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Un milagro en mi familia

De Oliva Maya, Analía

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Segundo Cuatrimestre 2010

Año VII, Vol. 37, Abril 2011, Buenos Aires, Argentina | 116 páginas

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Introducción:

Todo comenzó el 19 de Junio de 1998. Era un viernes, el mismo día en el que salimos de vacaciones de invierno. Esa misma noche nos íbamos de viaje como todas las demás vacaciones a Beni, otro departamento de Bolivia. Viajábamos mi mamá y mis tres hermanos: Martín, que en ese entonces tenía 12 años, Juan Claudio, 6 años, Matías 1 año y medio y yo, que en ese momento tenía 6 años. Con nosotros, también venía una empleada, que trabaja en la familia desde que mi hermano mayor nació, y el chófer que era el que nos iba a llevar hasta la Estancia. En este viaje mi papá no pudo acompañarnos.

Este era un viaje que lo hacíamos todos los años, ir a la Estancia siempre fue parte de las vacaciones. A veces, íbamos en auto, otras veces en avión. Esta vez tocó que nos fuéramos en auto. Era un camino que habíamos hecho muchas veces.

La única diferencia era que en vez de partir a la madrugada, íbamos a salir al atardecer ya que siempre le habían comentado a mi mamá que los viajes de noche eran mucho mejor. Ya que no había tanto polvo y que en los precipicios, a la distancia, se podían observar las luces de los camiones de alto tonelaje.

El camino que une las cumbres andinas con el trópico del norte de La Paz y el Departamento del Beni es una carretera muy peligrosa. Está labrada en la roca, es estrecha y desigual, con cientos de recodos y curvas cerradas, que bordean el precipicio y, muy abajo, se observa una corriente de agua hacia la cuenca amazónica. Muchos la llaman la carretera de la muerte y la consideran una de las más peligrosas del mundo.

Desarrollo

El viaje comenzó alrededor de las 5 de la tarde. Nos despedimos de mi papá y seguimos hasta la tranca donde mi mamá nos compró galletas y refrescos para todos. De ahí, seguimos hasta Caranavi, sin ningún tipo de problemas. Llegamos a las 11 de la noche, allí comimos en un restaurante. En ese momento fue cuando mi mamá dijo que nos quedemos a dormir y salgamos temprano al día siguiente pero el chófer Aldo dijo que sería bueno continuar, ya que él no estaba cansado y que en el camino todos nosotros podíamos descansar.

Ella nos preguntó que queríamos hacer y todos aceptamos que continuar era lo mejor. Yo me hice una cama en la parte de atrás de la vagoneta encima de todas las maletas que llevábamos, junto a Juan Claudio. Atrás del chófer se ubicó Martín, pegado a la ventanilla izquierda y Trinidad, la empleada, en la ventanilla derecha de atrás. Mi mamá estaba adelante, en el asiento del copiloto con Matías en sus faldas. Todos tenían el cinturón de seguridad puesto, menos Juan Claudio y yo ya que íbamos echados en la parte de atrás.

Me acuerdo pelear un momento con mi hermano por quién se quedaba con cuál colcha y después me quedé totalmente dormida, de ahí solo me acuerdo algunos golpes y oscuridad.

No puedo estar segura cuánto tiempo pasó hasta el momento en que me levanté. Me acuerdo levantarme y no poder ver nada alrededor mío. La oscuridad era infinita, me acuerdo que había un silencio muy grande; lo único que se escuchaba eran los árboles. No entendía qué pasaba y el único sentimiento que tenía era de miedo. Empecé a llorar y a gritar los nombres de todos, pero nadie me respondía. Llamaba a mi mamá y recuerdo un sentimiento de desesperación por no escuchar ninguna respuesta. No podía ni moverme porque al intentar pararme, me resbalé y sentí que me iba hacia abajo así que decidí no moverme. Tenía todo el cuerpo golpeado y muchas heridas pero en ese momento no me importaba nada. Seguí gritando hasta que Juan Claudio me respondió. Estaba llorando y me decía que no podía moverse ya que el precipicio debajo nuestro era muy profundo y no podía mover una de sus piernas. Me dijo que escuchaba mi voz muy cerca a la de él y que baje poco a poco, que él me iba a agarrar, le hice caso y un momento después estábamos juntos. Nos pusimos a llorar y a gritar los nombres de todos, la oscuridad no se iba.

Los primeros en responder fueron Aldo y Trinidad. Aldo dijo que estaba bien que estaba consciente pero que el dolor que sentía en la barriga era muy fuerte, que tenía muchas heridas, que sangraba mucho y no podía moverse. Trinidad dijo que estaba bien que solo tenía dolor en una rodilla. No escuchábamos nada de Martín y después de unos minutos escuchamos a mi mamá que gritaba nuestros nombres. Juan Claudio le respondió que estábamos todos bien pero que Martín no respondía y le preguntó por Matías. Ella nos dijo que lo tenía en sus brazos pero que ella no se podía mover, después nos empezó a preguntar cosas que no tenían sentido y me asusté mucho. Mi hermano me explicó que ella había perdido el conocimiento y que podía ser a causa del dolor. Por fin, escuchamos la voz de Martín el cual se escuchaba muy lejos y nos dijo que estaba colgando de un árbol. Gritaba por ayuda y lloraba de dolor. Juan Claudio y yo gritábamos por ayuda pero no escuchábamos nada ni a nadie.

Pasó un tiempo. No estoy segura si fueron minutos o media hora, y escuchamos la voz de mi mamá nuevamente. Nos dijo que había un hombre que iba a ayudarnos. Que junto a ella había aparecido el botiquín que ella siempre lleva en su cartera y que le estaba dando a este señor unas pastillas para el dolor; que las tomemos y que tengamos paciencia que él iba a traer ayuda. Poco a poco la oscuridad se estaba yendo, en esto apareció un señor. Era de piel oscura y pelo blanco.

Se acercó y nos dio las pastillas que nos mandó mi mamá.

Nos trajo unas colchas que quedaron cerca nuestro del accidente, colchas que llevábamos con nosotros en la parte de atrás de la vagoneta. Nos dijo que no tengamos miedo, que habían unas casas a unos cuantos kilómetros del lugar del accidente, que la gente que vivía ahí había escuchado el auto caer y que cuando salga el sol ellos vendrían a ayudarnos y traerían ayuda. Recuerdo que yo y mi hermano de alguna manera le creímos, sentí que todo iba a estar bien, el miedo se fue por un momento. Nos dijo que se tenía que ir porque Martín estaba colgando de un árbol y tenía que ir a ayudarlo pero que tengamos paciencia y que agradezcamos porque todos estábamos vivos.

Ya era de día cuando el hombre que nos ayudó vino y nos dijo que ya estaban en camino las personas que nos iban a ayudar. Estos hombres llegaron. Eran indígenas, gente muy humilde. Poco a poco fueron trayendo a todos al borde del precipicio. Los camioneros de origen aimará, generalmente quienes realizan estos viajes interdepartamentales, veían esto y ninguno se dignaba a parar y ofrecer ayuda, lo único que preguntaban era que si querían podían llamar a alguien para que nos ayuden. Me acuerdo ver a mi mamá llorar pidiendo que nos lleven al pueblo más cercano porque necesitábamos ayuda pero ellos decían que no podían transportar gente herida porque se podía morir en su vehículo y eso era de mala suerte para su trabajo. Pero que si querían podían recibir un número de teléfono y avisar a alguien al llegar al siguiente pueblo. En esa época, la telefonía de celulares en Bolivia solo estaba en las ciudades.

Nos sacaron a todos menos a Martín y Aldo ya que nosotros estábamos entre los 150 y 200 metros de profundidad del precipicio pero ellos estaban como a 300. Necesitaban más ayuda para sacarlos a ellos, en eso paró un bus donde todos los pasajeros ayudaron a sacarlos. Martín y Aldo gritaban de dolor cada metro que avanzaban al sacarlos. En eso el chofer del bus dijo que él se iba a ir sin o con sus pasajeros, que no iba a esperar más y que no iba a llevar a ninguna persona del accidente. En eso, una mujer se le acercó a mi mamá y le dijo que no se explicaba cómo pero que tenía señal en el celular aunque eso era imposible. Mi mamá le dio el número de celular de mi papá al que llamó, pero después de un rato se cortó.

La mujer se subió al bus y le dijo a mi mamá que ella se iba a comunicar para traer ayuda.

El accidente fue alrededor de las 2.30 de la madrugada, la ambulancia que nos llevó al Hospital de Caranavi –el pueblo más cercano– llegó a las 12 de la tarde, una ambulancia sin amortiguadores.

Antes de subir a la ambulancia mi mamá buscó al hombre de piel oscura y pelo blanco para agradecerle todo lo que hizo por nosotros. Las personas del lugar dijeron que ahí no había nadie que responda a esa descripción, que tal vez había empezado a alucinar por el dolor. Ella no quiso entrar en una discusión en ese momento y pensó en volver a buscarlo luego.

A los pocos minutos que llegamos al hospital llegó mi papá con doctores y mi abuelo. Bolivia es un país muy pobre y los hospitales que se encuentran en los pueblos no tienen los recursos para atender pacientes que están heridos gravemente.

Mi papá, al saber esto, llevó algunos doctores pero estos le dijeron que era urgente que vea la manera de trasladar a todos a la ciudad de La Paz, lo más rápido posible ya que se necesitaba operar de urgencia a Martín y Aldo, y que a todos se les iba a tener que sacar una tomografía. Posteriormente, también mi mamá entró a la lista de quienes se tenía que operar de manera urgente. Mi papá tuvo que alquilar la ambulancia para el traslado de los mas heridos. Llegamos a La Paz después de horas de viaje. En la clínica nos estaban esperando todos nuestros familiares junto a los doctores, anestesiólogos y quirófanos, listos para operar.

Juan Claudio tenía golpes en todo el cuerpo y la rodilla muy hinchada. Martín tenía el peroné y la tibia expuesta, había sufrido doble fractura por haber quedado colgando de un árbol, enganchado de la pierna. Aldo, quien estaba con derrame interno en el estómago, muchas heridas en el cuerpo y una parte del cuero cabelludo levantado. Mi mamá tenía algunas costillas rotas y la clavícula fracturada. Trinidad tenía la rodilla rota y yo solo tuve golpes y heridas, no muy graves. Aunque todos estaban muy lastimados y algunos necesitaban operaciones de emergencia, todos agradecíamos por estar vivos.

La carretera donde ocurrió el accidente es un lugar donde anualmente existen muchos accidentes y son muy pocas las personas que sobreviven.

Después de un mes del accidente, todos estábamos en recuperación mental y física. Mi mamá no pudo dejar de pensar en el señor que nos había ayudado y cuánto quería agradecerle.

Mi papá volvió a esa pequeña comunidad de la gente que nos había ayudado. Se trataba de cuatro casas de una sola familia humilde. Cuando mi papá fue y le agradeció preguntó por el hombre negro con cabello blanco y le dijeron que no conocían a nadie con esas descripciones. Que el último hombre negro que vivía por esa zona vivía a 10 kilómetros en la siguiente comunidad y que había muerto hacía años. Un año después mis papás nos hicieron volver por el mismo camino, una manera de perder el miedo y dejar ir lo que había pasado, decían ellos. Cuando fuimos volvimos a parar y a preguntar por este hombre que nos había ayudado y brindado tanta tranquilidad y de nuevo nos dijeron que no había nadie con esa descripción.

Hasta el día de hoy no hemos sabido nada de ese señor negro y pelo blanco, solo sabemos que fue alguien lleno de amor que nos ayudó y nos trajo un milagro a mi familia y a mí.


Un milagro en mi familia fue publicado de la página 27 a página29 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº37

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