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Boy Bands: la industria cultural de los ’80 y ‘90s

Tobal, Melanie

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

ISSN: 1668-5229

Ensayos Contemporáneos. Edición III Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2009

Año VI, Vol. 25, Noviembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 132 páginas

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La década del noventa, en cuanto a música, se ha caracterizado por el constante bombardeo de grupos juveniles de estilo pop, que han generado enormes ventas y marcado a toda una generación de fanáticos. Sin embargo, detrás de esto residen otras cuestiones un tanto más abstractas que la masa no deja ver a simple vista, sino que se deben analizar: los propósitos de quienes arman y constituyen estas bandas; cómo influyen sobre aquellos que disfrutan de su “producto”; y de qué manera convierten el arte en un producto más.

En primer lugar, para comprender mejor el surgimiento de estas boy bands que llegaron a tener tanto éxito y efectos masivos, debemos situarnos en el contexto histórico de Estados Unidos en el período 1980-1990. En la década del ’80, este país protagonizaba los últimos momentos de la Guerra Fría, por lo que se sucedieron diversos acontecimientos, entre ellos la caída del muro de Berlín (1989), que permitieron llevar a cabo, a partir de los ’90, una extensión de la democracia y de los mercados hacia el resto del mundo. La economía de Estados Unidos estaba fortaleciéndose gracias a los diversos avances tecnológicos que facilitaron la llegada de las ideas dominantes del capitalismo empresarial al resto del mundo.

El proceso de globalización ya estaba en marcha.

En cuanto a lo social, las personas se encontraban inmersas en una especie de “encanto” consumista, desatado por las nuevas tecnologías y el acceso a los lujos que alguna vez fueron de las clases privilegiadas, y una preocupación excesiva por lo individual. Este individualismo se caracterizaba por la presencia de un falso optimismo en la gente, lo cual en realidad era una pérdida de las esperanzas y un abandono de las causas políticas, lo cual llevaba a un conformismo con el orden existente. “Los eslóganes del capitalismo tardío tienen que ver con: espontaneidad, placer, objetos de lujo, publicidad, moda, megarrecitales auspiciados por políticos y empresas multinacionales, medios masivos y crédito, crédito, crédito”. (Díaz, E., 1988) Ahora bien, este contexto histórico funcionó como un nicho para la formación de un nuevo tipo de “arte” masivo y popular: las boy bands. Éstas cumplían con las exigencias económicas de los mercados masivos y globalizados, y se valían de nuevas tecnologías e instrumentos, como el videoclip, para llegar a toda clase de públicos, quienes obtenían de ellos la satisfacción del consumo y la identificación, al mismo tiempo que garantizaban la continuidad de las ideas que propagaba Estados Unidos al resto del mundo.

Boy Bands: la industria cultural de los ’80 y ‘90s Entonces, ¿qué es una boy band? Pues un grupo musical formado por cinco jóvenes (aproximadamente) que cantan y bailan piezas cuyo contenido trata temas que no dejan espacio para la reflexión y la crítica, completamente alejados de la política. Son creados por empresarios que realizan castings o “caza talento” para contratar a aquellos que cumplan con los estereotipos ya estudiados y planteados con anticipación, para concebir un producto que genere ventas e impacto masivos.

La historia de estos grupos comienza a fines de la década del ‘60 cuando, luego de la beatlemanía, los empresarios y productores de las discográficas estadounidenses empezaron a buscar grupos de similares características para generar ventas millonarias y un fanatismo mundial. Así fue como, a finales de los ’60, se realizó un casting para formar un grupo musical que también participaría de un programa de TV. Los seleccionados conformaron la banda llamada The Monkees.

Cabe destacar que tan sólo uno de ellos era músico, y que sus letras sólo hablaban de amor. Esta banda tuvo un gran éxito popular con su similar apariencia a The Beatles. Más adelante, de la mano de un empresario y un sello discográfico, surgió un nuevo grupo llamado Jackson Five, que agregaría dos nuevas características para las siguientes generaciones de boy bands: estaba compuesta por cinco integrantes (en este caso, hermanos) que, además de cantar, bailaban en el escenario.

Generaron millones de dólares para quienes los comercializaron, con letras que también trataban de amor y adolescencia, y tuvieron una fuerte presencia hasta 1975. Sin embargo, dos años después, otro productor armó un conjunto de características parecidas, nombrado New Edition, con cinco integrantes que cantaban y bailaban, pero que tuvieron un éxito muy rentable aunque fugaz, debido a problemas internos.

De esta manera, ya dentro de los años ’80, el mismo productor que formó New Edition realizó un nuevo casting, donde seleccionó a un joven y a sus cuatro amigos para armar la banda New Kids On The Block, que mezclaba pop con un poco de rap, baile, moda y cierto aspecto de “rebeldía”, sin dejar de lado las letras románticas y adolescentes. Tuvieron un gran éxito hasta los noventa, siendo el molde de donde saldrían las próximas boy bands.

Hasta ahora todas estas bandas sentaron precedentes, pero nada se compara con lo que fue la década de los ’90, donde hubo un surgimiento incesante de boy bands, y cada una de ellas causó al mismo tiempo un impacto internacional que generó anestesia política e histeria para millones de adolescentes. También, en esta década los canales musicales creados en los ‘80 expandieron sus mercados, llegando al resto de los continentes, como por ejemplo Mtv Latinoamérica en el año 1993. Las boy bands de esta década que más se destacan son Backstreet Boys, ‘N Sync, Westlife y Five que, al igual que las de las décadas pasadas, fueron formadas por productores que realizaban castings para completar las piezas del producto que habían diseñado.

Su éxito se basaba en los estereotipos que presentaban (el chico sensible, el maduro y serio, el rebelde, el rubio, etc.), pero también eran importantes los videoclips y las presentaciones plagadas de coreografías que aparecían constantemente en los canales de música. Estos canales se convirtieron en uno de los elementos más importantes para la distribución y la posibilidad de acceder al mundo entero. Su música pegadiza y carente de compromiso político, con letras que trataban de amor y egocentrismo, resultaron emblemáticas piezas de la década. Una vez comprendido el contexto histórico y de qué manera surgieron estas boy bands, sólo falta un elemento para poder analizar en profundidad este fenómeno: la teoría.

En el año 1947, Adorno y Horkheimer establecen el concepto de “Industria cultural”, refiriéndose de esta manera a la producción industrial de los bienes culturales, es decir, a la utilización de la cultura como mercancía. Este ensayo y su objeto de estudio es un claro ejemplo de esto. Se toma a la música como un elemento vacío de crítica y capacidad de liberación, que decora levemente la vida cotidiana y se integra al sistema.

Este tipo de arte está creado al igual que un producto de uso masivo: se planifica desde el marketing, se serializa, estandariza y distribuye en grandes cantidades.

Además, posee la característica de que todo está previsto para que identifique a cada persona que lo escucha, de manera uniforme, y que mantenga alienados a los que la consumen, sin capacidad de utilizar su pensamiento crítico y de esta manera poder controlarlos. La producción musical responde a las demandas que han sido identificadas a través de estudios de mercado.

Por otro lado, esto conduce a lo que Marcuse llama en el año 1964 “sociedad unidimensional”, ya que todo concuerda con su función y su apariencia, para producir un efecto de adormecimiento en el público, de felicidad pasajera, de una sola dimensión. Con el foco puesto nuevamente en las boy bands, se pueden observar los rasgos de la industria cultural desde su creación, hasta su producto y efectos.

Con respecto a su creación, aparece una característica compartida: todas fueron formadas mediante castings de una discográfica.

Estas empresas, antes de llevar a cabo la “búsqueda de talentos”, realizan estudios de mercado y analizan las demandas de la sociedad, es decir, buscan aquellos nichos vacíos o en crecimiento donde pueden rellenarlos con algún producto que genere grandes ventas. Y eso es lo que hacen.

Aprovechan la devoción y el fanatismo de las adolescentes para mostrarles un producto que satisfaga sus necesidades y les proporcione una felicidad pasajera.

De esta manera, podríamos comparar el proceso de armado de una banda como el de un producto: primero se piensa cómo generar rentabilidad, luego se planifica desde el marketing los elementos y características que debe poseer, se reúnen las partes (en el casting, los integrantes de la banda no se eligen por su talento, sino por cumplir con los requisitos de la demanda), se estandariza (se vuelve un grupo de cinco, que cante y baile, con estereotipos de distintos hombres) y se vende a nivel masivo (mediante videoclips, prensa, publicidad, medios de comunicación, recitales).

También podemos hacer una lectura profunda acerca del contenido de las canciones. Las letras sólo hablan de amor, romance y ego, es decir, no fomentar la crítica ni la reflexión acerca de temas políticos. De este modo se oponen a la mirada de arte como una constante denuncia y una expresión de liberación tanto sentimental como política o transgresora.

En la vereda opuesta, estas canciones sólo aseguran la alienación del que las disfruta, produciendo la sensación placentera, vacía y pasajera de la identificación con el romance adolescente o la elevación del ego, sin ir más allá de los clichés. Para ejemplificar esta carencia ideológica y política, se pueden analizar algunas de canciones con mayor éxito de ventas: Cover Girl (1989) de New Kids On The Block, trata de cómo un joven se enamora de una modelo de revistas, una “chica de tapa”, y describe la belleza física que esta posee; Everybody (1997) de Backstreet Boys, es un claro ejemplo del narcisismo de la época, ya que su letra dice que ellos van a hacer bailar al mundo, debido a que son los mejores y todos los necesitan; This I Promise You (1999) de N’Sync, evidencia el aspecto masivo y comercial en cuanto a que, al comenzar a tener éxito en el mercado latinoamericano, se realizó la versión en español titulada Yo te voy a amar, para hacerse más masiva.

Dejando de lado las letras, también las melodías son estandarizadas y uniformizadas, ya que contienen un poco de cada género, para que todos encuentren algo que les guste en ellas. El que prefiere la música hip-hop, escuchará un fragmento que corresponde a ello; el que gusta del rock, encontrará algún punteo de guitarra; el que escucha soul, notará ciertos rasgos de ello en las voces; en fin, la licuadora de la alienación tiene espacio para miles de ingredientes mientras que su producto genere ganancias. “Se ha previsto algo para cada uno de tal modo que nadie pueda escapar” (Adorno y Horkheimer, 1947). Esto teniendo en cuenta también que las nuevas tecnologías introdujeron nuevos sonidos y perfeccionaron las posibilidades para mejorar las voces y crear melodías sin instrumentos, o bases sobre las cuales apoyarse.

Desde lo estético, este tipo de bandas siempre está vestida a la moda, en buen estado físico y con aspecto prolijo (algunas veces formal y otras, informal), lo que provoca que todos sus fanáticos se copien, intentando ser parte de ese submundo.

El rebaño sigue al pastor, que a su vez éste último es un títere de las empresas. En los recitales y en los videoclips, hay una gran utilización de la tecnología, ya que resultan muy importantes para generar ventas a toda costa; así como también presentan coreografías y dramatizaciones. El playback es el recurso predominante musicalmente, porque generalmente los integrantes no cantan en vivo, sino que bailan y actúan.

Estos grupos musicales han generado millones de ventas en todo el mundo, tanto de discos como merchandising y conciertos, por lo que cumplen con la función para la cual han sido creados: rentabilidad económica. Además, la carencia de ideas políticas y la constante repetición de las canciones en los medios de comunicación favorecen el adormecimiento de la población y la estabilidad del estado de las cosas, y con ello se convierten en otra herramienta de control social.

Esto último se evidencia en el hecho de que millones de fanáticas de estos grupos pasan gran parte de su día consumiendo estos productos, y ocupan sus pensamientos en las trivialidades que plantean las letras de las canciones. Al seducir a su público, las boy bands provocan una especie de adormecimiento y satisfacción de necesidades en el público, y la ilusión de poseer bienes que jamás podrán comprar: Las fanáticas de las boy bands experimentan una histeria colectiva y un intenso enamoramiento de los integrantes de sus bandas favoritas. En los recitales, millones de seguidoras concurren con letreros, indumentarias e insignias que dicen que los aman, que los necesitan y que son los mejores (tal como figura en las canciones anteriormente nombradas).

Los gritos se vuelven ensordecedores, y ellas escapan de la realidad, haciendo todo lo que sus ídolos les piden (directa o indirectamente), ya sea aplaudir, gritar, bailar, cantar, comprar o ver la realidad de determinada forma. En conclusión, la cultura musical es erosionada hasta tal punto que se convierte en algo vacío de contenido, que repite los mismos rasgos una y otra vez, sin tener variedad ni libre expresión. Todo se transforma en una técnica para lograr satisfacer las exigencias del mercado masivo y beneficiar a las clases dominantes, que consiguen sumar poderíos económicos, políticos e ideológicos a través de la alienación de los oyentes.

“El terreno en el que la técnica adquiere su poder sobre la sociedad es el terreno de los que la dominan económicamente” (Adorno y Horkheimer, 1947). Y es justamente esta sociedad dominada la que crea una especie de dependencia con la industria cultural, ya que utiliza la música como un elemento decorativo que le brinda felicidad pasajera.

Las boy bands han dejado una huella en las décadas de los ’80 y ’90, tanto en los adultos que lo protagonizaron desde “afuera”, como en los adolescentes y jóvenes que sentaron allí sus bases ideológicas y de personalidad. Sin hacerlo evidente, han ayudado a inculcarles la cultura del consumismo, del arte integrado al sistema, la desesperanza en la política, y la falta de crítica ante los problemas sociales, convirtiéndolos en unos integrados al sistema. Sin embargo, no se trata de una ceguera definitiva ante el sistema, sino de un telón que ellos mismos tienen la posibilidad de quitar. Si la música de este tipo se concibe como un producto, entonces quiere decir que éste quedará obsoleto en algún momento.

Bibliografía

ArteHistoria (2008). Contexto: Estados Unidos en proceso de cambio. Disponible en: http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/3250.htm Díaz, E. (1999). Posmodernidad. Buenos Aires: Biblios.

Marcuse, H. (1993). El hombre unidimensional: ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada. Barcelona: Planeta Agostini.

Mattelart, A. (1995). Historia de las Teorías de la Comunicación. Buenos Aires: Paidós.

Zona Latina (2009). Boy Bands: El Antes y el Ahora. Disponible en: www.zonalatina.cl/musica/boy-bands-el-antes-y-el-ahora/


Boy Bands: la industria cultural de los ’80 y ‘90s fue publicado de la página 117 a página119 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº25

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