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Oswaldo Guayasamín

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº17

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº17 [ISSN: 1668-5229]

Ensayos sobre la imagen Edicion III.

Año V, Vol. 17, Agosto 2008, Buenos Aires, Argentina | 111 páginas

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Buitrón, Gabriela

“Pintar es una forma de oración al mismo tiempo que de grito. Es casi una actitud fisiológica y por la alta consecuencia del amor y la soledad. Por eso quiero que todo sea nítido, claro, que el mensaje sea sencillo y directo. No quiero dejar nada al azar, que cada figura, cada símbolo, sean esenciales; porque la obra de arte es la búsqueda incesante de ser como los demás y no parecerse a nadie”.
“Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente”.
“Para mostrar lo que el hombre hace en contra del hombre”.
Oswaldo Guayasamín


Es uno de los artistas más importantes del continente americano y, sin duda, el más acérrimo defensor del indigenismo.
Esta apuesta por las raíces del sustrato común de los pueblos latinos del continente ha inspirado su obra desde el inicio de
su trayectoria. Su formación artística comienza en su ciudad natal, a la sombra de una pintura de corte tradicional, que
pronto abandonará para abrazar la estela del expresionismo y el compromiso social que encuentra en la obra de los tres grandes muralistas: Rivera, Orozco y Siqueiros. Autor de una extensa y monumental obra, ha gozado de un gran reconocimiento, tanto en su país, donde en 1981 se creó una Fundación que lleva su nombre, como internacionalmente. Recibió en vida diversos premios, entre ellos, el Gran premio de Pintura de la III Bienal Hispanoamericana de Arte (1955) donde expuso su primera serie de envergadura, Huacayñán –El camino del llanto– integrada por más de cien telas de temática indigenista, y el premio Mejor Pintor de Sudamérica (Bienal de Sao Paulo, 1957). Su obra, de gran fuerza expresiva, mantiene siempre un carácter de denuncia social, y plasma los grandes dramás del hombre de nuestro tiempo, de forma especialmente relevante en su segundo gran trabajo, La edad de la ira (1968), compuesto por unas 260 obras.


Biografía
Oswaldo Guayasamín nació en Quito, el 6 de julio de 1919, de padre indio y madre mestiza. Su padre trabajaba como carpintero y más tarde como taxista y camionero. La familia vivía en la miseria. Oswaldo fue el primero de diez hijos. Su aptitud artística despertó a temprana edad. Antes de los ocho años ya hacía caricaturas de los maestros y compañeros de escuela.
También vendía cuadros hechos en trozos de lienzo y cartón, en la plaza de la Independencia. En 1932, ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Quito, a pesar de la oposición de su padre.
En 1942, expuso por primera vez en una sala particular de Quito y provoca un escándalo. Se considera esta muestra como un enfrentamiento con la exposición oficial de la Escuela de Bellas Artes. Acontecimiento que cambia su situación es la visita del magnate estadounidense Nelson Rockefeller a Ecuador, que acude a la sala del joven pintor y compra varios cuadros que le entusiasman, lo que permite a Guayasamín pagar algunas deudas y hacer proyectos de futuro.
En 1943 visita Nueva York durante seis meses donde es acogido generosamente; visita museos, conoce y estudia a los grandes maestros como El Greco y Cézanne. Aquí monta exposiciones y con el dinero que obtiene se traslada a México,
donde conoce al gran maestro muralista José Clemente Orozco, que acepta tener a Guayasamín a su lado, algo extraño
pues él estaba acostumbrado a realizar sus trabajos con la única ayuda de un asistente sordomudo.
Su periplo por Latinoamérica lo llevó a conocer casi todos nuestros países y en cada uno se conectaba con las diferentes
etnias indígenas existentes y luego reflejaba sus problemáticas y necesidades en una obra fuerte pero sin embargo hermosa, que aún cuando habla de grupos humanos retratados en el dolor y la miseria, por lo general sólo muestran individuos solitarios, viviendo sus penas y desdichas en soledad, acentuando con esto el sufrimiento que quería plasmar.
Guayasamín también se hizo amigos importantes en la región.
Se vinculó con grandes artistas, poetas, escritores, músicos y políticos, como Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Fidel
Castro, el Che Guevara, Rigoberta Menchú, entre otros. Su necesidad de combatir los males de la sociedad no sólo la
plasmaba en su obra artística, sino que fue un activista político y defensor de los derechos de los indígenas.
No sólo hizo murales, también su obra se compone de pequeños cuadros, esculturas, tallas, dibujos y monumentos. Realizó
más de 180 exposiciones individuales en distintos lugares del mundo. Su obra ha sido exhibida en las grandes capitales del
arte occidental, como París, Roma, Madrid, Moscú, Luxemburgo, Praga, Varsovia, entre otras. Recorrió nuestro continente
mostrando su quehacer artístico, sus duras pinceladas han quedado plasmadas en los murales del Parlamento Latinoamericano en Sao Paulo, Brasil, en el Aeropuerto de Barajas, en Madrid, en los Palacios de Gobierno y Legislativo, Universidad Central de Ecuador y Consejo Provincial de su natal Quito, así como en el mural de la sede de la UNESCO en París, dedicada a “los millones de niños que mueren de hambre en el mundo”, entre otras.
En 1971 es elegido presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y en 1978 es nombrado miembro de La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de España, y un año más tarde miembro de honor de la Academia de Artes de Italia. Es el
autor del mural principal de la sede permanente del Parlamento Latinoamericano, inaugurado en 1992. Ese mismo año gana el premio “Eugenio Espejo”, principal galardón cultural otorgado por el gobierno ecuatoriano. Sus últimos días los vivió recogido en su residencia debido a un problema que tenía en la vista y que lo llevó a Estados Unidos. Fallece el 10 de marzo de 1999, a los 79 años de edad.


Las manos de Guayasamín, agrietadas y caladas de surcos como las de sus personajes
Guayasamín fue importante ya que logró dar empuje a la pintura indigenista, pudo salir de los marcos locales y provincianos.
En casi la mayoría de sus obras retrata la opresión indígena, el mestizaje, la injusticia que vivieron nuestros antepasados,
todo aquello que una sociedad por conquista ha perdido, el dolor vivido por una sociedad oprimida.
Guayasamín empieza una postura ideológica y pictórica que ha predominado en América Latina y que ocupa un lugar importante en la historia del continente. Marcó una tendencia: el realismo social.
Su obra humanista, señalada como expresionista, refleja el dolor y la miseria que soporta la mayor parte de la humanidad;
denuncia la violencia que le ha tocado vivir al ser humano en este monstruoso siglo XX marcado por las guerras mundiales,
civiles, los genocidios, los campos de concentración, las dictaduras y las torturas.
Esta corriente artística apareció en los últimos años del siglo XIX y primeros del siglo XX. El artista expresionista trata de representar la experiencia emocional en su forma más completa, sin preocuparse de su realidad externa, sino de su naturaleza interna y de las emociones que despierta en el observador.
Lo importante del expresionismo es la forma y el sentimiento del autor. Se busca mostrar el sentimiento humano abiertamente y se toma la pintura como un medio para desahogarse y ver la vida con otro punto de vista.
Esta tendencia parte del supuesto que “la naturaleza tiene dificultades por su propia estética”, por lo que el hombre debe descubrirla con sus sentimientos. Los colores puros son colocados en la tela para provocar distorsión de sus líneas y de las figuras que forman, pero su disposición en la tela refleja un simbolismo que va más allá de las líneas simples. Se destacan
en sus pinturas los colores azul, amarillo y verde para contrastar con la simplicidad del blanco y negro. Son frecuentes los rostros desfigurados y tristes.
Influido por los muralistas mexicanos, utilizó una técnica expresionista al tratar temás indigenistas de su país. Su expresividad, colorido y fuerza son un testimonio de la fuerza vital de este autor: Un pintor de fuerza, un pintor de las raíces
de su pueblo y de la gente que sufre, que sufre el dolor con la esperanza vista en el amor: “Mi pintura es para herir, para
arañar y golpear en el corazón de la gente. Para mostrar lo que el Hombre hace contra el Hombre”. Al denunciar la pobreza,
el hambre, la infamia, la violencia y la tortura, el arte de Guayasamín no se limita a transmitir el mensaje del cual quiere ser
intérprete y vocero. Los hombres y mujeres sufridos, dolidos, pero no resignados, de sus cuadros y murales, sofocan sus
gritos gracias al pudor con que se envuelven en su profunda tristeza. En la expresión de sus rostros se adivinan tragedias
milenarias, un sufrimiento reflejado en los rasgos lívidos y demacrados, aunque el silencio hierático tras el que se esconden
pretenda disimularlos. Los corazones de estos hombres están quemándose en las gargantas, en las bocas abiertas a punto
de estallar, en las voces del miedo, del lamento, el llanto o la ira, vocablos que justamente son títulos de sus cuadros. Es a
través de estos repetidos temás como Guayasamín expresa el ferviente deseo del hombre que busca a tientas su libertad
en un mundo que se la escamotea. El deseo de la libertad no sólo del hombre que aspira reencontrarse en la unidad
solidaria con otros hombres, sino del hombre que se integra armoniosamente con el resto de la creación. Pinceladas de una
pintura que, como la vida misma, oscila entre la desesperación y la esperanza, entre la realidad y la utopía.
En su pintura no hay medias tintas; se apuesta claramente por la figuración y, en consecuencia, rechaza todo atisbo de
abstracción. Pocos artistas han habido en la historia del arte que hayan sido más fieles a sus orígenes, convicciones y
compromisos sociales y espirituales.


El muralismo como principal influencia
Las principales influencias que recibe el artista son las siguientes: el muralismo mexicano, Diego Rivera, José Clemente
Orozco, Cándido Portinari (introductor del muralismo en Brasil), El Greco, Paul Cézanne, Pablo Picasso (especialmente el
Guernica), Goya y las pinturas negras, y Paul Klee. Trataremos aquí el primero de ellos.
El muralismo mexicano es un movimiento artístico de carácter indigenista que surge tras la Revolución Mexicana de acuerdo
con un programa destinado a socializar el arte; rechaza la pintura tradicional de caballete así como cualquier otra obra procedente de los círculos intelectuales. Propone la producción de obras monumentales para el pueblo en las que se retrata la realidad mexicana, las luchas sociales y otros aspectos de su historia. El muralismo mexicano fue uno de los fenómenos más decisivos de la plástica contemporánea iberoamericana y sus principales protagonistas fueron Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. A partir de 1930 se internacionalizó y se extendió a otros países de América.
El impulsor de este movimiento fue José Vasconcelos, filósofo y primer secretario de Educación Pública de México que tras
la Revolución pidió a un grupo de artistas jóvenes y revolucionarios que plasmaran en los muros de la Escuela Nacional
Preparatoria de la ciudad de México la imagen de la voluntad nacional. Los artistas tenían total libertad para elegir los temás
y mostrar un mundo nuevo sobre las ruinas, la enfermedad y la crisis política surgida tras la Revolución. Influenciados por el
rico pasado precolombino y colonial, los muralistas desarrollaron un arte monumental y público, de inspiración tradicional y
popular, que ponía fin al academicismo reinante, exaltando su cultura y origen precortesiano
En el manifiesto a favor del indigenismo se hacen públicos los principios del movimiento que fue dedicado a la raza indígena,
humillada durante siglos, a los soldados que lucharon en favor de las reivindicaciones populares, a los obreros y campesinos, y a los intelectuales no pertenecientes a la burguesía. Se proclama que los creadores de belleza deben esforzarse porque su labor presente un aspecto claro de propaganda ideológica en bien del pueblo, haciendo del arte una finalidad de belleza para todos, de educación y combate. Reivindican el arte indígena como arte en sí mismo y como modelo social.
El muralismo se desarrolló e integró fundamentalmente en los edificios públicos y en la arquitectura virreinal. Los muralistas
se convirtieron en cronistas de la historia mexicana y del sentimiento nacionalista. La figura humana y el color se convierten en los verdaderos protagonistas de la pintura. En cuanto a la técnica, redescubrieron el empleo del fresco y de la encáustica, y utilizaron nuevos materiales y procedimientos que aseguraban larga vida a las obras realizadas al exterior. El
introductor de nuevas técnicas y materiales fue Sequeiros, que empleó como pigmento piroxilina y cemento coloreado con
pistola de aire; Rivera y Orozco emplearon también mosaicos en losas precoladas. Las investigaciones técnicas llevaron también al empleo de bastidores de acero revestidos de alambre y metal desplegado, cal y arena o polvo de mármol de unos tres centímetros de espesor.
El color y la figura humana como protagonistas de la pintura, los temás de protesta social y la utilización del polvo de mármol
son algunas de las cuestiones que influyen en el pintor ecuatoriano.


Autorretrato
“Me miré al espejo y empecé a pintar”, dijo Oswaldo Guayasamín, en 1996, cuando explicaba cómo había hecho su
tercer autorretrato, aquel que se exhibe, ahora, en la galería “Ufizzi”, de Florencia.
En esa ocasión, le bastó una hora y cuarto para verse a sí mismo y no dormir durante una semana. Y es que pintar a otros (Fidel Castro, Carolina de Mónaco, el rey de España, entre más de 600 personajes) no le resultaba tan angustiante. Pero “cuando se trata de un autorretrato me da miedo, todos tenemos esa parte oculta que es difícil de reflejar”.
En ese reflejo, Guayasamín, seguramente, se veía entre las grietas de la piel, las arrugas de las manos, la ternura y dureza
de su rostro. En ese espejo recreaba al hombre que, a pesar de la diabetes y de la pérdida paulatina de la visión, se sentía
fuerte. “He sido siempre un buen tomador de vino, y eso es como un veneno para mi mal, pero me siento bien y con ánimos
de seguir pintando el resto de mi vida”.
En la mirada a sí mismo, mientras boceteaba su autorretrato, pensaría en su pintura y en su corazón... el de los amores.
“Ahora estoy en el descanso del guerrero”, dijo hace poco. En el óleo, reconocería el camino de las lágrimás, el Huacayñán,
y La Edad de la Ira. Y se identificaría, en cada paletazo, con la protesta y la denuncia social para retratarse con rabia, para
llamar, desde sus trazos, a una sociedad más justa y a una vida mejor para los desposeídos.
Recordaría, en cada color, su origen mestizo (aunque siempre afirmaba ser indio) y su casona del populoso barrio de La Tola, en donde nació. Guayasamín seguiría mezclando los aceites, mientras repetía que “este siglo es el peor de los siglos que el hombre ha vivido sobre la Tierra, porque no cesa la matanza sin límites de personas”.


Etapas pictóricas
Su obra puede ser dividida en tres grandes partes o ciclos:
1) Camino de lágrimás, que transcurre desde 1945 a 1952 aproximadamente y donde se tratan temás indigenistas, con
indios, negros y mestizos, inspirándose en el viaje que realiza con sus amigos por Sudamérica.
2) La edad de la ira, que aproximadamente se extenderá desde 1957 hasta 1982. Un ciclo que consta de unas nueve
series que se reparten por ciclos temáticos. Una serie donde encontramos la mayor característica en el expresionismo que
a veces roza la abstracción.
3) La edad de la esperanza, con temás muy naturales, donde la pintura empieza a llenarse de colorido y donde vemos clara
influencia de Paul Klee.


Edad del llanto
Huacayñán, o Camino del llanto, es su primera serie y es el histórico aporte de Guayasamín a la plástica del mundo. La tragedia de centurias de explotación a los indios, implacable y feroz, subyace en este portentoso empeño; pero conviene insistir en que estos personajes no son explicitados por el maestro, sino definidos en arquetipos universales. Parte entonces del indio para hablar de los ‘condenados de la tierra’, en un lenguaje totalizador. El infortunio de los oprimidos es infragmentable, ‘único’, y éste será el desvelo de Guayasamín, el gran amor de su vida, su vida misma, su agonía y su muerte. Lo ancestral, entonces, como vasto soporte, donde danzan el sol y la luna, montañas, valles, ríos y mares; nuestros códigos y textos sagrados, nuestros dioses primigenios, agua, fuego y viento sin edades, conforman el escenario donde gesticulan sus criaturas, las de aquí y las de todas las latitudes del planeta.
Con Huacayñán, Guayasamín se integra a la pintura del mundo y empieza a destacarse como uno de los artistas más importantes de su tiempo. Maduración conceptual y creadora, sabia y honda reinvención de la figura humana; formás, espacios y volúmenes como recursos enaltecedores del ser humano, a quien reorganiza con una dinamia expresiva que se convertirá en uno de los hitos más impactantes de la verdad de un siglo.
El Camino del llanto resuena de inmediato en Estados Unidos, Europa y nuestra América, valiéndole el Gran Premio en la
Tercera Bienal de España.


Edad de la ira
En 1963 comienza la realización de esta serie, que será su testimonio fundamental contra la crueldad y la injusticia. Más
de 5000 dibujos preparatorios forman la base de este ciclo que tendrá que comprender 250 cuadros y que será destinado por el artista, tras exposiciones en varios países, al museo que pensaba abrir en su pueblo natal.
No es la obra artística como tal lo que interesa, sino el mensaje como la voz de un hombre. Guayasamín parte de lo que hace del hombre un hombre, sus anhelos, sus frustraciones, su vida, su muerte, ya que son estas limitaciones las que hacen de un hombre un hombre, y semejante también a otro hombre. Circunstancialmente distinto pero semejante en su ser, múltiple y diverso. El arte se convierte, más allá de lo estético, más allá de su modo de expresión, en mensaje, diálogo, comunicación.
Lo importante, decía, no es la forma sino el para qué, a quién se quiere llegar, qué es lo que se quiere decir o expresar.
Mensaje a Los condenados de la tierra, tal como Guayasamín llama a los hombres a quienes va dirigido el mensaje artístico.
Mensaje artístico que se nutre, a su vez, de la ruidosa y sorda rebeldía, de la agonía, el martirio y la muerte de esos mismos
hombres. Esto es lo que parece importar más a Guayasamín que el sentido estético de su obra.
Es un arte que quiere romper la enajenación, la presión sistemática de los otros. Espera que éstos, en su soledad, reciban
el mensaje que los identifique, también paradójicamente, con el artista, que tal como sucede con el antiguo oráculo de Delfos, sólo hará señales. Señales sin sentido, porque el sentido de la obra habrá de dárselo cada receptor.
Podemos calificar la obra de Oswaldo Guayasamín de anacrónica porque su contenido refiere a un mundo que es anacrónico.
Anacrónico es el subdesarrollo, la miseria, la represión y la muerte anónima y violenta, en un mundo que ha alcanzado las más altas cimás de la ciencia y la técnica. Un mundo que pese a estos logros no es capaz de renunciar a la avaricia y a
todas las formás en que la misma pueda no sólo prevalecer, sino permanecer alimentada. Es este anacronismo el que sigue
siendo denunciado en la obra del artista ecuatoriano. No es un mundo que se pueda eludir abstrayendo el arte de una supuesta contaminación política. Todo lo contrario, este mundo debe ser, no simplemente eludido, sino transformado partiendo de la conciencia crítica que se tiene de su existencia. Y es en esta conciencia que se apoya la obra del artista.
Oswaldo Guayasamín concilia rebeldía abierta, externa –del que fuera expresión el muralismo mexicano– con la rebeldía
interna, solitaria, del expresionismo, y realismo europeo. Combina la dura protesta del hombre de América con la conciencia
del hombre que se sabe parte del instrumental de represión y explotación.
La pintura de Guayasamín enraíza en el arte universal. No niega sus antecedentes e influencias. Es un pintor realista.
Realista en cuanto que la realidad a que se enfrenta para salvar al hombre que la sufre; realista porque su pintura nace de la necesidad de captar una realidad enajenante para convertirla en un instrumento de liberación.
Oswaldo Guayasamín, hijo de América, hijo de esa tierra, la tierra de la que su pincel toma el color de sus figuras, conoce
el realismo de la violencia que una y otra vez han sufrido sus pueblos, de la sangre y dolor de sus hombres. Cuando era niño vio caer víctima de la violencia a otro niño. De aquí nacerá toda la protesta que expresa su pintura. Protesta por el niño, por su amigo muerto por la represión. Protesta, después, contra la violencia que sufren todos los de su raza. Raza negra, amarilla, cobriza, aceitunada, acrisolada en la humillación. Pero también raza blanca, la que pintó Picasso en su Guernica, raza másacrada, aniquilada en los campos de concentración germanos.
Guayasamín sale así de su tierra, del hermoso cielo de Quito, denunciando otras violencias, protestando por otros perseguidos: por los asesinados en los crematorios totalitarios; en los campos secos de España: “Cada español llora un muerto de la guerra civil. Y lleva en sí mismo, cada día, algo de su propia muerte”; en las arrasadas selvas vietnamitas y en las calientes tierras del África donadora de esclavos. En La edad de la ira se concentra la humanidad del llanto, el miedo, la miseria, la protesta y la desesperanza, a la que, a pesar de todo, no le faltará ternura, expresada como un rayo de luz en esta oscura selva. Hombres de todas las razas unidos en un infierno que empieza en la imagen de un niño muerto por la represión y culmina en un homenaje a Los condenados de la tierra.
La edad de la ira es el resumen del apocalíptico Juicio final de este renacimiento de nuestros pueblos, muestra el horror
de nuestro tiempo. El horror expresado a nivel planetario como lo habían hecho Goya, Picasso, y el propio Orozco.
En Guayasamín vemos su toque personal en los ojos, de esas serenas pero sufrientes criaturas. El rictus del dolor, la
desesperación y la muerte queda contrastado por los ojos de esas dolientes figuras. En esos ojos está lo que hace de esas
figuras hieráticas figuras humanas. Ojos que miran. Ojos ya no de dolor, ni de miedo, ni de terror ni de desesperanza, pese a que sus manos y cuerpos parezcan implorar una esperanza.
Son ojos de ira, rebeldía, casi ajenos a los sufrimientos de sus cuerpos. Ojos de medusas que se enfrentan a sus verdugos
y los petrifican. Ojos que parecen anunciar algo, el momento y la hora del hombre.
La edad de la ira como antesala de la edad del hombre. Porque es el hombre el que no ha podido ser plenamente a lo largo de una historia que es su historia. En esta pintura coincide Guayasamín con las metas que se han propuesto los condenados de la tierra, guerrilleros, combatientes y revolucionarios que aparecen en su obra: los del Nuevo Hombre. La ira que pondrá fin al subdesarrollo y la miseria.
Podemos ver en esta obra que su principal característica, junto con la expresividad del artista, es la universalidad, pues aún
tratando un tema concreto como es el de un guerrillero muerto, no se representa el dolor de una persona, ni siquiera el de un pueblo, sino el horror de la injusticia, el horror de la represión, las secuelas. “El artista no tiene modo alguno de evadirse de su época ya que es su única oportunidad. Ningún creador es espectador, si no es parte del drama, no es creador”.
En la obra podemos ver unos rasgos muy marcados: ese ceño fruncido por el horrible dolor, esas largas pestañas que parecen pequeñas incisiones de guerra, la boca o lo que se nos representa de ella desencajada. Unos enormes trazos verticales en pequeños y grandes pinceladas que marcan aún más el dolor del guerrillero y de la raza que representa, acentuado por su sangriento rostro debido a las heridas de las cuatro balas que ha recibido entre la sien y la frente.
Encontramos siempre en la pintura del artista unas figuras muy expresivas y siempre únicas resaltadas normalmente sobre un fondo negro que nos enmarca y enfoca a la figura, haciendo que ésta llegue más directamente al que la contempla. Colores amarillos, oscuros, y trazos negros son los que utiliza el autor además de unos azules inmensamente cargados y algunos colores extraños, como algún verde aceituna o amarillo terroso; también aparece el rojo, que resalta la injusticia. Una escasa gama cromática que se verá ampliada al final de su vida, pero que el artista combina a la perfección resaltando siempre lo que le interesa.


Edad de la ternura
En esta obra del ciclo La edad de la ternura, el gran pintor indígena ecuatoriano elabora su prodigiosa técnica que convierte
sus cuadros en densa materia con fuertes calidades táctiles.
Los colores son sobrios y cálidos a la vez. En las obras de La edad de la ira el pintor tiene una preocupación constante por
esas cabezas agrupadas de los “excluidos”, con rasgos muy esquemáticos que las hacen parecer talladas más que pintadas; sus rasgos distorsionados representan la inmensa queja por tanto sufrimiento. Aquí, aunque las facciones son más serenas, no pierden la fuerza de la denuncia.
Pablo Neruda decía que Guayasamín 1, junto con Orozco, Rivera, Portinari y Tamayo, forman “la cordillera de los Andes”
de la pintura americana. Guayasamín tenía una religiosidad laica muy particular que lo empujó a realizar como última gran obra inconclusa la famosa Capilla del Hombre en la que quería resumir los gritos y las esperanzas, la ira y la ternura del tiempo que le tocó vivir. El artista decía: “Mi pintura es de dos mundos: de piel para adentro es un grito contra el racismo y la pobreza; de piel para fuera es la síntesis del tiempo que me ha tocado vivir”.
Y agregaba: “La vieja y lejana esperanza de paz es todavía puntal que nos sostiene en nuestra angustia. Si no tenemos la
fuerza de estrechar nuestras manos con las manos de todos, si no tenemos la ternura de tomar en nuestros brazos a los
niños del mundo, si no tenemos la voluntad de limpiar la tierra de todos los ejércitos; este pequeño planeta será un cuerpo
seco y oscuro...”

Notas
1 Guayasamín es uno de los últimos cruzados del imaginismo; su corazón es nutricio y figurativo, está lleno de criaturas, de dolores terrestres, de personas agobiadas, de tortura y de signos. Es un creador del hombre más espacioso, de las figuras de la vida, de la imaginación histórica.
Yo le tengo en mi santoral de santos militares, aguerridos, jugándose siempre el todo por el todo en la pintura. Las modas pasan sobre su cabeza como nubecillas. Nunca lo aterrorizaron.
Presento, y es mucho honor para mí, a este pintor germinativo y esencial, seguro de que su universo puede sostenerse aunque nos amenace como un derrumbe cósmico.
Pensemos antes de entrar en su pintura porque no nos será fácil volver. (Pablo Neruda)


Bibliografía
- Arnaldo, J. (1996). Las vanguardias históricas 1, en revista Historia 16. Colección Historia del Arte nº 45.
- De Diego, E. (1996). Arte contemporáneo II, en revista Historia 16. Madrid.
- Guayasamín, O. (2000). La edad de la ira. Ecuador: Textos.
- Gutierrez, R; Gutierrez Viñuales., R. (1997). Pintura, escultura, y fotografía en Iberoamérica. Madrid: Cátedra.
- Palomero Páramo, J. (1996). Historia del Arte. Sevilla: Ediciones Algaida.
- Santos García Felguera, M. (1996). Las vanguardias históricas 2, en revista Historia 16. Madrid.
- Villar Movellán, A. (2000). 20.000 años de pintura. Quito: Editorial Vergara. (1996). Arte contemporáneo I, en revista Historia 16. Madrid.


Ediciones de sus obras
- Osvaldo Guayasamín. Grandes maestros, Ecuador, 2002.
- Oswaldo Guayasamín y Pablo Neruda. Fundación Guayasamín y Ocean Press, Ecuador, 2006.


Recursos Electrónicos
- http://www.guayasamin.com
- http://www.hoy.com.ec/especial/maestro/minicio2.htm



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  • Oswaldo Guayasamín fue publicado de la página 19 a página23 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº17
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