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Capítulo VI. Introducción al estudio del Lenguaje y de los “lenguajes” visuales*

Libros de Textos DC Nº1: Tierra de nadie.Una molesta introducción al estudio del Diseño.

Libros de Textos DC Nº1: Tierra de nadie.Una molesta introducción al estudio del Diseño. [ISSN: 978-987-1716-09-8]

Valdés de León, Gustavo A.

Año I, Vol. 1, Febrero 2010, Buenos Aires, Argentina | 276 páginas

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Gustavo A. Valdés de León [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Introducción
Uno de los síntomas que denuncian la precariedad de las “teorías” del Diseño –y del Diseño
gráfico en particular– que aún aqueja a los ámbitos universitarios es la ambigüedad
y la polisemia de los términos con los cuales se pretende dar cuenta de dichas disciplinas,
de su práctica y de su enseñanza.
Sin una terminología precisa, científicamente formulada desde la experiencia y las leyes de
la lógica, aquel discurso no alcanza a superar el nivel de la mera opinión, el subjetivismo
estrecho, efecto de la inercia conceptual, cuando no expresión de la de la más rasante banalidad.
Un ejemplo reciente que ilustra este aserto es la publicación de El Lenguaje Visual
(Acaso, M. 2006) síntesis de una serie de lugares comunes y errores conceptuales que degradan
el pensamiento del Diseño.
Piénsese, a este respecto, en las diversas acepciones –algunas francamente contradictorias–
que se otorgan al término imagen según la personal interpretación del sujeto –docente o
estudiante– que lo utilice. Lo mismo ocurre con otros términos clave tales como “código”,
“pregnancia” y, aún,“gráfico”. El vocabulario académico abunda en palabras ómnibus,
esto es, repletas de los más diversos significados, que siempre vienen bien para enmascarar
el desconocimiento: en tanto esta balcanización terminológica persista no podemos hablar
seriamente de una Teoría del Diseño.
En este capítulo nos proponemos deconstruir uno de los términos más utilizados en el
discurso universitario, el de “Lenguaje Visual” que, a fuerza de su repetición y a pesar de
su evidente incongruencia semántica, ha terminado por convertirse en uno de los núcleos
fundamentales de la formación profesional de los diseñadores.
Pero antes de entrar en el fondo de la cuestión, precisar en qué consiste, exactamente, dicho
“Lenguaje”, es necesario formular algunas precisiones de carácter terminológico.
Para Ferdinand de Saussure (1916/1994), su fundador, “la materia de la Lingüística está
constituida en primer lugar por todas las manifestaciones del lenguaje humano” (pág. 34),
sin embargo su objeto no es el Lenguaje, definido como mera “facultad de los individuos”,
sino la Lengua que es “a la vez un producto social de la facultad del lenguaje y un conjunto
de convenciones adoptadas por el cuerpo social para permitir el ejercicio de esa facultad
a los individuos” (ob. cit., pág. 37). Por lo tanto, sostiene que la Lengua no es el Lenguaje
sino “una parte de él, aunque esencial”. (Ob. cit. id.)
No obstante, en el uso habitual –vulgar y académico– dichos términos han terminado por
convertirse en sinónimos: en sentido estricto, las prácticas comunicacionales basadas en
el sentido de la vista deberían ser designadas como “Lengua Visual” –y no “Lenguaje visual”.
Ahora bien, como el término “Lenguaje” es aceptado gneralizadamente como equivalente
a “Lengua”, en este libro designamos como Lenguaje (sin aditamentos o con el
agregado “verbal”) al conjunto autónomo, ordenado y sistémico de signos verbales y “lenguajes”,
con los calificativos correspondientes, al resto de sistemas de signos no verbales
–visuales, acústicos, táctiles, etc.– subordinados al anterior. En otras palabras el término no
es utilizado en su estricto sentido saussariano. Este tema será profundizado más adelante.
Después de esta aclaración podemos pasar al examen de la cuestión que nos ocupa.
1. ¿Existe objetivamente algo llamado “Lenguaje Visual”?
Si, como se dijo antes, por Lenguaje se entiende un conjunto autónomo, ordenado y sistémico
de signos verbales ¿el “Lenguaje Visual” designa a un sistema autónomo de signos
que puede ser utilizado para comunicar –o como erróneamente suele decirse, “transmitir”–
mensajes con prescindencia del Lenguaje que, definición, pertenece al orden de lo
verbal? Y , si esto fuera cierto ¿cuál es la estructura de ese signo visual que garantiza su
autonomía lingüística respecto del signo verbal?
¿No será el “Lenguaje Visual” nada más que un expresión degradada y empobrecida del
Lenguaje, un simple y, a veces, bastante elemental, subrogante de éste, un “lenguajito”
de segundo orden –o , si se prefiere, de segundo grado– que se utiliza por necesidades
operativas cuando por motivos empíricos la comunicación mediante el Lenguaje resulta
impracticable o antieconómica?
Por lo demás, la experiencia cotidiana nos ofrece el espectáculo de prácticas comunicacionales
heterogéneas basadas en diversos “lenguajes” visuales, por lo que cabe preguntarse
¿qué tienen en común, en tanto “lenguajes visuales” expresiones tan disímiles como el
“lenguaje de señas” de los hipoacústicos, los sistemas de escritura (alfabéticos o ideográficos),
los rituales, ceremonias y saludos del comportamiento social, las insignias y uniformes
(militares, policías, sacerdotes, médicos, carteros, barrenderos y piqueteros), la cartografía,
los sistemas de Identidad Visual, los semáforos y los afiches de vía pública, que no
sea sino que todos ellos son percibidos exclusivamente por el sentido de la vista?
En una primera instancia resulta forzado pretender incluir prácticas comunicacionales tan
diversas como las mencionadas en una categoría única, el “Lenguaje Visual”, puesto que
se trata de prácticas radicalmente diferentes e incluso opuestas en orden a su materialidad,
relaciones espacio-temporales, presencia o ausencia física de los interlocutores, modalidades
de uso, grados de complejidad semántica y sintáctica, competencia lingüística de los
usuarios, condiciones específicas de producción y circulación, etcétera.
En síntesis, ¿existe en la práctica real de la Comunicación social e intersubjetiva un “Lenguaje
Visual” único en tanto paradigma válido o se trata sólo de una entelequia en su
acepción de “cosa irreal” (R.A.E., 2001) que sobrevive sólo como consecuencia del hábito,
la inercia mental y la compulsión a la repetición?
¿No será que, contrariamente, en la práctica comunicacional coexisten múltiples “lenguajes
visuales” que resultan imprescindible discriminar?
2. Una cuestión semántica
En primer lugar, las lógicas que rigen el sentido de las categorías Lenguaje verbal y Lenguaje
Visual son distintas y contrapuestas. Los términos “Lenguaje Verbal” describen con
claridad cuál es su “materialidad”, el verbum, la palabra, “los sonidos que expresan una
idea” (según la R:A:E., 2001). En cambio el sintagma “Lenguaje Visual” no refiere a materialidad
alguna, lo “visual” sólo remite al órgano perceptor, el sentido de la vista, por
lo cual su campo de incumbencia es extremadamente laxo: las imágenes visuales. Como
consecuencia los elementos que constituyen el Lenguaje Verbal pueden ser reducidos en
última instancia, a 27 sonidos distintos –en el caso del idioma castellano– lo que hará posible
su transcripción visual –el Alfabeto. Contrariamente, el “Lenguaje Visual” no puede
ser reducido a conjunto discreto alguno, dada su heterogeneidad.
En segundo lugar, en el caso del Lenguaje verbal los términos describen un proceso en el
cual un sujeto –en adelante, Destinador o Enunciador– “habla”, es decir, pronuncia enunciados
verbales, o Significantes, de una Lengua dada, que son percibidos por otro sujeto –
en adelante, Destinatario o Intérprete– como imágenes acústicas que, en su aparato psíquico
están asociadas, por convención, a representaciones psíquicas o Significados, (Saussure,
F. de., 1916/1994) equivalentes, en mayor o menor grado, a los del Hablante y que el Destinatario
interpretará según su propia competencia lingüística, su interés y afecto puesto en
juego en la relación comunicacional, en un proceso físico, psicológico y fisiológico de ida y
vuelta. Como se ve, el agente activo de este proceso es el Destinador.
En el caso del Lenguaje Visual o, mejor, de los “lenguajes visuales” los términos describen
un proceso diferente: el Destinador no “habla” con los ojos a pesar de que, como
suele decirse, “hay miradas que matan”. En realidad, en una situación de comunicación
“cara a cara”, la dirección de la mirada y su expresión son indicios reveladores, feedback
o Circularidad mediante (ver capítulo III), de los efectos que los Significantes escuchados
producen en el Destinatario, indicios, no obstante, insuficientes como para postular la existencia
de un “lenguaje de la mirada”. En la práctica de los “lenguajes visuales” el acento
está puesto en el Destinatario quien es el que percibe mediante el sentido de la vista los
signos –objetos, gestos, imágenes icónicas y no icónicas e imágenes de imágenes– que el
Destinador produce para él.
Se trata, por lo tanto, de lógicas diferentes: en la expresión Lenguaje verbal se prioriza al
agente activo del proceso comunicacional –el que habla–; en los “lenguajes visuales”, por
el contrario, se prioriza al agente pasivo –el que mira.
Las palabras pronunciadas son invisibles, así como las palabras escritas –o las imágenes
icónicas que pueden sustituirlas– son mudas. Salvo casos patológicos, o fenómenos de
sinestesia, no se puede escuchar con los ojos y es sabido que los oídos carecen de párpados
y son ciegos. En los actos de Lenguaje participan en pié de igualdad dos sujetos que utilizan, simultánea y sucesivamente, órganos complementarios, el aparato fonador y el oído,
en tanto que en la práctica de los “lenguajes visuales” se utiliza un solo canal, el aparato
óptico. Cada uno de los lenguajes mencionados operan, además, en registros neurológicos
y psíquicos diferentes e independientes, por más que en definitiva en el hardware perceptivo
que soporta los procesos comunicacionales, todos los estímulos converjan en una única
central de inteligencia.
En definitiva, el Lenguaje –con mayúsculas y sin aditamente, siempre verbal–, los “lenguajes
visuales”, como proceso de construcción, circulación y percepción de objetos e imágenes
por medio del sentido de la vista y la Comunicación, como práctica de intercambio
simbólico, producto y condición de la vida en sociedad, configuran un complejo sistema de
relaciones mutuas, un núcleo problemático que serás necesario despejar, como condición
previa a la deconstrucción y comprensión del “Lenguaje Visual” -que es lo que se propone
este capítulo. Se impone, por lo tanto, examinar en primer término la noción de Lenguaje.
3. Acerca del Lenguaje
Abordaremos la cuestión del Lenguaje desde lecturas diferentes pero complementarias.
Helena Beristáin (1997) , siguiendo a Saussure define al Lenguaje, in strictu senso, como la
capacidad específicamente humana de simbolizar, esto es, la capacidad que todo sujeto tiene
de “representar lo real mediante un signo y comprender ese signo como representante
de lo real” (pág. 127) y, agregamos, la capacidad de poder representar la realidad a otros,
aún cuando dicha “realidad” no esté “presente”, por intermedio de un sistema de signos
verbales, o Significantes, cuya relación con los conceptos, o Significados a los cuales se
refieren, es de carácter arbitrario: la “realidad”, inaccesible como tal para el sujeto, se torna
aprehensible en tanto es pasible de ser representada mediante signos, es decir, en tanto es
significada. Por este proceso la “realidad” deviene producto social, construcción semiótica.
Esta condición de arbitrariedad de los signos verbales es de particular importancia, puesto
que entrará en colisión con el carácter analógico de determinados signos visuales, como
luego se verá.
El Lenguaje es, pues, una capacidad innata del sujeto, pura potencialidad que se realiza
en la Lengua, producto social, condición y efecto del surgimiento, la existencia y la reproducción
material y simbólica de las sociedades humanas –en el marco de un modo de
producción determinado, fundado en el trabajo y en las relaciones de propiedad correspondientes.
La Lengua es una construcción que como todo producto humano se sostiene
en el artificio, la convención y la coerción y se va modificando y transformando como consecuencia
de los cambios históricos que la dinámica social impone –dinámica en cuyo seno
surge y a la cual sirve– en la dimensión temporal que Saussure denominara Diacronía.
En el interior del sistema de la Lengua cada sujeto a lo largo de su periplo vital se irá
apropiando de los términos que la componen, según su particular y no intercambiable circunstancia
psico-social, configurando su Habla personal, instancia que lo constituye como
tal; en una “versión hipertrofiada” del término, el calificativo es de Romé, N. (2009), para
Lacan “el significante (…) es lo que representa al sujeto, no para un ‘alguien’ que constituye
un nudo de signos, sino para otro significante”. (pág. 72)

En la tríada saussariana, el Lenguaje es pura potencialidad, mientras que la instancia Lengua/
Habla se manifiesta como materialidad fáctica exclusivamente acústica: al contrario
de lo que proponía El Principito de Antoine de Saint-Exupéry (1943), las palabras –y no lo
esencial– son invisibles a los ojos.
El sujeto adviene al Habla, “acto individual de voluntad e inteligencia” (Saussure, pág. 41)
en un proceso interminable de aprendizaje que se inicia en el interior de la relación erótica
madre/hijo, en la cual se adquiere la “lengua materna” y continúa con los sistemas de
educación formal e informal y en la práctica cotidiana en la escena social. Esto excluye de
manera absoluta la existencia de “lenguajes naturales”, inclusive en el mundo de la “Naturaleza”,
dominio en el cual el término “lenguaje” carece de sentido, puesto que se trata
de un universo exento de pensamiento y volición, regido por ciegas y rigurosas determinaciones
físicas, biológicas e instintivas, radicalmente diferente al universo de la Cultura y
la Comunicación en el cual se desarrollan las sociedades humanas.
De esta concepción del Lenguaje se deriva una determinada Teoría del signo, en su versión
dinámica –no topológica– de Significante/Significado, categorías de orden acústico y psicológico
que no pueden, ni siquiera por analogía, aplicarse a manifiestos visuales.
Esta errónea transpolación, que se viene arrastrando desde las primeras ediciones del texto
de Saussure, se pone en evidencia cuando el Significante es representado, en general, por
el término “árbol” (arbre) mediante el recurso visual de la tipografía, en tanto que el Significado
es representado mediante la imagen icónica de un árbol cualquiera.
Mediante este procedimiento, supuestamente “pedagógico”, se desvirtúa groseramente el
pensamiento de Saussure, ya que al sustituir una “imagen acústica”, el Significante, por
una imagen visual tipográfica –con su inevitable carga connotativa– se está tergiversando
el concepto original de Saussure. Además, al traducir el Significado a una imagen icónica la
“representación psíquica”, que eso es el Significado, ha sido reemplazada por un signo de
carácter visual con lo cual el concepto se degrada y empobrece. Por otra parte, es imposible
representar un Significado en términos visuales puesto que, en tanto concepto genérico y
universal –dentro de una Lengua dada– incluye en su dominio a todos los individuos que
componen el género y no a uno en particular. Sea como fuere, la cuestión del Signo lingüístico
es examinada con la profundidad que corresponde en el capítulo IV de este libro.
4. El Lenguaje como Ley
Pero, además, el Lenguaje, esa capacidad de producir signos diferentes para ideas diferentes,
también puede ser pensado como una estructura que opera con fuerza de Ley, ordenando
los intercambios simbólicos entre los hombres en sociedad. Más aún, el Lenguaje
funciona como “ley de leyes” puesto que cualquier esfuerzo humano de ordenamiento
de la realidad, material o social –o “sobrenatural” llegado el caso– debe necesariamente
transitar por el “desfiladero del Significante”, determinación a la cual quedan sujetados
los mismos dioses quienes, para poder comunicar su voluntad a los creyentes, según la
tradición bíblica, se ven obligados a utilizar el Lenguaje –primero verbal y luego visual,
escrito–: las Tablas de la Ley (ver Exodo/Shanot: XX de 1 a 17; XXXI 10 y XXXII 15 y 16, (La
Biblia Hebreo-Español, 1996).

Lo mismo ocurre con las leyes con las cuales se pretende “ordenar” el universo físico (de
Newton a Einstein) o biológico (Mendel) o imponer el poder del Estado y el control social
mediante ordenamientos jurídicos que para tener validez deben estar escritos (Constitución
Nacional, Códigos Civil, Comercial, Penal, etc.) desde el Código de Hammurabi (siglo XVII
ANE) hasta los Reglamentos de la F.I.F.A. (Federación Internacional del Fútbol Amateur).
El Lenguaje, a su vez, está regido por leyes que ordenan el significado de los términos, las
modalidades permitidas de su combinatoria y las normas de su uso cotidiano, relaciones
que Charles Morris, designará a su turno como Semántica, Sintáctica y Pragmática, respectivamente,
según describe Magariños de Morantin, J. A. (1983). Los códigos rigen todos los
lenguajes, verbales y no verbales.
Debe quedar claro, para evitar un equívoco generalizado, que el código no es el Lenguaje
sino la ley que lo reglamenta.
5. La Secundariedad
Desde un punto de vista más técnico, el Lenguaje –recuérdese que siempre que usamos el
término sin aditamentos nos estamos refiriendo al Lenguaje verbal– posee determinadas
características que lo diferencian cualitativamente del resto de los “lenguajes” o sistemas
de signos no verbales. Una de ellas es la denominada Secundariedad (Ducrot, O., Todorov
T. 1972/1998).
Esta cualidad paradojal, que al mismo tiempo que define al Lenguaje se instala como un
obstáculo para su comprensión, consiste en que la única forma que tenemos para hablar
del Lenguaje y operar sobre él es utilizando el propio Lenguaje como instrumento operativo,
o, dicho de otra manera, para hablar de las palabras, esto es, del Lenguaje, no tenemos
otro recurso que usar las mismas palabras que lo forman.
Además del obstáculo epistemológico que implica esta indiferenciación entre sujeto cognoscente
(los hablantes) y objeto de conocimiento (el Lenguaje que lo constituye como sujeto)
o, de otra manera, la indiferenciación entre el sujeto constituido por signos y el sistema
de signos que lo constituye, la Secundariedad acarrea otras consecuencias.
En primer término, la imposibilidad –lógica, pero también empírica– de la existencia de
alguna forma de Metalenguaje, de un nivel lingüístico ubicado “más allá” del Lenguaje.
En efecto, si el proceso de pensamiento es un encadenamiento necesariamente ordenado
de imágenes mentales capaces de producir eventualmente enunciados lingüísticos, resulta
que no tenemos a nuestra disposición instancia alguna, por fuera del Lenguaje, desde la
cual poder operar sobre tal encadenamiento.
“Fuera” de lo lingüístico, que es lo mismo que decir “fuera” de lo semiótico, sólo podemos
entrever, entreverar, la opaca e inerte textura de lo Real, inaccesible a nuestro esfuerzo de
apropiación, cognoscitivo y pragmático, en tanto que no podemos de-signarlo, nombrarlo,
en fin, simbolizarlo mediante signo alguno.
Este nudo problemático pone en cuestión, entre otras teorizaciones, la Función Metalingüística,
relacionada con el Código, propuesta por R. Jakobson (Marc E. y Picard D., 1983/1992)
así como algunas vertientes de la Filosofía del Lenguaje, en especial aquellas que postulan
la existencia de un supuesto “lenguaje del pensamiento”, anterior al Lenguaje como tal.

También quedan cuestionadas categorías tales como “pensamiento visual” (Arnheim, R.,
1971) y, por supuesto “pensamiento tipográfico” (Fontana, R.).
De todo esto se deriva una consecuencia importante: en tanto no existe un “más allá” del
Lenguaje, éste se asume, legítimamente, como Metalenguaje del resto de los sistemas de
signos, visuales o de cualquier otra índole, que son pasibles de ser analizados y criticados
discursivamente, trátese de “lenguajes” técnicos o artísticos, en la medida en que los mismos
no son otra cosa que la “representación” especializada en relación a un sentido en particular
–en la mayor parte de los casos, en relación al sentido de la vista– de un enunciado
verbal que los precede y determina. Un espectáculo musical, una exposición de arte, un
filme, una puesta teatral, un partido de fútbol, pueden ser descriptos y criticados mediante
el Lenguaje o por una de sus versiones visuales, la palabra escrita, operando como Metalenguaje
del “lenguaje” en cuestión.
Existe pues una insalvable asimetría, teórica y operativa, entre el Lenguaje y el resto de los
“lenguajes” a él subordinados, incluyendo –en primer lugar– al “Lenguaje” visual. Dicho
de otra manera, si el Lenguaje funciona como representación de la realidad objetiva y subjetiva
que nos envuelve, el resto de los “lenguajes” estarán en representación del Lenguaje
–y en ello fincan su ser.
6. La Doble Articulación
Otra cualidad específica del Lenguaje es la denominada Doble Articulación (Martinet, A.
1968): en su materialización pragmática –en el acto del habla– el hablante va eligiendo y
combinando en el tiempo, y en función de la construcción de sentido, dos elementos de
orden diferente.
En primer lugar, dispone de unidades mínimas portadoras de sentido (morfemas o monemas),
términos que va combinando con el auxilio de articuladores o shifters (artículos,
pronombres, conjunciones) en un proceso sintáctico que transcurre –discurre, ocurre– en
el tiempo real del discurso. La secuencia de los términos o palabras elegidas (sintagma) va
determinando el valor de cada término y su significado, acotando su radical polisemia, y
construyendo el sentido del enunciado, de tal modo que cada palabra que el hablante –o el
escribiente– incorpora al sintagma va marcando con mayor precisión el significado de los
términos precedentes y la última palabra puede modificar y hasta trastocar el sentido final
del enunciado, fenómeno conocido como efecto après coup.
Pero además, el hablante opera con unidades aún menores que carecen de sentido, elementos
de carácter puramente fónico, los fonemas, cuya combinatoria, siguiendo las normas
particulares de cada lengua, posibilita la construcción de los morfemas antes mencionados.
La adjunción silábica de vocales y consonantes, sin otra consideración que su pronunciabilidad,
da como resultado las palabras de la Lengua.
Mediante este recurso, a partir de un modesto repertorio de sonidos elementales –las 5
vocales y las 22 consonantes del abecedario castellano, combinados en sílabas de una o más
letras– resulta posible articular los casi 100.000 términos de nuestra Lengua –de los cuales,
por desgracia, se utiliza sólo una mínima parte.

Los intentos de transpolar la dialéctica de la Doble Articulación –como se dijo, exclusiva
del Lenguaje– a otros “lenguajes” no han tenido éxito. Pier Paolo Pasolini, según Zeccheto,
(2003) supuso que la toma, como elemento básico de la serie escena, secuencia, filme,
propia del “lenguaje” cinematográfico, podría cumplir una función similar pero ocurre
que la toma es ya un elemento complejo, incompatible con otra toma cualquiera, lo que la
diferencia radicalmente de los fonemas del Lenguaje.
El reduccionismo formalista instaurado en la Bauhaus en alguna de sus etapas pretendió
imponer la tríada círculo-triángulo equilátero, cuadrado y los colores primarios “correspondientes”
a cada una de esas figuras, como las “unidades mínimas” de un supuesto
lenguaje visual universal (Lupton, E. y Abbott Miller J., 1991/1994). Algunos de los resultados
prácticos obtenidos demuestran la inutilidad del empeño reduccionista: el alfabeto
universal –sin mayúsculas– de Herbert Bayer y el no menos ilegible alfabeto Stencil de
Josef Albers son una prueba cabal de la inexistencia en el “Lenguaje Visual” de elementos
irreductibles capaces de ser articulados en unidades complejas (el estudio crítico de la experiencia
Bauhaus se desarrolla en el capítulo XII de este libro).
La carencia de sistemas de Doble Articulación en los lenguajes subordinados torna inviables
–por ni decir impertinentes– las pretensiones de fundar una imposible e innecesaria
alfabetidad visual (Dondis, D. A., 1973/1976) y pone en cuestión la pertinencia de la aplicación
de categorías teórica propias del Lenguaje (significante, gramática, sintaxis, entre
otras) a los sistemas de signos no verbales. La utilización en el acto de comunicación –que
a veces determinan el sentido del acto– de signos visuales y acústicos no verbales será
estudiada en el capítulo siguiente.
7. Lenguaje y comunicación: aproximación a lo visual
Las Teorías de la Comunicación abordaron tardíamente los aspectos contextuales y no verbales
de los intercambios simbólicos. Primero fue necesario superar el mecanicismo de
la Teoría Matemática de la Información de C. Shannon y W. Weaver (Marc E., Picard, D.
1983/1992) o , más exactamente, superar la indebida transpolación de un modelo técnico
concebido para las telecomunicaciones a una Teoría General de la Comunicación –versión
que en su tosco reduccionismo Emisor-Mensaje-Receptor, de autor desconocido, todavía
se sigue enseñando en las aulas universitarias.
También fue necesario superar el esquematismo abstracto, universalista y formalista de R.
Jakobson, que todavía sobrevive. Recién en los ’70 aquellas conceptualizaciones erróneas
o incompletas empiezan a ser cuestionadas y sustituidas por enfoques teóricos más consecuentes
con la realidad pragmática del acto comunicacional y su complejidad.
En esta dirección los autores mencionados ubican el modelo S.P.E.A.K.I.N.G. de D. Hymes
y J. J. Gumperz quienes, a pesar de ciertas incongruencias, enfatizan, por primera vez,
la importancia del contexto espacial y visual en el cual se efectúa el acto comunicacional
(Setting) y, en su descripción de la categoría Participants, terminan definitivamente con la
primacía de la dupla Emisor-Receptor. En el modelo Psicosocial, de D. Anzieu y J-Y. Martin,
se incorporan la noción de “campo de conciencia” de los participantes y la existencia
de “filtros”, conscientes e inconscientes –tanto en la enunciación del Hablante como en
la escucha del Hablado– y se describen diferentes modalidades de “retorno” o feedback,
término importado de la Cibernética. Este recorrido ha conducido a una compresión de la
Comunicación como un complejo proceso de interacción que, además de la oralidad característica
del Lenguaje, incluye escenarios, gestos y expresiones corporales, su percepción
visual parte de los interactuantes y sus efectos en la construcción conjunta de sentido.
Las investigaciones de D. Rime, Paul Watzlawick y otros, integrantes de la llamada Escuela
de Palo Alto, demostraron definitivamente que el acto comunicacional intersubjetivo no se
agota en los aspectos estrictamente verbales.
En efecto, el registro o altura de la voz, que va del soprano al bajo, el ritmo de la enunciación,
la elevación de su volumen y su disminución al grado del susurro, los silencios, son
recursos fónicos no verbales que acentúan el valor emotivo y el sentido del discurso. No todos
ellos pueden ser representados fielmente cuando se intenta su trascripción visual por
medio de la escritura: la utilización de los cuerpos y variables tipográficas –morfológicas
y espaciales– y de signos no alfabéticos (coma, punto, punto y coma, puntos suspensivos,
etcétera) resultan insuficientes en virtud del talante específicamente acústico de los enunciados
–lo cual, dicho sea de paso, señala alguno de los límites expresivos de algunos de
los “lenguajes” visuales.
Por otra parte, la vestimenta, la actitud corporal, la gesticulación, los microgestos del rostro,
la dirección de las miradas, los alejamientos o aproximaciones físicas de los interlocutores
–fenómenos éstos últimos estudiados por la Kinética y la Proxémica– al ser de
carácter visual constituyen la materialidad propia de algunos lenguajes visuales, como
luego se verá.
Hasta aquí hemos examinado el primer término del sintagma “Lenguaje Visual”, tratando
de describir la complejidad del Lenguaje, como sistema de signos verbales que hace posible
la Comunicación entre sujetos individuales y sociales, enfatizando el carácter acústico
de su práctica y de su materialidad y su rol subordinante En el capítulo siguiente se indagará
acerca de las relaciones y diferencias que se establecen entre el Lenguaje y lo que
hemos denominado “Lenguajes visuales” o subordinados.



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  • Capítulo VI. Introducción al estudio del Lenguaje y de los “lenguajes” visuales* fue publicado de la página 127 a página135 en Libros de Textos DC Nº1: Tierra de nadie.Una molesta introducción al estudio del Diseño.
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