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Mi bisabuelo Andrés

Minetto, Delfina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010

Año VII, Vol. 37, Abril 2011, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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Es increíble lo mucho que odio las reuniones familiares.

Es el momento en el cual mi casa, que acostumbra ser un lugar intimo y tranquilo, se transforma en un estadio, en el que todos gritan, discuten y sacan a relucir esos hábitos poco condescendientes que ocultan puertas afuera. La verdad, mi familia no es muy numerosa, pero como dice el dicho “somos pocos y nos conocemos mucho”, y cuando digo mucho, es de verdad mucho. Podría decir, sin contar, cuantos cigarrillos consume mi papá en un hora, o en cuantos mordiscos acaba mi tío con ese choripán, en fin, cada uno de los personajes de mi mesa son predecibles, todas son esencias conocidas para mí, todas, excepto una.

Mi bisabuelo Andrés, siempre pareció sacado de contexto, como quien vivió en una época ajena al humo de la ciudad y las grandes reuniones. Acostumbra moverse en cámara lenta, llegando así, siempre en el último lugar, y cuando llega, se acomoda sin decir más que las palabras necesarias. Sin desperdiciar esfuerzo, sin mirar a su alrededor, como si todos los demás fuéramos parte del decorado de la casa.

Nunca mantuve mucha relación con él, pero siempre me intrigó saber porqué se comportaba tan diferente a nosotros, porqué no contaba anécdotas después del almuerzo ni hablaba sin cesar, como sus hijos. Siempre lo vi como un misterio.

Sólo una cosa podía predecir en mi abuelo: cuando daba su último bocado se paraba, y en silencio se iba a la galería. Allí, una silla vieja y descascarada se transformaba en su trono.

Aquel día, mi familia respetaba el prototipo González más que de costumbre, y yo, que poco me acomodaba en ese apellido, decidí seguir a Andrés. Me senté junto a él y respeté su silencio, porque sin duda el sentimiento más fuerte que me despertaba tenía que ver con eso: el respeto. Al cabo de algunos minutos giró hacia mí y me dijo: —Qué extraño que no estés adentro con los demás.

—¿Por qué habría de estar adentro, cuando es bien sabido que detesto estas reuniones? —Tenés razón —respondió y sonrió—, con verte la cara alcanza.

Giró la cabeza y siguió mirando a la nada. Entonces intrigada pregunté: —Tata… —Sí, princesa, ¿qué pasa? —¿Podrías contarme alguna anécdota, alguna historia de cuando eras joven, o algo que me ayude a… —A decir verdad —me interrumpió—, no me gusta hablar mucho de mi pasado. Son pocas las cosas que recuerdo con felicidad.

—¡Vamos, Tata! Me di cuenta de que ya casi ni hablás cuando estás frente a nosotros, has cambiado desde la muerte de… —Ah… Luisa —volvió a interrumpirme—, si algo recuerdo bien es el momento en que la conocí. ¿Alguna vez te he contado como nos conocimos? —No, Tata, nunca me contaste nada.

—Esta bien, no recuerdo muy bien el año, pero en fin, empecemos.

Me acomodé cerca de él, ya que hablaba con una voz baja, casi como un susurro.

—Fue cuando la vi que supe que mi vida cambiaría sin retorno.

Parecería increíble, y hasta un poco siniestro haberme enamorado de una niña. Sí, una niña.

»Todo comenzó un día de abril, de esos en los que la brisa de verano suelta sus últimos suspiros, y las primeras hojas color café empiezan a caer. Yo comenzaba con mi rutina, a la que quisiera o no, ya me había resignado.

»Como todos los martes, recorría un largo trayecto que desembocaba en una avenida, en la cual podía encontrarse todo lo necesario para vivir. Miles de personas acudían cada día buscando alimentos, empleos o cualquier otro recurso para hacer de sus vidas algo más llevadero. Si mal no recuerdo, aquellos viajes eran de esos que poco se pueden disfrutar: largas horas sobre un tren y luego, al bajar, debía caminar varios kilómetros hasta llegar a destino. Como cada día, nada pretendía de mi viaje. No imaginaba siquiera lo que me deparaba aquel día.

»Había bajado del tren en la última estación. Como aún faltaban algunos kilómetros para llegar a la ciudad, comencé a caminar con paso firme. Había dado unos pocos pasos cuando me vi rodeado de una multitud. El tren había traído un grupo de niños huérfanos, que de seguro se hospedarían en el convento de la ciudad.

»Trataba de alejarme del tumulto cuando me topé con una niña, que no contaba con más de diez años. La observé: su cabello enrulado destellaba con el sol, sus ojos negros, mezcla de candor y tristeza, miraba a todos a su alrededor con una seguridad que me llamó la atención, y aunque su cuerpo se veía desgarbado y sus ropas harapientas, su presencia era la de toda una mujer. ¿Podía yo, un joven adulto, encontrarme tan impactado por una niña? —Disculpa —me dijo—, pero estoy algo desorientada. ¿Podrías indicarme por dónde se fueron los niños que van al convento? »Miré hacia mi alrededor y noté que los niños habían desaparecido, supuse que habían tomado el camino hacia la residencia.

Entonces, aún algo perplejo contesté: —Al parecer, se han ido ya, pero si querés puedo llevarte hasta el convento. Recorro este camino todos los días, y debo pasar por allí para llegar a la capital.

»Miró hacia un lado, luego hacia el otro como quien busca ganar tiempo para pensar. Después me miró fijo, esbozó una sonrisa, asintió con la cabeza y me tomó de la mano.

»Así, sin decir más, caminamos por el sendero, y entre charlas y risas nos conocimos un poco. Al llegar a la puerta del convento, soltó mi mano, acarició mi mejilla y dijo: —Podés visitarme en el convento cuando quieras, hay muchos juegos que quiero mostrarte, te espero.

»Sin dejar de sonreír, se internó en aquella casona y yo sin salir de mi asombro por aquel encuentro, me quedé intentando retener lo poco que quedaba de su perfume en el aire.

»Pasaron algunos días y no podía parar de pensar en ella.

Todo su ser me había cautivado, la sabía apenas una niña pero veía en ella algo de madurez, miles de vivencias que tal vez la habían puesto en este presente, pero no la habían hecho olvidar las cosas hermosas de la vida. Me tenía hechizado, así que ese mismo fin de semana decidí ir a visitarla.

»Tomé el tren y caminé los kilómetros que me separaban de aquella puerta, la misma que había sido testigo de aquellas palabras de la niña. De aquella invitación. Me acerqué dispuesto a no aceptar nada que se interpusiera en mi camino, cuando de repente una voz interrumpió mis pensamientos:

—Disculpe joven, ¿que está buscando por aquí? —¡Madre! —contesté aliviado al verla—. Busco a una niña, una niña que se aloja aquí.

—Muchas niñas se alojan en este convento joven, pero ninguna puede recibir visitas. Se le prohíbe la entrada a personas que no sean familiares.

—Pero yo necesito verla.

—Lamento mucho eso, pero sepa que este convento aloja niñas de entre seis y doce años, ¿es usted familiar? —No, no soy familiar —titubeé—. A decir verdad... Le parecerá extraño, pero...

»La madre superiora, como si yo no estuviera ahí, sacó una gran llave, cerró la puerta y se fue.

—¡Se lo ruego madre, debo verla! »La monja se detuvo y negando con la cabeza me dijo con tono sombrío: —Si usted no puede comprobar que es familiar, no puede ver a ninguna niña, señor.

»Resignado vi cómo se alejaba la monja, y con ella las esperanzas de ver a aquella niña.

»Volví a mi casa repitiendo las palabras en mi mente, las palabras de la niña. Debía encontrar una manera de entrar allí, debía verla de nuevo y cerciorarme de que aquello que latía en mi pecho no se trataba tan sólo de algo pasajero.

»Con el correr de los días, no podía pensar en otra cosa. No comía, no dormía, no quería hablar con nadie, no hacía más que dedicar mi tiempo a pensar en qué hacer para verla de nuevo.

»Las semanas transcurrían y la idea de que tal vez esa niña continuaba esperando mi llegada, me producía desesperación.

Casi podía verla, atenta al sonido de las puertas, a las voces nuevas, no podía dejar de sentir que le había fallado, que de una manera u otra, me había dado por vencido.

»Mis amigos me comentaban que mi aspecto los preocupaba, tanto como a mi familia. Yo sentía que no podía confiar a nadie lo que me pasaba. Después de todo: ¿Podría alguien comprender mi obsesión por una niña? Y lo más importante: sin juzgarme, sin llamarme loco, o peor aun sin pedirme que me olvidara de esa niña.

»Una mañana soleada decidí descansar y sentarme bajo el árbol más viejo de mi jardín. Bajo él había pasado mi niñez, y como bien sabían todos, lo apreciaba. Él, funcionaba para mí como el lugar perfecto para enfriar mi cabeza y tomar las decisiones correctas. Mi madre que no ignoraba esto, extrañada al verme allí, interrumpió mis pensamientos. Sin decir mucho me dio un fuerte abrazo apretándome la cabeza contra su pecho.

Los dos sabíamos que había pasado ya mucho tiempo desde aquel viaje a la ciudad que me había transformado en esa suerte de espectro, y que las esperanzas de a poco parecían escaparse. Luego de unos instantes se apartó, y mirándome a los ojos me dijo: —Hijo, todos transitamos diversos caminos durante nuestras vidas y al parecer estás a punto de hacer un cambio en el tuyo. No importa cual elijas, o cuanto tardes en recorrerlo, si es el indicado, la persona que buscas te estará esperando en el final.

»Pasé la noche en vela susurrando las palabras de mi madre, analizando cada letra. Sabía que me conocía como nadie, y que sin haber escuchado de mí una sola palabra sobre lo que me entristecía, asumía que todo tenía que ver con una mujer.

»Ahí, en la oscuridad de mi cuarto, no hacia más que tratar de descifrar si realmente quería volver a verla, si realmente podría esperarla, si realmente valía la pena mi angustia, mi desvelo. En verdad no sabía si ella me esperaría al final de mi camino, pero ya no me importaba.

»A la mañana siguiente hice una reunión en mi casa. Invité a mis amigos más cercanos y sin vueltas les conté mi situación, mis sentimientos, me sentía ahogado, requería su ayuda, no podría hacerlo solo. Supe que mi revelación los había golpeado, pero ninguno me juzgó, ninguno me cuestionó ni desaprobó: todos se dispusieron a ayudarme a llevar a cabo la locura de entrar al convento como un ladrón.

»Diagramamos la operación, buscamos todo lo necesario y acordamos salir a la mañana siguiente.

»Amanecí con el sol, armé mi equipaje, con todo lo necesario, sogas, ganchos, guantes, y mi ropa más cómoda. Me miré en el espejo de mi cuarto, ya no me veía como antes: me veía dispuesto, seguro, preparado para afrontar lo que fuera.

»El plan perfecto: entraría al convento trepando por el ala derecha, mientras mis amigos harían guardia.

»Uno de mis amigos llamaría a la puerta. Cuando fuera atendido, yo saltaría.

»Sabíamos que a esa hora las niñas paseaban en el jardín, así que tenía sólo un momento para buscarla y hablarle, sólo un momento para decirle lo que sentía.

»Fue un instante, un salto, y de repente la tenía frente a mí, la había encontrado, había hecho lo imposible por ella, y después de tanto esperar y planearlo, vivía lo que había imaginado tantas veces.

»Casi me estalla el corazón cuando noté que me reconocía tan pronto como había salido de entre los arbustos.

»Corrió hacia mí y me susurró al oído con una voz dulce, que transmitía alivio: —Por fin viniste a buscarme.

»Nos unimos en un abrazo que se me ocurrió interminable y cuando pude al fin soltarla, le dije: —Vení conmigo —tomé aire y continúe—, tal vez te parezca extraño, pero con el tiempo, cuando seamos adultos, te vas a enamorar de mí, seremos felices y nunca te voy a abandonar.

»Jamás sabré todo lo que pasó por la cabeza de Luisa en ese momento, y aunque se lo he preguntado miles de veces, ella jamás quiso contármelo.

»Aquel día fue decisivo, único, lo que marcó mi vida, y la de ella, mi hermosa niña, para siempre.

Mi abuelo Andrés, Tata, se recostó en la silla, como si relatar aquella historia le hubiese demandado un gran esfuerzo.

Me miró. Jamás olvidaré la manera en que narraba la historia, como parecía revivir con cada palabra aquellos hechos que habían marcado, sin duda, su vida. Oírlo hablar así aquella tarde, mostrándose tan transparente, fue único.

Siempre odié las reuniones familiares. Pero sin duda aquella fue una para recordar.


Mi bisabuelo Andrés fue publicado de la página 26 a página27 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

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