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Los Contenidos de los Medios y la Sobremodernidad

Lizama, Alessandra

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

ISSN: 1668-5229

Ensayos Contemporáneos. Edición III Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2009

Año VI, Vol. 25, Noviembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 132 páginas

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¿La sociedad se crea en función a sus programas de TV o los programas de TV se crean en función a su sociedad es decir, su audiencia? Me resulta sumamente atractiva la idea de entender por qué miramos tanta tele y por qué programas de televisión como los de chimentos, deportes, reality shows, y programas que se burlan de los políticos son los que, en la Argentina actual, tienen los más altos puntos de rating.

Tal vez, la explicación radica en las características de la época que nos toca vivir: factores que se transforman permanentemente debido a la velocidad con que la tecnología avanza (y el mundo se mueve), e ideas que quedan añejas antes de llegar a ser entendidos. Sus efectos aún no son mesurables por lo que hasta ahora sólo nos llevan a un lugar desconocido y plagado de desilusiones que se suman al desencanto de una sociedad posmoderna - sobremoderna ya decepcionada, tal como lo plantea Max Weber.

Hace unos 50 años atrás, los programas de televisión parecían promover la cultura, el arte y la información. Sin embargo lo que se ve hoy en día dista mucho de presentar a la TV como un espacio cultural. El contenido de este medio hoy se basa en los chismes, los rumores, y un sinfín de sinsentidos que nosotros, la audiencia, exigimos y compramos.

Esto transforma el papel del comunicador, que ahora para poder “vender” un programa al aire tiene que ser algo así como un “todólogo” (Bourdieu) y de más está decir, un todólogo divertido, que ceda a todo principio moral, individual y social, para ganarse notoriedad mediática. Ni que hablar de la política y los programas culturales, que quedan restringidos a una franja horaria que pareciera tener la etiqueta de “apto sólo para intelectuales (y aburridos)” lo cual está ligado a nosotros, los espectadores, ya que le sumamos puntos al rating. Somos nosotros, los que prendemos la tele entre tres y cinco horas diarias, los que exigimos tal o cual programa en el Prime Time.

Pero ¿cómo se explica que disfrutamos con una hora de Show Match o de programas similares, que toman a las noticias del país y las convierten en un sketch divertido? ¿Cómo se explica que la sociedad argentina elija eso y lo haga parte de su cultura, de su identidad común?

Moderno sobremoderno

“Modernidad es lo transitorio, lo fugitivo y lo contingente”. (Calinescu) Junto con la modernidad se instauró en la sociedad un conjunto de explicaciones y creencias que hicieron a un lado a la Era Medieval y a la sociedad geocéntrica, para conducirnos a la época de la luz y la razón. El problema es que hoy encontramos que todo ese sistema de creencias se perdió y mutó para darnos nuevas explicaciones del mundo, de la vida, del hombre y de la sociedad. Todas ellas necesarias de ser aprehendidas por cada uno de nosotros, a máxima velocidad, para poder seguir formando parte de la “sociedad moderna” y “estar al día” en un momento histórico en el que la actualidad y la urgencia reinan.

Así vamos llegando al exceso de lo moderno, a la velocidad de las transformaciones, de la recepción de información, que siempre es más que el día anterior y que nos sentimos obligados a conocer. Este exceso se ve reflejado en la percepción del tiempo, el espacio y el individuo, modificaciones que tomo ahora en consideración.

En la percepción del tiempo buscamos permanentemente nuestra identidad: hechos que nos refieran a un lugar geográfico, y que nos brinden la sensación de pertenecer, de ser parte de ese grupo con el que nos identificamos; hechos ocurridos a lo largo de un período que llamamos “histórico” y que se caracteriza por haber sucedido antes de que nosotros naciéramos. El problema aparece cuando esta historia que antes mirábamos para atrás es ayer al mediodía, consecuencia clara de la velocidad con la que todo acontece. Tal vez a partir de esto podemos explicarnos por qué si miramos las noticias al mediodía, tenemos que volver a verlas por la noche, y luego otra vez a la media noche para tener la sensación de “estar informados”.

Ahora bien, hoy nos llegan por igual las noticias y los programas de nuestro país y las de todo el mundo, algo que hace algunos años atrás no ocurría, al menos con la simultaneidad con la que ocurre hoy. Esto genera una nueva percepción del espacio: como si el mundo se achicara. Tenemos acceso a todos los espacios geográficos, ya sea viajando por distintos medios de transporte, o tan solo prendiendo una pantalla de TV o computadora. Vemos imágenes de lo que acontece en pueblos recónditos en el mismo momento en que está ocurriendo. Y esto rodeado de otros datos que nos llegan al mismo tiempo, mezclando así las imágenes de la información con las de la publicidad y la ficción.

El individuo interpreta por sí mismo la información que recibe, la cual se alimenta del aparato publicitario y del lenguaje político, basado en las libertades individuales. Entonces, paradójicamente, la búsqueda de vivir en sociedad nos condenaa ver la televisión, ese espacio que nos hace reír pero que también nos da las “malas noticias” locales con una dosis de anestesia en un mundo que parece ficticio, creado a partir de un nuevo universo sobrecargado de información.

Vemos entonces una nueva concepción del tiempo y del espacio, lo cual nos conduce a generar una forma individualidad desconocida. Se está al tanto de tantos hechos a través de la TV, y de los medios informativos en general, que tenemos la sensación de estar dentro de la historia sin poder controlarla; o tal vez con la “historia pisándonos los talones” (Marc Augé). Y así, se desarrolla una ideología del presente –porque el pasado se va muy rápidamente– y este presente está siempre cambiando.

¿Individual, aislado o solitario?

El hombre se hace a sí mismo en la medida en que construye relaciones, por eso se dice que el hombre es un ser social y que junto al espacio se determinan mutuamente. Esta sobremodernidad que según Augé plantea al mundo como plagado de “no lugares” (características diametralmente opuestas al concepto de “lugar”), trae aparejado un hombre sin identidad ni relación, un hombre que pareciera vivir aislado en un nuevo concepto de “individual”. Entonces, se vive en soledad y se persigue ese momento en el silencio de una sala de arte, en el anonimato de una Terminal, en un “paseo” en ascensor, en una sala de cine, frente al computador o simplemente frente al televisor. En contraposición está el bullicio de un shopping que mantiene aún el anonimato, o las plazas como San Martín o Plaza de Mayo, que amontonan gente en verano en el horario del almuerzo, uno al lado del otro cada uno absorto en su silencio.

Al llegar a casa buscamos seguir alejados de la realidad, y preferimos muchas veces mirar un programa de TV que nos haga reír o que nos haga olvidar. Un programa que nos permita “no pensar”, al menos por unas horas, y que nos muestre una realidad “alejada” de todo. Es esta actitud la que lleva a que periodistas, artistas, escritores, conductores y todos aquellos llamados “comunicadores” transmitan y “acomoden” las circunstancias del día a día en la ciudad.

Esto explicaría las razones por las cuales, según Mc Quail el contenido expuesto media entre la realidad y lo que en verdad se presenta al público, haciendo que la información llegue con ciertos desvíos, los cuales se manifiestan en las noticias y la ficción, y pueden explicarse a partir de distintas teorías. Tomo la teoría funcional que plantea una explicación que involucra a la sociedad como grupo, y al individuo como miembro de una sociedad sobremoderna, que ahora mira ciertos programas para lograr la sensación de “pertenecer” cuando no le quedan otros elementos para lograrlo.

Desde el punto de vista de “la sociedad” los medios, con sus desvíos, ironías, demostraciones de poder y control se vinculan justamente con ese control social, motivación e integración, mientras que desde el punto de vista individual, la importancia queda en la elite porque “(…) puede satisfacer la necesidad de modelos y proporcionar objetivos para la identificación y el reforzamiento de valores”. (Mc Quail) Esto se acerca al por qué miramos ciertos programas que “nos identifican” como miembros activos de una sociedad; lo cual es un ida y vuelta innegable entre el medio y la audiencia.

Se trata de una relación de mutua interacción y retroalimentación ya que los medios muestran, a pesar de las desviaciones, lo que la audiencia realmente consume. (El interés de la audiencia varía según la clase social: actualidad, informativos, deportes y concursos para mayores niveles de educación; películas, novelas y prensa amarillista para aquellos con menores niveles de escolarización; compañía y entretenimiento para la tercera edad).

Por otra parte, entendemos la necesidad de mantener el estigma de ser “fulano de tal” en nuestros grupos primarios, secundarios y terciarios, y para eso, hacemos lo que se debe hacer con el fin de participar de la charla del lunes: por ejemplo mirar los programas de mayor rating. No saber el resultado de la selección es síntoma de estar out; no haber visto a Tinelli es señal de que no se tiene cultura y que se está por fuera de la sociedad.

La sobremodernidad conlleva la pérdida de identidad y exceso de información. El 47% de los argentinos mira entre 3 y 5 horas diarias de TV, un 12%, 6 horas o más. Argentina es el tercer país de América, detrás de Canadá y Estados Unidos, con mayor penetración de televisión por cable, con el 56% de los hogares conectados y que 9,5 de cada 10 hogares poseen televisores (www.seriales.blogspot.com/2009/05/que-ves-cuando-me-ves-la-television.html) Es evidente que necesitamos un universo en el cual reconocernos en función a nosotros y a los otros, necesitamos algo que compartir. Buscamos nuestra identidad, nuestra relación con el mundo y nuestra historia. Un espacio de comunicación como la pantalla pareciera dar una falsa satisfacción a estas necesidades: me proyecto en lo que veo, en lo que me ofrecen, y así armo una linda foto de un nuevo yo. Pero claro, mucho más moderno. ¿Sirve la idea de identificación que plantea la teoría funcional? Claro que sí.

Pareciera que la TV transporta y almacena la cultura, cual “memoria colectiva”, para recordar/olvidar según corresponda.

Se trata de una alarma que avisa, distingue y determina lo trascendente/intrascendente. La identidad, los ideales y hasta los sueños pasan por lo que es televisable o no, lo que es vendible como noticiero, lo que se puede ver como tremendo o correcto.

Ya no es el grupo de pertenencia o los lugares lo que nos sostiene como individuos, sino que experimentamos un desvío de la sociedad, la cual se convierte en esa figura que vemos en las noticias y en los programas de TV. La sociedad pasa a ser ese selecto grupo de personas que alcanza la cima, por la política o por el espectáculo. Esos que pasan a ser los referentes en un mundo de no lugares que pronto podría ser un mundo de no culturas, y no seres.

El espacio que llamamos televisión obedece a nuevas pautas de identificación y las promueve. Los programas que se colocan al aire y que venden, van y vienen continuamente como siguiendo el ritmo y el flujo de la vida diaria, como si siguieran reglas particulares. Por ejemplo, sustituir la relación cara a cara con el sonido o la imagen para que quede a criterio personal el punto de vista que uno desarrolle de tal o cuál asunto, opinión que claramente es inducida pero que ahora se percibe e interioriza como personal.

Conclusiones

Como consecuencia de esta sobremodernidad y su transformación en la individualidad, los sujetos nos vemos sometidos a nuevos métodos de representación que dan forma a una identidad sometida a sistemas globales. Así, aquel que se considera sano e integrado, se encuentra igualmente alienado porque vive en un mundo condicionado y definido por la relación con los demás.

Ya no existe la individualidad como se conocía antes, en donde se era único y se tenía un lugar propio, sino que existe la necesidad permanente de dar sentido al mundo a través de trozos de información que nos llegan vía TV, para ir armando una especie de collage que hable de nosotros, de quienes somos, de quienes “queremos” ser en función al prototipo de la moda.

Todo esto a partir de lo que vemos en TV, porque buscamos que pongan al aire lo que queremos y el medio sólo nos da lo que pedimos, la desviación en el grado adecuado, que hará que el producto sea “comercializable por adaptación a la demanda del target”.

Entonces, ¿quién se adapta a quién? Se trata de una pregunta que perdió sentido, y que ya quedó obsoleta. Ahora solo sirve entender que aquello que miramos se vincula con la sobremodernidad, porque los excesos que la caracterizan nos insertan en una realidad que consumimos adaptados a alguna teoría.

Entonces solo nos queda reflexionar, buscando atar cabos sueltos. Algo que tal vez nos de una chance de sobrevivir, dejando registro de lo ocurrido. Dentro de unas horas al llegar a casa, me sentaré a ver TV, a ver qué pasó hoy por la mañana, y qué por la noche, aunque eso ya pasó a la historia.

Así, sigo buscando mi identidad, impuesta desde afuera o impuesta por mí misma en función a la vida elegida, al medio preferido, a la necesidad de pertenencia innata y la realidad de la era en que me toca vivir.


Los Contenidos de los Medios y la Sobremodernidad fue publicado de la página 77 a página79 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

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