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Tiempo de rumba

Padin, Alejandro

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010

Año VII, Vol. 37, Abril 2011, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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Síntesis

¿Qué tienen en común una gatita parda con poderes mágicos, un antiguo ladrón de guantes blanco y una curiosa niña de ocho años? Que están a punto de cometer el robo de un extraño objeto capaz de controlar el tiempo.

Pero eso no es todo. A medida que avanzan sus planes, descubrirán una apego que cambiará sus vidas, así como que el poder más importante no es el de controlar el tiempo, sino el de la verdadera y pura amistad que los cambiará para siempre.

Narrada en París a principio del siglo XX, esta historia cuenta con personajes carismáticos, enternecedores y originales que se verán envueltos en una disparatada aventura que logrará generar nuevos planteos sobre el verdadero significado de la vida y el let it go, aceptar aquello que no podemos cambiar como una enseñanza o experiencia que enriquecerá nuestras vidas y abrirá paso a sentimientos nuevos y experiencias memorables.

Investigación exploratoria del tiempo y espacio de la historia

La historia se desarrolla en París, en la Belle Époque. Si bien en ningún momento se hace referencia directa a esta ciudad ni época, por ciertas pistas denotará el lector cierta semejanza con el principio del siglo XX, tales como el vestuario descripto (uso de sombreros, bigotes a la moda de la época), el auge del teatro, muestras culturales, etc.

Descripción de los personajes

Ana

Una niña que quiere viajar en el tiempo para impedir el divorcio de sus padres. Ana tiene ojos enormes y no le gustan las muñecas porque dice que son inexpresivas. Vive en la parte superior de un teatro con su gata Rumba y su mesita de luz es un piano de cola.

Lobo Un anciano ladrón de guantes blancos que intenta realizar su golpe final antes de perder la movilidad de su mano izquierda.

Lobo ama la higiene y el acordeón. Es altísimo y muy delgado, con los bigotes de Dalí, si éste hubiera sido un muchacho recatado.

Rumba Una gata estilizada y plomiza que se hace pequeña y entra a los oídos de los personajes diciéndoles lo que ya saben y no quieren escuchar. Le gusta la música francesa y si no fuera gata sería actriz de melodrama.

Tiempo de Rumba

—¡No quiero ir! —No hay opción, Ana, es una obra para niños, ¿cómo no va a haber niños? —¡Que no! ¡Mon die!, siempre es lo mismo en esta casa. Muy bien, primero me dignaré a buscar un rincón tranquilo y luego les contaré la historia que he venido a contar. Sí, me sentaré en el piano, muy dramático y místico.

Empezaré ahora a contarles mi historia, pero como soy una gata educada comenzaré con ma présentation primero. Soy Rumba, una gata gris y reservada a simple vista, pero tengo un gran poder. Bueno, digo poder pero en realidad es una maldición. ¿Qué pensarían si les dijera que tienen el poder de cambiar el rumbo de las personas? Dirían que es imposible quizás, pero Rumba puede. Sí, puedo encogerme hasta el tamaño de un grano de arroz, una lentejuela o un diente de leche y melindrosamente entrar en tu oído para decirte con un ronroneo, una voz casi imperceptible que se pegará en las paredes de tu oído como la miel en una tostada y luego resbalará hacia tu mente, hacia tus sentimientos, tus sentidos, tus dudas, tus porqués y tus quizás. Sin dejar de lado los yo quiero, yo puedo, yo necesito y yo exijo.

Resumiendo, yo te digo todo aquello que ya sabes pero que no querés escuchar; desmiento las mentiras a ti mismo; reviento las ilusiones más recargadas, con esa parte de raciocinio que aún queda después de un amor de verano; persuado a las golondrinas que quieren sentar cabeza de migrar nuevamente; exijo a los globos de helio más terrenales que vuelen alto; insisto a las arañas más vanguardistas a seguir tejiendo sus telas, dejando los abrigos de crochet y las bufandas punto arroz para más tarde.

¡Pero cuidado mon ami! Yo utilizo palabras como exigir, persuadir o demandar sólo para sentirme importante, ya que concretamente, no puedo hacer más que susurrar aquello que ellos saben, que todos sabemos en realidad, esa verdad dolorosa de hacer lo correcto o seguir los instintos. No soy una gata tradicionalista o con miedo al cambio, sólo recuerdo las opciones, por si se te olvidan o las dejás tiradas por ahí.

Luego no juzgo, me corrijo, ni siquiera pregunto.

—¡Ana!, a bañarse ahora —¡No!, estoy limpia. Además hay que cuidar el planeta.

¡Ay Ana!, me estaba empezando a olvidar de ella, mi dueña, mi amiga, mi niña. Ana tiene 8 años recién cumplidos, a veces se confunde y enseña siete dedos. No la culpo, Ana ha tenido muchos problemas últimamente, problemas con los que una niña de ocho años no debería cargar; sus padres se acaban de divorciar. Este hecho no ha cambiado mucho en su vida, ya que sus padres nunca fueron muy convencionales.

Su padre es escritor y su madre actriz, tienen un teatro en la Rue de Mayo, un teatro antiquísimo que heredaron de sus abuelos. En el piso de arriba vive Ana, conmigo obviamente, y con el progenitor que se encuentre desocupado en ese momento para cuidar de ella. En este momento, su madre.

Ana no comprende muy bien qué es un divorcio, pero como a la mayoría de la gente, le asustan los cambios. Lo que más le asusta es que cree que fue su culpa. Adoro a Ana avec tout mon coeur, pero es una niña caprichosa y cabezota. Un día de lluvia se encaprichó con salir a correr descalza por la Rue de Mayo, había visto una película y la belleza de la protagonista corriendo descalza en el empedrado la había marcado.

¡Quiero ser como ella!, exclamó. Yo, que conozco muy bien a la niña, me introduje rápidamente en su pequeño oído y le recordé que podía ser una niña obediente, quedarse en casa o por lo menos ponerse sus zapatitos de baile, pero no hubo caso. El agotado padre de Ana, que estaba pasando por un espeluznante bloqueo de escritor, se cansó de negarle a la niña su deseo y le permitió correr descalza bajo la lluvia por 4 cuadras, ocho si contamos la vuelta.

Ana fue feliz, corrió y corrió con su camisón blanco hasta que se empapó de lluvia de dicha. Al día siguiente, Ana tenía fiebre, temblaba en su cama y su voz había desaparecido.

Al volver su madre de un ensayo al otro lado de la ciudad se horrorizó con la escena, reprochando a su esposo por su irresponsabilidad y falta de límites. Los pleitos duraron días y días, Ana escuchaba todo desde su cama, entre sueños febriles y su incapacidad de levantarse para cerrar la puerta.

Al cabo de una semana de peleas continuas, le comunicaron a la niña la noticia.

Por supuesto que este triste suceso no fue culpa de Ana en absoluto, los adultos deben cuidar a los niños. Protegerlos, no sólo de la lluvia sino de los gritos y las fechorías del mundo del que aún están aprendiendo tanto cada día. Me introduje en el oído de Ana todas las noches, le dije todo aquello que estaba en su corazón y su cabeza, todo lo que ella sabía muy bien. Pero no hubo caso, Ana seguía sintiéndose culpable.

Pensaba que si tan sólo pudiera volver el tiempo atrás, volver al día de la lluvia y quedarse en casa, quizás incluso ver el final de la película a ver si la actriz también cogía un resfriado que la advirtiera de salir en esas condiciones, pero no, no se puede volver el tiempo atrás, ¿o sí? Aún recuerdo ese momento, el momento en que Lobo entró en nuestras vidas. Yo estaba muy ocupada con mi trabajo, había pasado la tarde entera persiguiendo a unos grillos que al padecer una infección en las cuerdas vocales habían sufrido una crisis de identidad que los hacía caminar en círculos, molestando gravemente a los transeúntes. Recuerdo a Ana esa noche, sentada en las puertas del teatro mirando el suelo con interés. Toda clase de folletos se deslizaban bajo las puertas del teatro, los más estrepitosos anuncios de lociones para la calvicie, pulgas de circo en oferta, una que otra invitación a tertulias de brujos y caricaturas al portador envueltas en cinta de satén azul. Pero ese día, un anuncio distinto se había presentado.

Decía algo así:

“Exposición única en el mundo La mayor rareza que se ha visto en el globo. Una antigüedad única, capaz de quitarles la respiración a los más escépticos.

El reloj de bolsillo que controla el tiempo, fabricado en hierro y circonio. Este curioso objeto es capaz de darle a su portador uno de los poderes más codiciado. El poder de controlar el tiempo. Visítelo por primera vez en la ciudad en Antigüedades Tony. La calle de la vuelta N°11”.

Ana no podía creerlo, era justo lo que tanto había deseado, la posibilidad de cambiar las cosas, el rumbo de la historia, de su historia. ¿Pero cómo? ¿Cómo podré yo ser la portadora del reloj?, se preguntó melancólicamente. Sólo soy una niña. Se levantó de un salto con el folleto en la mano, decidió ir a dormir rápidamente, tan rápido que no lavó sus dientes, ni cepilló su pelo. Mañana sería un largo día, mañana comenzaría su plan para poseer el reloj. El primer paso sería visitarlo, conocerlo mejor, quizás leer más sobre él, sobre su funcionamiento. Un aparato así no debe ser fácil de manejar, pensó antes de caer en un profundo sueño.

A la mañana siguiente, Ana despertó un poco confundida y menos alegre de lo habitual. Había perdido la noción del tiempo, inmersa en un profundo sueño con lugares lejanos e inexplorados. Si, la petite se había dormido más de lo previsto y aún tenía mucho por hacer. Se levantó soñolienta, se vistió rápidamente con un jumper color bordó y un sombrero de pana negro y salió a la búsqueda de Antigüedades Tony.

No le costó mucho trabajo encontrar el lugar, había vivido en la ciudad toda su vida y conocía muy bien todas las direcciones, la calle de la vuelta N°11 era una callecita empedrada y algo oscura, más pequeña y corta que las demás calles. Ana sintió un escalofrío al acercarse al lugar, incluso miedo, pero entró al sitio con la cabeza en alto y yo, en sus brazos.

El reloj estaba envuelto en una cajita de cristal y era exactamente como lo describía el folleto, solo que más pequeño.

Un hombre alto y desgarbado de aspecto curioso estaba apreciando la pieza, era el único en esa habitación y al entrar Ana se sobresaltó. Se recompuso de inmediato y una extraña sonrisa se dibujó en su rostro.

—¿Cómo te llamas? —Ana —¿Y el gato? —Es una gata, se llama Rumba —Ya veo, ¿Qué haces aquí? —Vine a ver el reloj. ¿Cómo se llama usted y porque sus bigotes son tan raros? —Me dicen Lobo, niña, mis bigotes no son raros, son bigotes con estilo.

—¿Qué estilo? —Que niña tan molesta, déjame, ve el reloj y no me distraigas más.

—Si, a eso he venido yo también. Lamento que sea tan sensible con respecto a sus bigotes.

—¿Por qué una niña como tú estaría interesada en este antiguo objeto? ¿Por qué no estás jugando con los demás niños? —Los juegos son para tontos. A mí me interesan las antigüedades.

—Ya, no sé porqué no te creo. ¿Qué sabes de este reloj? —Nada, aún.

—Vamos por un vaso de leche y unas galletitas, te contaré todo sobre el reloj.

La niña y Lobo fueron a la confiserie que estaba junto al parque.

Lobo le contó sobe el reloj, cómo funcionaba y quién lo había construido. También la invitó a sus conciertos de acordeón solo si se comprometía a ser puntual. Ana conversó un largo rato con el anciano, le causaba mucha gracia este extraño personaje con increíbles historias para contar y una rara dificultad para sostener la taza con su mano izquierda.

Finalmente, Lobo la miró a los ojos con ternura y le dijo: Niña, ¿me vas a decir ahora porqué te interesa ese reloj? Ana es una niña, y como todos los niños, ella no miente, al menos no muy bien. Sintió que podía confiar en aquel caballero, tanto incluso para contarle su plan.

—Necesito los poderes mágicos del reloj para viajar en el tiempo.

Necesito robarlo, dijo sonrojándose y agachando la cabeza.

Lobo sonrió amablemente, le preguntó por qué una niña con toda la vida por delante siente la urgencia de controlar el tiempo.

Ana le contó todo, aquella noche lluviosa, las constantes peleas de sus padres y la culpa, la horrible culpa. Lobo se compadeció enseguida, le dijo que no debía sentir culpa y le ofreció su última galleta, la acompañó hasta su casa porque ya era la hora de cenar y casi sin saberlo o quererlo se dispuso a ayudarla.

Ana tomó toda su sopa de espárragos con fromage y se fue a dormir temprano, estaba exhausta. Pensó en visitar el reloj nuevamente mañana, le daba más curiosidad luego de las historias de Lobo.

Esta vez, durmió exactamente la cantidad de horas necesarias para ponerse en marcha, desayunó de prisa y partió hacia la calle de la vuelta N°11. Se sorprendió al ver a Lobo nuevamente, embelesado, mirando el reloj de tan cerca que pegó un salto al oír la voz de Ana.

—¡Usted sí que tiene mucho tiempo libre señor Lobo!, de seguro llegó aquí antes que el dueño de la tienda —¡Oh! Mi pequeña amante de las antigüedades. ¿Aún sigues con la disparatada idea de robar el reloj? dijo Lobo en voz baja, con un gesto cómplice.

Ana agachó la cabeza y asintió a media voz. Lobo se acercó a ella y le dijo al oído: yo voy a ayudarte.

Ambos salieron sigilosamente de la tienda, Ana estaba en shock, ¿ese elegante y bienhechor caballero era capaz de cometer un acto tan ruin como robar? Trató de persuadir a Lobo, le dijo que ella nunca permitiría que fuera malo por su culpa, pero Lobo sonreía entretenido con los argumentos de la niña.

Yo soy un ladrón de guantes blancos Ana, esa es mi profesión ¿sabes lo que es eso?, le dijo finalmente cuando sintió compasión por la sincera preocupación de la niña. Mi intención siempre ha sido apoderarme del reloj, por eso lo estudiaba tan minuciosamente, prosiguió. La pequeña quedó estática, entonces Lobo era un ladrón, una persona horrible que se apoderaba de cosas de los otros, pensó horrorizada.

—Señor Lobo, estoy muy decepcionada de usted. Es una mala persona.

—Querida Ana, las cosas no son ni blancas ni negras en esta vida. Hay matices con los que podemos jugar. No entraré en detalles sobre mis elecciones de vida, solo te diré que si hay alguien en esta ciudad que puede ayudarte a robar ese reloj soy yo.

—¿Para qué quieres el reloj? —Mi mano derecha ha sido mi mejor amiga por muchos años, especialmente para ganarme la vida. Necesito robar con mi mano derecha, es más que superstición pequeñita, de otra forma, sencillamente no puedo .Pero, lamentablemente mi mano ha estado fallando, tengo unos temblores cada vez más recurrentes, es la edad ¿sabes? Necesito viajar en el tiempo para volver a mis años mozos como se dice popularmente, quiero volver a sentirme ágil, robar un Dalí sin trastabillar ni temblar. No me queda nada si no tengo mi mano izquierda, a decir verdad, es todo lo que tengo.

Lobo se entristeció notablemente, Ana pudo observar cómo una pequeña lágrima se deslizaba por el costado de su rostro y agachaba la cabeza avergonzado. Era la primera vez que veía a un adulto llorar.

—No estés triste Lobo, ya verás como todo se arregla con el reloj. Es todo lo que necesitamos para que nuestras vidas vuelvan a ser muy felices.

—Si, tienes razón pequeña, ahora debes ir a casa, tenemos mucho trabajo. Te espero mañana a las diez en el parque.

Cuando ma chère Ana llegó a casa me alegré muchísimo, no solo había salido corriendo y había olvidado llevarme con ella, sino que Josephine, la femme de chambre, había cerrado la puerta quedándome confinada. Creo que ha llegado el momento de admitir que soy una gatita con miedo a las alturas, como consecuencia de mi cobardía me pasé el día entero encerrada y sin siquiera asomarme a la ventana.

Ana se disculpó concienzudamente y me dio una lata de atún al aceite que guardaba para ocasiones especiales. La madre de la niña había estado todo el día ocupada en el teatro y su padre se encontraba en un viaje de negocios, razón por la cual agradeció muchísimo haber conocido a Lobo. Era verano y sin escuela se aburría profundamente, sus padres vivían ocupados y no tenía muchos amigos con los que jugar.

Ana pasó un minuto por el teatro y le dio a su madre el beso de las buenas noches, luego tomó su cuaderno de dibujo e hizo un croquis del reloj antes de dormirse.

—¿Estás lista para escuchar mi plan maestro?— Le preguntó Lobo al otro día en el parque. Es muy sencillo, prosiguió. Tu desactivas la alarma, ya te explicaré cómo, y yo con la poca agilidad que me queda, me deslizaré hasta el salón principal y lo cogeré.

¿Y cómo entrarás Lobo?— le preguntó Ana—, el anciano sonrió mostrando una dentadura perfecta.

—He hecho una copia de la llave, la tomé del llavero del guardia de seguridad mientras dormía. Ahora prestame atención querida, es muy importante que esta noche efectuemos el asalto. Como ya sabes, hoy es el último día de la exposición.

Esa noche fue más oscura que de costumbre, la luna parecía haberse escondido completamente entre los edificios y las ramas de los arboles. Ambos se vistieron de negro, con boinas a juego y como era la tradición de Lobo, un par de guantes blancos recién comprados.

Se encontraron en el café más cercano a la tienda de antigüedades y esperaron hasta que el local cerrara completamente y no hubiese nadie. Al otro día, el reloj sería trasladado a otra locación por lo cual el plan no podía fallar. Ana se dispuso a desconectar la alarma, tal como Lobo le había enseñado, se sorprendió de lo fácil que resultó. La experiencia del anciano y la baja seguridad del lugar habían hecho posible que una niña de 8 años desconectara la alarma en un abrir y cerrar de ojos.

Él se dispuso a entrar sigilosamente después del gesto de la niña. Era sorprendente, parecía una sombra ágil y flexible, casi de plastilina. El reloj pasó de la cajita de cristal que la contenía al bolsillo del longevo hombre en cuestión de segundos, luego se deslizó con la misma ligereza hasta la salida.

Ana y Lobo se encontraron y caminaron disimuladamente hacia la noche. Ella le preguntó si se sentía distinto con el reloj en el bolsillo, él no contestó. Cuando llegaron al salón de ensayo de acordeón, tomaron dos sillas y se dispusieron a observar el reloj, que a decir verdad, no difería mucho de cualquier reloj común y corriente.

—Deberíamos comer algo primero pequeña. Te prepararé mi famoso pato a la naranja, y de postre mousse de chocolate.

Anda, ayúdame a prepararlo.

—¡Pero yo no sé cocinar! —Aprenderás, yo te ensañaré, es muy fácil y divertido.

Ambos se dispusieron a cocinar una gran cena, prepararon: puré de calabazas dulces, salsa Bechamel, pan de huevo, brócoli a los cítricos, bolitas de plátano maduro, alcachofas con jamón, sopa de tomate, bredele, papas suflé, ratatouille, setas de burdeos y claro el pato a la naranja con la respectiva mousse .

Para Ana, fue más divertido preparar todo el banquete que comerlo, rieron, contaron chistes, anécdotas de vida y Lobo se lució contándole a la niña fábulas de animales insólitos que le había contado su madre cuando era niño. Lo pasaron tan bien, que hasta se olvidaron del reloj, pero ya era tarde y Ana debía volver a casa por lo que el hombre trajo el tema del aparato nuevamente.

—Ya no quiero usar el reloj, si vuelvo el tiempo atrás significará que nunca nos habremos conocido Lobo, y me divierto contigo como con nadie. Hacía tiempo que no era tan feliz.

Creía que tener a mis padres juntos nuevamente era lo que más anhelaba en el mundo, pero creo que solo necesitaba un amigo y ahora que lo he encontrado no quiero perderlo. ¿Qué dices si lo devolvemos? Lobo estaba conmocionado por la confesión de la niña, él tampoco había sido tan feliz como esa noche, desde hacía muchos años. Al ver las lágrimas brotar en los ojos de Ana se emocionó aún más todavía, la abrazó y la calmó mientras notó como sus propios ojos se humedecían. Pensó que haber tenido la posibilidad de conocer a alguien tan puro, bueno, sensible y caritativo como Ana ya había cambiado su vida, y quizás esa tierna niña le daría más alegrías de las que tenía reservadas para él su mano izquierda.

—Eso está hecho Ana, mañana mismo devolveremos el reloj.

Eso sí, luego iremos por leche y galletitas a la plaza, para no perder la costumbre.

Luego la tomó de la mano y la acompañó a casa, contándole más fábulas y de vez en cuando tarareándole canciones de marineros solitarios y princesas venecianas.

Conclusiones

Tener la posibilidad de escribir este cuento ha sido una experiencia sumamente gratificante y feliz. Desde el primer momento me surgieron muchas ideas, muchas de ellas bastante diferentes entre sí y como único punto en común, mi imaginación.

Lo que más disfruté ha sido la descripción de los personajes.

Me atrevo a decir que la historia surgió a partir de los personajes y sus características. Lo más dificultoso fue tratar de darle cierta coherencia y credibilidad a la historia. Crear conflictos fue algo que también me costó bastante.

Otro problema que encontré es que la trama quizás quedó un poco entrecortada con las descripciones o los flashbacks de los personajes. Para concluir, esta oportunidad me pareció muy buena, nos permitió conocernos más a nosotros mismos y a nuestros compañeros y liberar nuestra imaginación.


Tiempo de rumba fue publicado de la página 17 a página20 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

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