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Evaluación, estética y belleza

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación Nº VII [ISSN: 1668-1673]

XIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2006:"Experimentación, Innovación, Creación. Aportes en la enseñanza del Diseño y la Comunicación"

Año VII, Vol. 7, Febrero 2006, Buenos Aires, Argentina | 272 páginas

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Seijo, Claudio [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

En un esquema de enseñanza donde se trabaja con valores
estéticos, no podemos dejar de considerar los cambios de
paradigmas de los últimos 20 años, y sobre todo en relación a
la categorización de dicha estética y en la construcción del
concepto de belleza de cara a la evaluación de los trabajos y
piezas gráficas. Estos cambios que en algún momento
presentaron una antípoda irreconciliable y que enfrentaron
generaciones de docentes y profesionales, son hoy parte de la
información y esquema de valoración que podemos transitar
en la enseñanza, con diferencias, con autores de ideas opuestas,
con un espíritu crítico y con un enorme aporte de la
subjetividad del docente.
Qué enseñar y cómo evaluar la imagen estética del estudiante
se convirtió en el centro del análisis curricular, desde que
paradigma, con que conocimiento o que idea de belleza o
funcionalidad, inscripción social o mercadotecnia, en definitiva
el gusto y el concepto de belleza son los que terminan inclinando
la balanza. Plantearse un análisis en términos de creatividad o
innovación en el plano de la enseñanza estética requiere
primero analizar, ¿Cómo son los procesos de construcción
del valor estético?, ¿Cúales son los grados de calificación que
vamos adoptar? y ¿Qué objetos van a tener un grado
extraordinario por sobre la escala de valor elegida?
Ahora, en un marco cambiante, en un espacio cultural que se
redefine permanentemente con el paso de cada generación,
¿Podemos separar la valoración estética del sujeto y sus
circunstancias? Culturalmente distintas líneas de pensamiento
cruzan el espacio estético proponiéndonos distintas maneras
de construir una mirada crítica sobre la construcción del
concepto de gusto estético y en especial sobre la belleza. En
el siglo XX mas que en ninguna otra época vivimos un
florecimiento sin precedentes de todo tipo de argumentaciones
sobre los alcances de la naturaleza del arte, y de la experiencia
estética en general. Tan así ha sido el debate que la estética se
constituyó en un ámbito de pura discusión y disertación
independiente de cualquier otro propósito o contexto.
La tendencia filosófica Empirista de Gran Bretaña, con su
visión pragmática, aporta al debate una vitalidad comparable
a la francesa, fundamentando para algunos autores la crítica
artística contemporánea y marcando como signo del
nacimiento de la estética contemporánea y de la subjetivización
de las cuestiones estéticas. Y sin lugar a dudas impulsando la
aparición del sujeto y su experiencia directa en la percepción
de la obra, enfocando el análisis en el proceso o como diría
Gilles Deleuze (1999) –en el acontecimiento– dejando el
resultado abierto a cada interpretación, y no solamente
enfocado en la esencia del objeto, que era previamente descrito
por un saber que el espectador debería conocer.
El concepto de belleza estética si bien no es una característica
obligatoria en una obra contemporánea, a sido el argumento
mas determinante para valorizar la obra a lo largo de la Historia
del Arte y el Diseño. Si analizamos como se produce la
percepción de la belleza, podríamos considerarla no como
una propiedad innata del objeto o un valor cultural establecido
desde parámetros teóricos previos, sino como el sentimiento
que surge como resultado de la experiencia libre del sujeto al
percibir una obra en determinados contextos y características
de época (Pérez Carreño. 1996).
Por esto el pensamiento clásico fundado en proporciones,
armonías e ideales universales surgentes de un supuesto estudio
de la naturaleza no es motivo suficiente para emitir un juicio
válido sobre la percepción de la belleza, sino es una compleja
propiedad dentro de la construcción del gusto individual
permanentemente referido a emergentes, valorizaciones y
propiedades culturales contemporáneas. Es decir ya no es un
principio establecido únicamente en lo cognitivo y mucho
menos de carácter objetivo, sino es parte de una penetración
en lo profundo de las cosas con la intención de revelar lo no
evidente, lo que esta mas allá de lo obvio y superficial, lo que
todavía no ha sido revelado, siendo de crucial importancia los
esquemas de valor que transitan temporalmente cada cultura
principales formadores del gusto individual como la capacidad
subjetiva de distinguir y evaluar diferencias estéticas
En la exploración del gusto que realiza Pérez Carreño (1996),
lo define como una experiencia sensitiva de la que emerge el
placer de la belleza, en la que el objeto realiza una experiencia
pasiva y que el motor de dicha experiencia se intensifica con
el desarrollo de la imaginación del sujeto. Es decir el placer
desarrollado en la experiencia intuitiva es básicamente
subjetivo, y como tal el lugar del aporte del espectador en el
recorrido narrativo de la obra produce innumerables
contenidos, conscientes e inconscientes que dan forma a las
sensaciones modificando la identidad de su gusto.
La percepción estética se convierte en un juego íntimo dentro
de nuestra memoria, que va emergiendo estimulada por la
propuesta del objeto, cuanto más íntima es esa revelación
mas placer nos proporciona. Ahora bien al percibir una obra
podemos tomar dos caminos, intentar ponernos en el lugar
del autor para tratar de entender los motivos de su creación
(lo que nos obliga a realizar un esfuerzo enorme), o dejar volar
la imaginación para entrelazar los estímulos que la obra nos
propone con algún íntimo sentido que nos sea gozoso. En
ambos casos el rol de la imaginación es fundamental, y es una
experiencia absolutamente única e individual, imposible de
compartir en la plenitud en la que se desarrolla. Por ende la
imaginación encuentra un barrera insalvable en la
superficialidad de la lectura lineal del lenguaje común y se
intensifica cuando la obra nos propone un recorrido lleno de
acertijos significantes sin resolver.
El placer de la mirada, o de la imaginación como formulara
Joseph Addison [Empirista Inglés], permite definir lo bello
como aquel objeto o imagen asociado a una emoción placentera,
otra vez vemos el enfoque en el proceso y no en el objeto. Es
por esto que la visión social del concepto de belleza, va
cambiando a través del tiempo, y no depende de valores
inamovibles sino de convenciones estéticas producidas por
emergentes sociales. El ascenso de la subjetividad por sobre la
uniformidad colectiva impulsó cambios en todos los ordenes
sociales. Es decir desplazó la socialización disciplinada que
impulsaba la mirada única-colectiva de la sociedad medieval
(subordinación de lo individual a las reglas colectivas),
(Lypovetsky, 1992: 5-12) por una completa individualización
(la gran revolución de nuestros días) desapareciendo la imagen
rigorista y normativa, y dando paso a nuevos valores que
apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la
legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones
singulares y la modelación de las instituciones sobre la base
de las aspiraciones de los individuos.
El derecho a ser íntegramente uno mismo, a disfrutar al máximo
de la vida es inseparable de una sociedad ideológicamente
individualista, transformada por la revolución del consumo
que impulsó al máximo los deseo del individuo, y consolidó el
proceso de personalización.
Este proceso de personalización surgió en el seno mismo de la
cultura como un emergente multidisciplinario de oposición a
una cultura normativa que imponía conceptos a priori a la
libre percepción de la vida social. Este impulso individualista
opera directamente en la construcción de sentidos de cara a la
interpretación y significación de los objetos, y necesariamente
impulsa una mirada íntima, original y diferente que consolida
su identificación con su ser. El “ser” contemporáneo solo
posible desde la diferencia con los otros, es decir la
individualidad solo es posible desde el sentir diferente, desde
la propiedad de construir una mirada diferente, la negación
misma de la masividad. La cultura contemporáneo se estructura
en el pluralismo y la multiplicidad del precepto de verdad,
donde el signo no está representado sino que es percibido, y
en el mismísimo momento de la percepción alcanza su
significación. En este proceso el objeto es inseparable del
individuo, y su representación solo habita dentro de la
intimidad del sujeto.
Si la edad moderna estaba obsesionada por la (Lypovetsky,
1992: 17-21) producción y la revolución, la edad posmoderna
lo está por la información y la expresión. Y no es solamente
un discurso ideológico, es una aspiración de masa cuya última
manifestación es la extraordinaria participación en la
producción de cultura. La democratización sin precedentes
de la palabra, de los espacios públicos, del íntimo ciberespacio,
en donde todos podemos hacer de locutor y ser oídos. Pero
todo este desborde de cultura no apunta a la antigua
sacralización, es únicamente una expresión nacida en la
voluntad del autor y para disfrute del mismo, efímera y carente
de sentido desde el punto de vista comunicacional, es una
obra donde el sentido está en el mismo hecho de la realización
y el público en general la observa desde el reconocimiento de
la participación anónima. Participación antes vedada por una
escala de valores estricta que sacralizaba por una lado lo
permitido y pauperiazaba lo que no calificaba.
Este traspaso del dominio del gusto desde la antigua
centralización al predominio de la individualidad genera a priori
un cambio de estrategias en la comunicación, cambiando la
tradicional, estricta y obligada transmisión común de
conocimientos por un espacio de seducción donde el valor
supremo es que dicho conocimiento sea elegido por el
individuo. De allí el auge de las mediciones, de las
segmentaciones de mercado, del raiting, de los remitentes de
correo, las encuestas y de la participación eterna de seres
anónimos en todo tipo de espacios públicos.
Este impulso de la seducción, coloca a la obra en una relación
diferente con el espectador, ya no es suficiente aludir a un
espectador “formado en un conocimiento estético único” que
justifique el recorrido que el autor supone proponer, sino la
obra debe tener inscripta en su propia constitución una red de
estrategias dispuestas a capturar la atención del espectador y
brindarle el goce que le permita sentir la sensación de belleza.
Si bien el proceso de elección de estrategias se enfoca más en
el estudio de las reacciones del espectador que en la definición
normativa del objeto, este mismo proceso impulsa la
simplificación de conceptos y la rápida identificación del
espectador con los significados propuestos. Utilizando un
lenguaje simple y directo que en su combinatoria y dinámica
estructural nos proponga la multiplicidad de criterios desde
donde se construirán subjetivamente las representaciones del
objeto propuesto. La obra entonces se comporta mas como
un kit para armar, como una estructura llena de vacíos
significantes, que sugiere posibilidades de armado y no las
impone, y permitiendo que cada espectador pueda construir
su propia obra en el acontecimiento de la percepción.
La subjetivización no banaliza la percepción ni la reduce a un
estrato de mediocridad, sino exalta la posición del ser-sujeto
de cara a la interpretación de los productos culturales
convirtiendo la antigua escala de valores en subjetivos espacios
de goce como relación con lo Real.


Conclusión
El concepto de creatividad e innovación posee un valor
positivo en términos de valoración estética, considerándola
como una expresión fuera de escala. Pero también es una forma
de romper con esquemas rutinarios y repetitivos que terminan
dogmatizando a la información utilizada.
Cualquier postura que apunte a obtener nuevos resultados
nos exige primero analizar el origen del conocimiento que
utilizamos, la forma en la que los ponemos en práctica y los
referentes contextuales que sostienen nuestra creencia en dicho
conocimiento.
Es por esto que creo que un verdadero proceso de creatividad
necesita de un inobjetable proceso de revisión del conocimiento
actuante dentro de un esquema organizado y amplio al mismo
tiempo.
Cada obra, o echo estético no posee una existencia en si mismo,
por su característica formal o material, sino por el sentido
construidos por el individuo de cara a nuestra cultura, es decir
su grado de valor lo define su significación (siempre subjetiva),
por ello necesita de un contexto y un interlocutor que aporte
un recorrido a la representación de valor que el resto de los
actores culturales van a tomar de referencia para desarrollar la
percepción del mismo. Aquí es donde la figura del docente se
incorpora con un alto grado de responsabilidad, su mirada no
es solo un guiño de cómo mirar o percibir, es una postura de
autoridad estética para el estudiante, pero también es una
intromisión de fuerte subjetividad que de forma saludable
debería ser resistido. En la búsqueda de dicho equilibrio esta
el arte. En definitiva es necesario el aporte de nuestra mirada
como respaldo, como esquema de valoración, el que le
permitirá al estudiante categorizar su propia subjetividad
como una pieza mas de un complejo rompecabezas.
Es decir el recorrido histórico, el análisis de las líneas de
pensamiento actuantes, la postura crítica y horizontal (en
términos de autoridad y valoración), la apertura a todos los
conceptos y posturas, la incorporación del gusto como mirada
subjetiva dentro de un contexto social, la idea de belleza
cruzada por saberes de todo tipo, son solo el comienzo de la
exploración de diferentes caminos, abordajes de distintas
visiones, concreciones, distintas formas de selección,
adaptación y formulación, todos estos conceptos nos cruzan
cada vez que intentamos construir una representación de
nuestra propia percepción, y forma parte de las piezas
fundamentales de nuestra evaluación.
Definitivamente solo una parte del contexto alrededor del cual
girará nuestra postura y con el que intentaremos construir en
el estudiante no solo un proceso de aprendizaje o de captación
de una mera información, sino el desarrollo de una visión mas
personal, libre y plena.


Bibliografía
Deleuze, G. (1999). Conversaciones. Valencia: Pre-textos.
Lipovetsky, G. (1992). La era del vacío. Barcelona: Anagrama.
Pérez Carreño, F. (1996). La estética Empirista. En Valeriano
Bozal Editor Historia de las ideas estéticas y las teorías
contemporáneas. Madrid: Visor, Vol. I.



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