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Una mirada a la red

Fernández, Carlos Alberto [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 11, Febrero 2009, Buenos Aires, Argentina. | 195 páginas

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A esta altura de los acontecimientos ya podemos apreciar que la internet está produciendo una serie de fenómenos que no habían sido previstos en sus orígenes y lanzamiento o, si lo habían sido, sus promotores se cuidaron mucho de que no trascendiesen hasta el momento en que fueran difíciles de ocultar. Para realzar la importancia del nuevo medio –de por sí revolucionario–, se dijo que ayudaría a fundar democracias donde no las hubiese, que crearía nuevas relaciones económicas, generando más puestos de trabajo, y, finalmente, que elevaría el nivel de vida de la población a escala mundial. Un sistema tecnológico, en sí mismo, no es ni bueno ni malo, dependerá de la utilización que le dé el ser humano. En este aspecto tenemos miles de ejemplos, pensemos si no en la energía atómica o en algo más cotidiano, como la fotografía que, en palabras de Edward Weston “sólo con esfuerzo se puede obligar a la cámara a mentir: básicamente es un medio honesto…” 1 

A pesar de las pautas que nos van indicando la existencia de ciertos peligros en la red, se hace difícil cuestionarla porque los “nuevos profetas” reaccionan acaloradamente acusando de mentalidades retrógradas y reaccionarias a quienes lo hacen, indicándoles que son incapaces de apreciar el futuro. 

Países hegemónicos como Alemania han iniciado campañas que, con una fuerte intención política, plantean la imperiosa necesidad de que todos los jóvenes de ese país deben familiarizarse, desde la escuela, con la internet. En 2000 el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), con la anuencia del canciller Gerhard Schröder, difundió, a través de grandes anuncios en la vía pública y en los medios, el eslogan Schulen ans Netz (Las escuelas a la internet), agregando la comparación de que Cristó- bal Colón tuvo que viajar años para descubrir un nuevo continente mientras que los escolares alemanes “sólo necesitan para ello de una mañana en internet”.2 

De otra manera también lo aseveró Clinton durante su administración y algunos de nuestros políticos y funcionarios, que de tanto en tanto vuelven a esgrimir el argumento cada vez que deben responder a interrogantes sobre educación en la Argentina. 

Visto superficialmente, nadie podría oponerse, porque casi sería como negar la importancia del teléfono. 

El pensamiento inmediato para concretar el objetivo es dilucidar la forma de obtener presupuesto para llenar las aulas de computadoras, a lo largo y a lo ancho del país, dejando de lado cuestiones estructurales, simples pero significativas, que pasan a tener su importancia incluso cuando ya se posee el equipo, como por ejemplo la ausencia de energía eléctrica o de una red telefónica apta. 

Pero sin llegar a estos extremos podemos hablar de la falta de espacio, la suspensión de clases por distintos motivos, el estado edilicio de los establecimientos de enseñanza, la renovación de libros en las bibliotecas escolares (cuando existen) y otras cuestiones semejantes, casi obvias, sobre las cuales no nos extenderemos aquí. Si bien esto que hemos comentado es harto importante y convierte tan sólo en una expresión de deseo a estos utópicos planes, lo que tendría que preocuparnos aún más es para qué nos pueden servir las computadoras y su conexión a la internet, qué enseñanza deseamos ejercer con ellas y de qué manera, cuál es la filosofía de la red –si tiene alguna predeterminada o si se está gestando a través de los centros de poder político y económico–, y a qué riesgos nos expone su empleo. 

Marshall McLuhan murió en 1980, apenas vio el nacimiento de las PC (como personal computer). Su famosa frase “el medio es el mensaje” fue tomada en su momento con poca seriedad y sus teorías se discutieron hasta el aburrimiento. Se dijo de él que era capaz de extraer conclusiones de donde otros solamente sacarían estadísticas o nada y que se propuso medir fenómenos que la mayoría consideraba imposibles de cuantificar. Cuando pronosticó que el mundo se transformaría en una “aldea global” y que el aprendizaje se produciría en “aulas sin muros”, era porque todavía no se había inventado la palabra “internet”, de lo contrario la hubiese empleado en sus definiciones. Hoy nadie se burla de MacLuhan y sus comentarios dejaron de parecerse a argumentos de películas de ciencia-ficción clase B. “Teniendo en cuenta que por medios no entiendo únicamente los mass-media, sino que mi definición de medio incluye cualquier tecnología que crea extensiones al cuerpo humano y a los sentidos, desde el traje hasta el ordenador, y considerando que las sociedades siempre han estado más condicionadas por la naturaleza de sus mass-media que por el mensaje que transmiten, hemos de concluir entonces que cuando una nueva tecnología penetra en una sociedad satura todas sus instituciones. La tecnología es un agente revolucionario; lo comprobamos hoy con los medios eléctricos y lo mismo se hizo hace siglos con la invención del alfabeto fonético”, respondía en un reportaje en 1973.3 

El pensador canadiense nos ha dejado un mensaje terriblemente pesimista al sostener que la tecnología “está destruyendo completamente el mundo occidental” y “que no se puede vivir en el mundo interior del circuito eléctrico y mantener la letra escrita”.4 

Fundamentalmente tenía en su mente a la televisión. La internet presenta una diferencia: podemos “responder”, podemos interactuar, podemos “seleccionar” nuestro “programa” de entre una variedad de posibilidades infinitas, mientras que la televisión nos reduce a simples receptores. La internet puede actuar, aunque no siempre, como un medio de comunicación completo, donde el receptor se convierte en emisor y viceversa. 

Durante la década de 1960 se especuló mucho con que la televisión podía cumplir funciones educativas y culturales, sobre todo como defensa discursiva cuando el medio era duramente atacado por sus efectos nocivos hacia los menores –comportamientos violentos y exacerbación de la fantasía. De hecho se comprobó que el sistema televisivo era válido como vehículo para la enseñanza, aunque sólo se ocuparon de emplearlo para estos fines las emisoras públicas de algunos países y la UNESCO. Pero estos programas morían rápidamente de “inanición”, como el que elaboró el organismo internacional para las poblaciones rurales de la India, intentando enseñarle a los nativos como mejorar y rotar sus cultivos; pero pronto se acabó el presupuesto. 

Con la internet es mucho más fácil y barato poner contenidos “en el aire” permitiendo que muchas instituciones, con recursos propios, puedan elaborar proyectos sumamente interesantes, como por ejemplo la digitalización de libros, que por su rareza o escaso interés editorial, jamás podrían estar en las manos de un lector o un estudiante “de a pie”. La internet es un mercado sumamente atractivo para todo tipo de producto, sea éste cultural o de otras características, porque los potenciales compradores son cientos de millones; entonces, cualquier negocio es factible. No es novedad que en la red haya de todo: páginas de gente con buenas intenciones que aporta información errónea, diarios y revistas de todas las latitudes, variedad de ofertas comerciales (incluso títulos universitarios a elección), lugares para buscar amigos, pareja y “relaciones ocasionales”, educación a distancia, guías telefónicas, salas de conversación, arte, historia, ideologías y, por supuesto, pornografía. 

Julio Mafud, en 1969 escribió un libro que fue best-seller, a pesar de las críticas de algunos medios que se sintieron involucrados. Pasaron muchos años pero sus conceptos tienen vigencia: “Los medios masivos: TV, cine, periódicos, revistas, llevan al niño a controlar la conducta paterna. Antes de la influencia de estos medios el niño tenía a la familia como fuente de todo. Era la ‘usina psicológica’, según la expresión de Teodoro Reich. Pero en la sociedad de estatus, es decir, en la sociedad argentina de hoy, los medios masivos saturan más al niño que a los propios padres”. Y más adelante agrega: “El niño en la sociedad de estatus se puede ver y calificar como ‘ser succionador’. Succiona con fruición todo lo que lo rodea: a sus padres o a los objetos y a los afectos que le rodean. Como los elementos de confort que encuentra en el hogar le dan todo ‘fabricado y hecho’, su visión de la existencia se conforma dentro del ideal de no gastar energías ni hacer esfuerzos. Como junto a él o a ellos ‘no’ hay una larga fila de hermanos o hermanas menores que deben cuidar o custodiar, su vida se convierte ‘en un no hacer nada’. El tiempo del ocio para el niño argentino de hoy se convierte en la vía de escape: el ocio en una sociedad de estatus está esencialmente vinculado a los símbolos de estatus. Toda la vida familiar gira sobre ellos: las interrogaciones giran sobre cómo deben ‘usarse’ esos elementos. Se discute sobre los programas de televisión que seleccionar. De cómo se debe compartir el automóvil familiar, si se tiene, y de cómo se va a comprar si no se tiene, o de cómo se va a usar la nueva vestimenta. Como el niño, desde su posición de succionador, no percibe el esfuerzo que se realiza para el logro de los elementos de estatus, se hace la idea de que todo le llega como ‘dado’. Su conducta de succionador luego lo hará un gran buscador de estatus. Tratará de acumular objetos de confort para no salir de su destino de succionador”.5 

Este libro está basado en la clase media urbana que, en su momento, era un estrato social mucho más amplio que en la actualidad –contradicciones de nuestro país. Si tomamos estos criterios de Mafud y los actualizamos con algunos agregados, podemos diseñar un panorama más completo. El niño y el adolescente pasan la mayor parte del día solos en su casa porque sus padres están trabajando. Tienen un fácil acceso a la internet a través de su propio equipo o el provisto por terceros. “Navegan” bajo su propia intuición y “riesgo”. Lo hacen para completar una tarea escolar o bien para ocupar su tiempo libre. 

En la primera situación sus docentes, en muchos casos, no les indican con precisión dónde buscar. Apelan, lógicamente, a los buscadores electrónicos de la red. Colocan la “palabra clave” y, mágicamente, aparece el contenido que necesitan. Por la regla elemental del menor esfuerzo, “cortan y pegan”. Si necesitan ilustraciones, también las encuentran. Pero ¿Es ese el texto más adecuado? ¿Hay un análisis comparativo con otros? Si lo hubiese, ¿Sobre qué bases deben aceptar o descartar? ¿Tiene el joven la suficiente información para tomar la mejor decisión? ¿Estas acciones son adecuadas para un correcto aprendizaje? 

Cuando iba a la escuela primaria, y de esto ya han pasado unos cuarenta años, mis maestras me prohibían el Simulcop (para los más jóvenes: era un librito encuadernado con espiral metálico que contenía figuras sobre papel de calco que correspondían a los temas a tratarse en tal o cual grado, que podían trasladarse al cuaderno presionando sus líneas con un lápiz por el dorso); querían que los dibujos los haga yo, copiando, mal o bien, como pudiese. En la secundaria, mis profesores me enviaban a la biblioteca y los célebres –por esos años–, Resúmenes Lerú (libritos con síntesis de los contenidos de las materias), eran “palabras prohibidas”, a tal punto que muchos docentes, si los veían, los secuestraban y no los devolvían jamás. 

Muchas cosas han cambiado y como docentes deberíamos reflexionar si para bien o para mal, con qué nos quedamos de lo “antiguo” y qué adoptamos de lo “nuevo”. 

Hemos tenido una formación netamente conductista, donde debíamos aprender lo que se nos indicaba, sin discusión, y donde los docentes dependían de un rígido currículum elaborado por la “autoridad superior”. Así en un año nos dictaban “Educación democrática” hablando de “El tirano” y al año siguiente del “Compañero General Juan Domingo Perón”. Terminábamos preguntando a nuestros padres si se trataba de la misma persona, porque no nos atrevíamos a insinuárselo al profesor. También adquiríamos “importantes” conocimientos de historia a través de señores académicos de apellidos como “Astolfi” o “Ibáñez” y supimos, gracias a ellos, que a Guillermo de Orange lo mataron de tres balazos en el pecho, aunque nunca nos quedó muy claro si fue un rey, un fabricante de gaseosas o ninguna de las dos cosas. 

Pero también tuvimos la suerte de pertenecer a una generación de espíritu inquieto e inquisitivo, que no se contentaba con los textos escolares. Y entre los docentes había algunos muy generosos que hasta nos prestaban libros, se reunían con nosotros en el café y nos hablaban de José María Rosa, de Arturo Jauretche, de Ezequiel Martínez Estrada; nos inducían a asistir a las conferencias de Borges, a entender la filosofía con las clases abiertas de Francisco Romero, a revisar las letras de tango de Homero Manzi, a escuchar al “Cuchi” Leguizamón y al Dúo Salteño, la poesía de Jaime Dávalos y Manuel J. Castilla, a ver el cine de Visconti, Fellini y Saura, a comprender el rock desde las fuentes mismas, con discos de Mingus, Coltrane o Davis. Después vinieron el miedo y el exilio; hasta el folclore fue subversivo, se prohibió “hablar a la quechua” y también el guaraní. Con nuestras experiencias y vivencias nos paramos ahora frente a la internet y nos interrogamos ¿Para qué? y ¿Cómo? 

Como alguna vez escribió Spinetta: “Yo nunca voy a decir que todo tiempo, por pasado, fue mejor; mañana es mejor”. La red es una herramienta increíblemente útil, fácil de usar y donde prácticamente está todo, pero no debemos permitir que nos reemplace. Para eso tenemos que hacer un esfuerzo extraordinario en el sentido de afirmar los contenidos de nuestras materias, generar nuestra propia bibliografía cuando la existente no nos convenza y actualizarnos constantemente. Tenemos que entrar al aula dispuestos a jugarnos en cada clase, estar preparados para inducir a nuestros alumnos a que desarrollen sus propias inquietudes, para que liberen su capacidad de pensar “rompiéndoles” su cómoda existencia de “succionadores”, como decía Mafud. Desafiándolos al debate, a cuestionar nuestras propias convicciones y las de ellos. No podemos prohibirles que accedan a la internet, por el contrario, que la usen, pero con fino criterio de análisis; que comprendan que ninguna información es inocente, que toda es tendenciosa –en el más amplio sentido del término–, que enriquezcan su juicio para que puedan discernir cada vez con más precisión. 

Todos hemos tenido demasiados docentes que venían a dictarnos sus fichas y descubrimos que eso no nos sirvió. No podemos (ni debemos) repetir esquemas, es necesario aceptar el nuevo desafío. Hay que alterar el “disco rígido” para que las “aplicaciones” comiencen a interactuar decidiendo qué graban y qué borran de él. Ambos discos, el nuestro y el del alumno. 

El mundo de la internet no está regulado de ninguna manera, porque, según los defensores a ultranza del sistema –que coinciden curiosamente con quienes controlan la mayor parte de los recursos de la red; Microsoft, por ejemplo–, sería antidemocrático bloquear o evitar cualquier contenido. Toda persona debe poder hacer lo que le plazca, éste es el dogma imperante. Contra este precepto se revela la periodista alemana Susanne Gaschke(2) que citamos precedentemente: “Los niños tienen el derecho humano fundamental a que los adultos seleccionen previamente, para ellos, las informaciones. La tarea civilizadora de una sociedad consiste, justamente, en el costoso y complejo proceso de enseñanza, que es el que produce realmente al ciudadano en mayoría de edad intelectual”. 

De cualquier manera se está muy lejos de que algún gobierno intente un recorte de la información que se obtiene por la red, a riesgo de ser tildado de dictatorial. Pero ya hemos visto a través de la historia que aquellos que reclaman tolerancia en un momento se transforman en intolerantes cuando alcanzan el poder suficiente. Al respecto nos dice el historiador británico John Bagnell Bury (1861-1927): “El altar y el trono formaron una conspiración siniestra contra el progreso de la humanidad” 6 . No sería descabellado pensar que a alguien se le esté ocurriendo que en un futuro no muy lejano la internet se pudiera transformar en una especie de Gran hermano o Hermano mayor (Big brother), según las traducciones, al mejor estilo del pergeñado por George Orwell en 1984.

La aldea global que hoy representa la internet está imponiendo su propia cultura que tiene, obviamente, raíces anglo-sajonas. Cada vez que en la historia se ha producido un choque de culturas, una sucumbió. A veces ha triunfado la militarmente más poderosa, como cuando el macedonio Alejandro instaló la dinastía de los Ptolomeo en Egipto, o los españoles en América; en cambio Roma no pudo ni quiso culturizar Grecia, absorbió sus contenidos en detrimento de su propia cultura. No hay culturas mejores ni peores, sino distintas, por eso nos equivocamos cuando juzgamos a las orientales con ojos occidentales, lo hacemos desde puntos de vista y valores diferentes. 

La cultura de la internet ya está metamorfoseando la hispanoamericana en general y los rasgos particulares de la argentinidad. Sin darle la importancia necesaria vamos permitiendo una lenta pero continua y persistente invasión. En la internet se nos quitan las características de nuestra lengua, que se ha rebautizado como “español”; no existe un idioma “español”, nosotros hablamos el originario de Castilla, por ende, castellano. En España se hablan varias lenguas: gallego, catalán, vascuence… pero en ninguna región peninsular “español”. Nos quitan los acentos, nos suprimen la “ñ” (tal vez haya que cambiarle el nombre al ñandú, llamarlo “niandú” o para que mejor se comprenda, “avestruz sudamericano”, porque si usamos la palabra “americano” se podría interpretar que corretea entre Nueva York y San Francisco). No nos dejan abrir los signos de interrogación y de admiración y nos denominan “latinos”, sin importar si somos cubanos de Miami, portorriqueños de Harlem o ucranianos de Oberá. Festejamos con más ahínco Halloween que el Día de la Tradición. 

Es cierto que estas intromisiones están teniendo éxito solamente en el ámbito urbano, pero es una cuestión de tiempo para que se difundan por el “país interior”, novedosa denominación que nuestros compatriotas comienzan a utilizar para definir su ubicación geográfica (y cultural) dentro de un mismo Territorio Nacional. 

El “saber ingenuo” que en nuestros estudiantes “crece mediante una acumulación que es sedimentación… carece de todo método, de toda precaución encaminada a asegurar su validez, a contrastar su verdad…” 7 

¿Está entre nuestras obligaciones como docentes intentar contrarrestar este saber ingenuo con un saber crítico, aunque no esté explicitado en los contenidos de nuestras asignaturas? ¿Es importante, para sus futuras actividades en el campo profesional, que lo hagamos? 

Personalmente no me cabe duda. Creo que los estudiantes deben tomar conciencia (y no concientizarlos, que casi es como adoctrinarlos), de que lo más probable es que ejerzan su actividad en este país, que es el de ellos, con rasgos culturales propios que no deben perderse y que deberían conocer para poder apreciarlo en toda su magnitud. Retornaremos una y mil veces a aquello de que “no puede amarse lo que no se conoce”. 

Al menos como yo lo entiendo, la internet es una herramienta que debemos utilizar con inteligencia y cuidado. Es eficiente para acercar nuestros textos a través de una “aula virtual”, para comunicarnos con nuestros alumnos, individual o globalmente, para actualizar temáticas, para tener la información de último momento… Pero debe ser nada más que eso, una herramienta, como también lo son las presentaciones electrónicas en Power point o un casete de audio o video. 

No podemos sucumbir ante la red y debemos guiar a los estudiantes en su empleo, como hacemos con nuestros hijos cuando empiezan a caminar, permitiéndoles andar pero sin dejar de observarlos para impedir sus caídas. Luego navegarán solos y tomarán sus propias decisiones. Pero para poder hacerlo necesitamos nosotros escudriñar el horizonte con atención para evitar que todos quedemos atrapados en la telaraña informática.

Notas 

1 Citado por Sontag, Susan (1996), Sobre la fotografía, Barcelona: Edhasa. 

2 Gaschke, Susanne (2000), diario Die Zeit, recogido por Kulturchronik, Noticias e informaciones de la República Federal de Alemania, Año 18, N° 

3 Bonn: Goethe-Institut, Inter Nationes. 

4 Entrevista a Herbert Marshall McLuhan. Casasús, José María (1974), Teoría de la imagen, Barcelona: Salvat Editores. 

5 Mafud, Julio (1985), Los argentinos y el status, Buenos Aires: Distal S.R.L. 

6 Bagnell Bury, John (1957), Historia de la libertad de pensamiento, Buenos Aires: Ediciones Populares Argentinas. 

7 Romero, Francisco (1975), ¿Qué es la filosofía?, Buenos Aires: Editorial Columba.


Una mirada a la red fue publicado de la página 96 a página99 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

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