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Ricardo III

González Castro, Guillermina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición VII Trabajos de estudiantes de la Facultad de Diseño y Comunicación

Año VII, Vol. 35, Diciembre 2010, Buenos Aires, Argentina | 168 páginas

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Introducción

Ricardo III es una obra con una infinita gama de matices y un constante doble juego escénico. Compuesta entre 1591 y 1592; esta historia llena de sangre y espanto, es la culminación del ciclo formado por la primera, segunda y tercera parte de Enrique VI, centrado en ese período de extrema violencia y crímenes de la historia inglesa que fue la Guerra de las Rosas, entre la casa de Lancaster y York.

Ricardo III presenta una autonomía de estética propia, la cual se la vincula tanto con la fuerza excepcional de su protagonista como con su carácter de epítome de la concepción shakespeariana de la historia, fue lo que a lo largo de los siglos ha atraído a actores, directores y público, convirtiéndola en un éxito artístico por completo independiente de las obras que la anteceden.

Para el presente trabajo se eligió la versión fílmica del director Loncrane McKellan, la cual sitúa la acción en 1930; haciendo una analogía entre Ricardo III y Hitler.

Hablando un poco de Ricardo

Según Cristina Piña, Ricardo III desarrolla una única acción principal según un rígido criterio de organización; al par que recurre a una representación ritualizada y formal de ciertas situaciones y personajes que nos remiten a las moralidades medievales, dado que en el medioevo las conductas violentas y lascivas, como las de Ricardo, se creían que era obra de Satán y solo se salvaban del infierno las personas que se redimían ante Dios y la Santa Iglesia Católica. Como plantea Cristina Piña, tampoco aparece el personaje que actúa como contrapartida del héroe, recurso de singular funcionalidad dramática por medio del cual Shakespeare, contrapone dos visiones del mundo a manera de tesis y antitesis ( la voz de la sensatez frente a la voz de lo absoluto). Aquí Ricardo se yergue sólo y único en su casi satánica capacidad de imponerse a quien se le interponga en el camino que ha de llevarlo a la corona. En su siniestra tarea de ascenso y permanencia en el poder no solo carece de un antagonista a la medida de su estatura o que siquiera encarne una visión contraria a la propia, sino que, consideradas desde la perspectiva de la variedad dramática, sus acciones son de una llamativa unilateralidad: seducir y matar. Estas acciones están organizadas de una manera sumamente formal: a partir de un planteo que resume en gran parte el ciclo de Enrique VI y sigue el esquema de acción ascendente, en el que Ricardo supera los sucesivos obstáculos que se le presentan (esto significa eliminar al que se cruce en el camino sea quien sea y a cualquier precio) y cuyo clímax es la destrucción de Lord Hasting; acto que le permite el acceso al trono, hasta que, prácticamente apenas lo ha obtenido- y por acción conjunta de su propia naturaleza y los esfuerzos de sus enemigos- se inicia la acción descendente que lo llevará a la catástrofe, la cual se entiende a lo largo de las escenas del Acto V centradas en el campo de Bosworth.

Al igual que Adolf Hitler, que en su ambición de querer conquistar al mundo, invadió, de forma impulsiva, Rusia en invierno.

Lo cual fue el principio del fin para el Imperio Nazi dado que sus tropas no estaban preparadas logísticamente para luchar en ese terreno, no sólo que se morían de frió, sino que sus ropas eran tan llamativas en el paisaje blanco que eran un blanco fácil para las tropas Rusas.

El rostro seductor y abominable del poder

Según Cristina Piña pocas veces en la dramaturgia universal un autor ha logrado el tour de force de presentarnos un personaje que reúna a tal punto todas las marcas del Vicio, según su tradicional representación medieval- la perversidad, la falta de escrúpulos, la delectación en el mal, la monstruosidad ética- el cual, junto con el rechazo que nos produce, ejerce una singular atracción sobre nosotros. Porque Ricardo, además de ser un verdadero monstruo, es profundamente seductor, y ante la sucesión de horrores que va cumpliendo, el espectador siente un complejo sentimiento en el que se mezclan el espanto y una secreta admiración por su inteligencia fulminante y esa capacidad camaleónica para adoptar las palabras, la actitud o los recursos que le garantizaran obtener lo que quiere. Su capacidad para captar el punto exacto en que su adversario se va a quebrar. Un ejemplo claro de esto (en la película) es cuando Lady Ana esta llorando en la morgue los cadáveres, todavía tibios, de su padre y de su marido y entra Ricardo a seducirla, aprovechando su momento de debilidad, para después finalmente hacerla su esposa. Otro de los momentos es cuando apenas muere su hermano Enrique, convence a Isabel de traer a su hijo el Príncipe de Gales, con la excusa de que asuma el trono de Inglaterra para no abrir la herida que acababa de cerrar la guerra, pero el único fin de Ricardo era darle la muerte y allanarse el camino hacia el poder.

Shakespeare consigue este efecto, a partir de un amplio juego de relaciones intertextuales, que nos remiten de lo histórico a lo literario y que vale la pena señalar. El autor toma en gran medida la imagen carismática de Ricardo de Gloster; es (junto con Marlowe) el autor isabelino que puso sobre el escenario caracteres que son la encarnación del superhombre renacentista en persecución de una meta desmedida y absoluta.

La genialidad de Shakespeare consiste en que nos presenta a un monstruo atractivo, “un engendro del infierno” a la vez carismático y sin grandeza, pero que al final alcanza el pathos trágico, no solo porque toma conciencia, en el monólogo del Acto V, escena tercera, de que es un asesino y nadie, ni si quiera él mismo, lo ama, sino por la metáfora de la Historia que su caída representa y que desenmascara el verdadero rostro de poder. Porque lo trágico en Ricardo III no es el destino individual de cada uno de los sacrificados por el hacha sangrienta del Duque de Gloster, tampoco su propia caída, sino el sentido de la historia que a través de estos hechos se revela.

Aquí podemos hacer un paralelismo con Adolf Hitler, el cual también, sobre todo al principio, era un personaje carismático y sin grandeza pero sabía lo que el pueblo quería escuchar para así obtener el poder. Una vez en la cima, el pueblo se dio cuenta que no era el héroe santo que los venía a salvar, sino el diablo vestido de cordero; y al igual que con Ricardo, no todos estaban de acuerdo pero enfrentar a esa gran maquinaria de destrucción era sinónimo de tener una muerte segura.

Segun Cristina Piña este mundo de deformidad moral y de torpeza, en la que muchos, además de cometer o haber cometido crímenes, pecan de imprevisión y soberbia. La inteligencia y la astucia de Ricardo lo dotan de una luz siniestra que a la vez repele y atrae tanto como su humor negro. Pero más allá de ese inquietante costado carismático, la propia trayectoria de Ricardo, que describe la parábola del encumbramiento y la caída, alcanza pathos trágico y nos sacude.

Esta parecería ser una concepción que supera sus coordenadas espacio- temporales para capturar el auténtico sentido del poder, un sentido que cuando los valores morales están en pie puede en parte dominarse, pero que en épocas de ruina moral se impone con su imagen desnuda, que es la imagen deforme. Porque en su dimensión más profunda, Ricardo es el rostro humano de la historia entendido como el Gran Mecanismo, un mecanismo unipersonal y circular en el que los gobernantes ascienden por las escaleras grandiosas del poder para ser arrojados al abismo al llegar a su cima y que otros repitan su camino de elevación y caída. Y en ese camino no importan las intenciones o las virtudes del gobernante: sea un monstruo como Ricardo o alguien bien intencionado y débil como Ricardo II, cuando los valores morales se han quebrado y la política es apenas el arte de hacerse del poder y mantenerlo, lo que prevalece es el Gran Mecanismo impersonal y cruel de la sucesión sangrienta de reyes y gobernantes en el que la única libertad de decisión está dada por el lugar en la escalera del poder en el que cada uno está situado.

La película

Para este trabajo elegí la versión de Ricardo III de Loncrane, en la cual muestra a un Ricardo un poco bufonesco, compartiendo la opinión de Harold Bloom, pero muy seguro de su éxito en el ascenso al trono real que conseguirá a cualquier precio. Según Harold Bloom, el mejor Ricardo que vio en el escenario fue el de Ian McKellen, quizás demasiado vigoroso en el papel, representando al cómico villano como si se hubiese transformado en una mezcla de Yago y Macbeth. Lo cual no estoy del todo en acuerdo, ya que se puede ver el sadismo y perversión del Ricardo de Shakespeare.

Esta película está ambientada en la década del 30, haciendo una analogía entre Ricardo III y Adolf Hitler.

En el principio de la misma podemos observar el prólogo en forma de placas para que el público lo lea, acto seguido, el director nos presenta a Ricardo tal cual es: sanguinario; matando al padre y marido de Ana sin contemplación mientras uno comía y el otro rezaba. Terminada la guerra, con victoria para la casa de York, Asume Enrique el hermano de Ricardo, el cual tiene una salud muy delicada, una debilidad que Ricardo no tarda en aprovecharla.

El mundo de Enrique y Ricardo son estéticamente bien diferenciados: El primero vive en edificios estilo Art Noveau, este tipo de construcciones tienes una plasticidad propia donde predominan las curvas y materiales variados, como ser la madera y el vidrio. Con un predominio de paleta de colores cálidos, esto se puede apreciar desde el baile de coronación hasta la muerte de Enrique. Mientras que el segundo, si bien al principio comparte la misma ambientación y vestuario que Enrique; de a poco su espacio se va transformando en espacios inspirados en el Neoclasicismo y Art Deco “sobrio” con una paleta de color tirando a tonos fríos, emulando así la estética de partido Nazi pero en vez de tener la esvástica como símbolo, tiene un jabalí. Estos espacios son amplios, construidos con materiales como cemento y concreto. Sus lineas son rectas, resaltando así la rigidez. Este tipo de construcciones, que hacían los gobiernos tenían el fin de expresar al pueblo un cierto orden canónico, los guiaba (o eso pretendían) hacia un orden social rígido en donde el bien común prevalece sobre el bien individual.

Ricardo III de Shakespeare tiene la particularidad de hablarse a sí mismo y contarse sus elucubraciones; pero en esta versión Ricardo busca todo el tiempo la complicidad con el público y, hasta en algunas ocasiones, busca justificarse en su accionar frente al espectador para demostrar que el no es un monstruo, sino que el es tan humano como cualquiera pero sus circunstancias justifican su accionar. Esto se ve mas evidente en su monólogo de presentación el cual Ricardo lo dice haciendo pis en el baño, lo cual lo muestra como un ser humano, y lavándose las manos mirándose al espejo, se reconoce como una deformidad física “traído a este mundo antes de tiempo y a medio hacer...” y reconoce que todo ese resentimiento por su deformidad física lo lleno de odio cuando dice: “Puedo sonreír y matar mientras sonrió...” Esta premisa se convierte en una espiral ascendente hacia el trono real, la cual culmina con la rebelión de Richmond y su tío y la muerte del mismo Ricardo. En este film, la arquitectura se usa como excusa para mostrar no solo el mundo distinto de los dos hermanos, Enrique era más flexible, apaciguado, conciliador y abierto al diálogo, Ricardo era duro, frío, calculador...

Sino la forma de gobernar a un país y el pensamiento ideológico de cada uno, porque cuando desde un gobierno toma una decisión arquitectónica para construir una ciudad, plaza o edificio público le está comunicando al pueblo qué clase de sociedad y lugar político está tomando dicho gobernante.

Vestuario

En el vestuario también se puede ver el pasaje del reinado de Enrique a Ricardo. Los hombres están de traje de hilo de algodón, corbata y sombrero, de colores claros y las mujeres con vestidos coloridos y telas vaporosas como gasas, o de seda, raso, mientras Enrique reina. Cuando fallece, las mujeres se visten de negro (por el luto) con telas más pesadas como paños y pieles, ese color de vestimenta lo conservan hasta el final de la película, exceptuando la princesa Isabel en la escena de su casamiento, como forma de augurar un futuro mejor, anunciando la caída de Ricardo y Lady Ana que funciona como contrapunto estético con una paleta de tonos claros, aunque su muerte es anunciada en su vestuario en las escenas previas a la misma con un vestido rojo.

Los hombres que le hacen de séquito, al igual que Ricardo, visten uniformes militares emulando los uniformes Nazis de Hitler y siguiendo la línea de indumentaria de Ricardo que muy pocas veces se lo ve de traje de colores oscuros y corbata; los gobernantes y burócratas con trajes en tonos fríos en la película.

Conclusión

En esta película no solo se puede ver la lectura clara del director haciendo una analogía entre Ricardo III y Adolf Hitler, sino como para distinguir estos dos mundos completamente distintos de Enrique y Ricardo el director puso el peso o el acento en la arquitectura y el vestuario para diferenciarlos.

También me di cuenta del poder simbólico que tiene la arquitectura cuando se planifica a nivel gubernamental, dado que es el mensaje más concreto enviado hacia el pueblo para transmitir una ideología, un modelo de sociedad y como quiere que ese país se proyecte en el futuro.

Enrique era un gobernante civil, por eso habitaba edificios como palacios o palacetes. En cambio Ricardo es un ser netamente militarizado, su vida transcurre en las barracas, lugar en el cual se siente cómodo, él mismo lo dice en la escena que está en el baño haciendo pis y como es un militar concibe de forma distinta el gobierno y la sociedad; sumado a su gran despotismo y soberbia.


Ricardo III fue publicado de la página 135 a página137 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº35

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