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Amigo de verano

Viñes, Ernesto Manuel

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos Ganadores Asignaturas Comunicación Oral y Escrita e Introducción a la Investigación

Año VI, Vol. 28, Junio 2010, Buenos Aires, Argentina | 122 páginas

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1. Introducción

La presente historia abordará un lugar, más específicamente una casa de veraneo familiar, en el partido de Pinamar.

Se relatará la historia y fundación del partido, para así poder dar a entender el contexto general en el cual se desarrolla la historia.

Asimismo, se abordará en profundidad la llegada de la familia al sitio donde tiene lugar nuestro relato, así como la elección y compra de la casa de veraneo. De esta manera, se sumará al contexto ya dado anteriormente, una primera mirada del lugar, relatado a través de los ojos de un observador que arriba con ansias de descubrir algo nuevo.

Posteriormente, se volcará el relato a las anécdotas que se suscitarán en la casa, las vivencias de lo sucedido en ella y en la zona de Pinamar. La inclusión de vecinos y amigos al relato, dará lugar a una mirada más reflexiva y valorativa a los miembros de la familia sobre los años vividos allí y les permitirá trascender el círculo familiar.

El crecimiento y la consiguiente evolución de los protagonistas será un agregado fundamental al relato, ya que abarca un periodo de tiempo lleno de cambio y desarrollo como es la pubertad. En este sentido, las libertades y los desafíos, marcarán un rumbo de constante cambio.

Diferentes contextos políticos y sociales (propios de la Argentina) fomentarán un distanciamiento, que luego, acompañado por el paso del tiempo y los recuerdos de las experiencias vividas en la casa, dará a lugar a un nuevo vínculo, ahora reforzado.

Un poco de historia

“Montes Grandes de Juancho”, era el nombre de la hacienda del por entonces propietario, Don José Suárez. Estos terrenos, fueron entregados por Juan Manuel de Rosas en recompensa por los servicios prestados en el ejército como Jefe de regimiento “El Restaurador”.

Luego de una larga sucesión de herencias, la tierra es entregada a la por entonces mujer de Don Carlos Guerrero, Doña Felicitas Cueto. Ella y sus siete hijos hacen la subdivisión de las tierras, ya por el año 1886, dando así lugar a la creación del “Partido del Tuyú” y a “Ostende”.

Los diversos asentamientos fueron dificultosos de crear, ya que el viento que con fuerza implacable azotaba la zona, arrasaba con todo a su paso, específicamente, los médanos.

Mantener estas grandes masas de arena en lugar sería la tarea a cumplir, para que el sueño se haga realidad: la creación de una zona residencial junto al mar.

El balneario de Pinamar fue creado en la década del 40. La idea principal fue no pelear contra los médanos, si no valerse de ellos. De esa manera llegaron a la conclusión de que debían fijarlos. El arquitecto Jorge Bunge fue el encargado de realizar semejante tarea. Para la cual fomentó una campaña de forestación de pinos a lo largo y ancho de todo el partido.

Luego de una ardua lucha con el clima, debido a una fuerte sequía, el fruto de ese extenuante esfuerzo dio resultado: se logró fijar los médanos y dar lugar a un ambicioso proyecto urbanístico y turístico. Allí se preveía la construcción de avenidas, ramblas, edificios estatales y todo tipo de construcción, tanto para el desarrollo de una ciudad como así para el desarrollo de un centro turístico de avanzada, que se emplazaría en esta zona.

Ya en el año 1912, comenzó la construcción de la rambla principal así como del primer Hotel, el “Thermas”, que luego sería llamado Hotel Ostende, el primero de muchos edificios a construidos antes de que en 1978, sea declarado por ley, “Municipio Urbano Pinamar”.

El arribo a Pinamar

Corría el año mil novecientos ochenta, en el mes de mayo. Ernesto Manuel Viñes junto a María Rosa Cousido, llegaron a la ciudad de Pinamar. Una copiosa lluvia golpeaba el parabrisas de su entonces Dodge rural naranja. Las ocho horas de viaje se hacían sentir en todo el cuerpo, pero las ansias por llegar a ver el mar, eran más grandes que cualquier dolor. La sola idea de recorrer la orilla del mar con los pies descalzos hacía de todo el resto un mero recuerdo.

Aunque el cielo se encontraba totalmente cubierto por una espesa nube, que no paraba de amenazar con la certeza de más lluvia, “el paisaje era todo lo esperado” -comentaría María Rosa, mas tarde a sus hijos. Las olas del mar, quejumbrosas por el mal tiempo, se alzaban amenazantes ante cualquier persona que osaba desafiarlas en su entrada al mar. No obstante, eran algunos los valientes que se animaban, junto a sus pequeñas tablas de telgopor, a no solo desafiar a aquellas olas, sino más bien, a hacer uso de ellas.

Luego de una corta pero gratificante caminata junto al mar, y bajo la promesa de Ernesto de regresar cuando dejase de llover, consiguieron refugio en uno de los dos balnearios que se encontraban en la playa. Podríamos decir, el único que se encontraba abierto, ya que no era temporada de verano. Casi podríamos decir, hibernando, a la espera del calor para poder así, con todo su esplendor, recibir a los tan esperados turistas, que darían nuevamente vida a las ahora desoladas playas.

Junto a una gran estufa de hierro, se secaron y calentaron.

En el horizonte se vislumbraba la promesa que habría pronunciado el dueño del restaurant, quien recibió a la pareja diciendo, en tono autoritario pero con una amplia sonrisa: “es tan solo una lluvia de mar, llega tan pronto como se va”. Minuto a minuto, como profecía cumplida, la inmensa nube parecía ir desplazándose hacia el interior del continente, llevándose consigo el agua y esa extraña luz gris que lo teñía todo.

Ya secos y con las primeras ansias apaciguadas, era hora de ponerse en contacto con la señora María Elena, agente inmobiliaria de la zona, con quién habían pautado una serie de entrevistas. María Elena, era todo lo contrario a lo esperado.

Los recibió con una amplia sonrisa mientras prendía un Virginia Slim (hábito que luego le traería complicaciones en su salud) de estatura mediana, delgada y con unos rulos muy a la moda, aparentaba unos diez años menos, de lo cual hacía responsable a la vida en Pinamar, “lejos de la ciudad y cerca de la naturaleza, una vida de tranquilidad y armonía- dijo María Elena- pinos y mar, acá el aire es mejor” agregó, mientras se prendía otro Virginia Silm (anécdota que recordarán ya que el humo era una característica principal en ella, raro les parecía oírla hablar del aire puro) La ciudad tenía dos calles principales. La primera era Bunge, por la cual habían entrado luego de dejar la ruta once que los había traído hasta Pinamar, era ancha y tenían un importante hotel al principio. A su vez, formaba parte de las pocas calles con asfalto de todo Pinamar. Las diez cuadras que conformaban el centro del mismo eran las únicas que podían ostentar el privilegio. O más bien, la rareza, ya que la búsqueda era alejarse de la ciudad, no cambiar una por otra. La otra calle era Shaw y a diferencia de Bunge, esta corría en paralelo al mar.

Luego de un corto trayecto por pavimento, llegó la arena, que daba lugar a la naturaleza dejando atrás la pesada carga emotiva de ciudad. El Dodge, luego de pelear de esa manera en sus primeros tramos con la arena y desafortunadamente quedarse en una esquina donde se juntaba de una forma peligrosa, llegó a un área residencial. Allí una serie de casas se encontraban en plena construcción. Ladrillos a la vista, techos bajos, y una total falta de árboles marcaban dichas casas. María Elena, acomodada en el asiento trasero no para de elogiar la zona. El futuro de Pinamar la llamaba. La proximidad de la misma al centro y de esa manera a los diversos restaurantes y al único supermercado. En pocas palabras, el lugar ideal.

Bajo esa agradable sonrisa y ese incansable abatir de palabras que pronunciaba María Elena, solo semejante al oleaje visto anteriormente en el mar revuelto y molesto por la tormenta, estaba la siempre presente mirada inquisidora de la pareja.

Mirada, que rápidamente le informó que debía cambiar de rumbo.

Tanto María Rosa como Ernesto, tenían cara de pavor. Se encontraban en una estepa, en lo alto de una duna de arena, en un lugar propio del desierto. Pinamar, había recibido su nombre debido a que se encontraba sobre el mar y a que, por supuesto, estaba repleta de pinos. En este mundo paralelo, y más específicamente, en esas cuadras, los pinos, eran sólo un recuerdo. Como amantes de la naturaleza, habiendo vivido sus primeros años en el campo, y luego siempre en una casa con jardín (lugar de mayor importancia, siempre cuidado) veían como lentamente, ese páramo desolado de todo tipo de vegetación, echaba por tierra, toda ilusión de encontrar la casa de verano ideal para su familia.

Bajo un manto de cortesía mutua, por la molestia de ambas partes, vieron en detalle, una casa. La recorrieron, así como el inexistente jardín, bajo el lema, o más bien, promesa de pasto, árboles y hasta incluso flores. Diversas posibilidades de plantar y organizar un futuro jardín, salían de la boca de María.

Una catarata sin fin de palabras, que solo tenían el efecto devastador de golpear contra el ya deteriorado estado de ánimo de María Rosa y Ernesto.

Luego de cumplir con la pautada entrevista, dejaron a María Elena en el centro de Pinamar, bajo la promesa de comunicarse al otro día para retomar la búsqueda conjunta. La siempre verborrágica María Elena, se despidió con un conjunto de promesas para el siguiente día.

Sin embargo, Ernesto y María Rosa estaban defraudados por las posibilidades de compra que tenían. Además el dinero a invertir era poco: unos pocos miles de australes, que hacían el cambio a unos menos dólares, dejando de lado la palabra miles.

Tomaron la decisión, por lo tanto, de recorrer por sí mismos la zona, no podían darse por vencidos. Ya habían invertido una gran cantidad de tiempo y dinero, habían tomado la decisión de ir hasta Pinamar, habían pautado las entrevistas, la organización era impecable. Los resultados, no tanto. Pero debían, por lo menos, reforzar sus esfuerzos.

No tardaron mucho en descubrir la zona de Pinamar que les gustaba. En ella podían divisar los árboles fácilmente. El resto de las zonas visitadas eran dunas de arena. Un largo corredor de Pinos, sin embargo, dividía a la ciudad a lo largo. Entre los ellos, diversas casas, podían verse escondidas. La imagen misma de su ilusión al comenzar el periplo parecía tomar forma.

En el límite de Pinamar, y tras pelear, en varias oportunidades con en Dodge para no quedarse en la arena, llegaron a una pequeña casa de color blanco y de techos negros. El jardín era pequeño y al estar inmersa en el bosque daba la sensación de refugio y naturaleza que ellos estaban buscando.

Bajaron del auto y decidieron caminar por toda la zona, no sólo en búsqueda de casas sino más bien para disfrutar. Repentinamente, se encontraron frente a la puerta de un camino que se adentraba en el bosque. Dicho camino recorría, al menos, doce cuadras antes de salir nuevamente a la calle que los había traído hasta ese lugar. Una sola casa, se encontraba en todo ese trayecto, justo en el medio, en una enorme esquina. El parque, enorme e imponente, era una delicia a la vista de cualquier valiente había osado en adentrase hasta ese lugar. Más tarde se enterarían que era la casa de Emilio y China, una pareja mayor de edad que se dedicaban a cuidar el jardín y pasar las tardes bajo el reparo de los árboles.

Luego de la caminata, casi dos horas más tarde, emprendieron la vuelta. Ahora sí se quedaron atascados en la arena en dos oportunidades. María Rosa, hizo atribuyó la situación a la poca pericia en el manejo de Ernesto, acusándolo de ser incapaz de sortear trampas de arena en el camino. Cubiertos de arena, llegaron al hotel. Su sencillez era la característica principal, una recepción chica, donde apenas entraban ellos y su única valija. Pronto se encontraron junto a un mostrador de caoba, que los separaba de una mujer que a diferencia de su agente inmobiliaria, ésta casi no emitía palabra alguna.

Al presentarse, la recepcionista, tan sólo se fijó en el libro de reservas y asintió con la cabeza y busco una llave. Todo en el más completo silencio. Con un movimiento de cabeza, les indicó que la acompañaran y los condujo a su habitación. Antes de entrar en su habitación, la pareja preguntó por su nombre.

Esta levanto apenas la mirada del piso, y dijo: “María Elena”.

Al cerrar la puerta, las carcajadas no paraban. “¿Acaso, todos en Pinamar se llaman María Elena?” repetían mientras reían A la mañana siguiente, luego de pasar a buscar a María Elena (la verborrágica), sumida en su nube de humo, la llevaron a la casa de paredes blancas y de techo negro que habían visto el día anterior. Para fortuna de ellos, María Elena, conocía al arquitecto que la estaba construyendo y les comentó que por dentro no estaba terminada, que le faltaba alguna subdivisión y los accesorios del baño y la cocina. Además agregó que la estaba construyendo para vender pero que, debido a los tiempos que corrían, se había quedado sin plata para terminarla.

Por último emitió un certero: “déjenlo en mis manos, les voy a conseguir un buen precio por la casa”. Tras semejante afirmación, sólo debían darle unas cinco o seis horas para poder ubicar al arquitecto.

Ernesto le propuso llevarla hasta la casa en ese mismo momento, pero María Elena no aceptó la oferta. Seguramente, quería encontrarse a solas primero con el arquitecto para discutir la comisión.

Finalmente, y ya tarde, se encontraron en la casa con el arquitecto y María Elena. Luego de una corta recorrida por la casa, se sentaron a tomar un café y a discutir su valor.

La discusión no fue larga. El arquitecto necesitaba el dinero para concluir otra casa y la oferta de Ernesto y María Rosa le venía muy bien. Cerrado el trato, volvieron a la casa y le sacaron una única foto con la cámara Polaroid que tenían.

Se despidieron de María Elena, la callada, y pasaron a despedirse de la otra María Elena, la verborrágica, agradeciéndole todo lo hecho.

El viaje de vuelta, fue más corto para María Rosa, tal vez habrá sido por el hecho de que no sacó los ojos de la foto.

Las amistades

En el verano de 1981 llegamos como familia a Pinamar. Fue el primer verano allí. La casa, si bien estaba finalizada, carecía de ciertas terminaciones, al igual que muebles. Con mis cortos tres años de vida, difícilmente tengo recuerdos de esa época, salvo la asociación de alguna foto, ya que se mezclan en mí, una serie de imágenes que no puedo afirmar sean verdaderos recuerdos, por ejemplo, jugar en la arena del costado de la casa, nuestra primera navidad, o incluso haciendo churros caseros con la abuela en la cocina.

De esta manera, mis primeros años nadan en un mar de vivencias y fotografías. Pero siempre en un marco de pura felicidad, ya que uno nunca saca una foto de un momento triste, los recuerdos, luego de un periodo tan largo, siempre son los más felices, y afortunadamente, son aquellos los que sobreviven al paso del tiempo.

Sin embargo, hay un recuerdo claro y preciso: andar en bicicleta.

Eso sí, era una bici poco común, ya que para poder sortear la arena, tenía unas ruedas muy anchas, casi el doble del ancho de una bicicleta común. Era de color rojo y de un tamaño minúsculo, acorde al mío, obviamente. Tenía por ese entonces, unos cinco años y era, podríamos decir, hiperactivo.

Lamentablemente, si bien la casa se encontraba en medio de un bosque, no tenía con quien jugar, ya que no tenía vecinos. Además, a mi única hermana, dos años mayor que yo, le interesaba únicamente en dormir y tomar sol. Dos actividades que para nada resultaban de mi agrado.

Un día, luego de recorrer toda la casa en forma circular con mi bicicleta, tomé la decisión (en contra de lo permitido por mis padres) de explorar. Pedaleé hasta la calle, mirando en ambas direcciones, y decidí emprender la marcha hacia la derecha.

Una leve cuesta arriba que prometía ser una buena bajada sin pedalear, cuando sea la hora de volver. Luego de un rato, me encontré con una casa. Una enorme casa en lo alto de una montaña. En retrospectiva, pienso,” claro que yo sólo tenía cinco años y la leve inclinación del terreno generaba en esa perspectiva semejante a la de una montaña”. En ese instante, decidí dejar mi bicicleta en el costado e ir a explorar. Yo era el explorador de la zona mote, sobrenombre que me había puesto mi padre:“si no lo hacía yo, ¿quién lo haría?”.

Luego de trepar por la montaña, sorteando todo tipo de obstáculos, como un temible cactus que se alzaba frente a mi amenazantes con sus espinas, que tanto me habían lastimado en el patio de la casa de la abuela, o incluso dos redondos arbustos que no solo querían tapar el cielo con sus ramas, sino también el suelo, impidiendo mi paso, a no ser por mi diestra habilidad para ingresar en ellos por entre sus ramas. Y fue justamente ahí, dentro de mi refugio del arbusto, dentro de las fauces del mismo, donde con ojos inquisidores, lo ví, alzándose ante mí.

Emilio, con una sonrisa de oreja a oreja, me saludó desde el exterior. Yo, protegido por mi fortaleza, le respondí mi nombre, con toda seguridad. “Manuel, Manuel es mi nombre, yo soy el explorador.” Equipado con un par de botas, guantes y hasta un sombrero, seguía parado frente a mí. Siguiendo mi exploración le pregunte con mucha inquisición: “¿vos, quién sos?”. Las carcajadas de Emilio me dieron fuerzas para salir de mi fortaleza que se transformo rápidamente en arbusto.

“Yo soy el cuidador de este parque” me dijo. Por lo cual, la única posible respuesta era, que si yo era el explorador, y él, el cuidador, debíamos por consiguiente, ser amigos.

Lo acompañé hasta la casa, y me presentó a alguien que tenía el mismo aspecto que mi abuela. Ella se llamaba China. Me invitó un vaso de leche y, hasta incluso, unos alfajores de maicena que acababa de hacer. Me contaron que ellos vivían en ese lugar y que los podía ir a visitar cuando quisiera. Les agradecí y les informe que debía seguir con mi exploración, ellos me recomendaron que vuelva a mi casa y que informe sobre los descubrimientos, que de otra forma me podía perder.

Afortunadamente les hice caso. Luego de pedalear cuesta abajo, continué con el resto de mi exploración en el jardín de mi casa.

A la hora de cenar, mientras todos estábamos acomodados en el jardín, en unos muebles hechos de caños de plástico y tela y frente a una fuente con puré de papas y milanesas (mis favoritas) relaté mis descubrimientos de la fecha, olvidando la prohibición de dejar el jardín y andar en bici por la calle. Al finalizar mi relato, muy alegre mientras comía el puré, me di cuenta que todos me miraban con cara rara y me di cuenta en ese momento que sería reprendido.

Luego de soportar una incansable catarata de preguntas, Papá se levantó de la mesa y se fue. Unos minutos más tarde volvió con una sonrisa: había conocido a Emilio y a China.

Acto seguido me comunicó que los podía seguir visitando.

Más tarde, me daría cuenta, con el pasar de los años, que mi relación con Emilio, fue la del abuelo que nunca tuve, ya que mis dos abuelos, tanto materno como paterno, murieron cuando mis padres eran muy jóvenes. Así fue que, en mi primera visita, yo reconocí rápidamente a China, como alguien como la abuela, y en Emilio, simplemente un amigo. Era lo que andaba buscando, algo que me hacía falta.

Nuestra amistad siguió durante muchos años, dejé de usar la bicicleta, si, pero iba caminando y nunca me perdía la hora del té junto con ellos.

Años más tarde, al enterarme de la muerte de Emilio, la tristeza que me invadió. Era la pérdida de un ser querido y cercano, más que un amigo, un abuelo.

Un largo período sin ir

A lo largo del tiempo, la casa de Pinamar, se convirtió en un centro neurálgico para mí y mis amigos. Era el lugar de reunión, así como el lugar a donde buscarme.

A lo largo del tiempo, al ir creciendo, las aventuras en Pinamar se fueron terminando o repitiendo hasta el hartazgo, lo cual era más desesperante aún.

La sensación de conocer cada rincón y cada aventura eran desmotivantes. Nada había nada nuevo por hacer. Mirando en retrospectiva, no sé que uno se puede quejar. Pero al parecer, las incansables horas, tirado al sol o nadando en el mar, para luego ir a andar a caballo, simplemente, se tornaron poco atractivas. La necesidad de la novedad lo era todo. Si uno come siempre la misma comida, aunque esta sea la favorita, terminara por asquearlo finalmente.

Acababa de terminar segundo año, faltando apenas tres más para terminar el colegio y la necesidad de nuevos horizontes era primordial en ese entonces.

Al ser indagado por mi padre, si queríamos ir a algún lugar diferente para las vacaciones, no vacilé ni por un minuto. Así fue como gracias a una época de mejor cambio monetario en el país, pudimos viajar y conocer nuevos lugares, dejando un poco olvidada la casa de Pinamar.

Es así como, pasamos de estar tres meses en Pinamar a pasar apenas 15 días en cualquier otro lugar. No obstante en ese momento, era lo indicado para mí: necesitaba salir, ampliar mi visión y conocer el mundo, por así decirlo.

Conclusión

Ya con veinticinco años, me encontré ante la posibilidad de ver a Pinamar con otros ojos. Pinamar había cambiado al igual que yo. El tiempo sin ir, había creado un paisaje distinto al que yo recordaba. Los incansables días y noches, caminando y recorriendo Pinamar eran un recuerdo muy fuerte, al igual que las amistades. Tantas vivencias, tantos recuerdos. Al ver la casa nuevamente, algo despintada por el paso del tiempo, trajo en mí una sensación de pertenencia muy grande. Yo me sentía identificado con ese lugar, yo era ese lugar.

En una primera recorrida, me sentí un total extraño. No podía identificar prácticamente ningún lugar. Todo había cambiado.

El bosque que yo conocía, ahora eran cuadras y cuadras de casas una al lado de la otra. Mis antiguos refugios de la infancia, fabricados por árboles eran ahora jardines de otras personas, en el mejor de los casos, ya que muchos de los mismos, no los podía identificar porque habían sido destruidos para dar lugar a una edificación.

Los años, no sólo me habían cambiado a mí, también habían hecho lo propio con Pinamar.

Las circunstancias de mi regreso eran otras muy diferentes a las de mi partida. Ya no era en un entorno familiar, no me acompañaban mis padres, ahora separados, ni mi hermana, ahora viviendo en el extranjero.

Mi regreso era ahora con amigos y con mi novia. Se podría decir que el círculo ahora se estaba cerrando y, como yo había pasado mi infancia en este lugar, ahora pasaría otra etapa de mi vida. Y quién sabe, tal vez, en un futuro serian mis hijos, los encargados de ser los exploradores y descubrir nuevas amistades.


Amigo de verano fue publicado de la página 17 a página20 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

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