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Una pareja despareja

Gorleri, Soledad

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010

Año VII, Vol. 37, Abril 2011, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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Introducción

Si tuviera que elegir dos polos opuestos, sin dudarlo elegiría a Inés Daneri y a Jorge Balbín. Él, un rebelde nato sin causa.

Donjuán, hábil de pies (ya quisiera) dedicado las 24 horas, los 7 días de la semana al chamullo. Ella, una joven responsable, amante de las artes y, por sobre todas las cosas del inglés siempre mantuvo al estudio como su primer amor. Eso hasta la llegada de Jorge.

Escaneo rotativo

Apenas atravesó el umbral de la puerta puso en marcha su plan de conquista: chaqueta al hombro, (un revoleo de 270 grados exactos hacia atrás, con una fuerza centrífuga de unas 200 revoluciones por minuto, capaz de dejar sin cabeza al pobre diablo que la interceptase), lamida de dedos seguido por un leve desliz capilar (no siempre la gomina se lleva toda la gloria), ligero arremetimiento de la mano izquierda dentro del bolsillo del pantalón, inclinación del pie derecho hacia adelante y ahí va, empieza la “magia” (léase las comillas).

—“Ah, pero esta la saco de taquito. Mirá la cantidad de ineptos que creen saber diferenciar la delgada línea que separa el “carisma” de la “ridiculez”. Tirame un buen tema y, ¿sabés como la conquisto?” Con afanes de gloria, y una mirada clavada en el horizonte (sin duda alguna en la delantera de la muchacha vestida de rojo) realizó un análisis del terreno (algo a lo que me gustaría llamar en términos de diseñador gráfico “escaneo rotativo”. Creo que el nombre en sí lo explica todo) en busca de la joven.

La sala estaba repleta. Coqueteos presionados por la mirada de padres ajenos, chicas solitarias arrinconadas a un lado de la pista esperando la generosidad de un caballero dispuesto a invitarlas a una pieza, madres al borde del llanto contemplando cuan lejos habían llegado sus hijos. Entre empujón y empujón, Jorge se abría camino. Con cada paso llegaba el paraíso; mano que va, mano que viene (no se puede realizar un análisis del terreno y, mucho menos llegar a una conclusión, sin desarrollar al máximo nuestros 5 sentidos perceptivos, entre ellos el tacto). Cachetada que va, cachetada que viene (alguna que otra prefirió el golpe a puño cerrado), llegó con la agilidad de un jabalí luego de haber sido perseguido y atacado por una leona a la “pista de aterrizaje”, el puerto de Santa Inés quién, siquiera se inmutó de su presencia.

“Calma Jorge, calma. No te está ignorando, solo está creando un punto de tensión entre los dos- pensó para si mismotoda historia tiene un clímax. Y un galán”.

Como por arte de magia y obra del destino comenzó a sonar a más no poder (si querías escuchar al menos un rasgueo de guitarra tenías que respetar y no sobrepasar los 3 metros de distancia de la radio como mínimo) la que el adolescente tanto esperó: una de Julio (Iglesias).

“Este es mi momento- murmuró en voz baja- llegó la hora de darle al mundo a conocer la destreza del Jorgi”.

“Vamos eh, cuento hasta tres y empiezo; uno, dos, tres: Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Vamos que vas por buen camino macho, cintura, cintura. Un, dos, un, dos. ¡Qué movimiento, qué sensualidad! ¿Cuánto sentido de la coordinación y dinamismo se puede tener en un individuo? Más cadera, un movimiento sensual, ligero movimiento de pies y giro. Vamos Jorge eh, vos podés. Cómo lo practicamos, este es tu momento de fama. Meneo, pie derecho hacia adelante, pie derecho hacia atrás, ahora con el izquierdo, uno, dos, un, dos, levantamos los brazos arriba contamos cinco, seis, siete y media vuelta. ¡Te está mirando, te está mirando! Ya la tenés, rendida a tus pies, cual súbdito suplicando a su rey. ¡Qué calidad! te quiero Jorge”.

Según él, la multitud caía rendida al compás del ritmo de sus pies. Imperceptible a los ojos del espectador, éstos se trasladaban, precisos y ágiles a través de toda la pista. Entre pasitos y enganches, el repiqueteo se hacía cada vez más fuerte, el pibe no dejaba de hacer maravillas y esos mocasines gastados parecían cobrar vida propia.

Las muchachas enloquecen. Ovación. Llanto. Ensueño. Locura.

Esto, es más de lo que cualquiera podría pedir.

“Ahora, el gran final; leve volteo del cuello y a dejar a la melena hacer su trabajo. Espera a que te vea. Se viene, se viene.

Y ¡En marcha!” Inés, quien lo había estado mirando desde el comienzo de aquel ensueño, de aquella fantasía producto de la imaginación del hombre, no compartía lo mismo; “Dai, mirá a aquél, ¿Tendrá convulsiones? Parece un pez rogando por oxígeno. ¡Qué movimiento!, ¡Qué horror! Hay necesidad de compartir eso con el mundo?. ¿Cuánto sentido de la descoordinación y espasticidad puede albergar un individuo? Menos cadera, por favor, menos cadera. ¡Ah, no! pero Diana mirá esos movimientos A-sensuales, ¡Y mirá lo que hace con los pies! en cualquier momento se pega de lleno contra el piso. Ay, no lo puedo creer, viene hacia acá, viene para acá. Agarrá rápido tu cartera y empezá a caminar.

Dale, ¡Dale!” Tarde, Jorge se encontraba a tan solo centímetros de su frágil persona, ya había extendido el brazo para saludarla y estaba dispuesto a amagar el estrecho de manos para reemplazarlo por un “beso accidental” en la mejilla, no había opción.

Saludos, discursos claramente planeados con semanas de anticipación de parte de Jorge y agobiantes suspiros de la muchacha pasados por alto por su compañero. De repente las luces se atenuaron (el padre al lado del interruptor apagó la luz), y la persecución de la batería fue reemplazada por la melodía de un piano. Señores y señoras; el famosísimo lento.

Muda. Mudo. Mudos

Al fin llegó el momento crucial, el momento único, el momento excepcional (el cual más tarde sería estropeada por el mismísimo galán de la novela). Oportunidad perfecta para aproximarse a la pareja, aunque sea un par de centímetros, con la excusa del baile.

Se tomaron de las manos, se acercaron y dieron comienzo a lo que se supone debía de ser algo especial y único (justamente lo que fue…a su manera). El salame no pegaba una, tanta magia, tanta habilidad eran meras consecuencias del deseo.

“¿Habías conocido a alguna vez a alguien tan buen bailarín cómo yo?”- se atrevió a susurrarle al oído.

“Este tipo no puede estar hablando en serio”- pensó Inés para sus adentros.

“Soy Colón; un conquistador nato. El piloteo hace al chamuyador.

Es increíble como pegás con todas Jorge eh, con todas.

No se te escapa una”.

“Mirá como busca mantener distancia. Sabe que si prueba tan solo un poco de este encanto no va poder resistir la tentación.

Mucho sabor para un paladar. La gomina, la colonia que me prestó el Fabi, todo suma”.

“Upa, ¿Acaso veo una lágrima? La verdad macho te merecés todos los premios esta vuelta, eh. Te pastaste, te pasaste”.

“Tranquila, tan solo un minuto más y se acaba la canción.

Respirá hondo Inés, pensá en otras cosas. Pensá en tus papás y en lo orgullosos que deben estar de su hija. 40 segundos más y sos libre. Ah, me arden los ojos. Creo que viene de él ¿Qué se habrá puesto? De haberlo sabido, me hubiera traído una máscara o algo. No, no, es repugnante. Me llora el ojo, me llora el ojo. El nabo debe creer que lloro de alegría.

¡Ah! pero me arde tanto. 20 segundos, tal solo 20. 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, (será posible que siempre el último minuto transcurra en décadas?) 1, 0.75, 0.50, 0.25 y, ¡Cero! Sin pensarlo dos veces el muchacho se lanzó hacia el pie derecho ignorando la longitud de la pollera de su pareja. Su pie, sumido en la inconsciencia, quedó estático sobre la fina seda, contrariado por el movimiento de sus caderas. La música llegó a su fin y ambas almas se desprendieron la una de la otra.

La escena se detiene, y todo comienza a transcurrir lentamente.

La muchedumbre enmudece. A la distancia, se oye la carcajada de un niño, ajeno al cuadro. Nudillos tensos. Injuria al aire. Sanidad al borde de la demencia. Sosiego. Deceso. Incógnita. Enigma. Muda. Mudo. Mudos.

Completamente sumido en la confusión y la sorpresa, Jorge quedó plantado en el lugar. Inés, quién se había alejado (con la rapidez y agilidad de una gacela) hacia sus aposentos, no había notado el pie de su compañero sobre su vestimenta.

Había recorrido tan solo unos metros cuando, repentinamente, sintió la caricia de una leve brisa entre sus rodillas. La pollera yacía deshilachada sobre el piso y lo único que la cubría (más allá del bombachudo) era la enagua.

“Bueno. Calma Jorge, no es algo a lo que estés acostumbrado a hacer… menudo final… -¿Lindas piernas?

¿Galgos?

La había conocido (si conocer se le llama al acoso) mes y medio atrás en el instituto de inglés de su tía, sin papeles (larga historia) Rosita.

“Alejate de mis alumnas Jorge, sobre todo de las hermanas Daneri- solía regañarlo la doña - te quiero a una cuadra del establecimiento. Le tirás los galgos una vez más a Inés y te liquido”.

“Está bien- asentía el joven con la cabeza- no dejaré correr al galgo sino hasta la séptima carrera”.

Y así fue. Cada día, la esperaba exactamente a una cuadra del instituto. Todo lo tenía planeado, absolutamente todo. Conocía todo y cada uno de sus horarios. Se había memorizado cada una de las clases en particular y solía frecuentar la cuadra (donde justamente ella esperaba el colectivo de regreso) unos cinco minutos (diez como máximo) luego de que ella saliera de sus clases con el único fin de encontrarla “casualmente”.

La mirada era fundamental en el juego del amor. “Aprendé lo que es una conexión divina” le repetía una y otra vez a Horacio, leal amigo de la infancia. Cada vez que pasaba Inés, Jorge la miraba fijamente, (seductoramente, solía llamarlo).

—“Diana, mirá cómo me mira ese chico. Caminá más rápido que me asusta”.

Día por día Jorge empleaba sus tácticas de conquistas varias.

Una y otra vez. Día por día Inés aludía las estrategias varias.

Claramente se hacía la difícil, la ocupada, la indiferente. Clásico juego femenino.

Los segundos se hicieron minutos, los minutos horas, las horas se transformaron en días, los días en semanas, las semanas se tornaron meses, los meses, años. Con el correr del tiempo floreció el amor y una noche de enero, sin saber realmente cómo, ambas almas prestaron juramento a un amor eterno.

¿Lo que sigue? Es historia. Viajes a los confines del universo, papelones, papelones y más papelones (por lo menos para Inés) y una historia de amor que pese a las diferencias entre ambos personajes, logró sobrevivir todo tipo de obstáculos.

Conclusión personal

Si hay algo que nunca ató a Inés y Jorge fue la rutina. Impredecibles hasta el extremo, nunca sintieron aquel afán de encadenarse a lo seguro, a lo conocido, a lo estático. Siempre se dieron a la fuga del esquema.

Si bien mis abuelos son dos personas completamente distintas hay un denominador común que, por más ridículo y clásico que pueda llegar a sonar, los une: el amor.

Neruda no pudo haber tenido más razón al afirmar “Yo vengo un poco de ti y tú vienes un poco de mí”.

Cada quien posee una personalidad. Todos buscamos en el otro lo que no encontramos en nosotros mismos. De esa manera nos complementamos. De esa manera nos formamos como personas, en base a las relaciones nos definimos a nosotros mismos y definimos a su vez al resto. El humor divertido de mi abuelo permite que mi abuela saque a la luz su lado más festivo; mientras que la pasividad y la paciencia (de no ser por esta última no hubiera podido convivir todos aquellos años juntos) de Inés ayuda a calmar a Jorge (y a evitar situaciones vergonzosas).

Yo considero que tengo una mezcla de los dos. Tímida y seria como mi abuela; graciosa y espástica (en especial a la hora de mover el esqueleto) como mi abuelo –producto que también veo, por cierto, reflejado en mi mamá. Desde ya sin ofender (P.d. gracias genética, muchas gracias). Pese a todo me enorgullece.

Tan solo espero tarde o temprano encontrar a quien esté dispuesto a aceptarme como soy pero, antes que nada, espero poder algún día yo misma aceptarme. Aceptarme a mi misma para poder abrir las puertas a nuevas sensaciones. Ya encontraré a alguien que saque de mí lo mejor, al igual que Jorge con Inés y viceversa.


Una pareja despareja fue publicado de la página 22 a página24 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

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