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Mirada sin retorno

Gutiérrez, Juan José

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos Ganadores Asignaturas Comunicación Oral y Escrita e Introducción a la Investigación

Año VI, Vol. 28, Junio 2010, Buenos Aires, Argentina | 122 páginas

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Marcos notó que algo lo estaba diferenciando de los demás.

Ya con treinta y dos años, vio que los medicamentos que le habían recetado de por vida, y que dejó hace un año, le estaban provocando reacciones que no podía entender. Fuertes dolores de cabeza, vista nublada y manchas imaginarias en las paredes comenzaban a ser rutina en su vida.

Pero su verdadera preocupación surgió cuando un día, comprando en el supermercado de su barrio y tras dirigirse a la caja para que le cobraran, se puso a discutir con la cajera porque ésta no le quería cobrar. Entonces se le acercó una persona y le preguntó a Marcos a quién le hablaba, ya que en la caja no había nadie. Lo que estaba sufriendo eran alucinaciones tan reales que no podía distinguir si lo que veía existía o no.

Por ese motivo comenzó a recluirse en su casa y dejar de exponerse ante situaciones tan perturbadoras. Sólo compraba comida en el mercadito de un anciano que conocía. Como consecuencia de su enfermedad incipiente, volvió a entablar un escaso diálogo con sus padres –que vivían con él- aunque el trato nunca fue bueno. Es más, conviviendo durante años, pocas veces se hablaban. Marcos solía manejarse sólo dentro de la casa, y estaba acostumbrado a comer a deshoras, por lo que difícilmente compartía una comida con sus padres.

Pero ambos entendían por lo que su hijo estaba pasando y lo trataban de ayudar constantemente, a lo que Marcos se resistía y se negaba a cooperar.

Pasaron años y la situación no mejoró.

-¿Por qué no sales a pasear por el parque querido? Es un día hermoso. –le dijo su madre, alentándolo a romper la monotonía que traía su hijo durante los tres últimos años.

- Estoy bien aquí. –murmuró Marcos con la vista perdida en la ventana.

- Si quieres podemos ir con tu padre. ¿Qué te parece si hacemos un pic-nic? - No. –las respuestas de Marcos eran cada vez más secas.

- ¿Y qué te parece si… - ¡Basta! ¡¡Deja de molestarme!! –gritó mientras miraba a su madre con el entrecejo fruncido y lágrimas que asomaban por sus ojos. Acto seguido se paró, se dirigió a la puerta maldiciendo en voz baja, la abrió y sin dudarlo salió a la calle con un paso firme.

- ¿Hijo no quieres que te acompañe… Y la puerta se cerró de un golpe. Su madre, atónita, sentía una mezcla de tristeza y alegría.

Hacía mucho tiempo que Marcos no caminaba por su barrio. Éste era prácticamente desconocido para él, ya que habían construido muchas casas nuevas y haber demolido las que recordaba.

Sin un rumbo fijo y a un paso descontracturado, Marcos se sentía mucho mejor que dentro de su casa. El viento en su rostro le producía un placer que hacía años no sentía, por un momento se olvidó de su enfermedad. Se sentía bien.

Mientras caminaba por una plaza, notó un sonido repetitivo que lo acompañaba. Una especie de paso redoblado constante que venía por detrás. En ese momento recordó el motivo que lo mantuvo recluído durante años en su casa. Haciendo un esfuerzo cerró los ojos, inspiró hondo y se dio vuelta esperando no encontrarse algún monstruo imaginario.

Cuando abrió los ojos se encontró con un cachorrito de no más de 1 año.

Ambos se quedaron mirándose el uno al otro. Estuvieron así durante un minuto, hasta que el cachorro bajó la mirada y el hocico, y se acercó al joven con cautela y un leve sollozo de soledad.

Marcos se agachó y cuando sintió que el cachorrito empujaba su hocico contra su mano para que lo acaricie, rompió en una carcajada mientras abrazaba al perro con todo su cariño.

En ese momento se sintió querido por alguien como hacía mucho que no lo sentía. Sabía que se iba llevar bien con ese perro. A partir de ese momento, su perro.

Se oyó el picaporte abriéndose. Los padres de Marcos corrieron a la puerta a recibirlo, ambos se quedaron absortos cuando vieron a su hijo tan alegre, saltando y riendo.

- ¿Por qué tanta alegría hijo? - ¡Miren! ¡Encontré este cachorrito en la calle! ¡Es hermoso! –decía Marcos mientras se dejaba atacar por el cachorro a modo de juego tirado en el piso.

Los padres se miraron el uno al otro y cuando la madre iba a decir algo, el padre la interrumpió con un gesto en silencio y tomó la palabra.

- Hijo, ese cachorro del que hablas… no existe.

La risa de Marcos, que había inundado la casa, desapareció.

El joven se reincorporó y miró a sus padres con una furia que jamás había expresado.

- ¡¿Qué dicen?! ¡Sí que existe! Lo veo y lo siento, ¡es real! - Hijito, sabes que sufres alucinaciones –le dijo su madre- y que lo puedas sentir, no es más que el estado agraviado de tu enfermedad. Antes no sucedía pero… - ¡No! –replicó enfurecido- ¡Es mi mascota y existe! Pasaron días, semanas y meses. Los padres siguieron intentando convencerlo de que aquel perro era un producto de su imaginación, y que el dolor al darse cuenta de aquello, iba a ser peor si dejaban pasar más tiempo.

Marcos ya no los escuchaba. Sólo le prestaba atención a su mascota. Era tan evidente la dedicación que él le daba a su perro, que sus padres tomaban el tema cada vez más seriamente.

- Hijo, o comienzas a cooperar y a hacernos caso, o te internaremos. –le dijo su padre.

- ¿Qué? –replicó Marcos con prepotencia- ¡Púdranse ustedes y su loquero! - Respeta a tus padres y baja el tono querido –le pidió su madre con tranquilidad.

- ¡Yo hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero! ¡No los necesito! ¡Ya tengo todo lo que me hace falta! –gritó mientras se arrodillaba y con una mano abrazaba a su perro.

Los gritos de Marcos eran tan fuertes que el vecino, ya acostumbrado y cansado de escucharlo, solía asomarse por la ventana y gritarle que no vivía solo en el barrio.

Una medianoche, Marcos se encontraba cenando sólo como era costumbre para él, ya que trataba de evitar compartir una comida con sus padres. Mientras le daba de comer a su mascota por debajo de la mesa, su padre que pasaba por la cocina en ese momento no pudo evitar comentar la situación.

- Hijo, deja de hacer eso por favor, sólo ensucias el piso con comida.

- ¿Quieres más? –le preguntaba el joven a su perro.

- Marcos –su padre se puso más serio- o terminas con esto, o lo terminamos nosotros.

- Yo terminé con ustedes hace tiempo. –susurró, simulando no darle importancia a la conversación.

- Entonces mañana te internaremos. Es definitivo.

- Ustedes me internan y yo… -Marcos comenzaba a montar en cólera- ¡Les juro que se arrepentirán si me hacen eso! - Hijo, cálmate, hablemos como personas mayores.

- ¡No! ¡Ustedes sólo quieren hacerme infeliz! ¡Los detesto! –gritó fuera de sí, mientras se dirigía a su habitación tirando todo lo que tenía enfrente suyo. Los gritos de queja de su vecino no se hicieron esperar.

Aquella noche, tras la discusión, la cocina había quedado con la mesa puesta, el plato de Marcos con sobras de comida, una ventana abierta y una hornalla de la cocina encendida.

Cerca de las 4 de la mañana, una leve brisa hizo que la cortina de la ventana abierta, pasara sobre la hornalla. Tras reiteradas veces, ésta comenzó a prenderse fuego.

Primero la cortina, luego el barral, parte del techo de la cocina, lentamente todo iba tiñéndose de rojo y negro. La cocina lindaba con la habitación del vecino, por lo que éste fue el primero en darse cuenta de que algo se estaba quemando.

Minutos después Marcos se despertó por la tos constante que tenía, y fue ahí cuando vio que su habitación estaba cubierta por un techo de humo negro. Desesperado y sin saber que hacer, se aferró a su perro contra una esquina de su habitación y comenzó a gritar pidiendo ayuda a sus padres.

Con la vista nublada y poco oxígeno, Marcos escuchó como unos golpes derribaban la puerta de entrada. Una voz apenas reconocible por el joven se acercaba cada vez más a donde se encontraba él.

- ¡¿Hay alguien aquí?! –gritaba su vecino con la boca tapada por una manta- - A… aquí –susurraba el joven con las pocas energías que le quedaban.

Su vecino logró divisar una figura en el rincón, se acercó y lo vio casi desmayado.

- Tranquilo, ya vienen los bomberos. Salgamos rápido. –dijo su vecino mientras lo arrastraba de los hombros lo más rápido posible; Marcos trataba de no despegarse de su perro.

Una vez fuera de la casa, el vecino tendió al joven sobre la vereda y comenzó a hablarle para ver si seguía consciente.

Tardó unos minutos en reaccionar, pero logró entender lo que le decía.

- ¿Me puedes ver? –le preguntaba su vecino- Ya escucho las sirenas, vendrá la ambulancia y te mejorarás.

- ¿Qué..? No… Falta... –murmuraba.

- ¿Falta?, no chico, ya está aquí tu perro. Se lo ve bien –dijo el vecino mientras acariciaba al perro.

Marcos se sentía confundido.

- ¡Mis padres! –gritó exaltado- ¡Están adentro! –dijo mientras tocía e intentaba reincorporarse.

- Tranquilo, no te muevas mucho que te hará mal.

- ¡No! ¡Deben estar ahí! ¡Ayúdelos por favor! –luego de esas palabras se quedó sin aire y todo se oscureció.

Marcos, tendido en una camilla, escuchaba voces. Entre las que pudo distinguir a su vecino: - Sí oficial, este joven vive solo hace varios años ya. Solo él y su perro.

Síntesis

Este trabajo práctico no sólo sirvió para promover la creatividad dentro de un género de ficción, sino que también sirvió para utilizar el género discursivo narrativo y para aplicar gran parte de sus elementos, como por ejemplo el tipo de narrador (3ra persona omnisciente), o los personajes protagonistas y secundarios, las voces (de estilo directo), la acción y demás elementos.

También sirvió para desarrollar la estructura del un cuento, compuesto por la introducción, nudo y desenlace.

Conclusión

A modo de conclusión personal, creo que este Trabajo Práctico, cumplió con los requisitos necesarios para funcionar como cuento y pieza comunicacional. Se utilizaron elementos del género discursivo narrativo, y se intentaron respetar las partes del cuento: planteamiento, nudo y desenlace.

También me di cuenta que este tipo de actividades, promueve de una manera increíble la imaginación. O sea, el hecho de leer ya requiere que uno recree la escena. Pero el hecho de escribir, requiere que uno no sólo imagine la escena sino todo lo que está por venir y que a su vez funcione en armonía.

Resulta un trabajo complicado –quizás para mentes poco entrenadas como la mía- pero que da un resultado interesantísimo.

Saber que se puede hacer que los demás se sumerjan en una historia que uno mismo creó, y que la disfruten, es invaluable.


Mirada sin retorno fue publicado de la página 76 a página78 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

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