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El paisaje natural en el diseño de espacios verdes

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº30

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº30 [ISSN: 1668-0227]

El paisaje como referente de diseño y Paisaje Urbe.

Año X, Vol. 30, Noviembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 232 páginas

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Burgueño, Gabriel [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

En esta conferencia se muestran algunas reflexiones sobre pérdida del paisaje local originario. Se muestra la importancia de sus funciones, desde aproximaciones diversas, como así también se describen sus rasgos escénicos más importantes. Se plante

1. Paisaje natural: empezamos mal
El paisaje diseñado es un hecho que se contrapone a la idea de naturaleza y no es posible que sea de
otro modo. La concepción aristotélica del objetivo del arte que debe imitar la naturaleza es algo ya
criticado por Hegel, casi dos siglos atrás (Hegel, 2001). Hegel apunta que no pueden alcanzarse estos
objetivos, ya que nuca se supera la naturaleza, sino que se cae en imitaciones burdas (Hegel, 2001).
Análogamente podemos plantear que el diseño jamás alcanzará este carácter y que es más útil cuando
alcanza la impronta de lo ser humano y lo convierte –a veces– en obra de arte.
El término paisaje proviene de ‘país’ y se introduce en nuestro idioma a principios del siglo XVIII,
como resultado de las francesas paisaje y pays. Además derivó de ellas pagus, de donde usamos pago
(Bedoya, 1996). En efecto país significa también la pintura en la que están pintados lugares, villas y
campiñas. Paisaje: “un pedazo de país en la pintura” (Bedoya, 1996). De donde se puede observar
la relación entre la cultura y la naturaleza que como resultante arrojan al paisaje. También el vínculo
estrecho entre las artes y el paisaje. Dicen Aliata y Silvestri (2001):

Para que exista un paisaje no basta que exista ‘naturaleza’; es necesario un punto de
vista y un espectador; es necesario, también, un relato que dé sentido a lo que se mira
y experimenta; es consustancial al paisaje, por lo tanto, la separación entre el hombre
y el mundo. No se trata de una separación total, sin embargo, sino de una ambigua
forma de relación, en donde lo que se mira se reconstruye a partir de recuerdos, pérdidas,
nostalgias propias y ajenas, que remiten a veces a larguísimos períodos de la
sensibilidad humana, oras a modas efímeras.

En efecto: “Antes de la percepción, el objeto no existe como tal, pero al ser percibido estéticamente,
el objeto no valorado antes en esa dimensión, adquiere un nuevo carácter que lo altera cualitativamente”.
(Mandoqui, 2006)

El paisaje no existe hasta que un trozo de espacio terrestre recibe una mirada humana
que lo ordena, que lo convierte en tal. La mirada no se limita a recoger pasivamente el
paisaje ya existente sino que realiza un proceso activo de selección y valoración de los
elementos que lo integran. En la selección de los aspectos que constituirán el paisaje
influye la personalidad, la cultura, el género, la clase, etc. (Capel, 1973)


En la perspectiva de lo expuesto, el Paisaje es la imagen o interpretación que tiene un
observador de un territorio que lo rodea, en el cual se siente incluido o comprometido,
generalmente extenso (nunca un punto), grande o pequeño, mirado desde un punto
de vista particular (…), debe señalarse que la definición lingüística de esta esencia,
está condicionada en cuanto a postulación verbal por la situación en el mundo del que
la formula (…). (Nacelli, 1992)


Por lo dicho decir paisaje natural es incoherente y debería proponerse expresiones como paisaje
restaurado, paisaje recreado o simplemente naturaleza si deseamos referirnos al medio natural. Sin
embargo, en muchos casos, como cuando el paisaje local no posee apropiación por parte de la cultura
del sitio, es necesaria la reintroducción de elementos naturales en el contexto del hombre y podríamos
pensar que una buena salida a esta paradoja es el contrapunto –muy interesante por cierto– que
se presenta al oponer el diseño ‘silvestre’ con las líneas antrópicas, generando espacialidades funcionales
con citas de la naturaleza.
Vale decir que cuando estamos en un área natural y encontramos rincones con escala y formas adecuadas
a nuestro cuerpo nos sentimos muy a gusto y seguramente es como observó Hegel: “lo que
nos satisface es la imitación de lo humano por la naturaleza” (Hegel, 2001) y allí encontramos algo
antropomórfico que nos es familiar y acogedor. Estos aspectos del paisaje sólo se alcanzan con el
proyecto, por ser un modelo de simulación, e inspiración para decisiones (Arrese, 2002).
Aún así, no debe pensarse que una reserva es la única posibilidad para poseer paisaje silvestre, éste
puede rearmarse a partir del espíritu del diseño propuesto.
Y atendiendo a lo que ocurre en el planeta hoy:

Hemos crecido en número hasta el punto de que nuestra presencia
afecta al planeta
como si fuéramos una enfermedad. Igual que en las enfermedades humanas, hay
cuatro posibles resultados:
destrucción de los organismos invasores que causan la
enfermedad; infección crónica; destrucción del huésped; o simbiosis,
es decir, el establecimiento
de una relación perdurable mutuamente beneficiosa entre el huésped y el
invasor. La cuestión radica en cómo conseguir esa simbiosis. (Lovelock, 2006)

2. Aproximaciones al paisaje y su manejo

No podemos pensar en el paisaje sin plantearnos una dimensión Ética, es decir plantearnos nuestro
modo de actual al modelar la naturaleza y las consecuencias que acarrea, condicionando no sólo a las demás generaciones de nuestra especie, sino al condicionar la supervivencia de otras especies, que nosotros
como ser ‘superiores’ tenemos responsabilidad de perpetuar. Esta dimensión pone de manifiesto
además, el cuidado de nuestra civilización, ya que como plantea Lovelock (2006), el riesgo mayor no es
frente a la desaparición de la especie humana sino a la civilización como la concebimos actualmente.
Otra manera de aproximarse al paisaje silvestre es por medio de la mirada Estética, considerando que
el paisaje espontáneo representa un recurso escénico para cada lugar, como así también la fuente de
elementos y procesos que son aplicados en el diseño y planificación de espacios verdes. Esta forma
de percibir al paisaje y su manejo, también considera cada especie ornamental que se presenta en la
naturaleza, ya que las plantas cultivadas fueron espontáneas en algún momento y la potencialidad de
las áreas naturales para ofrecer plantas de ornamento está siempre vigente.
El ser humano desde siempre ha observado la naturaleza en términos utilitaria, en relación a los
servicios que nos presta como veremos luego al tratar el cambio global. Esta forma de percibir el
paisaje garantiza el enfoque integral, ya que los servicios naturales funcionan en escalas que superan
al tratamiento por parte del ser humano, tanto temporal como espacialmente.
Finalmente, no podemos olvidar el acento desde el aspecto Cultural que desemboca en valoraciones
más complejas que las abordadas por las aproximaciones descriptas hasta ahora, complementándolas.
Los aspectos de apropiación de los paisajes, valores intangibles, identidad.

3. Cómo era el paisaje originario en el AMBA
El paisaje actual en el Área Metropolitana de Buenos Aires, es el resultado de siglos de actividades
humanas que han construido los elementos que han modificado los espacios naturales y sus procesos.
Aún así, nos podemos preguntar: ¿cómo era el paisaje originario en esta región? La riqueza del
paisaje de la región puede pensarse a través del potencial estético de los elementos y procesos naturales
locales y la visión que sobre ellos ha llevado a cabo cada comunidad.

(...) En lugar de llegar a Buenos Aires de día, he llegado de noche. Y cuando un hombre
animado por cierto lirismo ha vivido durante catorce días en la soledad y el silencio del
océano y se encuentra en la noche naciente sobre el puente que domina la pasarela del
mando del buque, para escrutar la impasibilidad de la noche entrada, para ver venir
esta ciudad que se ha hecho esperar largo tiempo, se encuentra en estado de gracia,
con el espíritu tenso y su sensibilidad a flor de piel. (...) “¡Esto es todo!, Buenos Aires
no tiene nada de pintoresco, ni variedad. Simple encuentro de la Pampa y el océano,
en una línea iluminada por la noche; la simple puntuación regular e infinita de la
iluminación de la ciudad, dibuja lo que es Buenos Aires a los ojos del viajero que ha
permanecido solo durante catorce días sobre el océano. Le Corbusier (1929, citado por
Fondebrider, 2001).


La opinión de Le Corbusier, frecuente también como opinión local, ha repercutido en el manejo
de los recursos prístinos. Esta mirada de necesidad de incorporar elementos por la ‘falta de pintoresquismo’
ha resultado en la incorporación de especies y del espíritu para evocar paisajes ‘cultos’,
despreciando las fisonomías propias de las que sólo han quedado remanentes aislados.
Sin embargo, la Región Metropolitana de Buenos Aires, se ha desarrollado en una de las zonas de
suelo más ricos del mundo y con una apreciable diversidad de paisajes. En efecto, el crecimiento ur bano se ha desarrollado en la transición de las ecorregiones de la Selva Austrobrasileña (Paranaense
o Delta), del espinal y pampeana (Matteucci, et al., 1999), es decir un área que presenta una gran
diversidad de flora y fauna, incluida en una de las provincias con mayor número de especies, en
sexto lugar de la Argentina con 2.172 especies de plantas vasculares (Zuloaga, et al. 1999). Además,
podemos citar, en relación a la riqueza faunística, la presencia de 543 especies de vertebrados (Bo
et al., 2002). Estos valores brindan una noción de la riqueza de nuestra flora local, y su potencialidad
con relación al paisaje en general. Vale agregar que “la porción terminal de la Cuenca del Plata
constituye una región de características únicas en Argentina, debido a la existencia de especies de
linaje subtropical de la denominada Provincia Pampeana, lo que le confiere un perfil biogeográfico
característico”. (Bo et al., 2002)
La naturaleza ha sido vista desde la óptica de sus recursos, pero también desde la visión de un medio
salvaje y peligroso que debe controlarse (Gudynas, 2002). Es necesario enfocar el paisaje silvestre con
una mirada de conjunto, a fin de valorarlo y conservar los últimos remanentes.
La modificación radical del paisaje prístino pampeano, tiene origen en los usos a partir de la llegada
del hombre europeo y la introducción de especies de animales y plantas propias del Viejo Mundo.
Ya en 1585 Fernando de Montalvo documentó 80000 caballos alrededor de la ciudad de Buenos Aires
(Ghersa y León, 2001), con los cambios consecuentes sobre la vida silvestre local. En relación con
usos pecuarios, el alambrado, existente en el país desde 1845, introdujo además de cambios fisonómicos,
barreras para el flujo de seres vivos, líneas rectas que diferenciaron inmediatamente potreros
y establecimientos según usos y condiciones, perchas para aves, entre otros aspectos.
Es importante resaltar que el paisaje prístino local poseía numerosos aspectos atractivos y éstos a su
vez, pueden ser referencia para tareas de restauración en el futuro cercano.

4. Elementos para diseñar espacios con la naturaleza como eje

La ciudad contemporánea, carece de naturaleza cerca del ser humano y esta falta de referencia con
lo prístino, puede –y vemos efectos al respecto– desembocar en trastornos individuales y colectivos.
El hecho de no poseer paisaje natural en el sitio de habitar y trabajo, significa perder de vista los orígenes
propios de la especie. En última instancia, se planifican espacios verdes para estar en contacto
con ‘lo natural’, dicho de otro modo con ‘el paraíso’.
La dimensión del proyecto se verifica por medio del diseño, ya que si bien hablar de diseño de la
naturaleza parece un contrasentido, numerosas variables del paisaje natural, pueden ser tomadas
como referencia en la planificación de espacios antrópicos, es decir fuera de las áreas pensadas con
objetivos exclusivos de conservación (parques nacionales y reservas naturales). Entre otros elementos
para diseñar, podemos mencionar:

• Las formaciones espontáneas que muestran los rasgos del sitio donde crecen (cursos de agua, relieve,
suelos, clima y microclima, entre otros).
• La fauna asociada al paisaje y que determina la presencia de ciertos vegetales a su vez.
• Las especies presentes en cada parche de paisaje, como arreglo espacial que muestra los elementos
abióticos que los determinan.
• Los patrones de distribución de las plantas que muestran diseños espontáneos que pueden tomarse
como referencia.
• La cobertura del suelo en cada sitio, mostrando el porcentaje de superficie cubierta por vegetación.

• La frecuencia de cada especie, que pone de manifiesto la abundancia de cada organismo en el
paisaje
• La estatificación de las comunidades, mostrando los ‘pisos’ de plantas que hacen a la arquitectura
de cada paisaje
• La fenología (comportamiento a lo largo del año), que indica cómo se percibirá el paisaje y sus
elementos en cada estación y con relación al clima local
• Las comunidades vegetales que proporcionan elementos acerca de las asociaciones de las plantas
entre si y con el ambiente. Entre las que se destacan para la región rioplatense: Bosques de tala, Bosques
de ceibo, Bosque de sauce criollo, Bosques de aliso de río, Selvas ribereñas, Pastizales, Pajonales,
Juncales, Matorrales

5. Cambio global y paisaje

Actualmente el cambio climático y el calentamiento global, han puesto de manifiesto la importancia
de enfocar los problemas de ambiente de manera urgente y los estudios proyectan efectos concretos
sobre las actividades humanas. La película reciente de Al Gore (Una verdad incómoda), muestra los
impactos posibles, relacionados con el aumento de la temperatura, que provocan eventos climáticos
erráticos y extremos como tornados, huracanes, granizos, temperaturas extremas, lluvias abruptas,
sequías excepcionales y el aumento del nivel del mar. En el país no se pueden esperar excepciones y:

Hoy a la Argentina no se le está dando mucha importancia en el mundo desarrollado
por su falta de previsión en el ordenamiento territorial. No disponemos de información
[de estudios progresivos de seguimiento climático e hidrológico] y no sabemos
siquiera, por ejemplo, dónde se sembrará mañana, y si queremos defender la capacidad
de producción ya deberíamos estar pensando adonde trasladaremos
los cultivos
que afectará el aumento de la temperatura
(Czubaj, 2007) en palabras de Osvaldo
Canziani, copresidente del grupo de Trabajo II del IPCC que estudia
los efectos del
cambio climático.

Y agregó:

Es un problema de planificación,
y lamentablemente,
como en el resto de la región,
no tenemos planes a mediano ni a largo plazo para enfrentar los efectos del cambio
climático. Medir lo que está ocurriendo es responsabilidad
de cada país y nuestros
gobiernos no lo están haciendo.

La Argentina puede recibir efectos durante este siglo, tales como lluvias, tormentas y granizos intermitentes
y erráticos en todo el país; tornados desde Santa Rosa,
La Pampa, hacia el Norte; alteración
del área del Río de la Plata y el Delta por inundaciones, cambios del nivel del mar, ingreso de agua
salina al suelo y aumento de las tormentas; reducción de la producción de energía hidroeléctrica por
falta de agua en la zona de Cuyo, el Noroeste y una parte de la Patagonia (Czubaj, 2007).
El manejo del paisaje –y la restauración en particular– puede aportar al mantenimiento de números
servicios ambientales que han sido cuantificados por diversos autores, como por ejemplo Costanza,
et al, 1997; Daily, 1997 y De Groot et al, 2002, entre otros. En relación al cambio global se destacan los aspectos tales como regulación climática; regulación de gases; regulación del agua; formación de
suelos, entre otros. Aunque otros aspectos que no se relacionan directamente con el cambio climático,
se destacan por su alcance planetario, como ocurre con la oferta de espacios que posibiliten las
migraciones (Manzione et al., 2006) y evolución de ecotipos diferentes, entre otros.
Aún así, vale pensar que la situación actual y la que se espera como resultado del impacto de estos
cambios, provocarán condiciones de hábitat diferentes de las propias en las que vivieron las poblaciones
de las comunidades de referencia, por lo cual, restaurar además, de reincorporar las especies
y comunidades, deberá plantearse como un objetivo de reintroducir –o reparar– las funciones de los
sistemas perdidos. Por ello nos debemos preguntar ¿qué tan apropiados son los ecosistemas históricos
cuando se encaran condiciones biofísicas cambiantes rápidamente? (Harris et al. 2006).
El rol social de las áreas naturales es muy destacado, ya que este papel se vincula con los servicios
ambientales a escala regional y el funcionamiento como espacio verde a escala local. Es importante
enfatizar que las poblaciones de bajos recursos, tendrán mayores dificultades para enfrentar los cambios
abruptos, dadas las condiciones de habitabilidad, accesibilidad, calidad de servicios, cotas de los
sitios y calidad ambiental en general de los sitios donde se encuentran.

Paradójicamente, las poblaciones pobres, incluso en sociedades prósperas,
son las más
vulnerables al cambio climático. Los países ricos son los que más contribuyen a la degradación
(…) pero a su vez son los que más recaudos toman para
hacer frente a los
más que posibles cambios climáticos violentos. (La Nación, 2007)


Las consecuencias de eventuales cambios climáticos son especialmente críticas en los
países en vías de desarrollo, teniendo en cuenta que el grado de vulnerabilidad a los
fenómenos posibles, se relaciona estratégicamente con la capacidad de los grupos sociales
para absorber, amortiguar o mitigar los efectos de estos cambios, lo que está
mediatizado por la posibilidad de contar con tecnología, infraestructura y medios
idóneos. En la Argentina, esto es doblemente cierto, ya que su economía se basa en la
producción primaria, que es altamente sensible al clima. (PNUMA, 1996).


Paralelamente el rol del paisaje natural –o seminatural– a escala regional, en el ámbito en que se
enmarcan las áreas remanentes, se relaciona con los recursos que se encuentran en las plantas útiles;
marco para la fauna silvestre; captación de contaminantes, entre muchos otros. En la escala local –urbana
o metropolitana–, los espacios verdes tienen papeles vinculados con los recursos ornamentales
a nivel de especies y el atractivo de paisajes, esparcimiento y contemplación, ámbitos de educación
y de conservación y divulgación del acervo cultural y además, fomentan comportamientos ambientalmente
responsables de los decisores que se comprometen con la temática (Bosso y De Francesco,
2001). Vale aclarar que los aspectos que se verifican para la escala regional, son válidos e importantes
para las localidades, especialmente al enfocar ámbitos suburbanos o perirurales. Se destacan:

• Global
- Regulación climática
- Retención, filtro, almacenaje y provisión de agua para usos diversos
- Conservación de la diversidad biológica de la biósfera
• Regional
- Refugio y área de nidificación para animales silvestres
- Captación de polvillos en follajes de árboles y arbustos
- Moderación del mesoclima
• Local
- Áreas de juegos y deportes (Parques y paseos con remanentes de paisaje natural)
- Contemplación (Espacios de calidad paisajística)
- Turismo (Atractivos locales, tangibles e intangibles)
- Ornamento (Especies ornamentales de plantas)

6. Forma del paisaje local
La forma en el paisaje plantea junto al color, los elementos clave que hacen al mensaje del espacio que
el diseñador emite. Gracias a que los elementos naturales presentan formas características contrastantes
con las formas antrópicas, la tensión entre propuestas ‘naturalistas’ y ‘antropicistas’ puede ser
un tema de diseño y hasta de partido.
A la hora de restaurar el paisaje y de reintroducirlo en la ciudad, donde sólo quedan vestigios de naturaleza,
la propuesta de forma es una búsqueda pendiente. Paralelamente las ideas de forma que se
exploren con objetivos de experimentar propuestas, tendrán la oportunidad de aportar originalidad
al sumar a los elementos locales lineamientos morfológicos que brinden solidez al diseño.
A primera vista, podría considerarse la forma en el paisaje inglés, como propuesta aplicable al paisaje
restaurado, pero sin embargo el paisaje actual requiere otra profundidad de enfoque y sobre todo no
permite más la mímesis ofrecida por las tradiciones que se vieron hasta el siglo XIX. El siglo XX se ha
tomado en serio romper con las pantomimas y basta nombrar la fundación de la Bauhaus en Weimar
por W. Gropius (1919) como un punto de bisagra, que se enfatiza cuando se crea el Congreso Internacional
de Arquitectura Moderna (1928). Otro grupo toma parte en las disputas y se perfilan diferentes
corrientes como las tradiciones regionales y nacionales que se retoman para escapar del estilo internacional,
por ejemplo con L. Costa y su discípulo O. Niemeyer. En otras posturas encontramos el individualismo
de A. Aalto o la dramatización de la estructura racional en L. Kahn. (Müller y Vogel, 1989)
Actualmente, podemos percibir cierta crisis de forma, que pone de manifiesto que el paisaje requiere
ser fiel a su función: ser apolíneo. Aunque también debe ser bello y despertar sensualidad: ser dionisíaco.
Petrarca contaba que su Villeta tenía dos jardines, uno dedicado a Apolo y otro dedicado a
Baco (Steenberger y Reh, 2001), idea que se refleja en varios pasajes de la historia del paisaje diseñado.
Parte de la crisis de forma, puede atribuirse a la falta de sensualidad de los espacios actuales.
En gran parte esta crisis se conecta con los espacios posibles de percibirse a priori, restando sorpresa
y gracia al recorrerse. Estos aspectos espaciales, que se verifican en planta, muestran además una
falta de envolventes, que en muchos casos se traduce en escasez de vegetación. El hambre de forma,
llamado a veces minimalismo, suele ir acompañado de la negación del suelo absorbente con implicancias
evidentes en tiempos de lluvias irregulares, residuos abundantes y necesidad de morigerar
el microclima urbano.
Es muy alarmante como se rectifican o se entuban cursos de agua (ríos, arroyos), al tiempo que
se construyen obras enormes para intentar defender las riberas, borrando el paisaje del estuario,
que caracteriza a la región y que presta numerosos servicios ambientales, como los descriptos en
Importancia del paisaje originario local. Mientras tanto, en otras regiones se naturalizan los bordes
y cursos, generando improntas morfológicas en las que el diseño es inadvertido y se prioriza la
evocación de la espontaneidad de modo de lograr el funcionamiento de los servicios requeridos de
modo sustentable.
Seguramente las formas nuevas a desarrollar, sinuosas, asimétricas, inesperadas, podrán brindar elementos
para volver más dionisiacos los espacios sin dejar de ser apolíneos.
La forma –desde la visión de la ecología del paisaje– se refiere a la determinada en un área en dos
dimensiones configuradas por la variación en márgenes o bordes. (“Shape refers to the form of an
area (two dimensional) as determined by variation in its margin or border”) (Forman, 1985). En un
parche (una porción del paisaje en tratamiento) la forma está definida por la geometría del mismo.
Un parche más convolutado –lobulado– tendrá mayor proporción de borde y por lo tanto de hábitat
para vida silvestre (Freemark, Bert y Villard, 2002). Los parches con formas rectas o geométricas
puras, por lo tanto, tendrán menor proporción de bordes y entonces serán más pobres desde el punto
de vista biológico como oferta de diversidad de hábitats. Esto es algo conocido intuitivamente por los
agricultores biodinámicos, de la permacultura u orgánicos, donde la sanidad se enfoca a través de los
organismos que se autorregulan.
En el modelo de restauración, la idea es brindar elementos que ayuden a planificar el paisaje natural
con vistas a rearmarlo según se supone era originariamente o cerca de ese estado prístino que no
siempre es posible de alcanzar. Por ello es necesario partir de formas que potencien los funcionamientos
biológicos. Un punto de inicio puede ser inspirarse en formas de la naturaleza, como lo
demostró el maestro Burle Marx. Parte de esta inspiración en la naturaleza fue tomada actualmente
por paisajistas contemporáneos como Gilles Clément (1994), quien planteó en numerosas obras la
idea del jardín en movimiento, que permite delinear obras según el crecimiento espontáneo de la
vegetación y otros elementos.Para que un paisaje sea percibido como espontáneo deberán cumplirse
al menos las siguientes características:


• Poseer diversidad de formas novedosas libres
• Aplicar asimetrías intencionadas
• Proponer formas desestructuradas
• Plantear formas alternativas a la geometría pura
• Aplicar propuestas biomórficas
• Evitar las rectas importantes
• Evitar los números pares –sugieren simetría– en las agrupaciones de elementos
• Generar formas curvas, sinuosas, lobuladas o convolutas
• Elegir partidos alternativos a las tramas geométricas perceptibles en el terreno
• Ubicar elementos en formaciones no equidistantes


7. Pioneros en la conservación de la naturaleza
La diversidad del movimiento moderno forjó las dimensiones en arquitectura para desembarcar
luego en las propuestas de paisaje de la mano de Thomas Church, Garret Eckbo, Gabriel Guévrékian
y Roberto Burle Marx como ejemplo latinoamericano, entre otros.
Estos pioneros propusieron morfologías contemporáneas, deshaciéndose de las herencias del jardín
clásico, cuyos vestigios sin embargo siempre reaparecen. Trabajaron la forma del paisaje como
cuadros, pero ya no como pinturas obvias, sino con abstracción y por eso con búsquedas originales.

Burle Marx, además ha sido un pionero en domesticar plantas silvestres para aplicarlas a sus diseños
y sobre su conocido encuentro con su flora nativa, Marta Montero (1997) escribe:

(…) En los invernaderos quedó maravillado por esos especímenes extraordinarios de
la flora tropical brasileña, desconocidos en el propio Brasil. Le sorprendió la belleza
y exuberancia de estas plantas, se demoró en sus formas esculturales, en el tamaño
desmesurado de sus hojas, en el esplendor de los colores. Si él no las conocía hasta
entonces era porque en su país se las desechaba en favor de las especies foráneas que
estaban de moda por esos años, impuestas por los jardineros europeos que trabajaban
en Brasil. Ante semejante revelación –verdadera paradoja– decidió luchar por la valoración
de la flora autóctona americana.


También debemos nombrar a botánicos argentinos, que sin tener una visión del diseño, han aportado
a difundir los valores del paisaje local, describiéndolo en épocas tempranas y anteriores a la
destrucción como Lucien Hauman, Ángel Cabrera y Lorenzo Parodi entre otros que publicaron numerosos
trabajos de gran calidad y que hoy sirven como referencia para restaurar los ambientes naturales
(Burkart, 1957, Cabrera, 1939, 1949, Cabrera y Dawson, 1944, Hauman, 1919 y 1922, Parodi
1940 a y b).
Hacia fines del siglo XX, Ricardo Barbetti (1982 y 1985), desarrolló una tarea de militancia en defensa
de los ambientes naturales en la región metropolitana, gestionando la recuperación y el marco
legal de áreas como la actual Reserva Municipal Vicente López –en el Partido homónimo– y el Refugio
Educativo de Ribera Norte en San Isidro, Provincia de Buenos Aires. Además, este naturalista
ha denunciado los maltratos del paisaje ribereño a través de rellenos, basurales, talas y otras acciones
que arruinaron un ámbito único en el continente.

8. Las plantas nativas: recuperar el paisaje perdido
Las plantas nativas pueden cumplir las mismas funciones que las cultivadas en el paisaje diseñado
como las enumeradas en el punto 6, referido al paisaje natural. A su vez representan oportunidades
para introducir elementos como respuesta a la búsqueda de identidad y también como una forma de
sumar elementos nuevos, es decir plantas poco cultivadas. Las plantas locales responden a los requerimientos
del proyecto de modo de brindar formas sustentables en el manejo y finalmente debemos
sumar que cultivarlas es una forma de difundir sus valores y apoyar su conservación.
La visión tradicional del paisaje diseñado, no incluye a los elementos faunísticos o cuando lo hace
es con una mirada desde la sanidad, como si todos los animales fueran plagas. Por ello, deberíamos
reflexionar sobre los valores de la fauna silvestre como parte del paisaje en los espacios verdes y
las plantas silvestres aportan el marco adecuado para atraerlos y de ese modo pensar un paisaje en
unidad, ya que no puede separarse un reino de otro aún con el antojo e ignorancia del diseñador o
cliente que así desee disponer los procesos del paisaje.
Podemos plantear numerosas analogías entre las plantas tradicionalmente cultivadas y las plantas autóctonas,
por medio de las funciones en el diseño, en los colores de floración, en el porte o en el atractivo
para animales silvestres como aves y mariposas. Esta idea de analogía no tiene necesariamente
un paralelo en cuanto a relaciones evolutivas o taxonómicas y la analogía puede ser entre especies del
mismo género o familia, especies visualmente similares o sólo comparables desde su tamaño, forma o función en el parque o jardín. Así podemos nombrar analogías de color de flores y porte entre especies
del género Acacia, flores análogas para atraer colibríes entre dos Hibiscus, follaje verde oscuro y
flores blancas entre Viburnum tinus –laurentino– y Sambucus australis –saúco–, entre muchas otras.
En un momento en el que se plantea la relativización de la importancia de las especies y se pondera
el rol de la función en el paisaje, debemos prestar atención a que numerosos aspectos ambientales
se hallan vinculados a las especies que desempeñan funciones irreemplazables en el ecosistema, tal
como ocurre en las interacciones de la vegetación con la fauna, cuya especificidad no puede cambiarse
por especies que cumplan sólo papeles para el ser humano.
Vale aclarar que cuando nos referimos a especies nativas enfocamos las especies locales –regionales–
y no nacionales, ya que la idea de nación, no se relaciona con lo límites naturales.
Numerosas especies locales poseen atributos destacados, entre las que nombramos las siguientes por
sus valores, disponibilidad en viveros especializados y facilidad de cultivo:

Especies para parques y jardines (especie: nombre vulgar):
Abutilon grandifolium: malvavisco; Acacia caven: aromo/espinillo; Allophyllus edulis: chalchal;
Blepharocalyx salicifolius: anacahuita; Celtis tala: tala; Citharexylum montevidense: espina de bañado/
tarumá; Colletia paradoxa: curro/cura/Manuel; Enterolobium contortisiliquum: timbó/pacará/oreja
de negro; Erythrina crista-galli: ceibo/seibo; Eugenia uruguayensis: guayabo blanco; Ficus luschnathiana:
ibapohé/higuerón; Inga uruguensis: ingá; Jodina rhombifolia: sombra de toro; Luehea divaricata:
azota caballo; Phytolacca dióica: ombú; Prosopis alba: algarrobo blanco; Salix humboldtiana:
sauce criollo; Scutia buxifolia: coronillo; Schinus longifolius: molle; Syagrus romanzoffiana: pindó.

Especies para veredas (especie: nombre vulgar)
Enterolobium contortisiliquum*: timbó/pacará/oreja de negro; Erythrina crista-galli*: ceibo/seibo;
Inga uruguensis: ingá; Luehea divaricata: azota caballo; Salix humboldtiana: sauce criollo; Sapium
haematospermum: curupí/lecherón; Terminalia australis: palo amarillo
* para boulevard o avenidas anchas.

Especies para macetas (especie: nombre vulgar)
Acacia caven: aromo/espinillo; Araujia hortorum: tasi; Aristolochia fimbriata: patito; Baccharis articulata:
carquejilla; Baccharis trimera: carqueja; Begonia cucullata: flor de nacar; Caesalpinia gilliesii:
barba de chivo; Calliandra parvifolia: flor de seda; Cortaderia selloana: cortadera; Cuphea fruticosa:
siete sangrías; Dicliptera tweediana: ajicillo; Diodia brasiliensis; Ficus luschnathiana: ibapohé/higuerón;
Glandularia peruviana: margarita punzo; Lantana megapotamica; Ludwigia bonariensiss; Mimosa
bonplandii: rama negra; Passiflora coerulea: pasionaria/mburucuyá; Pavonia malvácea; Petunia integrifolia:
petunia; Portulacca gilliesii: flor de seda; Rivina humilis: sangre de toro; Salvia procurrens;
Senecio crasiflorus; Senecio pulcher; Senna corymbosa: sen del campo; Sesbania punicea: acacia mansa;
Sesbania virgata; Solanum amygdalifolium: jazmín de Córdoba; Solanum angustifidum: jazmín de
Córdoba; Solanum laxum: jazmín de Córdoba; Spilanthes decumbens: nim-nim; Syagrus romanzoffiana:
pindó; Talinum paniculatum: carne gorda; Tripogandra elongata; Zephyranthes candida: azucenita

Especies para estanques (especie: nombre vulgar)
Aeschynomene montevidensis: algodonillo; Azzolla filiculoides: helechito de agua; Echinodorus argentinensis:
cucharero; Eichhornia crassipes: camalote/aguapié; Eryngium pandanifolium: caraguatá;
Erythrina crista-galli: ceibo/seibo; Hibiscus cisplatinus: rosa del río; Hydrocleis nimphoides; Lemna
valdiviana: lenteja de agua; Ludwigia bonariensis; Ludwigia elegans; Mimosa bonplandii: rama negra;
Mimosa pigra: carpinchera; Phyllanthus sellowianus: sarandí blanco; Pistia stratiotes: repollito de
agua; Pontederia cordata; Sagittaria montevidensis: saeta; Salvinia minima: helechito de agua; Senecio
bonariensis: margarita del bañado; Sesbania punicea: acacia mansa; Sesbania virgata; Solanum glaucophyllum:
duraznillo blanco; Solanum granuloso-leprosum: fumo bravo; Spirodela intermedia; Typha
latifolia: totora.

9. Otros aspectos a considerar
En la planificación del paisaje, deben considerarse, además de la vegetación, otros elementos del
paisaje que al manejarse de modo responsable posibilitarán un criterio sustentable.
Uno de ellos es el agua, ya que al plantearnos una mirada desde la sustentabilidad, ésta se relaciona
con el manejo del agua como recurso finito que no podemos derrochar. Por ello, es clave planificar
los requerimientos de riego a fin de minimizar los volúmenes de agua a incorporar, minimizar la evaporación
en suelos y sustratos desnudos y evaluar la posibilidad de reciclar el agua a fin de no aplicar
en riego agua potable que en la mayoría de los casos resulta en un desperdicio de recursos.
Otro aspecto es el de la sanidad vegetal, ya que los elementos faunísticos pueden verse como recursos
visuales, polinizadores, enemigos naturales de plagas para controles biológicos o dispersores y
no sólo como plagas. Paralelamente los casos de problemas sanitarios que realmente requieren de
tratamiento son los menos en muchos espacios verdes y debe considerase que el problema suele estar
relacionado con las condiciones de cultivo, más que con la visita de animales tales como insectos o
arácnidos. La visión tradicional de la sanidad, implica en control de las especies consideradas problema
con la consecuente aplicación de plaguicidas y otros agroquímicos que no siempre pueden
resolver el problema, causando contaminación de aire, suelo y agua; alergias y pérdida de especies
inocuas (polinizadores, dispersores).
El manejo del relieve, implica tareas que según la escala deberán ser respetuosas de las condiciones
locales y del entorno, considerando las redes de drenaje, la topografía del contexto, el microrelieve y
evitar acciones como rellenos y decapitado de capas arables que resultan en empobrecimiento de las
condiciones para sumar elementos vegetales en general.
El suelo es un recurso vivo y complejo, que no puede moldearse según las necesidades del momento,
sin que se paguen las consecuencias ambientales. Relacionado con el relieve, el suelo requiere de
tareas de bajo impacto, desechando acciones como el uso de implementos agresivos (arado) y los
movimientos de suelo que implican decapitar para rellenar otras zonas con el correspondiente riesgo
de invasiones de plantas, insectos, hongos u otros trastornos al sistema.
El manejo de la fertilidad también se vincula a la visión integral del paisaje, ya que los suelos pueden
mejorarse con enmiendas orgánicas, como lo son los compost, estiércoles, guanos de aves, resacas,
entre otros que aportan materia orgánica. Los fertilizantes químicos a la vez que representan posibilidades
de contaminar napas y cursos de agua, presentan el riesgo de toxicidad para las propias plantas
en cultivo, por lo cual su incorporación es un riesgo para el proyecto.
Un manejo de conjunto, implica un faunístico integrador, que supone evitar ruidos molestos, generar
espacios separados de nuestra visuales directas a fin de propiciar la presencia de nidos y sitios de
alimentación, incorporar espejos de agua como sustrato para animales palustres, entre otros recursos
que suman hábitats y condiciones para los animales locales.

La visión para el accionar en obras de cursos de agua, y sus bordes, implica restaurar los trazados naturales
cuando es posible, al tiempo que evitar los entubados, canalizaciones, protecciones costeras,
rellenos en riberas y otras obras que destruyen no sólo el paisaje silvestre, sino también el contacto
de los habitantes con el recurso del río o arroyo en cuestión.
Numerosos aspectos sociales del sitio, tales como la percepción de la comunidad sobre ese paisaje,
los usos del espacio de trabajo, la apropiación histórica y cultural, la existencia y ubicación de viviendas
en el entorno, la presencia de lugares de encuentro, entre muchos otros, podrá aportar ideas y
coadyuvar a un proyecto consensuado que logre ser aprehendido por los actores pertinentes.
Los subsidios que implique el sistema planificado también nos habla de su sustentabilidad, ya que en
algunos entornos regenerar una comunidad ausente, redundará en la extracción continua de individuos
de especies invasoras –con la consecuente inversión de energía, horas de trabajo, planificación y
gestión que ello requiera– por lo cual no siempre será sustentable un diseño que posea los elementos
típicos del lugar, aunque lo hayan sido originariamente.
Por último, cabe mencionar que el área de trabajo –lote, establecimiento rural, reserva natural, parque
nacional o cualquier otra escala– posee un contexto biológico y escénico que no podrá ignorarse.
Estos entornos conllevan a la existencia de paisajes culturales, especies cultivadas, vegetación silvestre
(neocomunidades) y toda la resultante de la acción de las fuerzas que forjaron ese paisaje como
el fenotipo –como forma de expresión del fenosistema, es decir de lo perceptible– del criptosistema
paisaje –es decir su geosistema–, en términos de González Bernáldez (1981).

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  • El paisaje natural en el diseño de espacios verdes fue publicado de la página 137 a página149 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº30
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