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El silencio de la inocencia: los niños en el cine italiano de posguerra

Osterhage Russo, Michelle

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº14

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº14

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la imagen. Edición II.

Año IV, Vol. 14, Marzo 2008, Buenos Aires, Argentina | 77 páginas

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Introducción

El presente trabajo se centrará en la corriente del neorrealismo italiano y, específicamente, en las películas Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini, y Ladrón de Bicicletas (1948), de Vittorio de Sica. El hilo conductor y unificador que se plantea para ambos filmes es el uso que se le da a la figura del niño, tanto metafórica como físicamente. Los directores otorgan una gran importancia a esta figura: desde la infancia y desde la periferia se observan las atrocidades cometidas como consecuencia de la guerra, y los niños pierden la inocencia con que son representados en un primer momento. Se tomará en cuenta la evolución de la niñez a lo largo de ambos filmes, que va ligada a esta pérdida de inocencia. 

En estas dos películas, Rossellini y De Sica nos presentan una Roma a finales y después de la Segunda Guerra Mundial, respectivamente. Tanto la ciudad como sus habitantes están devastados por los efectos del conflicto bélico. Los edificios están en ruinas y las calles sucias y desoladas, lo cual acentúa la atmósfera de desesperanza que parece impregnarse sobre la ciudad. Los pobladores, propulsados por la desesperación, el miedo y el hambre, se pelean entre sí para conseguir recursos básicos de supervivencia, tales como alimento y atuendo. Los niños se han criado en estas precarias condiciones. Protegidos en parte por sus padres, que tratan de aislarlos lo más posible de las ramificaciones de la guerra, y en parte por su inocencia e ingenuidad, construyen una realidad opaca y sin esperanza en la que, sin embargo, pueden tener una existencia relativamente feliz. 

La mayor parte de la vida de estos niños ha tenido lugar durante la guerra, por lo que no conocen nada más allá de ella. Para ellos, ésta es parte de su vida cotidiana, y muchos no son conscientes del peligro y de la tragedia que trae consigo. 

En Roma, ciudad abierta, la primera escena donde hay alguna presencia de los niños es en la calle, donde se narra la pelea de muchos de los vecinos frente a una panadería para poder obtener un poco de alimento. Se muestra un plano general en donde se puede distinguir a dos grupos: a la derecha están los adultos que se han congregado frente a una de las ventanas de la panadería para reclamar comida; y a la izquierda, frente a la otra ventana, están los más jóvenes, quienes al igual que los adultos tienen que pelear y rogar por su alimento. Al hacerse un acercamiento a los actores que están dialogando acerca de lo difícil que es conseguir comida y de la impotencia que sienten, se puede ver siempre a los niños pidiendo alimentos por detrás de éstos. Otro factor que se debe destacar es el uso del sonido de fondo, en el cual predominan los gritos de los niños. Como se puede apreciar, se utiliza a la figura del niño tanto en una instancia visual como en una sonora para poder acentuar los efectos que está causando la guerra sobre los pobladores romanos. Que los mismos niños tengan que luchar por alimento es una clara señal de la desesperación a la cual han llegado los pobladores. El mostrar la lucha de los niños –claro símbolo de la inocencia y la pureza– mientras que los adultos hablan de la impotencia que sienten ante el estado actual de sus vidas, tiene como objetivo causar alguna clase de reacción del espectador, induciéndolo hacia un sentimiento de empatía, de indignación y/o de cólera ante esa situación. 

A su vez, en Ladrón de Bicicletas, los niños son utilizados en un principio para remarcar el estado económico en el cual se encuentra la ciudad y sus habitantes. Mientras Antonio le dice a su esposa que no puede aceptar el trabajo por la falta de una bicicleta, un grupo de niños pequeños camina hacia ellos y permanece al fondo de cuadro, mientras los dos adultos continúan discutiendo. Los atuendos de los niños están gastados y el hecho de que no haya nadie cuidándolos son claros indicios de que las personas en ese barrio no tienen los suficientes ingresos para poder educarlos adecuadamente. Por otra parte, el diálogo de los dos adultos se centra en la urgencia de conseguir dinero para poder mantener a la familia, recalcando la importancia de ese trabajo, y por ende de conseguir una bicicleta para Antonio. 

En ambas películas hay una figura principal que se destaca entre los demás niños y que se convierte en el mayor representante de la evolución que éstos tienen a lo largo de cada filme. En Roma, ciudad abierta ese rol lo desempeña Marcello y en Ladrón de Bicicletas lo ocupa Bruno. 

Marcello y Bruno 

La primera aparición de Marcello se da cuando su madre, Doña Pina, se encuentra con el ingeniero Manfredi frente a la casa de su prometido, Francesco. El ingeniero es amigo de éste, así como uno de los jefes de la resistencia italiana. Manfredi necesita hablar con Don Pietro, el sacerdote del pueblo, que también colabora con la resistencia ocultando a los perseguidos y proporcionándoles documentación falsa para facilitar su escape. Pina llama a Marcello para que se encargue de buscar al sacerdote. Tomando estos sucesos como punto de partida para efectuar un análisis, se podría considerar que, aunque de manera inconsciente, al pedirle al niño que los ayude, Pina y el ingeniero lo están haciendo partícipe de la resistencia, dándole a la infancia mayores razones para querer luchar contra los alemanes. 

El personaje de Bruno aparece por primera vez en la escena en que Antonio se está alistando para su primer día de trabajo. Se ve claramente la influencia que tiene Antonio sobre su hijo. Éste actúa como alguien mucho mayor e imita la idiosincrasia de su padre; es evidente que la importancia de la familia y el trabajo han sido inculcados en el pequeño. Este aspecto se aprecia en la escena en que Bruno sale de su cuarto y al ver a su hermano pequeño en la cama, preocupado, cierra la ventana para que no pase frío. Dicha escena contribuye a establecer la relación entre Antonio y su hijo. El primero trata al segundo como un adulto y Bruno, por ende, actúa (o trata de actuar) como tal. Esta es la relación más importante que existe en la historia y a lo largo del film puede apreciarse una evolución de la misma. 

En la película de Rosellini, una de las relaciones más importantes es aquella que se da entre Don Pietro y los niños del barrio. Esta unión se establece en la escena en la que se muestra al grupo de jóvenes jugando fútbol, mientras que Don Pietro hace de árbitro. Todos, incluso el sacerdote, se divierten. Se ve claramente que la relación entre ellos se basa en el amor y el respeto mutuo. Esta escena también enfatiza la felicidad y la tranquilidad de los niños –pese a las circunstancias en que viven– gracias a los esfuerzos del cura por protegerlos. Cabe resaltar que el uso de la temporalidad refuerza la relación entre el sacerdote y los niños, ya que el juego abarca un tiempo relativamente largo; además se optó por mostrar instancias en el partido donde el sacerdote está interactuando con los niños, jugando con ellos y guiándolos en las reglas del juego. De este modo, se le da más importancia a la figura del sacerdote pues se ve claramente la influencia que tiene sobre los niños y el influjo que tienen ellos sobre él. A su vez se puede apreciar que en Don Pietro existen una gentileza y una bondad semejantes a los atributos que se le otorgan a la figura del niño. 

Cabe resaltar aquí una diferencia fundamental entre ambas películas. En Roma, ciudad abierta, a pesar de que Marcello es el joven principal, Rossellini nos lo presenta continuamente con el grupo de niños con los cuales juega. En cambio, Bruno es el único niño presente a lo largo de todo el filme de De Sica. Pero, a su vez, hay una similitud importante entre ellos: los dos tratan de actuar como adultos, a pesar de su edad. A saber: 

a. En un momento, mientras caminan por la calle, Marcello le empieza a explicar al sacerdote la importancia de unirse en armas y luchar contra el enemigo. Allí se puede apreciar un contraste entre el diálogo del niño, que habla de guerra y victoria, y el juego infantil (de fútbol) que se dio en la escena anterior. 

b. En cambio, la amalgama entre niñez y adultez se hace presente en Bruno cuando Antonio lo lleva al restaurante. El padre le sirve vino y le empieza a confesar su miedo de no encontrar la bicicleta y de no tener con qué mantenerlos. Le habla como si fuera un adulto. Bruno por su parte lo escucha atentamente pero, cuando trata de comer se ve claramente que apenas puede sostener los utensilios y no sabe cómo cortar su alimento. 

Se puede apreciar entonces que la figura del niño (por lo general) presenta actitudes muy maduras e inocentes al mismo tiempo. Los infantes son capaces de darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor y de las grandes preocupaciones que tienen sus seres queridos. Pero simultáneamente no saben cómo comportarse frente a estas situaciones, por lo que tratan de actuar de la manera que lo hacen los adultos.

La pérdida de la inocencia 

Al ser asesinada la madre de Marcello, la inocencia del peque- ño, que presencia la muerte, se quiebra. Éste se da cuenta de lo que realmente implica la guerra, y a partir de este momento, no vuelve a mencionar la necesidad de “luchar contra el enemigo”. Más aún, no se le escucha hablar a lo largo del resto de la película y se convierte en un observador consciente de las atrocidades que se están cometiendo en su ciudad, sin poder vociferar sus protestas, sus tristezas y desesperanza. En mi opinión, Rossellini optó por presentar al personaje de Pina en estado de embarazo para poder otorgarle a su muerte un simbolismo mayor. El hijo sin nacer puede ser tomado como la representación máxima de la aniquilación de la inocencia de los niños de la ciudad. 

Bruno, aunque no tiene que ver morir a algún ser querido a causa de la guerra, igual que Marcello, toma conciencia de su realidad al apreciar las diferencias existentes entre las personas, así como las injusticias cometidas hacia algunos (entre ellos su padre) o la indiferencia mostrada ante su situación. En el restaurante, Bruno se percata aún más de las diferencias existentes entre él y las personas con dinero. Esta toma de conciencia servirá como primer paso en su camino hacia la adultez. 

La diferencia entre las clases sociales se representa a través de las actuaciones, el vestuario, el decorado y la disposición de los elementos dentro del cuadro. El informante de que el restaurante es de clase media alta, se verifica en su decoración, los atuendos de los clientes y por la forma en que éstos miran a los recién llegados. Padre e hijo toman asiento en medio de la locación. Bruno observa a un niño comiendo con gusto que lo mira con desprecio mientras come y nota la diferencia entre ambos. Es en este momento donde se da la mayor diferenciación de las dos clases sociales y la actitud de una frente a la otra: la mesa de los ricos mira con desprecio a la mesa de los pobres para luego darle la espalda y continuar comiendo. Se puede considerar que en el personaje de Bruno se representa a la pobreza y en la figura del niño rico se personifica la indiferencia existente ante ésta. 

La escena en la que el padre de Bruno decide robar la bicicleta es de gran importancia porque representa un momento clave en la evolución de Bruno. El personaje debe asistir a la transformación que sufre su padre, quien pasa de ser héroe a ser un ladrón. 

La escena muestra a Bruno y a su padre cansados y desolados al no haber encontrado la bicicleta. Antonio, más afectado por el hecho, mira con angustia a todas las bicicletas que tienen dueño. En este momento debe optar por renunciar a sus principios y robar una bicicleta para mantener a su familia, o bien aceptar la pérdida de la misma y volver a casa con las manos vacías, pero con la seguridad de no haber traicionado sus principios. 

Finalmente, Antonio, desesperado, decide robar una bicicleta. Pero como no logra escaparse de la muchedumbre, es forzado a devolverla y recibe una golpiza por sus acciones. Bruno, testigo de estos acontecimientos, va a ayudar a su padre, y el mayor castigo de Antonio es la humillación que siente al estar en esa situación frente a su hijo. 

Cuando Antonio decide robarse la bicicleta, se rompe toda la admiración que Bruno tenía hacia su padre pero, al mismo tiempo, se da cuenta del por qué de la decisión y le ofrece su apoyo a pesar de estar desilusionado. Hacia el final de la escena, el niño llora mirando a su padre, mientras éste camina sin poder mirar a su hijo. Pero Bruno enseguida le toma la mano y así Antonio puede verlo y aceptarlo por primera vez como un hombre. 

En Roma, ciudad abierta, la secuencia del asesinato de Don Pietro marca otro momento crucial en la vida de los niños. Éste era el último protector de Marcello tras el asesinato de su madre y la huida de Francesco. Allí se da la culminación de la niñez. El decorado, el desplazamiento de los actores y la actuación son de suma importancia en esta secuencia, ya que la fusión de estos elementos no sólo crea una cierta atmósfera, sino que se le da a la escena un sentido metafórico. 

Al comienzo, se ve a los soldados preparando el lugar para el fusilamiento. Un grupo de ellos coloca una silla en medio de un campo, mientras que otros se alinean para disparar. Don Pietro es trasladado del camión a la silla, mientras él y otro sacerdote están rezando. Los niños aparecen por detrás de una reja. Ellos ven todo lo que está pasando mientras que los soldados no notan su presencia, o simplemente los ignoran. Los muchachos le silban a Don Pietro; cuando logra escuchar los silbidos, una calma parece descender sobre él. En ese momento los soldados disparan. 

Como se ha enunciado, en esta escena el decorado juega un papel fundamental. La silla solitaria en medio del campo no sólo sirve como punto estratégico para el fusilamiento sino que también puede llegar a representar el estado emocional del sacerdote, que está enfrentando solo los últimos momentos de su vida. El hecho de que los niños aparezcan por detrás de una reja no sólo es una barrera física que los separa de su querido amigo, sino que también puede ser pensada como una barrera simbólica: los niños no pueden hacer nada ante las atrocidades que están siendo cometidas, sólo les resta esperar y observar. 

También cabe resaltar que la posición de los niños con respecto a los soldados y al sacerdote, no es clara. Ellos son mostrados en un plano medio mirando al frente, pero ni los soldados ni Don Pietro parecen poder verlos. Aparentemente, los niños tienen una posición “privilegiada” que les permite ver todo sin ser detectados. Este dato resulta interesante, pues sirve para reforzar la utilización de la figura del niño como un observador silente que sufre al ver todo lo que lo rodea. 

Como ya se mencionó, la muerte de Don Pietro es la representación del final de la inocencia de los jóvenes, especialmente del pequeño Marcello. El sacerdote era el último personaje que lo conectaba con esa etapa de su vida. Los protectores, mentores y amigos, representados por Pina, Francesco y Don Pietro, han muerto o desaparecido. 

Su soledad para enfrentarse a la vida se exalta en la última escena de la película, en la que los pequeños caminan solos hacia la ciudad. Este suceso conlleva una significación profunda: han tomado conciencia de su realidad y de las consecuencias de la guerra. La marcha de los niños hacia la ciudad simboliza la esperanza hacia el futuro; un porvenir del cual serán los responsables.

Bibliografía 

- Bazin, A. (1999). ¿Qué es el cine? Madrid: RIALP SA. 

- Casetti, F. y Di Chio., F (1991). Cómo analizar un film, Barcelona: Paidós. 

- Gubern, R (1989). Historia del Cine, Madrid: Lumen.


El silencio de la inocencia: los niños en el cine italiano de posguerra fue publicado de la página 51 a página53 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº14

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