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Historia de mi familia

Domínguez, Denisse Guido

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos Ganadores Asignaturas Comunicación Oral y Escrita e Introducción a la Investigación

Año VI, Vol. 28, Junio 2010, Buenos Aires, Argentina | 122 páginas

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Síntesis

En 1968, siendo apenas una niña, Inés Cracco, se fue a vivir a Irak con toda su familia. Su padre ocupaba un puesto en el Banco Mundial y su trabajo fue la razón del traslado.

Inés, la menor de tres hijas, era una niña de madre española y de padre francés y en casa, se hablaba tanto el español, el francés como el inglés. Hasta el momento la familia había llevado una vida normal en Estados Unidos.

Sin comprender tan sólo las diferencias culturales que implicaría una nueva vida en Irak, Inés se lanzó como cualquier niño lo haría, ingenua y alegremente.

Al llegar todo parecía muy normal. La familia se alojó en un barrio formado únicamente por europeos y estadounidenses.

El papá de Inés trabajaba mucho y la madre se quedaba en casa con las niñas y también visitaba a algunas vecinas. Inés y sus hermanas pasaban la mayor parte del tiempo en casa y recibían educación primaria en su propia sala bajo la tutela de un profesor particular.

Poco a poco las niñas se fueron acostumbrando al lugar y la rutina se volvía aburrida. Pasaban mucho tiempo en casa o en casa de las vecinas, de vez en cuando manejaban la bicicleta.

Inés se sentía cada vez más interesada por conocer, por ir más allá, así que un domingo decidió salir. Se metió por las calles y después de manejar la bicicleta por un buen tiempo se dio cuenta de que todo el barrio estaba cercado, en la única salida, había hombres que la custodiaban y cargaban armas.

Le preguntó a su mamá por qué estaban encerrados allí dentro, ella sólo le contestó que era más seguro estar ahí. Un día Inés fue al mercado con su madre y con el chofer. La madre se cubrió totalmente el cuerpo y la cara para salir, pero pronto Inés notó que afuera todas las mujeres vestían el mismo atuendo. A partir de entonces, Inés salía más y descubría poco a poco las diferencias culturales. Aprendió mucho acerca de la sociedad, y exploró una nueva religión, el Islam, la cual le resultaba muy extraña en varios aspectos, e incluso ofensiva para las mujeres. A medida que iba conociendo, se iba sintiendo cada vez más discriminada y subestimada por ser mujer.

Ya en 1973 re-localizaron al padre de Inés, esta vez el destino era Francia.

Toda la familia recobró su forma de vida habitual, apreciando lo que es vivir en un país democrático en donde los derechos humanos son iguales para todos y velan por todos.

Introducción

El siguiente trabajo relata la historia de Inés Cracco, la esposa del hermano de mi padre, en otras palabras mi tía. Decidí contar una experiencia que marcó su vida de muchas formas. Los años que vivieron ella y su familia en Irak fueron determinantes en su formación moral y le mostraron una cara peculiar del mundo y de sus diferencias culturales.

Comprendiendo otra cultura, otra religión y asimilando una concepción de vida totalmente diferente a la suya todavía prematura, Inés fue capaz de entender la gravedad y la seriedad de muchas costumbres en las que se subestima y humilla a la mujer dentro de la sociedad.

Mostrando una realidad distinta desde los ojos de una niña ingenua pero curiosa utilizo la primera persona para escribir este texto.

Desarrollo

A medida que un niño sale de su casa y visita la de sus compañeros, sin la compañía de sus padres, va comprendiendo que en cada hogar hay diferentes formas de llevar a acabo las actividades. Cada casa es un pequeño mundo lleno de particularidades, costumbres e imágenes diferentes. Un niño pequeño va comprendiendo paulatinamente que existen personas con educación y criterios distintos a los suyos y a los de sus allegados. El hecho de salir de casa, salir de un entorno y cambiar de ambiente estimula a ver y a apreciar cosas que uno ni siquiera sabía que estaban ahí. A medida de que se observan todos estos aspectos, se entiende el contraste que tienen con los propios.

Yo tenía ocho años cuando viví un periodo que me permitió apreciar muchas cosas más allá de las que encierra un cambio de cultura y de entorno. Yo, tanto como mi familia, pudimos comprender la importancia que tiene vivir en un país o en otro para que los derechos humanos puedan o no ser aplicados.

Soy hija de madre española y de padre francés, la menor de tres hermanas. En casa se hablaba tanto el inglés y el francés como el español. Nosotros habíamos llevado una vida normal en los Estados Unidos. De chicas asistíamos a la escuela primaria y por las tardes, realizábamos alguna actividad extra como ser clases de piano o deportes. Amaba las acciones al aire libre, me encantaba manejar la bicicleta y siempre hacía nuevos amigos cuando salía a pasear por la zona. Era una niña muy sociable que tenía una habilidad especial para notar el estado de ánimo de otras personas. Siempre me interesé por los demás y sentía una curiosidad inmensa por comprender cómo funcionaban las relaciones humanas.

Mi familia estaba muy bien adaptada a la vida americana. Mi papá trabajaba como delegado del Banco Mundial y mi mamá era presidenta de un par de clubes dentro de las pequeñas sociedades que conformaban las madres de familia, aunque ella se dedicaba principalmente a nosotras.

El 13 de enero de 1968 llegó mi papá con un algo que anunciar, lo habían asignado a Irak, tendríamos que dejar la casa para irnos todos juntos a otro país. Mamá se quedó paralizada al recibir la noticia, mis hermanas preguntaron dónde quedaba Irak pero a mí ni siquiera me había conmovido la novedad.

Los siguientes días, todos en la casa se dedicaban a guardar nuestras pertenencias en cajas. Los muebles, los adornos, los libros, los juguetes, todo iba desapareciendo al pasar la semana.

Al comenzar febrero tomamos el avión hasta Bagdad. Aterrizamos el 3 de febrero en la noche, estábamos cansadas, yo dormida, fuimos transportados hasta Al Kut en una vagoneta.

Esa noche parecía ser un sueño, ninguna de nosotras prestó demasiada atención a lo que nos rodeaba ya que nos sentíamos terriblemente cansadas para poder apreciar nuestro nuevo hogar. Ya en la mañana, todos despertamos con los rayos de sol que entraban por las ventanas de la casa vacía.

En Irak la situación interna había quedado muy dañada después de un golpe de estado en 1967, ya en julio de 1968 Irak sufrió un segundo golpe de estado en el que se le concedió el poder a Bass como presidente y a Sadam Hussein como segundo mandatario. Este hecho significó para Irak un periodo de relativa estabilidad durante los siguientes 10 años. Pero en el momento que nos tocaba vivir lo único que sabíamos era que Irak se estaba recuperando de una situación difícil.

Todas nuestras cosas estaban ahí encajonadas así que nos dedicamos a ordenar. La primera semana transcurrió con rapidez, pero la siguiente pasaría con mucha más lentitud.

Las clases comenzaron, pero no eran impartidas como suelen serlo. Mis hermanas y yo tuvimos que recibir educación escolar en nuestra propia sala. Impartidas por un aburrido profesor inglés, las lecciones se hacían tediosas y largas. Nos daba muchos libros para leer y a cada una nos regañaba por motivos distintos. La situación no mejoraba a pesar de que terminaba la hora ya que lo que quedaba de la tarde la pasábamos encerradas en casa o en el jardín. A mamá no le gustaba mucho que saliéramos por ahí solas y pocas veces la convencíamos de que fuera con nosotras.

Sin darnos cuenta, ya todos nos veíamos sumidos en una rutina, mi padre salía a trabajar todos los días a las 8. En la puerta lo esperaba la misma vagoneta negra de siempre, acompañado por dos hombres se iban temprano y regresaba a las 18.

Mi madre ordenaba y decoraba la casa nueva, ella decía que siempre había cosas por hacer y algo que arreglar, aunque yo no comprendía qué, porque para mí toda la casa estaba perfecta e impecable. Por otro lado mis hermanas y yo no sabíamos en qué ocupar nuestro tiempo, ya habíamos leído todos los cuentos y preparado todas las recetas. Muy pocos fines de semana mis papás salían y cuando no lo hacían íbamos a la casa de alguna vecina. El barrio era bastante bonito, las casas eran parecidas a las nuestras, los que vivían allí eran extranjeros como nosotros, venían de Estados Unidos o de Europa y la mayor parte trabajaba en algún puesto diplomático. Pero lo que a mí más me gustaba era salir a manejar la bicicleta, ir cada vez más lejos. Mi mamá me reprochaba, pero cuando no miraba yo me alejaba.

Los meses pasaban y el calor aumentaba, estar en casa se volvía una verdadera tortura, yo necesitaba tomar aire. Mis hermanas ya estaban acostumbradas a quedarse en la casa, pero yo no, sentía que me ahogaba, necesitaba salir. Así fue que uno de los días en que dejé la casa con la bicicleta, decidí alejarme y explorar. Anduve derecho por al menos 15 minutos y me topé con una reja de hierro, di la vuelta y manejé en la dirección contraria, pedaleé por mucho más tiempo, todo derecho y volví a encontrarme con la misma reja. Comencé a rodearla y sin darme cuenta se hicieron las 19:00. Manejé lo más rápido que pude, llegué a casa y encontré a mi madre llorando desesperada y a mi padre que me miraba con cara de histeria. Ambos me gritaron cosas que no llegué a comprender ya que hablaban uno sobre el otro, estaban muy enfadados por mi ausencia, me dijeron que nunca volviera a hacerlo pero no me castigaron.

La reja me había despertado una profunda curiosidad. Por qué estábamos encerrados todos ahí dentro, qué había allá afue ra, estábamos ocultándonos de alguien o abría algo que no querían que viésemos. Sin poder soportar la duda rondando por mi cabeza, al día siguiente, después de las clases, me fui inmediatamente a andar en bicicleta, ví la reja a lo lejos y me fui directo contra ella. Necesitaba ver lo que había al otro lado, y lo que encontré fue nada, no había nada más que tierra y una senda, imaginé que era la que mi padre tomaba para ir y volver del trabajo. Manejé hasta donde se unía el camino y nuestro barrio y en la entrada había unos hombres uniformados y con armas.

Al llegar a casa le pregunté a mamá por qué estábamos encerrados y lo único que contestó era que así era más seguro.

Ahora era otra la duda que acosaba mi mente, más seguros de qué. Quería salir, moría por ver lo que había allí afuera.

Comencé a insistir a mi madre, día a día hacía preguntas a la hora de la comida y en mi madre parecía despertarse la misma curiosidad que se había despertado en mí.

Un sábado en la mañana, muy temprano, mamá me despertó y me dijo que me visitera, me dio una camiseta de mangas largas y un pantalón. Ella se puso una túnica que le cubría los pies y las manos. También se colocó una tela muy larga sobre la cabeza, esta prenda tenía una especie de redecilla en la parte de los ojos, de esa forma podría ver.

El chofer de papá nos hizo entrar al auto y nos llevó a un mercadillo no muy lejos de casa. Ya en el pueblo mi mamá y yo íbamos detrás de él. Había mucha gente por las calles, utilizaban túnicas largas, había muy pocas mujeres que vestían el mismo atuendo que llevaba mi mamá, pero las niñas no lo hacían. Se vendían muchas hierbas y especias que ni mi madre ni yo habíamos visto jamás. El chofer nos mostraba algunas de esas, nos decía sus nombres y nos explicaba para qué servía cada una de ellas. Aparentemente existían un sin fin de productos naturales para cosmética, los irakíes utilizaban muchos ungüentos, cremas y otras cosas aromáticas.

También había muchos artículos como alfombras lámparas, zapatos y túnicas muy diferentes a los que yo conocía y por la calle no se veía casi ningún auto, tan sólo carretas haladas por asnos circulaban ahí. Cuando alguna de nosotras dos estaba interesada en hacer alguna compra, era el chofer quién realizaba la transacción. Compramos muchas cosas, la mayoría alimentos para la casa.

Mi mamá me regaló unos zapatos puntiagudos, un par para mí y otros para mis hermanas. Además compró algo de comer de un nombre que ni siquiera podíamos pronunciar.

Todo era muy interesante, completamente distinto a lo que había vivido en Irak hasta ese día. Las personas, su apariencia, los olores, la vegetación, la arquitectura obedecían a una estructura totalmente nueva para mí.

Al fin había algo emocionante en nuestro nuevo país, algo diferente e intrigante, no podía creer lo que me había estado perdiendo, por qué no me habían llevado a conocer todo eso antes.

Cuando llegamos a casa no muy tarde, nos sentamos a la mesa y mi padre nos dijo que debíamos tener cuidado, que no habláramos con nadie y que era mejor no llamar la atención, le hizo un cumplido a mi mamá por haberse cubierto la cabeza y la cara y nos explicó que si bien en la capital había extranjeros que se paseaban con sus esposas vistiendo y comportándose como lo hacen normalmente en América o Europa, pero que era mejor mantenerse al margen para evitar situaciones desagradables. Papá nos contó que en ocasiones veía extranjeras por las calles de Bagdad y si estaban solas había hombres que las insultaban.

A partir de entonces, cada sábado por la mañana mi mamá y yo íbamos al mercado a hacer las compras, a veces nos acompañaba alguna de mis hermanas, mi papá o el chofer, pero siempre acompañadas por alguno de los dos hombres para que realizase la transacción. Mi mamá nunca hablaba con los vendedores y me decía que para ellos no era normal hablar ni escuchar a las mujeres, no podían ni establecer contacto visual, me decía que en muchas de las familias musulmanas no era normal que un hombre viese la cara de una mujer mientras esta no fuese su propia esposa.

Algunas veces, cuando salíamos tarde de casa y llegaban las 17 mientras paseábamos, mi mamá se preocupaba y le pedía a papá o al chofer que en seguida nos llevara de vuelta a casa.

Cada vez salíamos con más frecuencia. Íbamos a las plazas veíamos por fuera las mezquitas, estas estaban conformadas por una torre de donde se convocaba a orar, poseían un espacio abierto para recibir a la gente y tenían otra parte que estaba cubierta. La decoración era preciosa, tenía motivos florales y de otras plantas, también habían inscripciones en árabe referentes a su dios y a sus creencias, pero a diferencia de nuestros templos cristianos no tenía ninguna representación de sus personajes divinos, ni tan solo una parte de ellos.

Mamá me explicó que ellos no representaban al ser humano en su arte, ya que consideraban que el único que podía crear vida, y por lo tanto seres humanos, era su dios.

Con el tiempo fuimos conociendo diferentes mercadillos y a medida que yo salía me percataba de que los hombres eran los protagonistas de todo lo que pasaba fuera de casa.

Recuerdo bien lo mal que me sentí un viernes en la tarde, cuando salí a dar un paseo a pie con mis padres y mis hermanas, me encontré caminando a algunos metros de mis padres, cuando tropecé, me resbalé de la acera y fui escupida e insultada por un grupo de hombres que pasaban, sólo porque mi falda se había montado hasta mi rodilla con la caída. Me sentí como un perro y también tuve mucho miedo de que esos hombres se atrevieran a golpearme. Fue duro entender que las mujeres musulmanas tengan que vivir con ese sentimiento.

Un domingo por la tarde cuando estábamos de visita en la casa de alado, mientras que mi madre charlaba con la vecina, yo me puse a charlar con la empleada doméstica, resultó que ella era musulmán y le encantaba trabajar para los extranjeros.

No contaba con el apoyo de su familia para hacerlo, pero debido a las necesidades no satisfechas en casa debían aceptar. Mientras lavaba los platos se puso a contarme cómo funcionaban las cosas allí afuera, contestó todas mis dudas y me dijo que efectivamente las mujeres no andaban por las calles ya que debían quedarse en casa haciendo las tareas del hogar y cuidando de sus hijos. Anais era soltera y debía trabajar ya que su madre había muerto y tenía dos hermanos pequeños y una abuela que mantener. Me hablaba mucho del Islam, su religión.

El Islam es la tercera religión monoteísta en el mundo y una de las más importantes debido al número de adeptos que posee.

Islam significa sumisión, por lo tanto los que adoptan esta fe se someten a dios y a consecuencia de esto esperan la paz.

Su dios es Alá (dios en árabe) y da a conocer su palabra ante la humanidad a través de los escritos del Corán, el libro sagrado del Islam. Tanto esta obra como los textos acerca de la vida de Mahoma, llamados hadices, sirven de referencia y rigen tanto la vida como las leyes islámicas.

Los musulmanes reconocen a Alá como único dios, consideran a Adán, Abraham y a Mahoma como portadores de la palabra del señor y también dan razón a varios otros profetas, incluido entre ellos Jesucristo. Dentro del Corán se refiere a los judíos y cristianos como “los pueblos del Libro” y les guarda respeto. No obstante el Corán también contiene argumentos en contra de otras religiones u órdenes sociales.

Los musulmanes tienen cinco pilares que los relacionan con dios. El primero es reconocer que Alá es el único, omnipotente y verdadero dios. El segundo es confiar en la existencia de las criaturas divinas. El tercero es el de admitir la legitimidad de los profetas y sus mensajes. El cuarto es la aceptación del juicio final, la creencia de la recompensa o el castigo después de éste. Y por último, la fé en la predestinación, es decir los signos que se van presentando y guiando la vida hacia su cometido, el signo más claro, el Corán.

Los musulmanes se sienten responsables del orden mundial, alegan ser el pueblo elegido por dios para representarlo sobre la tierra. Deben ordenar el bien y prohibir el mal, procurando mantener y crear un orden social justo. El Saira hace referencia a esto, lo que traducido sería “el derecho islámico”. A esto refiere también el considerado sexto pilar del Islam, el cual ha causado muchísima polémica, se trata de “la guerra santa” conducida por los movimientos radicales islamistas.

“Exhorta a todos los musulmanes y a la comunidad en general a luchar contra todo aquello que pueda degradar la palabra de Dios y ser causa de discordia”.

Excluyendo el último punto, se observa que los países han incluido aspectos religiosos dentro de sus leyes. Leyes que gobiernan la relación entre dios y la humanidad, los rituales de devoción y por otro lado las leyes que respectan a las relaciones entre las personas. Conciernen a la familia, el divorcio, el adulterio, los hijos, las esposas y la herencia entre otros.

En cuánto a los ritos que relacionan a la humanidad con Dios están: la Sada, el credo musulmán donde reconocen a Alá como el único y verdadero dios y a Mahoma como su mensajero.

Otro es la oración obligatoria, que en realidad se trata de un conjunto de éstas a lo largo del día, consiste en cinco diarias realizadas en horas establecidas y en dirección a la Meca, otro rito es el zakat, un impuesto obligatorio. También se practica el ayuno en el día del Ramadán que consiste en no comer, beber, fumar ni tener relaciones sexuales hasta el anochecer. Ésta, me contaba Anais, era la época que por tradición se hacían deliciosas cenas y la familia se encontraba reunida y a veces se obsequiaban cosas, todo el mundo andaba de buen humor y procuraba ser amable con los demás.

Por último, el ritual que acerca más que nada a los hombres a Alá, es el peregrinaje a la Meca, llamado el hagg. Todos los creyentes deben realizar el hagg al menos una vez en la vida mientras tengan las posibilidades de hacerlo.

Para la realización de estos ritos, los musulmanes buscan cierto grado de pureza para lo cual también realizan rituales de purificación o desintoxicación. Estos varían de acuerdo al grado de contaminación. La purificación más intensa consiste en lavarse bien todo el cuerpo, a llevarse a cabo después de la menstruación, la eyaculación o el alumbramiento. Otra práctica que no está incluida en el Corán pero si es parte de la costumbre es la circuncisión en los hombres y en menor grado, en las mujeres (esta práctica ha sido prohibida en algunos países). Para llevar a cabo una purificación en situaciones de menor polución, es suficiente con haber ido al baño y haber dormido bien.

Anais también me hablaba acerca de su familia, ella era la hija mayor de tres hermanos. Su madre la había tenido a ella y a sus hermanos fuera del matrimonio por lo tanto fueron excluidos de la sociedad y enviados a vivir fuera de Bagdad. Mi nueva amiga me contaba que ser bastarda era un hecho vergonzoso y que su única oportunidad de volver a ser aceptada en la sociedad era la posibilidad de casarse joven con algún hombre que le diera de comer cobrando valor por lo único que podría ofrecer, su capacidad de ser madre. Para la sociedad islámica, Anais no valía nada, no tenía derecho a trabajar, no tenía derecho de mostrar la cara, no tenía autorizado ir a la ciudad o de ser tratada como persona. Al ser acogida por los extranjeros ella había abierto los ojos, había comprendido que a pesar de todo, ella también era humana, nadie debía abusar de ella, maltratarla, violarla ni golpearla, hechos que solían ser bastante comunes dentro de las familias más rudimentarias.

A medida de que transcurrían los meses y pasaban los años entendía todo lo que sucedía a mí alrededor, mientras más salía mas aprendía pero más miedo me daba. Por un lado descubrir un mundo nuevo era muy curioso y alentador, pero al mismo tiempo descubrir ese mundo desde la condición de se mujer, no era grato en lo absoluto. En el barrio me sentía encerrada, pero fuera de él me sentía discriminada. De cualquier manera era una prisión. Cada año que pasaba me sorprendía más de las cosas que las personas podían llegar a hacer, cosas como abusos no sólo psicológicos sino también físicos que a veces llevaban hasta la muerte a algunas mujeres. Felizmente en 1975 redestinaron a mi papá. Esta vez lo asignaron a Francia.

Tomamos nuestras cosas y partimos hacia allá. Nuestra vida recobró la normalidad y todo siguió su curso. Entonces, tanto yo como mi familia sabíamos apreciar el vivir en un país donde los derechos humanos son respetados por igual.

Conclusión

Si bien Inés vivió dentro de una sociedad aparte en Irak tuvo en ocasiones la oportunidad de visualizar, quizás de un punto todavía lejano, el trato que se le daba a la mujer dentro de la sociedad islámica. Para una niña de cultura occidental, estos hechos fueron relevantes. Este relato nos muestra como una menor, con curiosidad por descubrir la vida, aprecia las diferencias culturales, se interesa y se introduce hasta donde e permiten sus posibilidades, dentro de la vida en Irak. Y a pesar de su edad y su poco recorrido en la vida, ella se siente aludida, involucrada y agredida por el trato a sus semejantes, las mujeres. Inés tuvo la oportunidad de vivir una controversia social muy fuerte en un momento de su vida en el que no entendía la importancia pero si la gravedad del asunto. En la actualidad el tema de maltrato a la mujer dentro del Islam está siendo más pronunciado y más conocido, gracias a que personas como Inés pudieron vivir la realidad de esas culturas reconociendo de que no solamente se trate de una diferencia social y dogmática, sino de un abuso y una falta de respeto a la integridad de las personas e incluso a su propia vida.


Historia de mi familia fue publicado de la página 41 a página44 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº28

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