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Enseñar y aprender

Incorvaia, Mónica Silvia [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 11, Febrero 2009, Buenos Aires, Argentina. | 195 páginas

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La incorporación de la enseñanza de la fotografía en la Argentina como disciplina académica es reciente. Podríamos decir que su sistematización en instituciones de nivel terciario tiene unos diez años aproximadamente y algunos menos en la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. 

Con anterioridad, la enseñanza se realizaba en los fotoclubs y comprendía a unos pocos apasionados por conocer, en forma específica, el desarrollo de la técnica; si bien estos lugares llegaron a ser numerosos en los años 60 del siglo XX y refugio para muchos profesionales de gran nivel artístico. 

Con relación al resto del mundo, fue la célebre Bauhaus, en los años posteriores a su inauguración, la que incorporó esta disciplina, teniendo profesores de la importancia de Herbert Bayer, Walter Peterhans y Lazlo Moholy Nagy, entre los más destacados. 

A su vez, en la Argentina, la fotografía como arte masivo y popular también se da en la última década de ese siglo. Basta con saber que su ingreso en el Museo Nacional de Bellas Artes de la Ciudad de Buenos Aires, con exposiciones permanentes, se hizo efectivo en 1998, luego de ingentes esfuerzos por parte de distintas instituciones para darle la categoría que otros países le habían conferido muchos años antes. Téngase en cuenta que la primera muestra fotográfica realizada en el Museo Metropolitano de Nueva York se efectuó en 1922. 

No por ello debemos omitir que existieron en Buenos Aires, e incluso en algunas ciudades de las provincias más productivas, galerías de arte y aun galerías fotográficas que hicieron lo suyo para difundir la fotografía ya hacia fines del siglo XIX. Tal el caso de la Casa Witcomb, pionera en la composición y representación del retrato de sociedad y el más que encomiable trabajo de Fernando Paillet, oriundo de la localidad de Esperanza, Santa Fe, quien realizó el primer registro documental de una ciudad y su gente hacia 1920. 

Lo mismo sucede con la fotografía en sí. Argentina fue el último país del continente americano en recibir el invento hacia 1843, ya que debido al bloqueo anglo-francés, cuando se produjo en 1840 la llegada al Río de la Plata del proceso fotográfico conocido como daguerrotipo, la nave que transportaba a los enviados del gobierno francés no pudo arribar al puerto de Buenos Aires. Tampoco contó con el beneplácito del gobernador Don Juan Manuel de Rosas, quien consideraba el invento “cosa e’gringos”. 

Mejor suerte tuvo en Brasil, pues recibió los auspicios del emperador Pedro II, quien la consideró una cuestión de Estado, y él mismo se dedicó a difundirla. Otro tanto sucedió en Uruguay donde la presencia de los emigrados argentinos posibilitó que tuviera una muy buena acogida, ya que Florencio Varela formó parte de los pioneros que experimentaron con la fotografía. 

Así, y luego de muchas décadas, observamos una interesante relación entre la aceptación como proceso mecánico, su integración dentro de las Artes Visuales y su categorización como Carrera de Grado.

Ubicados en este contexto, asistimos en los últimos años a la profesionalización de la fotografía, que permite, en el ámbito universitario, conformar una especialidad que aúna conocimientos técnicos específicos y formación académica de grado. ¿Qué aporta este último punto para el profesional fotográfico? Si bien es indispensable el desempeño técnico, el desarrollo intelectual posibilita admirar, entender y destacar a los antecesores de este medio, ubicándolos en tiempo y espacio, a través del conocimiento de las técnicas por ellos empleadas y de sus respectivas producciones. 

En el libro Leyendo fotos, Sara Facio transcribe un texto publicado en el diario Clarín en 1986, donde el autor del artículo menciona que: “Las imágenes, además de ese profundo compromiso social, deben estar apoyadas en el dominio técnico y en una concepción estética. Todo al servicio de la comprensión, el respeto y la interpretación de los problemas del hombre.” (2002, p. 82). 

De este modo, tanto para un estudiante de Indumentaria o de Publicidad o de Diseño, el cursar alguna materia electiva de la carrera específica de Licenciatura en Fotografía amplía su propio panorama, agudiza su mirada. Le permite adquirir destrezas en sus estudios y conocer indicadores de diversos estándares en relación con sus ocasionales compañeros. 

Sea cual fuere el rango elegido, siempre partimos de un inevitable eje histórico que nos permite ubicarnos en tiempo y espacio e ir aunando la tecnología de última generación con los rudimentos iniciales de la profesión. Este aspecto es de vital importancia para nosotros, ya que el conocimiento posibilita una visión general de los acontecimientos y de las situaciones que lo generaron. Toynbee considera que: “La historia es el estudio de los acontecimientos humanos ocurridos en el pasado (…) como los hechos humanos tienen una mayor importancia para nosotros que los de cualquier otra índole, en el caso de que la historia fuese una ciencia exacta, no cabe duda de que sería también la madre de todas las ciencias, en cuanto a fines netamente prácticos.” (1966, pp. 9/10) 

Así, cuando nos referimos a un Ensayo Fotográfico, nos remitiremos a algún ícono de nuestra historia, como es, en este caso, W. Eugène Smith, el maestro en esta especialidad, y su seguidores en la Argentina como lo fueron en su momento el rubro Facio-D’Amico y Adriana Lestido, en la actualidad. 

Si del uso de la luz se trata, por ejemplo, surgen nombres de gran trascendencia que acompañan también el sentido sociológico del retrato en toda su dimensión: Félix Nadar, Julia M. Cameron, Etienne Cajart, en el siglo XIX, así como Alfred Stieglitz, Arnold Newman, Anatole Saderman, en el XX, por nombrar sólo alguno de los más conocidos. 

La fotografía de moda trae consigo a aquellos que le dieron origen: Edward Steichen, Helmut Newton, Horst P. Horst, Richard Avedon, entre otros no menos destacados. 

La experimentación cuenta con figuras de la talla de Man Ray, Grete Stern, Christian Schad, entre los pioneros. 

De manera tal, al surgir esta posibilidad de la Tutoría de la Carrera, se ha conformado un panorama de estilos, representaciones y aplicaciones que conforman un más que interesante y heterogéneo panorama visual. 

Los alumnos que asisten a este espacio son conscientes de las pautas que deberán cumplir y demostrar, en un lapso breve, el grado de conocimiento de la materia. 

Son ellos mismos, también, quienes aceptan la determinación del momento en el que serán evaluados, pues comprenden la índole de la temática sugerida. 

Para ello se analizan las respectivas planificaciones, se tiene en cuenta la bibliografía utilizada y se establece un cronograma de trabajos para apreciar en qué punto se encuentra cada uno y cuál es el estado del conocimiento adquirido. A tal efecto, se desarrolla un diagnóstico que deberá observar aspectos académicos prioritarios para la continuidad de su carrera y para la aprobación del examen final, estableciendo una red que enlace el desarrollo histórico con la incidencia que la fotografía tiene como referente de ese desarrollo. 

Para ello se tienen en cuenta ciertas cuestiones específicas, tanto técnicas como teóricas, que permiten apreciar los conocimientos adquiridos durante la cursada específica, la situación del momento y el porqué se llegó a esta instancia. 

Los objetivos pedagógicos están establecidos en función de la importancia que la materia tiene en la formación académica de los futuros profesionales, teniendo en cuenta los valores y conceptos para lograr desarrollar capacidad creativa y analítica. 

Rebeca Anijovich en un artículo académico sobre Conductismo considera que si “educar es programar adecuadamente estímulos y refuerzos para modelar, lo fundamental [para nosotros en esta etapa específica] es determinar con precisión las conductas procedimentales y elaborar un plan para obtenerlas como resultado”. 

Todos los profesores designados para el desempeño de estas Tutorías cuentan con el asesoramiento del Equipo de Gestión Académica, encabezado por Cecilia Noriega y Carlos Caram que siempre están dispuestos a recibir consultas, derivar casos específicos y colaborar en este emprendimiento. 

La muestra fotográfica que genera la posibilidad de exhibir los propios trabajos de estos alumnos previos, es todo un desafío que reporta la exigencia de “ver y verse” y compartir una experiencia para algunos de ellos inédita, porque provienen precisamente de otras carreras de la Facultad que no poseen este recurso pedagógico. 

Así, parafraseando al investigador brasileño Boris Kossoy, profesor de Historia de la Fotografía en la Universidad de San Pablo, una exposición fotográfica tiene, a través de su producción, la particularidad de establecer lazos y contactos entre seres que se desconocen entre sí y que están “unidos arbitrariamente, mirándose los unos a los otros y congelados en una edad y un tiempo predeterminado”. 

La instancia de la mini-muestra es para muchos la culminación de un largo aprendizaje, que no sólo reporta el cumplir con la tarea encomendada, sino que tiene el valor agregado de darse a conocer y exponerse a la mirada y la crítica de profesores y compañeros. 

El panel conceptual que acompaña cada trabajo también es de vital importancia, ya que constituye el soporte escrito de lo que cada alumno ha realizado. No se trata de un simple cúmulo de información sino de la posibilidad de poder explicar brevemente, en forma personal, cuál ha sido el recorrido seguido para llegar a esta realización. 

Podríamos decir que se trata de “la carta de presentación” de cada uno de los trabajos concretados, a través de las propias palabras del alumno. Este recurso es de vital importancia, ya que permite establecer una conexión entre el producto final y quien contempla la obra definitiva. 

De esta manera, se presentan diferentes visiones, en función de cada materia en sí, cerrando el circuito de un trabajo profesional que tiene un gran valor académico. 

El presente artículo basa su análisis en la exposición aludida, sin dejar de lado otros recursos pedagógicos que, de acuerdo con la cursada respectiva, también se desarrollan. Nos estamos refiriendo a carteles, afiches, powerpoint, que otras materias demandan y que serán analizados especialmente en otra nota. 

En este caso específico, la exposición fotográfica que se realiza en la sede de Jean Jaurès, no es sólo un simple registro, implica la posibilidad de mostrar y dar conocer diferentes habilidades y criterios que dan cuenta de la capacidad personal y de la formación recibida. 

A través de ella se percibe en qué punto se encuentra cada alumno y cuáles serán sus posibilidades profesionales a futuro. La fotografía en sí aúna un eje técnico indiscutible y un valor sentimental y emocional del cual nadie queda exento. Ya desde sus orígenes se estableció este gran debate como forma de mostrar una realidad, muchas veces reinterpretada. 

Así, hacia fines de 1920, Lázlo Moholy Nagy, representante de la Bauhaus en su más puro estilo, manifestó: “Una fotografía buena es una obra de creación, y no un producto mecánico, a pesar que en la mayoría de los casos se ha conseguido con la ayuda de una máquina. La máquina es simplemente un utensilio complejo en manos de personas que de modo eventual desean expresarse con ella”. 

Por lo tanto, el desafío consiste precisamente en reunir estas habilidades para poder lograr un trabajo académico sustentable. 

Resulta más que interesante que en una época dotada de una gran tecnología que permite modificar, recrear y hasta adaptar, la fotografía sigue siendo ese fenómeno que conmueve tanto al espectador que observa como al fotógrafo que la ejecuta. 

Roland Barthes la definió como una estructura que posee canales de información susceptibles de ser modificados por la propia interpretación cultural. 

Como experiencia pedagógica, es más que gratificante observar la expectativa y la ansiedad de cada uno de los autores al momento de dar a conocer dicha producción fotográfica. 

No se trata de un sencillo trámite para poder aprobar la materia, sino que involucra a quienes somos los actores en este juego de miradas y evaluaciones. 

Los alumnos son conscientes del desafío y lo afrontan con entusiasmo y seriedad. Ellos mismos comprenden la importancia y la oportunidad que la Universidad les brinda y paulatinamente van asumiendo este reto con responsabilidad y seriedad. Por supuesto que el resultado tiene múltiples matices, dependiendo de la propia capacidad, el compromiso adquirido y la dedicación que le ponen a esta instancia. 

Quién llega con la premura de poder pasar este requerimiento, advierte que las condiciones pueden estar dadas o no y tiene en cuenta la trascendencia de exhibir su propia obra y de demostrar los conocimientos adquiridos. Cada materia reporta una especial dedicación y la multiplicidad de contenidos posibilita que puedan establecerse parámetros propios en cuanto a la calidad en la representación fotográfica. 

Una representación fotográfica que “queda fijada para siempre”. Quizá porque, a diferencia de otras disciplinas, la producción es pública, está para ser vista, para “congelar un momento”. Queda a disposición de los demás. 

Joan Fontcuberta, en su libro El beso de Judas, pone de manifiesto esta situación al comentar que: “fotografiamos para preservar el andamiaje de nuestra mitología personal”. Y, efectivamente, más allá de la consigna solicitada, el trabajo brinda la posibilidad de demostrar la propia personalidad y hasta el “estilo” que cada alumno posee. 

En un siglo tan “visual” y con multiplicidad de posibilidades técnicas, puede sonar elemental hablar de la sorpresa que deviene al observar una fotografía, pero eso es lo que tiene de “mágico” la imagen, siempre nos sorprende o nos conmueve, puede disgustarnos o ser rechazada pero es indudable que opera en el espectador algún resorte emocional, nunca es indiferente. 

Hacia los años 80 del siglo XX, el fotógrafo Arnold Newman opinaba que “la fotografía no es real, es una ilusión de la realidad” y hoy, cuando muchos investigaciones ponen en duda esa realidad de lo que una fotografía nos muestra, esa “representación o ilusión de la realidad” es la que nos permite acercarnos al estado del conocimiento de una obra en cuestión. 

Marc Bloch en su libro Introducción a la historia considera que “siempre nos parecerá que una ciencia tiene algo de incompleto si no nos ayuda, tarde o temprano, a vivir mejor”. En este caso, la disciplina fotográfica, quizá no nos sirva para vivir mejor, pero nos permite enriquecernos con “el otro”, con lo que estamos viendo, conociendo, aprehendiendo. 

El ejercicio de observar tal multiplicidad se da precisamente en esta instancia, donde desde diferentes “puntos de vista”, como denominó Niépce a sus primeras imágenes, podemos llegar a una aproximación de la multiplicidad de ofertas y registros que la muestra pone ante nuestros ojos. 

No sabemos si se ha logrado captar el “aura que escapa de estas fotografías”, tal como lo definiera Walter Benjamin, pero sí somos conscientes que hemos intentado aportar el caudal de formación que trajo cada alumno para tratar de acercarnos a un resultado adecuado. 

Por eso consideramos que la fotografía es un arte en la medida que pueda manifestar una sensibilidad determinada, sea ésta la promoción de un producto, el testimonio periodístico, el retrato en sus múltiples interpretaciones, la aplicación de técnicas específicas o el registro de una situación, entre otros aspectos. 

Está comprendida dentro de la disciplina académica formando parte de una totalidad de conocimientos y habilidades que es necesario acrecentar y enriquecer. 

El espacio de tutoría constituye una herramienta de gran valor pedagógico que posibilita a determinados alumnos, que por diferentes razones no han podido cumplimentar su materia en tiempo y forma, acceder a una oportunidad para continuar su carrera troncal. 

Atentos a las circunstancias planteadas, intentamos establecer los tres rasgos esenciales que devienen en una etapa de aprendizaje de estas características: 

• Perdurabilidad Adquirir mecanismos de estudio sustentables y permanentes. 

• Transferencia. Aprovechar los recursos adquiridos para aplicarlo en otras instancias de estudio. 

• Metacognición. Aplicar las estrategias que se han desarrollado para lograr una autonomía creciente en el desempeño profesional.

Sirva, pues, la muestra fotográfica como ensayo para el gran desafío que comporta ser, a la postre, profesionales aptos y capacitados en un mundo exigente y demandante.

Referencias bibliográficas 

- Anijovich, R. (2006) Apuntes Conductismo. Introducción a la Didáctica. Buenos Aires, Universidad de Palermo. 

- Bloch, M. (1957) Introducción a la historia. México: Fondo de Cultura Económica 

- Facio, S. (2002) Leyendo fotos, Buenos Aires: La Azotea. 

- Moholy Nagy, L (2004) Pintura, fotografía y cine. Barcelona: Gili 

- Toynbee, A. (1966) ¿Para qué estudiar historia?, Buenos Aires: Emecé.


Enseñar y aprender fue publicado de la página 191 a página194 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXI

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