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El paisaje natural en el diseño de espacios verdes

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº30

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº30 [ISSN: 1668-0227]

El paisaje como referente de diseño y Paisaje Urbe.

Año X, Vol. 30, Noviembre 2009, Buenos Aires, Argentina | 232 páginas

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Burgueño, Gabriel [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

En esta conferencia se muestran algunas reflexiones sobre pérdida del paisaje local originario. Se muestra la importancia de sus funciones, desde aproximaciones diversas, como así también se describen sus rasgos escénicos más importantes. Se plante

1. Paisaje natural: empezamos mal
El paisaje diseñado es un hecho que se contrapone a la idea de naturaleza y no es posible que sea de otro modo. La concepción aristotélica del objetivo del arte que debe imitar la naturaleza es algo ya criticado por Hegel, casi dos siglos atrás (Hegel, 2001). Hegel apunta que no pueden alcanzarse estos objetivos, ya que nuca se supera la naturaleza, sino que se cae en imitaciones burdas (Hegel, 2001). Análogamente podemos plantear que el diseño jamás alcanzará este carácter y que es más útil cuando alcanza la impronta de lo ser humano y lo convierte –a veces– en obra de arte.

El término paisaje proviene de ‘país’ y se introduce en nuestro idioma a principios del siglo XVIII, como resultado de las francesas paisaje y pays. Además derivó de ellas pagus, de donde usamos pago (Bedoya, 1996). En efecto país significa también la pintura en la que están pintados lugares, villas y campiñas. Paisaje: “un pedazo de país en la pintura” (Bedoya, 1996). De donde se puede observar la relación entre la cultura y la naturaleza que como resultante arrojan al paisaje. También el vínculo estrecho entre las artes y el paisaje. Dicen Aliata y Silvestri (2001):

Para que exista un paisaje no basta que exista ‘naturaleza’; es necesario un punto de vista y un espectador; es necesario, también, un relato que dé sentido a lo que se mira y experimenta; es consustancial al paisaje, por lo tanto, la separación entre el hombre y el mundo. No se trata de una separación total, sin embargo, sino de una ambigua forma de relación, en donde lo que se mira se reconstruye a partir de recuerdos, pérdidas, nostalgias propias y ajenas, que remiten a veces a larguísimos períodos de la sensibilidad humana, oras a modas efímeras.

En efecto: “Antes de la percepción, el objeto no existe como tal, pero al ser percibido estéticamente, el objeto no valorado antes en esa dimensión, adquiere un nuevo carácter que lo altera cualitativamente”. (Mandoqui, 2006)

El paisaje no existe hasta que un trozo de espacio terrestre recibe una mirada humana que lo ordena, que lo convierte en tal. La mirada no se limita a recoger pasivamente el paisaje ya existente sino que realiza un proceso activo de selección y valoración de los elementos que lo integran. En la selección de los aspectos que constituirán el paisaje influye la personalidad, la cultura, el género, la clase, etc. (Capel, 1973)

En la perspectiva de lo expuesto, el Paisaje es la imagen o interpretación que tiene un observador de un territorio que lo rodea, en el cual se siente incluido o comprometido, generalmente extenso (nunca un punto), grande o pequeño, mirado desde un punto de vista particular (…), debe señalarse que la definición lingüística de esta esencia, está condicionada en cuanto a postulación verbal por la situación en el mundo del que la formula (…). (Nacelli, 1992)

Por lo dicho decir paisaje natural es incoherente y debería proponerse expresiones como paisaje restaurado, paisaje recreado o simplemente naturaleza si deseamos referirnos al medio natural. Sin embargo, en muchos casos, como cuando el paisaje local no posee apropiación por parte de la cultura del sitio, es necesaria la reintroducción de elementos naturales en el contexto del hombre y podríamos pensar que una buena salida a esta paradoja es el contrapunto –muy interesante por cierto– que se presenta al oponer el diseño ‘silvestre’ con las líneas antrópicas, generando espacialidades funcionales
con citas de la naturaleza.

Vale decir que cuando estamos en un área natural y encontramos rincones con escala y formas adecuadas a nuestro cuerpo nos sentimos muy a gusto y seguramente es como observó Hegel: “lo que nos satisface es la imitación de lo humano por la naturaleza” (Hegel, 2001) y allí encontramos algo antropomórfico que nos es familiar y acogedor. Estos aspectos del paisaje sólo se alcanzan con el proyecto, por ser un modelo de simulación, e inspiración para decisiones (Arrese, 2002). Aún así, no debe pensarse que una reserva es la única posibilidad para poseer paisaje silvestre, éste puede rearmarse a partir del espíritu del diseño propuesto. Y atendiendo a lo que ocurre en el planeta hoy:

Hemos crecido en número hasta el punto de que nuestra presencia afecta al planeta como si fuéramos una enfermedad. Igual que en las enfermedades humanas, hay cuatro posibles resultados: destrucción de los organismos invasores que causan la enfermedad; infección crónica; destrucción del huésped; o simbiosis, es decir, el establecimiento de una relación perdurable mutuamente beneficiosa entre el huésped y el invasor. La cuestión radica en cómo conseguir esa simbiosis. (Lovelock, 2006)

2. Aproximaciones al paisaje y su manejo

No podemos pensar en el paisaje sin plantearnos una dimensión Ética, es decir plantearnos nuestro modo de actual al modelar la naturaleza y las consecuencias que acarrea, condicionando no sólo a las demás generaciones de nuestra especie, sino al condicionar la supervivencia de otras especies, que nosotros como ser ‘superiores’ tenemos responsabilidad de perpetuar. Esta dimensión pone de manifiesto además, el cuidado de nuestra civilización, ya que como plantea Lovelock (2006), el riesgo mayor no es frente a la desaparición de la especie humana sino a la civilización como la concebimos actualmente. 

Otra manera de aproximarse al paisaje silvestre es por medio de la mirada Estética, considerando que el paisaje espontáneo representa un recurso escénico para cada lugar, como así también la fuente de elementos y procesos que son aplicados en el diseño y planificación de espacios verdes. Esta forma de percibir al paisaje y su manejo, también considera cada especie ornamental que se presenta en la naturaleza, ya que las plantas cultivadas fueron espontáneas en algún momento y la potencialidad de las áreas naturales para ofrecer plantas de ornamento está siempre vigente.

El ser humano desde siempre ha observado la naturaleza en términos utilitaria, en relación a los servicios que nos presta como veremos luego al tratar el cambio global. Esta forma de percibir el paisaje garantiza el enfoque integral, ya que los servicios naturales funcionan en escalas que superan al tratamiento por parte del ser humano, tanto temporal como espacialmente. 

Finalmente, no podemos olvidar el acento desde el aspecto Cultural que desemboca en valoraciones más complejas que las abordadas por las aproximaciones descriptas hasta ahora, complementándolas. Los aspectos de apropiación de los paisajes, valores intangibles, identidad.


3. Cómo era el paisaje originario en el AMBA
El paisaje actual en el Área Metropolitana de Buenos Aires, es el resultado de siglos de actividades humanas que han construido los elementos que han modificado los espacios naturales y sus procesos. Aún así, nos podemos preguntar: ¿cómo era el paisaje originario en esta región? La riqueza del paisaje de la región puede pensarse a través del potencial estético de los elementos y procesos naturales locales y la visión que sobre ellos ha llevado a cabo cada comunidad.

(...) En lugar de llegar a Buenos Aires de día, he llegado de noche. Y cuando un hombre animado por cierto lirismo ha vivido durante catorce días en la soledad y el silencio del océano y se encuentra en la noche naciente sobre el puente que domina la pasarela del mando del buque, para escrutar la impasibilidad de la noche entrada, para ver venir esta ciudad que se ha hecho esperar largo tiempo, se encuentra en estado de gracia, con el espíritu tenso y su sensibilidad a flor de piel. (...) “¡Esto es todo!, Buenos Aires no tiene nada de pintoresco, ni variedad. Simple encuentro de la Pampa y el océano, en una línea iluminada por la noche; la simple puntuación regular e infinita de la iluminación de la ciudad, dibuja lo que es Buenos Aires a los ojos del viajero que ha permanecido solo durante catorce días sobre el océano. Le Corbusier (1929, citado por Fondebrider, 2001).

La opinión de Le Corbusier, frecuente también como opinión local, ha repercutido en el manejo de los recursos prístinos. Esta mirada de necesidad de incorporar elementos por la ‘falta de pintoresquismo’ ha resultado en la incorporación de especies y del espíritu para evocar paisajes ‘cultos’, despreciando las fisonomías propias de las que sólo han quedado remanentes aislados. 

Sin embargo, la Región Metropolitana de Buenos Aires, se ha desarrollado en una de las zonas de suelo más ricos del mundo y con una apreciable diversidad de paisajes. En efecto, el crecimiento ur bano se ha desarrollado en la transición de las ecorregiones de la Selva Austrobrasileña (Paranaense o Delta), del espinal y pampeana (Matteucci, et al., 1999), es decir un área que presenta una gran diversidad de flora y fauna, incluida en una de las provincias con mayor número de especies, en sexto lugar de la Argentina con 2.172 especies de plantas vasculares (Zuloaga, et al. 1999). Además, podemos citar, en relación a la riqueza faunística, la presencia de 543 especies de vertebrados (Bo et al., 2002). 

Estos valores brindan una noción de la riqueza de nuestra flora local, y su potencialidad con relación al paisaje en general. Vale agregar que “la porción terminal de la Cuenca del Plata constituye una región de características únicas en Argentina, debido a la existencia de especies de linaje subtropical de la denominada Provincia Pampeana, lo que le confiere un perfil biogeográfico característico”. (Bo et al., 2002)

La naturaleza ha sido vista desde la óptica de sus recursos, pero también desde la visión de un medio salvaje y peligroso que debe controlarse (Gudynas, 2002). Es necesario enfocar el paisaje silvestre con una mirada de conjunto, a fin de valorarlo y conservar los últimos remanentes.

La modificación radical del paisaje prístino pampeano, tiene origen en los usos a partir de la llegada del hombre europeo y la introducción de especies de animales y plantas propias del Viejo Mundo. Ya en 1585 Fernando de Montalvo documentó 80000 caballos alrededor de la ciudad de Buenos Aires (Ghersa y León, 2001), con los cambios consecuentes sobre la vida silvestre local. En relación con usos pecuarios, el alambrado, existente en el país desde 1845, introdujo además de cambios fisonómicos, barreras para el flujo de seres vivos, líneas rectas que diferenciaron inmediatamente potreros y establecimientos según usos y condiciones, perchas para aves, entre otros aspectos. Es importante resaltar que el paisaje prístino local poseía numerosos aspectos atractivos y éstos a su vez, pueden ser referencia para tareas de restauración en el futuro cercano.


4. Elementos para diseñar espacios con la naturaleza como eje

La ciudad contemporánea, carece de naturaleza cerca del ser humano y esta falta de referencia con lo prístino, puede –y vemos efectos al respecto– desembocar en trastornos individuales y colectivos. El hecho de no poseer paisaje natural en el sitio de habitar y trabajo, significa perder de vista los orígenes propios de la especie. En última instancia, se planifican espacios verdes para estar en contacto con ‘lo natural’, dicho de otro modo con ‘el paraíso’.

La dimensión del proyecto se verifica por medio del diseño, ya que si bien hablar de diseño de la naturaleza parece un contrasentido, numerosas variables del paisaje natural, pueden ser tomadas como referencia en la planificación de espacios antrópicos, es decir fuera de las áreas pensadas con objetivos exclusivos de conservación (parques nacionales y reservas naturales). Entre otros elementos para diseñar, podemos mencionar:

• Las formaciones espontáneas que muestran los rasgos del sitio donde crecen (cursos de agua, relieve, suelos, clima y microclima, entre otros).
• La fauna asociada al paisaje y que determina la presencia de ciertos vegetales a su vez.
• Las especies presentes en cada parche de paisaje, como arreglo espacial que muestra los elementos abióticos que los determinan.
• Los patrones de distribución de las plantas que muestran diseños espontáneos que pueden tomarse como referencia.
• La cobertura del suelo en cada sitio, mostrando el porcentaje de superficie cubierta por vegetación.
• La frecuencia de cada especie, que pone de manifiesto la abundancia de cada organismo en el paisaje
• La estatificación de las comunidades, mostrando los ‘pisos’ de plantas que hacen a la arquitectura de cada paisaje
• La fenología (comportamiento a lo largo del año), que indica cómo se percibirá el paisaje y sus elementos en cada estación y con relación al clima local
• Las comunidades vegetales que proporcionan elementos acerca de las asociaciones de las plantas entre si y con el ambiente. Entre las que se destacan para la región rioplatense: Bosques de tala, Bosques de ceibo, Bosque de sauce criollo, Bosques de aliso de río, Selvas ribereñas, Pastizales, Pajonales, Juncales, Matorrales

5. Cambio global y paisaje

Actualmente el cambio climático y el calentamiento global, han puesto de manifiesto la importancia de enfocar los problemas de ambiente de manera urgente y los estudios proyectan efectos concretos sobre las actividades humanas. La película reciente de Al Gore (Una verdad incómoda), muestra los impactos posibles, relacionados con el aumento de la temperatura, que provocan eventos climáticos erráticos y extremos como tornados, huracanes, granizos, temperaturas extremas, lluvias abruptas, sequías excepcionales y el aumento del nivel del mar. En el país no se pueden esperar excepciones y:

Hoy a la Argentina no se le está dando mucha importancia en el mundo desarrollado por su falta de previsión en el ordenamiento territorial. No disponemos de información [de estudios progresivos de seguimiento climático e hidrológico] y no sabemos siquiera, por ejemplo, dónde se sembrará mañana, y si queremos defender la capacidad de producción ya deberíamos estar pensando adonde trasladaremos los cultivos que afectará el aumento de la temperatura (Czubaj, 2007) en palabras de Osvaldo Canziani, copresidente del grupo de Trabajo II del IPCC que estudia los efectos del cambio climático. Y agregó:

Es un problema de planificación, y lamentablemente, como en el resto de la región, no tenemos planes a mediano ni a largo plazo para enfrentar los efectos del cambio climático. Medir lo que está ocurriendo es responsabilidad de cada país y nuestros gobiernos no lo están haciendo.

La Argentina puede recibir efectos durante este siglo, tales como lluvias, tormentas y granizos intermitentes y erráticos en todo el país; tornados desde Santa Rosa, La Pampa, hacia el Norte; alteración del área del Río de la Plata y el Delta por inundaciones, cambios del nivel del mar, ingreso de agua salina al suelo y aumento de las tormentas; reducción de la producción de energía hidroeléctrica por falta de agua en la zona de Cuyo, el Noroeste y una parte de la Patagonia (Czubaj, 2007). 

El manejo del paisaje –y la restauración en particular– puede aportar al mantenimiento de números servicios ambientales que han sido cuantificados por diversos autores, como por ejemplo Costanza, et al, 1997; Daily, 1997 y De Groot et al, 2002, entre otros. En relación al cambio global se destacan los aspectos tales como regulación climática; regulación de gases; regulación del agua; formación de suelos, entre otros. Aunque otros aspectos que no se relacionan directamente con el cambio climático, se destacan por su alcance planetario, como ocurre con la oferta de espacios que posibiliten las migraciones (Manzione et al., 2006) y evolución de ecotipos diferentes, entre otros.

Aún así, vale pensar que la situación actual y la que se espera como resultado del impacto de estos cambios, provocarán condiciones de hábitat diferentes de las propias en las que vivieron las poblaciones de las comunidades de referencia, por lo cual, restaurar además, de reincorporar las especies y comunidades, deberá plantearse como un objetivo de reintroducir –o reparar– las funciones de los sistemas perdidos. Por ello nos debemos preguntar ¿qué tan apropiados son los ecosistemas históricos cuando se encaran condiciones biofísicas cambiantes rápidamente? (Harris et al. 2006).

El rol social de las áreas naturales es muy destacado, ya que este papel se vincula con los servicios ambientales a escala regional y el funcionamiento como espacio verde a escala local. Es importante enfatizar que las poblaciones de bajos recursos, tendrán mayores dificultades para enfrentar los cambios abruptos, dadas las condiciones de habitabilidad, accesibilidad, calidad de servicios, cotas de los sitios y calidad ambiental en general de los sitios donde se encuentran.

Paradójicamente, las poblaciones pobres, incluso en sociedades prósperas, son las más vulnerables al cambio climático. Los países ricos son los que más contribuyen a la degradación (…) pero a su vez son los que más recaudos toman para
hacer frente a los más que posibles cambios climáticos violentos. (La Nación, 2007)

Las consecuencias de eventuales cambios climáticos son especialmente críticas en los países en vías de desarrollo, teniendo en cuenta que el grado de vulnerabilidad a los fenómenos posibles, se relaciona estratégicamente con la capacidad de los grupos sociales para absorber, amortiguar o mitigar los efectos de estos cambios, lo que está mediatizado por la posibilidad de contar con tecnología, infraestructura y medios idóneos. En la Argentina, esto es doblemente cierto, ya que su economía se basa en la producción primaria, que es altamente sensible al clima. (PNUMA, 1996).

Paralelamente el rol del paisaje natural –o seminatural– a escala regional, en el ámbito en que se enmarcan las áreas remanentes, se relaciona con los recursos que se encuentran en las plantas útiles; marco para la fauna silvestre; captación de contaminantes, entre muchos otros. En la escala local –urbana o metropolitana–, los espacios verdes tienen papeles vinculados con los recursos ornamentales a nivel de especies y el atractivo de paisajes, esparcimiento y contemplación, ámbitos de educación y de conservación y divulgación del acervo cultural y además, fomentan comportamientos ambientalmente responsables de los decisores que se comprometen con la temática (Bosso y De Francesco, 2001). Vale aclarar que los aspectos que se verifican para la escala regional, son válidos e importantes para las localidades, especialmente al enfocar ámbitos suburbanos o perirurales. Se destacan:

• Global
- Regulación climática
- Retención, filtro, almacenaje y provisión de agua para usos diversos
- Conservación de la diversidad biológica de la biósfera

• Regional
- Refugio y área de nidificación para animales silvestres
- Captación de polvillos en follajes de árboles y arbustos
- Moderación del mesoclima

• Local
- Áreas de juegos y deportes (Parques y paseos con remanentes de paisaje natural)
- Contemplación (Espacios de calidad paisajística)
- Turismo (Atractivos locales, tangibles e intangibles)
- Ornamento (Especies ornamentales de plantas)


6. Forma del paisaje local
La forma en el paisaje plantea junto al color, los elementos clave que hacen al mensaje del espacio que el diseñador emite. Gracias a que los elementos naturales presentan formas características contrastantes con las formas antrópicas, la tensión entre propuestas ‘naturalistas’ y ‘antropicistas’ puede ser un tema de diseño y hasta de partido.
A la hora de restaurar el paisaje y de reintroducirlo en la ciudad, donde sólo quedan vestigios de naturaleza, la propuesta de forma es una búsqueda pendiente. Paralelamente las ideas de forma que se exploren con objetivos de experimentar propuestas, tendrán la oportunidad de aportar originalidad al sumar a los elementos locales lineamientos morfológicos que brinden solidez al diseño. A primera vista, podría considerarse la forma en el paisaje inglés, como propuesta aplicable al paisaje restaurado, pero sin embargo el paisaje actual requiere otra profundidad de enfoque y sobre todo no permite más la mímesis ofrecida por las tradiciones que se vieron hasta el siglo XIX. El siglo XX se ha tomado en serio romper con las pantomimas y basta nombrar la fundación de la Bauhaus en Weimar por W. Gropius (1919) como un punto de bisagra, que se enfatiza cuando se crea el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (1928). Otro grupo toma parte en las disputas y se perfilan diferentes corrientes como las tradiciones regionales y nacionales que se retoman para escapar del estilo internacional, por ejemplo con L. Costa y su discípulo O. Niemeyer. En otras posturas encontramos el individualismo
de A. Aalto o la dramatización de la estructura racional en L. Kahn. (Müller y Vogel, 1989) 

Actualmente, podemos percibir cierta crisis de forma, que pone de manifiesto que el paisaje requiere ser fiel a su función: ser apolíneo. Aunque también debe ser bello y despertar sensualidad: ser dionisíaco. Petrarca contaba que su Villeta tenía dos jardines, uno dedicado a Apolo y otro dedicado a Baco (Steenberger y Reh, 2001), idea que se refleja en varios pasajes de la historia del paisaje diseñado. Parte de la crisis de forma, puede atribuirse a la falta de sensualidad de los espacios actuales.

En gran parte esta crisis se conecta con los espacios posibles de percibirse a priori, restando sorpresa y gracia al recorrerse. Estos aspectos espaciales, que se verifican en planta, muestran además una falta de envolventes, que en muchos casos se traduce en escasez de vegetación. El hambre de forma, llamado a veces minimalismo, suele ir acompañado de la negación del suelo absorbente con implicancias evidentes en tiempos de lluvias irregulares, residuos abundantes y necesidad de morigerar el microclima urbano.

Es muy alarmante como se rectifican o se entuban cursos de agua (ríos, arroyos), al tiempo que se construyen obras enormes para intentar defender las riberas, borrando el paisaje del estuario, que caracteriza a la región y que presta numerosos servicios ambientales, como los descriptos en Importancia del paisaje originario local. Mientras tanto, en otras regiones se naturalizan los bordes y cursos, generando improntas morfológicas en las que el diseño es inadvertido y se prioriza la evocación de la espontaneidad de modo de lograr el funcionamiento de los servicios requeridos de modo sustentable.

Seguramente las formas nuevas a desarrollar, sinuosas, asimétricas, inesperadas, podrán brindar elementos para volver más dionisiacos los espacios sin dejar de ser apolíneos. La forma –desde la visión de la ecología del paisaje– se refiere a la determinada en un área en dos dimensiones configuradas por la variación en márgenes o bordes. (“Shape refers to the form of an area (two dimensional) as determined by variation in its margin or border”) (Forman, 1985). En un parche (una porción del paisaje en tratamiento) la forma está definida por la geometría del mismo. 

Un parche más convolutado –lobulado– tendrá mayor proporción de borde y por lo tanto de hábitat para vida silvestre (Freemark, Bert y Villard, 2002). Los parches con formas rectas o geométricas puras, por lo tanto, tendrán menor proporción de bordes y entonces serán más pobres desde el punto de vista biológico como oferta de diversidad de hábitats. Esto es algo conocido intuitivamente por los agricultores biodinámicos, de la permacultura u orgánicos, donde la sanidad se enfoca a través de los organismos que se autorregulan.

En el modelo de restauración, la idea es brindar elementos que ayuden a planificar el paisaje natural con vistas a rearmarlo según se supone era originariamente o cerca de ese estado prístino que no siempre es posible de alcanzar. Por ello es necesario partir de formas que potencien los funcionamientos biológicos. Un punto de inicio puede ser inspirarse en formas de la naturaleza, como lo demostró el maestro Burle Marx. Parte de esta inspiración en la naturaleza fue tomada actualmente por paisajistas contemporáneos como Gilles Clément (1994), quien planteó en numerosas obras la idea del jardín en movimiento, que permite delinear obras según el crecimiento espontáneo de la vegetación y otros elementos.Para que un paisaje sea percibido como espontáneo deberán cumplirse al menos las siguientes características:

• Poseer diversidad de formas novedosas libres
• Aplicar asimetrías intencionadas
• Proponer formas desestructuradas
• Plantear formas alternativas a la geometría pura
• Aplicar propuestas biomórficas
• Evitar las rectas importantes
• Evitar los números pares –sugieren simetría– en las agrupaciones de elementos
• Generar formas curvas, sinuosas, lobuladas o convolutas
• Elegir partidos alternativos a las tramas geométricas perceptibles en el terreno
• Ubicar elementos en formaciones no equidistantes


7. Pioneros en la conservación de la naturaleza
La diversidad del movimiento moderno forjó las dimensiones en arquitectura para desembarcar luego en las propuestas de paisaje de la mano de Thomas Church, Garret Eckbo, Gabriel Guévrékian y Roberto Burle Marx como ejemplo latinoamericano, entre otros. Estos pioneros propusieron morfologías contemporáneas, deshaciéndose de las herencias del jardín clásico, cuyos vestigios sin embargo siempre reaparecen. Trabajaron la forma del paisaje como cuadros, pero ya no como pinturas obvias, sino con abstracción y por eso con búsquedas originales. Burle Marx, además ha sido un pionero en domesticar plantas silvestres para aplicarlas a sus diseños y sobre su conocido encuentro con su flora nativa, Marta Montero (1997) escribe:

(…) En los invernaderos quedó maravillado por esos especímenes extraordinarios de la flora tropical brasileña, desconocidos en el propio Brasil. Le sorprendió la belleza y exuberancia de estas plantas, se demoró en sus formas esculturales, en el tamaño desmesurado de sus hojas, en el esplendor de los colores. Si él no las conocía hasta entonces era porque en su país se las desechaba en favor de las especies foráneas que estaban de moda por esos años, impuestas por los jardineros europeos que trabajaban en Brasil. Ante semejante revelación –verdadera paradoja– decidió luchar por la valoración de la flora autóctona americana.

También debemos nombrar a botánicos argentinos, que sin tener una visión del diseño, han aportado a difundir los valores del paisaje local, describiéndolo en épocas tempranas y anteriores a la destrucción como Lucien Hauman, Ángel Cabrera y Lorenzo Parodi entre otros que publicaron numerosos trabajos de gran calidad y que hoy sirven como referencia para restaurar los ambientes naturales (Burkart, 1957, Cabrera, 1939, 1949, Cabrera y Dawson, 1944, Hauman, 1919 y 1922, Parodi 1940 a y b).

Hacia fines del siglo XX, Ricardo Barbetti (1982 y 1985), desarrolló una tarea de militancia en defensa de los ambientes naturales en la región metropolitana, gestionando la recuperación y el marco legal de áreas como la actual Reserva Municipal Vicente López –en el Partido homónimo– y el Refugio Educativo de Ribera Norte en San Isidro, Provincia de Buenos Aires. Además, este naturalista ha denunciado los maltratos del paisaje ribereño a través de rellenos, basurales, talas y otras acciones que arruinaron un ámbito único en el continente.


8. Las plantas nativas: recuperar el paisaje perdido

Las plantas nativas pueden cumplir las mismas funciones que las cultivadas en el paisaje diseñado como las enumeradas en el punto 6, referido al paisaje natural. A su vez representan oportunidades para introducir elementos como respuesta a la búsqueda de identidad y también como una forma de sumar elementos nuevos, es decir plantas poco cultivadas. Las plantas locales responden a los requerimientos del proyecto de modo de brindar formas sustentables en el manejo y finalmente debemos sumar que cultivarlas es una forma de difundir sus valores y apoyar su conservación.

La visión tradicional del paisaje diseñado, no incluye a los elementos faunísticos o cuando lo hace es con una mirada desde la sanidad, como si todos los animales fueran plagas. Por ello, deberíamos reflexionar sobre los valores de la fauna silvestre como parte del paisaje en los espacios verdes y las plantas silvestres aportan el marco adecuado para atraerlos y de ese modo pensar un paisaje en unidad, ya que no puede separarse un reino de otro aún con el antojo e ignorancia del diseñador o cliente que así desee disponer los procesos del paisaje.

Podemos plantear numerosas analogías entre las plantas tradicionalmente cultivadas y las plantas autóctonas, por medio de las funciones en el diseño, en los colores de floración, en el porte o en el atractivo para animales silvestres como aves y mariposas. Esta idea de analogía no tiene necesariamente un paralelo en cuanto a relaciones evolutivas o taxonómicas y la analogía puede ser entre especies del mismo género o familia, especies visualmente similares o sólo comparables desde su tamaño, forma o función en el parque o jardín.

Así podemos nombrar analogías de color de flores y porte entre especies del género Acacia, flores análogas para atraer colibríes entre dos Hibiscus, follaje verde oscuro y flores blancas entre Viburnum tinus –laurentino– y Sambucus australis –saúco–, entre muchas otras. En un momento en el que se plantea la relativización de la importancia de las especies y se pondera el rol de la función en el paisaje, debemos prestar atención a que numerosos aspectos ambientales se hallan vinculados a las especies que desempeñan funciones irreemplazables en el ecosistema, tal como ocurre en las interacciones de la vegetación con la fauna, cuya especificidad no puede cambiarse por especies que cumplan sólo papeles para el ser humano. 

Vale aclarar que cuando nos referimos a especies nativas enfocamos las especies locales –regionales– y no nacionales, ya que la idea de nación, no se relaciona con lo límites naturales. Numerosas especies locales poseen atributos destacados, entre las que nombramos las siguientes por sus valores, disponibilidad en viveros especializados y facilidad de cultivo:


Especies para parques y jardines (especie: nombre vulgar):
Abutilon grandifolium: malvavisco; Acacia caven: aromo/espinillo; Allophyllus edulis: chalchal; Blepharocalyx salicifolius: anacahuita; Celtis tala: tala; Citharexylum montevidense: espina de bañado/ tarumá; Colletia paradoxa: curro/cura/Manuel; Enterolobium contortisiliquum: timbó/pacará/oreja de negro; Erythrina crista-galli: ceibo/seibo; Eugenia uruguayensis: guayabo blanco; Ficus luschnathiana: ibapohé/higuerón; Inga uruguensis: ingá; Jodina rhombifolia: sombra de toro; Luehea divaricata: azota caballo; Phytolacca dióica: ombú; Prosopis alba: algarrobo blanco; Salix humboldtiana: sauce criollo; Scutia buxifolia: coronillo; Schinus longifolius: molle; Syagrus romanzoffiana: pindó.

Especies para veredas (especie: nombre vulgar)
Enterolobium contortisiliquum*: timbó/pacará/oreja de negro; Erythrina crista-galli*: ceibo/seibo; Inga uruguensis: ingá; Luehea divaricata: azota caballo; Salix humboldtiana: sauce criollo; Sapium haematospermum: curupí/lecherón; Terminalia australis: palo amarillo * para boulevard o avenidas anchas.

Especies para macetas (especie: nombre vulgar)

Acacia caven: aromo/espinillo; Araujia hortorum: tasi; Aristolochia fimbriata: patito; Baccharis articulata: carquejilla; Baccharis trimera: carqueja; Begonia cucullata: flor de nacar; Caesalpinia gilliesii: barba de chivo; Calliandra parvifolia: flor de seda; Cortaderia selloana: cortadera; Cuphea fruticosa: siete sangrías; Dicliptera tweediana: ajicillo; Diodia brasiliensis; Ficus luschnathiana: ibapohé/higuerón; Glandularia peruviana: margarita punzo; Lantana megapotamica; Ludwigia bonariensiss; Mimosa bonplandii: rama negra; Passiflora coerulea: pasionaria/mburucuyá; Pavonia malvácea; Petunia integrifolia: petunia; Portulacca gilliesii: flor de seda; Rivina humilis: sangre de toro; Salvia procurrens; Senecio crasiflorus; Senecio pulcher; Senna corymbosa: sen del campo; Sesbania punicea: acacia mansa; Sesbania virgata; Solanum amygdalifolium: jazmín de Córdoba; Solanum angustifidum: jazmín de Córdoba; Solanum laxum: jazmín de Córdoba; Spilanthes decumbens: nim-nim; Syagrus romanzoffiana: pindó; Talinum paniculatum: carne gorda; Tripogandra elongata; Zephyranthes candida: azucenita

Especies para estanques (especie: nombre vulgar)
Aeschynomene montevidensis: algodonillo; Azzolla filiculoides: helechito de agua; Echinodorus argentinensis: cucharero; Eichhornia crassipes: camalote/aguapié; Eryngium pandanifolium: caraguatá; Erythrina crista-galli: ceibo/seibo; Hibiscus cisplatinus: rosa del río; Hydrocleis nimphoides; Lemna valdiviana: lenteja de agua; Ludwigia bonariensis; Ludwigia elegans; Mimosa bonplandii: rama negra; Mimosa pigra: carpinchera; Phyllanthus sellowianus: sarandí blanco; Pistia stratiotes: repollito de agua; Pontederia cordata; Sagittaria montevidensis: saeta; Salvinia minima: helechito de agua; Senecio bonariensis: margarita del bañado; Sesbania punicea: acacia mansa; Sesbania virgata; Solanum glaucophyllum:
duraznillo blanco; Solanum granuloso-leprosum: fumo bravo; Spirodela intermedia; Typha latifolia: totora.


9. Otros aspectos a considerar

En la planificación del paisaje, deben considerarse, además de la vegetación, otros elementos del paisaje que al manejarse de modo responsable posibilitarán un criterio sustentable. Uno de ellos es el agua, ya que al plantearnos una mirada desde la sustentabilidad, ésta se relaciona con el manejo del agua como recurso finito que no podemos derrochar. Por ello, es clave planificar los requerimientos de riego a fin de minimizar los volúmenes de agua a incorporar, minimizar la evaporación en suelos y sustratos desnudos y evaluar la posibilidad de reciclar el agua a fin de no aplicar en riego agua potable que en la mayoría de los casos resulta en un desperdicio de recursos. 

Otro aspecto es el de la sanidad vegetal, ya que los elementos faunísticos pueden verse como recursos visuales, polinizadores, enemigos naturales de plagas para controles biológicos o dispersores y no sólo como plagas. Paralelamente los casos de problemas sanitarios que realmente requieren de tratamiento son los menos en muchos espacios verdes y debe considerase que el problema suele estar relacionado con las condiciones de cultivo, más que con la visita de animales tales como insectos o arácnidos. La visión tradicional de la sanidad, implica en control de las especies consideradas problema con la consecuente aplicación de plaguicidas y otros agroquímicos que no siempre pueden resolver el problema, causando contaminación de aire, suelo y agua; alergias y pérdida de especies inocuas (polinizadores, dispersores).

El manejo del relieve, implica tareas que según la escala deberán ser respetuosas de las condiciones locales y del entorno, considerando las redes de drenaje, la topografía del contexto, el microrelieve y evitar acciones como rellenos y decapitado de capas arables que resultan en empobrecimiento de las condiciones para sumar elementos vegetales en general. El suelo es un recurso vivo y complejo, que no puede moldearse según las necesidades del momento, sin que se paguen las consecuencias ambientales. Relacionado con el relieve, el suelo requiere de tareas de bajo impacto, desechando acciones como el uso de implementos agresivos (arado) y los movimientos de suelo que implican decapitar para rellenar otras zonas con el correspondiente riesgo de invasiones de plantas, insectos, hongos u otros trastornos al sistema.

El manejo de la fertilidad también se vincula a la visión integral del paisaje, ya que los suelos pueden mejorarse con enmiendas orgánicas, como lo son los compost, estiércoles, guanos de aves, resacas, entre otros que aportan materia orgánica. Los fertilizantes químicos a la vez que representan posibilidades de contaminar napas y cursos de agua, presentan el riesgo de toxicidad para las propias plantas en cultivo, por lo cual su incorporación es un riesgo para el proyecto. Un manejo de conjunto, implica un faunístico integrador, que supone evitar ruidos molestos, generarespacios separados de nuestra visuales directas a fin de propiciar la presencia de nidos y sitios de alimentación, incorporar espejos de agua como sustrato para animales palustres, entre otros recursos que suman hábitats y condiciones para los animales locales.

La visión para el accionar en obras de cursos de agua, y sus bordes, implica restaurar los trazados naturales cuando es posible, al tiempo que evitar los entubados, canalizaciones, protecciones costeras, rellenos en riberas y otras obras que destruyen no sólo el paisaje silvestre, sino también el contacto de los habitantes con el recurso del río o arroyo en cuestión.

Numerosos aspectos sociales del sitio, tales como la percepción de la comunidad sobre ese paisaje, los usos del espacio de trabajo, la apropiación histórica y cultural, la existencia y ubicación de viviendas en el entorno, la presencia de lugares de encuentro, entre muchos otros, podrá aportar ideas y coadyuvar a un proyecto consensuado que logre ser aprehendido por los actores pertinentes. Los subsidios que implique el sistema planificado también nos habla de su sustentabilidad, ya que en algunos entornos regenerar una comunidad ausente, redundará en la extracción continua de individuos de especies invasoras –con la consecuente inversión de energía, horas de trabajo, planificación y gestión que ello requiera– por lo cual no siempre será sustentable un diseño que posea los elementos típicos del lugar, aunque lo hayan sido originariamente.

Por último, cabe mencionar que el área de trabajo –lote, establecimiento rural, reserva natural, parque nacional o cualquier otra escala– posee un contexto biológico y escénico que no podrá ignorarse. Estos entornos conllevan a la existencia de paisajes culturales, especies cultivadas, vegetación silvestre (neocomunidades) y toda la resultante de la acción de las fuerzas que forjaron ese paisaje como el fenotipo –como forma de expresión del fenosistema, es decir de lo perceptible– del criptosistema paisaje –es decir su geosistema–, en términos de González Bernáldez (1981).



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