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Diego Velázquez y Marcel Duchamp

Benítez, Gonzalo; Tobal, Melanie

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición VII Trabajos de estudiantes de la Facultad de Diseño y Comunicación

Año VII, Vol. 35, Diciembre 2010, Buenos Aires, Argentina | 168 páginas

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Introducción

El siguiente ensayo pretende remarcar las diferencias y similitudes entre dos artistas de épocas muy distintas: Diego Velázquez y Marcel Duchamp. Basándonos en los conceptos de juego, símbolo y fiesta expresados en la obra de Hans-Georg Gadamer pretendemos realizar un análisis de las dos obras que consideramos más influyentes y compararlos con el fin de dar cuenta del paso de un espectador que se encuentra fuera de la pintura a otro que es invitado a participar y ser activo.

El trabajo está dividido en tres partes: primero, se explicarán los conceptos de juego, símbolo y fiesta; luego, se realizará el análisis de Las Meninas de Diego Velázquez; seguido de ello, se hará lo mismo con Duchamp, centrado en la obra La Fuente; y finalmente, se los comparará, estableciendo sus diferencias y similitudes.

Para concluir, expondremos una materialización de este ensayo, al presentar una obra que exprese y simbolice el eje de lo planteado.

Marco teórico

En su escrito Gadamer (1998) analiza la actualidad del arte y establece tres pilares: el juego, el símbolo y la fiesta. El juego es “una función elemental de la vida humana” (p. 66); es un impulso libre, un automovimiento de vaivén que es el que caracteriza a todo lo viviente. En el caso de lo humano, este juego está ordenado y disciplinado por la razón, lo cual le ortoga estructuras y la ilusión de tener un fin. A pesar de que este juego muchas veces es interno, siempre cuenta con otro, con el “jugar-con”. Este otro es el espectador (material o no), que participa en el juego y deja paso al hacer comunicativo.

La obra de arte deja paso al juego de la reflexión, de la percepción. “…lo que se ofrece a los sentidos es visto y tomado como algo” (p. 78).

El símbolo es “algo con lo cual se reconoce al antiguo conocido” (p. 84). Por un lado, es lo que está en el lugar de otra cosa pero que a su vez la representa; por el otro, es algo que da cuenta de que existe otra parte que complementará la que está presente en la obra. “…lo simbólico no sólo se remite al significado, sino que lo hace estar presente: representa el significado” (p. 90).

La fiesta tiene que ver con la comunidad, con la celebración por parte de todos. “Celebramos al congregarnos por algo y esto se hace especialmente claro en el caso de la experiencia artística” (p. 101). En la experiencia de la obra artística hay una intención que nos reúne a todos dejando fuera las experiencias individuales. A pesar de que la obra nos excluye haciendo que ingresemos en nuestro mundo interno, nos hace parte de una comunidad, donde compartimos y festejamos.

El símbolo genera un movimiento dentro del espectador, ese movimiento llamado juego lleva a la persona a una experiencia de fiesta interna con el otro.

Diego Velázquez: Las Meninas

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599 - 1660), fue un pintor barroco español. Comenzó su carrera siendo aprendiz de Pacheco, época en la que sus pinturas se caracterizaban por un uso mínimo del color, con muchas sombras, dándole un aspecto oscuro y tenebroso. A partir del 1623, se convierte en el pintor del rey Felipe IV y realiza numerosos retratos y escenas reales. En 1630, luego de viajar a Italia, se produce un cambio en su pintura y comienza a utilizar más colores, destacándose la obra del Cristo Crucificado. En los años restantes, el trabajo de Velázquez para la corte se hace más intenso, por lo que su labor de pintor es más limitada. Pueden destacarse obras como el retrato del papa Inocencio X y Las Meninas. Esta última, al ser tan representativa y emblemática, es en la que se centrará el siguiente análisis.

Se refiere a ella como representativa, ya que es una de las más celebradas y reconocidas del pintor; y emblemática, ya que existen opiniones e interpretaciones muy diversas sobre ella. En Las Meninas, la escena representada podría dividirse en seis niveles de lectura compositiva. El primero, que es lo que capta nuestra atención, sería la imagen de la infanta Margarita junto con sus dos meninas, inclinadas hacia ella. Esto puede ser causado gracias a que la única fuerte luz las baña, haciendo que el vestido blanco de la infanta se destaque.

El segundo, es la imagen de Velázquez, con su paleta de colores en la mano y el gran lienzo delante de él. Se destaca gracias a que es el que más alto se ubica y porque su mirada penetra en el espectador, obligándolo a entrar en el juego de la representación.

El tercer nivel, es el que contiene al personaje del fondo, siendo destacado por la fuerte luz que entra a través de la puerta.

Al haber pasado de Velázquez al personaje de la puerta, nos obligamos a volver nuestra mirada hacia el elemento más emblemático y que ocupa el cuarto nivel: el espejo. En él, se ve la imagen de los reyes, iluminados por una luz que no proviene de ninguna de las fuentes visibles en el cuadro.

El quinto nivel está dado por el grupo de personas detrás de los bufones, donde una de ellas está parcialmente iluminada, y la otra permanece en penumbras. Finalmente, el sexto nivel está compuesto por los dos enanos. Uno de ellos mira hacia el frente y el otro se encuentra jugando con el perro.

En cuanto a juego, símbolo y fiesta, encontramos que, a pesar de que lo más llamativo en el cuadro es la infanta, ya sea por la luz que la baña o por su vestimenta, el símbolo que en realidad nos invita a entrar en el juego de Velázquez es su persona, erguida y mirándonos de manera penetrante. Sin embargo, el espejo detrás es otro símbolo, que refleja la parte que no es posible representar en el lienzo, la otra cara de la escena.

La imagen de Velázquez, con su mirada, obliga al espectador a entrar en el cuadro, donde comienza el primer juego. Este último está dado por el intercambio que se produce entre el que contempla y el que es contemplado. “¿Vemos o nos ven? En realidad el pintor fija un lugar que no cesa de cambiar de un momento a otro: cambia de contenido, de forma, de rostro, de identidad.” (Foucault, 1996, p. 15). En el juego, el espectador se encuentra en un fuerte interrogante: no se sabe si está siendo partícipe de la escena o un testigo no deseado.

El espejo, por otro lado, invita a un segundo juego donde el espectador debe descubrir si ese reflejo es del lienzo que se encuentra frente al pintor, de los reyes ingresando al salón o bien solo se encuentran allí para representarlos dentro de la obra.

Mientras esto ocurre el espectador sin darse cuenta comienza a tomar participación y a interactuar con la pintura, la trata de desmenuzar, de ver mas allá, de encontrar un sentido a algo que hasta ese entonces no lo tenía. Ahora bien, ese espejo no solo juega con el aspecto antes mencionado sino que muestra un lado del arte hasta ese entonces no explorado, el lado que no se ve de la pintura; ese lugar que queda oculto para el espectador pero revelado para el pintor y sus protagonista.

La fiesta se presenta una vez que nos dejamos llevar por el juego, que entramos y comenzamos a explorar y a descubrir que cada mirada que le damos a la pintura nos da una nueva visión de lo que antes vimos. Por lo tanto la fiesta en este caso es totalmente interna, porque nos lleva muy adentro de nuestro consciente, nos obliga a buscar y rebuscar.

Marcel Duchamp: La Fuente

Marcel Duchamp (1887 - 1968) fue un artista plástico francés nacionalizado en Estados Unidos. En sus primeras experiencias, Duchamp pasó por diversos movimientos artísticos como el impresionismo, postimpresionismo, fauvismo y cubismo, sin adoptar ninguno como propio. Desde 1914, comenzó a dejar la pintura y pasó a realizar obras emblemáticas e irónicas, tomando objetos cotidianos, sacándolos de su contexto y poniéndoles su firma (ready-mades). También, realizó cortometrajes y fotografía experimental. Entre sus obras se destacan Nu descendant un escalier nº2 (1912), El gran vidrio (comenzado en 1913), Rueda de bicicleta (1913) y La fuente (1917). El siguiente análisis se centrará en esta última.

La Fuente es la primera obra conceptual de la historia. Pero en este caso, no es la obra el símbolo, sino la firma del artista la que hace que un objeto industrial (el urinal) se eleve al nivel de objeto artístico. La firma “R. Mutt” es la que nos lleva al juego. Este está dado por la relación que hay entre el nombre o apodo del artista y la obra. La firma hace a la expresión artística como la expresión artística hace a la firma. El juego es la ironía, la provocación. Duchamp presenta esta obra en la exposición de la Society of Independient Artists, donde cualquiera que había pagado 6 dólares tenía derecho a exponer.

Sin embargo, La Fuente no fue aceptada y le negaron su presentación en público. De esta manera, Duchamp envió a un hombre para que se pasease con el urinal por toda la exposición, provocando y generando reacciones en los presentes.

En esta obra también está presente la fiesta, entendiéndose como tal la celebración en comunidad de la obra de arte. Esta se da por la mera provocación, siendo la misma la intención que nos reúne a todos, que nos obliga a movilizarnos.

Diferencias y similitudes

Tomando como punto de partida el concepto de juego, podría afirmarse que tanto Velázquez como Duchamp obligan al espectador a participar, completar la obra y pensarla. Ambos utilizan el jugar con el otro. Mediante esto, logran quedar fuera (uno de manera más sutil y otro más caótica) de las tendencias de arte presentes en sus respectivos contextos. Sin embargo, estos dos artistas se diferencian en las formas que utilizan para obligar al espectador a participar. En Las Meninas el espectador necesita una información previa para poder reconocer a los personajes y comprender la escena representada.

Una vez logrado esto, deberá prestar atención a cada elemento de la composición y realizar una búsqueda minuciosa y sutil que lo lleve a sacar sus propias conclusiones. Así realizará su interpretación. En cambio, La Fuente es un objeto industrial cotidiano, no necesita más que la mera experiencia diaria para reconocerlo. Lo provocativo reside en la firma y el contexto donde es presentado; por lo que la interpretación del espectador es mucho más rápida, produciéndose apenas se toma contacto con la obra.

En cuanto al símbolo, tomándose a éste como aquello que hace alusión a lo que no está, es posible establecer que Velázquez utiliza al espejo de esta manera, mostrando la escena que no es posible representar en el lienzo. Por su parte, Duchamp en su ready-made, coloca la firma para mostrar los alcances del arte, elevando un objeto cualquiera a esta categoría.

En este aspecto, se puede establecer una similitud entre ambos, ya que tanto Las Meninas como La Fuente muestran otra cara del arte, van más allá del lienzo o el objeto. Por otro lado, los dos artistas usan elementos característicos de la labor del pintor como provocación: la presencia del pintor mirando fijo hacia el espectador en un caso, y la firma en el otro.

Al mismo tiempo, esta última (la firma) actúa como el espejo: muestra lo que no esta allí y no puede aparecer en la obra.

Finalmente, la fiesta en Velázquez es limitada debido a que no va más allá del espectador. Es sólo una relación comunicativa entre el pintor que mira y el otro que recibe e interpreta. En contraposición, La Fuente conduce a la comunidad -ya que la obra se comparte y pasea entre personas que se reunieron allí- a celebrar el arte.

Conclusiones

A pesar de que las dos obras de arte analizadas en este ensayo son muy disímiles y pertenecientes a épocas distantes entre sí, ambos artistas pretenden sacar del lugar de seguridad al espectador, provocando su reacción y participación.

Es decir, que los dos inician un juego. Si bien, desde nuestro punto de vista, Duchamp realiza obras muy interesantes, no hay que menospreciar que Velázquez fue para su época un pintor de extrema importancia e influencia. Quizás nosotros no lo apreciamos tanto debido a nuestro contexto histórico, ya que nos es difícil comprender e identificarnos con su arte.

Podríamos afirmar que Duchamp es más adecuado a nuestra época, debido a lo caótico y sin sentido de sus obras, que son características de la sociedad contemporánea.

En definitiva, y a pesar de que comenzamos el ensayo creyendo que no íbamos a encontrar puntos de conexión entre ambos artistas, nos hemos dado cuenta de que, conceptualmente, tienen mucho más en común que diferencias. Velázquez y Duchamp fueron dos grandes artistas que aportaron de distintas maneras a la inclusión del espectador en la obra.

Bibliografía

Artehistoria. (2010). Genios de la pintura: Diego Rodríguez de Silva Velázquez.

Disponible en: http://www.artehistoria.jcyl.es/genios/pintores/3652.htm Foucault, Michel. (1996). Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas. México: Siglo Veintiuno.

Gadamer, Hans-Georg. (1998). La actualidad de lo bello: el arte como juego, símbolo y fiesta. Buenos Aires: Paidós.

Marcel Duchamp World Community. (2010). Who Is Marcel Duchamp. Disponible en: http://www.marcelduchamp.net/who_is_md.php


Diego Velázquez y Marcel Duchamp fue publicado de la página 89 a página91 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

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