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Buenos Aires: Una Ciudad que marcaba tendencia en el Siglo XIX

Actas de Diseño Nº8

Actas de Diseño Nº8 [ISSN: 1850-2032]

IV Encuentro Latinoamericano de Diseño 2009 Diseño en Palermo Comunicaciones Académicas.

Año IV, Vol. 8, Marzo 2010, Buenos Aires, Argentina. | 264 páginas

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Castro, Andrea

La indumentaria que lucían las damas porteñas hacia mediados del siglo XIX será solo una excusa para comenzar a reflexionar sobre el papel de nuestro país en el mundo de la moda, desde aquellos tiempos hasta nuestros días.
Como punto de partida podemos tomar el profundo sincretismo que dominaba la vestimenta de las damas de la
sociedad porteña a comienzos del siglo XIX. Mantones españoles convivían con rebozos indígenas, diferentes
textiles y colores se mezclaban intermitentemente al ritmo de los bloqueos y desbloqueos portuarios y, lo francés,
lo español y lo inglés, sumado y convertido en resumen de lo criollo, comenzaba muy tímidamente a dar paso a
lo que podría haber sido un estilo rioplatense. En este contexto se destacan los disparatados, bellos, absurdos
y enormes peinetones que de la mano de su fabricante, Don Manuel Mateo Masculino, dieron rienda suelta a la
extravagancia de las mujeres de casi toda la ciudad.

Este fenomenal accesorio es tomado por mí como un símbolo de lo que no pudo ser, ya que su producción y uso fue único en estas costas, y si los avatares políticos no hubieran impuesto un rotundo cambio estético luego de la caída de Rosas, seguramente Buenos Aires habría comenzado a imponer esta moda en el resto de América y porque no también, en Europa.
A partir de aquí, la historia ya es más conocida, nuestro país no ha dejado de mirar hacia “afuera”, alternando la
copia de diferentes modas y estéticas. Aún hoy, con la Carrera de Diseño de Indumentaria y Textil afianzada en
el panorama educativo, y varias camadas de diseñadores ya recibidos, nos cuesta revertir esta realidad y seguimos pendientes de analizar y adaptar las tendencias mundiales más que de generarlas. Algunos diseñadores están hoy en día recorriendo caminos identitarios diferentes, pero todavía nos falta mucho por hacer.
Volviendo al principio de este análisis, nos resulta curioso como las crónicas de los numerosos viajeros extranjeros, en su mayoría ingleses, no dejan duda del asombro, la curiosidad y también las críticas que causaban las modas que de golpe sacudían la tradicional monotonía de esta pequeña aldea que poco a poco se iba transformando en una gran ciudad.
Como muy precisamente describe Susana Saulquin en su libro Historia de la Moda Argentina, entre los años
1776 y 1830 se puede observar en las damas de Buenos Aires el uso del traje típicamente español, conformado
por faldas largas y anchas y una camisa de lino con encajes, corpiño o chaleco, sobre la cual se colocaba una
especie de jubón ajustado a la cintura, que caía sobre las caderas y tenía mangas angostas y largas. El detalle de
combinación comienza a verse entonces en la cabeza.
Las mujeres de mejores condiciones económicas usaban mantillas de seda, rematadas con una borla en cada
extremo y sostenidas delicadamente bajo la barbilla con una mano o el extremo del abanico. Ahora bien, las de
menores recursos recurrían al rebozo, confeccionado en una tela barata denominada bayeta o, muchas veces,
improvisado con los tejidos que los indios mapuches cambiaban por monedas de plata en los alrededores de
la Plaza Mayor de la ciudad.
Poco a poco, en relación directa con los hechos que estaban aconteciendo en Europa, la influencia francesa
comenzó a llegar a estas costas y entonces la mezcla se acentúo aún más. Durante algún tiempo con el estilo
español coexistió una aporteñada imitación del traje francés del período Luis XVI, hasta que, hacia 1820, se
comienzan a usar casi definitivamente los trajes neoclásicos de inspiración grecorromana que había impuesto
en París la llegada de la burguesía al poder luego de la Revolución Francesa.
Emeric Esex Vidal comenta: “En estos últimos años las damas de Buenos Aires han adoptado un estilo de vestir
que tiene algo de inglés y de francés, pero conservando el uso de la mantilla española que todavía le da un carácter particular”. Muchos viajeros hablan de esa especial combinación que hacían las porteñas del estilo francés y español, desdeñando los sombreros, las cintas y las bolsitas colgantes (ridicules) que llevaban las francesas, para acompañar su atuendo con mantillas, abanicos y alguna que otra peineta.
Con solo mirar un par de cuadros de Goya nos podemos dar cuenta que esta combinación era una moda importada desde España, pero la aparición de los típicos peinetones porteños, difundidos por don Manuel Mateo Masculino entre 1823 y 1837, va a ser un fenómeno rioplatense de pura cepa.
Con la llegada de Rosas al poder comienza un período de modas extravagantes y curiosas en todo sentido y a todo nivel. Primeramente se observa una creciente ruralización de la ciudad, de la mano de la gobernación de este poderoso terrateniente, a la vez que se retoma la necesidad de subrayar lo hispánico, que había caído en desgracia en manos de una estética demasiado afrancesada en los últimos años. Cuando el poder del tirano se afiance definitivamente y desde su gobierno empiece a trabar cada vez mejores relaciones con Inglaterra, las prendas comenzaran a mostrar las típicas exageraciones de la moda romántica londinense. Extravagancias importadas como: grandes faldas armadas con enaguas de crinolina (el aquí denominado miriñaque), corset, enormes mangas abullonadas llamadas gigot o jamón, escotes botes y complicadísimos bordados y apliques, conviven con extravagancias propias de estas pampas: las divisas punzó impuestas por el partido federal y los gigantescos peinetones.
Dice Eduardo Gudiño Kieffer en su libro El Peinetón: “Tan absurdos pero tan bellos. Tan disparatados pero tan bellos.
Tan incómodos pero tan bellos. Sí, la belleza, la condición estética en el paroxismo del tamaño y del diseño: eso es lo que constituye el hechizo de los peinetones”.
El comerciante español Manuel Mateo Masculino aprende en astilleros españoles a trabajar el asta y los huesos
vacunos por medio del fuego hasta convertirlos en una sustancia córnea semitraslúcida (esta se usaba en reemplazo del vidrio en los buques de guerra). Con estos conocimientos llega a Montevideo donde instala una fábrica de peines y peinetas en hueso, marfil y carey, en 1923 expande su negocio hacia Buenos Aires instalando una fábrica con 120 operarios en la calle Venezuela 152 y dos tiendas en las calles Potosí 40 y Victoria 9. Paulatinamente comienza a diseñar peinetones con dibujos diferentes y cada vez más grandes, moldeando y calando el carey con técnicas y herramientas creadas por el mismo. Su segunda mujer, María Jesuza Escudero lucía sus inigualables creaciones cada vez que asistía a la misa mayor y cuando las potenciales clientas se acercaban a la tienda, se encontraban con enormes cajas cerradas de latón o de madera, por lo que debían rogarle a don Manuel para que accediera a mostrarles sus modelos. Nunca se sabrá a ciencia cierta si fue la astucia comercial de Masculino o simplemente el afán de competencia de las damas porteñas, pero lo cierto es que los peinetones llegaron a medir hasta 120 centímetros, obviamente cuanto más grandes, más frágiles y más caros. Tampoco se sabe como es que llegaba tanto carey a estas costas, pero la visión de negocios de don Manuel era tan previsora que cuando estalla la guerra con Brasil se las ingenia para reemplazarlo por el asta (materia prima nacional por excelencia) haciendo del peinetón un nuevo objeto artístico distinto de sus antecesores y prácticamente único, ya que su uso fue exclusivamente rioplatense.
La desmesura que coronaba las cabezas femeninas motivó arduas discusiones en las veredas, ya que las damas
no querían resignar el paso a una rival y ciertamente al mismo tiempo era imposible que pasaran, por lo que
consiguieron que se dictara una ordenanza policial reglamentando el derecho de paso a la mujer que caminara por la mano derecha. El litógrafo suizo Cesar Hipólito Bacle realiza en el año 1934 una serie de litografías llamadas Extravagancias del peinetón, en las cuales utilizando un humor irónico se muestra a las señoras con desmesuradísimos peinetones, chocándose con los demás paseantes, enganchándose entre ellas, volando embolsadas por los aires al cubrirlos con sus mantillas, o tapando absolutamente la visual en las funciones del teatro. Con la Mazorca buscando unitarios para despellejar, hasta las más mentadas damas tenían que probar su apoyo a Don Juan Manuel por lo que en estos, ya de por sí, estrafalarios diseños, muchas veces había lugar para un retrato del gobernador, o las leyendas “Viva la Confederación Argentina”, o “Viva la Santa Federación”.
Después de la batalla de Caseros, vuelva a entablarse la lucha de poder entre Buenos Aires y el interior, pero la
primera comienza a ganar la batalla casi definitivamente.
Con la población indígena a punto de ser diezmada y con los gauchos mantenidos a raya en el campo, la ciudad se decide a mirar definitivamente a Europa y a volverse digna y opulenta. Las clases medias y altas aumentan considerablemente y las costumbres se tiñen de refinamiento, con el comienzo de la década del 80, Buenos Aires se prepara para vivir un fin de siglo lujoso, brillante, esperanzado y al mejor estilo europeo.
Entre 1870 y 1910 la llegada de cientos de miles de inmigrantes al país va a comenzar a producir profundos
cambios en las costumbres y las expresiones culturales de la ciudad (tómese como ejemplo el nacimiento del
tango), lamentablemente esta movilidad no se vio reflejada en el modo de vestir de los criollos. En primer lugar, si tenemos en cuenta que la mayoría de los recién llegados, eran pobres de toda pobreza y que en general traían lo puesto, es lógico que, ni bien conseguían unos pesos, cambiaran sus vestimentas de origen por las que se vendían en Buenos Aires. En segundo lugar, los pocos inmigrantes de clases más altas, que hubieran podido
convertirse en transmisores de sus propios estilos de moda, fueron totalmente rechazados por la clase alta local
y en su gran mayoría retornaron a sus países.
Salvo por los conocidos estereotipos que hoy se le venden al turista como la esencia de “lo argentino”, tampoco
los personajes callejeros que se desprendieron de este particular eclecticismo que de golpe invadió la ciudad
consiguieron generar un estilo propio. Compadritos, canillitas, malevos, estancieros y demás solo nos muestran
sus pilchas desde las fotografías antiguas, pero es raro que logren disparar nuevas ideas en los diseñadores.
El siglo XX transcurrió de copia en copia, y sumió a los porteños en la admiración perpetua del afuera, muchas
veces estás acciones fueron promovidas desde la propia imagen estética de los gobernantes, tal el caso de Evita
que compraba muchas de sus prendas en casas de alta costura europeas. Rescatando algunos chispazos que se produjeron durante la culturalmente explosiva década del 60 (Mary Tapia, Dalila Puzzovio, etc) casi nadie se
preocupó por crear en el mundo del diseño un estilo nacional genuino y propio. Pero, como dice el dicho, la culpa no solo es del chancho sino también del que le da de comer: la tarea es tan difícil porque el argentino y sobre todo el porteño no tiene conformado un estilo personal.
El gran miedo del argentino es el miedo al ridículo, a la crítica del otro, al que dirán: enfrentémoslo somos
inseguros y no nos conocemos lo suficiente.
Históricamente nos hemos pasado el tiempo negando lo que somos, como porteños negamos al interior, como
descendientes de inmigrantes negamos lo indígena, los criollos negaron lo español, las clases altas se negaron a
los posibles aportes de la inmigración, etc. El colmo de la negación fue la que debió padecer el tango fenómeno
cultural poderosísimo que solo fue aceptado por a las clases altas luego de que triunfara en París, antes directamente estaba prohibido. Hacerse cargo de este “combo” de legados que por el solo hecho de haber nacido en suelo argentino nos pertenece es el primer gigante paso que debemos dar, si somos el producto de esta extraña mezcla, aprovechémoslo y sumemos, arte, concepto y variedad cultural a nuestros diseños. Aprendamos de nuestros vecinos y tampoco neguemos el enorme impacto que está teniendo Brasil en el mercado internacional de la indumentaria.
Dejando de lado los avatares políticos y económicos que cada tanto sacuden la realidad de este país, de a poco,
las nuevas camadas de diseñadores han ido tomando conciencia de esta problemática, muchos han comenzado
a interesarse por los legados culturales que nos llegan desde el pasado y desde el interior del país, pero la tentación de caer en el estereotipo es grande y muchas veces esos intentos quedan resumidos en una estampa que se repetirá en cuanta tipología vestimentaria exista.
Para concluir rescato el trabajo de dos importantes diseñadores nacionales: Marcelo Senra y Pablo Ramírez, el
primero, nacido en Salta, desde el rescate de lo autóctono y lo artesanal, apoyado en el uso de técnicas y materiales típicos del noroeste argentino. Y el segundo (nacido en Navarro, Prov. de Buenos Aires) desde su esencia profundamente argentina con magníficas colecciones que remiten a la historia de nuestro país, al tango, a la Belle Epoque porteña, a mujeres como Evita, o Victoria Ocampo, al gaucho, a Borges, a Buenos Aires.
La profunda crisis que padeció nuestro país en el 2001 fue un fuerte llamado de atención porque dejó en claro
la necesidad de tener una marca país con identidad definida.
La crisis económica mundial que está afectando al planeta desde el año pasado, nos volvió a poner el reloj delante de la nariz, si no nos subimos a este tren de cambios fundamentales que está viviendo la humanidad
entera, nos vamos a quedar afuera. En menos de un año tenemos que festejar nuestro Bicentenario, desde el
Estado se promete mucha pompa y grandiosidad, pero todo suena a: “mucho ruido y pocas nueces”. Nuevamente
deberán ser los artistas (diseñadores incluidos) y las ilimitadas expresiones culturales que tiene nuestra gente, los que le muestren al mundo como es en realidad la Argentina.
Andrea Castro. Diseñadora y Docente.



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  • Buenos Aires: Una Ciudad que marcaba tendencia en el Siglo XIX fue publicado de la página 220 a página222 en Actas de Diseño Nº8
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