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De los ruidos al silencio

Escobar Iurevich, Julieta

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos Ganadores Asignaturas Comunicación Oral y Escrita e Introducción a la Investigación

Año VI, Vol. 28, Junio 2010, Buenos Aires, Argentina | 122 páginas

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Síntesis

El presente trabajo abordará la temática de la inmigración a través de un ejemplo particular: la historia de Adolfina Giniotis, contextualizada en 1925, luego de atravesar la Primera Guerra Mundial.

Nacida en Lituania en 1899 (En aquel entonces perteneciente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) debió atravesar la etapa de conflicto de su país con Alemania, haciéndole vivir en su adolescencia duras experiencias que le marcarían la vida y finalmente obligarían a su familia a alentarla a su emigración.

Con el motivo de comprender mejor su situación se hará un monitoreo de la cultura y costumbres de su país de origen: la forma en que vivían durante la guerra. Además se analizará en detalle el conflicto en el que se encontraba Lituania en para contextualizar la época, ahondando en las repercusiones de la misma en las familias y tomando como ejemplo directo su experiencia.

Mediante una exhaustiva búsqueda de información se intentará reconstruir detalladamente su vida, haciendo hincapié en el momento del estallido de la guerra, hasta su emigración y posterior inmigración a la Argentina. Allí se explicará también la situación histórica por la que atravesaba nuestro país en ese momento y se marcarán las grandes diferencias entre las distintas culturas, así como también el período de adaptación por el que Adolfina debió atravesar a su corta edad.

Finalmente se realizará un pequeño resumen de su vida posterior en Argentina resaltando pequeños hechos y anécdotas referidos a su origen que hicieron notorio el gran apego a su cultura, que llevó consigo hasta su muerte.

Introducción

Definición de inmigración Inmigración: “término que designa los cambios de residencia más o menos permanentes, por lo común debidos a factores económicos, laborales, sociológicos o políticos. Debe distinguirse la emigración de la inmigración. La emigración mira el fenómeno desde el país que abandona el emigrante para establecerse en otro diferente, y la inmigración lo contempla desde la perspectiva del país de acogida.” Desde mitad del siglo XIX ha sido considerado el derecho a emigrar como algo que deriva de la propia concepción del hombre como ser racional y libre. Y así aparece consagrado en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en la Carta Social Europea y en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Las constituciones y leyes nacionales reconocen el derecho de los ciudadanos a salir del territorio y consideran emigrantes a quienes fundamentan su desplazamiento en razones laborales o profesionales.

Sin embargo, examinada la cuestión desde el punto de vista del país de acogida, los derechos de los inmigrantes no son en realidad los mismos que los derechos de los nacionales, dada la existencia en numerosos Estados de normas restrictivas en materia de inmigración. En determinados países occidentales resultan emblemáticas las leyes de inmigración, resultantes de los conflictos laborales que conlleva la masiva afluencia de trabajadores de otros países, y así también por una forma sesgada de entender los problemas de orden publico, que degenera en autenticas situaciones de gueto y en actitudes racistas o xenófobas asumidas por algunos sectores sociales.

Hay una enorme proliferación de legislación y de tratados y convenios internacionales, tanto bilaterales como multilaterales, que regulan aspectos laborales, familiares, educativos, asistencias y otros sobre esta materia. La existencia de organizaciones como la Unión Europea supone la misma consideración de un trabajador nacional y de otro que sea ciudadano de otro Estado de la Unión, dado el principio de libertad de trabajo y de circulación en cualquier Estado miembro.” Investigación exploratoria Para la obtención de datos e información utilizada para desarrollar el presente trabajo se realizó una detallada búsqueda y posterior lectura y análisis de textos, tanto en soporte digital como impresos, de los cuales se extrajeron importantes datos acerca del contexto histórico de la época pertinente, las características del país y ciudad donde nació Adolfina, así como la situación de nuestro país cuando ella arribó a la ciudad de Buenos Aires.

Resultó más dificultosa la adquisición de los datos personales y de la vida de Adolfina, ya que no se pudo contar con documentos de ninguna índole. Esto se debe a que su emigración fue totalmente improvisada, y no trajo consigo ninguna de sus pertenencias u documento que la identificara.

Por ello resultó ser una pieza fundamental y base para el desarrollo de este trabajo la entrevista realizada a Antonio Iurevich, hijo de Adolfina Giniotis, quién aportó valiosos datos de la vida de su madre y dio los cimientos necesarios para la reconstrucción de este hecho puntual: la emigración, que vivida por miles de personas en su época se intenta, en este trabajo, analizar todos sus aspectos, causas y consecuencias mientras nos acercamos a la vida de su protagonista.

De los ruidos al silencio

Lietuvos Respublika Adolfina Giniotis nació en la ciudad de Kaunas, Lituania, en 1899.

La República de Lituania es un pequeño país del Norte de Europa que forma parte de la Unión Europea y del Consejo de Estados del Mar Báltico, además de ser miembro en pleno derecho de diferentes organizaciones internacionales como la OTAN. Se ubica junto al mar Báltico que comparte con Suecia, Finlandia, Estonia, Letonia, Polonia, Alemania, Dinamarca y Rusia. Al Norte limita con Letonia, al Este con Bielorrusia y al Suroeste con Polonia y el enclave ruso de Kaliningrado.

Vienybė težydi: Deja que la unidad florezca

El lema de los lituanos contempla ese sentido de unidad entre hermanos de una misma república que ha sido acatado y cumplido por Adolfina a pesar de haberse separado físicamente de su patria, ye que llevo consigo el apego a su cultura y lo ha demostrado en la cotidianidad, como en el simple hecho de aferrarse a su idioma y rehusarse a aprender el español a pesar de haber vivido la mayor parte de su vida en la Argentina

Orígenes

Adolfina se crió con su madre, su padre, su hermana Filomena y sus dos hermanos, de los cuales solo se tiene el conocimiento del nombre de uno de ellos: Francis. Su infancia y adolescencia transcurrió viviendo con su familia con un típico estilo de vida “campesino” en una época donde debían recolectar la materia prima para realizar su propio alimento y guardar provisiones en el sótano de su casa para atravesar el largo y crudo invierno. Uno de de los recuerdos de Adolfina era salir en su niñez a recolectar hongos, para lo que se debía tener algunos conocimientos y un tanto de experiencia ya que había que diferenciar los comestibles de aquellos que eran venenosos. Las bajas temperaturas en Lituania (que llegan hasta los 40° bajo cero) propiciaban el clima perfecto para su crecimiento. Generalmente estaban ubicados debajo de pinos y eran recolectados y colocados en una pequeña canasta para luego llevarlos a la casa, lavarlos y cocinarlos de diversas formas.

A causa de la situación de guerra y conflictos que atravesaba Lituania con otros países, las familias debieron adaptarse a un estilo de vida de producción propia para satisfacer sus necesidades básicas. De esta manera obtenían la materia prima de la naturaleza y elaboraban tanto su comida, vestimenta, y objetos para el hogar como almohadones, cortinas y mantas, todo ello a partir de la cosecha de cultivos para el consumo particular y la cría de animales.

Tiempos de lucha Durante la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918 la República de Lituania fue ocupada por Alemania. Adolfina y su familia fueron víctimas del terror diario.

Los alemanes saqueaban sistemáticamente los recursos de Lituania y, como un movimiento de resistencia nacional desarrollados, mataron a más de 200.000 personas, incluyendo un estimado de 165.000 judíos, que fueron asesinados.

Los nazis allanaban las casas en búsqueda de provisiones, torturaban a las familias, violaban a las niñas y destruían todo a su paso sin distinción, ya que, como destacaba Adolfina una de las pocas veces que se hablaba del tema, era muy reducida la población de judíos que allí vivía. Ella y su familia, por ejemplo, no pertenecían a dicha religión.

Lituania declaró su independencia nuevamente el 16 de febrero de 1918. Entre 1918 y 1921 se libró una guerra contra la recién proclamada República de Polonia, que se intentó anexar al Estado Lituano. La guerra se saldó con la pérdida del 20% del territorio, con la capital Vilnius incluida. La capital se trasladó temporalmente a Kaunas, ciudad natal de Adolfina.

Todo este conflicto impulsó a su madre a tomar la gran decisión.

Adiós para siempre

En medio de tormentosos conflictos en su país, la madre de Adolfina toma la importante y valiente decisión de enviar a sus hijos al exterior paulatinamente en barcos diferentes, cada uno con un rumbo desconocido, alejándolos de la lucha de su país hacia un destino incierto, salvándolos tal vez de un duro final casi asegurado, tarea nada fácil si se tiene en cuenta la problemática situación, ya que había que contar con una gran suma de dinero obtenido dificultosamente debido a la inestable economía, producto de los gastos de guerra. Se debía elegir además el momento apropiado para embarcarse y tener la fortuna de conseguir uno de los codiciados boletos hacia la libertad.

El viaje

Un incierto día del año 1925 Adolfina se marcha para siempre de su país y emprende un extenso viaje hacia lo desconocido.

Tras una triste y dolorosa despedida de sus afectos y asechada por el oscuro presentimiento de que jamás los volverá a ver, sube a un inmenso barco a vapor entre una multitud que protagoniza una despedida colectiva y se dirige a una precaria tercera clase, tal vez no muy conciente del calvario que allí le esperaba.

Ese barco sería su hogar durante los próximos dos meses, donde conviviría en malas condiciones con personas enfermas, poniendo en riesgo su salud, soportando la carencia de higiene, el hacinamiento, los malos olores, el exceso de frío o de calor, según el clima, y una intolerable promiscuidad.

El rótulo de inmigrante de tercera clase le proporcionaría una serie de malos tratos por parte de la tripulación, que reservaría la cordialidad para aquellos pasajeros que viajaran en primera clase. Esto también aplicado a los servicios y los alimentos, ya que ella solo consumiría una escasa cantidad de comida y de mala calidad, muchas veces fuera de las condiciones propicias de ser ingerida.

En ese ambiente insalubre se contraían enfermedades que se propagaban con facilidad por los lugares desaseados, cubiertos por vómitos de personas que sufrían el “mal de mar”, nombre que se le daba a las descomposturas o nauseas causados por el movimiento pendular del barco en las olas del mar.

Otro factor que influía era el hecho de que los niños hacían sus necesidades biológicas en cualquier rincón.

El arribo

Luego de un largo y doloroso viaje, las condiciones físicas y mentales de Adolfina ya no son las mismas, ambas han sufrido un gran desgaste. En “ La región del trigo” Estanislao Zeballos intenta describir el estado de ánimo y los sentimientos del emigrante al momento del arribo tras la dura travesía: “Mirad al colono en el muelle, pobre, desvalido, conducido hasta allí después de haber sido desembarcado a expensas del gobierno, sin relaciones, sin capital, sin rumbos ciertos, ignorante de la geografía argentina y de la lengua castellana, lleno de las zozobras y de las palpitaciones que agitan al corazón en el momento supremo en que el hombre se para frente a frente de su destino para abordar las soluciones del porvenir, con una energía amortiguada por la perplejidad que produce la falta de conocimiento del teatro que se pisa, y las rancias preocupaciones sobre nuestro carácter, el más hospitalario del mundo por redondo y el más vejado en Europa por necias o pérfidas publicaciones. Solamente lo alientan en tan extraña situación de espíritu las aptitudes que lo adornan y la voluntad de hacerlas valer”.

Finalmente el barco toca puerto en la costa de Brasil y un sin numero de personas se agolpa para ver el arribo.

Adolfina se asoma a contemplar la llegada pero la sorprende un grupo de personas de raza negra que aguardan para recibir a los pasajeros y queda totalmente impactada, ya que es la primera vez en su vida que descubre esta característica racial.

Varios sentimientos confluyen en su interior y el miedo y la incertidumbre la poseen, llevándola sin dudar a permanecer en el barco hasta la siguiente y última escala: el puerto de Buenos Aires.

Nueva vida

Tras su inmigración a la Argentina, Adolfina tuvo que afrontar la situación en la que se encontraba y adaptarse a una nueva vida, muy diferente de la que había llevado hasta ahora. Sola y a miles de kilómetros de su hogar, se vio obligada a rehacer todo desde el comienzo.

La enorme brecha cultural que la separaba de su nuevo lugar de residencia la condicionó a emplearse en una casa realizando tareas domésticas y de esa manera lograr pagar un pequeño cuarto en una pensión.

Idioma, costumbres y cultura influyeron en la prematura decisión de Adolfina de contraer matrimonio con un lituano mucho mayor que ella para sentirse acompañada por alguien de su misma cultura en un mundo extraño, intentando así alejar los sentimientos de desesperación y soledad.

Su marido, Antonio Iurevich, que era oficial mecánico en el arsenal de marina, ya se había asentado desde hace tiempo en la ciudad de Buenos Aires, la ayudo a emprender junto a él la nueva etapa de su vida.

Nuevo comienzo Luego de su unión vivieron unos años en el barrio de Palermo, cerca del Jardín Botánico en la calle Malabia, hecho que le brindo cierta tranquilidad después de tantos padecimientos, lo que le permitió comenzar a descubrir su nuevo mundo y acomodarse un poco más en él; pudiendo disfrutar de lo nuevo, el paisaje, la geografía, la vegetación, el clima.

Poco a poco le va adoptando a nuestro país un lugar en su corazón.

En una ocasión decide hacerse de la nacionalidad Argentina, pero sin éxito, ya que no poseía ningún tipo de documento que la identificara.

Reencuentro

Ya instalada incentiva a su hermana a emigrar a la argentina junto a ella, pudiendo proporcionarle un lugar donde vivir gracias a su mejora económica.

Teniendo su arribo facilitado, Filomena accede a la propuesta.

Las hermanas se reencuentran y la recién llegada trae consigo noticias de su familia e innumerables historias que en largas horas de charla las acercaban, por lo menos en su imaginación a su lejano terruño.

En su estadía en Palermo Filomena mantiene comunicación epistolar con su madre y uno de sus hermanos quien había emigrado a Francia. La relación con éste último fue mantenida en secreto y ocultada a Adolfina, que solo se enteraba de las novedades que recibían de su madre. Este hecho no tardo mucho en ser revelado, ya que un día, acomodando su casa, Adolfina descubre un cúmulo de correspondencia proveniente de Francia y observa que una de esas cartas esta dirigida a ella. Para evitar conflictos con su hermana, quién evitó que las cartas llegaran a su destinatario, decidió conservarla sin anunciarle nunca el descubrimiento de su pequeño engaño, que se debía seguramente al carácter celoso de Filomena circunstancia que siempre fue soportada buenamente por Adolfina.

Más tarde pierden toda comunicación con su madre y ante un nuevo desamparo queda sembrada en su interior la duda de lo que pudo haber ocurrido con sus padres en Lituania. Ante el temor del peor desenlace en manos de un allanamiento por parte de los alemanes, prefieren tener la no menos triste esperanza de que hayan sido deportados, ya que los soviéticos volvieron a ocupar Lituania, que se restableció como una república soviética y el gobierno deportó unos 350.000 lituanos a campos de trabajo en Siberia como castigo por tener creencias anticomunistas, o resistirse a la dominación soviética.

El régimen comunista cerró la mayoría de las iglesias, deportando a muchos sacerdotes, y las personas que poseían imágenes religiosas eran procesadas.

Durante el período que viven juntas, y mientras todo esto sucede, Filomena conoce a un sastre de nacionalidad Lituana llamado José Norcus, con quién contrae matrimonio para luego irse a vivir con el a la ciudad de Luján.

Progreso

Luego de la partida de su hermana, Adolfina se muda con su marido a Beccar, en el partido de San Isidro y compran una casa con fondo a tres cuadras de la avenida Centenario. Esto le permite tener un espacio para la crianza de animales y plantas, ya que también poseía su propia huerta, manteniendo la cultura que su país le había inculcado.

En el año 1929 da a luz a una niña que llama Irma y en 1935 a su segundo hijo, Antonio.

Ambos concurren a la escuela y se integran normal y rápidamente a la cultura Argentina, al contrario de Adolfina que permanece cerrada en un su cultura e idioma pese al intento de sus hijos por lograr que se adapte.

Todo ello influyó en su crianza, ya que debieron desenvolverse por sí mismos desde muy temprana edad, porque Adolfina casi no salía de su casa, ni llevaba ningún tipo de relación con otras personas que no fueran sus hijos.

Giros inesperados

Unos años más tarde, con sus hijos adolescentes, se separa de su marido, y Adolfina enfrenta otro golpe: debe criar y mantener sola a sus hijos. Para ello comienza a vender el producto de su huerta en el barrio y los pollos que cría, y junto con el aporte económico de sus hijos que comienzan a trabajar, consiguen salir adelante.

Su hija mayor hace un profesorado hasta obtener su título (más tarde continua sus estudios convirtiéndose en inspectora).

Su hijo menor termina la secundaria y posteriormente se inscribe en la facultad de medicina mientras trabaja en un banco para poder solventar sus gastos.

Un año después abandona su carrera y se dedica de lleno a la vida laboral.

Hijos ya grandes y con ocupaciones propias, sumados al encierro y al aislamiento, hacían evidente la soledad de Adolfina, motivo que llevo a su hermana Filomena a invitarla a ella y a sus hijos a vivir en su hogar.

Con todos de acuerdo con la decisión, se mudan a Luján y venden la casa de Beccar.

Transcurren unos años viviendo en la ciudad donde su hijo menor conoce a su futura esposa y se casa.

Más tarde por la situación laboral de Irma, que debía viajar diariamente a la capital federal, vuelven a mudarse hacia San Justo, pero esta vez sin su hijo, quién se queda con su mujer viviendo en Luján.

Una vez más Adolfina es poseída por la soledad, sentimiento que la lleva a aferrarse a lo único que ahora tiene cerca: su hija. La personalidad posesiva y absorbente que desarrolla evita que Irma pueda hacer su vida de manera independiente, incluso que contraiga matrimonio.

En su nuevo hogar en San Justo Adolfina intenta distraerse y se apega a esas pequeñas cosas que siempre le gustaron: se dedica a sembrar y cuidar plantas de todo tipo, y adopta una pequeña cantidad de perros como mascotas que rescata de la calle.

De esta manera, sin muchos cambios, transcurrieron los siguientes años de su vida.

Se fueron sumando integrantes a su familia, nietas y bisnietas, que disfrutaba viéndolas crecer año a año y compartiendo con ellas y el resto de su creciente familia en las esporádicas reuniones que se hacían en el año así como la celebración de las festividades y fechas importantes.

Los últimos días

La avanzada edad y el deterioro natural de su salud condujeron a Adolfina hacia la casa de su hijo menor en Luján donde contaban con los recursos necesarios, tanto económicos como de disponibilidad de tiempo y personas que pudieran dedicarse a atenderla y brindarle todas las comodidades de las que disfrutó felizmente sus últimos días en compañía de sus seres queridos, reposando en la cama de la habitación de una hermosa casa de campo desde donde podía ver a través de un inmenso ventanal el paisaje del verde natural que tanto le gustaba, imagen que seguramente llevo consigo en su largo descanso a la edad de 94 años.

Tarea cumplida Creo que mi bisabuela en la última etapa de su vida encontró en la familia que fundó muchas de las cosas que tuvo que dejar al emigrar devolviéndole en parte la capacidad de soñar y de ser feliz en un lugar al que al final lo sintió como propio.

En definitiva la historia de Adolfina no dista mucho de tantas otras historias repetidas y parecidas, vividas por varias generaciones de europeos que lucharon contra el dolor y la carencia traídos por la guerra. En el trabajo de armar un futuro económico y familiar se encontraron colaborando fuertemente en la construcción de un nuevo y querido país.


De los ruidos al silencio fue publicado de la página 59 a página62 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

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