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Concepto Teatro e Historia. Henrik Ibsen: Casa de Muñecas

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº21

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº21 [ISSN: 1668-5229]

Ensayos sobre la imagen. Edición IV. Trabajos de estudiantes de la Facultad de Diseño y Comunicación

Año V, Vol. 21, Mayo 2009, Buenos Aires, Argentina | 157 páginas

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Bustamante, Agustina Caimi

Nora: la nueva Eva


Toda la educación de las mujeres debe girar en torno a
los hombres. Gustarles, serles de utilidad, proporcionar
que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes,
cuidarlos de mayores, aconsejarlos, consolarlos, hacer
que la vida les sea agradable y grata: tales son los deberes
de las mujeres en todos los tiempos.
(Rousseau, Jean Jacques, 1982)


Esta concepción de la mujer, es la que prevalece durante el
siglo XIX y por lo tanto, la que define al personaje de Nora en
Casa de Muñecas (Henrik Ibsen, 1879), quien como veremos
a continuación, en un principio parece adaptarse a este molde
predeterminado de la mujer ideal, pero finalmente se revela
contra él buscando encontrarse consigo misma.
La existencia del hombre y la mujer como tales no responde
simplemente a una cuestión biológica, existe también el
constructo sociocultural de lo masculino y lo femenino.
A medida que una persona crece, va recibiendo información,
ya sea de su familia, amigos, la escuela, los medios de comunicación,
etc., que determinarán su identidad de género. Así
cuando una persona actúa se espera que siga determinada
línea de comportamiento acorde con esa identidad, se espera
que cumpla su rol, que se guíe por los patrones de lo que se
debe y no se debe hacer.
Es a través de esta construcción llegamos a asociar (desde la
concepción de la Modernidad) a lo masculino con la fortaleza y
la agresividad, y a lo femenino con la debilidad y la sumisión.
Pero desde los comienzos de la humanidad, las sociedades
consideran que lo intrínseco del género femenino es la inferioridad.
Según el Antiguo Testamento, Dios consideró que el hombre
necesitaba “una ayuda apropiada” (Sagrada Biblia, Génesis 2,
18) y creó a Eva a partir de una costilla de Adán. Nace así la
mujer, como apéndice del hombre.
En la Grecia Clásica, hombres y mujeres vivían en mundos
diferentes. Los hombres reconocían como seres válidos solo
a otros hombres, y las mujeres desarrollaban su existencia
entre ellas, en el gineceo, apartadas de ellos.
En la Antigua Roma, las mujeres tienen ya un lugar de cierta
importancia, pero siempre dentro del ámbito de lo privado o
lo familiar.
En la Edad Media se identifica al universo femenino con lo
engañoso, misterioso, oscuro, enigmático y hasta lo relacionado
con el mal y la hechicería. Paralelamente, aparece en la
literatura medieval otra visión de la mujer que se prolongará
durante el Renacimiento, relacionada con la belleza y la exaltación
de sus virtudes, la mujer se convierte en un objeto de
adoración. Sin embargo, los rasgos que la definen durante
esta época siguen siendo la obediencia y la sumisión.
En el siglo XIX, con la industrialización se genera un gran cambio.
Las mujeres descuidan sus hogares y entran a trabajar
en las fábricas. Pero esto produce horror en la burguesía. Se
critica sistemáticamente que las mujeres abandonen sus deberes
naturales y se las contrata como mano de obra barata,
relegándolas a un cargo subalterno, sostenido por el concepto
de que el trabajo femenino, lejos de ser relevante, solo puede
significar un aporte complementario a la economía familiar,
ésta debe ser responsabilidad exclusiva del hombre.
Nace así la cultura de la mujer sacerdotisa del hogar, un ser
en función de y para los otros. Depende del hombre en lo
económico y en lo intelectual.
Esta situación no es cuestionada por la mujer, quien, por el
contrario, encuentra en el mundo hogareño, familiar, la razón
de su existencia. A través de la administración del hogar, de
la responsabilidad de la salud y la educación de los hijos, adquiere
un poder, el del gobierno de lo doméstico, y se siente
feliz de ejercerlo.
Con respecto al amor y al matrimonio, la mujer prácticamente
no tiene poder de decisión, los casamientos se realizaban, en
la mayoría de los casos, por conveniencia y el amor no era el
valor que más se tenía en cuenta a la hora de buscar pareja.
La creencia que persiste es que la mujer no puede estar sola,
de este modo, una vez que deja de depender del padre, pasa
a depender del esposo.
Sin embargo, a mediados del siglo XIX, surge el feminismo,
que abre espacio a una nueva actitud para con las mujeres.
Intentando cambiar el lugar que ocupan en la sociedad, hacen
llegar sus ideas a través de la prensa. Aparecen periódicos
dirigidos por y hacia las mujeres, en los que se tratan temas
hasta el momento considerados masculinos.
Simultáneamente se agrupan en asociaciones por medio de
las cuales intentan defender sus derechos, buscando la igualdad
frente al hombre, luchando contra el “rol” que una sociedad
machista les ha asignado.
Es igualmente importante mencionar que durante esta época
tuvo lugar el movimiento sufragista. Movimiento reformista
social, económico y político llevado a cabo por las sufragistas,
mujeres de todas las clases sociales que se unieron para
reclamar el derecho a la participación política, el derecho al
voto, el derecho a la igualdad entre el hombre y la mujer.
Del tal modo, el siglo XIX engendró una creciente tensión entre
lo que la sociedad esperaba de las mujeres y lo que ellas
querían para su vida, abriendo paso a una nueva mujer, una
nueva Eva, con nuevos roles e ideales.


Henrik Ibsen y "su" Nora
Nora, personaje principal en Casa de Muñecas, es fiel producto
de esta concepción arcaica de lo femenino, que forjó un
modelo de mujer débil, subordinada, servicial y obediente.
Al enfrentarse al espejo social, Nora debe reflejarse de determinada
manera, su imagen debe seguir ciertos patrones predeterminados,
debe adaptarse al prototipo de mujer ejemplar.
Torvaldo, su esposo, la modela con regalos (joyas, perfumes,
ropa) y cumplidos convirtiéndola en un ente ideal de su posesión,
un adorno del hogar, una gratificación ante sus ojos.
Nora es su alondra, apodo que puede inspirar ternura, pero
que al fin y al cabo alude al ave, que paradójicamente simboliza
tanto la libertad como el cautiverio.
Pero Nora no es una alondra libre, debe permanecer en su
hogar y ocuparse de sus tareas naturales.
La vida pública de Nora está sujeta a las decisiones de su
esposo. Al ir a una fiesta, la vestimenta, el baile, el comportamiento
y el horario son controlados por Torvaldo:


Nora.–No, no, no, no quiero entrar, quiero subir
de nuevo, no quiero retirarme tan pronto.
Torvaldo. –Vamos, querida Nora…
Nora. –Sí, te lo ruego, querido Torvaldo, te lo suplico…
¡solo una hora más!
Torvaldo. –Ni un minuto, Norita mía. Ya sabes lo
convenido. Vamos, entra, que afuera vas a enfriarte
(La hace entrar, contra su resistencia)


La economía del hogar, también depende exclusivamente de
Torvaldo. En cuestiones de dinero Nora no tiene autoridad
alguna y su amiga, la Señora Lindie, se lo aclara:


Señora Lindie. –Pero ¿de dónde lo sacaste entonces? (…)
Prestado, de ninguna manera.
Nora, –¿Y por qué no?
Señora Lindie. –Porque una mujer casada no puede pedir
dinero prestado sin el consentimiento de su marido.


Esta dependencia intelectual y económica, de la que Nora
ocasionalmente reniega, es la que otras mujeres anhelan. La
Señora Lindie dice encontrarse en el vacío por no tener de
quien ocuparse, cuando decide unirse a Krogstad y sus hijos,
exclama:


Señora Lindie. –¡Cómo han cambiado las cosas! Ya tengo
por quién trabajar, por quién vivir, un hogar que atender.
Voy a dedicarme a ello sin tardanza.


A pesar de todo, Nora es consciente de su situación y del rol
de mujer perfecta falso que sobrelleva día a día.
Hacia el final de la obra, decide acabar con toda la farsa y romper
con el molde que la restringió, no solo durante su relación
matrimonial, sino durante toda su vida.


Nora. –Escucha, Torvaldo. Cuando yo estaba en casa de
papá él me exponía sus ideas y yo las compartía; si tenía
otras por mi parte, las ocultaba, pues no le habrían gustado.
Me llamaba su muñequita y jugaba conmigo como yo
jugaba con mis muñecas. Después vine a tu casa… (…)
Quiero decir, que de las manos de papá, pasé a las tuyas.


Se revela ante Torvaldo y por ende, contra la sumisión, la obediencia,
la dependencia y la debilidad. Decide privilegiar sus
necesidades por sobre las de los demás, para dejar de ser un
ser “en función de” y “para los otros”, para dejar de ser la
“alondra” de su esposo:


Nora. –¿Qué consideras mis deberes sagrados?
Torvaldo. –¿Y tengo que decírtelo? Son tus deberes
para con tu marido y tus hijos.
Nora. –Tengo otros no menos sagrados.
Torvaldo. –Nos los tienes. ¿Cuáles son esos deberes?
Nora. –Mis deberes para conmigo misma.


De este modo Nora decide finalmente abandonar su hogar, la
jaula en la que se encontraba presa; para convertirse en una
nueva mujer, una nueva Eva, una nueva Nora.


Diseño de la puesta en escena de Casa de Muñecas
Esta propuesta está basada en resaltar y destacar el concepto
de mujer que Ibsen plantea en su obra. Una mujer que debe
dedicarse a su hogar y a su familia. Que se encuentra limitada
en sus pensamientos y en sus actos por la figura de la mujer
idealizada que la sociedad le impone.
En la obra aparece como símbolo de esta mujer perfecta, un
pájaro, la alondra, así es llamada Nora por su esposo. El diseño
de la puesta en escena esta anclado en esta simbología y
gira en torno a ella.
La mujer ideal / Nora será una mujer pájaro, tendrá una máscara
que la caracterice como tal. Ser una de ellas es la mayor
ambición del mundo femenino, es su meta en la vida. La que
no cumpla con el rol de mujer servicial, obediente y fiel no
llevará máscara y quedará completamente expuesta al prejuicio
social. La mujer pájaro es el orgullo de su esposo, y lo es
gracias a él, ya que a él sirve y obedece.
Su hogar, en el que desarrolla sus tareas correspondientes,
será una mixtura entre una vivienda corriente y una jaula, símbolo
del encierro doméstico y de la privación de la libertad
ideológica que marca a la mujer pájaro.
De este modo, la propuesta escenográfica consiste básicamente
en convertir el espacio escénico en una jaula.
Se trata de un living decorado acorde al estilo europeo del siglo
XIX, madera oscura y maciza en pisos, sillones, puertas y
zócalos, géneros pesados de colores oscuros y apagados en
los tapizados, empapelados con diseños en colores también
oscuros en las paredes y marcos dorados y bien barrocos. En
el lateral izquierdo del escenario habrá dos sillones pequeños
y una mesa ratona, un poco más atrás, una puerta. En el lateral
derecho, un sillón doble, haciendo juego con los pequeños,
y atrás, otra puerta. Entre las dos puertas estará el piano y en
el medio del living, una alfombra. Las paredes tendrán un metro
y medio de altura, a partir de allí surgirán los barrotes de
lo que simulará ser la jaula, se extenderán aproximadamente
hasta los cuatro metros uniéndose todos en una terminación.
Colgadas en los barrotes, habrá una gran cantidad de fotografías,
enmarcadas en distintos tamaños y formas. Éstas serán
de hombres junto a sus “mujeres pájaro”, parejas pertenecientes
a la familia, a modo de árbol genealógico. Exhiben con
orgullo generaciones enteras de mujeres ideales.
La paleta de colores oscilará entre marrones oscuros, verdes
oliva y apagados, y metalizados, dorados en los marcos de las
fotografías, y bronce en los barrotes de la jaula. Estos colores
generarán un clima sobrio y oscuro, y al mismo tiempo elegante
y de buen gusto.
En cuanto al vestuario, Nora llevará un vestido elegante, de
mangas largas y amplias, un escote discreto con volados y
una falda voluminosa hasta los pies. Será de un color neutro y
sobrio. Tendrá el cabello recogido y llevará la máscara o antifaz
de la “mujer pájaro”, tendrá plumas y los rasgos característicos
se asemejarán a los de la alondra. En el momento en
el que Nora decide abandonar el hogar, se quitará la máscara
y se la arrojará a su esposo, rompiendo con el molde de mujer
impuesto por él y sus congéneres.
Torvaldo, esposo de Nora, vestirá un traje color marrón oscuro.
El pantalón holgado y el saco largo hasta las rodillas.
Una camisa blanca y un pañuelo al cuello. Estará prolijamente
peinado y tendrá un bigote espeso.
El objetivo principal de esta puesta en escena es recalcar esa
visión de la “mujer pájaro” que Ibsen expone y problematiza
en Casa de Muñecas. A pesar de que es un tema con fuerte
carga social, la intención es hacerlo, no de manera realista y
apelando a lo dramático, sino a través del simbolismo, acudiendo
a recursos estéticos fantásticos en la escenografía y
el vestuario que ilustren la situación y permitan al espectador
pensar y establecer analogías para interpretar el conflicto.


Bibliografía
Devoto, Fernando; Madero, Marta. (1993) Historia de la vida privada en
la Argentina. Buenos Aires. Taurus.
Duby, Georges; Perrot, Michelle. (1993) Historia de las mujeres. Madrid.
Taurus.
Etxebarria, Lucía. (2000) La Eva futura. Barcelona. Ediciones Destino.
Lipovetsky, Pilles. (1999) La tercera mujer. Barcelona. Anagrama.



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  • Concepto Teatro e Historia. Henrik Ibsen: Casa de Muñecas fue publicado de la página 79 a página81 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº21
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