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Stanislavski. En el mundo de la belleza

Keselman, Rony [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 11, Febrero 2009, Buenos Aires, Argentina. | 195 páginas

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No hay papeles pequeños, sólo hay artistas pequeños.

Esta famosa frase pertenece a Konstantín Serguéievich Stanislavski, (1863-1938), actor, director y autor ruso creador de una de las técnicas interpretativas actorales más revolucionarias de su momento. Práctica que, aún hoy en día, ejerce un enorme efecto sobre el arte dramático occidental. 

Stanislavski comenzó a desarrollar en 1897 junto a su aliado Vladimir Nemiróvich Dánchenko, autor y formador de jóvenes actores, un sistema de educación actoral que rápidamente gozó de amplia aceptación. Por esa época crea el MAT, Teatro de Arte de Moscú, el primer teatro de Rusia con una compañía profesional. 

Nemorovich-Danchenko, se encargaba de la parte literaria y administrativa, mientras Stanislavski se ocupaba de los actores y de la puesta en escena. 

El centro de operaciones que le permitió a Stanislavski poner a prueba y desarrollar sus originales y avanzados principios artísticos estaba ubicado en un viejo teatro llamado Ermitage, en la calle de Karetny Riad. Se trataba de un sitio precario que tuvieron que remozar para ajustarlo a sus necesidades. El Teatro de Arte de Moscú hizo su debut el 14 de octubre de 1898. 

El “sistema” de Stanislavski se basó en sólidos principios éticos cuyos objetivos eran, entre otros, desterrar “la teatralidad” (entendiendo por esto la sobre actuación o la falsedad en la construcción e interpretación de los personajes), acabar de una vez por todas con la mecanicidad en la que caían los actores al transitar una y otra vez los mismos textos, presentar sólo obras de gran calidad, como así también modernizar escenografía e iluminación y desterrar un curioso y singular “personaje” que no faltaba en ninguna puesta: el apuntador, que entre otras cuestiones, gozaba de la costumbre de salir a saludar cada vez que abandonaba su puesto. También le debemos al genio ruso la sustitución del telón ascendente por la moderna cortina que se abre de derecha a izquierda. 

Su revolucionario sistema de formación dramática nos legó un vasto número de herramientas actorales que aún hoy en día perduran y aplican actores profesionales tanto en clases de actuación como en los papeles y obras más disímiles. Tal vez una de las técnicas más populares sea la que bautizó como “memoria emotiva”, que consiste básicamente en evocar los propios sentimientos y experiencias pasadas para luego sustituirlos por los de los personajes en acción. De esta manera los intérpretes comenzaron a establecer un vínculo mucho más sólido y creíble al sumergirse en el universo interior de sus personajes, como así también con sus compañeros sobre el escenario y el público asistente. 

“El poeta, el artista, el pintor, el sastre, el operario, todos sirven al mismo objeto, al mismo fin, o sea al que el poeta ha puesto en la base de toda su pieza”. 

La belleza de esta frase radica en su profundidad y simpleza. Creo que el sistema Stanislavski puede definirse de esta manera: profundo, simple y práctico, pero también, comprometido y espiritual. 

Al hablar de Stanislavski no sólo nos situamos frente a un gran investigador, pedagogo, actor y director, sino, y por sobre todas las cosas, frente a un gran artista que se aventuró con absoluta pasión, entrega y valentía en las profundidades del alma humana, en las miserias cotidianas que cubren con un velo oscuro el hermoso y brillante diamante que todo ser humano anida en su interior, ese centro vedado por la cultura, las tradiciones y la educación familiar que puede ser rescatado de su estado de adormecimiento y latencia movilizando las energías que se agitan en su interior como las bravas olas de un tempestuoso mar en los confines de la más terrorífica e infinita noche oscura; el espíritu colectivo que mora invisible y esperanzado de ser liberado de las cadenas sociales que lo han condenado a un destierro involuntario y poco merecido. El eterno retorno del actor como un Edipo batiéndose contra la peste de una posmoderna Tebas cosmopolita en pleno siglo XXI.

 “La mente del actor debe estar abierta a las ideas de su tiempo, a los rasgos de su tiempo, profundizar en el pensamiento, conectar con el alma humana, observar la vida en su totalidad y cobrar conciencia de ella”. 

Cobrar conciencia de la vida y así vivir una vida consciente. La conciencia manifestándose en un aquí y ahora permanente, como la imagen de un peregrino que se encuentra siempre en el centro de un puente; hacia atrás el pasado, hacia delante, el futuro, ese horizonte engañoso que se aleja más y más mientras persistimos obstinadamente en acercamos. 

Cuando Stanislavski aconsejaba a sus actores detenerse a observar, estudiar y asimilar la simpleza y la complejidad de una flor como método para entender y aprehender la vida les estaba hablando de la totalidad, de la unidad subyacente en todo el universo. De la conexión espiritual entre los seres humanos y la naturaleza. De ahí el sistema orgánico, la organicidad como piedra fundamental de la búsqueda del actor en el papel dramático. Sólo un actor (un ser humano) empapado de conciencia global, universal, espiritual y orgánica puede llegar a comprender y a lograr ese estado de gracia, empatía y epifanía de la mano de los sentimientos y circunstancias del personaje que le ha tocado en suerte interpretar. He aquí “la verdad artística” de la cual nos habla Stanislavski. 

“Hoy haces el papel de Hamlet, y mañana el de figurante, pero aún en calidad tal, debes ser artista…” 

Debes ser artista… Sabias palabras que resuenan hoy en día, a veces con carácter imperativo, y otras, como una suave plegaria que arrulla nuestros oídos. En una época en la que el éxito fácil y efímero parece estar a la orden del día, que se imprime como una peligrosa consigna en la endeble formación cultural de la juventud; en un mundo que a pesar de desmoronarse todavía predica, lucha y se desvive por los “quince minutos de fama” pronosticados por Andy Warhol en la década de los sesenta, en éste mundo todavía se puede escuchar al maestro ruso susurrándonos al oído: debes ser artista. Un actor para adentrarse en la piel de su personaje debe desapegarse, ¿De qué? de su propio ego. Sólo así puede introducirse, comprender y traducir los sentimientos propios que el autor ha impreso en sus criaturas. Y al finalizar la función, luego del aplauso y el telón final, desprenderse de la ficción y del oropel de los escenarios. Dejar de ser Narciso contemplándose en el espejo para convertirse en la valiente Alicia atravesando dicho espejo, persiguiendo al inquieto conejo que porta el reloj que marca el pulso de las dimensiones que escapan a nuestra pobre naturaleza dual. Debes ser artista… debes ser valiente, debes ser entero, honesto, responsable y comprometido con el don que tienes entre manos, el don que no nos pertenece sino que nos ha sido entregado como un sagrado obsequio del cual tenemos que hacer uso para el bien social de nuestros pares tanto arriba como abajo del escenario. 

Stanislavski luchó toda su vida para que “la verdad artística” subiera a los escenarios. La búsqueda de la verdad en el arte no es otra cosa que la búsqueda de la verdad en la vida puesto que una vida verdadera es una vida artística. 

Todo sistema orgánico resume arte. El diccionario de la real academia española define la palabra arte, entre otras cosas, como la virtud, disposición y habilidad para hacer algo. 

La vida puede dejar de ser rutina, mecanicidad y automatismo para convertirse en arte si le imprimimos virtud, disposición y habilidad para realizar todas aquellas pequeñas tareas que nos tocan en suerte día a día. Al respecto citaré una de sus frases que hace referencia a los primeros tiempos del MAT: 

“La justicia exige que digamos que entre todos nuestros errores de entonces se hallaba latente una esencia creadora sumamente importante, que es la base de todo arte: la tendencia hacia la auténtica verdad artística. Esta verdad artística era entonces sólo exterior entre nosotros; era la verdad de las cosas, de los objetos, de la ropa, de los sonidos, de la imagen externa del intérprete. Así conseguimos que subiera al escenario la verdad auténtica aunque sólo fuese exterior, mientras en los demás escenarios imperaba la mentira y la falsedad teatral, lo que nos abría ciertas y amplias perspectivas para el porvenir.” 

Para llegar a penetrar en el mundo de la belleza hay que rescatar la pureza del corazón que se encuentra en la esencia misma del ser. Stanislavski hurgó sin descanso en la esencia de sus personajes, en el devenir de sus conflictos enmarcados para siempre en bellas, intensas y urgentes historias. 

Puedo imaginarlo hoy sentado junto a Antón Chéjov, tomando el té en un jardín de cerezos mientras un par de delicadas gaviotas revolotean a su alrededor, en una tarde apacible en la que ambos contemplan en silencio la esplendorosa y artística belleza de la naturaleza que se despliega majestuosamente como el más perfecto escenario jamás soñado. 

“No tratéis de abriros paso a empujones para ocupar las primeras filas en la profesión; no busquéis distinciones ni recompensas; dad, en cambio, lo más posible de vosotros mismos para llegar a penetrar en el mundo de la belleza” 

Dar belleza y recibir belleza. Así es y así será.

Referencias bibliografías 

- Stanislavski, Konstantín (1987) El arte escénico. México DF: Siglo veintiuno editores. 1º edición. Decimoprimera edición en español. 

_______________________ (2007) La construcción del personaje. Madrid: Alianza.


Stanislavski. En el mundo de la belleza fue publicado de la página 133 a página134 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

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