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El diseño en las artesanías misioneras. 2ª parte: la cestería

Actas de Diseño Nº9.

Actas de Diseño Nº9. [ISSN: 1850-2032]

Diseño en Palermo. V Encuentro Latinoamericano de Diseño 2010. Comunicaciones Académicas.

Año V, Vol. 9, Julio 2010, Buenos Aires, Argentina. | 264 páginas

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Expósito, Elba [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Introducción
El presente trabajo de investigación está dedicado a
profundizar en las múltiples facetas que se reflejan en
el diseño y en la factura de los numerosos productos
artesanales correspondientes a la cestería, elaborados
y comercializados en el área, extensa y compleja, que
ocuparon las antiguas misiones jesuítico-guaraníes.
El estudio, análisis y tratamiento de dicha temática ha
sido circunscripto al amplio espacio geográfico –en este
trabajo considerado bajo el nombre de misionero– en
donde se ponen en contacto los actuales tres países sudamericanos,
Argentina, Paraguay y Brasil.
El mismo, corresponde al sector de sus respectivos territorios
que estuvieron involucrados y ocupados durante
el desarrollo de aquella magna utopía que fue la empresa
evangelizadora de los jesuitas.
Delimitado así el ámbito territorial que conformó la
antigua Provincia de la Paracuaria jesuítico-guaraní, la
investigación se orienta a analizar –en este capítulo– los
diseños registrados en su cestería, los cuales responden
a influencias culturales variadas ya que el devenir de la
historia regional le fue imponiendo modelos diversos.
La población indígena ocupante del área en tiempos prehispánicos
correspondía mayoritariamente a grupos de la
etnia Guaraní, cuyos vigorosos rasgos culturales –algunos
de los cuales todavía hoy perduran– impregnaron con
notable potencia la vida y las costumbres de esa región,
caracterizada por la presencia de exuberante vegetación
selvática, grandes ríos caudalosos y condiciones climáticas
cálidas y húmedas.
Esa población aborigen continúa produciendo en apreciable
cantidad, diferentes tipos de artículos de cestería
artesanal que aún se elaboran con las mismas técnicas
ancestrales, y aparecen en el mercado local como productos
ofrecidos al turista que visita la zona.
Afortunadamente, la parcialidad Mbyá* de los Guaraníes
permanece habitando en la región y de manera activa,
esto es manteniendo casi incontaminadas algunas de sus
centenarias costumbres, técnicas de trabajo, lenguaje y
creencias.
La presencia jesuítica1 en la región durante los siglos XVII
y XVIII, a través de la fundación de numerosas Misiones,
Reducciones o Doctrinas –más de treinta– asentadas entre
la población nativa guaraní, permite rescatar otro elemento
cultural poderoso que marcó un fuerte sello en el área.
Los Padres de esta orden religiosa, que fundara San
Ignacio de Loyola en España a mediados del siglo XVI,
supieron utilizar la habilidad de la mano de obra indígena
y les enseñaron a elaborar innumerable variedad de
productos. Pero es bien significativo que no introdujeran
innovaciones notables en la cestería, prueba de que el
entrenamiento de los guaraníes en las técnicas cesteras
producía objetos de probada eficiencia.
En 1767, al ser expulsados los Padres de la Compañía de
Jesús de todos los dominios españoles por orden del rey
Carlos III, los espacios ocupados por aquellas Reducciones
lentamente se fueron abandonando.
Con posterioridad, la región fue dividida políticamente
durante los complejos avatares de su historia y hoy es
compartida por los tres países ya citados.
Posiblemente por esa razón, se pueden descubrir en cada
uno otras fuentes de influencia que aparecen reflejadas
en la forma de factura de ciertos tipos de cestería local,
que delatan un origen de “allende los mares”.
La mayor parte de esas huellas corresponden a las técnicas
que aportaron los diferentes pueblos europeos que
llegaron en oleadas sucesivas a esta región y que en su
mayoría se establecieron bajo la forma de colonos dedicados
a tareas agropecuarias.
Este afluir de inmigrantes, originalmente españoles y
portugueses, se enriqueció con gente procedente de
otras zonas de Europa y del mundo –alemanes, italianos,
polacos, ucranianos, rusos, judíos y hasta australianos
y japoneses– cuya contribución a la artesanía cestera
se refleja en la introducción de diferentes técnicas de
canastería, de tejidos, distintas formas de trabajar las texturas,
ingreso de la mimbrería en el área y uso de diversas
fibras exóticas traídas por ellos mismos, recreación de
los modelos introducidos en los materiales locales, etc.
Actualmente, en los mercados artesanales que proliferan
en todo el espacio misionero, se descubren entremezclados
en colorido apilamiento, cestos, canastos, pantallas,
esteras, posafuentes, paneras, porta-botellas, mantelitos
individuales para la mesa, posa-vasos y decenas de artículos
más, confeccionados cada uno con una técnica
específica, que reconoce los más diversos orígenes, con
materiales de variedad inimaginable, y realizados por
manos criollas o acriolladas, mestizas o indígenas.
Cada una de las piezas es producto de la creatividad
del artesano nativo o es resultado de aquella herencia
europea recreada en la zona; sólo por este hecho, cada
uno de esos objetos merece reconocimiento y valoración.


La cestería
Históricamente2, la manufactura de un recipiente u otro
objeto por medio del entrecruzado de fibras vegetales –es
decir lo que se denomina cestería o canastería– representa
una de las más antiguas técnicas desarrolladas por el
hombre, ya que apareció con anterioridad al conocimiento
del tejido de las fibras hiladas.
Singulariza uno de los más primitivos tipos de actividad
artesana que conserva su vigencia hasta hoy, y en la zona
guaraní considerada, preserva la esencia aborigen tanto
en la realización de las piezas, como en las diversas formas
de cada una y en la decoración que poseen.
Los cestos del pueblo guaraní son de factura sumamente
prolija y con acabados que reflejan gran habilidad en la
ejecución de los objetos.
Precisamente, dentro del concepto de cestería3 se agrupan
–además– una serie de técnicas de alta ductilidad que
combinan dos elementos fundamentales: la urdimbre y
la trama, compuestas ambas por fibras vegetales que se
van entrecruzando entre sí.
La característica de esta actividad reside en la utilización,
como materia prima, de diversos tipos de fibras
principalmente de origen vegetal. Con ellas se producen
desde objetos de uso doméstico o individual tales como
cestas, esteras, sombreros o pantallas hasta piezas de
gran envergadura como embarcaciones, paredes y techos.
La técnica más difundida desde hace milenios entre los
grupos guaraníes es la llamada plana, llana o entretejida
(en inglés plaited), la que –sin embargo– puede generar
superficies de distintas texturas y apariencias de la mano
de un artesano habilidoso.
De esta manera, durante la confección de las piezas se
obtienen como resultado la creación de múltiples variantes
en el entrecruzamiento de las fibras; esos objetos se
transforman en característicos y particulares de parte de
cada grupo, y pasan a integrar su acervo cultural.


Cestería artesanal de los Guaraníes
La cestería4 era la actividad habitual de las mujeres
guaraníes, aunque en momentos de descanso algunos
hombres también se dedicaban a esta labor artesanal produciendo
objetos de variada forma y hechura destinados
al uso doméstico.
Si la cestera moría antes de alcanzar el status de anciana
–que significaba que ya no podía trabajar más– el cesto
usado por ella se colocaba sobre su tumba.
Las muchachas jóvenes tenían prohibido trenzar piezas
de cestería antes de experimentar su desfloración al llegar
a la pubertad.


Materiales
Las zonas donde habitualmente se soportan períodos de
baja precipitación pluvial durante largos meses, seguidos
de épocas de fuertes lluvias son las que proveían las
palmeras o palmas.
Las variedades locales5 de estas plantas, habitualmente
empleadas en la cestería guaraní son las llamadas pindó
(Syagrus romanzoffiana), acurí (Attalea speciosa), babasú
(Orbignya martiana), karanday (Copernicia alba), mbocajy
ryví o palma cocotera (Acrocomia totai), burití (Mauritia vinifera),
tucúm (Astrocryun sp.), inajá (Maximiliana regia),
mirití (Mauritia flexuosa), curuá (Attalea sp.) entre otras.
Entre tal diversidad, la palmera pindó tiene forma grácil
y alcanza unos 20 m. de altura; la corona un abundante
conjunto de largas hojas pinnadas, o sea con los folíolos
dispuestos a lo largo de un eje como si fueran las barbas
de una pluma de ave.
En cambio la karanday sólo llega a los 14 m. de alto y
cuenta con un follaje color verde azulado, formado por
hojas palmadas, es decir con forma semejante a la de
una mano abierta.
En este mismo ambiente húmedo se desarrollan diferentes
tipos locales de karaguatay (Aechmea bromeliaefolia,
Aechmea calyculata). Se trata de variedades de bromelias,
plantas carnosas que en esta zona misionera poseen
costumbres epífitas; crecen apoyadas en las ramas de
los árboles de la selva, ya que en otras regiones (como
el Chaco, donde se las conoce como chaguar) arraigan
directamente en el suelo.
En la elaboración de la cestería artesanal, los Mbyáguaraníes
también aprovechan como materiales muy habituales,
diversos tipos de cañas o takuaras tales como la
takwapí (Merostachys calusseni), el takwarusú (Guadua
angustifolia) y el takwarembó (Chusqueaa ramosissima)
de superficie lisa, clara y brillante.
Todas estas variedades de gramíneas integran la familia
de las llamadas bambúseas (o bambúes); en su ambiente
natural conforman cañaverales cerrados que crean cortinas
impenetrables de 10 a 15 m. de alto, y a veces más también.
Dichas comunidades están constituidas por el delgado
takwarembó, caña maciza de hasta 1,5 cm. de diámetro. Se
lo ha considerado el mimbre nativo por su corteza blanca
o de color ligeramente crema, brillante y lisa como si
tuviese un barniz natural cuyo brillo aumenta con el uso.
Crece acompañado por el frágil takwapí, cuyos tallos
llegan a alcanzar los 6 m. de alto, y por el gigante de la familia,
el takwaruzú que se desarrolla formando matas de
imponente densidad, con centenares de cañas erguidas y
curvadas en los extremos alcanzando una altura de 30 m.
Sus cañas son huecas, cilíndricas y muy leñosas, adquieren
un diámetro que supera los 17 cm. y están defendidas
por grandes espinas que se insertan en los nudos.
Asimismo, en la manufactura cestera guaraní son utilizadas
unas epífitas del género Filodendro, que se apoyan en
ramas y troncos desde donde cuelgan sus raíces aéreas,
tales como el pekwrú (Philodendron selloum), de fibra
ancha, el gwembé (Philodendron bipinatifidium), y el
gwembepí (Philodendron speciosum).
Este último se corta en finas tiras de color negro y es usado
para la decoración del trenzado. Es oscuro y refulgente,
delgado como una tela y resistente como una cuerda; con
él se elaboran sobrios dibujos a modo de frisos integrados
por líneas quebradas y simétricas.
Particularmente el gwembé posee enormes hojas, gruesas
y lobuladas de hasta 80 cm. Cuando sus raíces aéreas alcanzan
el suelo, lo penetran y de esa manera la planta se
nutre mejor y se desarrolla como una gran enredadera que
se confunde con el follaje del árbol que le sirve de sostén.
Las especies vegetales de fibras más suaves, delgadas y
flexibles6 se extraían de las zonas húmedas y pantanosas
tales como lagunas, charcos o corrientes lentas de agua.
En las márgenes de los esteros y constituyendo su contorno
menos profundo, en donde se desarrolla abundante
vegetación palustre, los cesteros guaraníes aprovechaban
el pirí (Cyperus giganteus), especie de junco con cierto
parecido al papiro africano, la totora (Typha sp.), otras
variedades de juncos como el peguajó o pehuajó (Thalia
geniculata), la paja brava o capi-í (Scirpus giganteus) dotada
de hojas de bordes duros y filosos, entre muchas otras.
También eran empleadas otras fibras no tan habituales,
tales como las de los camalotes o aguapey (Eichhornia
azurea), diversos tipos de juncos, además de la chala del
maíz; todas ellas sólo estaban disponibles en determinadas
temporadas del año.


Objetos de cestería y materiales


Cestos

Para los Guaraníes7, como pueblo migrante, la mudanza
de un sector a otro dentro de la selva era realizada con la
ayuda de unas hamacas de transporte y de unas inmensas
cestas, ambas tejidas con hojas de palmera pindó.
Dichas cestas, dotadas de fondo chato, costados altos y
con una estructura de tejido prensado, eran elaboradas
para transportar sus pertenencias y utensilios. Las mujeres
las cargaban sobre la espalda, habiendo calzado previamente
la manija o apisamá en la frente para sostenerlas.
Ese es el tradicional cesto ayacá de los Mbyá, típico recipiente
para el transporte de enseres, de amplia difusión
neolítico-amazónica.
Generalmente, se elaboraban con una o dos hojas de
palmera pindó y el raquis de las mismas les servía como
armazón; resultaba así un recipiente con una forma
elipsoidal, habitualmente irregular, rasgo intensificado
por la flexibilidad del material y por el peso de la carga.
Usualmente lo confeccionaban combinando las tiras de
un tipo de vegetal con láminas de otro tipo de planta, para
que la diferencia de colores permitiera la ornamentación
bícroma de la pieza.
El arte ornamental de los ayacá constituye la expresión
estética básica de los Guaraníes. Este apego de los Mbyá
a ese tipo de trenzado con ornamentación es tan acentuado
que suelen utilizarlo también para revestir mazas
y cualquier otro objeto de madera, tanto en la antigüedad
como modernamente.
Una variedad de estos grandes cestos era tejida en diagonal,
lo que generaba una pieza llamada nakú, con
terminación superior en forma de abanico, el cual se
plegaba a manera de tapa o cierre de la boca.
Entrelazando delgadas tiritas de cortezas vegetales o
tallos de enredaderas eran realizados tanto los canastos
resistentes para transportar o guardar los frutos de las
cosechas, como así también otros ejemplares de cestas
y bolsos, algunos de diseño parecido a las mochilas
actuales, además de los enormes cestos-cargueros que
llevaban durante los viajes con todas sus pertenencias.
La misma técnica de entretejido plano se empleaba para
tejer juncos o finas hojas de palmeras; con ellas fabricaban
bandejas para servir tortas de mandioca, abanicos para
atizar el fuego, envases tubulares para llevar pescado y
estuches para portar flechas o para plumas.
Elaboraban también una forma especial de cestos, de
muy fina factura, para transportar a los niños pequeños
a la espalda que llamaban krompiá. Era una banda para
portar criaturas que tenía forma elipsoidal y terminaba
en una tupida trenza que permitía atar ambos extremos;
así quedaba conformada una ancha tira que la mujer
colocaba cruzada sobre su hombro derecho.
Preparaban igualmente unos cestos de boca estrecha8
revestidos en su interior con cera endurecida, que eran
usados frecuentemente como recipientes para llevar o
almacenar agua y otros líquidos. Los estudiosos los consideran
como una supervivencia de la vasija prehistórica
anterior a la edad de la cerámica.
Como eran muy afectos a consumir miel silvestre, la recogían
en esas cestas de fibras vegetales impermeabilizadas
por dentro con la cera de las mismas abejas.


Hamacas, esteras y redes
Además de las hamacas de transporte ya mencionadas,
poseían otro tipo de hamacas que usaban para descansar y
dormir. Las colgaban entre dos árboles o sobre tres soportes,
tanto sea en medio de la selva como dentro de la choza.
Habitualmente9, dicho implemento era de uso casi exclusivo
de los hombres mientras que la mujer, para dormir, extendía
su estera en el piso debajo de la hamaca del hombre.
Esas hamacas10, así como las redes que usaban para
pescar, también eran tejidas usualmente con la fibra del
karaguatay.
Asimismo, utilizaban unas esteras o mantas elaboradas
con hilos del mismo karaguatay o de otras fibras resistentes,
decoradas con dibujos geométricos. Les servían
para echarse en el suelo, para cubrirse con ellas al dormir
y mojándolas, las arrollaban alrededor del cuerpo para
preservarse de las espinas o de las flechas enemigas.
Dedicadas al uso habitacional11, con hojas de palma
confeccionaban esteras para dormir y sentarse, evitando
de esta manera el contacto directo con la tierra. Según
su tamaño, servían tanto como echaderos, así como para
divisorias internas de la maloca o casa comunitaria y también
a modo de paredes en los cobertizos o paravientos.
Las destinadas a dormir o sentarse tenían 1,80 m. por
0,90 m.; también hacían pequeñas esterillas de 0,30 por
0,40 m., que se doblaban y los cazadores las usaban como
estuche para guardar las plumas con las que emplumaban
las flechas.
Las redes o mallas12 están constituidas por una serie de
hilos que quedan unidos entre sí por enlaces o por nudos,
y forman ojos de distintos tamaños.
Según la técnica de confección, las que carecen de nudos
son más elásticas y se distienden más fácilmente mientras
que las otras son más firmes.
Desde la prehistoria, las redes tienen una presencia constante
en los pueblos de toda la cuenca del río Paraná; las
usaban tanto para la pesca, para el transporte y –muchas
veces– como parte de una vestimenta sumaria.
Con esas mallas, los grupos cazadores y pescadores habitantes
de las zonas ribereñas a los grandes ríos elaboraban
bolsos. Aunque el tipo de redes era bien distinto según
el uso al que estaban destinados, ya sea para transportar
pescado, frutos o leña, como para usarlos en la práctica
de la pesca, o para conservar alimentos, etc.
Los cestos y nasas para la pesca, lo mismo que los carcajes
o envases donde transportaban las flechas se elaboraban
trenzando diferentes materiales vegetales. De igual manera
era trabajado el revestimiento de las armas y variadas
piezas de madera.


Otros objetos relacionados con la cestería
Las mujeres llevaban en pequeños cestillos múltiples
ovillos de fibras de palmera, tanto de la pindó como de
la mbocajy o cocotera y también de samuhú (Ceiba pubiflora)
con las que elaboraban tanto las krompiá o bandas
para transportar a las criaturas, como la apisamá o tira
que ubicaban en la frente para llevar las bolsas cargueras.
Incluían asimismo madejas de ortiga brava (Urera baccifera),
de pynô guasú o gran ortiga (Urera grandifolia) y
del ya nombrado gwembepí, cuyas raíces marrón oscuro
–cortadas longitudinalmente en tiras delgadas– permitían
elaborar piezas con bicromía.
Los tamices o yrupé, las bandejas y el mencionado ayacá
–típico cesto de los Mbyá– eran realizados con tiras
o láminas de caña takwara, particularmente del tipo
takwarembó, combinadas con las del citado gwembepí,
siguiendo la misma técnica de trenzado que se usaba para
trabajar las hojas de palma.
El aro que acompañaba y ceñía al tamiz tenía entre 0,35
m. a 0,45 m. de diámetro, se hacía de madera de ñan
dypá (Genipa americana) y era revestido con el mismo
trenzado bícromo.
Dichos cedazos o cernidores13, generalmente de forma
circular y de considerable diámetro –aunque excepcionalmente
los había cuadrados– eran utilizados para cernir
las harinas tanto de maíz como de mandioca.
Una variedad de este último tubérculo, la amarga, era
tóxica para la ingesta humana, por lo que requería una
elaboración previa a ser consumida.
Debía ser rallada en ralladores de madera y luego se la
exprimía dentro de prensas tubulares o tipití. Finalmente,
la harina resultante era tostada al rescoldo resultando así
un alimento muy nutritivo.
Estos exprimidores o tipití, estaban confeccionados preferentemente
con delgadas tiras de caña takwara utilizando
la técnica del trenzado, la misma que era usada con las
hojas de palma para producir otros objetos. Muy poco
usual era la elaboración de estas prensas por medio del
trenzado de hojas resistentes de palmera.
Fabricaban asimismo cordeles, aplicando la técnica del
torcido sobre fibras de ortiga brava, de palmera pindó
y de samuhú, a las que mezclaban con pelo de mono o
cabello humano para darle mayor resistencia.
Merecen destacarse también tanto las cuerdas que empleaban
para trepar a los árboles en busca de panales de
miel, como los gurá, especie de muñequeras que usaban
enrolladas en los brazos para defenderse de las mordeduras
de los animales cuando participaban de las cacerías,
particularmente del coatí.
Ampliamente utilizadas, las fibras vegetales eran empleadas
con múltiples propósitos. Por ejemplo, los travesaños
que sostenían el techo de las amplias malocas –de hasta
50 m. de largo– eran amarrados con lianas húmedas, las
que al secarse conservaban firmemente la posición de
las estructuras.
Asimismo, con escobas de hojas de palma barrían la tierra
apisonada del piso de la casa.


Técnicas de cestería y su relación con los
materiales

Se pudo determinar que –dentro de la categoría del trenzado–
desarrollaron cuatro variantes técnicas, combinadas
con complejas variaciones dentro de cada una: entrecruzado
(en ajedrezado, arqueado, en diagonal o sargado y
abierto hexagonal), entretorcido, entrelazado y costurado.
Los trenzados corresponden a formas muy elementales
de la tejeduría, ejecutados de manera puramente manual
y sin usar ningún tipo de accesorio.
Para cada tipo de materias primas, que eran múltiples y
brindadas por la misma selva, se aplicaba la técnica más
adecuada a sus características.
Predominaba el uso de las fibras de las hojas de las palmeras
locales ya mencionadas.
Cuando existía, la ornamentación de las piezas era habitualmente
bícroma (nunca polícroma), resorte intencional
que permitía al artesano amplia libertad de variaciones,
al combinar el color natural del material que trabajaba
con negro y –eventualmente– con rojo.
Las fibras se teñían de rojo con el extracto de catiguá en
frío, obtenido de la corteza del árbol yvyrá pytá (Peltophorum
dubium), uno de los gigantes de la selva.
El principio ornamental se basaba en el entramado de
las fibras de diferente color, dentro de la trama elegida
para trabajar, en donde quedaba incluida totalmente y
de manera dependiente de la misma.
Los diseños ornamentales podían cubrir toda la pared del
cesto o sólo se aplicaban en bandas formando motivos
de paralelogramos, triángulos o rombos casi siempre con
disposición asimétrica y rellenos interiormente de cuadritos
claros y oscuros alternados a modo de un damero.


La cestería artesanal misionera en Brasil
En el contexto brasileño14, el tejido y la cestería de Río
Grande del Sur (RGS) representa una parte notable de la
personalidad regional.
El territorio del actual estado fue habitado primeramente
por indígenas y posteriormente poblado por misioneros
españoles. Mientras tanto, se producía la entrada de
luso-brasileños, azorianos, portugueses y negros; finalmente
fue colonizado por inmigrantes europeos de otros
orígenes (alemanes, italianos, polacos, etc.).
De esas culturas, todos trajeron consigo elementos
ejecutados con fibras. Al llegar a Río Grande del Sur y
mezclarse las tendencias, dieron origen a la aparición de
una cultura regional: la gaucha.
La artesanía popular gaucha –y en particular su cestería–
es resultado de la reunión de elementos traídos por
los colonizadores e inmigrantes europeos, sumada a las
costumbres de los indígenas pre-existentes.
Los aborígenes poseían conocimientos sobre trenzados y
utilizaban pajas de junco, particularmente de la variedad
“santa fe” (llamada en Argentina paja brava) y otras afines
para realizar objetos destinados a diversos usos.
Las fibras de ortiga brava, de karaguatay y las hojas de
palmera eran usadas para confeccionar tejidos rudimentarios,
mientras que el cipó y la takwara se empleaban
para elaborar cestos y esteras para dormir.
En el siglo XVIII llegaron familias azorianas, provenientes
de las islas Azores –archipiélago de posesión portuguesa
ubicado en el centro del océano Atlántico norte– que
recalaron en la isla de Santa Catalina, ubicada en el
litoral sur brasileño.
Los azorianos se instalaron inicialmente en Río Grande
del Sur pero luego se expandieron por todo el litoral
gaucho y dejaron fuertes marcas culturales; por ejemplo,
el sombrero que aún usa el gaucho tiene ese origen.
Comenzaron a utilizar para trenzar la paja de una hierba
llamada tiririca y la de la palmera butiazeiro.
Los italianos, llegados a mediados del siglo XIX, decidieron
aprovechar las laderas de las sierras para plantar
vides con el fin de vinificar, y la idea fue un éxito.
Al orientarse hacia la actividad vitivinícola, se dedicaron
a la cestería necesaria para la cosecha de la vid.
Asimismo, el transporte de la uva requería cestos reforzados,
tramados con caña takwara y con fibras locales
parecidas al mimbre. Los mismos materiales también se
usaban para revestir exteriormente los envases de vino.
En conclusión, la cestería gaucha se caracteriza sobre
todo por los trenzados, es decir en los que urdimbre y
trama están dispuestas en trenzas.
Los objetos de cestería artesanal están constituidos por
un entrelazamiento de tres o más (hasta diecisiete) fibras
pasándose alternadamente la de la derecha o la de la
izquierda sobre la que queda al medio.
Las fibras más comunes usadas en la región gaucha para
esta actividad son las pajas de maíz y de trigo, las hojas
de palmera, las hebras de karaguatay, varios tipos de
palmas, la paja de arroz, las hojas del bananero y diversos
tipos de hierbas locales.
El trabajo con las pajas de trigo y de arroz, por su finura
y suavidad, permitía confeccionar sombreros y cestas
pequeñas y delicadas.


La cestería artesanal misionera en Paraguay
La variedad de artesanías tejidas utilizando fibras vegetales
previamente procesadas o no, es riquísima en
este país y reconoce raíces ancestrales profundamente
relacionadas con los grupos aborígenes de la región.
La cestería15 es una producción muy característica de todas
las parcialidades Tupí-Guaraníes y en estas labores se
destaca particularmente la localidad paraguaya de Capiatá.
Numerosos cesteros se congregan en este lugar, hecho
que hace posible poder seguir los pasos que cumple el
artesano para confeccionar un canasto.
Una de las técnicas de canastería más utilizadas se inicia
a partir de una base generada por el entrecruzamiento de
tiras de caña, de la que se usan diversos tipos, cortadas
longitudinalmente.
A partir de esa base se crea un armazón favorecido por
la rigidez de las varillas; dicha rigidez va aumentando a
medida que el material vegetal se va secando.
De esa manera queda conformada la urdimbre del tejido
y entre esas delgadas varillas, el artesano va entretejiendo
fibras de palma, teñidas o no, según decida adornar su
obra con una guarda o dejarla lisa en su color natural.
Del mismo modo, en las localidades de Luque y Limpio
la elaboración de piezas de variadas formas y colores, con
utilización de diferentes materiales de origen vegetal se
tejen canastas, cestos, sombreros, posa-fuentes, etc. Es
una actividad que ocupa un importante lugar dentro las
labores de la población.
Entre los diversos materiales vegetales16 que se utilizan
para trenzar, se destacan especies análogas a las ya citadas
en este trabajo tales como las hojas de la palmera pindó,
de la mbocajy, la corteza de la caña takwarembó, y las
partes aprovechables del gwembepí, y del isipó, algunas
de las cuales ya han sido descriptas en el inicio del texto.
También se emplea la paja de coco para elaborar sombreros
livianos y frescos.
Se trabaja con las mismas fibras que fueron usadas en
tiempos prehispánicos para realizar utensilios tejidos
destinados a propósitos utilitarios. Sin embargo, a veces
también preparaban piezas elaboradas con fines rituales
y que tenían un alto significado mitológico y religioso.
Sus particulares formas de trenzados brindan múltiples
tipos de piezas de cestería en general, canastas, fajas, hamacas,
bolsas, cedazos, cestos, posafuentes, recipientes,
y vasijas de diversos tipos.
Pueden encontrarse asimismo envases tejidos en hebras
vegetales, recubiertos con cera negra para impermeabilizarlos.
En la pequeña localidad ya citada de Limpio17 se tejen
las variadas y tradicionales piezas de cestería empleando
las fibras de karanday (Copernicia alba), tipo de palmera
que abunda en el Chaco paraguayo.
Todos los habitantes de esta población se dedican a la
cestería utilizando ese mismo material. Resulta muy
típica la confección de pantallas para abanicarse y están
vastamente difundidas para amortiguar el intenso calor
del verano paraguayo, aunque el uso original de los
Guaraníes era para avivar el fuego.
La hoja palmada característica de esta especie se usa entera,
con su raquis adelgazado longitudinalmente, tanto
para elaborar las mencionadas pantallas como para confeccionar
posafuentes, paneras, posa-platos, posavasos,
entre otros objetos.
Durante la noche, las amplias hojas de esta variedad de
palmera se dejan a la intemperie y el rocío las ablanda; con
ellas se pueden tejer desde los más rústicos objetos utilitarios
hasta los más finos sombreros denominados kapi-í.
Asimismo, tienen indudables reminiscencias indígenas
las técnicas que aún se usan, tanto para el secado manual
como para la preparación de otras fibras textiles; pueden
proceder de diversos tipos de hojas y tallos de variadas especies
vegetales, tales como los juncos pirí y la paja kapi-í.
Se tejen a mano y a veces se utiliza el planchado final del
tejido resultante, con el fin de emparejarlo y adaptarlo a
las diferentes formas que se requieran.
Con estos materiales se confeccionan típicos sombreros
locales, tanto los nombrados kapi-í como los llamados
pirí, además de cestos e infinidad de artículos para el
hogar y la decoración de interiores.
El sombrero pirí, característico de los Mbyá, tiene aproximadamente
la forma del sombrero de paja europeo.
Constituye el accesorio infaltable para acompañar el traje
masculino tradicional.
Todos estos objetos pueden ser teñidos en colores, tanto
con anilinas artificiales como naturales, estas últimas
obtenidas de una especie vegetal llamada isipó y se
adornan con motivos diversos.
Del ambiente chaqueño18 procede una fibra vegetal gruesa
extraída de la bromeliácea local llamada chaguar o karaguatá
(Bromelia serra y Bromelia hieroyimii) que tanto
puede ser considerada textil como material de cestería.
Para la extracción de sus fibras textiles, también se
usan aún las técnicas descubiertas por los indígenas en
tiempos prehispánicos. Son particularmente las mujeres
quienes las tejen, produciendo las famosas yicas o llicas,
bolsas muy tradicionales de un tamaño mediano.
Los diseños de la decoración que presentan son exclusivamente
geométricos, existiendo una amplia gama de
motivos que pueden combinarse y disponerse en forma
ajedrezada, en diagonal, escalonada, etc.
Todos estos diseños se han generado a partir de la estilización
intencional de caracteres distintivos de los
animales silvestres, conseguida a través de la observación
propia que cada pueblo realizaba sobre la fauna y que se
reflejaba en el trabajo del artesano: por ej. bandas lineales
discontinuas (representan la piel de la víbora yarará),
continuas (se interpretan como el lomo del armadillo),
paralelas (son frutos de chañar), quebradas (semejan al
papagayo), alternadas (gusanos), rombos (ojos del búho o
–a veces– frutos de la tuna), triángulos (escamas de peces
o nidos de avispa), hexágonos (caparazón de tortuga o de
armadillo), pentágonos (ojos de carancho), grecas (lomo
de iguana), etc.
Respondiendo a la demanda del mercado, particularmente
turístico, se ha incorporado a la oferta una serie de
otros artículos en fibra de chaguar tales como monederos,
cinturones, vinchas, prendas livianas, caminos para
mesa, cortinas, tapices, etc. que reflejan gran creatividad
artesanal tanto en el propio tejido de la pieza como en la
combinación de los colores naturales –con predominio
de los castaños y rojizos– con los que son teñidas.


La cestería artesanal misionera en las
provincias argentinas de Misiones y parte de
Corrientes

El Fondo Nacional de las Artes (FNA)19 ha inventariado
todas las artesanías que se verifican en la zona de Misiones
y nordeste de Corrientes, a través de la realización
de un detallado relevamiento y afirma que integran el
patrimonio o acervo de los grupos folklóricos.
En sus formas más prístinas, tales artesanías se conservan
en lugares recónditos y generalmente remotos, manteniéndose
en un retraimiento periférico que le es propio.
En el tema de la canastería, revisten mucho interés
aquellas circunstancias en que ciertas comunidades folklóricas
se dedican a la elaboración de una determinada
artesanía de largo arraigo, que ha adquirido merecida
fama; tal es el caso de la cestería de los Cainguáes (de
origen Mbyá) de la localidad de San Pedro (provincia de
Misiones) por nombrar sólo un ejemplo.
Para toda la provincia de Misiones y nordeste de Corrientes,
el Fondo Nacional de las Artes consigna que la
cestería, es decir los tejidos de fibra vegetal, constituyen
una artesanía practicada desde la prehistoria y conserva
una arraigada persistencia en el tiempo, además de tener
una amplia difusión.
Los cesteros autóctonos de la región han recibido y practican
técnicas precolombinas que tuvieron notable perfección
y belleza. Actualmente, este tipo de objetos tejidos se
muestran frecuentemente realizados de manera bastante
tosca, aunque reflejan huellas de su antiguo esplendor,
sobre todo las que pertenecen a los nombrados indígenas
Caainguáes de Misiones, justicieramente prestigiosas.
Al igual que sus vecinos ya tratados en los otros dos
países, utilizan la llamada técnica llana20; según se entrecrucen
una fibra de urdimbre y una de trama se denomina
llana simple, o en su defecto una de urdimbre con dos
de trama alternada, recibe el nombre de twill o cruzada.
Esta es la técnica que tiene su más alto exponente en la
cestería de los citados grupos Cainguá.
Entre las técnicas frecuentemente utilizadas –según los
datos del Fondo Nacional de las Artes– se destacan el
torcido y retorcido de las fibras y también el trenzado.
Otra forma es el tejido, que se obtiene con el pasado,
cruzado o cuadriculado de las fibras, hecho que origina
un diseño parecido al del tablero de ajedrez.
El llamado salteado consiste en alternar dos elementos
de la urdimbre con el entrecruzamiento de la trama y por
último, en la mimbrería, la trama se entrelaza y traba con
la urdimbre que permanece rígida.
La mimbrería es un caso especial dentro de la cestería
llana. Toma su nombre de la utilización del mimbre como
materia prima de urdimbre y trama. Es una cestería de
origen europeo aunque de gran dispersión en todo el
país; cada región le da su fisonomía particular. Las cestas
elaboradas con este material son muy rígidas aunque muy
duraderas y de formas variadas.
En la elaboración de la cestería21, los Mbyá de la provincia
de Misiones utilizan como materiales, especies idénticas
–o a veces parecidas– a las empleadas por sus vecinos
del área misionera de los otros dos países considerados.
Se destaca la selección de los tres tipos de cañas takwara
diferentes, tales como takwapí, takwarusú y takwarembó.
A las takwaras se les quita la película externa, se las
seca y divide en secciones longitudinales para obtener
varillas de diferente grosor según la pieza a realizar ya
sean canastos, cestos, etc. Para piezas pequeñas o muy
cóncavas, la fibra necesita ser mojada constantemente
para impedir que se quiebre mientras se la trabaja.
Asimismo, para trabajar se recogen de la selva las raíces
aéreas de las mismas plantas epífitas ya referidas, como
son el gwembé, gwembepi y pekwrú.
La raíz de gwembé también debe ser pelada y cortada
longitudinalmente para conseguir cintas de espesor
variable, según el uso que se le quiera dar.
De las hojas de catiguá (Trichilia catigua) se extrae el
tinte para dar color amarillento o rojizo a las fibras que
decoran algunas piezas.
Para teñir las fibras que se usarán en la decoración, se
hierven las hojas de catiguá y el tiempo de cocción hace
variar el color obtenido. El marlo del maíz se emplea
como pincel para extender el tinte.
Este recurso permite al artesano generar bicromía en las
piezas y adornarlas con creativos diseños.
La decoración en los objetos de cestería se dispone en
guardas; reciben diferentes nombres según el motivo
utilizado, el cual –generalmente– está relacionado con
el dibujo que posee la piel de algunos ofidios de la zona.
En los últimos tiempos, en los mercados artesanales
pueden encontrarse para la venta al turista sombreros y
pantallas realizados en técnica llana, pero pintados con
productos industriales y decorados con motivos florales,
hojas e inscripciones que nada tienen que ver con las
raíces indígenas de las pautas de decoración.
En las ferias populares donde se exponen las artesanías
regionales pueden admirarse cestos, canastas, costureros,
paneras, posa-vasos, posafuentes, porta-termos,
porta-botellas, inclusive los tradicionales cedazos o
cernidores, sujetados con un aro de madera delgada y
flexible para mantener su perímetro circular, entre muchas
otras piezas.
También hay artesanos habilidosos que se dedican a la
confección de objetos delicados de pequeñas dimensiones,
pero que reflejan gran exactitud y precisión en la
factura de las obras. Y así aparecen trenzadas aves, diversos
animales, muñequitos, adornos, imágenes religiosas,
crucifijos de tamaños variados (hay piezas que no superan
los 5 cm.) elaborados en delgadas fibras vegetales, algunas
teñidas para resaltar el trenzado; también pulseras realizadas
con decoración finamente cuadriculada inspiradas
en la faja ornamental de las serpientes o en los diseños
de las alas de las mariposas.
En la provincia de Corrientes, para las piezas que admiten
mayor rusticidad se suelen usar materiales vegetales más
bastos, recogidos en el lugar, tales como capiatí, pirurí,
pita (un tipo de ágave parecido al que en México llaman
magüey y que produce el hilo sisal), además de fibra de
coco y rafia. Todos ellos necesitan ser preparados con
procedimientos parecidos a los empleados con el lino
para poder ser utilizadas.
La artesanía del canasto como objeto de valor de cambio
parece haber alterado la división del trabajo tradicional
dentro de la población guaraní.
La labor del trenzado era una actividad eminentemente
femenina y la participación de los hombres se reducía a
la recolección de la materia prima.
En la actualidad, cada vez más artesanos de sexo masculino
han aprendido a trenzar, recibiendo la técnica de
sus mujeres, esposas o hermanas.
Actualmente, la mujer está autorizada a ir al monte a recoger
las fibras necesarias para la producción, aunque siempre
acompañada por un adulto varón de la comunidad.
Pocos objetos artesanales mantienen –simultáneamente–
el mismo valor de uso para los miembros del grupo, que
el valor de cambio que cada pieza adquiere en el mercado
para su comercialización.
Por ejemplo los arcos y flechas son producidos en dos
versiones diferentes: la funcional que utiliza el mismo
artesano para cazar o pescar, la cual requiere más tiempo
de confección y una selección cuidadosa de la materia
prima; la otra son los arcos confeccionados para adorno,
inútiles para la caza pero vistosos a los ojos del turista
que los adquiere como souvenir de viaje.


* Todos los vocablos en lengua guaraní que figuran en este texto están
escritos con letra cursiva.


Notas
1. Marx, J. (1995). Las misiones jesuíticas. Misiones: Ediciones del
Verbo Divino.
2. Palavecino, D. de. (1964). “Tejido” en Arte Popular y Artesanías
Tradicionales de la Argentina. Buenos Aires: Eudeba.
3. Pérez de Micou, C. (1982). “Cestería” en Artesanías tradicionales
de la Argentina. Buenos Aires: Secretaría de Cultura.
4. Gálvez, Lucía (1995) La vida cotidiana - Guaraníes y Jesuitas. De
la Tierra sin Mal al Paraíso. Buenos Aires: Ed. Sudamericana.
Colección Joven.
5. Erize, F. (1997). El Nuevo Libro del Árbol. T. 2. Buenos Aires: Ed.
El Ateneo.
6. Palavecino, D. Millán de. (1985). Arte y tejido en la Argentina.
Buenos Aires: Subsecretaría de Cultura. Ed. Culturales Ara.
7. Parés, C. (1995). Huellas KA-TU-GUA. Caracas:. Universidad Central
de Venezuela. Arauca Ediciones.
8. González, N. (1948). Proceso y formación de la cultura paraguaya.
Asunción: Ed. Guarania.
9. Müller, F. (1989). Etnografía de los Guaraní del alto Paraná. Rosario:
Sociedad del Verbo Divino.
10. Serrano, A. (1995). Los pueblos y culturas indígenas del Litoral.
Santa Fe: Ed. El Litoral.
11. Susnik, B. (1996). Población. Vivienda. Manufacturas utilitarias.
(Ámbito sudamericano). Asunción: Ed. por el Museo Etnográfico
Manuel Barbero.
12. Millán de Palavecino, D. (1981). Arte y tejido en la Argentina.
Buenos Aires: Subsecretaría de Cultura. Ed. Culturales Ara.
13. Hoyos, M. (1999). Guaraníes. Madrid: AZ Editora.
14. Stedile Zattera, V. (1988). Arte têxtil no Rio Grande do Sul. Caxias
do Sul: Universidade de Caxias do Sul. Ed. São Miguel.
15. Straccio de Perris, S. (1995). Paraguay. Buenos Aires: Sánchez
Teruel Editor.
16. Mora, A. (1998). Artesanías del Paraguay. Asunción: Ed. Ibotí.
17. Verón, V. Paraguay. Informaciones generales y turísticas. Asunción:
Industrial Gráfica Comuneros.
18. Ruiz Nestosa, J. (1997). “La cultura paraguaya” en Paraguay, país
de maravillas. Buenos Aires: Martínez Zago Editores.
19. Fondo Nacional de las Artes (1989). Catálogo de la Primera Exposición
Representativa de Artesanías Argentinas. Buenos Aires:
F.N.A.
20. Perez de Micou, C. (1987). La cestería como técnica textil tradicional.
Ushuaia: Museo Territorial.
21. Mordo, C. (1997). Artesanía, Cultura y Desarrollo. Buenos Aires:
Secretaría de Desarrollo Social.
Elba Expósito. Master en Turismo Cultural (UP). Post grado en Turismo
y Patrimonio (OEA). Licenciada en Gestión Educativa. Profesora
Superior en Geografía. Post grado en Geología y Paleontología.



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Comentarios:

  • El diseño en las artesanías misioneras. 2ª parte: la cestería fue publicado de la página 106 a página112 en Actas de Diseño Nº9.
  • [ver detalle e índice del libro]


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