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Si Bolívar hubiera implementado los polders

Figueira, María Rita [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 12, Agosto 2009, Buenos Aires, Argentina. | 203 páginas

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Desde el 2007 se ha propuesto que el Trabajo Práctico Final de las asignaturas Comunicación Oral y Escrita, Taller de Redacción e Introducción a la Investigación tengan como tema excluyente la “Historia de mi familia”, la de cada alumno. Cuando el Decano de la Facultad de Comunicación y Diseño, Licenciado Oscar Echevarría, planteó ese contenido –en ese entonces novedoso– despertó en mí un caudal importante de adrenalina. Me dio un poco de vergüenza porque mi cara se asemejó ciertamente a la de una criatura en una heladería o en un parque de diversiones. Imaginé trabajos originales, profundos, variados y jugados. Me traicionó mi mirada de júbilo porque sentí que me hacía fuerte en la posibilidad de transmitir y contagiar al alumnado. 

Y lo logré. 

La primera experiencia llegó de la mano de un curso de Comunicación Oral y Escrita durante el segundo cuatrimestre de 2007. Se lo comuniqué a los treinta y pico de alumnos con determinación y tiempo de sobra para perfilar la tarea. Me sentí la actriz Caryn Elaine Johnson animando la ceremonia de entrega de los premios Oscar ¿Por qué? Porque es el verdadero nombre de Whoppi Goldberg y en verdad, para animarlos a todo, a soñar, a elevar su intelecto, a sentir el poder de la creatividad, a ser libres, fui histriónica, ingeniosa y hasta cambié de color. Mi misión era despertarlos, entusiasmarlos… 

¡Que “cambiaran de hábito”! 

Culminé la disertación sobre esa propuesta de TP Final, exhausta y expectante. 

Si busqué en ese momento un alimento balanceado para mi ego o vitaminas para la esencia docente… caí derrotada y mi espíritu sucumbió por inanición. Hasta el mismísimo Franz Kafka me hubiera mirado compungido, como con pena, e incluso Gregorio Samsa –mirándome fijo– seguramente hubiera rociado su habitación con Kaotrina ante mi presencia. 

Los jóvenes tuvieron la reacción facial de un tótem de la Isla de Pascua, la adrenalina de una siesta santiagueña, el misterio y atractivo de un boleto de la línea 60 de colectivos urbanos. Otros, los más receptivos, mostraron un desagrado lindante con lo nauseabundo y el malestar gestual opacó la expresión argentina que supimos contemplar hace pocos días cuando se jugó la Copa Davis. Sentí lo que Robinson Crusoe en sus tardes. En sus noches ¿Mañanas? Pero también experimenté lo de Tom Hanks en El náufrago. Luché y luché hasta salir de esa isla perdida. Si bien cuando uno enfrenta un curso nuevo siente que el cónyuge perdido ya se casó de nuevo… sabe que se abren las puertas a otros corazones, a otras vidas. Insistí, me puse el overol y fui Javier Mascherano, las Leonas, una Nadal sobre polvo de ladrillo. Tuve actitud y los contagié. Los llené de un alud de posibilidades, de inquietud, de obsesión. 

Las primeras reacciones no fueron adversas. No fueron, directamente. No las hubo. No existieron. El que más redondeó una respuesta lo hizo a través de un bostezo circular, lento y meticuloso. 

Incluso –quijotesca ya– inauguré un ejercicio con revistas de las décadas del 40 y 50. Hice que las actualizaran haciendo una comparación con lo que podría ser ese ejemplar en pleno siglo XXI. Les hice ver la película Casablanca y que hablaran de su familia en la época en la que el éxito de Michael Curtiz fue ambientado. 

Allí, un gran porcentaje se mostró hostil a tomar contacto con sus ancestros pues ya habían muerto (Allí me percaté que ninguno era familiar de Highlander) o no se sabía nada de ellos. Como si debiéramos de desechar a Oscar Wilde, Borges o Marguerite Duras, entre tantos, por no poder entrar a sus blogs o facebooks ¿Dónde quedó esa frase maravillosa del tango Los mareados?: “Hoy vas a entrar en mi pasado, en el pasado de mi vida...” Afortunadamente Cobián y Cadícamo no le dieron la espalda a lo pretérito. 

Mal que me pese, debo confesar que hasta sentí que talvez esa teoría un poco bizarra sobre que venimos de París en cigüeña o de abajo de un repollo, era totalmente probable. Nadie entendía que existen raíces, orígenes, la historia misma de cada uno. 

Y llegó el día D. 

Luego, aparecieron pequeños brotes de lo sembrado. (Frase cursi si las hay… pero es que también fui sensiblera con tal de que ellos tomaran el viaje a la historia de sus familias) 

Y llegó un tatarabuelo del sur de Italia que había sido contador de la mafia siciliana. Y supimos que había huido hasta recalar en el Ecuador formando una familia que en 2007 –muchas décadas después– mandaba a una integrante a estudiar en la Universidad de Palermo para ser la vocera del derrotero de aquel ex mafioso. 

Paulatinamente, los alumnos se fueron sumando al desafío. Y tuve premios parciales, goles sobre la hora, golosinas en el estado de ánimo. 

Aparecieron temas interesantísimos que tenían a la familia de cada uno como protagonista. Cada testimonio desarrollado fue un guión cinematográfico. Y fue así como tomamos contacto con exilios, vivencias desde lo religioso, vocaciones, ideología política, desengaños amorosos, hasta llegar a una historia totalmente de ficción. 

Y mucho más. 

El anarquismo como marca de una generación en la mirada de una bisnieta que –con indulgencia– contó cómo su bisabuelo albañil construyó una iglesia que luego como anarquista voló de una bomba en Burgos. 

El peronismo en la visión de los héroes anónimos que tuvo el General y también la vereda de enfrente. Un tío abuelo antiperonista, sí periodista, que emigró a Estados Unidos para no volver nunca más. Y la emoción de un viaje planeado a futuro a partir del trabajo práctico. Se movilizó toda la familia entre llamadas, lágrimas de emoción y un pasado pleno de piedras en el camino. 

Un alumno reacio a colaborar, rebelde, indiferente hasta el límite de uno no saber si era genuino su despiste o finamente provocado: hizo uno de los trabajos más sensibles que se haya visto. Su abuela tocaba la guitarra. Le transmitió el sabor de la música. Una herencia plasmada en su tarea, hasta al llevar el banquito de esa mujer cuando niña, cuando era una jovencita que ni pensaba lo que significaba tener un nieto. 

Y hubo mascotas que contaron la historia de la familia como el Flush de Virginia Woolf. Los deportes como lenguaje en común con data precisa, recuerdos y material de archivo. 

Y allí se vieron dos clases de trabajos: 1. Aquellos que poseían en la familia un personaje de tal magnitud que resultaba un imán insoslayable. Ejemplo: abuelos gobernadores, padres artistas, bisabuelos pioneros en lugares remotos, tíos famosos, etc. Una alumna, al pasar, como quien comenta: “Mi tío jugaba a las bochas en Parque Centenario” nos contó que su abuelo había sido presidente de la Juventus de Turín. Otra, resultó la nieta del autor de Gotán, el excelente dramaturgo, Julio Tahier. 2. Y los que tuvieron en cada alumno un alquimista que encontró la fórmula mágica para captar y hallar un elemento, lenguaje, factor común que dictara lo que esa familia podía brindar a la cátedra. Ejemplo: los parientes a través de sus narices enormes y raras, de las dietas para adelgazar, la gastronomía, las navidades transcurridas en un sanatorio, las mudanzas, etc. 

Y no faltaron las perlas. Un alumno colombiano supo el motivo de los tatuajes de su abuelo y sus tíos abuelos. Tres de ellos enamorados de una misma mujer: su actual abuela. Se enteró de una historia donde jamás mejor decir que la realidad supera la ficción. 

Y apareció el creador del himno vasco, un gobernador de las Islas Malvinas (el primero), una abuela con Alzhaimer en Colombia y otra, alcaldesa de una ciudad de Chile. Una abuela que fue reina de la belleza en Cúcuta. La leyenda de la Quintrala, un personaje chileno de la época de la colonia. Un abuelo presidente y otro que de la nada se erigió en el principal productor de tabaco de su país. Dobles familias, abuelos en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Una abuela ucraniana que arrastró de por vida el resentimiento de que la separaran de su gran amor. Una familia entera relacionada a varias aerolíneas. 

Y mucha presencia de la historia de nuestro país en un powerpoint. La paradoja de abuelos inmigrantes que vinieron “a hacer la América” desde Italia y nietos que hoy huyen de Argentina para ir a trabajar al mismo lugar que expulsó por ese entonces a sus ancestros. 

El antisemitismo sufrido por europeos del este se vio reflejado en muchísimos alumnos que lograron explicar el sentir de esos familiares sufridos cuyas heridas jamás cicatrizaron. Y la generación actual tomó contacto con el padecimiento que habitualmente se ve en el cine para sentirlo como propio, jamás desde el dramatismo barato, sí desde el respeto y la mutua sensibilidad. 

Hubo historias de amor y de desamor. Picardía, drama y comedia. 

Varios alumnos supieron cosas que nunca siquiera se habían mencionado. Otros tantos, entendieron la causa de muchísimos interrogantes tácitos que coexistían latentes en sus respectivas familias. 

Abuelas que en El Líbano conocieron el paraíso y el infierno. La República Argentina fue la esperanza para una vida posible. 

Un alumno entrerriano narró con visible emoción el destino de toda una comunidad: Federación. La ciudad quedó bajo el agua por causas –treinta años atrás– de la construcción de la represa de Salto Grande. Una foto mostraba a su abuela observando la casa que iba a desparecer. La misma familia, los mismos vecinos actualmente poseen las vivencias de la Nueva Federación, cerca de aquellos recuerdos que yacen bajo el agua. 

La danza, las recetas, la estética, el rigor, la religión fanatizada. Todo, absolutamente. 

Indudablemente, hay un límite sutil entre el compromiso de cada alumno con el Trabajo Práctico Final y la confusión o el riesgo de caer en una desubicada terapia de grupo. 

Me aventuro a decir que, con excepción de algunos que nunca faltan, el alumnado actuó a la altura de las circunstancias… con creces. Investigaron, crearon, buscaron, consiguieron, preguntaron, respondieron, hicieron y deshicieron. 

Entiendo que cuando a los alumnos se los incentiva de manera constante, sin prisa pero con genuino interés también por parte nuestra, responden combinando sensibilidad y disciplina, esfuerzo y solidez. 

Nobleza obliga: me pongo las pilas porque el tema me interesa. Se me allana el camino y brindo compromiso y entrega. Trabajo para que me suceda lo mismo siempre. No sobra entusiasmo por parte de los alumnos. Debe existir desde nuestro rol, sí o sí. A veces uno se siente como pez en el agua. Otras, como verdaderas pirañas y muchos de los jóvenes allí sentados son las víctimas. Nadie nos quita la posibilidad de soñar con dejar alguna pequeña –no sé si huella– señal para despojarlos de prejuicios e inculcarles que lo único que los hace libres es su propia cabeza y la actitud de vida. 

La frase que se le atribuye al gran Simón Bolívar: “He arado en el mar” implica una gran frustración a pesar de que venga de uno de los prohombres de nuestro continente. En la cotidianeidad de cada uno de nosotros está implícita, marcada a fuego. Pero existen los polders. Esos terrenos ganados al mar. Allí se puede sembrar y ver los frutos.

Vocabulario relacionado al artículo:

comunicación . escritura . trabajo final .

Si Bolívar hubiera implementado los polders fue publicado de la página 45 a página47 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

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