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Josefina Robirosa

Illa, Astrid

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº17

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº17

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la imagen Edicion III.

Año V, Vol. 17, Agosto 2008, Buenos Aires, Argentina | 111 páginas

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Yo pinto.

Desde hace años, desde que era chica, desde que era distinta a como soy ahora, durante todo el tiempo que estuve construyendo esto que soy, esto que pinto.

Para mí, esta pintura que saco de mi casa, de mi taller, esta pintura que cuelgo delante de la gente, no es mi ropa.

Ni siquiera mi piel o mi cabeza.

Mi pintura soy yo y esto suena tan simple que no sé si debo decirlo.

Pero debo decirlo para que se entienda por qué no puedo hablar de mi pintura.

Sería como pararme delante de la gente a hablar de mí y esa tarea me llevaría otros 34 años con sus días y sus noches y uno nunca sabe bien algunos días y no hablemos de los sueños.

Además, sería otro oficio.

Además, está el pudor.

También está mi pintura colgada de las paredes, de los techos.

Cuando uno está seguro, no hay pudor que valga.

Me llamo Josefina Robirosa. Soy Josefina Robirosa.

Mi pintura se llama como yo.

Yo soy esa pintura y que Dios me ayude.

Josefina Robirosa

De familia aristocrática, Josefina nació en Buenos Aires en 1932. Vivió una infancia oscura en el Palacio Sans Souci, la casona de los Alvear en Lomás de San Isidro. Estudió pintura con Héctor Basaldúa y la húngara Elisabeth von Rendell. Era muy joven cuando se casó y a los diecinueve años ya tenía dos hijos. Sufría, sin plena conciencia, de una disrritmia cerebral que le producía mucha angustia. Fue cuando empezó a pintar profesionalmente que canalizó esa angustia en obras que desbordan de luminosidad y energía. En 1957 realizó su primera muestra individual y a lo largo de su carrera participó de numerosas muestras en la Argentina y el exterior. Con Marta Minujín formó parte del Instituto Di Tella, que reunía a los talentos de las artes en los convulsionados años sesenta.

Recibió los premios fundación Banco Ciudad a las Artes Visuales, Mención Honorífica del Jurado 90º Salón Nacional de las Artes Visuales, Sección Pintura, 2º Premio (2001), Premio Codex de Pintura Latinoamericana, Museo de Bellas Artes (1968), 2º Premio Salón Nacional de Artes Plásticas de Buenos Aires (1967). En 2004 inauguró dos murales, “Plaza de invierno” y “Plaza de verano”, en la estación Olleros de la línea D de subterráneos. Durante ocho años fue Directora del Fondo Nacional de las Artes y es miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes. Sus obras pueden verse en el Museo Nacional de Bellas Artes, el de Arte Moderno, el Museo “Genaro Pérez”, las Colecciones Chase Manhattan (Argentina), ITT (Nueva York), Albright-Knox (Búfalo, Estados Unidos), Neiman Marcus (Houston, Texas), y Heini Thyssen (Suiza), entre otras galerías.

El tema que subyace desde sus obras más tempranas hasta alcanzar mayor protagonismo, fuerza e intensidad en las más recientes, es el espacio.

Tiempo y espacio son dos categorías que desde el mundo antiguo han concertado el interés de sabios, geómetras, matemáticos y filósofos, que han tratado de definirlos. El tiempo como cuarta dimensión ha sido desde el siglo XX uno de los temás centrales de la física moderna. Ambas categorías siguen siendo hoy tanto para la ciencia como para la filosofía conceptos fundamentales. Sin embargo, espacio y tiempo no son simples y puras geometrías o abstractas entelequias, son estructuras vitales y condición misma de la existencia.

Abordaremos aquí los cambios expresivos y conceptuales en el tratamiento del espacio que se manifiesta como elemento plástico generador de la forma y composición desde las obras más tempranas de Josefina Robirosa.

Espacio

Las obras de mediados de 1950, de pequeño formato, están ligadas a un informalismo matérico en el que el color y la textura se conjugan para crear espacios armónicos, con planos superpuestos de horizontales y verticales con pequeñas curvaturas que le imprimen dinamismo y movimiento, realizados con distintas técnicas: óleo, collage y tinta.

En la década de 1960 es evidente la relación con el informalismo gestual que en Europa estuvo ligado al gesto negador del espacio y la forma, mientras que el tratamiento de la mancha parece orientarse hacia una investigación de sus posibilidades expresivas y la sugestión que ofrece a la imaginación.

Uno de los movimientos que se centraron en la investigación de las posibilidades perceptivas en la década de 1960 fue el arte cinético liderado por el húngaro Victor Vasarely, que continuó las investigaciones sobre el color y el espacio basándose en los estudios geométricos de la escuela de la Bauhaus. Josefina Robirosa abandona las formás libres y comienza a organizar la imagen a partir de grillas, cuadrículas de paletas de colores planos y de series en las que podemos ver el trabajo de progresiones (matemáticas) en las que incluye siluetas y perfiles de cabezas humanas. Investigación del espacio, de la geometría y también de las posibilidades del color que van de una paleta de colores contrastados, azul, rojo, amarillo, naranja, a obras centradas en gamás de colores fríos (verdes, azulados) o de valores bajos (oscuros) y valores altos, más luminosos.

En las décadas siguientes, 1970 y 1980, aparecen curiosos espacios fantásticos trabajados en delicadísimos trazos de lápiz o tinta sobre papel. Aquí el espacio se dilata y nos lleva a abismos insondables en los que parecen conjugarse los sublimes espacios del romanticismo nórdico con las ambivalencias surrealistas de los paisajes montañosos de Magritte.

Son paisajes construidos a partir de una línea abierta y del sutil manejo de la luz, en la que la extraña naturaleza atmosférica es recortada en planos tridimensionales sobre el vacío.

A partir de la segunda mitad de la década de 1970 comienzan a aparecer paisajes con arquitecturas que establecen un juego dialéctico con el espacio de la naturaleza.

Hacia la década de 1990, espacios indefinidos se pueblan de figuras zoomorfas que parecen generar a partir de su propio movimiento un espacio dinámico de luces y sombras. Una visión cósmica y espectral en la que la mancha y el dibujo se funden para generar movimiento y luz, como génesis de la naturaleza.

A partir del 2000 hasta sus trabajos más recientes trabaja con grandes formatos que le permiten desarrollar paisajes arquitectónicos con amplias perspectivas geométricas. Dominados y estructurados por líneas de color y por el manejo espacializado de la luz, más que la “temperatura” de tonos, invade la sensación de inmensidad del espacio “vacío”. Trabaja en cada obra con tonos dominantes y casi monocromos, gamás de fríos, verdes, azules, violáceos a los cálidos rojizos. Arquitecturas que sugieren por sus paramentos curvos y rectos las estructuras de hierro de las grandes estaciones de tren.

En medio de esta despoblada inmensidad urbana aparece la figura humana, casi camuflada, construida con el mismo color y pincelada que la arquitectura.

Los paisajes naturales, cargados de fantasía, se enfrentan con los urbanos que, paradójicamente construidos por el hombre, se imponen como una amenaza a lo humano reduciendo las figuras a su mínima expresión, cuando no transformándolas en siluetas amontonadas, abandonadas y desoladas.

El espacio es quizás, para la artista, metáfora de la condición humana en el mundo contemporáneo. Sujeto y sometido a grandes “estructuras”, el hombre ya no es más protagonista. Su existencia, sin embargo, sigue sujeta al orden del tiempo y del espacio.

Técnica

En una entrevista con Alejo Rivas Devecchi, Robirosa explica que aplicó en cada época una técnica diferente: “Antes usaba óleos, pero tardaban mucho en secar, además el óleo es muy espeso y anula el trabajo con superposición y transparencias”. 1

Y manifiesta que le “mataba” el trabajo de limpiar todas las noches todos los pinceles con aguarrás. “El acrílico vino a solucionar muchos de esos problemás, seca rápido, es superponible y permite mezclar colores por transparencia, incluso así, a veces trabajo con un secador en cada mano. Siempre busco nuevas formás para expresar texturas, a veces ato varios pinceles juntos para lograr algún efecto, follaje por ejemplo”. 2 Cuando habla de experimentar en la búsqueda de nuevas técnicas se entusiasma, sus ojos brillan y dice: “me vino a la cabeza una frase: No me quiero morir nunca”. 3

Cuando se le pregunta con qué corriente pictórica identifica su estilo, menea la cabeza negativamente y dice: “Nunca me adherí a ninguna corriente, creo que el arte es justamente no encasillarse. Desde que empecé a pintar caminé por mi propia cuenta, he sido muy solitaria y también un poco francotiradora”. 4 Josefina Robirosa traduce los abismos de su pensamiento, sus inalcanzables fantasías, sus estados existenciales, en la infinita dispersión de la imagen; es como un interrogar por su propia identidad a través del goce de la pintura. En sus telas y dibujos, desde sus comienzos perseveró (y persevera) en forjar la expresión visual del misterio, que en ella puede ser, a la vez, una forma de ejercicio de esperanza.

La artista ha señalado alguna vez que el papel del arte siempre es el mismo, dar testimonio silencioso de lo desconocido: “Para mí pintar es descubrir (y descubrir es) dejarse traspasar por lo que no conocemos de nosotros mismos ni del mundo, ser un instrumento respetuoso del misterio”. 5

Notas

1 Josefina Robirosa, una francotiradora que sabe pintar. En http://alejorivas.blogspot.com/2005_12_18_archive.html

2 Ibidem.

3 Ibidem.

4 Ibidem.

Recursos Electrónicos

- www.acceder.buenosaires.gov.ar/es/buscador/subject: ROBIROSA,+JOSEFINA

- http://alejorivas.blogspot.com/2005_12_18_archive.html

- www.artesur.com/catalogo/news.php?id=27

- www.galeriamuseoaguilar.com/esp/autores/josefina-robirosa.html


Josefina Robirosa fue publicado de la página 97 a página98 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº17

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