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Hacia una perspectiva indoeuropea en la enseñanza de idiomas. El porqué es recomendable un buen dominio del castellano si se desea aprender otras

Pittaluga, Pablo E.

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

ISSN: 1668-1673

XVII Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación 2009.

Año X, Vol. 12, Agosto 2009, Buenos Aires, Argentina. | 203 páginas

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Es habitual, predecible y esperable escuchar hoy en día la consabida norma empresarial acerca del dominio del inglés u otro idioma en tanto aspiraciones efectivas de los postulantes. Pocos puestos no exigen un nivel al menos básico a intermedio de tales conocimientos si se pretende acceder a un plan de carrera. Incluso algunas multinacionales de renombre requieren dos y hasta tres idiomas hablados fluidamente en ocasión de asignar tareas a cuadros gerenciales en el extranjero. Lógicamente, el campo del diseño y la comunicación no sólo no es ajeno a esta tendencia sino que fue de los primeros en reflejarla, a principios de la década de 1990, cuando la interrelación del comercio mundial tomó el curso actual, ayudada por la ya avanzada tecnología de comunicaciones. 

Y mucho se ha dicho, también, sobre las dificultades de muchos hispanohablantes (o de lenguas romances en general) para adquirir los modos, conjugaciones y en ocasiones aparentemente imperceptibles sonidos vocales y combinaciones consonánticas de las lenguas de Shakespeare o Goethe. Y, paradójicamente, dentro de nuestro riquísimo y muy dinámico idioma yacen las claves para poder aprender con mucha más facilidad y practicidad que la mera memorización idiomas de otras naciones de Europa, que son hoy día internacionales y no están ya conminados al aislamiento de hace algunas centurias. Contrariamente a lo que uno pueda pensar, esas lenguas son parientes –aunque lejanas, pero parientes al fin– de la nuestra, alejadas en un proceso que ya lleva nueve mil años. 

Las teorías más aceptadas por los lingüistas de hoy adscriben el urheimat del PIE (Proto Indo Europeo) a las llanuras de lo que hoy es Ucrania, alrededor del año 5000 AC. Estas gentes, de las que nada más se sabe, pues su lengua ha sido reconstruida y nunca fue escrita, llevaban consigo tres características que todos los pueblos desde Escandinavia hasta el norte de la India han heredado: dominio de los equinos (medio de transporte), ingesta de carne y alcohol (en India reservada a las castas arias, o iranias, es decir nobles), y adoración de trinidades. Todas las religiones indoeuropeas implican una trinidad. Su máxima divinidad, Dyaús Pháter, se refleja en Zeus, Júpiter, Dyeus, Odín, y toda denominación Euroasiática que implique deidad suprema, incluso en castellano actual. Y así, cambiando y transformándose, de región en región, llevaron su idioma, que se difundió por toda Europa y Asia hasta las sucesivas ramas diferenciarse tanto que resultaban ininteligibles entre sí. Pero eso no es todo. 

Las lenguas indoeuropeas son hoy todas las comprendidas en la franja territorial mencionada (danés, español, alemán, ruso, hindi, farsi, etc.), con excepción de cuatro no indoeuropeas: vasco, estonio, húngaro y finlandés. 

La primera es un misterio aún no develado ya que no tiene relación con ninguna otra en el mundo, aunque se cree que es pre-indoeuropea. Las restantes tres fueron llevadas a Europa desde Asia por las tropas de Atila, hacia el 400 DC. Miles de años de evolución y separación territorial (influenciada por migraciones y guerras internas que desplazaban población de un lado al otro –y desde hace 500 años hacia las Américas-) motivaron cambios constantes en el PIE y luego el IE, incluso entre pocos kilómetros, más con una base lingüística cierta y comprobable. 

La palabra reconstruida PIE ekvvós (caballo), nos resultaría absolutamente ajena en un principio, salvo que pensemos alternativas. Equino, hipódromo. Bien, para los griegos, hace tres mil años, ekvvós ya se había transformado en íppoi, y para los romanos hablantes de latín, ékwoi. Y así se nos aclara la perspectiva, y ese método podemos usarlo con idiomas modernos en muchos casos. Tomemos las palabras Rodrigo (Roderick), y guerra (werra). Son germánicas, godas, llevadas por una corriente inmigratoria que llegó desde Suecia a España alrededor del año 300 DC, y que impregnó toda la cultura hispánica para desaparecer en 712 con la invasión musulmana de España. Pero por ejemplo, una palabra como standard no debería ser utilizada en esa forma en castellano, ya que es francesa y tenemos un equivalente: “estandarte”, símbolo principal. El importar innecesariamente no enriquece sino que limita. Aunque podríamos asumir este proceso como inevitable, dado que ocurre desde siempre. 

Hoy día, las lenguas indoeuropeas de Europa comprenden tres grandes subfamilias: eslava (ruso, checo, polaco, etc.); romance (español, catalán, italiano, francés, portugués, rumano y otras) y germánica (alemán, sueco, inglés, noruego, holandés, danés, y algunas otras). El inglés del Reino Unido supersede, a su vez, a una muy antigua familia indoeuropea, la celta (a la que pertenecen el bretón en Francia, el gaélico en Escocia, Gales e Irlanda y muy lejanamente ciertas palabras del gallego, como “castro”), la cual se encuentra en graves problemas para sobrevivir. Todas estas subfamilias se parecen mucho al interior de cada una, y más distantemente con respecto a las demás. El apellido Molinero en Italia y España se dice y escribe igual, más en Alemania e Inglaterra cambia respectivamente por Müller y Miller. Lo mismo sucede con “martes”, que equivale a mardi en francés. Ambas palabras se basan en el dios romano Marte; Tuesday y Dienstag corresponden al dios escandinavo equivalente Tyr. 

Nadie hubiera imaginado al inglés como lingua franca mundial hace 400 años. Cualquier predicción hubiese asignado tal rol al francés, alemán, español o portugués, dadas la riqueza cultural que todas ellas poseen y sus ordenadas estructuras. El latín unificó Europa hace dos mil años, y ciertas universidades han expresado que lo preferirían por sobre el inglés como idioma académico. Pero las cosas han sido diferentes, y la expansión del inglés ha estado dada más que por su presencia política por su relativamente simple estructura de conjugación –al estilo germánico del norte– junto con la abundancia de palabras latinas muy reconocibles en el resto de Europa y el mundo. 

El inglés es una gran mezcla de todos estos elementos mencionados, aparentemente tan confusos. Todo es indoeuropeo, pero de diferentes orígenes y épocas. Los romanos dejaron palabras latinas idénticas a las nuestras, fundamentalmente en medicina y biología o títulos (cephalea, nausea, senior –señor–, bacteria –plural bacterii–). Lo escandinavo y holándico está presente en los días de la semana (Thursday, día del dios escandinavo Thor, o Wednesday, de su padre Odín) y en los comparativos y superlativos (er, est) que en lenguas romances no existen de esa forma, pero en ocasiones se usa more, “más”, y eso sí es bien reconocible en castellano. Franceses entrando en Inglaterra con Guillermo de Normandía en 1066 (francés de origen escandinavo, pero de usos y costumbres plenamente franceses) llevaron 50% de las palabras “inglesas” de hoy (collaboration, table, form, memory), incluyendo por supuesto formas latinas de expresión, similares a las nuestras. Esto no fue pacífico, toda la nobleza anglosajona fue exterminada en 20 años, por lo que el francés permaneció como lengua noble durante largo tiempo. 

También la S posesiva, (University’s, equivalente al alemán Universitats) existe en inglés, al igual que en griego (patheros, perteneciente al padre); debemos tener siempre presente que, especialmente en inglés, las reglas no son permanentes y que si queremos hacer analogía debemos adoptar la forma latina sólo cuando es evidente. Para las demás, un buen diccionario bilingüe y las ganas de aprender que conlleva toda persona con inquietudes de estudio. 

Si queremos saber qué quieren decir foreign, poison, have, no debemos pensar sólo en la primer alternativa que nos viene a la mente, no siempre obvia. Foreign no es parecido a “extranjero”, pero sí a “foráneo”; poison, no concuerda con “veneno”, pero sí con “ponzoña”; have, no tiene gran relación con “tener”, pero sí con “haber”. Y en contabilidad, usamos dos columnas: debe, y haber (tener, he aquí mi dinero, por ejemplo). Este verbo “haber” existe en ese sentido de posesión en casi todos los idiomas indoeuropeos: avere, haben, hab, etc. 

En conclusión, más me atrevería a decir como apertura y no cierre, cuanto más castellano se lea, utilice y practique, mayores serán las posibilidades de desarrollar otros idiomas. El castellano rioplatense, pleno de inflexiones y vocablos no españoles (guarda, facha, laburo, del italiano guardare –mirar–, faccia –cara– y lavoro –trabajo–) es una fuente inagotable de analogías y ejemplos. Como hablantes de castellano, sólo tenemos una dificultad cierta: unas cuantas palabras nuestras son de origen árabe, heredadas durante el dominio musulmán de la península ibérica. Ojalá (quiera Dios), alfombra, alcázar, zanahoria, no tienen equivalentes indoeuropeos. Las traducciones de tales palabras sí las deberemos aprender desde el inicio. 

Quizá llevado por el entusiasmo, me atrevo a no coincidir con Wittgenstein cuando menciona the limits of my language are the limits of my world. Creo que los límites de un lenguaje son el acceso a los territorios de sus vecinos. 

Y los viajes a otras tierras son –por lo general– fascinantes.

Vocabulario relacionado al artículo:

empresa . enseñanza . idioma . inglés .

Hacia una perspectiva indoeuropea en la enseñanza de idiomas. El porqué es recomendable un buen dominio del castellano si se desea aprender otras fue publicado de la página 75 a página76 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXII

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