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¿Prostitutas o trabajadoras sexuales?

Casas, Fernando; Fossa, Martín; Nedelcu, Diego

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº13

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº13

ISSN: 1668-5229

Proyectos jóvenes de Investigación y Comunicación. Proyectos Pedagógicos. Proyectos Ganadores.

Año IV, Vol. 13, Diciembre 2007, Buenos Aires, Argentina | 109 páginas

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En este caso, debido a diversos obstáculos epistemoló- gicos, el trabajo pronto derivó de los modos en que se realiza el rol social de prostituta a las condiciones en que se lleva a cabo, lo que guió a los alumnos, finalmente, a cuestionar el ideal socialmente construido de la prostitución como una actividad no laboral.

Participantes y mercado 

Hablar de prostitución se ha convertido en un ejercicio de proyección de la culpa sobre un ideal de mujer que renuncia a sus valores para acceder a un beneficio económico, dejándola completamente sola con la carga moral de ejercer su oficio. (…) Cuando pensamos en prostitución, nos resulta más có- modo imaginar a la puta con su desprecio por el esfuerzo y una voluntad carente de móviles legítimos que pensar en el complejo entramado que sostiene todo el sistema de comercio sexual (…). Si hacemos el esfuerzo de aguzar un poco la mirada sobre el tema podemos llegar a la reveladora idea de que la prostituta no está sola en el reparto de responsabilidades, sino que además existe un cliente que es el que seguramente tenga más oportunidades de salir indemne de la mirada social, pero que se encuentra sospechosamente cerca de la transacción ilícita. 

Nuestra entrevistada nos comenta al respecto: “los días de cobro se trabaja a fulll, no podés descansar, salís de un cliente, tenés que meterte a otro…” “Hay muchos extranjeros… y mucha gente de oficinas, abogados, todo eso, a la mañana trabajás a full… a la noche para todo… y después empiezan a la hora de la comida, a la una, dos de la tarde, está lleno otra vez.” 

Sin embargo, esta cadena de prejuicios está muy lejos de encontrar su último eslabón, ya que el problema de la prostitución no es un problema de individuos sino que es un problema social y como tal está bien arraigado dentro de la trama de relaciones que componen esa sociedad. (…) Para que un demandante encuentre satisfacción a una demanda no basta con que busque un oferente. Esta relación simple en un mundo de 14 millones de habitantes sería casi imposible. Para poder acceder a su oferente el demandante se dirigirá naturalmente a un mercado que aglutine la oferta. Y para no extendernos demasiado, usemos como ejemplo el diario. En estas tribunas de doctrina, encontraremos un conglomerado de ofertas de servicios útiles para la mujer y el hombre (¡qué democrático!) que no son otra cosa que la cara más amable del comercio sexual. ¿Por qué una institución tan beneficiosa para la sociedad como la prensa se mezclaría con una práctica tan deleznable? Muy simple, por dinero. A dieciséis pesos el aviso simple por día, una prostituta le deja al diario, trabajando cuatro días a la semana, la suma de 64 pesos. Si esa misma mujer trabaja siete días a la semana, la suma asciende a 112 pesos. 

(…) Pero una mujer que trabaja cuatro días a la semana debe quedar tan necesitada de descanso que seguramente no se dé tiempo de ir todos los días a la agencia de avisos a publicar su oferta. Nos comenta una entrevistada: 

“Yo, por ejemplo, entro los miércoles a la noche. Porque tengo… lunes, martes y miércoles a la mañana, que tengo todo el día… hago mis cosas… y después toda la semana, hago 24 horas. Sí, se puede hacer pero… ahí cuando vos entrás no se puede salir… Tenés que entrar y cuando llaman los clientes, ahí sí, podés salir… Pero una vez que entraste ahí no podés salir hasta… eh… si querés salir a comprar algo, no te permiten…” Tiene que haber alguien que la asista en esta tarea. Y lo hay. De hecho, hay quien le ofrece ese servicio y además le provee de un lugar de trabajo y hasta se ocupa de todas las necesidades de compra que la mujer tiene durante su jornada. Pero entonces, además del oficinista que se dedica a diferir su almuerzo para atender otros llamados de la naturaleza, la prostituta de voluntad voluble y el rufián que se dedica a explotarla, ¿hay otros involucrados? Veamos: el receptor de la agencia de clasificados, el director del diario que los recibe, los accionistas, el diagramador de la sección de clasificados, el almacenero que vende cajas de profilácticos, toallas higié- nicas, vaselina líquida, alcohol y cigarrillos todo a una misma persona en una misma compra, las agencias de taxis y los choferes que llevan y traen a las mujeres, los hoteles alojamiento que salpican el distrito financiero, la policía que “sirve” y protege, la compañía de teléfonos que provee información fidedigna acerca de los domicilios desde los que se realizan llamados solicitando compañía… aparentemente es una red demasiado consolidada en el entramado social para seguir aplicándole el término de marginal. Marginal puede ser el beneficio que se desprende de tanta actividad que, si no es trabajo, es un derroche de recursos fenomenal. Al respecto, nos dice una entrevistada: “… trabajan muchos, ahí, trabaja un muchacho que verifica, todo verifican ellos, la seguridad, todo…” […]

¿Por qué la prostitución no se considera un trabajo? 

Reservando esta pregunta para el final de nuestra exposiciones, nos hemos dado el tiempo de enarcar varios aspectos de la realidad social pero hemos dejado deliberadamente uno sin contestar, quizás el más básico para los fines de esta investigación: ¿qué considera la sociedad como trabajo? El diccionario nos ofrece varias respuestas. Las que nos interesan dicen: “Ocupación retribuida. Esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza.” La respuesta más directa sería aquella que dice que el trabajo es toda actividad que se ejerce en pos de un beneficio, pero esto nos deja abierta la posibilidad de definir como trabajo muchas actividades que están reñidas con la moral social como por ejemplo la explotación furtiva de recursos regulados o controlados, la esclavitud, el tráfico de drogas. Todos estos entran dentro de nuestra definición deliberadamente laxa, pero constituyen además un delito. Existen otras actividades laborales reñidas con la sociedad sin ser delito, por ejemplo el cartonerismo, la mendicidad, ciertas prácticas legales poco escrupulosas, la venta de bienes biológicos humanos renovables como la sangre o el semen, la contraventa de autopartes. En mayor o menor grado, estas actividades son observadas por la mayoría de la sociedad bien pensante como indeseables. Pero a diferencia de la prostitución, cuyo ejercicio no es delito, estas actividades se encuentran insertas en un marco laboral con el que comparten su legalidad. 

Con la prostitución no ocurre tal cosa. El código penal establece que se penará a quien ayudare o promoviese el ejercicio de la prostitución. De esta legislación resulta, en gran medida, que las mujeres que ejercen la prostitución se vean desamparadas de todo tipo de beneficio básico al que accede una persona que trabaja dentro de una estructura laboral legalizada y socialmente aceptada. También arrima a la prostitución peligrosamente cerca de tipificarla como un vicio (el consumo de drogas no es delito, es delito formar parte del sistema que abastece de drogas a los drogadictos) y negarla como un medio de vida. La priva de pertenecer a la trama social dentro de la cual el individuo se realiza. Obliga a la trabajadora sexual a enfrentarse a una situación de exclusión frente a cada acto social que enfrenta en su vida. Socialmente, la priva de vida. Una informante nos relata su miedo a encontrarse con un cliente cuando sale de compras con una colega. O nos cuenta de la vez que tuvo que irse de un local porque reconoció en el vendedor a un cliente. Otra nos explica que desde que ejerce la prostitución no se relaciona afectivamente por miedo a que se enteren de su vida y resultar rechazada, maltratada o abandonada: “Por ejemplo, yo puedo conocer una persona y esa persona se entera, no sé cómo pero se enteran, no se puede mentir. Yo estuve pensando en hacer pareja y que después se enteran como es una y después te llevás mal, por ahí te quieren pegar. No hago pareja con nadie, me quedo en el molde”.

Es la sociedad en su conjunto la que priva a la prostituta de su vida como integrante de la misma por no reconocer en su actividad un medio de ganarse la vida, un medio de insertarse en la sociedad a la par del resto de los trabajadores. Y esta negación del carácter de trabajo que se proyecta sobre la prostitución es ejercida por la soceidad como medio de preservación del pundonor logrado a través del trabajo. Creemos que lo que nos da validez como individuos sociales, lo que nos legitimiza, es nuestro trabajo. Entonces, aceptar a la prostituta como par no resultaría en enmendar su lugar como invidivuo social sino que vendría a cuestionar la moralidad propia del trabajo mismo. Expondría a la sociedad a la realidad de la explotación y renuncia que millones padecen en pos de poder exteriorizar materialmente su propia construcción como individuos.

¿Por qué la prostitución es un trabajo? 

Para concluir, diremos que cualquier actividad que se funda en la prestación de un servicio a cambio de una contraprestación de tipo monetario y que no constituye delito es, por definición, un trabajo. Pero para no quedarnos en una simple definición, citaremos el testimonio de nuestras informantes: “Es un trabajo… un trabajo muy difícil, porque te tenés que estar cuidando todo el tiempo.” 

“Los días de cobro se trabaja a full, no podés descansar, salís de un cliente, tenés que meterte a otro…” 

Vale destacar que en ningún caso nuestras informantes manifestaron ejercer el oficio por placer o por no encontrar interés en otras actividades. Muchas de ellas ejercen su oficio a la par de realizar otras actividades, y si tuvieran la oportunidad, ejercerían sólo su actividad secundaria. 

El beneficio económico de una prostituta que trabaja en el microcentro de la ciudad de Buenos Aires es, en promedio, de 1.200 pesos por mes. Las que más ganan dicen llegar a superar apenas los 2.000 pesos. Con estas cifras en menten, podemos asumir que tampoco se dedican a esta actividad porque el beneficio que de ella obtienen es demasiado tentador como para no buscar alternativas. 

Pero finalmente podemos decir que la prostitución es un trabajo porque todas las prostitutas con las que estuvimos en contacto así manifiestan su sentir y el de sus colegas. Y este espíritu de cuerpo, en el último de los casos, es el que las convierte en un gremio de trabajo que observa sus códigos, conoce su mercado, acepta su función, regula su actividad y sus precios y, por sobre todas las cosas, les otorga identidad como trabajadoras.


¿Prostitutas o trabajadoras sexuales? fue publicado de la página 20 a página22 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº13

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