundo conocido, hilvanando, uniendo lo conocido por el Este
con lo conocido por el Oeste, y haciendo para siempre
imposible ficcionar una isla aldi-lá, más allá de lo conocido.
Pero aún hay muchas más islas notables en la cultura de
occidente, por no entrar en esos otros mundos que forman el
antiguo Oriente. Otro grande de la literatura universal,
William Shakespeare, creó para «La Tempestad» una isla
gobernada por un noble mago, en la que suceden cosas
fabulosas. No se debe olvidar en la literatura anglosajona el
clásico infantil de James Matthew Barrie «Peter Pan» (1904)
y su «Never Never Land», la Tierra del Nunca Jamás, donde
se conserva la inocencia infantil, habitada por niños perdidos
que nunca crecían y por el Capitán Garfio («Hook», o el de
la mano de garfio), notablemente recreada por la cinematografía
en 1953 con dibujos animados de Walt Disney y luego
en 1991 por el director Steven Spielberg.
También el legendario (y dudoso, pero inmortal) Homero,
en la Odisea, es pródigo en islas fantásticas. En el retorno
de Ulises a Itaca lo hace escapar con su ingenio de la isla de
Eea (la de Circe la hechicera), de la isla de los Cíclopes
(que devoraban humanos), y de la de los Lotos (donde tras
comer de la flora local, el visitante perdía el deseo de regresar
a su casa).
Miguel de Cervantes Saavedra, el ingenioso escritor, no pudo
para su Sancho crear una isla verdadera en la prosaica y
desértica meseta castellana, en que la diafanidad tan hispánica
le impedía situar cuerdamente mares e islas, pero la
Ínsula Barataria es su respuesta a la necesidad de dotar al
escudero de un territorio aparte de la realidad circundante
(ínsula significa isla!).
En la antología argentina, sin ser milenaria como la europea,
también hay islas muy especiales: el «sabio atómico» profesor
Richter vendiéndole a Perón «energía eléctrica por monedas»
en su laboratorio de la isla Huemul en el lago Nahuel Huapi;
Ricardo Piglia en el encuentro final de su protagonista de «La
ciudad ausente» (Buenos Aires, 2003) con Macedonio en una
isla del Delta tras larga y dubitada búsqueda; Domingo
Faustino Sarmiento proponiendo en su libro «Argirópolis» la
capital de la República Argentina en la isla Martín García…
Otro autor argentino, José Pablo Feinmann, narrador,
ensayista, periodista y guionista cinematográfico, cuando
necesitó crear en su libro «El ejército de ceniza» (Buenos
Aires, Alianza, 1994) un espacio para ubicar en él un sitio
imaginario, a-islado, dentro de la llanura pampeana desértica,
homogénea y sin límites, donde no hay isla posible, se vio
en figurillas, hasta que recurrió a una hondonada con dos
aguadas inverosímiles, en las que el personaje pudo encontrar
su sitio imaginario (que además era su delirio). Esta ficción
tiene su origen en las llamadas «travesías» de la pampa
húmeda argentina y también de las regiones áridas como
Cuyo, donde el espacio antrópico terminaba virtualmente
en el punto donde nadie se atrevía a ir más allá, porque
pasaba a ser una especie de «tierra de nadie» y allí se
abandonaba la persecución de cuatreros y bandidos,
representando el borde del mundo civilizado. Martín Fierro
también se refugia en un espacio así, con los indios, más
allá del alcance de la mano de la justicia.
José de San Martín, hombre de claras y serenas luces además
de patriota y guerrero, se afincó en Cuyo para formar su
Ejército de los Andes, y sintió y expresó cálidamente su
afecto por la que bautizó su «ínsula cuyana» en reiteradas
cartas y comentarios recopilados por la tradición mendocina,
afirmando con esto el carácter aislado y particular de ese
territorio, una «cultura de oasis» (Marzo, Miguel, «Geografía
de Mendoza», Mendoza, 1973), separado de las intrigas
políticas nacionales de la época, lo que le permitió reunir la
gente y los pertrechos necesarios para su emprendimiento
tramontano en 1817. Siempre la isla es el territorio donde
todo es posible, justamente por su cualidad de ser un «mundootro
», como diría hoy algún psicoanalista lacaniano.
Siguiendo con la tónica psicoanalítica y extendiendo el
concepto junguiano de los arquetipos del inconsciente
colectivo, parece que hasta hoy la isla sigue presente como el
arquetípico territorio de lo fantástico, de lo inusual, de lo cuasi
imposible: Michael Crichton, notable escritor contemporáneo
de ciencia-ficción («La amenaza de Andrómeda» y muchos
otros libros sumamente consistentes del género), ubicó su
«Jurassic Park» en una montaña volcánica marina frente a
Costa Rica cuyas «laderas arboladas estaban cubiertas de
niebla, que daba a la isla un aspecto misterioso».
No es posible en este racconto dejar de lado a Jules Verne,
el máximo exponente de la ciencia-ficción precursora del
siglo XIX. En sus más de 90 libros abordó casi todos los
temas: geología y espeleología en «Viaje al centro de la
Tierra» (1864), cuestiones matemáticas y astronómicas en
«De la Tierra a la Luna» (1865), Biología, Oceanografía y
Física en «Veinte mil leguas de viaje submarino» (1870),
mostró su amplio conocimiento geográfico, botánico,
zoológico y étnico en «Cinco semanas en globo» (1869), «La
vuelta al mundo en 80 días» (1873) y en «Los hijos del
Capitán Grant», y en una obra menos glorificada pero no
menos meritoria, «La isla misteriosa» (1874) revivió al
misógino Capitán Nemo del «Nautilus» como el oculto
benefactor de una robinsonesca familia náufraga en apuros
en una isla desierta, de la cual Verne trazó un mapa, y que
según se supo después, estaba inspirada en la isla chilena
de Chiloé, frente a la región patagónica.
Jonathan Swift creó para su obra maestra, «Viajes a varios
lugares remotos del planeta» (1726), llamada popularmente
«Los viajes de Gulliver», un territorio imaginario: una
península en la costa californiana que es, casi, de nuevo una
isla. Es un libro amargo contra la naturaleza humana, pese a
lo cual (y erróneamente), el primer libro de la misma,
«Gulliver en Lilliput», es considerado como un clásico de la
literatura infantil por lo imaginativo, ingenioso y sencillo,
de modo que la mente infantil viene alimentada desde hace
siglos con las islas de la fantasía.
Y el clásico de los clásicos, «Vida y extraordinarias y
portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York,
navegante» (1719), primera y más famosa novela de Daniel
Defoe, inspirándose en la historia real de Alexander Selkirk,
marino que había sido abandonado en una isla del archipiélago
Juan Fernández frente a las costas de Chile, muestra a la isla
de la literatura por antonomasia, que Crusoe bautiza «Isla de
la Desesperación». Una isla ficticia pero potencialmente real,
donde a diferencia de otras, el personaje tiene que lidiar con
las mil y una dificultades concretas del hombre aislado en un
medio geográfico desconocido y a veces hostil.
Las referencias históricas y literarias a islas son muchísimas:
Napoleón confinado en Elba, Alfonso «Al» Capone preso en
Alcatraz, Edmond Dantés-Conde de Montecristo cautivo en
el castillo de la Isla de If frente a Marsella (novela de
Alejandro Dumas padre, 1844), y todas estas inclusiones las
muestran como ámbitos de maravillas, como lugares de
espera, como sitios de padecimientos, pero siempre como
lugares especiales. No en vano los mapas y la cartografía les
han prestado singular atención, lo cual vincula fuertemente
el mito, la historia, la literatura y la geografía a través de
esos recortes emergentes de la costra terráquea que se
denominan islas.

4.3. Más allá del mapa: la vida
Remitir este trabajo solamente al enjuto encuadre de las
técnicas y del diseño de los mapas y los planos sería abundar
en consideraciones remanidas sobre el diseño bidimensional,
además de añadir un capítulo más a la fragmentación cultural
y mental que padece el hombre especializado contemporáneo,
por lo que aquí se busca ahondar en otros aspectos menos
trillados de la cartografía. La especialización produce en el
hombre una fragmentación que, desarrollando al máximo el
hábito racionalista de «dividir para comprender», heredado
de Grecia, Roma y del racionalismo filosófico de la
Revolución Francesa, lo compartimenta de tal manera que
hay muy pocos que puedan tener una visión integrada, de
conjunto, de lo que es el ser humano y el mundo en que se
vive actualmente. Por eso, en este ensayo, con afán integrador,
se busca vincular a los mapas y a la cartografía con
otras dimensiones del espíritu.
El mapa moderno, en tiempos en que se ha completado el
conocimiento de los territorios planetarios y se poseen los
avances tecnológicos mayores de la historia para su ejecución,
se halla concentrado casi exclusivamente en dos aspectos:
la exactitud en la representación de la realidad y la producción
de un objeto con estética en el diseño.
Pero un mapa sigue siendo mucho más que eso, es una
cosmovisión, que se debe leer fuera, más allá y a través del
estricto dibujo y lo que él representa, y en este sentido, todo
mapa encierra y contiene un metamapa, que puede ser
decodificado. Los sistemas de proyección, las escalas, los
símbolos y toda la parafernalia que los hace posibles y a
veces los domina, son sólo medios que deben ser atravesados
para permitir ver en ellos lo que subyace detrás del mero
objeto representado. Un mapa, además de ser algo útil, dice
y comunica muchas más cosas que las que una cándida lectura
visual puede dar. Si se quiere conocer sólo acerca de estas
técnicas, basta acudir a una historia de la cartografía o a un
manual del cartógrafo, pero el verdadero y promisorio
contenido de un mapa está más abajo, hay que excavar en
él, «bajo el territorio», como el fotógrafo profesional va
«escarbando con la vista» entre los objetos aparentes en
procura de lo que a él le tienta o desea fotografiar. Hay que
sacar a los mapas de su prosaico mundo plano, de dos
terrestres dimensiones, y darles la honda pluridimensionalidad
de lo humano.
Uno de los grandes de la literatura universal, William
Shakespeare, indagador profundo del alma humana, en
«Troilo y Crésida» (1609) empleó la palabra mappery para
referirse al estudio apasionado de mapas o cartas geográficas.
No hay un término específico en castellano para designar
esta afición, pero a quien esto escribe no le es ajeno ese
interés, aunque está (aparentemente) lejos de su principal
campo de acción profesional, el diseño del paisaje. Pero casi
todo ser humano tiene múltiples intereses, numerosos campos
de pensamiento y acción, aunque suela predominar uno de
ellos y los demás sean relegados ilusoriamente para ser
desarrollados en otra existencia o en otro tiempo del que
nunca se dispondrá. Para el autor, los mapas fueron uno de
estas yemas o brotes no desarrollados, hasta que este trabajo
le colocó frente al «mundo del mundo», como quien dijera
que se halla frente al mundo del cine o al universo de la
física cuántica.
Herman Melville, autor de «Moby Dick o la ballena blanca»
(1851), expresa en cierta parte de dicha obra, por boca del
capitán Ahab: «No figura en ningún mapa; los lugares
verdaderos nunca están», con lo cual se podría entrar por la
puerta ancha al otro mundo de los mapas, los que en una
primera apreciación parecen ser algo prosaico y concreto
usado para moverse en el mundo, pero que ni bien se
comienzan a analizar, muestran una multiplicidad de
interpretaciones, una sorprendente ambigüedad, y una
pavorosa profundidad simbólica. Lo que Ahab dice, en ese
aparente sinsentido, es que aquello que al ser humano
verdaderamente le importa, lo que busca y nunca llega a
encontrar (la «falta» psicoanalítica), es lo que «no está en
ningún mapa». Los mapas son tradicionalmente considerados
como representaciones de la realidad, pero muchas veces
son más que eso y lo que no está representado en ellos tiene
más significados que lo que está. Así como una ventana sólo
puede existir si hay una pared en la cual está horadada, los
mapas están contenidos, rodeados por dimensiones
psicológicas, inconscientes y casi oníricas que son en realidad
un metamapa, con todo lo que éste contiene, y que se
relaciona con o surge del encuadre de su dibujo, el cual
también debe ser «leído», como una ventana se lee inscripta
en el muro que le confiere existencia.
Los mapas antiguos están festoneados o decorados con
imágenes de toda clase de monstruos, marinos y terrestres,
y a veces éstos también intrusionan en las tierras o mares
representados, fruto quizá de una necesidad del público más
que del gusto de los cartógrafos, así como hoy los medios
difunden más sobre la vida privada de las actrices de moda
y los hechos policiales que sobre las noticias que realmente
tienen importancia. Posiblemente los navegantes de los siglos
de los viajes y descubrimientos tomarían esos monstruos con
pinzas (por las dudas de que les mordieran), pero aún así
muestran una concesión al «gusto» de la época, no lejano de
la mitología.
Para la cartografía, el tamaño del mundo fue siempre un
asunto muy importante, y el primer hombre que midió su
circunferencia fue un bibliotecario, Eratóstenes. El tamaño
era decisivo para los navegantes, exploradores y cartógrafos
de épocas pasadas, y así lo fue hasta el siglo XIX, porque de
las distancias dependían muchos de los viajes tanto como la
posesión de tierras. Colón había estimado en 4.500 Km la
distancia desde las Islas Canarias hasta Japón, cometiendo
un error de más de 14.000 Km, pero con consecuencias que
cambiaron el mundo. Eran tiempos en las que «la distancia
dominaba», a diferencia del tiempo actual, en que, principalmente
por efecto de la inmediatez de las comunicaciones
y la rapidez de los medios de transporte, todo se ha acercado
(en los hechos, pero sobre todo en lo imaginario).
Luego se produjo «el encogimiento del espacio y la abolición
de la distancia gracias a los ferrocarriles, los buques de vapor
y los aviones» (Hannah, Arendt, «La condición humana»,
Barcelona, Círculo de Lectores, 1999) y el mundo comenzó
a ser cada vez más chico. Este efecto del encogimiento del
espacio fue también causado, en buena medida, por el
desarrollo y perfeccionamiento de la cartografía. Cuándo los
mapas, producto de la ciencia y técnica cartográfica, pudieron
hacerse y representar todo el mundo porque éste ya estaba
explorado y era conocido, la Tierra para el hombre se achicó,
se redujo mentalmente, porque ¿qué es la distancia sino algo
que implica tiempo y dificultades de traslado? El mundo
del siglo XX, y con mayor razón el del incipiente siglo XXI,
es cada vez más un mundo integrado, globalizado, donde lo
natural ha sido reemplazado paulatina y casi totalmente por
lo cultural y lo tecnológico, a tal punto que casi no hay sitio
en el planeta que no tenga la impronta del hombre, lugares
donde éste no haya intervenido y modificado lo naturalmente
preexistente.
Reyner Banham, en «La arquitectura del entorno bien
climatizado» (Buenos Aires, Infinito, 1975), expuso su
interpretación de la arquitectura de mediados del siglo XX
como una evolución en el control del espacio, del clima y de
los recursos por parte del hombre. El frío y el calor son
dosificados a voluntad en los espacios habitables, lo mismo
que la humedad. El ciclo milenario del día y de la noche y
del verano e invierno, que obligaban al hombre del pasado a
tener períodos de vigilia y sueño, de actividad y reposo, han
sido reemplazados a voluntad gracias a la luz eléctrica, la
calefacción y el aire acondicionado, y la actividad humana
ya no depende de ellos. Todas o casi todas las condiciones
ambientales fueron siendo progresivamente manejadas o
reemplazadas empleando diversas formas de energía, hasta
obtener un clima establecido o controlado artificialmente,
independizándose de lo que sucede afuera.
La radio, el teléfono, la televisión y los ordenadores completan
hoy un mundo tecnológico donde casi todo puede ser
dominado artificialmente, virtualmente. Se pueden producir
los efectos necesarios para dar a las cosas apariencia de
reales, pero no lo son, y la distancia es poco menos que
inexistente, los viajes son rápidos, todo sucede al instante,
lo más lejano es visible o perceptible al momento, y se puede
«chatear» y ver a otra persona en cualquier lugar del mundo
prácticamente al instante. Sin negar las utilidades prácticas
de estos controles y tecnologías, éstas no dejan de ser un
grado más de alejamiento del hombre respecto al medio
natural, acentuando la humanización del espacio y el
acortamiento de las distancias reales y mentales.
Los mapas y las distancias siguieron un ciclo semejante, y la
isla, la novelesca y aislada ínsula de la antigüedad, lo mismo
que el hombre aislado, se han transformado en una integración
donde cada individuo es parte de un continente, de un
mundo integrado e interdependiente. La palabra continente
es particularmente rica en significado, porque implica que
contiene, que integra, que reúne, a diferencia de la isla, que
aísla. En este sentido, todo el mundo, todo el planeta, a pesar
de estar constituido por tierras separadas por aguas, se ha
convertido en un supra-continente donde la humanidad en
conjunto comparte, cada vez más, un destino común.
Isaac Asimov, otro de los profetas de la ciencia-ficción, en
su saga «La Trilogía de la Fundación» (1951-1953), de la
cual escribió una continuación treinta años después, «El
límite de la Fundación» (1982); «El sol desnudo» (1957) y
«Los propios dioses» (1972), habla de Gaia, el planeta Tierra,
como un solo organismo gigante del cual cada ser y la
humanidad en su totalidad son sólo partes que, en una lenta
evolución, van buscando constituir una conciencia colectiva,
de la misma manera en que una bandada de palomas se
mueve en el cielo como un todo porque entre ellas existe un
sentido de la unidad, unas ondas de conciencia colectiva.
El paso siguiente hacia esa conciencia universal que fantaseó
Asimov y que teologizó Pierre Teilhard de Chardin («El
fenómeno humano», 1955) ya ha sido dado. La historia de
los mapas muestra que la humanidad se afanó por conocer y
representar lo conocido para poder seguir conociendo, hasta
que el ignoto mundo antiguo dejó de serlo. Los mares y las
tierras que antes se conocían sólo parcial o aisladamente se
integraron en mapamundis completos, las aguas y los
continentes se amalgamaron en un sólido planeta globalizado,
interconectado e interdependiente. Alguien postuló el «efecto
mariposa», efecto global de cualquier acción que se realiza
en el planeta, por pequeña que sea: «aletea una mariposa en
Hong Kong y se produce un huracán en las Antillas», lo cual
encierra una gran verdad.
De tal manera, lo que eran fragmentos se unificaron, y ahora
toda la Tierra vuelve a ser percibida nuevamente como una
isla, pero una isla flotando en el espacio sideral, que está
siendo escudriñado por los radiotelescopios y las sondas
espaciales en busca de más conocimiento y de otros
habitantes de otras «islas» en sistemas solares y galaxias
antes jamás soñadas.
Cuando en 1947 hicieron su resonante aparición los primeros
«platos voladores», luego más científicamente llamados
OVNIS (objetos voladores no identificados), pocos pudieron
imaginar las consecuencias psicológicas de estos sucesos
hasta hoy tan controvertidos. La ya famosa transmisión
radiofónica en 1938 de Orson Welles de «La guerra de los
mundos», escrita en 1898 por el inglés Herbert George Wells,
fue tan realista que generó pánico en miles de oyentes al
creer éstos que la Tierra estaba realmente siendo invadida
por alienígenas (entonces llamados marcianos), y sobrevino
un largo período en que todo lo vinculado con la vida
extraterrestre causaba un profundo temor en gran parte de
la población; todo lo extraterrestre era sinónimo de amenaza.
Se necesitaron varias décadas de avances tecnológicos y la
escalada de las sondas espaciales y los viajes tripulados rusos
y norteamericanos al espacio para alejar estos miedos
ancestrales. El astronauta norteamericano Neil A. Armstrong,
el 20 de julio de 1969, al pisar la Luna, dijo una tremenda
verdad: «éste es un pequeño paso para un hombre, pero un
gran salto para la humanidad», y a partir de ese momento se
abrió la expectativa de una posible conexión con culturas de
otras galaxias. Este hecho marca puntualmente el comienzo
de una nueva era, la era del espacio, cambio tan importante
como lo fue la revolución industrial del siglo XVIII. La sonda
espacial norteamericana Voyager II, lanzada en setiembre
de 1977, es portadora de un mensaje abstracto codificado
icónicamente para otros posibles habitantes del espacio
sideral (recientemente dicha sonda sobrepasó el límite del
sistema solar, escapando así a la atracción del Sol y
dirigiéndose a la galaxia más próxima en busca de
«destinatarios»), y el Satélite de Astronomía de Infrarrojos
(IRAS), un proyecto anglo-estadounidense lanzado en 1983,
tenía como misión realizar una cartografía del cielo. Una
nueva demanda para los mapas: representar y desmitificar
el espacio!
Pero como en muchas otras cosas, fue el arte, y particularmente
el cine, arte por antonomasia del siglo XX, el que
mostró su poder sobre la mente humana y se ocupó de
disolver gran parte de esta «alienígenofobia». Tres filmes
resaltan entre los centenares realizados sobre temas
espaciales: «2001: una odisea espacial», dirigido en 1968
por Stanley Kubrick, basado en la obra del mismo nombre y
en un relato breve anterior, «El centinela» (1953), ambos de
Arthur Charles Clarke; y dos dirigidos por Steven Spielberg:
«Encuentros cercanos del tercer tipo» (1977) y «E.T. el
extraterrestre» (1982). En «2001...» la fuerza de la visión
cinematográfica, dada por una espectacular tecnología fílmica
y muy bien elegidos compases de «Así habló Zarathustra»
de Richard Strauss, y «Danubio azul» de Johann Strauss hijo,
impactó tan profundamente al público que mostró la parte
convincente de la moderna tecnología espacial (no exenta
de peligros, recordar la «computadora enloquecida» de la
nave, Hal 9000). La visión humana y esperanzada de
Spielberg dotó a «Encuentros…» de una nueva y diferente
expectativa respecto al posible futuro contacto con otras
civilizaciones del espacio, y su inolvidable «E.T. calling
home» (E.T. llamando a casa) puso la nota emotiva que se
ganó el afecto del público, convirtiéndola en una de las
películas más taquilleras de la historia del cine. Dada su
gran difusión, estos dos últimos filmes crearon un sentimiento
más abierto y exento de temores hacia otros habitantes del
cosmos.
Mientras estos hechos ocurrían, ya los astrónomos y
astrofísicos estaban trazando los primeros mapas científicos
de las galaxias y del universo einsteniano, en parte aún sobre
suposiciones, pero también gracias a los descubrimientos
realizados por poderosos telescopios y radiotelescopios, entre
ellos el telescopio espacial Hubble, puesto en el espacio por
la «lanzadera» o transbordador espacial Discovery en 1990.
De este modo, la Tierra entera volvió a ser una isla, pero
ahora en el espacio, y de nuevo la cartografía inició su tarea
a la par de los astrofísicos y astronautas, modernos Colones
con un universo nuevo para explorar. Los escasos mapas
celestes realizados hasta ahora conjeturan, más que
representan, el universo «finito y curvo» de Albert Einstein,
pero también estos mapas requieren diseños muy especiales
que son un desafío para los cartógrafos, aún con toda la
informática y demás medios disponibles.
Antiguamente (hasta fines del siglo XIX, podría decirse), el
mundo fue explorado, develado y «mapificado» por una casta
de aventureros cuya psicología lindaba con lo insano, con la
inconsciencia (y no de otro modo puede interpretarse desde
la visión actual el tremendo arrojo de todos aquellos que
abordaban un navío precario para lanzarse a un mar de
desconocida anchura en busca de tierras y riquezas de cuya
existencia no tenían ninguna seguridad). Eran hombres
esencialmente distintos a los actuales, no domados por las
comodidades y la seguridad, sino acicateados por el erotismo
de la aventura, de lo desconocido y del posible hallazgo de
fabulosas riquezas. Esa casta es la que hizo los mapas, la que
contribuyó a achicar el mundo. Hoy, ese espíritu de aventura
ha sido reemplazado por la ciber-cultura, producto de la
cibernética (teoría de los sistemas de control que se sirve de
las analogías entre las máquinas y el sistema nervioso del
hombre y de los animales), y la cibercultura no tiene necesidad
de la naturaleza física, porque crea una realidad virtual en la
que la distancia no existe,»todo llega sin que sea necesario
partir» (Rolando, Fernando Luis, «E-media - Videoarte al
NetArt», Buenos Aires, UP, 2003), realidad en la cual todas
las vistas y las posibilidades son infinitas y posibles (y si no
lo son aún hoy, con seguridad lo serán mañana). Esto ha
producido una clase diferente de aventurero, no el que se sube
a un corcel de guerra o a un bergantín corsario, sino al cómodo
sillón ergonómico que lo pone frente a la pantalla de un
ordenador y «navega» en un ciberespacio sin dimensiones y
sin tiempo. ¿Dónde está, realmente, un «sitio» de Internet?
¿Y qué significa esto, sino que la distancia ha sido abolida, y
con ella gran parte del riesgo y de la aventura? (porque el
máximo riesgo que corre este ser cibernavegante, este homo
ciber, es colisionar con algún virus informático).

5. El diseño del mapa y del plano
Ahora, «volviendo a la tierra», después de circular por la
fantasía y por el espacio, para unir el alfa y el omega, un
breve análisis de algunos aspectos formales de mapas y
planos.
Desde el punto de vista del diseño, un mapa puede ser
dibujado y visto como un recorte, como un destaque, o como
un encuadre, las que constituyen tres categorías claramente
distintas.
El mapa como recorte es cuando dentro de la continuidad de
un territorio más extenso se representa sólo una parte de él,
sin que haya por lo general ningún accidente o elemento que
defina claramente el límite, y en tal sentido es un mapa
arbitrario. Ejemplo: un mapa que indica la manera de llegar
a determinado sitio, donde no interesan las cosas que están
más allá, sino solamente aquellas que en el dibujo determinan
la vinculación entre dos puntos.
En el mapa como destaque, se busca hacer sobresalir un
sector de territorio que de por sí tiene identidad casi
autónoma, por ejemplo un país o provincia, y lo que lo rodea
está solamente esbozado, no tratado con la misma
profundidad y detalle.
Por último, el mapa como encuadre es aquel en donde el
territorio dibujado tiene una singularidad intrínseca tal que
lo constituye en elemento único y preponderante, como sería
el caso de una isla. La masa de agua que la rodea la separa
esencialmente del resto, que existe, pero que no es necesario
representarlo porque la isla tiene identidad autónoma.
Y evidentemente, según la categoría en que entre un mapa,
está diciendo más que sólo lo representado: está dando una
jerarquización, está marcado un uso del mapa, denotando
una intencionalidad, y esta es una metalectura de ese mapa.
Existen ciertas similitudes entre el mapa y el plano, entre la
cartografía y la representación de un diseño, a tal punto que
lo dicho con respecto a los mapas es aplicable en líneas
generales a los planos. Por eso, la ciencia y técnica de la
cartografía también puede ser parcialmente aplicada a la
representación de una obra antrópica, a un proyecto, o al
relevamiento de una construcción existente, en cuyo caso
esta representación se denomina plano. Hay muchos paralelos
posibles de trazar entre los mapas y los planos, pero uno de
ellos es que ambos sirven, entre otras cosas, para orientarse
en la realidad. Casi todos los que tienen relación con el
movimiento, el traslado, el viaje, la exploración o el
descubrimiento, suelen pinchar mapas en las paredes o en
tableros de corcho colocados en las mismas, y los arquitectos
hacen lo mismo con sus proyectos.
Los planos, de los cuales existen muchísimos tipos según lo
que se desea representar y el destino para el que se los realiza,
se basan principalmente en esa parte de la Geometría
Proyectiva denominada Geometría Descriptiva, de la que a
su vez el método más utilizado es el denominado Sistema
Monge, creado por el matemático francés Gaspard Monge
(1746-1818), considerado el creador de la Geometría
Descriptiva.
Un plano representa una extensión menor que un mapa, es
antrópico, se refiere a obras humanas, y por lo tanto no abarca
territorios geográficos de gran tamaño, y sus características
y métodos de ejecución no tienen las complejidades que se
han resumido al hablar sobre los mapas.
Los mapas, cuyo objeto es representar la totalidad o grandes
sectores de la superficie terrestre sin ningún tipo de
distorsión, debería tener una superficie esférica como la de
un globo terráqueo, pero como se ha dicho, para mostrar
grandes porciones geográficas con precisión, la superficie
esférica de la Tierra se transforma en una superficie plana
mediante una proyección. Pero el plano pretende representar
(al menos en la gran mayoría de los casos) una superficie
que ya es plana de por sí –y de ahí su nombre–, y por lo
tanto no es necesario recurrir a complejos sistemas de
proyección. Un plano se basa en una proyección simple,
cuyo punto de vista o centro de proyección es un punto
impropio, que se halla en el infinito con respecto al objeto
representado y por lo tanto no existe deformación por
curvatura ni por perspectiva.
En un plano los objetos se representan también de acuerdo a
una escala arbitraria y sus dimensiones pueden ser
expresadas y leídas linealmente mediante ésta. En su
acepción más usada, el plano se refiere a la planta de un
objeto o conjunto de éstos, pero también un corte y una vista
o fachada son planos. Cuando se desea hacer una
representación no-plana de un diseño, se utilizan las
maquetas, elementos analógicos tridimensionales, pero ésta
es otra especialidad que está fuera del alcance de este trabajo.
Si bien un mapa tradicional puede ser –y en realidad es
conveniente que siempre sea– un objeto con buen diseño,
esta cualidad no le es esencial como lo son la claridad y la
exactitud, fundamentales para su correcta interpretación.
Actualmente la infografía aplica procedimientos informáticos
y sirve para hacer comprender mejor algo, utilizando muy
frecuentemente mapas, planos, esquemas, croquis, y en éstos
sí se considera de suma importancia el buen diseño, porque
–afortunadamente– éste ha ido ganando terreno como un valor
cultural y hace que sea más valorado, competitivo y
«vendible» algo que se presenta con una imagen bien
diseñada. Se puede por lo tanto hablar del poder del diseño.
En un plano también es esencial la exactitud, a veces con
mayor razón que en un mapa, ya que el área abarcada suele
ser mucho menor y los detalles son frecuentemente de gran
relevancia. Es también importante la claridad –para su
correcta y rápida interpretación y para su adecuado pasaje a
la concreción– pero cobran mayor valor relativo la
expresividad y la belleza, cualidades estéticas, ya que por lo
general se refieren a obras humanas en las que estos aspectos
tienen destacada importancia y constituyen también al plano
en un objeto de diseño en sí mismo.
En aquellas disciplinas en que son necesarios los planos
(ingeniería, arquitectura, diseño del paisaje, mecánica,
electricidad, diseño del mueble, etc.), el plano es un elemento
documental casi insustituible, porque es lo que permite hacer
el pasaje desde el concepto, lo proyectual, a la realidad, y a
la inversa. Pero el plano es un documento de ida y vuelta,
mientras que el mapa es sólo de vuelta. En efecto, el mapa
se hace para representar algo ya existente, por lo general
algo natural, es decir que la realidad viene hacia el lector o
intérprete del mapa mediante su representación. En el plano,
en cambio, la creación proyectual va hacia su concreción en
la realidad, es el instrumento para su ejecución, y a la vez es
el documento analógico que permite también que algo
existente o ya realizado vuelva a ser inteligible en el campo
conceptual.
La primera cualidad que debe poseer un mapa o un plano,
en cuanto objeto de diseño, es una buena diagramación, la
que está directamente relacionada con la toma de posesión
del papel o superficie en la cual se lo traza o dibuja. La
superficie ocupada respecto a la total, el adecuado balance
entre llenos y vacíos, las proporciones entre las partes, son
básicas para su lectura y apreciación, son la puerta de entrada
perceptual, y de aquí surge también la elección de la escala
de la representación y el tamaño de la superficie de soporte
del mismo. Una de ellas suele ser la elegida como determinante
y la otra es su consecuencia: si para hacer inteligible
un diseño debe emplearse cierta escala, el tamaño del soporte
es resultante de ésta, y si se dispone de ciertas dimensiones
físicas para la representación, la escala deberá ajustarse al
espacio disponible.
La cualidad que le sigue en orden de importancia es la
jerarquización de las partes o elementos del dibujo, para
hacer evidentes los más importantes. Ello se evidenciará en
el espesor de los trazos, los grafismos elegidos, la selección
de los colores, el equilibrio entre áreas del dibujo, la notación,
la tipografía empleada y su tamaño, etc. Todos estos aspectos
están en relación con la claridad del objeto representado y
conducen a su inteligibilidad.
Otra cuestión sumamente importante es la elección de los
signos (que evocan en el entendimiento la idea de otra idea)
y de los símbolos (que se toman como representación de
otra cosa en virtud de una convención o por una analogía
que el intelecto percibe entre ambas). Tanto los signos como
los símbolos representan objetos y/o sus cualidades, y para
ellos existe ya un repertorio comúnmente aceptado, pero
muchas veces un mapa o un plano pueden requerir de nuevas
convenciones representativas, o también el diseñador puede
formular y usar nuevas, simplemente con el objeto de innovar
la forma de representación, como manera de expresarse o
para un mayor lucimiento del trabajo. Existen en la historia
de la arquitectura dibujos de planos realizados por algunos
grandes maestros que superan lo meramente representativo
o explicativo y son obras de arte en sí mismas, como algunos
de Victor Horta (herrerías art nouveau) o Alvar Aalto
(muebles finlandeses).
Un mapa o un plano tienen también valores denotativos y
valores connotativos. Lo denotativo se refiere al significado
propio de algo, mientras que lo connotativo hace relación a
otra cosa o concepto, sugiere otra significación aparte de la
primera o más evidente. En el mapa, es fundamental lo
denotativo y a ello se debe subordinar la representación, pero
en el caso del plano, el aspecto connotativo toma proporciones
mayores y puede, en algunos casos, convertirse en su
principal propiedad, característica o mérito.
Los planos, al ser utilizados principalmente para la
representación de obras humanas, no necesitan abarcar
grandes extensiones como los mapas, por lo que las escalas
más utilizadas suelen estar entre 1:1.000 y 1:25 según lo
que se deba mostrar. Dentro de esta gama, las escalas más
utilizadas son las de 1:100 y 1:50, y en especial la primera,
porque al ser 1 cm = 1m, suele ser la de lectura más fácil
aún para el lego. Esta apreciación es válida para los países
que utilizan el Sistema métrico decimal (MKS, metro-kilosegundo)
o el SI (Sistema internacional), pero no lo es tanto
para los países anglosajones que aún usan sistemas de
medidas antropomórficas (pulgada, pie, braza, etc.). Sin
embargo, el MKS se usa cada vez más y suele encontrarse
mucho material inglés o norteamericano que expresa las
medidas en ambos sistemas, y es más, estas unidades
tradicionales están hoy legalmente basadas en patrones
métricos.
Los planos, especialmente en el diseño del paisaje, por las
particularidades de esta disciplina, suelen tener como
requerimiento hacer lo más evidentes posible las cualidades
estéticas de la composición diseñada, por lo que son un
importantísimo elemento de la documentación de una obra
o del relevamiento de algo existente.
En diseño del paisaje hay, básicamente, planos técnicos y
planos que podrían denominarse comunicacionales. Los
primeros, como su nombre lo expresa, tienen como objeto
suministrar información técnica para la ejecución de una obra
nueva de esa especialidad o para la interpretación de una
obra o realidad geográfico / topográfica / edáfica ya existente,
y sus principales cualidades deben ser la precisión y la
claridad.
En los segundos, el acento está puesto en la calidad expresiva
visual, en lo estético, y por lo tanto tienen el acento en el
diseño. No quiere decir que un plano técnico no deba también
ser estético, lo que ayuda a su comprensión, como es la
diagramación, la jerarquización de las partes, la elección de
los trazos, de las leyendas, etc., pero es en el plano comunicacional
donde todos estos aspectos coadyuvan a la transmisión
icónica de lo diseñado y pasan a ser una parte sumamente
importante del objeto. Un plano, por el solo hecho de estar
«artísticamente» realizado, no significa que el proyecto que
representa sea de gran calidad o lo mejore, pero «entra por
los ojos» y permite comprender mejor la idea. Por esto, un
plano se constituye en sí mismo en objeto de diseño, sin
depender de las bondades estéticas de lo que representa.
Estas cualidades de diseño del plano en sí no son fundamentales
para lo representado, no lo mejoran en cuanto
realidad construíble, pero tienen un poderoso atractivo que
estimula a la «lectura» del mismo e inclusive ayudan a que
un comitente, al entenderla mejor, «compre» el proyecto.
En el caso del diseño del paisaje en particular, los planos
comunicacionales conviene que sean (o deben ser?) del tipo
naturalista, no abstractizante, porque lo que representan, en
su gran mayoría, son elementos vivos –las plantas– que no
pueden reducirse a geometrizaciones, y además porque el
paisaje y su diseño tienen una íntima relación con la vida,
que no admite esquematizaciones. No valen para ello los
planos –ni los proyectos– «decorativistas» ni las
fitodecoraciones. Pero esto entra de lleno en la metodología
de la enseñanza del diseño del paisaje, y merece ser motivo
de otro trabajo.



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Comentarios:

  • El mapa, más allá del diseño. Otros significados de los mapas. fue publicado de la página 245 a página260 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VI
  • [ver detalle e índice del libro]

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