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Nuevos espacios para la representación artística

Mazza, Deborah

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº21

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº21

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la imagen. Edición IV. Trabajos de estudiantes de la Facultad de Diseño y Comunicación

Año V, Vol. 21, Mayo 2009, Buenos Aires, Argentina | 157 páginas

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Del arte del museo al arte de la tierra

A fines de 1950 y principios de 1960, surge un fuerte sentimiento de ruptura dentro del ambiente del arte, que extiende lo propuesto por las vanguardias artísticas al comienzo del siglo. Se presenta el nacimiento de las neo-vanguardias, las cuales, distanciándose de lo establecido por los límites del arte, buscan una nueva forma de manifestación artística.

Algunas de estas nuevas vanguardias comienzan a relacionar el arte con la vida, logrando un cambio en el contexto y la materialidad de la obra, como así también modificando la relación artista-espectador. A su vez, empieza una transformación en la noción de espacialidad, donde la obra parece librarse de su formalidad e ir en búsqueda de una relación con el ambiente, fuera del ámbito urbano. De esta manera surge, a finales de la década del 60, el land art o arte de la tierra.

Este, en su rechazo a las ideas preconcebidas, encuentra en ambientes naturales lugares potenciales para la representación de un nuevo arte, mostrado previamente en galerías y museos. De esta manera se traslada lo que antes era una experiencia privada a una tentativa exterior.

El land art, en su crítica a un objeto estático, inalterable y acabado como obra de arte, es vinculado con otra manifestación artística denominada arte povera o arte pobre. Ambos se diferencian en la estética alcanzada, ya que el arte povera busca el empleo de materiales pobres y no industriales para su discurso, generando una estética de desperdicios. En cambio, el land art busca en los ambientes naturales nuevos soportes para la expresión artística y conduce a los elementos utilizados en sus obras a dimensiones comparables a la naturaleza.

Como rasgo vanguardista, el land art halla en los ambientes naturales el quiebre necesario para despegarse de lo tradicional.

Fuera de la noción de obra de arte dispuesta dentro de un marco por detrás de un vidrio y dispuesto sobre la pared de un museo o galería, en perfecto orden e inalterabilidad, el land art sorprende al espectador al realizar la obra de arte en lugares comunes y transitables por el público en general.

De esta forma, propone un mayor dinamismo en la relación entre el espectador y la obra en comparación a las antiguas exposiciones donde el arte no podía ser tocado.

Dentro de esta perspectiva, logra dar un nuevo significado a lo natural y lo cotidiano, manteniendo una línea que relaciona la obra con el ambiente, y a este último con el espectador, movilizándolo y fomentando esta necesidad de unión del hombre con la naturaleza, del arte con la vida. El land art, desarrollado a fines de los 60 y principios de los 70, se ubica dentro de una época caracterizada por numerosos estilos, ideologías y corrientes que cambiaron los conceptos manejados hasta ese momento. De manera que interviene buscando una mirada más pacífica y alejada de la urbanización por sobre la vorágine que caracterizaba a la sociedad en esos tiempos. Sin embargo, dicha intervención nunca es agresiva en orden ecológico, con el fin de no provocar daños ambientales. Una vez culminada la obra, no queda huella o rastro de la misma. Se trata solamente de una transformación visual por parte del artista en un punto específico del paisaje, como es el caso de las obras de Christo y Jeanne-Claude y Nicolás García Uriburu, artistas que tomaré como representantes del movimiento a escala internacional y nacional a lo largo de mi ensayo. Estos artistas comienzan a relacionarse con distintas implicancias sociales en contra de la polución, el consumismo, la tecnología, la industria y, por sobre todo, el sentido mercantilista que el arte adquiere en los últimos tiempos.

Nicolás García Uriburu es un artista argentino, quien a través de su obra, que inicia en 1968, realiza una denuncia sobre los antagonismos presentes entre la naturaleza y la civilización.

Mediante la utilización del color verde como símbolo de lo natural, con el que colorea las aguas de los ríos y mares, Uriburu realiza intervenciones a gran escala dirigiéndose al hombre común en un intento por transformarlo. Implicado en labores sociales, realiza una defensa del medio ambiente y de la contaminación de sus aguas, utilizándolas como factor de unión entre las personas y entre los países.

Por otro lado, Christo y Jeanne-Claude, un matrimonio que trabaja en conjunto desde 1961, también realizan obras a gran escala, ya que utilizan la totalidad del emplazamiento elegido para la realización de las mismas. Usando materiales como telas, cables de acero y sogas de manila, combinan elementos de pintura, escultura y arquitectura, ya sea en ambientes naturales como urbanos, y se dedican a realzar el valor de los lugares elegidos, fuera de la cotidianeidad con la que son tomados por el público en general.

Ambos artistas buscan despertar la importancia de la naturaleza; destacan su belleza, y se convierten en inventores de nuevas perspectivas, intentando despertar la responsabilidad del ser humano para con el ambiente.

El ambiente natural como obra de arte

En las obras del land art, tanto la construcción como la obra misma cobran igual importancia. La espontaneidad y lo inmediato juegan el papel principal, la obra pasa a cumplir un ciclo de vida: nace y muere. Es aquí donde esta clase de manifestación artística encuentra su mayor problemática y contradicción: lo efímero de su existencia.

Las obras del land art son registradas mediante videos, fotografías y films. Estos soportes son los que permiten la permanencia de las obras luego de su realización y culminación. Es el único medio existente para que todos aquellos espectadores que no hayan podido acceder a las obras encuentren una manera de llegar a ellas; sino serían recordadas solamente por aquellos que vivieron la experiencia.

Puede entonces que la obra se desvirtúe ya que deja de estar en el lugar físico en el que se planeó para pasar a figurar en una documentación, que dista mucho de mantener las características reales y, por sobre todo, las dimensiones que hacen a las obras del land art tan particulares: el hecho de que se encuentren realizadas a escala natural, en una medida comparable a la magnitud de la naturaleza. Es decir que por un lado, fomentan la unión con lo puro y natural, y por el otro, producen un cambio de contexto y culturizan la obra a través de la fotografía (Marchán Fiz, 1990).

A su vez, en un intento de alejarse de las galerías y los museos, estos espacios, preconcebidos como únicos medios para la exposición de obras artísticas, participan de las experiencias del land art mediante las muestras fotográficas y los dibujos de los artistas. Esto constituye una contradicción dentro de las propias críticas del land art hacia la forma tradicional de mostrar las obras de arte. Los paisajes pintados eran encerrados y presentados en un marco con forma rectangular de acuerdo a una concepción occidental de exponer las obras. El land art vuelve a este mismo formato mediante las fotografías, las únicas documentaciones posibles para su registro y difusión.

Por la poca duración de las obras, resulta imperioso el registro de las mismas mediante estos medios, ya que por ejemplo obras como Wrapped Coast (1968-1969) de Christo, en Australia, luego de tres meses de realización, mantuvo una permanencia de diez semanas, o Running Fence (1972-1976) en California, para la cual Christo tuvo que citarse con varias autoridades gubernamentales en busca de autorización para realizar la obra. La misma debía tomar ciertas precauciones por la modificación del ambiente y el cuidado del mismo, o de otro modo, no podía ser realizada. Luego de tanto tiempo de preparación, tuvo que destituirse catorce días después de su aplicación. Esta limitada cantidad de tiempo de permanencia de las obras hace pensar en la poca cantidad de espectadores que han podido acceder a ellas, y que el trabajo de años puede verse finalizado en cuestión de semanas.

Sin embargo, lo efímero de las producciones le brindan a estas obras la característica necesaria para completar su discurso ecologista: la relación con los cambios y la actividad permanente que presenta la naturaleza. En un ambiente natural nada dura, todo se encuentra en una constante transformación; en los tiempos actuales, con el movimiento de una vida vertiginosa, donde todo es reemplazado rápidamente y nada permanece, el land art se propone como un medio para acentuar aún más esta pérdida de valor de las cosas naturales, en un intento de la magnitud con la que presentan sus obras por recuperarlo.

Este nuevo fenómeno puede representar una forma distinta de difusión de las obras de arte al público: un medio sumamente masivo y moderno, a partir del cual también se llega a un público más abierto y no tan selecto como al que se dirigen las obras tradicionales.

Esta manifestación artística no solamente presenta contradicciones con respecto a las dimensiones obra-fotografía, o en su defecto, videos, sino a su vez, que en la utopía de hallarse en contra del consumismo o mercantilismo del arte, los artistas encuentran su único medio de retribución a partir de la venta tanto de los dibujos preparatorios o collages de las obras, como sucede con Christo, como de las fotos y videos de las mismas, como es el caso de Nicolás García Uriburu, quien presenta una colección de los distintos ríos coloreados de verde con los que logró unir Nueva York, Venecia, París y Buenos Aires en nombre de la naturaleza en 1970.

El artista como creador de nuevos paisajes

El artista del land art logra despegarse de su imagen construida hasta el momento: aquel artista que antes se dirigía a una galería en búsqueda de un medio para difundir sus obras ha progresado hacia una galería específica que se dirige en busca del artista. Ya situados en la instancia del land art, es el propio artista quien decide salir de dichas galerías para tomar un punto de la ciudad y transformarlo a su manera.

El artista realiza un cambio en el contexto elegido, no solamente por la ampliación en el campo del arte que induce el land art, sino por el gesto que persigue con su obra, eternamente ligado al aspecto ecológico. Él busca equilibrar la idea y la obra, ya que esta última desaparece en un pequeño lapso de tiempo en comparación a las obras tradicionales, dejando como único rastro el pensamiento por el que fue concebida.

Hay un cambio muy grande en el papel del artista convencional y el artista del land art. Primero, la concepción de artista aislado o ajeno a la sociedad es cambiada por una nueva noción de artista que no solo mantiene sus lazos con la comunidad por las distintas implicancias sociales que persigue, sino que también trabaja en cooperación a numerosos profesionales de acuerdo con las características del emplazamiento donde realiza su obra, variando así la imagen de artista autosuficiente.

Por otro lado, las características y habilidades comienzan a ampliarse en cuanto al análisis que debe realizar en cada emplazamiento elegido. Ya no solamente están en juego las particularidades intuitivas o de experimentación del artista, en busca de una estética particular, sino también el estudio, la investigación y la observación del lugar en busca de no dañar el ambiente y aún así lograr el efecto buscado (Blanco, 2001).

Por ejemplo, el análisis previo que condujo a Christo a realizar su obra Surrounded Islands (1983) en Miami, hizo que el género a utilizar fuera de un grosor de seis pulgadas, sumamente fina para que no dañara el ambiente. Asimismo, la elección del color rosa tampoco fue arbitraria, se encuentra íntimamente relacionada como color representativo del lugar: la artificialidad característica de Miami, con sus flamencos y el art decó de sus hoteles. Otro ejemplo es la utilización por parte de Nicolás García Uriburu de sodio fluorescente, que carece de toxicidad, para la realización de sus coloraciones en fuentes o ríos de distintas ciudades, brindándole un valor especial a la naturaleza, en un intento de sanearla y purificarla y en contra de la contaminación de sus aguas. Se podría decir entonces que las obras suelen modificar al ambiente. Pero es el estudio previo a la realización de cada una de ellas por parte del artista que debe garantizar que no ocurra un cambio más allá del visual.

De este modo, nos encontramos frente a una ambición artística nueva ya que el artista abandona la posición manejada hasta el momento para atribuirse un acto de omnipresencia.

Se crea un accionar privilegiado: es capaz de apropiarse y modificar por un tiempo un espacio público a su manera y en dimensiones asimismo reconocibles y visibles a través de distintos medios. Por ejemplo, para apreciar las obras de Christo en su totalidad es necesario un panorama aéreo.

Es por eso que el reconocimiento principal del artista, luego de tanta labor, no radica en la permanencia de sus obras a través del tiempo, sino en el valor ideológico que persiguen y en el hecho de poder transformar, por un pequeño lapso de tiempo, un paisaje a su manera y ser recordado por él.

La elaboración de una nueva conciencia artística en el espectador

Por último, el land art también quiebra el concepto habitual de espectador. La tradición artística, que no permitía ningún tipo de relación o interacción por parte del público con la obra, que lo reducía a un espectador meramente pasivo, es cambiada por el land art. Pero no mediante una incursión en la participación de la obra, sino que conduce al espectador hacia un plano similar al conceptual.

Por el hecho de hacer prevalecer una idea en las obras, a los artistas del land art se los ha ligado con el arte conceptual; sin embargo, el land art mantiene su única relación con esta clase de arte en la búsqueda de no presentar un objeto inerte y carente de significado como protagonista de la obra, sino de dotarlo de un sentido para hacer reflexionar al espectador sobre las características latentes y ocultas de lo visto por ellos de manera cotidiana, ya se trate de monumentos, edificios o puentes en un ámbito urbano, como en montañas, caminos o ríos de un ambiente natural. Es por esto que intentan promover a un espectador consciente de lo que está sucediendo actualmente con el mundo en un orden ecológico, y dé cuenta de su posición en relación al medio que lo rodea, en un llamado de atención.

Esta nueva unión hombre-naturaleza mediante una obra artística busca sin otro propósito estimular la capacidad de entendimiento conceptual del espectador, relacionarlo con la idea de vinculación tanto con el ambiente natural como de los hombres entre sí. Por ejemplo, la obra de Christo The Umbrellas, Japan-USA (1984-1991), fue realizada como trabajo conjunto en ambos países con el fin de reflejar tanto las similitudes como las diferencias de los mismos. A través de los paraguas, elementos que sirven como casas sin paredes o asentamientos temporarios, como si fueran invitaciones a los lugares, dan cuenta de la diferencia de espacios existentes en ambos países: los paraguas azules en Ibaraki, Japón, fueron puestos muy próximos entre sí dado al espacio reducido del país, simulando la disposición de los campos de arroz; sin embargo en California, Estados Unidos, los paraguas amarillos fueron desparramados en cualquier dirección.

También las obras de Uriburu son una clara representación de una búsqueda de la unión de la sociedad en un retorno a lo natural mediante la coloración de las aguas y el valor de éstas como elemento vital. Son obras que buscan una reflexión por parte del espectador, y si se quiere, una propuesta o invitación al movimiento.

En mi opinión, sin embargo, hay una problemática que plantea el land art en relación al espectador. Al ser obras de carácter público, se hallan dirigidas a personas no educadas con respecto al arte, sus maneras de representación y tradiciones.

Exposiciones que anteriormente requerían de un conocimiento previo y se hallaban reservadas para un sector de la sociedad, críticos y expertos museísticos, actualmente se presentan como una exhibición abierta para toda la comunidad.

Es por esto que muchas veces el valor “poético” de las obras de estas características, tras algún significado de una índole conceptual y no tan representativa, se pierde, ya que el impacto visual que generan en el espectador, mediante las dimensiones, los colores y las estructuras no-convencionales, puede prevalecer sobre la idea buscada por el artista si no se le brindan las herramientas y la información necesaria al público para comprender la obra en su totalidad. Por ejemplo, las obras de Uriburu resultan más claras que otras obras del land art ya que el color verde es lo relevante de su obra, y es sumamente perceptible por la sociedad como sinónimo de lo natural, dado que es así como se encuentra pautado en el inconsciente colectivo, como resulta también el agua un componente vital. Sin embargo, las obras de Christo son monumentales, utiliza colores llamativos y estructuras no usuales; para aquellas personas que no se encuentran vinculadas a esta clase de obras de arte puede resultarles mucho más interesante su aspecto que el lado conceptual que busca y por lo que fue realizado, por lo que se precisa previamente una explicación para poder tener un completo entendimiento de la obra y de los propósitos perseguidos. Esto puede ser una problemática referente a numerosas ramas artísticas, sin embargo, creo que en el land art se amplifica al hallarse extendido en un campo por fuera de los límites establecidos y preconcebidos del arte, y por relacionarse con una diversidad de espectadores no selectos.

El land art como objeto de estudio

A modo de conclusión personal, el land art encuentra en la naturaleza un desplazamiento, un refugio, por sobre la agobiante vida actual impuesta por un sistema de sociedad completamente consumista y cosmopolita, que olvida el lado más natural de las cosas, los ambientes cotidianos, para caer en la banalidad diaria. El land art, a través de su manifestación, logra despertar en su carácter más romántico el idealismo del ser humano finalmente amigado con la naturaleza, con el ambiente del cual surge y del cual tanto insiste en apropiarse, intervenir y modificar a sus meras necesidades sin importarle las consecuencias.

En un acto de toma de conciencia, el artista adopta la forma de actuar del ser humano; sin embargo, tiene la suficiente inteligencia para no repetir sus errores y mantener a la naturaleza en su perfecto equilibrio original, sin modificarla de manera permanente, solamente por un pequeño lapso de tiempo, en donde él mismo se siente dueño de aquella porción de naturaleza, y la magnifica en un llamado de atención.

Más allá del objeto monumental, la obra privilegia esta idea sumamente poética, se convierte en el propósito, lo que moviliza al artista a dirigirse a espacios lejanos como simple gesto de retomar lo natural, de contagiarnos este sentimiento escapista de la urbe y resguardarse de él.

El artista del land art logra despertar el potencial latente y de transformación que posee cada paisaje, lo descubre, lo explota y monumentaliza en sus obras de arte, y es a favor de la energía latente del lugar como se intensifica nuestra respuesta al percibirlo.

En un sentido ceremonial, la preparación de dichas obras conlleva numerosos pasos, para que una vez iniciada, llegue a su fin en poco tiempo. Pero este modo de representación no hace más que acompañar los caprichos de la naturaleza, en su imperante efusividad con la cual logra cambiar de manera constante. Nada permanece quieto en la naturaleza, nada permanece igual durante mucho tiempo. La sociedad también se encuentra agilizada, tampoco se detiene, y es en este ritmo en el cual el land art se maneja: rompiendo los lazos con lo metódico, lo estático y lo tradicional. Así propone una ramificación artística que abandone lo pasivo, la mirada racionalista tan antigua que se mantiene hasta nuestros tiempos, con aquello que se cree correcto, lógico, propio del ser humano, superior. La superioridad del artista está en el accionar privilegiado que posee él al ser el único posible realizador de obras de esta índole, pero no en una supremacía social. Es por eso su máximo cuidado al realizar dichas obras, en donde lo único que se logra mantener inalterable es la idea que a partir de la naturaleza se puede lograr arte.

Referencis Bibliográficas

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Blanco P.; Carrilo J., Claramente J., Expósito M. (2001). Modos de hacer, arte crítico, esfera pública y acción directa. Salamanca: Universidad de Salamanca.

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Guasch, A. M. (2001). El arte último del siglo XX. Del posminimalismo a lo multicultural. Madrid: Alianza.

Historia del arte. (1995) Vol. 4. Barcelona: Salvat - La Nación.

Lambert, R. (1985). Introducción a la historia del arte. El siglo XX. Barcelona: Gustavo Gili.

Marchán Fiz, S. (1990). “Arte povera y land art”, en Del arte objetual al arte de concepto. Madrid: Akal.


Nuevos espacios para la representación artística fue publicado de la página 55 a página58 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº21

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