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La cuestión arte - diseño en lo sonoro

Chalkho, Rosa Judith [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

ISSN: 1668-1673

XIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2006:"Experimentación, Innovación, Creación. Aportes en la enseñanza del Diseño y la Comunicación"

Año VII, Vol. 7, Febrero 2006, Buenos Aires, Argentina | 272 páginas

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Introducción 

Este texto intenta construir algunas líneas de reflexión en torno a las dialécticas planteadas entre Arte y Diseño, con la singularidad que en este caso haré hincapié en las particularidades de esta vinculación aplicada a las relaciones entre el arte sonoro y el diseño sonoro.

en este punto, que el concepto de arte que establezco no es aquel que se limita a valorar solamente aquel arte de elite, sino que es un concepto Este juego entre Arte y Diseño se da ineludiblemente en el seno de la inmersión cultural de los fenómenos, a partir de lo cual se puede inferir a modo de hipótesis, que las delimitaciones entre estas dos disciplinas son recortes conceptuales de carácter netamente cultural; es el contexto, el tejido cultural tanto más que el producto aislado, lo que establecerá su estatuto de arte o diseño. En síntesis un mismo producto (organización sonora) puede cumplir el rol de arte o de diseño según se lo otorgue el contexto cultural.

¿Toda música es arte? 

Si la música es el arte de los sonidos, cabría preguntarse si podemos definir como arte a cualquiera de las producciones musicales, sin ningún tipo de distinción acerca de los criterios de valoración estética. Sin duda este camino nos llevaría a definir entonces el concepto de arte, cuestión esta que excede de momento este escrito; pero sí, resulta interesante poner de relieve ciertas particularidades que se dan especialmente con la música. 

En muchas categorizaciones culturales la música aparece en el apartado de “entretenimiento” (entertainment), en tanto que la palabra “arte” designa a las artes visuales. Pareciera ya que en esta clasificación utilizada, por ejemplo, en sitios de Internet, se hubiera abdicado de la condición de “arte” de la música, resaltando en tal caso uno de sus aspectos como el entretenimiento, palabra que inevitablemente está asociada a lo ligero, a la moda, al pasatiempo o a la diversión. 

Aunque la construcción de una definición de arte que nos permita diferenciar qué es arte de lo que no lo es, por su complejidad excede este escrito; en principio se pueden aseverar algunas de sus condiciones: el arte no se sitúa en lo que sólo es entretenimiento, sólo diversión o moda. El rótulo de entretenimiento, entonces, define a los productos sonoros por su función cultural (porque entretienen). No toma en cuenta la ontología de la pieza musical sino su función: como se usa y se consume socialmente. De esta misma forma, volviendo al concepto del comienzo, no toda construcción con sonidos que sirva para entretener o divertir es arte, en otras palabras no toda la llamada “música” que circula socialmente puede ser considerada arte. 

Vale aclarar que refrenda las condiciones de intención estética o de pulsión estética más que cualquier otra significación accesoria. Una definición amplia, aunque peque de tautológica, es la de considerar arte a todo aquello que se considera arte a sí mismo, cuya razón de ser es artística por encima de cualquier otra función que se le pueda otorgar a posteriori (comunicacional, transmisora de valores o funcional a otras ideas). 

Esta concepción de lo artístico se salva, además, de cuestiones más complejas e indeterminadas, como la calidad, el grado de elaboración, lo elitista o lo popular entre otros tópicos, ya que los contiene. A la luz de este concepto pareciera, entonces, que esa música en el casillero del entretenimiento ya renunció a la discusión, se consideró en otra categoría; en otras palabras, no se dijo a sí misma que era arte. Esta cuestión no es casual si al mismo tiempo advertimos que la música que por lo general aparece en el rubro de “entretenimiento” toma esta denominación de la industria del entretenimiento, y se presenta como aquella música “diseñada” para ser consumida por públicos (mercados). 

Entonces, si concluimos en que no toda la música es arte, ¿se puede afirmar que todo arte construido con sonidos es música?. Esta pregunta nos sitúa en otro polo de la reflexión, cuando el gran público, o más específicamente las llamadas estructuras masivas de gusto, como referentes del común de la cultura reaccionan con rechazo e incomprensión frente a propuestas sonoro-experimentales de los últimos años como la electroacústica o las corrientes de noise-music o las instalaciones sonoras entre otras; y no tan de los últimos años, si se tiene en cuenta que los movimientos experimentales en lo sonoro tienen más de 50 años (Pierre Sachaeffer y la música concreta, Karlheim Stockhausen y más recientemente John Cage por citar sólo algunos referentes). Este rechazo se sintetiza en la frase “eso no es música”. La indignación del gran público frente a las innovaciones estéticas no es una novedad de estos tiempos, basta recordar los escándalos acaecidos en el estreno de La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky como ejemplo de uno de los rechazos resonantes a la innovación. 

Como salvoconducto a este problema semántico (estipular si algo es, o no es música depende de la definición que cada sujeto tenga de la palabra música), muchos artistas acuñaron el término de arte sonoro para rotular sus propuestas dentro de alguna de las categorías que necesita la cultura, quizás una forma de decir lo mismo con otras palabras. Si nos atenemos a la definición de música como arte de sonidos, queda claro que el arte sonoro entonces es la música, y aquí es donde tiene lugar el equívoco, originado en la doble acepción popularacadémica de una misma palabra.

La cuestión de la funcionalidad 

¿Es, tal vez la funcionalidad la línea divisoria entre arte y diseño? Y si esto es así, ¿Conserva el arte, por más aséptico, abstracto y despojado que sea el género, un halo de función? La obras de arte está rodeada de un entorno de connotaciones “extra artísticas” que la resignifican y la exceden. Asistir a un concierto no es solamente escuchar la obra, es además participar de un hecho social-cultural. Por más abstracta y despojada de connotaciones extra musicales que se pretenda la obra, en determinadas circunstancias va cargarse inevitablemente de otras significaciones: la situación del concierto, el tipo de público y la vinculación tácita que se produce entre los oyentes, la cuestión de la crítica y el sitio donde se desarrolla el concierto son solamente algunos de los elementos que entran en juego. En síntesis, hay ciertos grados de funcionalidad en el arte como fenómeno inmerso en la cultura. 

Por otro lado, podemos situar en el otro polo de la funcionalidad a aquella música concebida para ser funcional, como es el caso de la música para cine. La música es considerada por algunos autores como “la más abstracta de las artes”, abstracción dada por factores tales como la no narratividad, la no alusión a temáticas representativas, su condición de inmaterialidad, su devenir o acontecer en el tiempo entre otras; en el cine, en cambio esa misma música aporta significados y al mismo tiempo resulta resignificada. 

 El cine se encarga de semantizar, de cargar a la música de sentidos considerados hasta entonces como extra-musicales. Pongamos por ejemplo la utilización de la música en tantas producciones de cine de “época” especialmente de producción hollywodense. Se presentará allí una música que funcionará en este caso como historizadora, aportará entre otras funciones una significación cronológica al relato. El punto curioso es que no necesariamente esta historicidad debe ser rigurosa para que la música funcione semantizando la narración cronológicamente; basta con que aparezcan en estas composiciones algunos clichés de la llamada música clásica para que la musicalización otorgue a la narración el significado de una “época antigua”. Claro está, que existen honrosas excepciones a estos estereotipos, como el film Tous les matins du monde (Alain Courneau, 1991), entre otros, en donde la trama gira justamente en torno a la música del barroco francés y el tratamiento musical es absolutamente purista.

Cualquier crítico cinematográfico señalaría inmediatamente algún error extemporáneo en el vestuario, el decorado, o el arte de una producción de época, cuestión esta que no es aplicable a lo musical, en parte esto se explica porque la música de un film está dividida entre la diégesis y el foso. Es decir por momentos transcurre dentro de la pantalla (pertenece a la historia) y en otros se ubica por fuera de la historia, en el “foso orquestal”, herencia de la tradición operística. La ubicación extra – diegética de una gran parte de la música de un film permite un alto grado de libertad, como la música no pertenece a la escena, sus aportes al significado resultante del film pueden variar desde lo específicamente referencial (la música que remite a una época o un contexto social o geográfico determinado) hasta metafórica (aquellos significados aportados en términos de la afectación, o de una relación no directa sino trascendente). 

La semantización cronológica por parte de la música es una de las tantas aportaciones de significado que puede imprimir lo musical al relato, se pueden mencionar entre otras semantizaciones geográficas, de afectación emocional (suspense, amor, angustia etc.) determinaciones de género (comedia, drama, terror) entre otras tantas posibilidades analizables en detalle desde la perspectiva de cada producción. En síntesis, la música para cine cumple una función, es funcional a la totalidad del producto cinematográfico y al mismo tiempo resulta cargada de sentido por las prácticas cinematográficas, cuestión que demuestra que circulación de significados funciona en términos metafóricos de red, de relaciones en el seno de la cultura. Esto se observa claramente reflejado en las opiniones colectivas de públicos que no poseen conocimientos musicales específicos, quienes responden frente a obras musicales de reconocidos compositores refiriéndose al tipo de película que contiene esa música; entonces la música contemporánea es de “una película de terror o de extraterrestres”, o la Sinfonía N° 9 Del Nuevo Mundo de Antonin Dvorak aparece asociada a films de corte épico, o la escucha de Arcana de Edgar Varése se asocia al estilo compositivo de Lalo Schifrin o de películas de espías de los ´70. 

Es interesante lo que señala al respecto el compositor de música para cine Philipe Sarde como comentario de una adaptación de obras de Johan Sebastian Bach para Una vida de mujer (Claude Sautet, 1978), “...es muy difícil utilizar música clásica en el cine sin modificarla. En una escena, la gente escucha música, pero enseguida, cuando salen, esa música se convierte en música cinematográfica. Ésta deja de ser “música de Bach” en cuanto pasamos al primer plano de Romy Schneider, sólo son de Bach las primeras frases que escuchamos tocar a los concertistas...” Citado en La música en el cine (Chion: 1997:255)

Música o Diseño 

Retomando el tema del comienzo, y a modo de conclusión, la diferencia entre Arte y Diseño, en este caso Música o Diseño, llevaría a situar esta diferencia no en el producto sino en el contexto cultural, en la forma en que una misma obra funciona en la sala de conciertos o aportando significados que exceden lo estrictamente musical en productos audiovisuales. El caso del cine es también trasladable a otros géneros audiovisuales como la televisión, los spots publicitarios u otros formatos de tipo comunicacional (videos institucionales, CD ROMs, etc). Estos significados, como redes de sentido, funcionan y circulan en la complejidad del entramado cultural.-

Bibliografía 

Chion, M. (1997). La música en el cine. Barcelona: Editorial Paidós. 

Rodríguez Bravo, A. (1998). La dimensión sonora del lenguaje audiovisual. Barcelona: Editorial Paidós. 

Verón E. (1998). La semiosis social. Barcelona: Editorial Gedisa.


La cuestión arte - diseño en lo sonoro fue publicado de la página 51 a página53 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

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