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Nuevos inquilinos

Valverde, Julieta

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos Ganadores Asignaturas Comunicación Oral y Escrita e Introducción a la Investigación

Año VI, Vol. 28, Junio 2010, Buenos Aires, Argentina | 122 páginas

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El aire se encontraba inmóvil y una masa de denso calor sofocaba la ruta. Las ruedas de la camioneta parecían quemarse mientras andaban sobre el asfalto hirviendo. Resoplidos se oían dentro del auto, al escuchar en la radio que sería el día más caluroso del año. No obstante, aquellos pasajeros agobiados se encontraban yendo a su casa de fin de semana a pasar el verano, por lo que pronto se refrescarían en la pileta.

Luego de varios kilómetros, lo que simulaba ser un viaje interminable alcanzó su destino: Los Cardales. Una cuidada arboleda cubría todo el parque. Cada árbol había sido plantado y escogido con cuidado, tras haber debatido su estratégica ubicación.

Se habían seleccionado las especies que brindarían maravillosas tonalidades en distintas estaciones. Así, cada detalle meticuloso hacía del jardín una postal.

Detrás de la floresta se escondía una pequeña pero hermosa casa. Con paredes bordó y tejas verdes en el techo, la simpática casita parecía salida de cuentos. Ésta había sido diseñada por el jefe de la familia que, pese a su inexperiencia en la construcción, tenía una idea clara: debía poder observar a sus pequeñas hijas zambullirse en la pileta desde la ventana de la cocina.

Era imposible no pensar todas las risas y memorias que compartió la familia allí, bastaba sólo con ver sus caras, para saber la felicidad que traía ese lugar mágico para ellos.

La camioneta entró por un camino de piedras que conducía a la casa y estacionó. La familia alborotaba bajo corriendo del auto como si le escapasen del calor pero apenas pusieron un pie afuera, toda la perfección del jardín fue arrebatada por una criatura insólita. En un abrir y cerrar de ojos, observaron un bulto moverse en el pasto y una inmensa cosa verde de piel rugosa desapareció dentro de un pozo en la tierra.

Aquel movimiento, que había sucedido en tan sólo instantes, se vio seguido de largos minutos de silencio. La secuencia se encontraba paralizada, como si algo sobrehumano hubiese pausado sus acciones. Con miradas sorprendidas y sin emitir sonido, los padres junto a sus tres hijas yacían parados al lado del auto. Lentamente la imagen recobró vida, cuando la familia comenzó a mirarse entre sí, descubriendo sus caras atónitas.

A continuación, la escena se lleno de gritos superpuestos que trataban de explicar lo ocurrido una y otra vez. A pesar de que recobraron sus pasos, el día se saturo de dudas y posibles explicaciones que restringieron los actos de la familia.

A la mañana siguiente, todos parecían haber olvidado el episodio.

La familia se levantó a desayunar tranquila para comenzar un nuevo día. La madre se preparó para tomar sol, mientras las hijas caminaban decididas a estrenar el verano con las primeras zambullidas en la pileta.

Sin embargo, alguien ya se encontraba tomando sol al lado de la piscina.

Allí estaba. Las niñas se encontraban absortas ante la presencia de una criatura salida de cuentos. Un lagarto overo de aproximadamente un metro y medio de largo descansaba en el sol, apoyando su abdomen sobre el ladrillo ardiente. Su piel áspera y gruesa parecía soportar altas temperaturas como si se tratase de un escudo protector. Los rayos de sol dejaban ver la textura de su piel; pequeñísimas escamas en tonos verdeceos creaban una trama simétrica, similar a la de los cocodrilos. Pero su cara con aspecto de flecha, no se parecía a nada que las chicas habían visto antes. El lagarto poseía un paladar cortante, capaz de triturar cualquier cosa de un mordisco. Por otro lado, sus ojos eran brillantes y profundos, como si ocultasen un gran misterio. Él observaba atentamente, y sus uñas, como garras filosas, crujían contra al ladrillo, preparado para huir ante el más mínimo movimiento.

Comenzaba a sentirse tensión en el aire. Las niñas se encontraban boquiabiertas sin sacarle los ojos de encima, sin querer moverse, sin siquiera querer respirar. El estado de alerta del lagarto contradecía su aspecto relajado. Ambas partes sabían que en cualquier momento debían correr y por el movimiento de sus pupilas calculando cada paso que darían, parecía que eso estaba apunto de suceder.

Fue en ese instante, cuando la madre se acercó hacia la pileta.

Las niñas gritaron desesperadas y corrieron a abrazarla, mientras que el lagarto huyó sin dejar rastros. La mamá comenzó a gritar sin razón, lo que sumo al padre, seguido por el llanto de las hijas.

Esa fue la primera vez que la familia vio al lagarto, y claro estaba, no lo querían volver a ver. Una ráfaga de viento frío recorrió sus cuerpos. Habían entrado en un estado de pánico absoluto del que no conseguían salir.

No obstante, fue esa tarde cuando realmente vislumbraron la gravedad del asunto. En el centro del jardín no sólo se encontraba un lagarto, sino una decena de ellos. El sol impedía ver con claridad cuantos había, pero el bulto verde de colas largas alcanzaba para saber que había varios. En una abrir y cerrar de ojos se habían multiplicado. El movimiento de sus cuerpos rozando contra otros era perturbador. La imagen se volvió tenebrosa, parecía como si el pasto hubiese cobrado vida. Era una plaga, una invasión.

Entonces, la familia comprendió lo que sucedía. Su casa estaba ocupada. Inquilinos habitaban su hogar de fin de semana y, al fin y al cabo, al ser su residencia permanente, podrían ser considerados los verdaderos dueños del lugar.

De esa manera, se originó una disputa del territorio. Esto demostraría la supervivencia del más apto, y claro estaba, la familia no dejaría ser vencida por esos rastreros visitantes. Similar a las grandes batallas históricas, de potencias enfrentadas, la familia se reunió para idear un plan de guerra. El líder sería el hombre de la casa. Su objetivo, deshacerse de los lagartos.

Fueron largas tardes de verano las que debatieron sus estrategias.

Sus estados de alerta eran inconscientes. Lentamente, sus acciones comenzaron a cambiar, sus caras ya no eran las mismas. Sus ojos rojos reflejaban su mente retorcida de tanto pensar, pensar y pensar. Comenzaron los desvelos, se turnaban para hacer guardias a media noche, como los lagartos fuesen a invadir la casa en sus sueños. El más mínimo sonido era señal de peligro y nada podía ser descuidado.

Habían mutado a un pequeño ejército, a un batallón amenazado que debía defenderse cuanto antes. Miradas desconfiadas, pasos calculados, postura tensa. Éstos soldados habían convertido a sus vacaciones en un operativo, una misión: conquistar el territorio.

Al mismo tiempo, las criaturas disfrutaban del jardín. La tropa se había recluido en la casa, por lo que los lagartos podían pasear sin preocupaciones. No obstante, éstos no comprendían lo que pasaba y actuaban relajados como si la familia no estuviese allí. Todas las tardes, salían a andar por el parque.

Levantaban su cuerpo pasando el peso de una pata a la otra, de un a la otra, muy lentamente. El ruido de sus panzas rozando el pasto violaba el silencio del lugar. Al llegar al centro del jardín hacían una pausa, y se quedaban allí, una hora al sol, sacando sus lenguas rosas y bífidas como signo de goce.

Sin darse cuenta, la familia desesperada, esta permitiendo que los lagartos realmente ocupen la casa.

Finalmente, llegó el día. La cacería. La milicia esta lista, habían ideado un arma caza. Un palo de escoba con una soga en el extremo serviría para atrapar a los invasores del cuello.

El sistema era precario pero eficaz, con tan solo jalar de la cuerda el éxito era garantizado. Pero para ello debía preparar una carnada que seduzca a los lagartos fuera de su cueva.

Los lagartos overos, como su nombre lo indica, se alimentan de huevos, por lo que la familia no bacilo a la hora de elegir un alimento para tentarlos.

El padre llevaría a cabo el trabajo. Se dirigió firme hacia el objetivo, aunque sus palmas sudadas reflejaban su miedo.

Las niñas se encontraban expectantes junto a la madre, preocupada en la galería de la casa.

El padre deposito el huevo a la distancia justa para seducir al lagarto y lograr que salga de su cueva. En pocos minutos, el animal olfateo la carnada y despreocupado salió. La tensión creció. A pesar de las miradas expectantes del público paralizado, el padre venció la barrera del miedo y se propuso a cumplir su objetivo. Con el arma en mano y un movimiento repentino, cazó al lagarto por el cuello.

Allí estaban. Frente a frente, como dos enemigos en su última batalla. Los ojos del lagarto se clavaron firmes en los del hombre.

Se miraron detalladamente unos segundos, ajenos a los ruidos de la madre y las niñas. El hombre no entendía lo que sucedía, estaba sintiendo una conexión. Fue en ese momento, cuando comenzó a mirar a su alrededor. El ejército en el que se habían transformado, sus miradas, su mano sujetando un arma mortal. Habían aflorado de él los instintos más animales.

De repente, el padre desató la cuerda. La familia atónita, no comprendía lo que pasaba. Sin embargo, el lagarto no huyó.

Agradecido, miró al padre y a la familia, y luego entro lentamente a su cueva.

De esa manera, la guerra terminó: sin vencedores ni vencidos.

El pánico desapareció, ahora reinaban tiempos de paz y convivencia. La familia comenzó a respetar el hábitat natural.

Comenzó a valorarlo y se propuso a quererlo.

Es que comprendieron, que eran ellos quienes habían invadido el hábitat de los lagartos. Ellos eran los nuevos inquilinos.

Síntesis

El relato cuenta la historia de una familia compuesta por los dos padres y sus tres hijas, que se propone a pasar las vacaciones en su quinta. Con un parque impecable y una casita simpática, todo parece perfecto para olvidarse de las obligaciones y descansar. Sin embargo, estas vacaciones no van a ser del todo placenteras al enterarse que alguien más habita su casa de fin de semana. Lagartos overos salieron de sus cuevas en el mes más caluroso para buscar alimento y disfrutar del verano.

Pero estos nuevos inquilinos del mundo animal parecen amenazar los planes familiares. Se desata un caos cuando la familia descubre a estas criaturas, para ellos desconocidas, que habitan su jardín. Una respuesta impulsada por pánico, llevará a la familia a preparase para misión: defender su territorio hasta el último centímetro. De esta manera, los roles se invierten, mostrando el lado más animal del hombre y el más sensible del animal.

Conclusión

El hombre que es un ser racional que logró diferenciarse de los animales y adquirir varios aspectos valiosos, es a veces, ante la naturaleza, el menos racional. Por ello, el relato demuestra el accionar del hombre ante lo desconocido y como el miedo ante ello, puede desatar las cualidades más feas uno.

Además, esta historia, intenta dejar la enseñanza ante la preservación y cuidado del medio ambiente. Muestra como el hombre, olvida los territorios nativos, conquistando y apoderándose de las tierras. Por eso, es importante tomar conciencia de la destrucción del ecosistema. Hay que preservar y querer el hábitat donde vivimos.


Nuevos inquilinos fue publicado de la página 30 a página32 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

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