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Cultura Presidiaria: violencia en las cárceles de Argentina

Urricchio, Nicolás

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

ISSN: 1668-5229

Ensayos Contemporáneos. Edición III Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2009

Año VI, Vol. 25, Noviembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 132 páginas

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Introducción

Es sabido que en las cárceles argentinas, como en cualquier otra parte del mundo, las condiciones higiénicas no son las mejores, hay superpoblación y la violencia es cosa de todos los días. Supuestamente, la cárcel debería ser un lugar que brinde al individuo mecanismos para la reinserción social. Sin embargo, según consta en distintos informes sobre el tema, estos objetivos no se cumplen, y afectan no solo al reo, sino que se extienden a la familia. Ejemplo de esto son los diversos trámites que debe realizar un familiar para visitar a un preso, que van desde las requisas físicas, muchas veces con abuso por parte de los guardias, hasta la extorsión y amenazas, en caso de que se formulen denuncias en su contra. Otro ejemplo es que supuestamente los internos deben realizar actividad física, y aprender un oficio o estudio para su reinserción social. Esto debería ser así pero, dado que las cárceles están tan sobresaturadas, no se cumple, lo cual condena al reo a una inactividad que no solo es peligrosa para su salud física, sino también para la mental. O, por el contrario, en los casos en que los internos son puestos a trabajar, las condiciones son completamente infrahumanas, extendiéndose los horarios de trabajo más allá de lo concebible. En la mayoría de los casos, estos presos arduamente explotados, no tienen ninguna retribución por su labor. En aquellos casos en que reciben una retribución monetaria, ésta es retenida por los guardias, o “redistribuida” entre internos que cuentan con la simpatía de sus carceleros.

Tiempo atrás, fue de público conocimiento, el caso de presos que salían a robar, con la aprobación de los guardias, que les abrían las puertas, y con los cuales debían repartir el botín.

Cabe aclarar también, que esta situación va más allá del cuerpo carcelario, ya que los jueces que deberían velar por la defensa de los derechos humanos generalmente son los principales reproductores de estos horrores, al no intervenir con la fuerza de las leyes, haciendo oídos sordos a todas estas situaciones, a pesar de las denuncias que reciben, hechas tanto por internos como por familiares.

A causa de todas estas situaciones, muchas veces se escucha hablar de cárceles tomadas, o motines de presidiarios, que hartos ya del maltrato constante, se rebelan contra el sistema.

Surgen, entonces, interrogantes acerca de por qué una institución que debería reacondicionar al sujeto brindándole herramientas de corrección conductual que se adapten a la cultura e ideología de la sociedad, se transforma en un infierno del que normalmente salen sujetos aún en peores condiciones de las que entraron.

Según los sociólogos Oscar Castelnovo y Ayelen Stroker,

la regularidad y sistematicidad de las prácticas violentas institucionales por parte del personal penitenciario le imprimen a la cárcel el atributo de pena corporal. Se considera entonces, el maltrato físico como castigo reflejado en el cuerpo del detenido/a, el cuerpo como medio y fin de aquellos ejercicios regulares y sistemáticos de soberanía, disciplina y control, que en tanto dispositivos desplegados y articulados se constituyen en estrategias de gobernabilidad en el marco de las relaciones sociales carcelarias.

Cabe destacar, que dicha situación de violencia no solo física sino también psicológica, no tiene un sentido solo vertical, es decir, no se da solamente entre carceleros y reos, sino que también se reproduce dentro de la masa carcelaria. Esto es, en el estamento de los reos, donde se observan jerarquías de poder que se manifiestan en el abuso por parte de individuos o grupos de individuos sobre otros. Los “nuevos” siempre son sometidos a “prueba”, por los otros reclusos, arrojando distintos resultados: si el nuevo es fuerte, puede que constituya su propia banda, y pasa a integrar la masa de los abusadores de débiles, o bien, que el nuevo sea débil, y deba buscar la protección de uno más fuerte, siendo sometido al abuso físico, mental, robos, etc., sin que nadie interfiera en la violencia.

Louis Althusser aborda el tema de la ideología en la sociedad y el papel que cumple ésta como reproductora de elementos ideológicos. Estos aparatos se definen por el discurso y prácticas simbólicas que circula por ellos. En su texto, el autor, “opone los instrumentos represivos del estado (ejército, policía) que ejercen una coerción directa, a los aparatos que cumplen funciones ideologías y que denomina aparatos ideológicos del estado”. Estos aparatos, la escuela, religión, familia, etc., tienen la función de asegurar el monopolio de la violencia simbólica, bajo la cobertura de una legitimidad supuestamente natural, concretándose de esta manera el dominio ideológico de una clase con poder sobre las demás clases. Este concepto de violencia simbólica, se ve claramente aplicado a las restricciones legales que se aplican a los reclusos.

Estas restricciones, se basan en limitaciones legales en cuanto a salidas del país, créditos bancarios, o adquisición de bienes de capital, e incluso no surgen solo del estado sino que la misma sociedad los sojuzga, por ejemplo, impidiéndoles la obtención de trabajo.

Siguiendo estos conceptos, se desprende la duda acerca de si en nuestro caso podríamos decir que, el instrumento represivo (guardia y cárceles) además de ejercer su función coercitiva reprimiendo directamente a los reclusos, ejerce una dominación típica de un aparato ideológico, donde se produce la dominación de una “clase” superior con poder (los guardias) sobre el resto de la sociedad carcelaria (presos). Esta situación, que normalmente no se discute, pasa a formar parte del ideario colectivo, donde no se cuestiona ni se juzga la superioridad “natural” del guardia cárcel, por cuanto la represión se considera como algo habitual, y propio de aquel con más poder.

En relación con el tema de la violencia oculta, el autor Pierre Bourdieu aporta el concepto de habitus, término que designa el sistema estable de disposiciones que actúan en una sociedad y que contribuyen a reproducir con todas sus desigualdades un orden social establecido. Según él la formación social estaría formada por un sistema de relaciones de fuerza y de sentido entre grupos y clases.

Esta idea se percibe muy claramente en el funcionamiento de la sociedad carcelaria: dentro de la masa de presos. Allí se establecen diferencias entre débiles y fuertes, que reproducen las mismas relaciones de fuerza que entre guardias y presos. En otras palabras, la desigualdad que el preso siente en relación con el guardia, la reproduce, luego, dentro su grupo. Una sociedad en la que, supuestamente, todos los presos deberían ser tratados en igualdad de condiciones, se transforma así en un sistema de relaciones de fuerza, en la que los individuos más fuertes ejercen control sobre los más débiles, sometiéndolos a toda clase de abusos; y estableciéndose como una sociedad de jerarquías de poder. Se trata de una situación que se da en todos los estamentos de la cárcel, desde el ingreso del presidiario, hasta su salida. Es una reproducción constante de la violencia a la que son sometidos estos actores sociales.

En relación con la industria cultural, Humberto Eco diferencia entre seres apocalípticos y seres integrados. Los apocalípticos serían aquellos que perciben el fenómeno de masificación cultural como una amenaza para la cultura y la democracia; los integrados por el contrario, son aquellos partidarios de esta cultura de masas.

Si tratáramos de aplicar este concepto a la cultura carcelaria, veríamos que en general priman los integrados, dado que la cultura de violencia que se ejerce en las cárceles es algo aceptado e impuesto por los guardias, y reproducida entre los presos. También se da la situación de detenidos que al ingresar al sistema de violencia, manifiestan su disconformidad ejerciendo violencia contra sus represores, pudiendo considerar a estos como apocalípticos. Sin embargo en la mayoría de los casos esta situación apocalíptica se aplaca, debido al abuso constante que tienen los guardias, convirtiendo al “rebelde” en parte integrada del sistema. Vemos que aquellos reclusos que no se adaptan al sistema muchas veces sufren desapariciones y torturas mantenidas durante su condena.

Otra situación de apocalipsis se manifiesta en los citados casos de motines o tomas de cárceles, que normalmente finalizan con la “integración” de los reclusos debido a la represión brutal e indiscriminada.

Hebert Marcuse, en su texto La racionalidad técnica, denomina al individuo de los años sesenta, como un hombre unidimensional, el cual pierde la libertad de pensamiento crítico, debido a los límites y barreras que le impone el estado junto con las nuevas tecnologías que se instalan en la época. Según Mattelart, en La racionalidad técnica, Marcuse intenta desenmascarar la forma de dominación política; y lo explica con esta frase: “bajo la apariencia de racionalidad de un mundo cada vez más conformado por la tecnología y la ciencia, se manifiesta la irracionalidad de un modelo de organización de la sociedad que, en lugar de liberar al individuo, lo sojuzga”1.

Es decir, que este hombre “unidimensional”, al igual que en la sociedad carcelaria, está sometido a fuerzas de dominación que lo reprimen constantemente. Se trata de un sistema de control permanente, impuesto por el Estado y que genera una sociedad que pone a todos los individuos en un mismo nivel, en donde la libertad de opinión y cultura es sistemáticamente reprimida.

Notas

1 Mattelart, Armand (1995). Historia de las teorías de la comunicación. Buenos Aires, Paidós. Capítulo 4.

Bibliografía

Castelnovo, Oscar y Stroker, Ayelén (2008). Cárceles argentinas: Bienvenidos al infierno. Buenos Aires: Agencia Rodolfo Walsh. Disponible en: http://www.taringa.net/posts/noticias/1239156/C%C3%A1rceles-argentinas:-Bienvenidos-al-infierno.html Procuraduría Penitenciaria (1993/4). La situación carcelaria. Madrid: Edición electrónica Equipo Nizkor. Disponible en: http://www.derechos.org/nizkor Mattelart, Armand (1995). Historia de las teorías de la comunicación. Buenos Aires, Paidos. Capítulo 4.


Cultura Presidiaria: violencia en las cárceles de Argentina fue publicado de la página 41 a página42 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

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