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El noviazgo de mis abuelos

Mazzinghi, Agustín

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010

Año VII, Vol. 37, Abril 2011, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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Rojo. Negro. No, rojo. Rojo, rojo. Rojo y vamos. Pero vamos, Jorge. Qué tal, buenas noches, a ver si me saca algo bueno, che. (Mariqué, como te extraño cuando gira la bola). Y sale negro, que lo parió, será posible, no, no, no, basta, basta Jorge, te lo pido por lo que más quieras. Una manito de póker y vamos. Y otro whisky. Y hielo. Y vamos.

Será cierto eso de que uno quiere lo que no tiene, porque lo más me gusta de Mar del Plata son las mañanas. Increíblemente, hoy pude disfrutar una, bien soleada, y sobrio, o algo así. De hecho, me agarraron unas ganas tremendas de ir para lo de Mariqué, pero las cosas no quedaron del todo bien después de ayer; compré el Clarín y me fui para la playa.

El sol se estanca en lo más alto y comienza a atentar contra mi incipiente pelada. Farrell nombra a un tal Juan Domingo Perón como secretario privado, qué nombre más gracioso.

Estoy de vacaciones, por lo tanto dejo rápidamente atrás la política y voy a lo importante: Boca derrota 3 a 1 a San Lorenzo en un polémico partido, pero yo voy subiendo porque acá no se puede estar, maldito Febo.

No te quiero ver nunca más en mi vida, Jorge. Reproduzco la frase idéntica en mi mente, mismo tono de voz, misma pausa entre vida y Jorge, pero tu cara lo decía todo, Marichi, tus ojos me pedían perdón de rodillas, tan rápido contradecías tu terminante frase con tu mirada, y cuando decías en mi vida te ibas acordando de nosotros en la playa tomando una Bidu Cola, qué frío que hacía, yo te hablaba de la chacra que vamos a tener en Pergamino y a vos te encantaba, perros y caballos y sillas de mimbre, cómo puede ser que todo se esfume de un momento al otro por culpa de tus caprichos, o los míos, o los de ambos.

Dos al 18, seis al 2, cuatro a primera docena, seis al 32, veinte al 20, seis al 33, dos más al 18, 4 al 22, 4 al 23, la rueda que empieza a girar, dos más al 44, dos más al 20, cuatro al 19, hay que rodear bien al Emperador, gira, gira, gira, (Papá hace girar las monedas que da miedo), ¡no va más! gira, gira, (quedan dando vueltas sobre sí mismas durante varios minutos y me puedo pasar la vida viéndolas girar, es como si desplegaran alas, o hélices, o lo que fuere), gira, gira (y la vida no es más que eso, una moneda girando hasta que cae, muere, tanto baile para nada, solo cara o ceca), negro el 20.

El oro puro brilla y hace brillar: mis ojos no pestañean durante largos minutos, hipnotizados por el anillo. Terminadas las negociaciones con el empleado, finalmente el hombre lo coloca en una caja de pana azul y me estrecha la mano. Mariqué se lo merece, y otra noche como la de ayer no se va a repetir.

Hoy se cumplen siete días sin verla; desde aquella terminante frase nada ha pasado, y la extraño tanto que metería todo Mar del Plata en otra cajita de pana y se lo regalaría.

II Esta mañana se apareció por el hotel. Traía un vestido amarillo y llevaba la caja de pana en la mano. Estaba desencajada, y se notaba que había llorado. Me preguntó de dónde había sacado ese anillo e intenté explicarle que de una plata que me había mandado papá desde Buenos Aires, pero no había caso, el tartamudeo me traicionaba una y otra vez. Me arrojó la caja como si fuera un proyectil y me dio en la mejilla izquierda, dejándome parte de la cara colorada durante toda la tarde.

Imbécil, imbécil, imbécil, imbécil, cada uno de los imbéciles se me iban clavando y me desarmaban de a poco, y se fue con un portazo que hizo caer mi cigarrillo a medio fumar. Todo tan rápido, tan violento, tan inútilmente doloroso.

Ahora estoy hace casi dos horas mirando pasar los transeúntes por la pequeñísima ventana del hotel. Durante toda la tarde he sostenido un cigarrillo (tras otro) en mi mano izquierda y la cajita en la derecha. El cigarrillo como escudo y la caja como espada, una espada que se volvió en mi contra y que ahora me atraviesa el cuerpo.

“Mi Marichi, una rosa en la puerta de tu casa por cada día que no vaya, pero prométeme que a las 20 flores vamos a Lo de Alberto a comer unas pastas y hablamos bien. Perdoname y te quiero, Jorge”.

Dejé la carta junto a la primera rosa y me fui a caminar por el puerto, pensando en si me contestaría o no. Por sí o por no, eso no alteraba el plan: el casino no lo pisaba más y las veinte flores serían dejadas en la puerta con una puntualidad inglesa.

Y que sea lo que Dios quiera. El puerto estaba más lindo que nunca y justo a esa hora arribó mi pesquero preferido, el Santa Ana. Me quedé admirando su inmensidad varios minutos, pensando en la vida nueva que se viene y en Mariqué y en el vestido amarillo mientras terminaban de bajar las redes.

Luego de un rato, entre el frío que empezaba a abrazarme y el olor a marisco que me abrió de par en par el apetito, decidí volver al hotel.

Después de comer algo, la noche comenzó a volverse eterna, y cuando creía que había pasado media hora recién habían pasado cuatro minutos. Desesperado, agarré el saco y salí al frío de la calle. Para evitar tentaciones, rumbeé para la derecha en vez de para la izquierda y me dispuse a entrar a un bar para disfrutar una medio litro bien helado. Me sentía bien, dominando la situación y seguro de mi mismo.

Golondrinas de un solo verano/con ansias constantes de cielos lejanos/alma criolla, errante y viajera/ querer detenerla es una quimera. El acordeón se quiebra tanto que parece que en cualquier momento se parte en dos. Las parejas van de una punta a la otra agitando las piernas como pañuelos, y yo acá solo llorándote como un chico, de todos los tangos habidos y por haber justo éste me viene a tocar, Criollita de mi pueblo/ pebeta de mi barrio/la golondrina un día su vuelo detendrá… yo te cantaba y vos muerta de risa, a veces amagaba a frenar y me tocabas la pierna para que siga…Tierras lejanas te vieron pasar/ otras lunas siguieron tus huellas, tu solo destino es siempre volar.

III A pesar del polvo del hotel y de las cinco semanas sin tintorerías a la vista, el saco café con leche luce impecable. Me lo pongo y me lo saco varias veces, camino nervioso alrededor de la cama, me engomino, cuento los noventa pesos que me quedan como única y toda fortuna, lustro los zapatos con admirable esfuerzo, y en el fondo de un bolsillo me encuentro con una ficha de Rambla Casino. Me siento y la miro durante un largo rato. Un dos y un cero, dorado veinte que ya no representará nada. Se me ocurre pensar que no existe un valor de las cosas más allá del que le damos nosotros. Mis dedos juegan con la ficha, cuento las rayitas del borde e increíblemente son veinte. Luego, cuando me siento preparado, me levanto, voy hacia la diminuta ventana, tiro la ficha, miro el reloj y salgo para lo de Mariqué.

Mientras manejo, el miedo se me mete en el estómago y empieza a devorárselo de a poco. Prendo la radio en busca de una calma que no llega nunca. Llego y la luz de su cuarto está prendida.

Toco la puerta y miro el piso, donde durante todos estos días fui dejando una tras otra las veinte rosas que prometí. Me abre Oscar, su hermano y mi compañero de facultad, y entre tímidas palmeadas y preguntas cordiales le pregunto por Mariqué, aunque no hace falta respuesta porque de la penumbra de un pasillo aparece ella más hermosa que nunca, criollita de mi pueblo con un vestido largo hasta el piso y enganchándose un aro. Me pregunta si demasiado elegante para lo de Alberto y mis palabras se chocan unas con otras hasta formar una frase inentendible, pero qué importa si Oscar acaba de esfumarse como por arte de magia, y solo quedamos Mariqué y yo en la inmensa noche marplatense, Marique alma criolla, errante, y viajera, Mariqué pebeta de mi barrio que camina torpemente hasta el auto culpa de los tacos, y yo que rápidamente le abro la puerta, yo que mientras doy la vuelta hasta la mía siento que el pecho va a estallarme de algo parecido a la felicidad, yo que miro el negro cielo manchado de nubes y ruego al que esté ahí arriba que esta noche no se termine nunca.


El noviazgo de mis abuelos fue publicado de la página 13 a página14 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

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