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Zé das cobras

Maidana, Javier

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010

Año VII, Vol. 37, Abril 2011, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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Volcó el agua caliente sobre las hojas de coca.

—Probé el mate de coca en La Paz y me encanta. Además, acá no encontré todavía buen café Estábamos en uno de esos bares en la Plaza de Armas de Arequipa, al sur de Perú . La mañana estaba ideal, tibia y seca.

Mientras le ponía miel a la infusión proseguía con el relato.

-La primera vez que escuché hablar de Zé das Cobras fue cerca del año 2000. Solía viajar mucho por el Litoral de San Pablo, usando como base de operaciones la casa de mis amigos Neto y Junior en Ubatuba. El itinerario era casi siempre igual, ómnibus desde Jabacuara a Santos. Desde ahí era todo punto por punto, Guarujá, São Sebastião, Maresias y llegaba justo a la noche a Caraguatatuba, una ciudad balnearia a casi 200 Km.

de San Pablo. Entre tantos viajes tuve la suerte de conocer a Hiram y Silvia, una pareja muy agradable y bondadosa que me hospedaba en su casa-estudio cada vez que pasaba por ahí. Yo vendía piercings a estudios de tatuajes en Brasil y en verano caminaba y rastrillaba los puntos turísticos llevando mercadería y compartiendo tinta, experiencias y recuerdos con mucha gente a quien llevo en mi corazón con aquella añoranza de los años pasados. Tantos son los recuerdos que tengo de esos veranos, historias y mil fotos en mi mente; pero quiero concentrarme en este relato que me sucedió y que roza lo fantástico, así no lo aburro con detalles dispersos.

Paradójicamente, el nombre del estudio de Hiram era Snake Tattoo Studio y ya verá el por qué.

Una noche, mientras tomábamos café y escuchábamos Cazuza en discos de vinilo me hablaron de una persona que parecía salida de un cuento. Decían que era un criador de serpientes, que vivía en una casa en medio del mato. Recuerdo la descripción de la casa, un hexágono de madera, montado sobre una plataforma levantada sobre juncos, con estanques de cemento alrededor, donde albergaban sus víboras. Se entraba a la casa por una rampa de madera y podían verse las fosas desde arriba. Dos historias sobre él me llamaron la atención. Una, es que cierta vez discutía con su mujer mientras limpiaba su arma; parece que se le escapó un tiro, y ella quedó en silla de ruedas por el resto de su vida. La otra, que en una discusión subida de tono, montó en cólera, y tomando a una coral del cuello, clavaba sus colmillos sobre sí mismo, en sus brazos, mientras le gritaba:” ¡¿Querés que muera? ¿Eso querés?!”. Parece que terminó con todo el brazo lastimado y la pobre coral muerta. Dicen que a partir de ese momento quedó inmune a las picaduras de las serpientes. Le decían Zé das Cobras.

Uno o dos años pasaron y me encontraba como tantas otras tardes lluviosas en Ubatuba, o como dicen ahí, Ubachuva.

Venía de visitar a Falcão, un uruguayo que por cierto pintaba unos cuadros más que interesantes y que vivía en Ubatuba desde los ochenta. En la visita me contó que había una muestra de reptiles autóctonos y pensó que podía interesarme.

Como no tenía mucho que hacer caminé un par de cuadras, pagué la entrada y pasé. De toda la muestra, hubo una sola cosa particular que me llamó la atención. Había muchas especies en exhibición, pero una me impresionó mucho, la yararacuçú.

No sé bien qué era; tenía un aspecto muy peligroso, cara de pocos amigos y pinta de ser muy venenosa. Además no era de esas serpientes venenosas pequeñas, medía alrededor de un metro y medio y tenía un grosor del tamaño de una pelota de tenis. Realmente quedé impactado, tal vez les cuento esto mientras estamos sentados aquí y no les causa nada, pero a mí me dio una mezcla de respeto y miedo.

A los quince días de eso llegaba a San Pablo. Recuerdo que estábamos con mi amigo Serginho tomando algo en Vila Madalena, yo acababa de llegar de Brasilia, una de las ciudades más impresionantes que visité, y le contaba detalles acerca del viaje. Sergio acababa de comprar una casa en Camburí; yo siempre pasaba por la puerta del pueblo, pero como no tenía locales para visitar siempre había seguido de largo.

Camburí es un pequeño balneario entre São Sebastiao y Maresias, uno de los pocos lugares que todavía tiene mata atlántica. La noche corría junto con caipirinhas y otras yerbas. De repente me doy cuenta que estaba arriba de un auto camino a Camburí; las estrellas iluminaban la ruta como en un sueño.

Llegamos y dormimos. La idea era quedarse uno o dos días, ya que ambos teníamos compromisos en la ciudad.

Recuerdo que Sergio quería presentarme a una persona que vivía ahí. Me dijo que era muy loco. La verdad, si algo resulta fácil en Brasil es conocer gente loca, por eso no le presté mucha atención. La casa de Sergio quedaba al final de un camino, donde comenzaba la mata. Para llegar había que cruzar un río bajo, pero río al fin. En algún momento fuimos al pueblo a comprar comida. Como buen tomador de café, siempre tengo mi paquetito de Pilão prensado, un café muy fuerte que viene cerrado al vacío y compactado del tamaño de un ladrillo.

Desde el año 95 que lo probé siempre que viajo o viaja algún amigo a Brasil procuro traer o que me lo traigan. La cuestión es que Sergio no tenía café en la casa y fue entonces que compré un paquete pequeño y lo guardé en el bolsillo del costado de mi bermuda.

Justo a la salida del almacén nos topamos con un hombre de rasgos muy recordables: venía vestido con un pantalón corto y unas botas de lluvia blancas teñidas del rojo de la tierra. Era un tipo flaco y fibroso, de esos que parece que tienen más músculos de lo normal. Tenía el pelo lacio y unos ojos entre azules y grises que daban idea de que no era un tipo joven, pero que a la vez tenía un estado físico mejor que cualquier deportista.

—Javier, te presento a Zé.

Al estrecharle la mano me di cuenta de que tenía más fuerza de la que imaginaba. Me saludó con una voz grave y cordial.

Tenía los modos de un tipo de campo. Nos invitó a pasar por su casa y accedimos. Llegamos a una entrada apartada del pueblo. Estacionamos, y me encontré subiendo por una rampa de madera sobre unos juncos. La noche era cerrada y oscura, pero pude percibir unas fosas gracias a la iluminación que provenía de la casa. De repente, estoy en una sala hexagonal, toda de madera. Cada lado daba o a un baño o a alguna habitación. Las vigas del techo hacían un círculo. Sentía que ya había vivido eso, que conocía el lugar. Y al ver un cartel de chapa en el piso que decía Serpentário Treis Irmaos me fui dando cuenta que estaba frente al mismo Zé das Cobras. En un segundo recordé todo lo que me habían contado en Caraguá.

Lo que parecía un mito o una historia agrandada era pura realidad. Quedé un poco desorientado y no podía participar de la charla.

Sí recuerdo que había un hombre mayor sentado en un rincón.

Estaba comiendo muy lentamente y tenía puesto un traje más viejo que él y un sombrero tipo tanguero. Sergio le preguntó si era algún pariente y Zé le respondió que lo había encontrado en la calle y le dio asilo en la casa. El hombre seguía comiendo lentamente, como si nada pasara. Recordé la anécdota de la mujer de Zé y pensé que en cualquier momento aparecía, pero nunca la vi.

En eso Zé comenta, “hoy vino una chica paulista a decirme que tenía una víbora venenosa de más de dos metros. Típico de chica de ciudad estaba seguro que era una culebra de 60 centímetros, pero no. Tenía razón. ¡Miren qué ejemplar!” Tomó una valija que estaba apoyada en una silla y la abrió. En ese momento se me heló la sangre y se me paró el corazón.

Una serpiente negra y muy grande salió desesperada de la valija y Zé la atrapó con la mano.

—Miren, es una yararacuçú. Nunca vi una tan grande— dijo mientras le acariciaba la cabeza.

Claro, la que había visto en la muestra era un animal que estaba en cautiverio hacía un tiempo. Toda limpia, quietita, de otro tamaño inclusive. Esta era salvaje, agreste, de un negro mate y sucio. A toda costa quería zafar y se movía a una velocidad que impresionaba. La soltó y juro que le daba besos y palmaditas en la cara.

—No sé si es ella o soy yo, pero nos llevamos súper bien.

Yo sabía que no hay que demostrar nervios ni miedo frente a un animal, menos frente a una serpiente, que tienen una sensibilidad mayor. Pero se retorcía de tal manera para escapar, parecía un resorte que iba a explotar y yo hacía un cálculo simple, con ese largo y esa fuerza, si salta me alcanza. Estaba parado a unos cuatro metros, pero sabía que me alcanzaría.

Zé la soltó y se abalanzó hacia donde estábamos. La pisó con la ojota en la cola y la frenó. Vio mi cara y se rió, —¡Gringo tiene miedo!— y seguía riéndose.

De repente, la yarará se zafa del pie y tal como hice los cálculos de un salto me alcanzó. Fue directo a mi pierna y me mordió el muslo. Por un microsegundo hice una repaso de toda mi vida, me acordé de mi madre y mis hermanas y ya pensaba que me iba a encontrar con mi viejo en algún lado. Zé fue tan rápido como ella y la tomó del cuello nuevamente. En segundos la dominó y terminó guardándola en una canasta de mimbre. El hombre seguía comiendo como en el momento que entramos a la casa. La cara de Sergio estaba desdibujada.

Yo no entendía nada, pero no sentía ningún dolor. Ya pensaba que el veneno era tan fuerte que me había dormido hasta la propia herida. Todos nos quedamos mirándonos, y cuando me toqué el lugar de la herida me pasó lo más inesperado de todo, la serpiente había mordido el paquete de café, nunca me tocó, solo sentí el impacto del golpe. Obviamente que a todo esto, el asilado no paró de comer ni demostró ningún tipo de expresión.

Zé me pidió disculpas y para calmarme me dio un vaso de cachaca casera. No sé qué era más fuerte, si el veneno o eso.

Después de un rato nos fuimos Sergio y yo, los dos impactados por lo que había pasado. Nunca más hablamos de eso, no sé por qué. La noche seguía oscura y opaca. Se escuchaban las olas de fondo. Sentía que tenía que contarles a Hiram y Silvia esta historia.

—¿Y qué fue de la vida de Zé? —Murió como una serpiente. Parece que un día se peleó con un tipo en un boteco y recibió diecisiete golpes en la cabeza con un pico de obra. Murió tomando la mano de su hijo. Me contó Sergio que dos días antes lo había tatuado y que en el entierro, el tatuaje ya estaba cicatrizado.

Ahora si me disculpa, tengo unos asuntos que resolver en la Plaza de San Francisco. Que tenga usted un muy buen viaje.

Si va a pasar por Cusco, pase por el Mai Tai y pregunte por Daniel. Mándele mis saludos y dígale que le sirva del pisco bueno que tiene guardado debajo de la barra y no el de las botellas que tiene a la vista.

Me estrechó la mano, tomó un libro de Jorge Amado que traía consigo y se alejó entre las calles blancas de Arequipa.

Al día de hoy no volví a verlo.


Zé das cobras fue publicado de la página 24 a página25 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

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